#Virginia: asesinatos, unanimidad y redes sociales

Por David García-Ramos, 27 de agosto de 2015.

En los informativos de la mañana de la cadena WDBJ7 se ha emitido un doble asesinato en directo. Cuando esto pasa, desgraciadamente, con relativa frecuencia en los USA, las reacciones como espectadores de oídas sin previsibles: oraciones, críticas a la falta de regulación de las armas en algunos estados norteamericanos, comparativa —y asombro por los parecidos— con precedentes masacres (este es el término utilizado), etc. A estas reacciones comprensibles y compartidas por todos —hay aquí una primera unanimidad— se ha añadido en los últimos tiempos un efecto particular: el consumo masivo de imágenes y vídeos relacionadas con la noticia a través de las redes sociales: twitter, facebook, instagram, YouTube…

Este comportamiento de lo que Byung-Chul Han ha denominado el enjambre digital, donde lo que prima es la velocidad, la transparencia y la cantidad (frente a narración y, por tanto, sentido, verdad y cualidad-densidad), es llamativamente unánime. De una unanimidad curiosamente parecida a la de un linchamiento. Los asistentes, anónimos gracias a es gran máscara(da) que es la Red, han mirado y difundido las imágenes y vídeos con gran diligencia. La misma de Pablo sujetando las túnicas de los que se metieron en faena en el linchamiento de Esteban.

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En un reciente encuentro en Valencia, James Alison me pedía mi opinión sobre las dramáticas decapitaciones del ISIS televisadas y de amplia difusión. Reconozco que la pregunta me desconcertó entonces —mi participación era sobre teatro—, pero ahora le veo todo el sentido: de alguna manera, al re-transmitir el homicidio lo ritualizamos, lo sacralizamos de manera indirecta como espectadores pasivos, asistimos a una suerte de extraña re-presentación… Pasa un poco lo que en el teatro, el efecto catártico recorre la sala. Sólo que la sala es esa Red global que está en todas partes y en ninguna y lo que venid no es mímesis, es real. La labor de mitificación de las redes, todas, pero especialmente las denominadas sociales, las digitales, res devastadora, de modo que uno no sabe ya si lo que está viendo es real o la enésima encarnación fílmica de Las brujas de Blair. Y la función de denuncia de lo real que es dicha muerte se desvanece.

¿Entonces? To share or not to share, that’s the question. Frente a lo que dice Alexis Sobel Fitts en su excelente artículo (prácticamente no podemos defendernos de la información que consumimos, consumimos sin apenas filtro ya), me preguntaba: ¿debemos ver/difundir imágenes violentas? La cuestión de fondo es hasta dónde llega la libertad de expresión y el derecho a la información. ¿Hay alguna barrera ética? Twitter y facebook borraron el perfil del asesino rápidamente (¿censura?), pero el mal ya estaba hecho: compartido por doquier, visionado sin querer (así están pensadas las redes sociales, en facebook móvil y en twitter los vídeos se reproducen automáticamente), shooting hasta la ebriedad.

Desde mi punto de vista, se trata de un trágico ejemplo más de la materia de la que estamos hechos: “No hay otro hombre que el hombre de la caída. Al principio está la caída” afirma René Girard en Aquel por el que llega el escándalo (97). El asesino se consideraba a sí mismo una víctima inatendida, sus actos, una reivindicación teñida de venganza, que se ha tomado la justicia por su mano.

En una sociedad en la que proliferan las víctimas y las minorías (en tanto que minorías victimizadas), si el sistema judicial falla o se debilita, es posible que hechos como estos se reposan cada vez más. Mucho me temo, como ya he dicho otras veces, que la revolución entonces sí que será televisada. Oficializada. Institucionalizada. Consumida. Será la nueva comunión digital, caricatura de comunión, sucedáneo bien digerible. Bueno para comer. Terrible, porque el retorno a lo arcaico sabiendo lo que sabemos ya no es posible. Darse cuenta de que o estamos con ellos, las víctimas, o estamos contra ellos, las víctimas (y que es casi siempre esto último, mejor ellos que yo), no es fácil: «La experiencia de los chivos expiatorios es universal como experiencia objetiva y excepcional como experiencia subjetiva. Nadie dirá: “Ah, vaya, no me había dado cuenta, pero resulta que soy un perseguidor”. Aparentemente, todo el mundo participa en este fenómeno, salvo cada uno de nosotros» (Aquel por el que…, 71). Todos hemos visto el vídeo (aunque no lo hayamos hecho realmente). Nadie lo admitirá.

