Las cosas ocultas, nº 4

Novedades sobre René Girard y la teoría mimética.

El 11 de mayo, en el CEU “Cardenal Herrara”, campus de Castellón” tendrá lugar la mesa redonda titulada “¿Por qué son violentas las religiones? Una introducción al pensamiento de René Girard” en la que participarán Ángel Barahona, David García-Ramos y Bosco Corrales, auspiciada por la Universidad CEU “Cardenal Herrera” y la asociación Xiphias Gladius. Este es el cartel:

Cartel ¿Por qué son

La revista Anthropoetics, dirigida por Eric Gans, publica un número en homenaje a René Girard, en el que participan autores como Jean-Pierre Dupuy (con un texto leído en la Memorial  en Stanford), Trevor C. Merrill o Andrew Bartlett, entre otros. Se puede consultar en este enlace.

Otro homenaje, esta vez de la revista Universitas Philosophica, que nos remite nuestro colega Roberto Solarte. Aquí tenéis la convocatoria completa: convocatoria Universita Philosophica.

Además, sigue abierto el call for papers del COV&R de este año, en Australia. Aquí podréis encontrar toda la información: COV&R Australia 2016, en la Australian Catholic University. Nosotros estaremos presentes con una comnicación sobre identidad y narraciones victimarias. ¡Nos vemos en Melbourne!

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La ofensa (II)

Por David García-Ramos Gallego, terminado el 29 de marzo de 2016.

Otro de los turiferarios de la nueva izquierda –que precede en todos los sentidos, como dobles miméticos que son, a la nueva derecha que está por venir o que ya estaba aquí, escondida en alguna parte– hablaba hace unas semanas sobre la ofensa: se trata del concejal de cultura Guillermo Zapata. No leo en ninguna parte que se les una, a la concejala Maestre y al concejal, ni en tipos de ofensa, ni en condición de imputados por ofensas (contra víctimas y contra sentimientos religiosos –¿lo religioso como sentimiento?–). Pero aquí, de lo que se trata, es de la ofensa: ambos ofenden –y tanto– a otros que se sienten ofendidos. Bien, pues con la sentencia que archivaba el caso de Guillermo Zapata por tercera vez, veo la ocasión de continuar con mi análisis de la ofensa.

En esta ocasión nos vamos a detener en los derechos. Un derecho es afirmación de algo para un ciudadano: tengo derecho a algo, puedo tenerlo –ya sea ese algo posesión, disfrute, estado o acción–. Pues según la dicha sentencia, tal y como recoge el periodista Javier Ruiz @Ruiz_Noticias:

 NO EXISTE un derecho a NO SER ofendido, dice exactamente.

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Donald O’Connor a punto de darse de bruces contra la dura realidad en su número Make ‘em laugh del film musical Singing in the rain.

Y esa es la cuestión: si no hay un derecho a no ser ofendido, ¿existe un derecho a ofender? Porque de la doble negación ha de derivarse una afirmación, o eso canta la lógica que se ríe de la gramática de las lenguas. Hablar aquí de fundamentación metafísica de los derechos o de la ofensa misma no me parecería demasiado traído por los pelos, pero que no cunda el pánico: dejaremos las cuestiones metafísicas para otro post. Como corolario de la anterior afirmación –o negación, según ser mire– podríamos afirmar que no existe, tampoco, un derecho a ofender. Si no existe tal derecho, ¿cómo se ve afectada la libertad de expresión? ¿Es menos libre? Muchos semanarios de humor en Europa –y en todo el mundo– juegan precisamente la baza del humor por ofensa. Es tanto así que uno se pregunta si el humor no nace de la frivolización y banalización de la ofensa, si la risa no es siempre un reírnos de la víctima. Cuando nos reímos de Donald O’Connor no estamos ante un resto de la risa nerviosa y desencajada del no he sido yo, ha sido el otro, y me río de sus defectos o marcas que son los que lo señalan como víctima.

No estaría mal recordar al lector que #jesuischarlie, pero que es mejor cuando se ríen de otro. Aprender a reírse de uno mismo es una de las lecciones interesantes que nos da la vida. Pero, ¿y de la ofensa real, de la ofensa que toca el meollo de nuestra identidad? En realidad aquí conviene distinguir dos aspectos: la identidad impuesta (la de las víctimas del terrorismo, de Estado o revolucionario, en España secularmente ofendidas y objeto de chistes muy viejos y malos que el concejal Zapata y otros no hacen más que perpetuar) y la identidad conquistada frente a las presiones sociales. Por ejemplo, hoy en día, la identidad religiosa. Que en épocas pretéritas lo religioso fuera una identidad impuesta y que hoy sea o no conquistada podría ser objeto de discusión. Lo que es indiscutible es que ser cristiano –o responder a la identidad de cualquier otra confesión religiosa, aunque con matices– se esta convirtiendo en algo difícil de lograr. Conquistable por tanto. Requiere un esfuerzo por parte del que suscribe tal o cual identidad. Ser cristiano en España antes venía de serie –como el color del pelo, la altura y otras cuestiones contra las que en principio no se puede luchar– y ahora es opcional. Que viniera de serie implica, como con los coches, poca confianza en la calidad del equipamiento –es decir, de tal identidad cristiana–: en cuanto se usa un poco, se rompe.

