The Third Jihad: the Movie. What scares us from Islam’s violence?

By David Atienza, January 31, 2012

I remember, growing up in Spain, I used to always watch on the news images about Iran-Iraq’s war or the Intifada in Palestine. Every time that someone was killed, the news presented a featureless mass of grievers screaming and shaking their guns in the air threateningly. The day Gulf War I began my mother woke me up in the morning to go to school and told me: “The beginning of WWIII is close” and I spent all day terrified.

Spaniard’s collective mind has, in general, a negatively shaped opinion about Muslims that has been developed historically. Seven hundred years of Muslim occupation-coexistence, the use of Moor’s Guard by Franco and many other events have molded these ideas that are even collected in many tales where the evil character is presented with Arabic physical features like Scar, the evil uncle in the Lion King. This fear was not totally elaborated since few of us in Madrid around that time ever had any contact with Muslim people, but finally on 9/11, this fear reached the United States, formerly terrified by the Soviet Union and the possibility of a nuclear war. Eleven years later, a film called “The Third Jihad” has been shown to more than one hundred police officers of New York in their training facilities and it has been a scandal.

Whether or not the threat is real, the film touches something deep that generates anguish. When I was a child, I did not realize what scared me from those images, but after reading Girard’s works, things begun to clear up in my mind. The profound fear of violence comes from the undifferentiated mass that erases the differences and avoids any possible classification or order, and this fear generates more violence. The mass is in itself undifferentiated like the violence that it provokes. Since Osama bin Laden was killed, we do not have a defined face to situate the origin of this violence, so the fear grows unconsciously and the ‘victimary’ process is up to begin. The first step has been taken; lately it has been denounced that the police of New York, together with the CIA, is monitoring through “mosque crawlers” ALL Muslim communities and activities, and this is something that has spread all around the US. The tension provoked by the economic crisis is a very good breeding ground for the mimetic violence to burst. The situation is delicate.

What must be done? In my opinion, and following René Girard’s theory, there is one way out in order to avoid the increasing ethnic violence in the US. Since the first objective of terrorism is to create terror, panic, or uncontrollable fear, this kind of movies are supporting their enemies’ goals indirectly. Therefore the best option is to reduce this fear in the population by shaping and putting limits to the real threat. Islam is not jet a unified enemy and this has to be understood and maintained because from our capacity to separate or define reality comes order and therefore peace. If we do not separate reality from fiction, at the end there will be no difference and ‘terror’ will fulfill its destiny: to generate chaos, and chaos breeds violence, and violence is undifferentiated and highly contagious.

I hope my mother was wrong.

Camps, Garzón, Job & Cía.

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 26 de enero de 2012. 

¿Qué tiene en común Camps y Garzón y el Santo Job como teoría? Poco en lo moral, pero mucho en lo psicosocial.

No desvelaré mis simpatías y antipatías, o procuraré respetuosamente no hacerlo, pero está claro que el “proceso” kafkiano que se ha llevado a cabo y se está llevando a cabo en el segundo caso, tienen unas pautas comunes aunque de distinto signo.

Es revelador que se comente que, durante el juicio, Camps estaba leyendo La ruta Antigua de los hombres perversos de René Girard. El libro es verdaderamente ciencia de la humana condición. Girard descubre que Job es algo más que un relato literario o mítico. Es un hombre relevante de su pueblo –en algunos momentos Girard aporta datos derivados de la exégesis y de la crítica textual que hablan o dejan intuir  su condición noble y casi monárquica– pero caído en desgracia. La trama pivota sobre la teoría teológica de la retribución, que es la clave de la mitad de las herejías y divisiones dentro del cristianismo. Pero no es el objeto del caso que nos ocupa. La cuestión e que este pobre desgraciado pasa de las loas y los aplausos a ser maltratado –parece que por Dios-  en una especie de puesta a prueba de su fidelidad y de su bondad. Pero la fiscalía no viene de Dios, que confía en su hombre amado, sino del inductor de la sospecha: Satán. La palabra Satán tiene un carácter técnico: es decir, no es un personaje de cuernos y rabo, con capa roja, sino –la etimología griega lo hace explícito– el acusador. Su nombre es su misión: acusar. Y acusar por envidia. No soporta la fidelidad de Job que cree que es hipócrita o debida porque todo lo va bien, gana y gana elecciones. Los amigos de Job, por llamarlo como los llama irónicamente el libro que lleva su nombre, acuden en “representación de su pueblo” , parece que para ayudarle a que se auto-acuse, y a que reconozca que “algo habrá hecho mal”, para que ahora le vayan las cosas así.  Es como el argumento tumbativo de los terroristas que justifican los crímenes, a bulto: “algo habrá hecho para que le hayan ajusticiado” (utilizo la palabra “ajusticiado” con toda ironía, porque de justicia tiene poco un crimen, pero… dice mucho de lo que es la justicia).
Los amigos, insisten en su culpabilidad, que lo reconozca es liberador; ya tendríamos la fácil solución al problema –como hicieron los más débiles en la historia de las acusaciones: confesar bajo tortura, en este caso mediática, que es la peor de las torturas “democráticas”–, pero Camps, quiero decir, Job, es un pesado que insiste en su inocencia. A mí me da lo mismo su amistad con… o su flojera con el cuidado de las apariencias, que hicieron posible que la sombra de su supuesta integridad se interpusiese entre él y el sol que le daba el aura.

Job, a pesar de los argumentos, sostiene es que es víctima de una acusación falsa, estereotipada, injustificada.  Los amigos –los enemigos en política son igual que los amigos– caen en el ridículo, sacando a relucir cosas estúpidas, conexiones infantiles entre la desgracias y las causas de estas, como los amigos que acusan a Job. ¡Anda que unos trajes, para un representante público, que son como el mono de un albañil no son ridículos!