Hablaba al principio de las reacciones a este tipo de tragedias. ¿Qué nos queda: apartar la mirada, denunciar, explicar (justificar), reconocernos cómplices? Todas las formas de compasión, por esa misma unanimidad, se debilitan, como la justicia que llega tarde y no repara, o las disculpas (por cierto, relativamente infrecuentes en la Red) tan estereotipadas y poco creíbles.

Yo espero que un rayo me tire de mi caballo. Mientras, lo que ha hecho este señor me parece inteligente:

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Como opción al compulsivo RT del vídeo que el propio asesino grabó, en el que aparece el momento en el que las víctimas dejan de ser lo que son y se transforman en víctimas, se propone visionar un vídeo «remembering who these people were». Se trata de una cuestión de identidad: el respeto a las víctimas pasaría por dejar de marcarlas como víctimas (sendero sin salida).

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La indignación, la protesta, el grito airado, no tienen cabida —serían obscenos como la Red es obscena—. Cabe sólo el murmullo silencioso de la oración personal, no anónima, verdadera comunión.

La era de los suicidas

Por Ángel J. Barahona Plaza, 30 de abril de 2015.

Altar improvisado en el Instituto Joan Fuster, Barcelona. Foto de Ferrán Nadeu (elperiodico.com)

Debería patentar este término porque pienso que va a tener mucha relevancia en el futuroCada día que pasa me asalta una y otra vez una asociación cada vez más pertinaz: la relación entre Lubitz y Mohammed Atta. No porque el modus operandi sea estrellar aviones contra torres o contra montes, sino porque el resultado del suicidio es una inmolación en la que la víctima es quemada en el mismo altar que el sacrificador. La perplejidad que siento por la increíble y sugerente mímesis, que se repetirá más veces en el futuro gracias al impacto de los medios, se extiende como la pólvora por el escándalo que suscita entre los mirones de nuestra sociedad del espectáculo. Es un efecto contagio incontrolable. Algo que atrae no solo a los paranoicos o depresivos, sino a gentes tan racionales como Osama Ben Laden, o Andreas Lubitz, o el alumno del Instituto Joan Fuster. La estela mimética de alumnos criminales en EEUU, que va dejando una huella indeleble en las hemerotecas necesita ya una extensa base de datos

No obstante vamos al meollo: se presenta cada vez con más profusión un escenario sacrificial y cada vez más este escenario es mimético. La idea criminal que subyace está revestida de un aparato escénico sugerido, copiado de una performance original que tuvo lugar con anterioridad

El holocausto de Nabucodonosor en el honor de su nombre Imperial, al que todo el mundo ha de someterse por Ley, es el modelo. ¡¿Cómo hemos podido llegar a imitar tan bien este modelo?! ¿Qué secreto guarda el sacrificio que lo hace tan atractivo, tan universal y tan rico socialmente? Los aztecas, cananeos, egipcios, mesopotámicos, vedas, sabían la importancia de elegir el modo, el día. La catarsis purificadora estaba asegurada con el derramamiento público de la sangre. Todo el mundo entendía el mensaje. Aunque la función del sacrificio era de cara a la aceptación del humo de las víctimas por parte de los dioses, la separación entre religión y política y sociología nunca ha estado clara, entre otras cosas porque es imposible. Desde Durkheim sabemos que son inseparables. El problema nos lo plantea la diferencia entre un mundo aparentemente religioso como el Islam y el aparentemente ateo como el de Lubitz. Si miramos en profundidad no es tan descarada la diferencia: primero porque el Islam nunca ha sido separable de la intención política de su fundador. La umma es la sociedad política más sólida imaginable. Los tintes utópicos la preñan de un mesianismo que justifica cualquier medio para conseguir el fin: la expansión de la fe… Alá es el referente simbólico con tintes ontológicos que da unidad a la dispersión del género humano. Sirve de justificador y catalizador que unifica los resentimientos colectivos contra las víctimas siempre inocentes que aparecen en su horizonte newyorquino, sirio, egipcio, somalí, keniata…

Mi hipótesis es que la humanidad repite esquemas con variaciones meramente estéticas. 