Las ofensas son ¿contra la persona o contra la identidad? ¿Es entonces la identidad una idea, un “constructo social”, o es, por el contrario, una realidad encarnada, descubierta, dada? ¿Es que lo es la persona? Si me puedo teñir el pelo, hacer crecer a mi hijo a base de hormonas, cambiar de sexo o implantarme todo tipo de “mejoras” (capilares, mamarias, dérmicas), ¿no será que puedo modificar mi persona y mi identidad? ¿No será que la persona es lo que es su identidad? Entonces la ofensa contra la persona o la identidad son la misma cosa.

Por eso tienen todas las de perder los ofendidos: ni derechos se les reconocen ya. Se les conmina, eso sí, a que re-construyan sus identidades de un modo más acorde a los tiempos que corren. Queda solo el miedo a ser señalados, como decíamos en un post anterior: señalados como las próximas víctimas de turno.

En cualquier caso, esto no debería significar que tomen el poder los ofendidos. Sería un franco despropósito, como cualquier legislador puede constatar, tratar de perseguir toda injuria y supuesto ataque contra la persona/identidad (ad personam) y poner entre rejas a todos los injuriadores e injuriadoras. La cosa es más complicada, pues la ley trata de defender no solo a la persona/identidad, o no en primer lugar, sino la convivencia de las personas: las sociedades. Cuando las sociedades se corresponden con facilidad con identidades, no hay problema. Defender entonces la sociedad era defender la identidad. El problema surge al vivir en sociedades en las que la ecuación sociedad/identidad no es tan evidente. Defender la sociedad y defender las identidades que las componen al mismo tiempo se convierte en un encaje de bolillos que han tratado de resolver comunitaristas y liberales. Al final se trata de poner vallas al campo y dejar que el campo siga siendo campo. Esto no quiere decir que crea imposible lograrlo. La historia de la cultura humana es un camino hecho sobre los cadáveres de los ofendidos. Todos sabemos cuál es el trato sórdido al que estamos llamados. ¿Seremos capaces de completar el trabajo iniciado hace 2000 años? 

¡Pilar Rahola, gracias!

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el 31 de ,arzo de 2016.

La canción The times they are a-changin de Bob Dylan ha quedado trasnochada[1]. No están cambiando los tiempos, ¡ya han cambiado!

Pilar Rahola, en un artículo en La Vanguardia (que se puede leer aquí también) ya reconoce que la nueva cultura: a la que apellida “buenismo” y “políticamente correcta”, cuya esencia se supone (inspirada por 2000 años de cristianismo –aunque no lo quieren saber, méconnaissance, lo llama René Girard en El chivo Expiatorio, Ed. Anagrama) que es, básicamente, la exaltación de la inocencia de las víctimas, excluye al cristianismo de esta categoría. Recoge las estadísticas de las expulsiones, decapitaciones y persecuciones sistemáticas de los cristianos del todo el mundo para abrumar con las cifras a los que las disfrazan, ocultan, no tiene en cuenta, y ejercen una expulsión más lacerante que la que el Islam hace en territorios ancestralmente cristianos  y anteriores a la expansión del Islam

Dice Pilar Rahola:

Una de las muchas tonterías del buenismo es su aversión a considerar a los cristianos como una minoría perseguida. Acostumbrados a lanzar sus dardos contra el catolicismo, se sienten incómodos ante la idea de que los cristianos son, hoy por hoy, después de los judíos, el colectivo más perseguido del mundo. La afirmación parece rotunda, pero los datos son aún más rotundos […] a pesar de todo, nunca se menciona esa realidad lacerante porque no forma parte de lo políticamente correcto.

La motivación de su artículo es corroborar que el humus, el diluvio que anuncia Dylan ya invade las estructuras mediáticas catalanas, –yo lo extendería a las occidentales en general–. El comunicado del Govern a propósito del comunicado acerca de los atentados de Pakistán contra los cristianos que celebraban la Pascua se autocensura no diciendo que eran cristianos, no reconociendo la categoría de víctimas inocentes a los cristianos. Casi como con asco se hace el comunicado. El aire del comunicado de la Generalitat Catalana es como si les tocase con gran dolor comunicar que un grupo de contumaces asesinos y violadores de niños todavía siguen sueltos, aunque a alguno ya se le ha ajusticiado, por fin. Como dice Pilar Rahola, nada sospechosa de católica recalcitrante, . Dice así:

El comunicado catalán, dirigido a los pakistaníes en Catalunya, ni hablaba de cristianos, ni de terrorismo islamista, ni de nada que pudiera contradecir el catecismo progre. Sólo se nombraba a víctimas genéricas y al horror del mal, como si ese mal no tuviera nombres y apellidos. Es decir, unos pasaban por ahí y los atacó algo…

