En un mundo violento (5 y conclusión)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 3 de diciembre de 2014.

En un mundo como el que hemos descrito, puede que el Siervo de YHVH sea algo más que una feliz idea teológica: tal vez, como nos dice Girard, sea una sórdida alternativa o quizás la única: o nos reconciliamos tal como nos proponen los Evangelios, o desaparecemos. En un mundo en el que la violencia parece “ir a los extremos”, como afirmaba Clausewitz en Das war, la historia nos tiene acostumbrados a que una vez que se desata la violencia por parte de alguien que cree que sus razones le legitiman para el ataque, la respuesta del otro no se deja esperar, incrementa el potencial de violencia de manera exponencial. Tal vez cuando se trataba de guerras controladas o de ejércitos enfrentados con nobleza en un campo de batalla abierto y definido hubiese alguna posibilidad de acuerdo antes de la mutua destrucción. Tal vez pudiesen abrigarse esperanzas de la rendición del contrario por la victoria pero ahora lo que sucede es que, en esta escalada de violencia, lo que se presenta como futuro probable es un desastre nuclear. De aquí que la historia prenunciada por los evangelios, que nos advierten una posibilidad conflagración final, sea algo digno de ser tenido en cuenta. Es cierto que la apocalíptica no habla solamente de destrucción sino de la revelación de las cosas que han de suceder en un último intento de llamarnos a conversión, pero cada vez es más claro que el potencial de suceso de aquello que anuncia el Evangelio es más real, dado que la posibilidad de destrucción está en manos de gente sin garantías de autocontrol en situaciones de estrés y conflicto.

La iglesia tiene un papel también preanunciado por el Evangelio de completar lo que falta la pasión Cristo, encarnación del Siervo de YHVH. Es por esto por lo que en los últimos acontecimientos está siempre en el candelero siendo señalada como retrograda, denunciada como antisocial porque no es entendido su mensaje: parece que va contracorriente y por esto está siendo reconducida por los  medios como la “mosca molesta que hace despertar la conciencia dormida” hacia la imagen hacia el chivo expiatorio.

Las lecturas de la misa del 20 de noviembre han sido explícitas: Apocalipsis (5,1-10):

Yo, Juan, a la derecha del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso, gritando a grandes voces: «¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos?»

Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el rollo y ver su contenido. Yo lloraba mucho, porque no se encontró a nadie digno de abrir el rollo y de ver su contenido.

Pero uno de los ancianos me dijo: «No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos.»

Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo hablan degollado, y tenía siete cuernos y siete ojos –son los siete espíritus que Dios ha enviado a toda la tierra–. El Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con la mano derecha. Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume –son las oraciones de los santos–.

Y entonaron un cántico nuevo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra.»

Cristo es ese Siervo de YHVH, ese cordero degollado. Como dice Vitorino de Pettau, el “león para vencer, se hace cordero para sufrir”. En el siglo IV los cristianos estaban siendo perseguidos por Diocleciano con la misma saña que lo están siendo los cristianos en Siria y en Irak, y en todas partes, que marca el destino de la revelación. San Lucas (19,41-44) describe la situación de Israel hoy tras los atentados de Jerusalén del día 19 de noviembre, pero nos hace una pregunta:

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»

¿Qué es lo que conduce a la paz? ¿Y de qué paz está hablando?… esta es la pregunta a la que el libro El Siervo de YHWH. Una ciencia de la violencia intenta responder.
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En un mundo violento (4)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 2 de diciembre de 2014

La iglesia está, en este momento de la historia, empezando a comprender cuál es su misión: reencarnar al Siervo en el siglo XXI, y proponerlo… o proponerse a sí misma voluntariamente al escarnio público. Como dice Girard tal vez el único elemento aglutinador de las masas sea convertir al cristianismo en chivo expiatorio. Y tal vez también sea el único antídoto contra al relativismo. Pero esto está hablando de que estamos cercanos al apocalipsis.

Aquel por el que llega el escándalo

En la entrevista que le hace Maria Stella Barbieri en Aquel por el que llega el escándalo, podemos leer una profecía moderna sobre la Iglesia:

M.S.B.- Tiene usted razón al subrayar la actual condición histórica de la Iglesia, que se continua fantaseando, “mitificando”, como si fuera la responsable, es decir la culpable de todas las desgracias del mundo… Pero, según usted, ¿cuál es la relación específica del cristianismo histórico en relación al radical desorden del hombre? ¿Se justifica como una especie de excepción?

R.G.- Cuando llegan estas cuestiones de importancia hay un interés especial en no equivocarse. Los católicos me han reprochado a menudo de no tener una teoría eclesiológica, y en cierto modo tienen razón, porque yo no soy teólogo ni eclesiólogo. Sin embargo, es necesario defender a la Iglesia cuando se hace de ella un chivo expiatorio, lo cual encuentro escandaloso por parte de los católicos. Si comprendieran lo que está en juego hoy en día no harían eso a su Iglesia. Se trata verdaderamente de la fábula de La Fontaine: el león viejo al que todo el mundo da una patada.  Cuando le toca el turno al asno y le da también el león se revuelve. Yo prefiero no jugar el papel de este asno. Para volver a su pregunta, pienso que la legitimidad de la Iglesia está en su lazo con Cristo. Pablo, por ejemplo, lo sabía bien. Lo que me asombra en él es que se ha encontrado frente a Pedro, con el mismo problema que mucha gente, de todas las épocas, que han encontrado a Roma frente a ellos. Él era más radical que Pedro, le ha leído la cartilla, a menudo le ha desaprobado fuertemente, pero se ha inclinado finalmente ante él porque sabía que Pedro había sido designado por Cristo como su portavoz más autorizado. Veía inmediatamente lo esencial en todas las cosas y reconocía la tradición. ¡Una tradición que tenía entonces un cuarto de siglo solamente! Y es porque conocía perfectamente de qué se trataba porque lo que se comportó como lo hizo; sin la cual no habría habido jamás cristianismo.

