La familia ¿chivo expiatorio?

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 4 de junio de 2012. 

El congreso mundial de las familias ha sido un evento interesante. Muchísimas cosas importantes se pueden entresacar del evento: testimonios, experiencias, propuestas y actividades de gente heroica en defensa de la familia, líneas de trabajo para el futuro, redes de colaboración, contagio mimético del ánimo y de la valentía de tantos y tantos perseguidos por causa de la fe y por la defensa de los débiles, etc., etc., pero yo me voy a centrar en un aspecto que me ha llamado poderosamente la atención, porque es imposible abarcar tanta riqueza en este espacio.

En una cosa coinciden las corrientes defensoras de la familia de todo signo político, religioso y social: en el excesivo papel  que ejercen los Estados sobre los ciudadanos. La asunción de funciones que no le competen y que convierten al individuo en un menor de edad que no sabe lo que le conviene,  choca con la supuesta mayoría de edad que nos iba a traer la ilustración, la razón laicista, liberadora y revolucionaria.  Hoy en día los indignados del mundo reivindican más Estado protector y paternal, que les garantice derechos y más derechos, y los supuestamente más conservadores que les deje vivir en libertad.  ¡Cómo cambian las cosas! ¡Qué la defensa de la libertad sea una reivindicación urgente en las sociedades democráticas y que venga de los sectores en teoría más conservaduristas! Es una paradoja preocupante.

La otra cosa importante es el papel de la ONU en las políticas mundiales sobre la familia. La ONU es un caleidoscopio complicado de personas, naciones e ideas enfrentadas, imposibles de ponerlas de acuerdo, si no es mediante un complejo sistema de reciprocidades, alianzas, chantajes, porcentajes, votos -comprometidos con ideologías-. Tensiones de origen oscuro, que explicitan intereses de grupos minoritarios pero muy organizados, y mecanismos de presión que logran llevar adelante leyes propuestas por estos grupos,  son cotidianas en las asambleas de la ONU. Pocas veces hay acuerdos, o si los hay son inestables, frágiles, determinados por justas y calculadas mayorías. Son famosos los vetos a determinadas decisiones, y las manipulaciones que conducen a otras decisiones famosas por sus consecuencias: guerras, mediaciones y actuaciones arbitrarias en conflictos, no intervenciones en otras, etc. Los temas políticos y económicos, son siempre fuente de conflicto.

Descrito el panorama resulta chocante la unidad en temas morales y de educación.  El respeto a los derechos, a la libertad de educación, la defensa de la mujer, del niño; la preocupación por los desfavorecidos, parece estar permanentemente en la boca de todos los representantes de la ONU, pero es solo aparente. La doble y cínica moral que se esconde detrás del lenguaje políticamente correcto, basado en el tópico de la no discriminación, la defensa de los débiles,  es cada más insostenible desde el punto de vista moral. Por todos los lados sale a la luz que lo que sostiene casi todas las acciones y decisiones de la ONU son planes ideológicos de diversos Estados, que se someten a las tendencias, a las encuestas, a los lobbies que financian a los partidos que sostienen su función política… etc. El trato diferencial también es sospechoso y culpable: la “libertad” defendida en genérico, está siendo conculcada cuando no se respeta más que determinadas formas expresión social o religiosa y se descalifica o excluye a otras, o se las trata de manera discriminatoria. Es muy sospechoso el trato que se le da al cristianismo en todo el mundo. En un principio podría pensarse que se trata del complejo de culpa de occidente por la colonización o por la antigua identidad del cristianismo con ese occidente, pero esto ya no se sostiene. Entre otras cosas porque es desde propio occidente desde donde se persigue con más saña al cristianismo.

Aborto, liberalidad en el uso de drogas, control de la natalidad por cualquier tipo de medios, se impone como algo financiando, protegido, y promovido desde la ONU. Los valores y modelos vitales de la liga LGTB se imponen en todos lados como lo “natural”. La disolución de los modos de relación familiar tradicionales forman parte de un plan maquiavélico, sin duda, porque la familia es la única fuerza de oposición al totalitarismo del Estado, es la única garantía de la libertad, frente al poder uniformizador de los Estados.

Esta unanimidad de todas las fuerzas en torno al control de la natalidad; en el adoctrinamiento en materia sexual, consistente en la promoción del condón como único medio de salud sexual, y la educación emotivista, ajena a la moralidad de la sexualidad liberada de todo compromiso, es muy sospechosa. Atomizar al individuo, convertirlo en un ente solitario, es someterlo; no permitirle pensar o hablar en los foros de decisión de esos organismos,  descalificar al que piensa sobre temas éticos, como si fuera un producto de sus dogmáticas creencias y no de su uso legítimo de la razón y del concurso democrático, es una forma de dictadura de nuevo cuño.