El mismo espíritu laicista, sin identidad, respira por todos lados. La Vanguardia, el Govern, nos hacen palidecer de vértigo pero poco comparado con la BBC uno de los medios con más caché de objetividad y bien hacer periodístico evitaba, caminando sobre cristales, decir lo que era obvio: que el cristianismo es el objetivo, y al final apuntaba tímidamente que la policía está investigando la reivindicación del grupo terrorista. Alucinante elusión no reconocer que hoy el pueblo cristiano está cumpliendo la función de chivo expiatorio del Islam y del laicismo rampante. En la medida en que el laicismo se convierte en la religión civil del Estado derivado de la Ilustración caemos en brazos de una fe nihilista, cínica, atroz. Desde Rosbepierre y los totalitarismos en nombre de esa razón solo hemos visto crímenes nefandos, masacres (crímenes de masas), eugenesia de nuevo cuño… pero los medios cuando piensan en los cristianos siguen pensando en tópicos increíbles, trasnochados, que nada tiene que ver con nosotros: inquisidores y cruzados se ruborizarían de ver lo que lo tecnocracia, la tecnociencia, y la laico política y el feminismo radical neomarxista, el capitalismo salvaje, y el nuevo racismo de derechas van a ser capaces de hacer o de obligarnos a hacer con su neolengua, y sus neoleyes. No digo ya lo que pensarían Francisco de Asís, Teresa de Jesús o Ignacio de Loyola, coetáneos de esas épocas negras de la historia del mundo (reparemos en que, intencionalmente, no digo historia de la Iglesia, porque no voy a caer en las redes de la propaganda volteriana o gibboniana[2])  en el que la pátina de cristianismo cultural neopagano opacaba el cristianismo real.

Los tiempos han cambiado. Un mundo donde todos son víctimas, estas se mutan en verdugos cuando se trata del cristianismo, aquella religión que ha revelado que todos los regímenes humanos se basan en la sangre derramada de víctimas inocentes por parte de masas ignorantes, que no saben lo que hacen. La única diferencia de los tiempos que corren con los que denunciaba la  revelación cristiana es que ahora esos verdugos, que se legitiman como asesinos con su silencio, con su selección de las noticias, con su ocultamiento de los hechos, y que son esa masa mimética que anima a los pobres musulmanes que señalan al cristianismo como culpable de sus males, (porque lo identifican con el  occidente pagano, capitalista, colonizador), sí saben lo que hacen: aplauden a aquellos que están extirpando de la faz de la tierra, desde su ignorancia, a la única voz que denuncia el origen de todos los males, a la única corriente que va contra corriente del pensamiento único (“buenista y políticamente correcta”) a la única conciencia lúcida que queda sobre la faz del planeta tierra. Todos los demás, solo adoran a la bestia, al dinero, sin saberlo.  ¡Gracias, Pilar!


 

[1] Venid gente, reuníos, dondequiera que estéis / y admitid que las aguas han crecido a vuestro alrededor / y aceptad que pronto estaréis calados hasta los huesos, / si creéis que estáis a tiempo de salvaros / será mejor que comencéis a nadar u os hundiréis como piedras / porque los tiempos están cambiando. Venid escritores y críticos / que profetizáis con vuestra pluma y mantened los ojos bien abiertos, / la ocasión no se repetirá, y no habléis demasiado pronto / pues la ruleta todavía está girando y no ha nombrado quién / es el elegido porque el perdedor ahora será el ganador más tarde / porque los tiempos están cambiando. / Venid senadores, congresistas, por favor oíd la llamada / y no os quedéis en el umbral, no bloqueéis la entrada, / porque resultará herido el que se oponga, / fuera hay una batalla furibunda / pronto golpeará vuestras ventanas  y crujirán vuestros muros / porque los tiempos están cambiando. / Venid padres y madres alrededor de la tierra / y no critiquéis lo que no podéis entender, / vuestros hijos e hijas están fuera de vuestro control / vuestro viejo camino está carcomido, / por favor, dejad paso al nuevo si no podéis echar una mano / porque los tiempos están cambiando. / La línea está trazada y marcado el destino / los lentos ahora, serán rápidos más tarde / como lo ahora presente más tarde será pasado / el orden se desvanece rápidamente y el ahora primero / más tarde será el último porque los tiempos están cambiando.

[2] Cf. El mito de la violencia religiosa, W. T. Cavanough, Nuevo Inicio, Granada.

Miedo (2)

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el 20 de marzo de 2016.

Valores perdidos, sin nunca haberlos hallado.

Hemos dado carpetazo a un cristianismo que nunca conocimos más que en su rostro desfigurado por los pecados de algunos que se llamaban a sí mismos cristianos. Esta auto denominación -tal vez no por maldad sino porque que respondían a un contexto cultural-responde a una historia heredada que no se esforzaron por asimilar. Se quedaron a medio camino de llevar las enseñanzas del evangelio hasta las últimas consecuencias. Se quedaron anclados en el aparato cultural tejido de mil y una formas paganas subsistentes: amor al dinero, culto al eros, adoración de la violencia, costumbres bárbaras que cambiaron a Odín por Cristo sin resolver la diferencia, a Venus por la Virgen sin entender la diferencia. Por eso es tan fácil la transición actual, “el retorno de los brujos” ya es un hecho (Pauwels), la vuelta de la Virgen a la Pacha Mama ya es un hecho, de la Iglesia a la Madre Naturaleza.