El cristianismo parece ser en lo sucesivo el único chivo expiatorio posible, y por tanto el factor real de unidad de nuestro mundo. En América, se aprecia claramente con las medidas que toma la Corte suprema para impedir toda expresión de sentido cristiano. El cristianismo es aludido especialmente en relación con las otras religiones, en la medida en la que su universalismo está más presente.  Pienso que esta tendencia va a prolongarse y acentuarse porque los aspectos de la situación, responsables de esta tendencia, se refuerzan. La tentación totalitaria reprochada a la Iglesia se ha invertido. Veo ahí la continuación de lo sacrificial en los tiempos modernos bajos formas menores, pero que se vuelven peligrosas y cada vez más reveladoras. Por otra parte, paradójicamente, no se puede salir de la actual situación de desagregación, de particularización, de multiculturalismo, etc., más que descubriendo, precisamente, la universalidad del cristianismo, el único que puede hacer barrera ahí, inclinándose ante esto. Tengo a veces la impresión de que se trata de la última barrera que, cuando salte, dará lugar al apocalipsis. No veo otras.

Jamás la Iglesia ha hecho, tanto como lo hace hoy en día, el oficio de chivo expiatorio. Pero es necesario ver el valor simbólico de esto: aquello que la Iglesia había perdido, tal vez por sus compromisos con el mundo, sus enemigos se lo devuelven obligándola a hacer el mismo papel que Cristo. Esta es su verdadera vocación que se afirma y que va a sacudir la indolencia y la decadencia de la época que se acaba.

La pertinencia de este libro en su segunda edición es incuestionable. Los últimos acontecimientos: la ley del aborto en España en la que las caretas se caen e irrumpe la pragmática política de los votos y del dinero como bandera; los atentados de Jerusalén, el avance del EI, el desmantelamiento de Libia, Siria, Irak; la persecución sistemática, cruel y indiscriminada contra los cristianos en Asia y África, y la de las FEMES, y grupos radicales y mayoritarios políticos europeos y americanos contra la Iglesia bajo la excusa de la pederastia de unos poquísimos, y de sus posiciones respecto a los abortos, la corrupción y los ancianos, hacen prever un duro invierno para la Iglesia.

En un mundo violento (3)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 1 de diciembre de 2014.

Para los posmodernos solo parece haber dos vías de salvación… El sujeto estético y el pacto en condiciones de igualdad en el discurso. Caminos intermedios solo son considerables en el entorno de los intelectuales de élite: la educación mediante el cine, la literatura, el conversacionalismo banal, el arte, la cultura… el común de los mortales estamos lejos de esa no implicación emocional en los asuntos mundanos.

Hay dos dificultades sin resolver en esta propuesta dostoievskiana y posmoderna, profetizada por Kierkegaard: el sujeto estético solo se lo pueden permitir los ricos o burgueses de clase media que viven en las sociedades del bienestar. Vivir de la belleza y salvarse por ella es cuestión de privilegiados que tienen tiempo ocio y bienes suficientes para pensar y vivir el arte; el resto a duras penas se puede contemplar a sí mismo sobreviviendo. El pacto, es un artificio posmoderno que surge a posteriori, tras la catástrofe. Nunca antes, como sería deseable. Los hombres no pactan mientras tengan la esperanza de dominar. Cuando el intento de dominar fracasa es cuando se echa mano de ese recurso que siempre estaba ahí pero que no veíamos la forma de utilizarlo. Tanto se trata de armisticios como de divorcios.

Lo jurídico, herencia del miedo y del fracaso de la ley del talión, como modo de control de la violencia es un gran intento de la humanidad para domesticar al ser humano, pero hasta ahora la historia no deja de mostrarnos su impotencia. A duras penas la ley, los tabúes, ponen obstáculos a la violencia. En las épocas de la humanidad más férreas, en leyes que intenten controlar la violencia y de éticas más excelsas, es en las que hemos sido testigos de los crímenes más nefandos de la humanidad. Solo tenemos que mirar a los siglos precedentes, en los que monstruos de la razón, elevados en nombre del Estado paternal, del poder del pueblo, de las masas proletarias o fascistas, o de los iluminados nazis preñados del romanticismo más feroz del folkgeist, para ver que han sembrado el planeta de cadáveres. La verdad es que el ensañamiento de los intelectuales con la Inquisición (imputando a todos los miembros de la Iglesia en general los crímenes de unos pocos, sin distinción de implicaciones y libertades varias) como el periodo más oscuro y cruel de la historia, solo es comprensible tomándolo como un acto de cinismo alucinante. Tal vez pretendiesen que una vez que uno se hace cristiano se convierte en ángel o un ser sobrenaturalmente coherente. Pero sería imposible que tomando los Evangelios como cúmulos de doctrina pudiesen encontrar en ellos algo parecido a lo que se encuentra en todos los libros de doctrina política de la historia del pensamiento.

La libertad de los hombres parar hacer tras el hábito es inconculcable. La libertad es algo realmente escandaloso, pero es la condición de posibilidad de la dignidad y de que la historia no sea un teatro de marionetas. El riesgo es que a cambio la historia de la humanidad esté siendo lo que parece a Macbeth en el acto V: el relato de un loco lleno de furia y de rabia. Pero no es esa la visión de Cristo. Su confianza en que no hay modo de ser hombre, hijo de Dios, más que siendo libre, nos hace sospechar  que estamos creados para el diálogo con el Creador y con los otros hombres, que la historia da pasos agigantados pero lentos hacia un progreso moral y que el camino es la conversión. ¿Estaban previstos por Cristo los sucesivos intentos fallidos de la humanidad por diseñar una sociedad pacífica? ¿Es posible que fuera la paz la expectativa de Cristo respecto a la historia? ¿Es solo un profeta de la no-violencia?

Autores de renombre en Alemania, Peter Sloteredijk y Ulrich Horstmann, ante las ingentes proporciones que adquiere la violencia propone retornar a la eugenesia o la materia inmaculada.