¿De dónde viene esta imposición implacable y totalitaria? No es tanto de la presión de la LGTB o del feminismo radical, sino del marxismo que sobrevive enmascarado en estas nuevas formas de ”revolucionarismo”, si se mi permite la expresión.  El marxismo constituyó la demolición más potente que se lanzó contra Dios y lo sagrado, el hogar y las raíces, la familia y los lazos con la tradición, una teoría que se convirtió en práctica generalizada porque se creía en posesión de la verdad. Como decía uno de los intervinientes, de origen ruso, el comunismo ha sido el proyecto más patético de la historia de la humanidad: no ha dejado nada en su legado salvable, y, a cambio, ha destruido el tejido social, ha llenado el territorio de cadáveres; han sido 70 años tirados por la borda, llenos de miedo, de falta de libertad, y las consecuencias para el futuro todavía están por medir: abortos, incapacitación para la vida familiar, soledades, alcoholismo sociopatógeno, etc. Una teoría ya probada como falsa en todas los campos de experimentación en los que se han intentado reproducir  y que, sin embargo, perdura en la mentalidad colectiva como un buen método de análisis de la realidad y entre algunos como un poder capaz de construir una sociedad nueva. La alianza entre el marxismo y la ciencia, y en concreto las ciencias sociales, hace que éste se apunte algunos éxitos como propios.

Hoy la ONU vive anclada en esta teoría obsoleta y otras erróneas asociadas, incluso ya desechadas por las ciencias sociales, como el maltusianismo, o las predicciones agoreras del club de Roma. En el 1972 congruían con el 68, desoyendo las plasmaciones premodernas implementadas en los países como Rusia y China, Camboya o Cuba que ya apuntaba datos de su tremenda inhumanidad, con que había que liberar a la sexualidad de su ligazón con la familia y la reproducción y dejar que el deseo acampase por doquier, sin cortapisas. El camaleonismo del marxismo con el psicoanálisis freudiano y el nihilismo nietzscheano, hizo que tuviera éxito perdurable, no en los países que lo abrazaron – si bien es cierto que duró, está claro que resistió gracias a la imposición totalitaria y a la policía política- sino -en su esencia- en el lugar en que nació, en el capitalismo occidental avanzado.
Se ha adaptado perfectamente a la sociedad de consumo, y ha canalizado el deseo y el mundo virtual, realizando en libertad,  en el seno de la sociedad capitalista la tarea que Marx daba al comunismo: “es el movimiento real que abole el actual estado de cosas”. La utopía comunista se ha realizado a nivel mundial, pero de forma individual, no colectiva, como pensaba Marx. En forma de individualismo de masas y no de abolición del Estado, de la propiedad privada y de la desigualdad. Pero, además, implantando la utopía en un estilo nuevo: eugenésico y cientificista, con claros tintes totalitarios. La sociedad es marxista. Ha calado hondo que en aras de un futuro prometedor, que el hombre tiene que construir en beneficio de la humanidad seleccionada que tiene el derecho a sobrevivir – con sus leyes de ingeniería social- puede embargar el presente, justificar los medios –los que pone la ONU-, y construir el futuro a su antojo. Dice en este sentido Ratzinger en las conversaciones con Habermas:

«Me refiero a la disolución del derecho a causa del empuje de la utopía, tal como ello había tomado forma sistemática y práctica en el pensamiento marxista. El punto de partida era aquí la convicción de que como el mundo presente es un mundo malo, un mundo malvado, un mundo de opresión y de falta de libertad, ese mundo tenía que ser sustituido por un mundo mejor que, por tanto, había que planificar y realizar. En verdadera fuente del derecho, y en definitiva en fuente única del derecho, se convierte ahora la imagen de la nueva sociedad; moral y con importancia jurídica es aquello que sirve al advenimiento del mundo futuro. Y con base en este criterio se ha venido elaborando el terrorismo, que se consideraba plenamente como un proyecto moral; el homicidio y la violencia aparecían como acciones morales porque estaban al servicio de la gran revolución, al servicio de la destrucción del mundo malo y servían al gran ideal de la nueva sociedad … el modelo ideal que representaba el mundo futuro»