Pero la masa –los amigos son la voz del pueblo que se yergue en la voz divina  (vox populi, vox dei)– no ceden en su acoso y derribo.  Acorralan, linchan, corean, montan el teatro trágico, el espectáculo en la plaza pública –o los medios– y sentencian: “Es culpable, linchémosle”. Menos mal que hoy en día, algo de la inspiración del cristianismo ha quedado: la presunción de inocencia de las víctimas, el in dubio pro reo. Es tan escandalosa la inocencia de Cristo que es la primera vez en la historia que los hombres empiezan a sospechar de su sistema de ajusticiamiento público: linchamientos, aquelarres, guillotinas, decapitaciones, acoso … Camps ha tenido suerte… si la democracia no estuviera asentada en este país: habría muerto como Gandhi, o Chauschescu, como Luther King o como Kennedy, como Ben Laden o Miguel Ángel Blanco, como Mussolini, como Luis XVI o Julio César. Nótese de nuevo que no distingo entre personajes morales o inmorales. Como Job. El libro deja claro veladamente que es lapidado, apedreado por su pueblo.

¿Cuál es la enseñanza de La ruta antigua de los hombres perversos? La escritura judeo-cristiana es la clave para entender lo ininteligible de nuestras perversas conductas populares. La envidia nos corroe, necesitamos víctimas expiatorias, hacer correr la sangre –no nuestra- para experimentar gozosos la catarsis… No soportamos el fracaso, el tedio, nuestras miserias, por eso tampoco el éxito de los demás. Hay que abatirlos. El pueblo se pronuncia antes que la justicia, la sentencia popular es mimética, la culpabilidad se construye, no se testifica. Da lo mismo si es o no culpable, lo importante es que el pueblo necesita un chivo expiatorio. Es interesante ver en cuántas fallas valencianas han quemado la figura de Camps o la de Zapatero, porque el fuego, totémico, ancestral es reparador, es catártico, evacúa nuestras violencias.

Seguiremos hablando otro día de Garzón, semejanzas y diferencias

Fármacos modernos: Kim Dotcom

Por David Atienza de Frutos

Las noticias internacionales de esta semana no han dejado de hacerse eco del cierre de Megaupload, y sobre todo de la caída de Kim Dotcom, su fundador. Las noticias han venido acompañadas de las fotos de la vida hiper-lujosa y extravagante del individuo en cuestión: yates, juergas, coches, mujeres, aviones, etc., etc…

Como ya hemos venido anunciando en este blog, corren tiempos difíciles para los poderosos, que en palabras de Girard siguen “la ruta antigua de los hombres perversos”. Urdangarin o Camps en la escena nacional o Kim Dotcom en la internacional han sido seleccionados para aplacar la angustia y la violencia provocada por la crisis, crisis económica que amenaza con una posible explosión violenta de las masas.  Por eso hoy más que nunca necesitamos sacrificar a los ‘Pharmakos’, engordados por todos durante los tiempos de bonanza para ser usados como sacrificio expiatorio que aplaque la ira contenida de los dioses, salvando las instituciones y a paz que la crisis amenaza.  El caso de Kim Dotcom (Kim Schmitz) es bastante ilustrativo de como funciona el mecanismo del chivo expiatorio que es usado “para expiar a través de ellos nuestros vicios, […] a través de la prensa, y de la cárcel”.

Pocos son los que no han participado en el crecimiento de su fortuna haciendo click en sus enlaces o pagando subscripciones a su Web para ver películas gratis. Le encumbramos entre todos: pagamos sus coches, casas, juergas y todo tipo de exceso pero le llegó el momento de cumplir con la misión que realmente le teníamos preparada. Ahora nos escandalizamos ante el lujo extravagante en el que vivía, publicamos las fotos de sus fiestas y exuberantes bienes y pedimos como la reina de Alicia: ¡Que le corten la cabeza! Y verán como acaba decapitado.

Ayer era un valiente paladín que defendía la libertad en la Web, hoy es un infame truhan que nos ha engañado a todos. ¡Qué escándalo! Su linchamiento público calmará a las masas, pero ¡cuidado poderosos! Esta calma no durará para siempre.

Género, número y violencia

Por David Atienza de Frutos

[Artículo publicado tambien en nuestro espacio en Religión Digital]
Recientemente participé en un congreso internacional en Hawai sobre artes y humanidades. El tema de la identidad aparecía recurrentemente y de manera confusa. Vivimos sin duda en un tiempo de cambio donde la resaca postmoderna sigue presionando nuestras sienes.

El recuerdo del holocausto y la crisis de la episteme occidental han generado un pensamiento débil imperante. Y… ¡ay, del que se atreva a hablar de La Verdad! Académicamente se suicida y socialmente se encontrará con el ostracismo más absoluto.

En medio de este caos, el cristianismo sigue siendo ferozmente actual. Y la cruz de Cristo, radical y revolucionaria, imagen repulsiva para unos y atracción irresistible para otros. Basta ver los comentarios a los blogs de esta página para darse cuenta de que es un hecho.

La génesis de este movimiento posmoderno está enraizada en la violencia o, mejor dicho, en la búsqueda de una solución humana y eterna, lo que podría ser paradójico, de la violencia.

En el holocausto nazi, la razón ilustrada encontró su muerte agónica. La violencia ‘racional’ se manifestó cruda y públicamente: obscena. Tras la horrible visión de la Shoa [exterminio judío], pensadores como Derrida, Habermas, Lyotard o Vattimo, entre muchos otros, sentaron las bases para una solución estética y definitiva.

Es en este contexto donde se gesta la “teoría de género”, una teoría cuyo último objetivo es la disolución total del concepto, es decir, del género. Es importante comprender este punto ya que la teoría de género no busca la definición y aceptación de nuevas identidades sexuales o “multi-sexuales”, sino a la postre, la absoluta erradicación de la diferencia de género y por lo tanto, el fin de la violencia.

La propuesta es muy sencilla: si la violencia nace de la oposición de los contrarios –blanco/negro, hombre-mujer, ricos/pobres, izquierda/derecha y principalmente verdadero/falso- la destrucción epistemológica de la diferencia arrastrará consigo a la violencia.

Como pueden ver el proceso es filantrópico y lleno de buenas intenciones. Pero, ¿cómo llevarlo a cabo? El comunismo echó mano de las utopías dialécticas para uniformizar la sociedad y eliminar la diferencia. Fracasó por estar enraizado en la propia lógica que quería destruir, pues todo pensamiento lógico tiene necesidad de la oposición y por lo tanto perpetuará irremediablemente la diferencia.