El advenimiento del reino de los cielos sobre la tierra, la gran paz vendrá sólo cuando la vida del hombre haya sido estabulada o extinguida sobre la tierra y “cuando el viento sople sobre la arena a lo largo de toda la superficie terrestre y los cristales vuelvan a brillar como la luz de las estrellas”. Ulrich es el profeta del fin de toda filosofía humanista ética y religiosa: imagina la destrucción como un evento sagrado, grandioso. El hombre es un monstruo pero el monstruo se convierte en el redentor, en una figura sagrada. Sin embargo, ante esta situación del mundo que describe con una crudeza inimaginable, no da una respuesta a la presión que ejerce la violencia. La violencia puede llevar a la gente a una rivalidad exponencial, del estilo que describe René Girard en Achever Clausewitz, pero también el hombre tiene capacidad de amar. Hay una posibilidad por la que el hombre puede dejar de dar culto total a la violencia. La cuestión de la violencia conduce inevitablemente la cuestión de la libertad.

Cristo asume esa libertad del género humano sobe sus propias espaldas. El Siervo de YHVH irrumpe aquí como un principio clave para poder entender la historia de la humanidad. ¿Y si la única posibilidad para los hombres de escapar a su mutua autodestrucción fuera tomarse en serio al Siervo de YHVH?

En un mundo violento (2)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 28 de noviembre de 2014.

[Continuamos con la publicación de esta serie de posts que se escribieron a finales de noviembre, pero que siguen teniendo actualidad y que prueban el poder explicativo de la Teoría Mimética]

El pensamiento único tiene una serie de características que lo hacen único… El hombre no es más que un animal, con una singular capacidad para emocionarse, pero sin destino trascendente. Como un animal se rige por leyes darwinianas, la supervivencia es la ley que gobierna todo comportamiento. Como miembro de una manada algunos individuos deben ser sacrificados en beneficio de la especie. Solo que como el hombre es además racional, selecciona a esos seres prescindibles por categorías estereotipadas: ser minorías étnicas, religiosas, migratorias… Pero lo importante es que esos elegidos tengan capacidad de congregar el odio o la mirada de todos, para que el resto se salve.

La unanimidad en orden musulmán o en el orden de las sociedades occidentales se forja contra la única minoría que hoy dice algo que disiente de lo que todo el mundo acepta. La legitimación de la violencia propia está fundada sobre la creencia de que “estamos en la verdad” (en la interpretación del Corán o en la implantación de la democracia, da lo mismo) y todo lo que no caiga dentro del paraguas de esa verdad subjetiva, particular, del “nosotros los musulmanes” o del “nosotros los demócratas” occidentales, que yo-nosotros poseemos en exclusiva, ha de ser denunciado, o puesto en estado crítico, y ser erradicado en última instancia. Los otros están en la mentira o en el error.

Al estar en la verdad, la violencia está legitimada por parte del Estado (Islámico o democrático) porque éste se ha erigido en mediador absoluto de los desvalidos ciudadanos. El Estado nos devuelve al estado primitivo y nos hacer retornar a la minoría de la edad de la razón: piensa por nosotros, nos dice lo que está bien hacer, lo que debemos opinar… ¡Si Kant levantara la cabeza! El Estado ejerce la violencia con toda clase de cuidados y equilibrios en las sociedades democráticas y con descaro tiránico en las pseudo-democráticas.

El éxito de su control reside en el miedo que los ciudadanos se tienen unos a otros, necesitan ese Levithan hobbesiano que les defienda de sí mismos, de sus propios hijos… Pero fuera de ese férreo control que pedimos para el vecino, estamos autorizados ad intra a hacer cualquier cosa. En el sujeto normalizado… estabulado, solo hay una vía de sentido o de escape: dejar que el deseo fluya en el placer de las pequeñas cosas y que nadie se interfiera. La contemplación estética es la fuente del placer. El placer está domesticado: la sociedad del consumo convierte los vicios privados en virtudes públicas y revierte sobre sobre el mercado sus productos de salvación. Lo que antes era “pecado”, y era visto como aquello que produce daño al individuo y a la sociedad, ahora se convierte en Ley, en norma, porque hay detrás un negocio que defender que llena las arcas del Estado. Incluso los indignados han caído en la trampa: los revolucionarios de hoy no son anarquistas, humanistas rousseaunianos que buscan el retorno al trueque (al estilo del Manifiesto comunista de Marx) como algunos piensan tildándolos de románticos, nostálgicos, ingenuos, anacoretas o tecnófobos de la sociedad tecnológica e industrial. No, son súbditos del Estado que quieren que éste sea mejor Padre, o una Madre de verdad. La pachamama nos debe sus frutos como compensación de nuestros sacrificios. Quieren más Estado, más seguridad social, más cobertura de desempleo, incluso sueldos igualitarios para diferentes trabajos. Si el Estado se yergue en Padre, que ejerza. Que pague los caprichos de sus hijos arrojados sin su consentimiento a la vida; tienen derecho a reclamar recompensas, que se les mantenga sin pedirles nada a cambio.

Las fuentes del placer son cada vez más sofisticadas, pero cualquier tipo de placer, siempre subjetivo, es válido y ha de ser financiado. El problema es que no vale nada un placer no compartido, o no público, y he aquí el problema: siempre es acosta de otro. Y eso, una sociedad susceptible en sumo grado, victimista, políticamente correcta, tiene que regular exhaustivamente  toda acción pública bajo una rigurosa ley. En la sociedad de la transparencia (Byung Chul Han) es complicado mantener en privado el placer. El abuso sexual, el crimen, las adicciones, el alcohol, tienen consecuencias inevitables para la vida social que desatan represalias y violencia. Tolerarlo todo es peligroso para la supervivencia de la tribu… convertir en norma de ley algunos placeres va a ser la solución: hacer de la nueva moral normas de tráfico viario porque prohibir todo lo que hace a alguno víctima es imposible, disminuye la rentabilidad y genera caos social.

En un mundo violento (1)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 27 de noviembre de 2014.

El estado islámico inquieta al mundo porque sabe que no parará hasta conseguir sus objetivos. Los logre o no habrá mucho derramamiento de sangre. Los cristianos de Irak y Siria huyen e intentan refugiarse en las ciudades, pero no hay lugar seguro ni dentro ni fuera de las diluidas fronteras. El islam se expande en todas la direcciones con la fuerza de la emigración y de la violencia.

