René Girard: de la ciencia a la fe

Nos es muy grato presentar desde este blog el libro que acaba de publicar Ángel Barahona en Ediciones Encuentro: René Girard: de la ciencia a la fe. Reproducimos aquí las palabras de presentación del libro y os animamos a leerlo por dos motivos: si aún no habéis leído nada de o sobre Girard, se trata, sin duda, de un gran comienzo; si ya habéis tenido la suerte de leer algo de Girard –o sobre él–, encontraréis en su lectura nuevas perspectivas y, sobre todo, la claridad didáctica de uno que se dedica –y se nota– a la enseñanza. 

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Este libro monográfico sobre Girard, que nos presenta la Editorial Encuentro, es importante porque trata de recopilar toda la obra del autor y las aportaciones a la comprensión de la cultura contemporánea que pasarán a la historia del pensamiento.

En un mundo cada vez más violento, más competitivo y rivalizante, donde las naciones se dividen, se enfrentan, rivalizan como matrimonios mal avenidos, las tesis de Girard alumbran algunas de las causas coadyuvantes de esta situación.

La tesis de que la mímesis está en el origen de la cultura, que es constitutiva del ser humano, que conduce por definición al antagonismo violento, se conjuga con su intuición más significativa: el orden social se viene estructurando ancestralmente con la aparición espontánea de mecanismos de chivo expiación. Sobre las espaldas de víctimas, elegidas por sus rasgos o por su desgraciada presencia en los momentos más inoportunos de las múltiples crisis por las que pasan las comunidades humanas, más que por su culpabilidad, se cargan nuestras desavenencias internas. Estas víctimas son linchadas o sacrificadas en aras de la obtención de órdenes sociales espurios. Este mecanismo sigue funcionado todavía hoy oculto bajo la maraña de interpretaciones sociologistas, economicistas o filosóficas que opacan el acontecimiento fundador que da origen al desorden, a la violencia.

La potencia de sus tesis para entender fenómenos como la primavera árabe o las guerras intestinas, veladas o no, entre individuos o naciones, los linchamientos colectivos que se suceden en la prensa diaria como eventos que nos escandalizan y no sabemos por qué, es lo que permite a Michel Serres denominarle “el Darwin de la cultura”. Jean Marie Domenach, Alejandro Llano, se suman a la estela de Serres y tantos otros para afirmar que esta teoría del hombre y de la cultura tendrá en el siglo XXI la influencia que Darwin tuvo en el veinte.

Sus tesis nos permiten comprender además determinados mecanismos del aprendizaje humano, los fenómenos de masas, el terrorismo, las guerras, la moda, la publicidad, la economía, en la medida en que todos estos fenómenos tienen en común un elemento mimético, competitivo, rival, antagónico.

La explicación que da Girard de la omnipresente, en nuestros días de forma explícita y publicitada, violencia es singular, inédita en la historia del pensamiento. Esta explicación nos permite comprender algunos aspectos de la fenomenología de las religiones y de la cultura que permanecían oscuros o ambiguos: la ambivalencia de lo sagrado, el estatuto del pharmakon, la importancia de los mitos y ritos y su sentido… Girard encuentra un denominador común entre las religiones que sólo el judeocristianismo, según él, hace conscientemente explícito y convierte en clave hermenéutica de la cultura: el sacrificio.

En España ha tenido un doble impacto: filósofos como Savater, Juaristi, o políticos como Mario Onaindía, reconocieron en sus tesis un método de análisis del nacionalismo y el terrorismo muy potente para auto comprenderse a sí mismos y a sus propios conflictos. Caffarena, Mardones, Carlos Díaz, Eugenio Trías, Llano o teólogos de la talla de Pikaza, Maldonado, etc… vieron un método que podía renovar la investigación teológica por su novedosa interpretación del sacrificio humano, omnipresente en la historia de la Humanidad, como nos sugirió para siempre Durkheim, Edgar Morin, Burke o Derrida.

En España editoriales como Anagrama, Gedisa, Sígueme, Encuentro, Trotta, Caparrós, Paidós, Herder o Gedisa, han publicado sus obras más importantes y las de sus seguidores. Estos han creado escuela amparados bajo las siglas de COV&R, Imitatito, o Xiphias Gladius en España.

René Girard ha recibido casi una veintena de doctorados Honoris causa en universidades de todo el mundo: Ámsterdam, Innsbruck, Escocia, Londres, Montreal, Paris, Padua, Amberes, Tokio, y varias de EEUU. Desde 1979 es Miembro de la ‘American Academy of Arts and Sciences’; en 1984 fue nombrado Caballero de la ‘Ordre National de la Legión d’Honneur’; en 1990 recibió el título de ‘Commandeur dans l’Ordre des Arts et des Lettres’. En el 1998 recibe el «Nonino literary Prize» y en el 2005 fue nombrado Académico de la República Francesa, reconociéndole sus méritos en la antropología y en las ciencias humanas en general. En el 2006 recibe el Dr. Leopold Lucas Prize of Eberhard Karls University en Tubinga.

En fechas recientes (día 25 de Enero de 2013) el Rey de España, Don Juan Carlos I, le ha concedido la medalla de Isabel la Católica ‘por su destacada labor, durante las últimas décadas, en los campos de la filosofía y la antropología’. En este sentido su influencia se extiende también a las ciencias naturales y sociales: dos de sus seguidores dedicados a la psicología y la biología son los descubridores de las mirror neurons, por lo que recibieron el Premio Príncipe de Asturias, gracias a la búsqueda en el cerebro de la mímesis girardiana, Vittorio Gallese y Giacomo Rizzolatti. Sus libros, traducidos a docenas de lenguas, y su pensamiento, cada vez más conocido y difundido, hacen de él uno de los intelectuales clave para entender nuestros orígenes, los derroteros de violencia que la humanidad está tomando, y el papel singular y definitivo que el acontecimiento cristiano tiene para la historia de la humanidad.

Por todo esto, la edición de este libro, primero que en Español que recoge un sumario de toda su obra, y que hace una extensa exposición de sus ideas más importantes y sus aplicaciones más relevantes, es tan pertinente.