El sacrificio es el modo universal que la historia de la humanidad atestigua de aplacar y controlar la violencia y la arbitrariedad de los dioses creados a nuestra imagen y semejanza para justificar moralmente lo que parece destino o fatalidad.

Como afirma Marc Jongen:

La gran novedad de nuestra situación, que llega a inaugurar una nueva época, es que acabamos de recibir un poder creador semejante al de Dios, al mismo tiempo que se ha venido abajo toda y cualquier instancia superior que pudiese juzgar sobre la legitimidad o no del uso de ese poder. En otras palabras: nosotros mismos somos los que en todo caso determinamos el derecho de usar o no dicho poder.

Los juicios de los tribunales humanos y de la historia son inútiles, siempre son a posteriori y se basan en la racionalización y legitimación de la venganza por parte del estado, o de la voluntad de las mayorías… Las condenas de los medios, los  analistas y tertulianos, tampoco sirven para nada. Sólo levantan acta notarial de la catástrofe y sus propuestas son patéticas: siempre se basan en señalar a un culpable. El analista más exitoso es el que encuentra la culpable más rápida y más finamente. Exactamente igual que hacen los verdugos: los asesinos de ISIS o Lubitz, o este chico del IES Fuster, han encontrado un culpable y al culpable hay que exterminarlo. Viejo mecanismo romano-nazi-fascista-comunista que consiste en que alguien pague mi rabia. 

Pero yo voy a desvelar el misterio: la culpa de todo la tuvo Cristo. Porque hasta él todo el mundo creía en un mundo darwiniano. ¿Quién iba a criticar a un Calígula de arbitrariedad en el ejercicio del poder o a un Mahoma en la racias de conquista que forjaron su imperio político-religioso? A partir de Cristo los hombres saben que los inocentes no cobran factura y calman o excitan la sed de sangre de los rivales, o canalizan la necesidad de llamar la atención de los enemigos sobre mis reivindicaciones. Vaivén acomodaticio según las necesidades. Siempre es lo mismo. Miles de años de historias expiatorias pueblan la faz de la tierra. Lo original es el método, la estética y la capacidad de que un solo hombre pueda causar tanto dolor con métodos de inmolación masiva. Palidece el poder destructor de  Nabucodonosor o Diocleciano en una sociedad de masas. 

Fotograma de la película 2001: una odisea en el espacio.a

Ante este panorama no nos extraña nada que los suicidas tomen protagonismo. El modelo de estrellar aviones contra las torres gemelas o contra el Mont Blanc, nos dice que la mimesis no distingue entre la moralidad de las acciones. Cada vez menos juzgaremos una acción como inmoral. Está hecha, es un hecho, resignémonos. ¡Qué se puede esperar de un ser humano! Apenas recién salido de la ciénaga de barro de la naturaleza y ya tiene a mano un instrumento mortal: la quijada de un burro o un avión. Nos tranquiliza o consuela pensar –así nos lo hacen creer la batería de psiquiatras que se aprestan a bocear en los medios que se trata de la acción sin responsabilidad de un enfermo, de un loco–. El consuelo es que los estadísticos nos dicen que son un público poco numeroso. Craso error. No se trata de locos sino de gente muy cuerda. AttaLubitz y este chico, aunque tomen pastillas son la gente más racional y lúcida que podamos conocer. Sólo que han sacado conclusiones erróneas y han asumido con honor las consecuencias de ser samuráis en el sinsentido de la vida. Nos están gritando la vida no tiene sentido, no hay esperanza si sólo nos podéis ofrecer un carpe diem lujoso. Ben Laden, rico donde los haya, Lubitz, burgués alemán de alto nivel de vida, con novia, con estudios, y este chico sin problemas de hambre, nos gritan: no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. El problema es que la palabra que han escuchado no ha salido de la boca  de Dios, sino de sus diosecillos. Ídolos miméticos, que alientan la credulidad: hagamos lo que hacen todos y pasemos a la historia. Todos los ídolos reclaman sangre. Políticos, económicos, científicos, religiosos, ideológicos. Y el único sistema que los denuncia, los comprende y carga con ellos es el cristianismo. Es verdad que ha sido descalificado porque algunos, de los que se decían a sí mismos que pertenecían a él, a lo largo de la historia han actuado igual y se han servido de él para cometer los mismos crímenes, pero los árboles no pueden impedirnos ver el bosque.