El pensamiento único occidental también se expande: cree que puede exportar la democracia a la vez que importar y comercializar la riqueza de los países por la fuerza de los acuerdos comerciales de las multinacionales y la potencia y sofisticación de sus armas. Es un colonianilismo sutil e impío, porque los Estados mandan como emisarios a multinacionales sin piedad que solo buscan el negocio. Las OeNeGes financiadas o no por el estado son parches de lavado de conciencia.

La aldea global occidental (liberal en lo moral, socialista en lo político, y capitalista en lo económico) cree poder convencer a las otras aldeas de la bondad de su proyecto y, ciertamente, parece que lo acogen: todos son capitalistas aunque el populismo de algunos lo disfrace con teorías del reparto de carácter primitivo, tribal; todos se dicen demócratas aunque algunos no puedan evitar justificar ciertas tiranías transitorias mientras llega el igualitarismo; todos son capitalistas aunque alardean de economías comunistas las élites del partido explotan a sus trabajadores. China, Cuba, Venezuela, Ecuador, Brasil, EEUU, UE, etc… ¿no son los mismos perros con distintos collares? Cada día es más evidente que el único criterio que rige las decisiones políticas es el dinero, lo único que importa por encima de la persona. Las decisiones siempre guardan un carácter sacrificial, alguien tiene que ser sacrificado para que se cumplan los objetivos. Ancianos improductivos, niños “inútiles”, enfermos sin futuro, son costes sin algún tipo de beneficio, lastres sociales que la sociedad de la eficiencia no se puede permitir. El planeta, dicen los profetas de nuestros tiempos, no es sostenible. La natalidad es considerada una epidemia. El aborto se ha convertido en un método anticonceptivo bendecido por casi  todos los estados. La guerra está dentro de las fronteras de los estados post modernos en forma de terrorismo, del amenazante y disgregador nacionalismo y de crisis sociales permanentes. Los grupos antisistemas y populistas crecen y toman relevancia ante la corrupción y la desafección de las masas aburguesadas, las clases medias adormecidas y los indiferentes respecto a los partidos mayoritarios.

Los tertulianos, filósofos, periodistas vocean y señalan permanentemente, cada uno desde su atalaya mediática a aquellos que son los culpables de cada desastre. La culpabilidad es la operación de transferencia más universal que existe en la historia de la humanidad… Alguien está siempre detrás de lo insoportable para mí o para nosotros, los que pensamos parecido, o pertenecemos al mismo círculo y defendemos los mismos intereses. La búsqueda del culpable más afinada es la mejor valorada en el análisis de la realidad. Si encontramos al culpable, reconocemos el grano de pus que hay que extirpar para que la anhelada paz retorne a nuestros amenazados órdenes sociales. La transferencia consiste en que pasamos a otro nuestra propia culpa o inconsistencia y canalizamos a través de ese otro mecánicamente toda nuestra ansiedad y violencia liberándonos del peso de la responsabilidad del cuidado del “otro” en la que estamos implicados. La culpa tiene muchas máscaras, pero un solo rostro: el otro, siempre hay un otro que me exime de mirar mi parte correspondiente en el dolor y el sufrimiento del mundo. (Continuará).

What to do?

Por David García-Ramos Gallego, el 15 de enero de 2015

[Me decido a publicar aquí la respuesta que dirigí hace unos días a un correo electrónico que me envió una alumna preguntándome mi opinión sobre los atentados de París de la semana anterior. Es una respuesta que comparto con los lectores de este blog con el ánimo de generar un cierto debate sobre dos cuestiones que aquí interesan: lo que algunos llaman la tiranía de la libertad de expresión (en un movimiento pendular que va de la defensa a ultranza de cualquier contenido a la censura más hipócrita) y el imperio del terror que nos conduce a un trato sórdido del que difícilmente parece que podamos escapar. No modifico ni una sola línea]

Buenas tardes, C.:

Gracias por el interés y por preguntarme. Te confieso que me pones en un aprieto. Participo en algún blog en el que a veces nos hemos permitido el hablar de estas cosas. Y, a pesar de que el tema encaja perfectamente con nuestros intereses –analizar los vínculos entre lo religioso/sacro y la violencia–, esta vez nos hemos permitido el lujo de no publicar ningún comentario. ¿Por qué? Pues por falta de tiempo para poder analizar la avalancha de información y para no repetir el consabido “Je suis Charlie Hebdo” sin más ni más –que no hubiera sido poco–.

Voy a intentar responder a lo que planteas. Primero voy a intentar estructurar y reformular tus preguntas, para organizar un poco las respuestas. Creo que lo que quieres decir es ¿por qué?, es decir, ¿cómo es posible que pase esto hoy, aquí…? Y, una vez ha pasado, ¿qué hemos de hacer?

A la primera pregunta no basta con decir que son unos desequilibrados. No todo desequilibrado coge un arma y va a pegar tiros a la redacción de un semanario. Hay una situación social, un determinado estado del mundo, de las cosas –es decir, el cómo-va-el-mundo–, que posibilita que esto suceda y que suceda con irritante frecuencia –no es el primer atentado ni, por desgracia, es probable que sea el último–. En este escenario en el que era probable que esto sucediera, han jugado un papel muy importante las ideologías y las religiones. Sobre esto podríamos escribir ríos de tinta, páginas y páginas, sin sacar mucho en claro. Voy a intentar sintetizar cómo veo yo las cosas –si quieres profundizar, la bibliografía es casi infinita–.

La religión, entendida en sentido general, funciona como aglutinante social. Como el aglutinante social. El ser humano nace en torno al sacrificio –¿a los dioses?– de un individuo de su misma comunidad. Es más, la comunidad nace durante y tras ese sacrificio. Todas las religiones –te pido un voto de confianza aquí para no hacer demasiado largo esto: créeme cuando digo todas– tienen en sus relatos de origen algo que podría recordar a este sacrificio que vamos a llamar fundacional.

Para que lo entiendas más fácilmente: es como si al matar la víctima sacrificial, al chivo expiatorio, las cosas cobraran sentido, como diciendo: “ok, ahora todo tiene sentido, este o esta tenían la culpa, era necesario matarlos, ahora su sangre nos curará”. Como si al realizar el sacrificio todo cobrara sentido. En su desquiciado sentido del mundo, para los terroristas es así. En su muy desquiciado sentido del mundo. Que no es tan distinto del nuestro pensando que sin esta gente estaríamos mejor.