El autor no solamente hizo su tesis doctoral sobre Girard, sino que ha traducido parte de su obra al español y ha escrito numerosos artículos aplicando la teoría mimética al análisis de la realidad social. Recomendamos vivamente su lectura por sus variados temas y sugerentes ideas en un amplio abanico interdisciplinar: para los amantes de la literatura, campo en el que Girard empieza su carrera académica, es inaplazable la lectura del primer capítulo dedicado a Mentira romántica, verdad novelesca; para los amantes de la mitología, el capítulo dedicado a La violencia y lo sagrado; para los amantes de la exégesis teológica el capítulo dedicado a El chivo expiatorio o Veo a Satán caer como el relámpago; para los amantes de la antropología el de La ruta antigua de los hombres perversos; para los amantes de la política el de Achever Clausewitz…

“¡Vamos a matarlos, son pocos!”

Por Desiderio Parrilla Martínez, 30 de marzo de 2014.

Según algunos tribuletes este fue el grito de guerra usado por los radicaes contra la policía en los disturbios del 22-M. Puede ser verdad, pero también puede ser otra falsedad informativa más.

Pero, ¿por qué fueron pocos, tan pocos, los policías?

A muchos ha sorprendido el número mínimo, exiguo, de efectivos de la Unidad de Intervención Policial (UIP), los comúnmente llamados: “policías antidisturbios”. Pero casi nadie ha explicado la causa.

Hay quien se atreve a formular una tesis que casa bien con la estrategia de los gobiernos conservadores desde la era Nixon.

Es la tesis de la contra-información, el gran arma del gobierno Nixon, primer gobierno conservador y modelo de cualesquiera gobiernos conservadores posteriores, incluído –por supuesto– el de Mariano Rajoy.

Yo no sé qué pensar, pero lo expongo porque me parece una posibilidad razonable, y porque la contra-información existe.

La tesis es la siguiente: el número tan reducido de policías no es un error sino parte de una estrategia para recortar derechos civiles como el derecho de reunión o manifestación en el área metropolitana de Madrid.

Según esta tesis, el dispositivo policial fue tan reducido para poder crear situaciones tan extremas de indefensión que generaran una opinión negativa contra la Marcha por la Dignidad. La táctica presuponía la violencia de algunos manifestantes, y destinó pocos efectivos para propiciar disturbios que desbordaran las pocas fuerzas de orden público desplegadas en el lugar.

Esta táctica propia de la contra-información es de uso corriente y emplea la estrategia del victimismo o victimización. Ya hemos escrito sobre este fenómeno mimético, que consiste en la tendencia de una persona o institución a considerarse víctima o a hacerse pasar por tal. El victimista se disfraza, por tanto, de víctima, simulando o propiciando una agresión o menoscabo y responsabilizando al entorno o a los demás. Culpa a los demás para ocultar sus propias culpas. Se presenta como un crucificado para así mejor poder crucificar a sus enemigos.

Al mostrar las imágenes de unos pocos policías desbordados por una masa inmensa y despiadada la información transmitida destruye a los amotinados mejor que si se hubieran destinado 10 millones de policías y el choque hubiera quedado como siempre en agua de borrajas. La información de que hubo una revuelta salvaje de diez o veinte amotinados  por cada policía da material audiovisual suficiente para mostrarlo en todos los telediarios y suscitar la natural indignación contra esos cobardes que abusan de su superioridad numérica.

El gobierno usaría esta contra-información para reventar el 22-M, para que la gente olvidara que participaron 2 millones de personas según los organizadores, y que ya no se hablara del éxito de dicha manifestación sino que el público quedara fijado a los altercados posteriores. Se conseguiría criminalizar el 22M, tergiversarlo, reducirlo a un episodio violento. Incluso se conseguiría que nadie participara en el futuro en una manifestación similar. Serviría también, por ejemplo, para prohibir las manifestaciones no sólo en la Puerta del Sol, sino también en el eje de la Castellana o, incluso, conseguir el apoyo popular suficiente para impedir ninguna manifestación en la capital. Sería un arma para conseguir el respaldo popular necesario del famoso “manifestódromo” a las afueras de la ciudad, en medio de un páramo, o en la casa de Campo, para dar cuatro voces en medio del desierto, sin que tenga repercusión en la vida pública, como una especie de gimnasio para energúmenos gritones deseosos de desfogarse en un corral estatal.  

Como vemos, la contra-información es una estrategia frente al adversario usando su “visibilidad”, o deseo de propaganda. El lema de la contra-información es el siguiente: “cuanto más actúes, más a mi favor y peor para tí”. Fue el gran arma política de la era Nixon, tras el golpe de estado de 1963. Sin esta estrategia sería impensable que un país que cometió el mayor magnicidio desde Julio César hubiera podido contener las fuerzas revolucionarias que este asesinato fundador desató.

El asesinato de Kennedy daba al traste con un modo más católico de entender el imperio norteamericano, donde el Destino manifiesto podía prescindir de la dimensión depredadora de la doctrina Monroe. Pero Kennedy fue asesinado y este modo heril de entender la labor civilizatoria de los EEUU dio paso a una época que llega hasta nosotros y que es hoy hegemónica en las áreas de influencia yanqui: el conservadurismo.

Este conservadurismo abanderado por Nixon, Ford, Reagan, y posteriormente la saga Bush (padre e hijo), apenas ha sido matizados por los breves períodos liberaloides de Clinton y Obama, que siguen la estela despreciable de Barry Lindon Johson o del tontoútil de Hubert Humphrey, o  Jimmy “cacahuete” Carter, pero estos períodos de gobierno demócrata no están ya bajo el concepto que la saga Kennedy parecía querer otorgarle al proyecto liberal.

El gabinete de Nixon explotó los recursos de COINTRELPO de un modo totalitario, al mismo nivel que la KGB o la Securitate. Desactivó de esta manera los movimientos por los derechos civiles, descabezándolos. Abbie Hoffman pasó exiliado más de 7 años. Los medios contra-informativos le acusaban de paranoico querulante, de megalómano y de creerse demasiado importante, por pensar que el gobierno de los EEUU pudo tener interés en persiguirle o espiarlo. En los años 80 un periodista pudo acceder a los informes del FBI sobre él que ocupaban miles páginas y en ellas se le consideraba enemigo público número uno, y contenía datos tan significativos como su lista de la compra o la marca del dentífrico encontrado en su cubo de basura.