Curso sobre Girard en la @UimpValencia

Hemos visto, sin embargo, en Hegel, que el espectáculo de la identidad podía constituir un saber filosófico, saber de la igualdad y de la fraternidad. Es necesario, pues, intentar pensar de otra manera esta identidad, pensarla como un mimetismo del revés, una imitación positiva. Esto supone una crítica interna de la reciprocidad, siempre susceptible de degenerar en conflictos extremos y sin resolución.

René Girard, Achever Clausewitz

Nos es grato anunciar la celebración en la sede de Valencia de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) la celebración de un curso sobre Girard titulado La construcción de la identidad en tiempos de crisis: el papel de la violencia y la religión. En él exploraremos de modo crítico lo que la Teoría mimética puede ofrecernos para la comprensión de los fenómenos de construcción de la identidad. Como podréis ver en el programa intentaremos analizar la cuestión de la identidad desde diferentes ámbitos disciplinares: la filosofía política, la teología, la antropología, la filosofía cultural o la crítica literaria.

Será la primera vez que se organice un seminario en España internacional dedicado completamente a Girard, al menos que nos conste. Ha sido posible gracias al apoyo de la UIMP, de su campus de Valencia, dirigido por Agustín Domingo Moratalla, y de IMITATIO, una fundación dedicada a la difusión del pensamiento de René Girard. Esperemos que solo sea el primero de muchos encuentros de este tipo y que pronto la obra de René Girard comience a tener el reconocimiento que merece.

Quedáis todos invitados a asistir al curso y a disfrutar de unos días de diálogo y trabajo juntos. Aquí podéis descargar el tríptico sobre el curso: Identidad y crisis_Girard. Todos los interesados en el curso pueden hacerlo desde la web de la UIMP.

En un mundo violento (5 y conclusión)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 3 de diciembre de 2014.

En un mundo como el que hemos descrito, puede que el Siervo de YHVH sea algo más que una feliz idea teológica: tal vez, como nos dice Girard, sea una sórdida alternativa o quizás la única: o nos reconciliamos tal como nos proponen los Evangelios, o desaparecemos. En un mundo en el que la violencia parece “ir a los extremos”, como afirmaba Clausewitz en Das war, la historia nos tiene acostumbrados a que una vez que se desata la violencia por parte de alguien que cree que sus razones le legitiman para el ataque, la respuesta del otro no se deja esperar, incrementa el potencial de violencia de manera exponencial. Tal vez cuando se trataba de guerras controladas o de ejércitos enfrentados con nobleza en un campo de batalla abierto y definido hubiese alguna posibilidad de acuerdo antes de la mutua destrucción. Tal vez pudiesen abrigarse esperanzas de la rendición del contrario por la victoria pero ahora lo que sucede es que, en esta escalada de violencia, lo que se presenta como futuro probable es un desastre nuclear. De aquí que la historia prenunciada por los evangelios, que nos advierten una posibilidad conflagración final, sea algo digno de ser tenido en cuenta. Es cierto que la apocalíptica no habla solamente de destrucción sino de la revelación de las cosas que han de suceder en un último intento de llamarnos a conversión, pero cada vez es más claro que el potencial de suceso de aquello que anuncia el Evangelio es más real, dado que la posibilidad de destrucción está en manos de gente sin garantías de autocontrol en situaciones de estrés y conflicto.