Las religiones sirven para mantener a las masas en torno a una víctima, un enemigo, un chivo expiatorio sobre el que descargar las culpas y los males de nuestras vidas. En medio de todo esto, el cristianismo revela que todo esto es un callejón sin salida: ante la presión y la presencia del otro cabe solo una posibilidad y es siempre violenta: o matar o dejarse matar. Revela que la violencia es humana, muy humana, y que no tiene nada de divina –como algunas religiones e incluso versiones del cristianismo han mantenido–. Revela que nos construimos dioses a nuestra medida a través de este mecanismo victimario.

Hoy en día la herencia de esta revelación cristiana nos permite vivir en una relativa paz en Occidente. Sí, es cierto que junto con las versiones pacificadoras del cristianismo han convivido versiones más o menos violentas y fundamentalistas. Pero esta revelación es la base de nuestra sociedad: saber que el otro es ya de antes inocente, que Cristo lo hizo inocente y que si el otro muere tengo yo culpa de su muerte.

¿Qué tiene que ver todo esto con los atentados del otro día? Voy a intentar mostrártelo de forma muy sencilla.

Por un lado, nuestra sociedad se ha volcado con las víctimas y esto nos parece natural y bueno. No era así hace tiempo. Por lo general las víctimas han sido vistas siempre como culpables… “Algo habrán hecho”. La provocación de Charlie Hebdo era tan evidente que llevaban guardaespaldas. Si me permites, podríamos decir –no lo digo yo, es algo que he escuchado estos días y que en el fondo piensa mucha gente–: “se lo estaban buscando”. Lo cierto es que en eso consiste la libertad de expresión –y la libertad en general–: en poder decir lo que uno piensa y siente sin temer las consecuencias, siempre que lo que uno dice o piensa no hiera a nadie. Aquí está también otra de las claves: hasta qué punto cabe decir que el semanario Charlie Hebdo estaba hiriendo a alguien. Podríamos decir que el que quiera reírse de la religión –el Islam, el cristianismo y otras– que lo haga en el salón de su casa o con sus amigos, en un ámbito privado. Esto no sería más que un eco de lo que aquellos abanderados de una cierta modernidad proponen hacer con las religiones: dejarlas para el ámbito de lo privado, para aquellos que quieran cultivarlas en su casa. Yo soy católico y lo soy públicamente. No quiero que recorten mi libertad religiosa y la cercenen hasta que ocupe solo el salón de mi casa. A pesar de que ciertas portadas de este semanario ofenden profundamente mi fe, tengo que defenderlo para defender mi propia libertad. No hay libertades, hay Libertad. Los cristianos creemos que la mayor libertad es la nuestra, la de descubrirnos hijos de Dios, la de poder sobrellevar libremente esta “cochina” vida, la de poder dar la vida por los demás, la de poder servir al otro, libremente. La Libertad es la misma la mía que la de los caricaturistas de Charlie Hebdo: poder decir que no a Dios y reírse de él. El verbo “creer” –creer en o a Dios– no admite imperativo –más que un imperativo exhortativo: te invito a que creas, me gustaría que creyeras y por eso te digo “cree”, que es una forma de imperativo–. Igual pasa con el verbo “amar”. E igual pasa pasa con “sé libre”. Yo no puedo obligar a alguien a ser libre, ser libre es una de las experiencias más estupendas que se nos ha dado, pero no va de suyo, no puedo obligarme a ser libre, tengo que serlo o no. Yo respeto profundamente a aquellos que han escogido ser libres aún en las antípodas de mis opciones de libertad.

Los terroristas no son libres. Viven sujetos a la necesidad de erradicar a aquellos que no piensan como ellos, y erradicarlos no mediante la política, ni siquiera mediante la guerra –que es la política por otros medios, según Clausewitz– sino mediante el terror, que es la guerra por otros medios (según René Girard). En la política el otro es un rival con quien tengo que convivir y buscar el acuerdo. En la guerra hay dos rivales claramente identificados, pero ya consiste en que uno de los dos sobreviva al otro. El terror supone la supervivencia a través de la eliminación del otro, a través de su supresión –de su sacrificio–. Este es el otro lado de lo que te quería mostrar. Ciertas facciones del Islam han retornado a lo algunos especialistas llaman lo religioso arcaico, lo religioso sacrificial. Aquellas formas de lo que denominamos religión que siguen sustentadas en el sacrificio cruento. Cuidado que no es algo propio solo de las religiones –de hecho en las religiones hay al menos una tendencia a lograr librarse de las violencias que parecen ser connaturales al ser humano–: muchas de las prácticas modernas a-teas o laicas han sido profundamente sacrificiales: el nazismo y sus programas de genocidio y las modernas prácticas eugenésicas del aborto y de la eutanasia, se basan en la consideración de la nuda vida –la simpe vida– como no suficiente para asegurar la supervivencia. La dignidad no reside en la vida, la vida puede no ser digna y, por tanto, puedo suprimirla. Este pensamiento, esto que los Papas más recientes han llamado la cultura de la muerte, es lo que está también detrás del terrorismo: ciertas vidas no tienen dignidad –pero, ¿y la vida del terrorista suicida?: su dignidad es alcanzada como combatiente y mártir en el momento de dar la vida segando la de otros, es decir, no basta con morir, han de morir en combate, como mártires–. ¿Es esta tendencia terrorista, esta tendencia a la violencia, propia solo del Islam? Ciertamente no. Pero parece que en un sector importante de mundo musulmán se dan este tipo de comportamientos, lo que nos ha llevado a algunos a la necesidad de analizar de nuevo si el Islam es en sí mismo violento. Ya Ratzinger tras su polémica en Ratisbona señaló que no era así. El problema, decía él, era el de una religión apartada de la razón, del respeto al otro, de la dignidad universal e irrevocable de cada vida y de cada persona. El Islam ha estado apartado de la razón demasiado tiempo en demasiados lugares. Pero no por ello puede dejar tratar de evitar la violencia.