Podemos añadir que la sociedad capitalista global ha realizado las promesas más importantes del marxismo, a pesar de distorsionarlas: en la globalización ha realizado el internacionalismo; en la uniformidad y en la homogeneización ha logrado su ideal del igualitarismo y cortar a y todos por el mismo patrón, arrasando con la diferencia y la singularidad (hoy en día vistas como sospechosas); en el mercantilismo global es fácil ver el papel preponderante de la economía; en el ateísmo práctico, se ha realizado la crítica marxista a la religión como alienación; en la primacía de las relaciones materiales, prácticas y utilitarias respecto a los valores espirituales, morales y tradicionales se ha realizado el materialismo marxista; la liberación del ligamen de la sexualidad y la reproducción –realizado en el emotivismo al uso- se ha disuelto la familia y el matrimonio se ha convertido en un vestigio del pasado. El origen de la familia, escrito con Engels, y en La ideología alemana, junto con el panfleto: El manifiesto comunista, se hallan las base del prometeísmo marxista que se ha consumado en la soledad de los individuos frente al Estado. El empuje ideológico del marxismo está impregnado la forma de pensar global: su vanguardia intelectual toma el control del poder cultural, funciona como una secta endogámica en los espacios públicos, que supervisa el cumplimiento de lo políticamente correcto. En lo económico el marxismo se adecúa a la sociedad global y neocapitalista de masas, hasta en sus reservas históricas-culturales como China. El espíritu del marxismo se realiza en Occidente, convirtiéndose en radical ideológicamente, y  liberal en lo económico. Se perdió el tono violento del marxismo – la lucha de clases y la sangrienta dictadura del proletariado – y se legó a las revoluciones del Tercer Mundo y la extrema izquierda de Occidente; pero con ello ha perdido el anhelo de justicia social, y el arraigo en el proletariado y en la clase obrera. La sociedad de masas de Occidente ha llevado a cabo la predicción de Marx: la proletarización de la clase media y el aburguesamiento del proletariado, que nos ha traído la moral emotivista, acomodaticia, que sacrifica todo compromiso, como estilo y modelo de vida.  
Lo que Marx no entendió fue que lo que trajo fue el desencanto, la secularización, el ateísmo, la revolución cultural más grande que ha conocido la historia y que aún no estamos en condiciones de analizar con frialdad, a menos que nos arriesguemos a ser perseguidos, apedreados por ir contra la corriente del pensamiento único –que es el marxismo ideológico triunfante- , pero que va a suponer a cien años vista el genocidio más grande jamás conocido, y la revolución de la cultura más destructiva vista hasta ahora. El aborto, el divorcio son claramente derivaciones de El Manifiesto Comunista, cuyas consecuencias para la economía del planeta y los equilibrios socio-políticos están por ver.

 No es casualidad que los marxistas occidentales se convirtieran al espíritu del individualismo radical y liberal, del mercado y la liberación sexual, despreciando la liberación social. La lucha de clases ha sucumbido en nombre de la lucha por la ideología de género, por el anti sexismo y el antirracismo. La defensa igualitaria de las masas de pobres ha cedido dando prioridad a la protección de los “diferentes”.  El marxismo se mantiene activo con una identidad falsa, casi en forma transgénica como espíritu disolvente de la realidad y su sentido, de lo sagrado y del fundamento de los principios y estructuras sobre la que se fundó la sociedad tradicional. El marxismo al uso ha convertido el pecado en virtud, el mal en bien en una afirmación intocable de la libertad, y la falacia consiste en que cuando se ha criticado la inmoralidad de una decisión política, la masa de mentalidad marxista aduce que no es una razón científica sino religiosa la predominante. Así, por ejemplo, aducir pruebas sobre el ser humano que es el embrión, o sobre el daño que se infringe a la prole cuando se la priva de la paternidad por sistema, quedan expulsada de manera intolerante del ámbito de la discusión pública y política como intolerantes porque, dicen, responde a una creencia y no a una razón. Es una imputación falaz tachar de religioso a un argumento, por el hecho de que se diga que hacer algo –antes llamado pecado- no es bueno por inmoral, sin escuchar la razón de por qué es inmoral. Ya no se respeta su postura porque se la califica de repetición mecánica y dogmática de cosas irracionales derivadas de una creencia, impuestas por el dogma…, como si sus argumentos, los derivados de la ideología marxista no lo fueran, o que por el hecho de ser laicos estén exentos de sospecha de dogmatismo. Los argumentos son tachados de intolerantes, y se les expulsa de la plaza pública, sin tener que refutarlos; se los descalifica como creencias y no como razones.