La iglesia tiene un papel también preanunciado por el Evangelio de completar lo que falta la pasión Cristo, encarnación del Siervo de YHVH. Es por esto por lo que en los últimos acontecimientos está siempre en el candelero siendo señalada como retrograda, denunciada como antisocial porque no es entendido su mensaje: parece que va contracorriente y por esto está siendo reconducida por los  medios como la “mosca molesta que hace despertar la conciencia dormida” hacia la imagen hacia el chivo expiatorio.

Las lecturas de la misa del 20 de noviembre han sido explícitas: Apocalipsis (5,1-10):

Yo, Juan, a la derecha del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso, gritando a grandes voces: «¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos?»

Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el rollo y ver su contenido. Yo lloraba mucho, porque no se encontró a nadie digno de abrir el rollo y de ver su contenido.

Pero uno de los ancianos me dijo: «No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos.»

Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo hablan degollado, y tenía siete cuernos y siete ojos –son los siete espíritus que Dios ha enviado a toda la tierra–. El Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con la mano derecha. Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume –son las oraciones de los santos–.

Y entonaron un cántico nuevo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra.»

Cristo es ese Siervo de YHVH, ese cordero degollado. Como dice Vitorino de Pettau, el “león para vencer, se hace cordero para sufrir”. En el siglo IV los cristianos estaban siendo perseguidos por Diocleciano con la misma saña que lo están siendo los cristianos en Siria y en Irak, y en todas partes, que marca el destino de la revelación. San Lucas (19,41-44) describe la situación de Israel hoy tras los atentados de Jerusalén del día 19 de noviembre, pero nos hace una pregunta:

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»

¿Qué es lo que conduce a la paz? ¿Y de qué paz está hablando?… esta es la pregunta a la que el libro El Siervo de YHWH. Una ciencia de la violencia intenta responder.
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En un mundo violento (4)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 2 de diciembre de 2014

La iglesia está, en este momento de la historia, empezando a comprender cuál es su misión: reencarnar al Siervo en el siglo XXI, y proponerlo… o proponerse a sí misma voluntariamente al escarnio público. Como dice Girard tal vez el único elemento aglutinador de las masas sea convertir al cristianismo en chivo expiatorio. Y tal vez también sea el único antídoto contra al relativismo. Pero esto está hablando de que estamos cercanos al apocalipsis.

Aquel por el que llega el escándalo

En la entrevista que le hace Maria Stella Barbieri en Aquel por el que llega el escándalo, podemos leer una profecía moderna sobre la Iglesia:

M.S.B.- Tiene usted razón al subrayar la actual condición histórica de la Iglesia, que se continua fantaseando, “mitificando”, como si fuera la responsable, es decir la culpable de todas las desgracias del mundo… Pero, según usted, ¿cuál es la relación específica del cristianismo histórico en relación al radical desorden del hombre? ¿Se justifica como una especie de excepción?

R.G.- Cuando llegan estas cuestiones de importancia hay un interés especial en no equivocarse. Los católicos me han reprochado a menudo de no tener una teoría eclesiológica, y en cierto modo tienen razón, porque yo no soy teólogo ni eclesiólogo. Sin embargo, es necesario defender a la Iglesia cuando se hace de ella un chivo expiatorio, lo cual encuentro escandaloso por parte de los católicos. Si comprendieran lo que está en juego hoy en día no harían eso a su Iglesia. Se trata verdaderamente de la fábula de La Fontaine: el león viejo al que todo el mundo da una patada.  Cuando le toca el turno al asno y le da también el león se revuelve. Yo prefiero no jugar el papel de este asno. Para volver a su pregunta, pienso que la legitimidad de la Iglesia está en su lazo con Cristo. Pablo, por ejemplo, lo sabía bien. Lo que me asombra en él es que se ha encontrado frente a Pedro, con el mismo problema que mucha gente, de todas las épocas, que han encontrado a Roma frente a ellos. Él era más radical que Pedro, le ha leído la cartilla, a menudo le ha desaprobado fuertemente, pero se ha inclinado finalmente ante él porque sabía que Pedro había sido designado por Cristo como su portavoz más autorizado. Veía inmediatamente lo esencial en todas las cosas y reconocía la tradición. ¡Una tradición que tenía entonces un cuarto de siglo solamente! Y es porque conocía perfectamente de qué se trataba porque lo que se comportó como lo hizo; sin la cual no habría habido jamás cristianismo.