Paso ahora a la segunda parte de lo que me planteabas: ¿y qué hacemos ahora? ¿Cómo lidiamos con esto? Ha habido dos respuestas públicas –y si me permites dejaré las privadas, de la que el final de tu correo es ejemplo perfecto, a un lado, por ahora–: por un lado, un repudio absoluto y una identificación con las víctimas, cristalizado en el Je suis Charlie Hebdo. Decir que uno es Charlie Hebdo es decir que uno es víctima, que se ofrece a ocupar el lugar de la víctima. Dudo que muchos de los que estaban en las calles de París entendieran las consecuencias de ofrecerse como víctimas potenciales del mal perpetrado por los terroristas. Lo normal es esconder la cabeza. Menos cuando todos piensan como yo –y por todos entiendo un número grande de personas–. Las manifestaciones de Paris han sido un ejemplo de lo que muchos denominamos comportamiento religioso: todos somos uno, hay un sentimiento de pertenencia y de fraternidad. Esta mañana Hollande hablaba de la unidad de Francia en el funeral de los tres policías –curiosamente una de Martinica, otro de origen argelino y fe musulmana y otro francés continental–. ¿Qué es lo que nos ha unido a todos? Las víctimas. Una cierta catarsis. Lo mismo sucedió el 11S: el sentimiento patriótico, la unidad de todos, el dolor que padecimos, la compasión… ¡nos gustaban! Es hermosos estar unido a otros, compartir sentimientos, ser uno con el otro –así lo relata James Alison–. Esa comunión es la base del amor. Pero fíjate en el origen de esta unidad: unas tumbas, unos muertos. ¿Entiendes ahora lo que te decía más arriba sobre lo religioso arcaico? Cuidado: si yo hubiera estado en París hubiera ido a la manifestación. Sin dudarlo. Hoy también.

Fíjate en lo que te decía: este sentimiento que Aristóteles llamaba catarsis podría pasar por amor, pero no es amor. Por eso los primeros cristianos decían que no eran una religión y que su centro era el amor (lee si quieres las epístolas de Juan). El amor es algo muy distinto a la catarsis. La catarsis se te pasa en cuanto llegas a casa, tiene como límite tu propia seguridad. El amor es ilimitado, no tiene fin, no tiene límite. El que ama, da la vida –me refiero, claro está, a un alto concepto de amor, no a un enamoramiento, una atracción, etc.–. Es la caritas cristiana. La catarsis, que no es mala cosa, que ayuda en muchos momentos, que nos puede abrir el camino a la verdadera compasión, puede llevarnos también a la hipocresía. En este sentido, algunos periodistas e intelectuales han señalado la hipocresía de Occidente ahora –hipocresía por muchos motivos, ni siquiera en esto se ponen de acuerdo–. No obstante, prefiero un poco de catarsis a una respuesta militar, autoritaria, de recorte de libertades. Este es el mal menor. Este mal menor es lo propio de Occidente. Es la base del arte, del teatro, de la literatura, de la música.

¿Qué hacemos, sin embargo? What to do? se preguntaba constantemente frente al Sagrario la activista social y Sierva de Dios Dorothy Day. Y se lo preguntaba porque ese quehacer, ese hacer afectaba a personas a las que había que devolver su dignidad. Adelanto algunas respuestas posibles, pero teniendo siempre en cuenta –y esto no siempre es así– que se ha de buscar restaurar la dignidad de la víctima, pero también del verdugo –y por el camino de muchos de nosotros…–. Perseguir y localizar a los criminales y aplicar la ley. Tratar de evitar que vuelva a suceder… ¿por todos los medios? Aquí es donde hay que tener cuidado. Si es por todos los medios, estamos abriendo la caja de Pandora. Con mil razones y de forma aparentemente razonable, comenzaremos a recortar derechos y libertades. El fin justifica los medios. Matar está mal, pero si tenemos que matar para que otros no vuelvan a matar… ¿Qué hacer con “esta gente”? Lo que tu propones –que queden y se vuelen– no deja de estar en la línea de Charlie Hebdo, puesto que hay un cierto toque de humor en lo que tú propones: que hagan una “quedada colectiva”, un flash mob, viral y por redes sociales, y que se inmolen en el altar de su violento Dios. Esta es tu respuesta y es una respuesta irónica, llena de humor, en la que no reparas en herir a los musulmanes que son pacíficos y que como tú condenan los atentados terroristas. Cuidado, no es una crítica. Simplemente te señalo que es muy importante que tú puedas decir esto. Esa es la base de la libertad de expresión.

Por último, queda por analizar si se puede salvar algo del Islam. Creo que es una religión que ha dado cosas muy hermosas culturalmente hablando. Creo que hay buenos musulmanes, creo que es posible encontrar bondad en el Corán. Y todo ello en abundancia. Como cristiano creo que la verdad que revela Cristo supone el fin de las religiones, que la libertad que él da es insuperable. Libertad para rechazarle también –sus discípulos lo rechazaron todos en el momento de la verdad–. Es esa auténtica libertad la que parece no estar en ninguna otra parte: ni en el Islam ni en la sociedad anti-religiosa. Pero sostener y analizar esto de manera contundente merece un libro y no unas pocas líneas.

Sé que no me escribiste esperando una respuesta tan larga. Ahora que releo tu correo me parece que querías más bien desahogarte. Pero tu intranquilidad me interroga y no he podido dejar de contestarte. La cosa es muy compleja y lo que te digo aquí solo es la punta del iceberg. Si has tenido la paciencia de llegar hasta el final te puedo confesar que creo que no hay solución humana a estas cuestiones. La respuesta viene de lo alto. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Espero que un día encuentres esta libertad y puedas mirar al otro con amor y misericordia. Me he dejado mil cosas por analizar y contar y muchas están solo sugeridas. Seguro que encuentras agujeros en mi argumentación. Tendremos tiempo de hablarlo estas semanas de intensivo si quieres. Poder hablar libremente de estas cosas es otro de los regalos que el cristianismo ha dado a Occidente.

Un cordial saludo,
DavidGRG

El ébola y los chivos expiatorios

Por Ángel J. Barahona Plaza, 10 de octubre de 2014.