El marxismo triunfante está entre nosotros, la ONU lo avala, los gobiernos socialdemócratas también, el pensamiento discordante es tratado con desprecio y perseguido en los medios.  No somos ciudadanos de segunda, tenemos derecho a defender argumentos y no ser discriminados. Se nos expulsa de la condición de igualdad en el diálogo (RAWLS) alegando que defendemos posiciones de fe y no argumentos, el totalitarismo asoma en la forma de intolerancia de los que se llaman a sí mismos tolerantes.

Dicho lo cual también tengo que hacer una aportación crítica al congreso. Se veía claramente una posición beligerante con el que no piensa como nosotros pensamos.  Y digo nosotros, porque en esencia, el pensamiento a favor de la familia –cristiana- no tiene resquicios en mi.

Pero el evangelio no pacta con ninguna de las posiciones rivalizantes. Por eso afirma que Dios es amor y que no hace distinciones. Los evangelios sinópticos lo ratifican: nos indican que Dios trata a los hermanos enemigos con la misma benevolencia y con la misma sed de verdad. Para el Dios del evangelio las categorías que salen de la violencia y vuelven a ella son perversas, o satánicas. Que nadie le pida al Dios de Jesús que se pliegue dócilmente a nuestros odios fratricidas. Cuando los hermanos que han recibido una herencia se acercan a Jesús con la intención de que ejerza de juez se llevan una tremenda sorpresa: «Uno de la multitud le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”».Lc, 12, 13-14. Ambos son denunciados porque buscan vencer sobre el otro. Su vano intento de convertir a Jesús en juez y parte de una decisión dilemática es el continuo intento humano de dirimir los conflictos optando entre víctima y verdugo, entre inocente y culpable, entre buenos y malos. El Dios que quiere presentar Jesús tiene una visión más compleja, antimaniquea. Los hombres son gemelos enfrentados, deben ahondar, ir más lejos en el análisis de sus conflictos. La solución perezosa es siempre sentirse uno mismo legitimado para su violencia o vindicación y, al otro, deslegitimado. No así la sabiduría divina que ve a los hombres como contendientes en una batalla pírrica e infantil aunque muchas veces de consecuencias trágicas.

Por ejemplo, es muy significativo observar que el evangelista Lucas cita al profeta Isaías, amputando el texto original cuando se trata de esgrimir el argumento de la venganza: tienen claro que Cristo se desentiende de ella. Sólo citan el trozo que habla de curación, liberación o restauración, evitando los que hablan de castigo, venganza o destrucción. Destacarse de la corriente veterotestamentaria del Dios que reclama la venganza, que se deja llevar por la ira, y que por momentos se muestra cruel con su pueblo y con los enemigos de su pueblo es la primera interpretación que nos viene. Pero hay algo más de sabiduría encerrada. En Lucas 4,18-19, Jesús lee un texto de Isaías que dice «El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor», y suprime la frase que sigue de manera natural: «Proclamar un año de gracia del Señor y un día de venganza para nuestro Dios» (Isaías 11,4-5). Según la fuente Q (Lucas 7,22 y Mateo 11,5), Jesús dice a los discípulos de Juan que le interrogan: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia». Obviamente Jesús está citando al profeta (Isaías 35,5-6) para que ellos identifiquen con él al Mesías: «Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mundo cantará», y de nuevo amputa el versículo anterior: «Vuestro Dios trae la venganza y el desquite».

¿Por qué este insistente interés de los evangelistas en recortar el texto, cuando en otros, a lo hora de citarlos son tan profusos? Está claro que hay que bucear en esta amputación. Cristo no cae en la ingenua rivalidad; ve a los hombres como gemelos enemigos a los que tiene que llamar a conversión sin tomar partido, por sabe que se hace tanto mal en la defensa de un bien como el mal mismo deseado y buscado.  Cristo está más allá de nuestras ético-políticas y razonables posiciones, no porque se sitúe en limbo, si no por situarnos en la verdad: sólo el amor al enemigo nos libra de las trampas de Satanás. Si no estamos dispuestos a dar la vida físicamente por los hermanos homosexuales, por los que nos odian, o por los que no piensan como nosotros, estamos cargados de razones y de ética, pero no hemos olido el Espíritu Santo. 

Es también muy interesante observar, cuando se trata de definir qué es ser hijo de Dios, y ser perfecto como él, que Jesús no entra el discurso metafísico o en la fácil asignación maniquea de la culpa, y en el precio que hay que pagar por la maldad, sino que nos desconcierta con un sentido de la justicia que nada tiene que ver con el nuestro, exclusivamente retributivo:

«Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,43-48) 

Quizás sea por esto por lo que sentí, y esta es mi visión personal, que Monseñor Reig se sintió incómodo con el aplauso.