El cristianismo parece ser en lo sucesivo el único chivo expiatorio posible, y por tanto el factor real de unidad de nuestro mundo. En América, se aprecia claramente con las medidas que toma la Corte suprema para impedir toda expresión de sentido cristiano. El cristianismo es aludido especialmente en relación con las otras religiones, en la medida en la que su universalismo está más presente.  Pienso que esta tendencia va a prolongarse y acentuarse porque los aspectos de la situación, responsables de esta tendencia, se refuerzan. La tentación totalitaria reprochada a la Iglesia se ha invertido. Veo ahí la continuación de lo sacrificial en los tiempos modernos bajos formas menores, pero que se vuelven peligrosas y cada vez más reveladoras. Por otra parte, paradójicamente, no se puede salir de la actual situación de desagregación, de particularización, de multiculturalismo, etc., más que descubriendo, precisamente, la universalidad del cristianismo, el único que puede hacer barrera ahí, inclinándose ante esto. Tengo a veces la impresión de que se trata de la última barrera que, cuando salte, dará lugar al apocalipsis. No veo otras.

Jamás la Iglesia ha hecho, tanto como lo hace hoy en día, el oficio de chivo expiatorio. Pero es necesario ver el valor simbólico de esto: aquello que la Iglesia había perdido, tal vez por sus compromisos con el mundo, sus enemigos se lo devuelven obligándola a hacer el mismo papel que Cristo. Esta es su verdadera vocación que se afirma y que va a sacudir la indolencia y la decadencia de la época que se acaba.

La pertinencia de este libro en su segunda edición es incuestionable. Los últimos acontecimientos: la ley del aborto en España en la que las caretas se caen e irrumpe la pragmática política de los votos y del dinero como bandera; los atentados de Jerusalén, el avance del EI, el desmantelamiento de Libia, Siria, Irak; la persecución sistemática, cruel y indiscriminada contra los cristianos en Asia y África, y la de las FEMES, y grupos radicales y mayoritarios políticos europeos y americanos contra la Iglesia bajo la excusa de la pederastia de unos poquísimos, y de sus posiciones respecto a los abortos, la corrupción y los ancianos, hacen prever un duro invierno para la Iglesia.

En un mundo violento (3)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 1 de diciembre de 2014.

Para los posmodernos solo parece haber dos vías de salvación… El sujeto estético y el pacto en condiciones de igualdad en el discurso. Caminos intermedios solo son considerables en el entorno de los intelectuales de élite: la educación mediante el cine, la literatura, el conversacionalismo banal, el arte, la cultura… el común de los mortales estamos lejos de esa no implicación emocional en los asuntos mundanos.

Hay dos dificultades sin resolver en esta propuesta dostoievskiana y posmoderna, profetizada por Kierkegaard: el sujeto estético solo se lo pueden permitir los ricos o burgueses de clase media que viven en las sociedades del bienestar. Vivir de la belleza y salvarse por ella es cuestión de privilegiados que tienen tiempo ocio y bienes suficientes para pensar y vivir el arte; el resto a duras penas se puede contemplar a sí mismo sobreviviendo. El pacto, es un artificio posmoderno que surge a posteriori, tras la catástrofe. Nunca antes, como sería deseable. Los hombres no pactan mientras tengan la esperanza de dominar. Cuando el intento de dominar fracasa es cuando se echa mano de ese recurso que siempre estaba ahí pero que no veíamos la forma de utilizarlo. Tanto se trata de armisticios como de divorcios.