Hoy vemos con asombro que se adoptan como propios de la Ilustración valores cuyo origen es netamente cristiano, inéditos hasta que irrumpe el cristianismo en escena. Si bien es verdad que disfrazados por nuevas configuraciones parecen creación original del último estertor de la razón –por decir algo–: la familia, el respeto, la tolerancia, la paz… Pero les han cambiado su esencia: por el miedo a que un ser humano sufra de soledad cualquier cosa es familia; por el miedo a que la libertad del otro me dañe exigimos un respeto que castra nuestra libertad; por el miedo a ser rechazados exigimos tolerar todo lo moralmente intolerable; por el miedo a la violencia de los otros amputamos nuestra sed de relaciones auténticas, nuestro anhelo de verdad.

La clave de la posmodernidad es el miedo. Por eso hay que abolir las antiguas seguridades para mecerse en la inseguridad como punto de anclaje tembloroso. La ausencia de certezas parece que es el derivado de una mentalidad cientificista, pero es sólo miedo al debate sobre lo que verdaderamente importa. Tanto a nivel privado como público, tanto en la familia como en el trabajo. Hoy en día es difícil sentirse perteneciente a una comunidad. La pertenencia no es sobre la identidad compartida, abierta, arriesgada y amorosa, a una comunidad, sino una identidad a la contra, por rivalidad: me apunto un grupo que odia al otro, a una nación que odia a la otra, a un partido que odia al otro. Pertenecemos a una sociedad global, pero falta definición de identidad propia. Esta situación hace perder el equilibrio y, en los más vulnerables, provoca crisis de ansiedad y depresión. Por ello, el miedo a no saber “quién eres” se logra por contraposición. Es el triunfo de la dialéctica hegeliano-marxista.

Detrás de estas relaciones atormentadas se encuentra la experiencia del dolor de entrar en contacto con los otros. Sartre ha calado en el alma posmoderna: el infierno son los otros. Sin el parapeto moral que nos daba la cultura –pátina cultural-cristiana- cada vez más ante una dificultad (como un amor frágil o finito) se ve como opción el crimen o el suicidio, la destrucción de la familia, de los vínculos que unieron románticamente a la pareja. El miedo a sufrir y el infantilismo de moda: tolerancia cero a la adversidad, a cualquier contrariedad… nos hace incapaces de sostener las relaciones que alguna vez no supongan ser una fuente de placer permanente.

Cada vez más se hace insostenible una relación que contenga algún elemento de desagrado, que no sea una adoración narcisista compartida, donde el otro no funcione de espejo y ejerza su crítica. Las personas ya no distinguen el impulso del deseo, el sexo del amor. Pensar es demasiado costoso, adentrarse en los entresijos de la personalidad propia, de los propios defectos, se hace insoportable. Vivimos instalados en la autocomplacencia, en el caballo de una falsa libertad (cuanto más libres creemos ser más imitadores somos). Nuestra frágil autonomía (aunque en apariencia sea soberbia, cada vez más dependemos de la mirada y aceptación de los demás) se quiebra ante el primer obstáculo. El primer viento contrario nos disuade de seguir buscando nuestra Ítaca.

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Fotograma de Her de Spike Jonze, con Joaquin Phoenix.

Por eso nos refugiamos detrás de pantallas, fotogramas, instagramas, facebook. Y nos congratulamos con películas apocalípticas que pasan lejos de casa. Pero lo único que importa es tener un perfil. El miedo a una relación real (películas como Her, o series como Black Mirror), miedo por no tener identidad, miedo de recordar cosas desagradables, miedo a no dormir bien, miedo al sueño, miedo de mirarse por dentro, miedo de no gustar, miedo de aceptar algo que no me agrada y que me incomoda, son el motor de las psicopatologías del siglo XXI. Las drogas, el juego, la bulimia, la anorexia, la ansiedad incontrolable, el alcohol, agorafobia, el síndrome de hiperactividad, el síndrome obsesivo compulsivo. Las nuevas dependencias adictivas se presentan como alternativas para definir el propio ser y ser identificado, pero tienen la contrapartida de incrementar las dimensiones del problema en vez de solucionarlo.

Una forma universal y perenne de canalizar el miedo es encontrar un culpable. Los miedos y visiones apocalípticas aparecen en el horizonte y necesitan un chivo expiatorio para no desembocar en una catástrofe autodestructiva, auto inculpatoria. La solución: echar la culpa a otro. Este es el éxito de determinadas psicologías, análisis sociales, políticas… El éxito de los partidos populistas reside en que tienen fácil señalar a un culpable. Esto libera mucha energía reprimida, resentida, canaliza la descarga eléctrica a la toma de tierra. De una generación a otra prima el olvido, y la confianza se reinstala en la esperanza de que ahora sí se va a inaugurar la justicia, la honestidad… En esa nueva ilusión votamos, nos revolvemos en el asiento frente al televisor como quien está jugando un partido definitivo. Ese nosotros ficticio en el que nos sentimos arropados nos quita por un momento el miedo y nos permite respirar. Ese nosotros nos reviste de pureza, de buenas intenciones, de inocencia. El mundo es recreado, hemos disfrutado de minutos de paraíso. Hemos tocado el árbol que nos hace dioses.

Por un minuto perdimos el miedo y la memoria.