La teoría posmoderna actuará desde la crítica estética y literaria, donde el pensamiento lógico puede ser puesto en “pausa”. Dado que la Verdad -dicen ellos- no se ha manifestado plenamente, ni lo hará, mostremos cómo en un discurso dado “las verdades” no tienen un fundamento ontológico y, por lo tanto, son intercambiables.

La acumulación de “verdades opuestas” hará caer el sistema por sí mismo. A este proceso se le llamará “deconstrucción”. Y ahora podemos entender cómo la incorporación del número al género –ya no hay dos géneros sino cinco y pronto habrá más- destruirá el concepto.

El problema que nos encontramos, no obstante, es que al eliminar de la frase “violencia de género” el término “género”, nos queda solamente “violencia”, pero esta vez sin apellidos. La violencia no se termina y en el proceso, como dicen los anglos, el niño se nos fue con el agua de la bañera, y sólo nos queda nadar en un mar sin orillas, culpándonos a nosotros mismos por la infelicidad, la falta de esperanza y la muerte que nos rodea, pues al menos antes podíamos culpar al gobierno, al sistema o incluso a Dios.

Sin embargo, Cristo, muerto y resucitado, propone otra solución, y esta vez eterna. Para destruir la violencia, la violencia que surge de los opuestos, se hizo violencia Él mismo.

En términos teológicos y cristianos: se hizo pecado. Asumió en su carne la violencia del otro, mi violencia y tu violencia, aun siendo inocente y aun teniendo la capacidad de hacer justicia, sin resistirse. Cristo en la cruz, denuncia la violencia humana y al mismo tiempo la redime. Por eso es actual y lo será siempre, y es en Él donde se ha manifestado la Verdad. La violencia sólo puede ser destruida en Cristo o en alter-Christus, y esto sí que es revolucionario.

Un año después…

Por David García-Ramos Gallego, en Valencia, el 18 de enero de 2012

Más o menos un año después de que comenzáramos nuestra andadura como grupo de investigación, gracias al esfuerzo del Ángel Barahona y la generosa ayuda de la Universidad Francisco de Vitoria, podemos hacer un primer balance provisional. Nuestro objetivo era claro y sigue siéndolo en el encabezado de y logo del grupo: el cristianismo como antídoto contra la violencia, la desmitificación del mito de la violencia religiosa. Siguiendo las líneas maestras trazadas por René Girard, pero también por pensadores de la Radical Orthodoxy como Cavanaugh, Bell o Milbank, abiertos al pensamiento de cualquiera que se atreva a pensar con radicalidad –con la misma radicalidad de Cristo–, libre de prejuicios religiosos, libre de prejuicios morales o personales, libres, en definitiva, como fuimos creados, nos lanzamos al análisis de lo que pasa en el mundo, de lo que ha pasado y, tal vez, de lo que pasará.

Y han ido sucediendo algunas cosas: primero la creación de este blog, que tras una breve andadura en blogspot, fue migrado a wordpress. Con el lavado de cara del blog y el diseño del logo, llegó la web del grupo que tratamos de mantener actualizada entre todos. Después del verano en el que tuvo lugar nuestra visita al COV&R de Sicilia donde conocimos estudiosos de Girard de los cinco continentes, rendimos nuestro particular homenaje a René Girard (probablemente haya sido el primer encuentro universitario dedicado por completo al intelectual francés en España). Tras el estupendo seminario del martes 15 de noviembre por la tarde, pudimos disfrutar de la compañía del filósofo Alejandro Llano al día siguiente. Con él celebramos los 50 años de la publicación de Mentira romántica y verdad novelesca en Francia, uniéndonos a los eventos que le han dedicado al libro en todo el mundo.

Está en prensa nuestra primera publicación, La violencia del amor, con aportaciones nuestras y de algunos colegas. En breve aparecerá el número cero de la revista, XG, con un monográfico sobre el buen gobierno. Y ya estamos pensando en preparar el congreso del año que viene, al que esperamos asista un número importante de girardianos e interesados en la investigación sobre la violencia y la religión y sus vínculos con la política, la filosofía, la teoría literaria, la antropología, la psicología, la educación, etc.

Por último, hemos tenido la suerte de obtener un espacio en el medio “Religion Digital”, al que esperamos contribuir con independencia y libertad, firmes y arraigados en la fe y en la verdad. La verdad, que es sierva del amor, llena de belleza todo lo que toca. La belleza que todo investigador reconoce en ella, y que nos permite decir –creo que hablo en nombre de todos–: qué bueno es, y qué hermoso, estar con los amigos, ser libres y decir en libertad lo que uno piensa. Si de paso algún lector que nos lee tiene la insensatez de imitarnos y atreverse a mirar cara a cara al otro, al mundo y, quién sabe, a Dios, eso que habrá ganado. Nosotros, mientras, esperamos poder seguir en esto con más ganas y con más frecuencia cada vez.

Camps lector de Girard

Por David García-Ramos Gallego, 17 de enero de 2012 [publicado también en nuestro espacio en Religión Digital]

No sabría decir si Camps ha hecho gala de un humor fino, si ha sido una casualidad, si ha tenido un buen asesor que no sabía lo que hacía o si, simplemente, está tratando de comprender lo que le está pasando. Si es esto último, tal vez ha ido a dar con un buen amigo, un buen consejero y un excelente intérprete de todo el proceso.

El caso es que el gesto del imputado leyendo un libro durante la causa es digno de analizarse, según se observa en el siguiente vídeo.

El silencio de las imágenes nos permite concentrarnos en ellas. Camps lee algo en un libro, se lo pasa a su abogado. Este, ocupado escribiendo sin cesar, espera a que la mujer que hay sentada tras él se lo pase. Cuando lo recibe aún se demora un tanto en leerlo. Cuando lo hace sonriendo, y escuchando sin dejar de leer las explicaciones del ex presidente del ejecutivo valenciano, parece seguir más allá de la cita que suponemos Camps habrá subrayado –¿con rojo?– y le señala otro texto al devolverlo, texto que el Camps lee con interés.