El gobierno de Nixon identificó la contracultura con el mayor enemigo de la civilización occidental cuando en realidad la contracultura venía a denunciar que esa cultura estaba amenazada por el conservadurismo. Fue Nixon y no la contracultura quien destruyó el proyecto de los EEUU como recuperación del proyecto civilizatorio de Roma. La contracultura hippy es sólo una imagen especular y paródica de esta contracultura conservadora de Nixon, pero el enemigo de la cultura clásica no eran los yippies sino Nixon y, en España, políticos eminentes como Mariano Rajoy o José Ignacio Wert.

Fue Nixon y su modelo conservador quien acabó con esta recuperación de la HUMANITAS clásica para los Estados Unidos. La película de El Club de los Emperadores refleja cómo el conservadurismo posterior a Kennedy aniquiló este modelo clásico greco-romano y lo sustituyó por el pragmatismo del capitalismo postindustrial, basado en el capital financiero ficcional de las sucesivas burbujas (industria bélica, inmobiliarias, puntocom, biocombustibles, etc.) y la sociedad de consumo. Con sus iniciativas la contracultura denunciaba la muerte de ese sueño civilizatorio de la casta Kennedy. Nixon mató este sueño justo después de que la “bala mágica” levantara -hacia delante y hacia atrás- la tapa de los sesos del Presidente de los EEUU, y simultáneamente esta bala  segó la vida de su hermano Bobby, de Malcom X, de Luther King, etc.

El uso de los sucesos de la campaña Demócrata pusieron de relieve el enorme poder del aparato de contra-información estatal. El juicio de los Ocho de Chicago fue buena muestra de ello, así como la vida de exilio del propio Abbie Hoffman.

En su momento, la contra-información desacreditó el movimiento hippy, por ejemplo, recurriendo a la matanza de la familia Manson. Esta falacia de tomar la parte por el todo, cuando ni siquiera era una parte de ese todo, la denuncia con gran habilidad Thomas Pynchon en sus novelas “Vicio inherente” o “Vineland” donde ridiculiza algunas de estas estrategias contra-informativas de Nixon.

Do we need a hero or do we need a dead?

Por Ángel J. Barahona Plaza, 29 de marzo de 2014

He leído y oído de todo estos días.

Primero, acerca de la manifestación del sábado 22M… por la dignidad: batalla campal, trivialización de la violencia, necesidad de castigar a los organizadores, violencia programada, violencia gratuita,  violencia para la exhibición y twiteo  (el foro postmoderno del alardeo, de la altivez). Me gusta lo de “22M” porque evoca las verdaderas intenciones del corazón humano que a duras apenas se puede ocultar a sí mismo lo que anhela.

Segundo, las dos batallas en la Universidad Complutense en el intervalo de unos pocos días.

Tercero, la manifestación una semana antes de estos hechos de las feministas en la Gran Vía, tirando petardos en el atrio de una iglesia de Gran Vía y coreando contra los curas acusándolos de talibanes, porque ellas, las que poseen la verdad, no aceptan que nadie piense distinto de ellas.

Por último la aclamación popular a Suárez: “que aprendan de ti, viva Suárez, era un modelo, un político ejemplar, trajo la reconciliación al pueblo español dividido por un odio instintivo, premio noble de la paz…”.

Después de oír y leer todo esto resonaba en mí, no sé por qué, tal vez por haberla oído en la radio en tiempos de cólera, la canción de Bonnie Tyler, We need a hero y su posterior Total eclipse of the heart, y mi pregunta se hacía acuciante.

Primer episodio: dos clanes tribales rivalizan por un territorio simbólico. Policías e indignados los representan. La gente necesita  sangre, porque las crisis solo se solucionan con sangre. No hace falta repasar nuestra cultura judía y griega para saber que todos somos Caín y todos somos Abel (Blas de Otero dixit, refiriéndose a la guerra civil española), que todos somos Edipo y todos somos Layo. La crisis asola Tebas, la peste pega indiscriminadamente a todos. Unos creen que a ellos les afecta más porque miembros de su clan gimen y se lamentan.  Su dolor exalta la justicia de sus reivindicaciones, es indudable, y por eso sienten que su violencia está  legitimada contra el que consideran culpable. El delito puede ser causado por el destino, o por los dioses celosos y pendencieros, por el sistema de creencias…  Así lo recuerda Tiresias, pero él mismo ya hace la lectura acusatoria contra el malvado y culpable, el  ignorante Edipo. Lo que sí está claro es que Tebas necesita que alguien pague, expíe por todos.  Los que fueron detenidos en su “acción salvaje” alardeaban en twits que habían tenido un “subidón” maltratando a policías a los que los mandos les habían pedido “no resistirse al mal” y que yacían abatidos en el suelo. Necesitaban un cadáver. La izquierda necesitaba un cadáver, a ser posible de su propio pueblo para poder levantarse y derrocar un gobierno represor y corrupto (cualquier otro que no sea el suyo siempre será ilegítimo, cuando uno posee la verdad…) por el uso de su fuerza policial… “Estado policial, derrocamientos, poder para la calle, vamos a tomar el poder”, eran algunos de los lemas que se coreaban desde la manifestación-corifeo. Necesitaban un héroe, un muerto para luego encumbrarlo en el altar de la historia… ¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué siempre volvemos a los mismos lodos? Es la eterna historia de la humanidad: el linchamiento colectivo, espontáneo, la unanimidad colectiva frente al débil o al que está en minoría, o en decadencia, o quien no se defiende… Ahora las brujas son los curas, los policías, todos  lo que representan el orden-desorden para el pensamiento único, puro, incorrupto e incorruptible de la masa: la masa siegue siendo la misma. Cambian los nombres de las víctimas y los de los verdugos; la jauría sigue siendo la misma. No estoy tomando partido, que nadie se equivoque… estoy describiendo la historia de la humanidad, aunque me apoye en los acontecimientos presentes. Estoy desarticulando el mito o mejor “deconstruyéndolo” (Derrida).