Miedo (1)

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 20 de marzo de 2016

Nubes negras se ciernen en este invierno extraño a punto de acabar. Han cambiado mucho las cosas. La agitación se siente en todos los ámbitos: en la carretera, en la familia, en el trabajo, en la política, en el planeta y sus planetadas. Hace tiempo era la muerte el “problema”, pero la Ilustración, la ciencia y la filosofía política nos convencieron que eso era un invento de la Iglesia, y de que el infierno estaba clausurado por defunción. Ellos nos abrirían el futuro, nos darían la paz, la salud, la vida, nos sacarían del oscurantismo, nos llevarían a un cielo real, histórico. En definitiva, nos devolverían al paraíso de la naturaleza del que nunca fuimos expulsados. Nos han convencido de fue un ensueño pensar que no pertenecíamos “solo” a ella.

Lo que ha pasado es que después de muchas décadas de política, de filosofía humanista, de sexo libre, de mucha ciencia y técnica, de mundo sin ley por exceso de ley, ahora lo que horroriza es la vida. Nos vemos miedosos de la libertad que los otros tienen para matarnos, de la autoridad que los otros tienen para educarnos, pero todavía dudamos a la hora de si dejarnos conducir a los pastos de hierba fresca que nos prometen unos u otros o desconfiar de cualquier iluminado “pastor del ser” que nos bañe con su luz científica, filosófica o política. Ya no nos fiamos ni de la madre que nos parió. La incapacidad de relacionarse, la falta de identidad, la angustia ante la soledad: el frío que hace ahí fuera es sobrecogedor. Y la calefacción que inventamos contamina el planeta, los cuerpos se vuelven enfermos, venenosos, sidosos, zombis: la autonomía que nos prometió Kant que “ya” llegaba con el atrevimiento, el orgullo y la soberbia de una sociedad civil madura, se ha convertido en psico-dependencias, esclavitud y neurosis, privadas y colectivas. Esa supuesta y deseada autonomía no es más que caos de opiniones encontradas e irreconciliables.

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The Source, de la serie Burn Season del matrimonio de artistas Robert and Shana ParkeHarrison (c).

Un paseo por el gabinete de un psicólogo o un psiquiatra nos da la idea de que no es nada exagerado esto que estoy diciendo. Nadie sabe nada aunque todos pretenden ser gestores exitosos del conflicto que nos envuelve en todos los órdenes. Un paseo por las estadísticas de suicidios, de alcohólicos, de drogodependientes… Un paseo por los periódicos que nos muestran que el cumplimiento perfecto del decálogo de los nuevos fariseos es un hecho consumado, que juzgan el comino y pasan el camello… Un paseo por los medios de comunicación, por los parlamentos de todo el mundo nos habla de un caos ininteligible y una exclamación brota en nuestro subconsciente: “es lo que hay”.

Nos basta: todo el mundo  –al menos la masa mayoritaria– deshonra a sus padres enviándolos por su bienestar –eso sí– a la residencia de ancianos o más “compasivamente” está pronta para votar el suicidio asistido; todo el mundo ha perdido el respeto por el descanso; todo el mundo ha convertido la fiesta en estrés; todo el mundo mata, roba, y su ética consiste en hacerlo para que no le pillen; todo el mundo adultera, miente, desea lo del prójimo… Basta analizar las manifestaciones que los psiquiatras hacen de las ansias y las fobias en sus estudios, para ver la mejora sustancial de vida que nos ha aportado el orgullo dionisíaco que se desató con el rechazo del cristianismo. De los panegíricos de Maquiavelo a Voltaire, pasando por los grandes profetas: Nietzsche, Marx, Lenin, Heidegger,  Sartre y su Beauvoir, a los alegatos de libertad, democracia, e ironía, de los nuevos posmodernos lo único que ha cambiado es el punto focal del miedo. Los nuevos miedos  de hoy en día se encuentran en  entre nosotros, los nuevos fantasmas que nos quitan el sueño (aunque para eso tenemos pastillas, ansiolíticos, Valium, programas narcóticos de televisión, futbol y drogas –debemos dar gracias a ese Dios defenestrado que respeta nuestra capacidad infinita de alienación–) nos han traído “cierta”  confusión. La perniciosa tendencia a confundir la realidad con los fantasmas, ha tomado una consistencia tal que lleva a los psiquiatras, a las universidades y a los políticos a organizar grandes encuentros mundiales de investigación de los casos que están fuera de control. Acabaríamos antes si solo pensásemos los que parecen estar controlados: ninguno.

Miedos a perder la relación con la única persona que un día (por interés, por miedo a la soledad, por romanticismo, por todo, por nada) me dijo que me quería… por eso ahora la mato –y lo llamamos violencia de género–. Y por miedo a perder el trabajo me auto-exploto, –y lo llamamos capitalismo salvaje–; por miedo a perder la seguridad que me ofrece el Estado, lo adoro y me hago su esclavo –y lo llamamos Estado del Bienestar–; por miedo a no ser o a la soledad me hago un perfil de Facebook mentiroso –y lo llamamos redes sociales–; por miedo al vértigo que me provoca el misterio incomprensible del “otro” y sus “otredades”, a su libertad, a la soledad me acompaño de miles de “amigos” sin rostro tridimensional en la red –y lo llamamos identidad digital–. Miedos acompañados de estrés, vulnerabilidad, emotividad a flor de piel, agotamiento, crisis económica por la falta de ética de muchos. La solución es huir hacia adelante: todos roban, yo también robaré; todos adulteran: yo también adulteraré; todos deshonran, yo también deshonrare, todos juzgan, acusan, reivindican, yo también reclamaré mis derechos; todos desean lo que el otro ostenta, yo también, nadie siente deberes: yo no voy a ser menos.