Y, sin embargo, no es un gesto inocente.

El libro, La ruta antigua de los hombres perversos, es del autor francoamericano René Girard y si fuera un libro cualquiera el gesto de Camps no sería noticia. Los medios lo han convertido en noticia leyendo superficialmente e interpretando de forma interesada el contenido del libro.

Los medios no han tardado en dar noticia, respondiendo al gesto de Camps, pero sin entender del todo sus implicaciones. Es cierto que el libro habla de un chivo expiatorio. El mecanismo del chivo expiatorio, descrito y desarrollado con multitud de matices a lo largo de la extensa obra de René Girard, se entiende y recuerda con la misma facilidad con la que suele mal interpretarse la antropología que hay detrás.

¿Qué tiene, pues, de particular el libro que Camps muestra a los medios de forma descarada? ¿Qué nueva elaboración nos ofrece Girard del mecanismo del chivo expiatorio? En el análisis que del libro de Job hace Girard llama la atención un detalle: el protagonista es un príncipe, un rey, una figura importante entre sus contemporáneos. Pero los mismos que le idolatraban le condenan unánimemente por una culpa que no aparece, un pecado inconfesado. No dice no pecar, dice que no es para tanto, que no merece el castigo.

Esta obra de Girard hace hincapié en dos aspectos que hay que rescatar para entender completamente el gesto, seguramente inconsciente, de Camps. Por un lado es este carácter de idolatría que precede a la persecución. El santo Camps da paso a Camps el criminal. La unanimidad aquí es fundamental, pues según Girard los mismos que callaban y le escuchaban, le harán callar; los mismos que lo defendían y lo promovían, guardarán silencio y lo dejarán caer en el olvido –como poco–. El chivo expiatorio es divino y demoniaco, es el mal y la cura para el mal, veneno y fármaco.

Pero el problema aquí no es moral. Lo que Girard enseña en su libro no es el juicio moral de los políticos. Señala los procesos victimarios, que no siempre siguen el esquema “el que la hace la paga”. Como en el caso de Urdangarín, lo de menos es la criminalidad del imputado –que aquí ni confirmamos ni ponemos en duda–. Lo que llama la atención es el proceso en sí mismo, la unanimidad en el comportamiento de los asistentes al proceso –desde dentro y desde fuera– y la imagen de Camps.

La noticia habla de traiciones, de chivos expiatorios, pero no habla de lo más evidente: el título de la obra. La ruta antigua de los hombres perversos es la ruta que siguen los poderosos. La ruta que tal vez ha seguido el propio Camps. Quién sabe si lee para comprender qué le ha pasado, cómo ha podido ocurrir. Tal vez lee para aprender y prevenir a sus compañeros de profesión: Job, dice Girard, «es uno de esos hombres cuya carrera ha acabado muy mal porque ha comenzado muy bien».

Todo esto nos suena y nos suena bien. Hay que tener cuidado con ascender mucho, pues cuanto más arriba lleguemos más grande será la caída. Creemos que Camps es culpable. No nos damos cuenta de que es lo de menos. Necesitamos cabezas de turco que expliquen qué nos está pasando, el por qué de la crisis. El pueblo pide sangre y es sabido que vox populi, vox dei. «El ascenso y caída de los grandes constituye un misterio sagrado cuya conclusión es la parte más apreciada. Aunque siempre sea la misma siempre se espera con impaciencia». Girard nos habla en su libro de la caída de los poderosos como de un teatro, un mito en el que cada cual desempeña su papel para que todo siga adelante como si nada. Ya saben ustedes que todo tiene que cambiar para que nada cambie.

Queda por saber si el gesto de Camps tiene algo de revelador. La repercusión en los medios ha sido como poco desproporcionada, pero ha logrado situar el gesto de Camps pasando un libro que quería que se viera, dentro del mecanismo del chivo expiatorio, como la última queja de uno que es culpable, y no como la denuncia y la revelación de la verdad oculta bajo todo linchamiento colectivo.

Me cuesta pensar en un Camps girardiano que ha llegado a entender algo más de lo que han entendido los medios de comunicación. Pero creo que tanto él como los periodistas que han olisqueado el libro han comprendido que dentro de sus páginas había verdad sobre el hombre. Y se han apresurado todos a silenciarla de la forma más efectiva: agitándola ante nuestras narices. Camps agita el libro, los periódicos agitan la noticia. Nadie se entera de nada.

Urdangarín, cabeza de turco

Por Ángel J. Barahona Plaza, 11 de enero de 2012.

​URDANGARÍN ES UN CHIVO EXPIATORIO. Los regicidios siempre han sido el pararrayos de todas las tormentas sociales. Los antiguos regímenes expiaban a través de la decapitación o de la guillotina las iras populares. Su culpabilidad era manifiesta para el pueblo por las muchas iras acumuladas derivadas de sus frustraciones. Pero tal vez su culpa directa no fuera mucho más que la que todos ostentamos por nuestros pequeños o grandes delitos. La horca o los diferentes sistemas de “justicia” popular tienen el mismo esquema:  que alguien pague por los platos rotos  o por nuestros desmanes.

​Urdangarín es culpable tal vez de ambición -un pecado popular y muy extendido-. Que ponga la mano en el fuego quien en su posición no hubiera sucumbido a la tentación de usar su situación de privilegio. No le estoy excusando, ni justificando su delito. Pero los Caifás y Pilatos de nuestros tiempos se lavan las manos acusando de un crimen execrable, el único crimen: su amor al dinero. El crimen de todos. Es como el hermano que se acerca a Jesus para recriminar a su hermano porque no reparte la herencia. Jesús no cae en su trampa: son los dos iguales, sólo aman el dinero. Y desvela su sistema de relaciones: la reciprocidad y la envidia.