Segundo episodio: La batalla en la universidad, como coletazo de la batalla en las calles, tiene dos caras. La primera: los acosadores-masas que se sienten fuertes frente a los débiles a los que acusan de fascistas por expresar con libertad su visión de la vida humana como un valor a defender desde la concepción.  Las víctimas, como en la manifestación a favor de la vida, al día siguiente de la guerra callejera del corifeo por la dignidad, callaban, y fueron “expulsadas” del templo sacrosanto del pensamiento libre: la universidad.  Y la segunda, también los acosadores que toman el vicerrectorado como plaza pública para la imposición de su forma de ver el mundo como la única verdadera y que “obligan” a su rector-sacerdote de la nueva religión arcaico-civil a tener que llamar a los “represores de ayer” –a su servicio hoy– en esta ocasión para que les expulse… porque ya “huele mal el recinto”.

Tercer episodio: acusar a la iglesia de refugio de talibanes, corear lemas irreproducibles aquí por su soez grosería, tirar petardos y hacer pintadas en las iglesias… –obviamente porque no van a obtener la respuesta violenta–. Aunque puede que fuera lo que buscasen: provocar para justificar su persecución. Es una estrategia más de chivo expiación: considerar a la Iglesia culpable de cualquier cosa, qué más da, es muy interesante. Los estereotipos funcionan. Es como el destino: al final la acusación queda fijada y compartida por todos aunque sea falsa e insostenible. Edipo, pase lo pase, sea inocente o no, nos da lo mismo –el oráculo vaticinó que sería incestuoso y parricida, luego culpable, aunque no fuera consciente y estuviera lejos de su intención–. Ya lo decía Goebbels: repites una mentira mil veces y todo el mundo creerá que es verdad. La Iglesia no puede esperar otra cosa que ser el chivo expiatorio de los pueblos, si es coherente con su misión y hace bien lo que tiene que hacer, no puede acabar de otra manera. Acusada de decir lo que nadie quiere oír: el espíritu criminal que nos invade y contamina nuestras vidas, que no quiere compartir el mundo con los que todavía no han nacido. La Iglesia será llevada a los tribunales por ir contra la corriente de la historia que arrastra todo a su paso: creer en la legitimidad de “nuestra” violencia –“los que pensamos como hay que pensar”–  contra la intolerable violencia de los otros que no piensan como “nosotros”.  Recuerdo una pintada en el obispado de Salamanca en frente de la catedral que año tras año sigue estando ahí  como deleitando al ayuntamiento, parece ser: la iglesia que más ilumina es la que arde.

La historia se repetirá. Que Juan Pablo II pidiese perdón, sin tener por qué, por los daños que sufrieron algunas personas, imputables a miembros de ella antepasados nuestros, no cuenta para nada. Pero el hecho de pedir perdón –nadie que yo sepa lo ha hecho nunca de nada imputable a antepasados– ha puesto en evidencia una culpa… lo que los verdugos quieren: Edipo al final se acusa a sí mismo de ser un monstruo, se saca los ojos, y pide él mismo ser expulsado.  El mito crece, se reproduce, huele a sangre. Las femes se pasearon por delante de la manifestación a favor de la vida tranquilas, sabiendo que su chulería iba a ser lo único que la prensa recogería al día siguiente. Tal vez anhelaban el martirio, pero sabían que eso no pasaría… Si hubiera sido al revés, por ejemplo, algunos defendiendo lo indefendible (su libertad de expresión en temas de vida, o de culto) en medio de la manifestación del 22M… otro gallo hubiera cantado.

Por último: paseaba a las dos de la madrugada el lunes por la gran vía y me quedé sorprendido… colas de personas daban la vuelta en Cibeles bajando por Alcalá y volvían a subir para poder llegar las Cortes a decir el último adiós a Adolfo Suárez.  Me vino a la memoria que otros dos clanes rivales enfrentados desde siempre, desde antes de la guerra civil, se habían desangrado con la esperanza de traer el orden social (su orden, su paz: todos creen que a Belcebú se expulsa por Belcebú… dicho copiado por Marx a Cristo, dicho que él creía de buena fe… pobre ingenuo: ¿la violencia puede engendrar la paz?, ¿puede Satán expulsar a Satán, príncipe de la violencia, padre de la división y de la mentira?; lean a Girard, por favor: Veo a Satán caer como el relámpago, de la editorial Anagrama) y coreaban ahora su reconocimiento al poder reconciliador de Suárez.

Si no hubiera ciencia, ni hemerotecas, tal vez con el paso de unos centenares de años estaríamos hablando de un héroe mitológico inocente, un Edipo, un Abel, un Job, tal vez  recorriendo la ruta antigua de los hombres perseguidos, o de héroes no tan inocentes, un Pancho Villa, un Che, un Sadam, un Bush, un Chávez, y por eso perversos a la vez que salvadores, ahora encumbrados en un golpe de muñeca de la cínica historia como héroes, justo porque enfermos y porque muertos.  Suárez tiene todos los estereotipos de las víctimas divinizadas: hombre relevante de su pueblo, reconciliador, trajo la paz en la crisis social (nuestra peste tebana) que atravesábamos en nuestra lucha contra el “monstruo”, el Polifemo del momento, después cae en desgracia, y su muerte se convierte en una liturgia de la nueva religión civil del estado: la celebración democrática. Las colas de adoradores del que trajo la reconciliación ansiada, y fraguó lo democrático con su arte político, le convirtió, después de años de olvido y abandono, en el héroe que todos necesitábamos ante la nueva crisis. Pero las cosas seguirán como estaban. Las cosas no van como deberían para nadie. Ni nacionalistas, ni no nacionalistas, ni de izquierdas ni de derechas, nadie está satisfecho…  Es la misma historia desde que el hombre se levantó sobre sus piernas, se enfrentó a los dioses y miró envidioso a sus vecinos.