Terrorem meum in intimo

Nadie se reconocerá en lo que estoy diciendo. No se reconoce un miedo generalizado y de masas, tan solo cierto espasmo temporal cuando un atentado o una catástrofe nos asola… pero dura un segundo de sobrecogimiento, porque inmediatamente podemos cambiar de canal y ver a un “payaso” –hoy “comentaristas”- haciéndonos sonreír aireando de las miserias de otros. Los peces no saben del agua, viven en ella, saben del aire, donde no pueden vivir.

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Ese es el problema, por eso no buscamos soluciones. Se trata de pequeños-grandes terrores íntimos que, con extrema facilidad nos obsesionan, pero tan sutil, tan cotidianamente, que aprendemos a vivir con ellos, los somatizamos, los amamos, nos consuelan: un pequeño lamento, un pequeño malestar es tolerable, un lengüetazo de placer nos lo calma, como los perros que se lamen sus heridas, porque mientras pienso en él, los cadáveres que caen a mi lado no adquieren significación, no me exigen responsabilidad, no me inquietan, pero estas pequeñas incomodidades logran apoderarse de la mente. Jean Michel Oughourlian dice en su libro La génesis del deseo, que su consulta está llena de gente triste que sufre sin saber por qué, sin poder objetivar la causa de su dolor. Lo que hoy nos atormenta es el miedo del miedo.

La mujer de Julio César, Calpurnia, le advirtió en la víspera de su asesinato de la conspiración que se cernía sobre él. César respondió:

“No debemos tener miedo del miedo”.

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Oughourlian nos advierte: por el miedo que tenemos al miedo generamos relaciones enfermizas, falsas identidades, pérdidas de autonomía, pequeños sufrimientos que se transforman en ansiedades insoportables. Dupuy nos alerta en la Metafísica de los tsunamis, que del pánico nadie estamos libres. Pero antes el pánico tenía su justificación: terremotos, guerras, volcanes… hoy una mala mirada, una expulsión del trabajo, un pequeño contratiempo, un lunar analizable, un bulto en el pecho, un pequeño movimiento del gobierno de turno que deje entrever la debilidad congénita de Papá Estado hace temblar a los niños y provoca un tsunami. ¿De dónde viene esto?

Esta pregunta merece un segundo post.

La ofensa (I)

Por David García-Ramos Gallego, 18 de febrero de 2016.

No me ofende, personalmente, que una persona se quede a torso descubierto en una capilla católica. Y soy católico (a duras penas, a duras mis penas, vamos, por pura gracia que dispone mi ánimo a serlo, a querer serlo). Lo repito: no me ofende. Tampoco me siento ofendido porque ofendan a mi Dios. Sigo a uno que asumió en silencio toda ofensa sobre sí. Ya sé, ya sé que lo hizo de una vez para siempre, para que no hubiera más ofensa, para denunciar toda ofensa. Esta, también.

Lo repito, insisto: no me ofende. Es decir, no genera en mi un sentimiento de indignación. Más que sentimiento, emoción, pasión. No me indigna. No quiero que me indigne. Por eso hago uso de la razón, de mi facultad intelectiva, para dominar el sentimiento de indignación que podría incendiarme y empujarme a buscar culpables. Como bien nos ilustró el pasado verano Charles Ramond en una conferencia sobre el sentimiento moral de la indignación, lo que tenemos detrás (o delante, según se mire) es la búsqueda de un o una culpable, un declarar a alguien culpable de algo, donde algo es aquello que ha producido en mí tal sentimiento. El sentimiento moral de la indignación surge de una injusticia, de una ofensa realizada contra un débil. Pero, ¿qué es lo injusto en este caso? ¿Que una ciudadana campe a sus anchas –esto es, en top less– por un espacio que otros ciudadanos consideran sagrado, en presencia de unas formas que dicen (decimos) que son Dios mismo? ¿Es injusta la profanación?

Lo repito, insisto: no me ofende. Pero, ¿hay ofensa? Esta es la pregunta clave. Responde la imputada (porque lo es, ¿no?) que ella no ve ofensivo presentarse a torso descubierto en un lugar sagrado para otras personas –sobre la cuestión metafísica de si un lugar es sagrado en sí, de manera inmanente o solo contingente, y si contingente, bajo qué condiciones, si objetivas o subjetivas…, no es el caso demorarse en esta ocasión–. No lo ve ofensivo, es decir, que para ella no hay ofensa. Pero para otros sí. Dirimir quién tiene razón se convierte así en la cuestión central. Es decir, ¿hubo ofensa o no hubo ofensa? ¿Tiene razón la imputada o la acusación? ¿Realmente hubo ofensa?