​La multitud mediática sin embargo, sentencia, condena, y ejecuta: ya antes de que fuera imputado era culpable, ya antes de que sea procesado debe pagar. El sistema actual es más comprensivo y tolerante, y cobra en libertad lo que antes se cobraba en sangre. Pero aquí hay algo más que republicanos que aprovechan la oportunidad para arremeter contra la monarquía. Aquí hay algo más que un delito de los miles que hay y que ni son juzgados. Aquí lo que hay es una caza de brujas, un linchamiento colectivo, porque ha cometido el error de representar  en su cabeza el más que simbólico “todos contra uno”. Sólo que las condiciones estaban a su favor –o mejor, para ser precisos, en su contr– : plebeyo vertido en pseudo-rey. Tiene que pagar. Es el perfecto chivo expiatorio: rico, joven, guapo, oportunista, ladino, Jacob, Edipo…

​Esta primavera se necesita en plena crisis económica, que nadie se desmadre, que nadie ejerza de rey por un día porque si no ha de ser sacrificado por una masa sedienta de venganza y desangre. Pobre Urdangarín eligió malos tiempos para jugar a rey. En swazilandia se elegía a un rey ficticio, -extranjero, destacado por sus rasgos- para que violase todos los tabúes, todo el mundo miraba para otro lado, pero cuando llegó la fecha señalada por la fiesta  –cambio de solsticio- fue sacrificado como culpable… esto lo cuenta Sir james Frazer en La rama dorada. Todos se sintieron bien, habían asesinado aquel  que no respetó ninguna regla. Habían experimentado una comunión reparadora del desorden. Alguien había pagado como había que pagar, con su sangre. Ahora somos más civilizados: se lincha a las víctimas, a los que son igual que nosotros, para expiar a través de ellos nuestros vicios, pero lo hacemos a través de la prensa, y de la cárcel.

​Esto ni quita ni pone para que se ejerza lo que es justo. Pero de lo que es justo hablaremos otro día.

Duelo por Kim Jong II

EL 19 de diciembre nos llegaba la noticia de la muerte del dictador norcoreano Kim Jong II. Pocos días después la televisión norcoreana difundía al mundo este video. Para los que no lo hayan visto, merece la pena:

Muchos pueden pensar que las lágrimas son burdas representaciones teatrales forzadas a emanar por un régimen represivo. En en gran medida esto es cierto, pero es un buen lugar para reflexionar sobre un aspecto importante del ritual: ¿son las emociones las que general o condicionan el ritual, o es el ritual el que provoca las lágrimas?

Bloch y Perry (1982) secundan una visión neo-marxista de los funerales donde todo ritual es una manifestación social pública llamada a perpetuar un sistema de poder concreto. La muerte de cualquier persona abre un momento de caos pues desestructura la sociedad. El funeral y el duelo serán los encargados de re-estructural el tejido social dañado por la individualidad de la muerte. Para Bloch evidentemente las emociones son secundarias. En este caso los norcoreanos del video has sido forzados a llorar y a generar y buscar una emoción concreta, que finalmente se alcanza.

Metcalf  y Huntington (1991) consideran que la relación entre ritual y emociones no es causal en ninguno de los sentidos, sino que es cibernética. Esto quiere decir que se afectan mutuamente modificándose una a la otra continuamente. Este sentido es el que mejor encaja con la teoría girardiana pues lo que comienza teatralizado, en poco tiempo cobra vida propia y se retroalimenta con y de las emociones humanas.  En este caso los norcoreanos que lloran lo hacen ‘de corazón’, pero posiblemente no por amor a su líder, sino por que es lo suyo.

En resumen: los que lloran, lloran de veras. Eso si, no creo que muchos se acuerden al día siguiente de su amado dictador.

 

 

Bloch, Maurice, and Jonathan P. Parry, Death and the Regeneration of Life (Cambridge University Press, 1982).

Metcalf, P., and R. Huntington, Celebrations of Death: The Anthropology of Mortuary Ritual (Cambridge University Prees, 1991).

No hay judío ni griego

Escrito por Desiderio Parrilla, publicado el 2 de enero de 2011

El cristianismo ya no es religión oficial de ningún Imperio ni tampoco del pueblo. El tradicionalismo lo considera una especie de religión mejor para gente presumiblemente mejor; incurre así en un moralismo mediante el cual cree que favorece a la Iglesia dándole cierta vigencia y protagonismo cultural en la sociedad actual.

Paralelamente, la subversión progre seculariza esa misma tradición para sustituirla y asumir su papel civilizador histórico, presentando su izquierdismo como la fuente legítima de ese mismo moralismo a través de sus ONGs, la educación pública “en valores”, sus planes de estudio, sus obras benéficas o culturales, la labor asistencial de orientadores, terapeutas, psiquiatras, trabajadores sociales que realizan como funcionarios a cargo del erario público una cura de almas humanística.

Los progres critican la noción de “cristiandad” para apropiarse de ella una vez secularizada. Los conservadores pretenden mantener los “valores” cristianos tradicionales, como si fueran algo dado o adquirido, como propiedad “natural” del mundo y no el resultado de la gracia.

Ésta es la novedad: todo es acristiano, perfectamente descristianizado. Casi nadie rechaza este proceso secularizador que lleva siete siglos en marcha sin visos de acabar. El choque entre derecha e izquierda ha sido el motor de esta descristianización. Lamentablemente muchos católicos no quieren entender este hecho en profundidad y no lo analizan. Creen saberlo todo de él por el mero hecho de que constatan sus efectos perniciosos. Buscan en su adversario político el chivo expiatorio a quien inculpar de los males de ese antagonismo.

Ahora bien, frente a esta renuncia, las escapatorias del pensamiento católico para no tomar nota de la realidad han sido múltiples: desde las corrientes ideológicas y regímenes dictatoriales de derechas en el período de entreguerras, al americanismo de los años 50-60, al marxismo de los 70, al occidentalismo de los 80 que precedió y siguió a la caída de los regímenes del Este en 1989.

Todas estas alternativas proceden de esta ceguera que originan la derecha y la izquierda tras la caída del Antiguo Régimen y que sigue desgarrando interiormente la Iglesia con sus evangelios apócrifos: yo soy de derechas, yo de izquierdas… Pero, ¿cuántos son de Cristo? A lo sumo de “Cristo, pero además de derechas”, de “Cristo, pero además de izquierdas”, pero nadie “de Cristo y para Cristo”, el evangelio sine glosa del Poverello.