Lo jurídico, herencia del miedo y del fracaso de la ley del talión, como modo de control de la violencia es un gran intento de la humanidad para domesticar al ser humano, pero hasta ahora la historia no deja de mostrarnos su impotencia. A duras penas la ley, los tabúes, ponen obstáculos a la violencia. En las épocas de la humanidad más férreas, en leyes que intenten controlar la violencia y de éticas más excelsas, es en las que hemos sido testigos de los crímenes más nefandos de la humanidad. Solo tenemos que mirar a los siglos precedentes, en los que monstruos de la razón, elevados en nombre del Estado paternal, del poder del pueblo, de las masas proletarias o fascistas, o de los iluminados nazis preñados del romanticismo más feroz del folkgeist, para ver que han sembrado el planeta de cadáveres. La verdad es que el ensañamiento de los intelectuales con la Inquisición (imputando a todos los miembros de la Iglesia en general los crímenes de unos pocos, sin distinción de implicaciones y libertades varias) como el periodo más oscuro y cruel de la historia, solo es comprensible tomándolo como un acto de cinismo alucinante. Tal vez pretendiesen que una vez que uno se hace cristiano se convierte en ángel o un ser sobrenaturalmente coherente. Pero sería imposible que tomando los Evangelios como cúmulos de doctrina pudiesen encontrar en ellos algo parecido a lo que se encuentra en todos los libros de doctrina política de la historia del pensamiento.

La libertad de los hombres parar hacer tras el hábito es inconculcable. La libertad es algo realmente escandaloso, pero es la condición de posibilidad de la dignidad y de que la historia no sea un teatro de marionetas. El riesgo es que a cambio la historia de la humanidad esté siendo lo que parece a Macbeth en el acto V: el relato de un loco lleno de furia y de rabia. Pero no es esa la visión de Cristo. Su confianza en que no hay modo de ser hombre, hijo de Dios, más que siendo libre, nos hace sospechar  que estamos creados para el diálogo con el Creador y con los otros hombres, que la historia da pasos agigantados pero lentos hacia un progreso moral y que el camino es la conversión. ¿Estaban previstos por Cristo los sucesivos intentos fallidos de la humanidad por diseñar una sociedad pacífica? ¿Es posible que fuera la paz la expectativa de Cristo respecto a la historia? ¿Es solo un profeta de la no-violencia?

Autores de renombre en Alemania, Peter Sloteredijk y Ulrich Horstmann, ante las ingentes proporciones que adquiere la violencia propone retornar a la eugenesia o la materia inmaculada.

El advenimiento del reino de los cielos sobre la tierra, la gran paz vendrá sólo cuando la vida del hombre haya sido estabulada o extinguida sobre la tierra y “cuando el viento sople sobre la arena a lo largo de toda la superficie terrestre y los cristales vuelvan a brillar como la luz de las estrellas”. Ulrich es el profeta del fin de toda filosofía humanista ética y religiosa: imagina la destrucción como un evento sagrado, grandioso. El hombre es un monstruo pero el monstruo se convierte en el redentor, en una figura sagrada. Sin embargo, ante esta situación del mundo que describe con una crudeza inimaginable, no da una respuesta a la presión que ejerce la violencia. La violencia puede llevar a la gente a una rivalidad exponencial, del estilo que describe René Girard en Achever Clausewitz, pero también el hombre tiene capacidad de amar. Hay una posibilidad por la que el hombre puede dejar de dar culto total a la violencia. La cuestión de la violencia conduce inevitablemente la cuestión de la libertad.

Cristo asume esa libertad del género humano sobe sus propias espaldas. El Siervo de YHVH irrumpe aquí como un principio clave para poder entender la historia de la humanidad. ¿Y si la única posibilidad para los hombres de escapar a su mutua autodestrucción fuera tomarse en serio al Siervo de YHVH?

En un mundo violento (2)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 28 de noviembre de 2014.

[Continuamos con la publicación de esta serie de posts que se escribieron a finales de noviembre, pero que siguen teniendo actualidad y que prueban el poder explicativo de la Teoría Mimética]

El pensamiento único tiene una serie de características que lo hacen único… El hombre no es más que un animal, con una singular capacidad para emocionarse, pero sin destino trascendente. Como un animal se rige por leyes darwinianas, la supervivencia es la ley que gobierna todo comportamiento. Como miembro de una manada algunos individuos deben ser sacrificados en beneficio de la especie. Solo que como el hombre es además racional, selecciona a esos seres prescindibles por categorías estereotipadas: ser minorías étnicas, religiosas, migratorias… Pero lo importante es que esos elegidos tengan capacidad de congregar el odio o la mirada de todos, para que el resto se salve.