Para responder a esta pregunta debemos hacer un ejercicio muy sencillo: qué define la ofensa. En este momento podría –y debería– ofrecer las definiciones de la RAE, del código penal –si la hubiere, que imagino que sí–, etc. Pero no voy a hacerlo, si el lector me lo permite y sigue leyendo. Voy a tirarme de cabeza a la piscina del sentido común. Vamos a imaginar dos posibilidades:

(1) la ofensa parece que la define quien la recibe: será ofensivo lo que a mí, que recibo la ofensa, me parezca ofensivo. Hay ofensa si el receptor de la acción del imputado de tal ofensa considera que hay ofensa, es decir, que tal acción le ofende.

(2) Hay ofensa si en dicha acción hay intención de ofender, esto es, de provocar en el ofendido dicho sentimiento de ofensa o indignación.

Me dejo en el tintero otras definiciones de ofensa más objetivas, las que recogen los distintos códigos penales, propuestas legislativas, costumbres, etc. Creo que, del mismo modo que el sentimiento de indignación es subjetivo, en tanto sentimiento, también la ofensa es una categoría que cae dentro del ámbito de lo subjetivo, en tanto existe la expresión sentirse ofendido y la posibilidad de hablar de un sentimiento de ofensa. Es dentro de estos dos supuestos subjetivos desde donde pretendo demostrar que no hubo ofensa, aunque la hubo. Es decir, y para que se me entienda la paradoja –dado que las paradojas son enigmas cognitivos que piden entendimiento–: hubo ofensa, pero no debería de haber ofensa.

En el supuesto (1) la ofensa queda en manos de las víctimas. No hace falta citar a Nietzsche para reconocer que el victimismo, en cuya base está el resentimiento –atención, otro sentimiento moral–, es un problema en el siglo XXI. La gestión de los derechos y exigencias de las víctimas de cualquier tipo y orden se ha convertido en la pesadilla de cualquier gestor –perdón, quise decir político–. Una pesadilla necesaria, pero pesadilla: que las víctimas se hayan convertido en un problema es… problemático –una victoria más del Satán–. De modo que cualquier ciudadano tiene el derecho a denunciar, dentro de los límites de lo razonable, claro está, una ofensa contra el honor, contra el sentido de lo sagrado, contra las legítimas creencias que puedan ostentar los ciudadanos. Pues bien, en tal sentido, hubo ofensa: ciudadanos con legítimas creencias fueron ofendidos en sus creencias y en su sentido de lo que es sagrado, en un espacio de uso dedicado –el espacio estaba allí, otra cosa es si debería estar o no– a la práctica de dichas creencias. Hubo ofensa. Lo repito: hubo ofensa.

El supuesto (2) me va a llevar menos tiempo. La ofensa en manos del que ofende, del ofensor. La imputada sostiene que no era ofensivo, que no lo considera ofensivo. Uno se pregunta entonces por qué decidió quedarse a torso descubierto. ¿Calor? ¿Afán de seducción? Evidentemente hubo ofensa en manos del que ofende: sin ofensa su acción sería cuanto menos ridícula. El ofensor necesita del ofendido y el valor de su ofensa crece con el sentimiento de ofensa del ofendido, en un doble vínculo muy girardiano donde las raíces de la rivalidad suelen perderse en capas de sucesivos y recíprocos ocultamientos (méconnaissances). Insisto: hubo ofensa por los cuatro costados.

El ofendido se sintió ofendido en toda regla. La ofensora quería ofender y ofendió, desde luego. Ella ganó además la posición de víctima, esto es, culpable de ofensas, y merecedora del perdón del obispo Osoro. Nueva víctima del proceso que ella misma inició –en un bucle muy del gusto postmoderno de confusión de contrarios–. Hubo, por tanto, ofensa, sin duda, pero no tendría que haberla habido, no debiera de. Entre otras cosas, porque Cristo se ríe de la ofensa en el episodio de la lapidación de la adúltera –o al menos sonríe y escribe en la arena quién sabe, tal vez nuestros pecados o, déjenme aventurar: los de ella, para después borrarlos de un manotazo–.

El único gesto que creo ha sido libre es el de Osoro –tranquilos los que piensen que voy a defenderlo: ya se han encargado los medios (y alguna que otra mente calenturienta) de cargarlo de lo que es más que gesto: ideología y significado más allá del sentido–. El gesto del perdón. No está a la altura del de San Juan Pablo II con su asesino, porque la acción sobre la que se traza el gesto es de distinta cualidad –ella, la ofensa a través de la profanación, él, el asesinato–, pero tiene la misma naturaleza. Es el gesto de Cristo mismo que acoge a humillados y ofendidos, y a endemoniados y fratricidas y parricidas, algo que Dostoievski pudo y supo ver muy bien. Un mismo Dios bueno para todos. Un Cristo que, no lo olvidemos, fue condenado por blasfemo, por ofender el honor del Sanedrín y lo más sagrado para el pueblo judío, el nombre de Dios. Habrá quien me desgrane y deconstruya el texto del Evangelio para hacerme ver que la arqueología del gesto cristológico –Foucault à la catholique– y me diga que Maestre no es Cristo. Claro que no. Pero, aparte de que Cristo quiso así hacerse uno con Maestre –¡quiere!–, dejando a un lado que en Cristo no había intención de ofensa –pero sabía lo que iba suceder–, la dinámica de la ofensa, tan ligada al resentimiento –y este, como bien sabemos, a la teoría mimética de René Girard [1]–, es la misma hoy, ayer y siempre. Y, alegrémonos: aunque no lo parezca, está ya vencida.