Los últimos acontecimientos en torno al ébola son una prueba del triunfo de la apologética y el ironismo liberal que embarga a nuestras sociedades posmodernas. Nuestras sociedades están abocadas a la solidaridad como necesidad, a la empatía como salvación, frente al frío invierno de las relaciones humanas que se avecina ahí fuera en un futuro próximo, en los espacios siderales de galaxias incomunicadas de carácter étnico, local, nacional, grupal, sindical o sexual y otras supernovas rutilantes que antes de estallar en mil pedazos llenan de su luz fugaz las tinieblas del universo humano.

“La solidaridad humana sólo puede entenderse con referencia a aquel con el que queremos y decimos ser solidarios, con la idea es uno de nosotros”, en donde el nosotros es algo mucho más restringido y más local que la raza humana. La solidaridad humana, no es cosa que dependa de la participación en una verdad común o en una meta común, sino cuestión de compartir una esperanza egoísta común”.

No cabe duda que Rorty, autor de este párrafo es un profeta de los nuevos tiempos.

Los sindicatos de enfermeros, las castas médicas, las castas políticas, los amantes de los perros se disputan el espacio de la solidaridad, de la verdad, y mientras Teresa (ya por fin, sabemos su nombre opacado –mala palabra, “opaco”, en los tiempos que corren- por Excálibur), camina a pasos agigantados hacia una muerte casi voluntaria, porque quedaba en ella algo del calor de la solidaridad.

Pero no es este mi tema. Esa “esperanza egoísta común”, que es lo único que aspiramos que nos una, según los profetas de la posmodernidad, es muy complicada. Nadie parece saber en qué hay que ser solidarios. Nadie parece controlar los protocolos de la solidaridad. La búsqueda de una ética excelsa sin Dios, de momento, parece que nos tiene mareados. Como dice Hadjadj, el “mundo” quiere un cristianismo sin Dios y sin Iglesia, pero tiene que refundar entonces todo lo que trajo el cristianismo como valor ético o moral. ¿Por dónde empezar tamaña empresa? Los distintos “nosotros” fundacionales no se ponen de acuerdo. Parece que la profecía de Babel es más potente que la imaginaria ironía “eficaz” en lo moral. En la acalorada discusión sobre el protocolo rawlsiano de la equidad en el diálogo se nos muere la gente. Mientras morían en África, el problema era de los otros, de un “nosotros” que no pertenecía al nosotros, los de aquí, cuando nos lo pasan a nosotros, los cuidadores del “parque humano” empiezan a despertar, pero su razón cínica no encuentra sino fórmulas adecuadas para culpar a alguien. Lo políticos, dicen, han pactado no hacer campaña con los fallos de protocolo, pero si muriera Teresa se clavarían unos a otros los puñales que están afilando. Los rivales solo conocen paz mientras preparan las armas para un nuevo ataque. Hasta los que reciben el Nobel de la paz acaban rindiéndose a la evidencia de la que la rivalidad es eterna, mitológica, humana –el premio Nobel se lo conceden, en un anhelo de utopía, a los que trabajan por rescatar a la infancia de las locuras de los adultos ansiando un futuro mejor, porque en el presente ya no hay nada que hacer–.

Sigamos con el discurso sin distraernos: no nos engañemos, todos están afinando sus espadas agónicas, liberales, irónico-cínicas, para encontrar alguien sobre quien descargar su culpa. Ese manido mecanismo, que desde este blog querríamos ayudar a desvelar, es más potente de lo que parece a primera vista. Si es rechazado por los savants de este “mundo” es porque huele mucho a evangelio. Pero algún día, y espero que no tarde, reconoceremos que es un mecanismo predictivo, científico y universal. No solucionamos problemas nunca, la historia está llena de intentos fallidos de solucionar problemas, sólo somos capaces de encontrar chivos expiatorios. Es parecido al problema que planteó el submarino nuclear Kursk: mientras se buscaba al culpable del desastre los marineros murieron… pero en el régimen pos-soviético lo más importante era que rodaran cabezas, que a alguien se le hiciese responsable. Formaba parte de las inercias heredades. En el mundo capitalista el equivalente es que alguien “pague” económica o políticamente. ¡Cuánto tardamos en ver que son los mismos perros con distintos collares!

Ya nos hemos caído del guindo. Siguiendo a Rorty:

“La cultura no tiene connotaciones morales. Se busca que la descripción ya no dé formulaciones abstractas y vacías, sino que se refiera a experiencias humanas concretas, –como el dolor o la traición– las que al ser compartidas, genere la necesaria empatía desde la cual se geste la solidaridad y la compasión. Debemos entrar en cultura pos filosófica: la sociedad liberal necesita literatura y no filosofía. Micro relatos entretenidos”.

¡Exacto, profeta! Este es un micro relato entretenido, basada en una experiencia humana concreta de dolor y traición, que genera simpatías y antipatías –enfrentados pero empáticos–. Mañana volveremos a hablar de tarjetas opacas, de Irak (no de los cristianos decapitados, sino de Irak –podríamos decir simplemente petróleo pero tenemos que disfrazarlo para no herir a las almas sensibleras–). Algún día recordaremos, como Gaspar Llamazares, todos los desastres que los malvados otros “nos” han causado, y unos y otros esgrimirán sus argumentos de tinta-sangre, pero en África seguirán muriendo. El verdadero problema seguirá sin resolver… ¿nos bastará un ética de la solidaridad, con una pizca de ironía liberal, para refundar el sentido que nos mantenga vivos? Ya no digo con ganas de vivir, sino vivos, vegetativamente hablando.

Rorty de nuevo ejerce de profeta, detractor de los discursos fundacionalistas, afirma la inutilidad de la pregunta “¿por qué ser solidario y no cruel?”:

“Sólo los teólogos y los metafísicos piensan que hay respuestas teóricas suficientes y satisfactorias a preguntas como esta. Por el contrario de lo que se trata es de afirmar que “tenemos la obligación de sentirnos solidarios con todos los seres humanos” y reconocer nuestra “común humanidad”. Explicar en qué consiste ser solidario no es tratar de descubrir una esencia de lo humano, sino en insistir en la importancia de ver las diferencias (raza, sexo, religión, edad) sin renunciar al nosotros que nos contiene a todos[1]”.