A lo largo de la historia la única satisfacción para los clanes es la desaparición del otro, del vecino, del antagónico. Cualquier otra solución siempre es insatisfactoria. El pacto no deja saciado a nadie, porque los grupos rivales quieren siempre sangre reparadora. Los hombres quieren una y otra vez beber del cáliz del sacrificio humano. Obviamente, cada vez es más difícil porque los parapetos de la educación  y, mal que les pese, la influencia del judeocristianismo, les ha dejado claro que las víctimas siempre son los débiles, los que pasaban por allí y que saben de su inocencia. Pero cuando la masa sale, sale a matar, decía Elías Canetti con la experiencia y la sabiduría que sólo algunos judíos tienen (otros siguen envenenados por las mismas creencias que los goim-paganos: que Satán puede expulsar  a Satán). Y hay una especie de sonambulismo colectivo (Gustave Le Bon, Tarde, Dupuy…) que busca el sacrificio, el mártir. La izquierda que busca, se supone, la reivindicación de las víctimas, los desfavorecidos, y que juzga como un abuso de la mujer intolerable lo que hace el Islam, distingue arbitrariamente entre víctimas legítimas e ilegítimas. Unas son “dignas” de consideración porque son “las nuestras”, pertenecen al “nosotros” que dice Rorty, hablan como nosotros, respetan nuestro “léxico último”. Las otras, aunque sepamos que son más víctimas, o al menos tanto como las otras, no lo admitimos, (opera la méconnaissance, dice Girard), porque no caen bajo el paraguas de nuestro discurso victimista porque no piensan como “nosotros” y las llamamos fascistas, las expulsamos de la universidad, no las dejamos hablar, porque no están en la verdad, nuestra verdad.

Lo que se dirime aquí es el secreto mejor guardado en el inconsciente colectivo de la humanidad y oculto tras los mitos… Necesitamos un héroe de recambio, un héroe de mil caras (Joseph Campbell) que pague por nuestras culpas. Alguien que pueda cargar sobre sus espaldas la ira contenida, la rabia impúdica que sentimos cuando somos incapaces de echarnos la culpa a nosotros de nuestra situación y tenemos que buscar chivos expiatorios de quita y pon.

Mártir, asesino, héroe a destiempo, terrorista o víctima son juegos de palabras intercambiables, que solo adquieren un color cuando son pronunciadas desde uno u otro sitio. Izquierda, derecha, arriba o abajo, catalán, vasco o español, pobre o rico, son léxicos de ficciones que respetan un guión redentor: yo me salvo, quedo redimido de culpa si encuentro el lenguaje acusatorio pertinente, ajustado, al culpable de todos mis males. Lo demás es todo aparato justificador, reforzador, una sobre puja enmascarada que oculta la sed de sangre reparadora que nos vuelva a traer la primavera tras la depresión del invierno. Depresión (Byung-Chul Han), transparencia, autoexigencia, son palabras que describen una sociedad hipócrita que se oculta a sí misma sus orígenes violentos. Llevamos toda la vida sacrificando, embalsamando cadáveres, asesinando profetas, y levantándoles sepulcros para darles culto a los tres días del crimen. Y los nuevos profetas: Sloterdijk, Zizec, Han, Rorty, Vattimo, no aciertan con el problema… los héroes tiene que volver una y otra y vez en primavera, como Dionisio. Nietzsche se dio cuenta, pero repitió el error: creer en que la violencia dionisiaca era reparadora y no multiplicadora de la misma mierda mítica. Xipe-totec, cuando acosado por la multitud es “invitado” a saltar al precipicio para auto-lapidarse contra el duro suelo, el mito de Popol-buh dice que le salen alas como de Cóndor… sin duda para que como Dionisio vuelve al año siguiente, ante la nueva peste a salvarnos. Cuando el exiliado Edipo llega a Colonna los ciudadanos entienden que ha llegado su rey Swazy, su rey Tupinamba, su rey del carnaval de todos los tiempos: alguien a quien podremos crucificar cuando vengan mal dadas. ¿Será por eso por lo que hemos cambiado el nombre de Aeropuerto de Barajas por Adolfo Suárez, para darle alas y que venga algún día volando y aterrice cuando más lo necesitemos: para encumbrarlo y volverlo a asesinar?

Necesitamos un héroe para que esta crisis quede solventada. Le pediremos a Zeus que nos envíe a Dionisos, como anhelaba Nietzsche. Tal vez eso traiga el Apocalipsis que todos deseamos y bajar el telón de esta maldita historia humana. “Somos los hijos malditos de la historia”, dice el doble esquizoide de Edward Norton, Brad Pitt en El Club de la lucha, por eso se aprestan a destruirlo.

Los hombres no han entendido lo que revela la Pasión de Cristo, estamos condenados a repetirla en todos los equinoccios primaverales. Creen que el cristianismo es una religión más… y no se dan cuenta de que es, antes que nada, una ciencia que da las claves de todos los mitos, de todas las historias. No se dan cuenta de que el mal no es el otro, no es la corrupción –corruptos somos todos–, no es el vecino, no es el antagonista del otro partido, que el mal está dentro de cada hombre, que no hace falta ponerle nombre.

El “silver tsunami” o el envejecimiento de la cultura

Este verano presenté una ponencia con el título Suicide, post-mortem destiny beliefs, and death management among the Chamorros of Guam en la décimo-septuagésima edición de la Unión Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnológicas (IUAES) que tuvo lugar en Manchester en agosto de 2013. La conferencia mas prestigiosa entre los antropólogos británicos que se reúne desde 1935.

Con sus mas y sus menos salí un tanto perplejo ante el destino evidente de una ciencia que me apasiona desde mi juventud. Devoré La rama dorada de Frazer con apenas 12 o 13 años (la versión reducida, por supuesto) y Las mascaras de Dios de Campbell poco después (los tres volúmenes) Me apasionaban los mitos, las religiones y las costumbres de los otros y tuve siempre un gran deseo de aventura y por mirar a la cara a otras personas y tratar de entender qué es lo que veían por sus ojos. Me quedé pasmado con la antropología amazónica e incluso llegué a leerme las Mitológicas de Lévi-Strauss completas, algo que no repetiría ni pagado y que he dejado aparcado en mi mas oscuro subconsciente. Sin embargo aquellos días en Manchester me dejaron un tanto perplejo.