La unanimidad en orden musulmán o en el orden de las sociedades occidentales se forja contra la única minoría que hoy dice algo que disiente de lo que todo el mundo acepta. La legitimación de la violencia propia está fundada sobre la creencia de que “estamos en la verdad” (en la interpretación del Corán o en la implantación de la democracia, da lo mismo) y todo lo que no caiga dentro del paraguas de esa verdad subjetiva, particular, del “nosotros los musulmanes” o del “nosotros los demócratas” occidentales, que yo-nosotros poseemos en exclusiva, ha de ser denunciado, o puesto en estado crítico, y ser erradicado en última instancia. Los otros están en la mentira o en el error.

Al estar en la verdad, la violencia está legitimada por parte del Estado (Islámico o democrático) porque éste se ha erigido en mediador absoluto de los desvalidos ciudadanos. El Estado nos devuelve al estado primitivo y nos hacer retornar a la minoría de la edad de la razón: piensa por nosotros, nos dice lo que está bien hacer, lo que debemos opinar… ¡Si Kant levantara la cabeza! El Estado ejerce la violencia con toda clase de cuidados y equilibrios en las sociedades democráticas y con descaro tiránico en las pseudo-democráticas.

El éxito de su control reside en el miedo que los ciudadanos se tienen unos a otros, necesitan ese Levithan hobbesiano que les defienda de sí mismos, de sus propios hijos… Pero fuera de ese férreo control que pedimos para el vecino, estamos autorizados ad intra a hacer cualquier cosa. En el sujeto normalizado… estabulado, solo hay una vía de sentido o de escape: dejar que el deseo fluya en el placer de las pequeñas cosas y que nadie se interfiera. La contemplación estética es la fuente del placer. El placer está domesticado: la sociedad del consumo convierte los vicios privados en virtudes públicas y revierte sobre sobre el mercado sus productos de salvación. Lo que antes era “pecado”, y era visto como aquello que produce daño al individuo y a la sociedad, ahora se convierte en Ley, en norma, porque hay detrás un negocio que defender que llena las arcas del Estado. Incluso los indignados han caído en la trampa: los revolucionarios de hoy no son anarquistas, humanistas rousseaunianos que buscan el retorno al trueque (al estilo del Manifiesto comunista de Marx) como algunos piensan tildándolos de románticos, nostálgicos, ingenuos, anacoretas o tecnófobos de la sociedad tecnológica e industrial. No, son súbditos del Estado que quieren que éste sea mejor Padre, o una Madre de verdad. La pachamama nos debe sus frutos como compensación de nuestros sacrificios. Quieren más Estado, más seguridad social, más cobertura de desempleo, incluso sueldos igualitarios para diferentes trabajos. Si el Estado se yergue en Padre, que ejerza. Que pague los caprichos de sus hijos arrojados sin su consentimiento a la vida; tienen derecho a reclamar recompensas, que se les mantenga sin pedirles nada a cambio.

Las fuentes del placer son cada vez más sofisticadas, pero cualquier tipo de placer, siempre subjetivo, es válido y ha de ser financiado. El problema es que no vale nada un placer no compartido, o no público, y he aquí el problema: siempre es acosta de otro. Y eso, una sociedad susceptible en sumo grado, victimista, políticamente correcta, tiene que regular exhaustivamente  toda acción pública bajo una rigurosa ley. En la sociedad de la transparencia (Byung Chul Han) es complicado mantener en privado el placer. El abuso sexual, el crimen, las adicciones, el alcohol, tienen consecuencias inevitables para la vida social que desatan represalias y violencia. Tolerarlo todo es peligroso para la supervivencia de la tribu… convertir en norma de ley algunos placeres va a ser la solución: hacer de la nueva moral normas de tráfico viario porque prohibir todo lo que hace a alguno víctima es imposible, disminuye la rentabilidad y genera caos social.