¿Estamos seguros que no necesitamos al esencia de lo humano cuando centenares de personas se “personan” –remarco la redundancia con ironía- ante la casa de Excálibur para salvar su vida y otras miles se meten ellas mismas en cuarentena para proteger su vida vegetativa y bromean por twitter, y hablan de no ir a clase, y de cerrar espacios y aislarse…? ¿Más?

Una ética sin esencia deriva hacia la mera narrativa. Rorty de nuevo nos inspira, pero… ¿podrá realmente iluminarnos esta literatura de ficción, que puede permitirse juguetear con el desenlace de la trama fatal? ¿Podrá salvarnos, dado que los personajes de ficción nunca mueren –¡porque nunca estuvieron vivos!–, dado que nos permite manejar hipótesis descarnadas, contando los muertos por miles, sin inmutarse el teclado que los imagina? ¿Podrá iluminarnos a la hora de afrontar los problemas reales?

“La literatura –señala Rorty– contribuye a la ampliación de la capacidad de imaginación moral, porque nos hace más sensibles en la medida en que profundiza nuestra comprensión de las diferencias entre las personas y la diversidad de sus necesidades. Sólo por la vía de emociones como el amor, la confianza, la empatía y la solidaridad se posibilitará un verdadero encuentro de las diferencias culturales. En definitiva, más educación sentimental y menos abstracción moral y teorías de la naturaleza humana. El único sentido de la vida es el desarrollo de la sensibilidad estética”.

Para Rorty existe un progreso moral que se orienta hacia una mayor solidaridad humana. Más educación sentimental y moral a través del desarrollo de la sensibilidad artística. La realidad es inseparable de la ficción y el giro literario de la ética es inevitable… porque es inseparable del lenguaje o de los lenguajes, porque es inseparable de las interpretaciones, porque vivimos en un “mundo interpretado” en el que nunca nos sentimos seguros. Este giro narrativo de la Ética excelsa sin Dios que todos buscan asume que no existe ninguna instancia metateórica que legitime sus enunciados, ningún punto de vista trascendental, ningún meta-léxico, ningún dogma que consiga escapar a las figuras de las que nos servimos para construir sentido. Sólo la literatura es capaz de afrontar el drama vital y difuso en el que nos movemos. La razón literaria puramente estética es sensible, compasiva con sufrimiento de los otros. Por eso Rorty propone dejar colar a la imaginación literaria para que aprendamos de forma diferida a conmovernos ante el dolor, el mal, en definitiva. La educación para la ciudadanía sentimental busca hacer hombres sensibles a la humillación de los otros. Pero me sensibiliza sólo en la medida en que me dejo afectar en la distancia. El ébola deja claro a partir de ahora, lo que el sida no había logrado, disfrazado por el “amor” que lo envuelve: el otro contamina tanto que mata. Rorty es el éxtasis de lo Políticamente Correcto, que en el fondo no es más que la expresión de un miedo al otro inexpresable. Obviamente es un sentirse escaldado por los acontecimientos del siglo XX.

Experimento una gran luz cuando leo esto: ya no sufro por Teresa, ni por Excálibur, ni por nadie: son personajes todos de un relato que pasa como pasó Lope de Vega, Calderón. Y ahora que me viene Calderón todavía recibo más luz: decía que uno va al teatro a arrojar sus miserias viéndose miméticamente representado en los protagonistas… ¿No será eso lo que está pasando? ¿Estamos montando, gracias a los medios, la televisión, etc., el gran escenario teatral de un mundo sin moral en el que, nosotros, actores y espectadores a la vez, vamos a ser sacrificados en aras de un final feliz? ¿Qué moralidad hay detrás de un párrafo que se borra en la memoria después de haberlo leído en cualquier novela si nunca fue un suceso del mundo?

Pero todavía hay más. Y esto sí que es irónico. Un misionero, que se hace cirujano, que estudia medicina por amor, que no abandona a sus hermanos, aunque sean africanos… ¿Ha muerto un misionero? Estoy temblando pensado en que algún radical de cualquier partido que quiera aflorar en la palestra de este gran teatro, sindicalista de turno, o hijos de Llamazares, se les ocurra pedir indemnización a la orden de San Juan de Dios por habernos traído el sida, perdón, el ébola, por su exceso de amor. Y cuando digo esto estoy viendo una profecía irónica sobre el futuro… porque las dos monjas que están dando su sangre en plasma, y esto no es literatura, anónimas, calladas, que lograron vencer al bicho que las mataba para seguir amando, se están desangrando literalmente para dar la vida. Esta es la verdadera iglesia, o mejor la misma, que los medios no quieren percibir. Que sea un misionero que toca a los niños para curarles las heridas del pecado de los hombres, que no huye cuando vienen mal dadas sino que se queda hasta dar la vida… No interesa. El contexto “Iglesia” está contaminado. Lo bueno no se ve, solo lo escandaloso nos embarga y tiene futuro en el escenario teatral del “mundo”. En la inmensa cháchara, el blablabla no deja oír un silencioso “morir para dar la vida”. Esa es la esencia de lo que queremos, de lo que buscamos pero que no dejamos que aflore. Decía Chesterton que el hombre que llama a la puerta de un burdel está buscando a Dios, y es cierto, significa que anhelamos esa forma de amor del misionero, de las monjas anónimas, pero nos hace daño su presencia porque nos denuncia que, aunque queremos esa forma de amar auténtica, nos conformamos con un burdel, un amor comprado, un sucedáneo llamado solidaridad de un egoísmo común nos basta para saciar una sed infinita. Más que una afirmación es una pregunta, ¿nos sacia? ¿O es por eso por lo que estamos todos tan tristes y somos tan histéricamente miedosos? Como en la fábula de la zorra y las uvas, la arrogancia de la zorra, impotente para abrirse a ser ayudada, o para poder alcanzar las jugosas uvas, la hace volverse con desdén y decir: ¡va, son todos pederastas!


[1] Parte de la doctrina de Williams Sellars de la obligación moral en términos de “intenciones -nosotros” “we- intentions”. La expresión explicativa fundamental es la de “uno de nosotros” equivale a “gente como nosotros”, “un camarada del movimiento radical”, “un italiano como nosotros”. El “nosotros” significa algo más restringido y local que la raza humana.