Basta echar un vistazo por encima al programa del congreso para comprender el origen de mi desazón.   Ya para comenzar, el tema del primer debate plenario en la apertura fue el siguienteHumans have no nature, what they have is history (“los seres humanos no tienen naturaleza, lo que tienen es historia”), algo que no me pilló desprevenido, pero el segundo debate sí, pues parecía lo que no era. El tema del segundo debate fueJustice for people must come before justice for the environment (“La justicia para la gente debe venir antes de la justicia para el medio ambiente”) lo que me parecía bastante justo, pero la tesis que venció por votación abrumadora a su favor fue que la justicia debe ser para el medio ambiente y para los animales no-humanos, no para el ser humano. ¡Toma ya! Es decir que somos antropólogos negando la justicia a aquellos que queremos comprender. Ahora debemos defender a los “animales no-humanos” antes que a los “animales humanos”, tal y como definían a los contendientes del combate. Parecía un congreso del Green Peace, salvando las oportunas diferencias donde los antropólogos se convierten en biólogos y donde ya se definen lineas claras en las que el hombre no es solo enemigo del hombre, sino enemigo de la tierra y de los no-humanos.

Sin embargo, esto no fue lo peor ni mucho menos aunque todo camina por los mismos derroteros. Lo peor estaba por venir pues cuando me puse a buscar paneles a los que acudir me encontré con que una sección completa de las cinco que se ofrecían trataba sobre super-aging o procesos de envejecimiento y otra sobre producción y sostenibilidad, ambos productos de las políticas maltusianas. Me llevé a casa una gran desilusión y un concepto nuevo que quiero compartir: el SILVER TSUNAMY.

stunamiA los clásicos antropólogos y etnólogos de Cambridge, de Manchester, de la London School of Economics y de Harvard les preocupa mucho mas la vejez que la otredad ,¿o será que es la vejez una otredad, un estado discontinuo del ser humano?, y prevén una ola descontrolada y destructiva de ancianos de sienes plateadas que arrasarán  Europa en pocos años sin reemplazo generacional. Esto significa que el concepto de vida y de muerte cambiará, crearemos lugares para suicidarse con una hermosa musica de fondo, cambiarán los conceptos de belleza, de salud, de tiempo, cambiará la alimentación y las relaciones con la comida tanto físicas como simbólicas, se “viagrará” la sexualidad, se eliminaran los azucares de los caramelos definitivamente y se proclamará a la cirugía estética como el octavo arte. Es decir, el mundo va a envejecer y con él la cultura. Pero no se preocupen porque como todo buen tsunami, tras la destrucción dejará todo bien nivelado de nuevo y la población volverá a estabilizarse salvando a la tierra de los “animales humanos” y las ballenas repoblarán los océanos. La crisis no ha hecho mas que comenzar y tiene un fundamento demográfico y moral que no cesará hasta que toda una generación de inconscientes natalistas perezcamos bajo el silver tsunami, fenómeno que se encargan de generar y azuzar filántropos/as y verdaderos amantes del mundo como Melinda Gates y compañía.

No obstante, al final lo mejor de todo el congreso fue la cerveza en los pubs de Manchester. Espero que eso no cambie y nos impongan la cerveza sin alcohol por ley.

¿Por qué existen las guerras? (III)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. Concluimos con este tercer post sobre la naturaleza de las guerras una reflexión necesaria antes de emitir un juicio sobre el conflicto sirio. 

La cultura judeo-cristiana tiene la rara virtud de hacernos hipersensibles a la inmoralidad de una violencia injusta aplicada a las víctimas. Girard nos pone en las manos el método para comprender lo que está pasando: nos abre uno de los sellos de la tradición escrituraria judeo-cristiana. Dos hermanos llegan ante Jesús, uno de ellos reivindica que dirima entre ellos sobre un tema de herencias. Jesús no toma partido: ¿Quién me ha constituido juez entre vosotros? Denuncia de inmediato la idolatría de ambos por el dinero. Idénticos en la pretensión de sobrepujar por encima del otro, y, en caso de miedo o prevención hacia el otro, por lo menos, repartir, distribuir equitativamente, recurriendo a un mediador. Pero Este principio de simetría tiene que ser denunciado. Es el principio satánico de la acusación y de la división, es la lógica heracliteana, es la lógica del marxismo, del nihilismo, del capitalismo, de las religiones arcaicas –entre las que se encuentran anclados algunos de nuestros hermanos musulmanes–, la lógica heideggeriana. Y frente a ella solo otra lógica cabe: la del Logos del amor, la del logos joánico. En esas lógicas de la reciprocidad, los muertos de Nueva York compensan los muertos de Irak, de Afganistán, hasta de Hiroshima. El término japonés, Kamikaze, redunda en esa universal y espectral sensación de que todo tiene que ser vengado, resarcido. Que siempre hay una violencia última y legítima contra alguien, y que el sacrificio definitivo requiere la muerte del verdugo en el mismo ara que la víctimas. El todos contra uno solo es un momento en el camino del todos contra todos.

¿Pero en esta ulterior violencia quién es víctima de quién? Todo el planeta está lleno de altares consagrados al sacrificio expiatorio, a la violencia exaltada en el éxtasis de la víctima ideal, la esperada, aquella que con su muerte traerá definitivamente la paz. La Zona Cero, Hiroshima, o El Cairo, Damasco, o Madrid, todo está lleno de monumentos a los muertos, beteles, altares, cuyo recuerdo espera…el momento oportuno para la venganza. Pero esta chocará contra la misma piedra de siempre, la piedra angular que denuncia que todos somos unos criminales y que creemos que la viña es para nosotros, y que el sacrifico final nos dará la paz. De esa piedra angular buscada por todos pero rechazada,  ha sido revelado que era rechazada porque era inocente; desamortizaba nuestra sed de culpa para poder descargar y saciar nuestra sed de catarsis, de echar fuera la violencia y el resentimiento que llevamos dentro. Ya no se pueden distinguir los terroristas de las víctimas, ya no se puede distinguir a Caín de Abel,  es  una metáfora morbosa pero exacta que los que se inmolan lo hagan en el altar de las víctimas, con ellas. Los mártires del universo musulmán lo han entendido muy bien: se victimizan a sí mismos como verdugos cerrando el ciclo de la fe en la violencia.