Tras la caída del muro de Berlín (1989) y el colapso de la URSS (1991) la diferencia entre derecha e izquierda, sin embargo, ha desaparecido. Es un hecho que la Sociedad del Bienestar iguala a la democracia cristiana y la socialdemocracia de las democracias parlamentarias, de modo que derecha e izquierda no se distinguen en nada. Planteémonos qué diferencias cabe encontrar entre los  partidos de derecha e izquierda que rivalizan por los gobiernos. Ambos acuden a la Iglesia y a la tradición cristiana para obtener una identidad inexistente. Para distinguirse necesitan posicionarse respecto de un tercero, a favor o en contra, y este tercero es la Iglesia de Cristo, que ambos desvirtúan con su mirada ideológica. Asistimos a un torneo de tenis entre la derecha y la izquierda; pero la Iglesia de Cristo no es el trofeo sino la pelota.

Aunque ambos están equivocados, a la derecha reaccionaria y a la izquierda revolucionaria hay que reconocerles una intención correcta. Todas estas opciones eran intentos de retrasar o impedir el fin de la “cristiandad”. O estrategias para dar vida a una fe moribunda. Pero se nos revelan como ilusiones. La intención de ambos es correcta, pero sus actos son intrínsecamente malos. Cada una de estas opciones en el plano prudencial podía ser legítima para salvaguardar un espacio de libertad para la Iglesia, en razón de evitar cautamente un “peligro mayor”, etc. Pero se han demostrado ilusorias en el momento en que se ha vivido la opción ideológicamente: como respuesta a la presunta crisis del cristianismo.

Tanto la derecha como la izquierda reivindican un cristianismo reactivo, sacrificial, pelagiano, bien sea para sustituirlo y “perfeccionarlo” (izquierda), bien sea para protegerlo de su “degradación”  (derecha). La izquierda “sociata” se presenta con su humanismo universal como la ideología que puede asumir el antiguo papel civilizador de la Iglesia, manteniendo todas sus ventajas pero sin ninguno de sus “inconvenientes” temporales. Asimismo, la derecha se considera el único heredero legítimo de un cristianismo secularizado, masorético, sociológico y cultural, “tradiciones humanas sometidas a los elementos del mundo” (Col. 2, 8) que diría san Pablo, cuyo “liderazgo cultural” trata de conservar  mediante la demografía y el dominio de las esferas de poder, tanto económicas como culturales y políticas.

La derecha y la izquierda son ideologías enfrentadas desde la Revolución Francesa (1789) que trajo consigo el fin del Antiguo Régimen. Estas contra-ideologías mantienen engañado desde entonces al mundo civilizado sumiéndolo en su conflicto interminable que define la historia universal de los últimos dos siglos y medio. No es difícil darse cuenta de que este engaño se ha infiltrado incluso en el pueblo de Dios desde su origen y ha anulado incluso el discernimiento de sus ministros, dominando a obispos, alto clero, conferencias episcopales, universidades… El producto ideológico resultante es un pseudo-cristianismo, o cristianismo sociológico, derechista o izquierdista, que nada tiene que ver con el cristianismo original cuya única depositaria es la Iglesia católica.

Es lo que pasó con el sueño de la “restauración católica” de los años treinta en los regímenes de derechas en Europa y su revival antimarxista en las dictaduras derechistas de sudamérica hasta bien entrada la década de los 80. Un sueño que quizá podía retrasar el proceso de disgregación de las formas cristianas pero que, sin embargo, no podía generar ninguna fe genuina. Y también con el ideal “carolingio” de la Europa “cristiana” de Adenauer-de Gasperi-Schumann, premisa del american way of life que se desarrollaría durante los años sesenta, es decir, de ese modelo de vida que traerá consigo una secularización y descristianización sin precedentes.

Lo mismo sucedió con el “tercermundismo” evangélico, convertido en “teología de la revolución” o “teología de la liberación”, que englobó el cristianismo totalmente en el marxismo, generando uno de los delirios culturales más disparatados de la historia. Y, por último, con el occidentalismo católico de los años ochenta que, concebido como solución de la crisis “moral” de Occidente y fundamento de los derechos humanos, ha desempeñado realmente un papel político en la caída de los regímenes del Este. No podemos decir que haya hecho lo mismo —a pesar de las ilusiones del post-89— en cuanto al renacimiento de la fe tanto en el Este como en el Oeste. Por ejemplo, la influencia de la ideología liberal burguesa durante 30 años en Polonia  ha sido tan o más devastadora que la ideología soviética durante el mismo tiempo.

Puede afirmarse que no solamente las grandes estrategias políticas en la época moderna (reaccionarios/revolucionarios, absolutistas/liberales, progres/ultras, rojos/fachas), sino también en la contemporánea (la «nueva cristiandad» de Maritain, el «personalismo» de Mounier, la «Acción católica», las «democracias cristianas», incluso la «teología del desarrollo»), se mantienen como subvariantes de esta alternativa dualista entre la derecha y la izquierda. La teología del desarrollo, como muchas veces ha sido observado, podría considerarse como un aspecto de la política imperialista de la postguerra (la OEA, por ejemplo) incluso como incluida en la llamada «Teología del Atlántico Norte», o de la OTAN. . Su «teología de la historia» podría resumirse de este modo: el orden temporal tiene leyes de evolución mínimas que no conviene violar; atendiéndolas prudentemente, los pueblos, sin subvertir ese orden, podrán cumplir en esta tierra, pacíficamente y sin violencia, ejercitando las virtudes ordinarias naturales y sobrenaturales, el camino hacia la gloria eterna. Este desarrollismo de derechas, tecnocrático, ha dado un pendulazo hacia la versión izquierdista, contracultural: el ecologismo y el reciclaje como octavo sacramento, el indigenismo, los nacionalismos étnicos y la “teología de la inculturización”, la “teología norte-sur”, la protestantización del catolicismo, una eclesiología que sacrifica la Iglesia universal frente a las iglesias locales, el voluntariado ecuménico, la “santidad laica”, el feminismo y su “Teología de Género”, etc.