Caín y Abel_Chagall

¿Quién tiene razón en Egipto? ¿Quién tiene más legitimidad en Siria: el conocido tirano o los que aspiran a la tiranía, aunque la revistan de democracia? ¿Quién tenía razón en Libia? ¿En Irak? ¿En Irán? ¿El cambio del Sha Mohamed Reza Pahlevi derrocado, y con el tiempo y algún tirano intermedio, sustituido por Mahmud Ahmadineyad ha supuesto algo? Sólo ha cambiado, de momento, el nombre de las víctimas ¿Pero cuál de ellas es más culpable o más inocente? Es comprometido afirmar esto porque nuestro esquema de comprensión del mundo consiste en estar nosotros entre los inocentes y los otros entre los culpables. Nosotros entre los buenos y los otros entre los malvados. Pero hay que cambiar el sistema: unos y otros, solo son hermanos mitológicos.

Cristo ha venido a desvelar al príncipe de la mentira que nos tiene subyugados por esta espectral creencia de que mi hermano es culpable de mi desgracia.

¿Por qué existen las guerras? (II)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. Al final de la primera entrega se afirmaba, frente a la aparente ineluctabilidad de la violencia, la posibilidad de la esperanza en nuestra relación con el otro. A continuación se expondrán las razones que, desde la teoría girardiana . 

Cuatro cosas nos aclara la teoría de Girard que saca del pozo del evangelio su método:

1. Las relaciones entre los hombres son miméticas: hay una clara mímesis envidiosa entre occidente, modelo-obstáculo, con el Islam. Pero modelo-imitador viven en un vaivén permanente donde no se sabe quién imita a quién y en qué, donde no se sabe quién empezó primero. Hay una mímesis contagiosa: si estos hacen esto… puede que sea una solución luminosa a mi crisis interna; si estos se entretienen haré lo mismo y le pondré un poco de causa a la vida sin causa. Si suena la flauta de la agitación de las masas mimetizadas y surge alguna novedad…: celebraremos la novedad aunque rocemos peligrosamente  los hedores de este cinismo nihilista (este es el sentido postmoderno de la vida), al fin y al cabo la vida es riesgo. “Nos tiramos a la calle”: hay quien hace flash mob, hay quien convoca smarts mobs, hay quien ama las muchedumbres, la masa sonámbula (Gustave Le Bon, Tarde, Dupuy, Freud, Canettti, Ortega…) sale a la calle y cuando se pone en marcha busca sangre; ¿qué más da que sea imitando a Elvis que al Che? Sólo hace falta un gesto, una primera piedra y un primer imitador (Jn 8).

2. No se piensa, ni se necesita pensar, quién o qué empezó la refriega, la escalada adquiere caracteres exponenciales (Clausewitz: montée aux extremes). El toma y daca es interminable, el ojo por ojo solo es la continuación de una reciprocidad indefinida labrada en odios históricos de origen olvidado. Tribus enfrentadas en Libia, grupos sociales bien definidos en Egipto, gemelos de bandos simétricos por todos los lados, suníes y chiíes, izquierdas y derechas, pobres y ricos, pero no son las objetivaciones de esas diferencias lo importante, sino la indiferenciación, la simetría. “Oiréis hablar de guerras y rumores de guerras; pero no os turbéis porque es preciso que esto suceda, más no es aún el fin”(Mt.24, 6). “No os turbéis”, es “no os agitéis, no perdáis la esperanza, no les imitéis, no salgáis a la calle”.

3. Es necesario que la catarsis –que necesita una sociedad dividida internamente– tenga una resolución sacrificial sanguinolienta…  donde siempre los que pagan son inocentes. Y aunque sean culpables eso es irrelevante. Ser gaseados, los niños o los jóvenes, da lo mismo, al menos, no les importa a los que decidieron jalearlos para despertar el victimismo y utilizar la conciencia de culpabilidad tan acendrada entre los occidentales, y tan laxa en los orientales para con su propia imputación en la violencia. Poner a los niños y a las mujeres como fuerza pacífica de choque es una violencia no menor que un hombre adulto con un K47. Reclama en los espectadores occidentales una sensibilidad moral, planificada desde una estrategia hipócrita, que se aprovecha la debilidad del sistema –derivada de la influencia del judeocristianismo–, a pesar de la implantación de una cultura ilustrada que rechaza esta deuda. Los chivos expiatorios son el mecanismo antiguo que servía para calmar la sed de sangre de la multitud. La pasión de Cristo es el modelo que retrata a las turbas dirigidas “que no saben los que hacen, que le aborrecen sin causa”, es el esquema científico que predice el sacrificio expiatorio, que lo hace inteligibles, que lo profetiza, la luz de todos los demás que la historia ha conocido y conocerá.

4. Habrá chivos expiatorios, pero ya no calman el ardor guerrero rival: Saddam Hussein, Ben Laden, Gadafi, siguen la estela de los “malvados” hombres perversos de la historia: Julio César, Luis XVI, Ceaucescu, Gandhi, Mussolini… (la lista es infinita) las masas han salido y saldrán a descuartizarlos como a Dionisos o Purusha. La rivalidad seguirá con nombres nuevos. El mecanismo de chivo expiación ya no sirve, lo destrozó Cristo con su inocencia, poniendo en evidencia al cruel propensión de los hombres a derramar sangre de los ídolos encumbrados hoy, ensangrentados mañana.

Continuará

¿Por qué existen las guerras? (I)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. 

Steven Pinker, en Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones, insiste en que la paz es alcanzable, está ahí, que la violencia no es tan virulenta, y que el miedo a su increíble capacidad de expansión es lo que ha hecho a los hombres tomar conciencia de ella y aprestarse a ponerle límites. Ya Raymond Aron hizo alarde de su confianza en la capacidad humana de afrontar la violencia mediante la racionalidad. La capacidad disuasoria de la razón y del diálogo han sido constantes en las negociaciones… de paz, ciertamente, cuando los hombres se han hartado de derramar sangre.  obviamente de paz, porque para la guerra nunca se negocia, o al menos no con honestidad. Es famoso el pacto Hitler- Stalin basado en intereses comunes contra terceros, que escondía las verdaderas intenciones de ambos y por eso fue traicionado sobre la marcha. Desde Tocqueville, Freud, Hanna Arendt, Aron, etc., pocos han percibido la verdadera esencia de la violencia. Las bibliotecas están llenas de hipótesis y tratados sobre las relaciones violentas entre los seres humanos. Algunos más atrevidos lanzan teorías explicativas, entre ellos los mesiánicos marxistas que abogan por ella y la adoran para implantar la paz, mejor dicho: su paz; y los fenomenólogos, que atribuyen toda la violencia a las disputas entre credos religiosos, tipo Voltaire. Pero Cándido de este ideólogo ilustrado es un panfleto, del mismo estilo que los que dicen hoy en día que la Primavera árabe es un fenómeno religioso, o los Dawkins o Huntington que ven luchas de civilizaciones basadas en la religión, entendiéndola sin conocerla como un fenómeno paranoico y violento e incluyendo en esa categoría al cristianismo.

Primero hace falta leer a Canetti y a Clausewitz para comprender que no hay contenido objetivo, causa o explicación económica o religiosa, ni siquiera ideológica para la guerra o los conflictos. Tan solo mímesis, envidia, y rivalidad mimética; el aburrimiento de un orden social determinado que busca, por medio del desorden, un nuevo orden y así sucesivamente, en un frenesí periódico que da un poco de salsa a las sucesivas y olvidadizas generaciones… –pues ya no recuerdan lo que le contaron sus abuelos: “estábamos ilusionados, no cambió nada, sólo el collar del tirano y algunos muertos”-.

Steven Pinker que, siendo psicólogo, podría acercarse a estos temas perennes de la humanidad se queda en la superficie, y en un análisis casi roussoniano: “estamos mejor, a pesar de todo el hombre lleva un ángel dentro”. No dudo de estas afirmaciones, pero no incluyen la comprensión total de lo que es el hombre y las sociedades que genera.  Es cierto que detrás de todo enfrentamiento guerrero hay una historia, pero esta historia se pierde en la noche de los tiempos. Es una herida que todos los mitos fundacionales reconocen, en forma de crisis insoportable que reabre es herida una y otra vez: alguien tiene la culpa de lo que “nos pasa”. Esta periodicidad, larga en el tiempo, hace que se olvide el origen, la “causa”, pero está ahí pululando en el aire. ¿Tal vez la respuesta de todo esté en el viento? Pero detrás de toda guerra está el mito misterioso que esconde causas irreconstruibles, por más vueltas que le den los geoestrategas, los políticos y sociólogos de turno de guardia. Eneas y Anténor, Rómulo y Remo, Caín y Abel, son sólo marcas de los mismos fabricantes de trajes míticos e históricos. Y se funde Alba, o Tebas, o Roma, o Nod tras la muerte asesina, da lo mismo: un nuevo “orden mundial” aparece, que ilusiona a los ingenuos o a los que no ven más allá ni más acá de su generación.

Goya hermanos

La globalización nos ha traído la conciencia permanente de la presencia inexpulsable de la violencia; creímos que traería la identidad y la reconciliación, una reedición de la ilusión ilustrada, y nos ha traído la competitividad, la envidia exacerbada y la angustia. Anuladas las diferencias todo se nos torna indiferente. Y esa indiferencia nos enfrenta al Urszene hegeliano irremediablemente: cada uno está interrogando siempre el gesto del otro, indaga sobre su intención para prevenirse-prevenirlo, en una especie de bucle mimético del que no podemos escapar y que transforma al imitador (siervo) en modelo (señor) y viceversa. La globalización nos ha puesto en evidencia contra el paradigma freudiano que el que detenta ostensiblemente el poder que nos subyuga y que a la vez anhelamos, que amamos y odiamos, no es el padre, es el hermano. Más aún, que ese hermano no está fuera de mí, sino que vive dentro[1]. La globalización nos permite advertir lo que antes solo los Tiresias de la vida, clarividentes, intuían detrás de las acciones humanas: la verdadera amenaza somos nosotros mismos, no hay enemigo fuera, está dentro[2], y este es nuestro propio miedo, que los representamos en el otro, al que conferimos caracteres monstruosos, ciclópeos. Pero una vez representado en el otro –doble y monstruoso– salta la motivación que nos vuelve locos de furia erinia y que no hay Euménides (instituciones culturales) que lo paren.  El torbellino lo engulle todo: nos estalla en la cara cuando nos enfrentamos en este huracán de violencia en plena furia cuando se lleva por delante nuestra casa. Mientras pueden caer torre gemelas, hiroshimas múltiples, Cartago o Troya, da lo mismo, hacemos como que no existe la violencia, y nos sobrecoge, no la entendemos. Pero todo estaba profetizado… El lenguaje apocalíptico de Jesucristo en los evangelios, ha sido expulsado del orden impuesto por la ciencia que amputa el pensamiento, y lo constriñe en los límites de lo razonable. Nos da cierta seguridad psicológica pensar que hay una causa, que hay un culpable, no soportamos el azar, la arbitrariedad, el que las cosas pasan porque sí. El azar, que tanto argüimos para los procesos ininteligibles de la naturaleza, no lo soportamos en la cosas del hombre, aunque cada vez más vuelve el concepto de destino, como desgracia, o el de providencia, como poder benefactor escondido tras las brumas del dolor. Intentamos domeñar esos procesos cuando se trata del hombre, prisioneros del paradigma conductista aplicado a la sociología. Pero el evangelio nos da las claves… el azar, la libertad, no están predeterminadas por ningún fatum, por ningún Dios, él ha jugado limpio con el hombre: lo podemos destruir todo. El Apocalipsis no es un castigo (como arguyen interesadamente los fundamentalistas de todo pelo) es una posibilidad, una oportunidad para la conversión: que no es la vuelta a un férreo código moral salvador, sino un mirar con confianza, al otro, sin miedo, llenos de esperanza, pero aceptando lo peor.

Continuará