Este dualismo entre fe y vida presupone la aceptación preliminar de la visión neoilustrada, de su concepción positiva del proceso de secularización. Visión que determinaba tanto el occidentalismo acrítico de un “cristiano burgués”, conformista y asimilado a lo existente, como el anti-occidentalismo utópico de un “cristiano revolucionario” que veía en el marxismo un humanismo positivo.

La Iglesia que se asoma a la Europa de la segunda posguerra no es la Iglesia aislada que pretendían defender los “ultramontanos” desde el siglo XIX. En el encuentro entre las democracias liberales y el cristianismo, ambos combatidos por los movimientos totalitarios, la Iglesia de Roma se afirma como baluarte espiritual del “nuevo” Occidente, como amparo de libertad, por su influencia sobre las masas, frente a la nueva amenaza procedente del comunismo soviético. En este contexto, estadistas católicos, como Konrad Adenauer, Aliceri de Gasperi, Robert Schumann, delineaban el perfil de Europa, mientras que pensadores como Christopher Dawson recuerdan sus orígenes cristianos. La alianza renovada entre Iglesia y Occidente, sin embargo, no implica en lo profundo identidad de puntos de vista. La ideología “occidentalista” que se impone en la posguerra, declaradamente neoilustrada, liberaloide, se inspira formalmente en los valores de la tradición cristiana (libertad, derechos del hombre, etc.), aunque negando su raíz, su ligazón con la memoria cristiana que es el Espíritu Santo.

Asistimos a un doble juego que por un lado rechaza la doctrina y el orden cristiano de la vida, y por otro reivindica para sí las consecuencias humanas y culturales de dicha doctrina. La ideología liberal lleva a cabo en este proceso una obra de secularización de los valores cristianos, y al mismo tiempo su disolución, por quedarse como ramas secas sin vigor.

En esta nueva situación, el Occidente, formalmente cristiano, no iba hacia un enfrentamiento directo con la Iglesia, aliada útil y necesaria, sino más bien a una asimilación tal de sus “valores” que convirtieran al cristianismo en algo inútil en su aspecto real, histórico temporal.

El escenario de posguerra comienza a modificarse notablemente con el derrumbamiento del comunismo. En la década de los ochenta se asiste a una renovada alianza entre Iglesia y Occidente, por el papel de aquélla en la disolución de los regímenes de la Europa oriental. La “revolución del 89″ marca, en cierto sentido, el final de la larga posguerra comenzada en 1945. La Iglesia, al no estar ya vinculada a la defensa de una parte, puede encontrar una nueva libertad de movimiento, una libertad que no implica coincidencia entre catolicismo y occidentalismo, aunque no por ello hayan de surgir necesariamente divergencias.

Sin embargo, estas divergencias existen desde los 60 y se recrudecen en la época postsoviética. Es lo que la guerra del Golfo Pérsico ha puesto particularmente de relieve. Aquí la universalidad “católica” y la del “Nuevo Orden Internacional” se han planteado como dos maneras diferentes de entender la paz en el mundo. El chantaje a que fue sometida la Santa Sede durante el conflicto de la II guerra de Irak, enfatizado por los medios de comunicación, ha sido precisamente el de “traicionar” a Occidente. Este choque entre la Iglesia y el Nuevo orden Mundial se anticipó en cuestiones como la Cumbre de Roma (1972), la Cumbre de la Mujer de Pekín (1995), la política anticonceptiva y pro-aborto de la OMS, etc. En este ataque hacen bloque gran parte de las facciones de derecha e izquierda realmente existentes, que enemigas entre sí se hacen amigas frente a un enemigo común: Cristo y su Iglesia (Lc 23, 12).

Es precisamente tras el ataque del 11-S cuando el proyecto liberal entró definitivamente en crisis y esa crisis no ha hecho más que agravarse en el seno de la derecha circundante hasta hoy. La nueva derecha, tras el 11-S, el 11-M y el 7-J, para combatir a sus nuevos adversarios culturales y políticos reivindica una vez más a la Iglesia, la instrumentaliza para robustecer su posición frente a sus enemigos temporales. Se cobija en ella en busca de militantes, para recabar masas de adeptos, legitimidad moral. Sus nuevos enemigos son el “socialfascismo posmoderno” que se extiende por Europa, el anarquismo antiglobalización y contracultural que inunda el mundo, la amenaza islámica, el socialismo del siglo XXI o socialismo bolivariano que se extiende por Sudamérica, la izquierda definida de China y sus estados satélites, las plataformas geopolíticas emergentes tales como el BRIC, entre otros. La Iglesia en manos de la nueva derecha y los neocon es arma arrojadiza para salvaguardar los intereses temporales de ésta.

La izquierda indefinida actual, ya sea  laborista, estética, sesentayochista, welfarista, sociata-keynesiana, humanista, masónica o progre, sufre idéntica crisis a raíz de la crisis fianciera global. Los platillos están equilibrados y sólo la referencia polémica a la Iglesia permite vencer, alternativamente, de uno a otro los lados de la balanza. La única que pierde siempre es, sin embargo, la Iglesia que asiste con pena a este espectáculo lamentable del que son víctimas sus propios hijos, engañados y enfrentados entre sí bajo el influjo hipnótico de este fraude ideológico. El pueblo de Dios, cada vez más mundanizado, juzga la historia con un criterio que no es la presencia de Cristo sino los prejuicios mentirosos de esta confrontación secular.

De modo mucho más realista, Occidente, así como el Este, Latinoamérica, Oceanía y África, se presentan como tierra de misión, como tierra en la que el cristianismo como experiencia viva tuvo hace ya tiempo su ocasión, de modo que su reactualización puede tener lugar no en la mediación con los “valores europeos” –posición inevitablemente retórica y moralista- sino sólo en el encuentro vivo con hombres en los que la correspondencia entre el Acontecimiento de Cristo y su propia existencia es un dato evidente.

El integrismo católico escapa sin duda a la tónica de los neoconservadores y la “nueva derecha”, los maurrasianos de nuevo cuño, y todo el espectro de ideología ultra, heredera de la derecha reaccionaria. Sin embargo, el integrismo o las tendencias tradicionalistas fomentan y conservan un catolicismo tendente al pietismo devocional y el tradicionalismo en sus diversas versiones y renovaciones. Este catolicismo tradicional, que era todo lo que quedaba de la “cristiandad”, se ha demostrado desde el siglo XIX incapaz de colmar la separación entre la fe y la vida, entre el mandato divino de “evangelizar a todas las gentes” y el mundo al que se dirige esa evangelización. La brecha no hace sino agravarse todavía más en esta sociedad globalizada de 7.000 millones de almas.

Ante el derechismo tradicionalista cabe preguntarse con T.S. Eliot en Coros de “La Piedra”: “¿Ha fallado la Iglesia a la humanidad/ o la humanidad ha fallado a la Iglesia?/ Cuando a la Iglesia ni se la considera ya, ni se oponen/ siquiera a ella, y los hombres han olvidado a todos los dioses/excepto la usura, la lujuria y el poder.//Ellos tratan constantemente de escapar / de las tinieblas de afuera y de dentro/ a fuerza de soñar sistemas tan perfectos que nadie/ necesitará ser bueno”.

Los tradicionalistas, por fidelidad a la derecha histórica mantienen su adhesión a esta forma de vivir la fe propia de una “pastoral tradicional de sacramentos”. Matizamos que esta fidelidad a la “pastoral tradicional de sacramentos” no obedece ya a la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, sino a un apego temporalista a la derecha postrevolucionaria y el odio a las tendencias izquierdistas que destruyeron el Antiguo Régimen.

Es un error histórico seguir identificando la fidelidad a Cristo y a su Iglesia con apoyar una “pastoral tradicional de sacramentos”, así como asociar a traición o infidelidad la renuncia a esa pastoral como modo de vivir y transmitir la fe en la actual sociedad de tercer milenio. No es izquierdista darse cuenta de que la “pastoral sacramental tradicional”, base de la antigua cristiandad sociológica, es francamente insuficiente y precaria. La fidelidad a Cristo y a su Iglesia, y el amor a los hombres, es lo que nos urge con celo a anunciar el evangelio con una nueva pastoral, una pastoral de pequeñas comunidades, catecumenal y misionera, que anuncie a Cristo por todo el orbe.  El odio generado por las ideologías de derecha e izquierda es lo que impide percibir al tradicionalismo católico este hecho histórico sin precedentes.  

Esta neocristiandad tradicional es tan ideológica como la Alianza de Civilizaciones de la izquierda indefinida actual, heredera del krausismo y el internacionalismo masónico. Por su parte, la derecha apoya a la Iglesia Católica ya que está íntimamente ligada a la historia de occidente y porque su estructura jerárquica y su élite clerical es la imagen perfecta de una sociedad política y civil ideales. Sin embrago, menosprecian los Evangelios. La derecha ideológica sólo aceptaría una Iglesia sin Espíritu Santo, sin Camino de conversión, sin Kenosis, sin Siervo de Yahvé, sin amor en la dimensión de la Cruz, sin cargar sobre sí los pecados de los demás, sin Bienaventuranzas, sin Apocalipsis, sin amor al enemigo, sin persecución ni fracaso, sin secreto mesiánico, sin ser en suma un “pueblo escatológico” cuyo Reino no es, ni será antes de la Parusía, de este Mundo. En realidad, los neoconservadores son defensores de la cristiandad sin su cristianismo. Degeneran además en un neopaganismo que rechaza el núcleo esencial del Kerigma.

La cristiandad, despojada de su contenido, corría el peligro de convertirse en una barrera, un obstáculo para comprender lo necesario del “renacimiento” del cristianismo. No solamente la cristiandad europea y atlántica de los años 50, sino también la posconciliar, la dividida entre occidentalistas y tercermundistas, entre “derecha” e “izquierda”, entre “progres” que piden un Vaticano III y “carcas” que minimizan el papel del Vaticano II en la economía de salvación.

El proyecto derechista concebido, bien desde un punto de vista integrista como restauración desde arriba de una “sociedad” cristiana, bien laicamente como creación de una sociedad fundada en los derechos humanos se ha mostrado imposible.

¡El cristianismo, sin embargo,  debe renacer! De hecho, lo está haciendo. Y lo hace justo cuando esta cristiandad sociológica se muestra inoperante para hacer frente a los retos de esta sociedad globalizada de tercer milenio. Nietzsche se equivocaba: no es Dios quien ha muerto, sino su cristiandad tradicional. Era necesario un cristianismo sin cristiandad para liberar al cristianismo de la mentira de la derecha (porque el Antiguo Régimen ya no existe ni se puede reinstaurar) y de la izquierda (porque el Nuevo Régimen no es la Iglesia de Cristo ni lo será nunca).

Efectivamente, asistimos a la apostasía generalizada de un tiempo apocalíptico (Ap 12, 4). Empleamos el sintagma “tiempo apocalíptico” no porque se vaya a acabar el mundo, sino porque los signos de los tiempos han alcanzado una escala histórica universal que revelan un designio de Dios hacia su pueblo. De hecho, Apocalipsis no significa: “Fin de los tiempos” sino “Revelación”. El trompetazo apocalíptico no puede ser más atronador.

El pueblo que permanezca fiel será para Yahvé su “resto”. Este “resto” está llamado a dar testimonio de Cristo en medio de esta generación que ya no es cristiana. Este pueblo de Dios es un pueblo escatológico, no un pueblo temporal, que vive por tanto al margen del mundo y sus antagonismos ideológicos. Este pueblo recibirá en todas las partes de la Tierra donde se encuentre golpes a derecha e izquierda, golpes desde la derecha y desde la izquierda, como un flagelo constante de las fuerzas que dominan el Mundo.

Este cristianismo está amenazado por las ideologías, principados, dominaciones y potestades que politizan la Iglesia y obstaculizan la nueva evangelización para el tercer milenio. No puede ser de otra manera. Este pueblo remite, sin embargo, la Justicia de su Cruz al Padre, quien no permitirá que sus enemigos prevalezcan para siempre sobre ellos.