Ahora la pelota está en el tejado de la ofensora y de los ofendidos –confieso que ni sé ni quiero saber quiénes son los ofendidos: no por no estar de acuerdo con ellos, que lo estaría, sino porque no es la finalidad de esta reflexión, más filosófica–. Esta en sus manos deshacer la ofensa y romper del círculo vicioso del resentimiento que no es otro que el de la muerte –un círculo que en la iconología rompe el pantocrator, el Cristo resucitado–.

Otro día hablaré de un sentimiento que sí que provocó en mí el gesto de la Maestre: vergüenza y compasión. En el año de la misericordia debería avergonzarnos no tener urgencia por el Evangelio de la misericordia, el Evangelio de los miserables: tuyo y mío… y de ella también.


[1] Esta cuestión del resentimiento, que Girard presenta ya en su primer libro, Mentira romántica y verdad novelesca, merece un desarrollo aparte para aquellos que no estén tan familiarizados con la Teoría Mimética.

 

De belenes, solsticios e ignorancia

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el 26 de noviembre de 2015.

No hay cosa más peligrosa que repetir los pasos dados hacia adelante en la historia por ignorancia del pasado.

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Adolphe William Bouguereau, La jeunesse de Bacchus (1881)

El solsticio de invierno o la Navidad, de da paso al cambio de la luz del Sol del otoño al invierno, como el solsticio que da paso al cambio de luz entre la primavera y el verano, es el momento en que el Sol parece abandonar la tierra dejando todo en tinieblas. Parece como que se cierne la muerte sobre toda vida en el planeta que dependa de su luz. El solsticio de verano contempla la recuperación de la vida después del largo y oscuro invierno que amenaza con anegarnos en una noche eterna. El carácter cíclico de este evento solar ha dejado su impronta en todos los ritos y mitos del planeta. Imaginémonos culturas, pueblos del Norte del planeta ansiosos por la incertidumbre que representa el cambio de luz: el anegamiento de las formas de vida. La llegada de la primavera tiene ritos festivos por toda la faz del planeta. Se celebra la explosión de las madres mamíferas, el cambio de sol y de luna hace reverdecer todas las cosas. Representa un auténtico volver a nacer de todas las cosas siguiendo las leyes del eterno retorno. Las representaciones célticas de la rueda, la esvástica, que representan este ciclo vital que de la muerte extrae la vida… siempre ha sido celebrado. Todas las fiestas del planeta rememoran la representación teatral de la muerte y la alegría festiva o renacimiento. Algo que no podemos imaginar más que trascendental para las culturas arcaicas que vivían de la pacha mama, de la madre tierra. , que debió ser crucial para el hombre primitivo. No nos es extraño que fuera tan importante para Nietzsche que quería volver a estadios anteriores al cristianismo reivindicar los ritos dionisíacos, y celebrar el eterno retorno como el hallazgo más grande de su filosofía. No nos es extraño que el nazismo pusiese en la esvástica el signo que superase a la cruz en el imaginario colectivo. Sin duda querían volver a esa época mítica, ensoñada de la historia en el que la naturaleza, dueña y señora, diosa madre de todos los procesos biológicos se expresaba en libertad. El folclore carnavalesco, festivo, gozoso de esa gaya ciencia redescubierta por Nietzsche, esconde bajos cánticos y danzas ríos de sangre. Las walkirias, los nibelungos, duendes, druidas, consagraciones de la primavera, y las fiestas del solsticio estival son palabras festivas en nuestro imaginario europeo: las hogueras, la procesión de antorchas, los juegos sagrados, el echar a rodar por los montes, o tirar una rueda al aire viene seguido o precedido de un comer juntos –hace mucho tiempo se comía lo que se sacrificaba en torno al fuego… ¡qué comunión sagrada!–, de una comunión gozosa, regada con vino y humos de fuegos renovadores, que ahuyentaba a los espíritus malos purificando el pueblo y las casas, a donde se llevaban los restos viejos de las cosas inservibles, de los bienes que sobrevivieron al consumo invernal.

La rueda es símbolo del Sol, que comienza su descenso esconde detrás de su simbología algo mucho más importante. En el ansia del hombre por controlar lo incontrolable, por domesticar la naturaleza o a los dioses, la rueda del eterno retorno sin fin de la vida aguardando detrás de la muerte semivela el truco que hace nacer el sol de nuevo, la luz que pone en marcha el ciclo de la vida natural: el sacrificio.

Hasta en el judaísmo, y como copia el Islam, se hereda esta costumbre ancestral de los cultos paganos a Pan, Dionisos, Molek, Ra, Baal, Odin, Dios Sol, la Madre Tierra. Griegos, Romanos, Persas, Egipcios, Hindúes, Aztecas o Incas, celebraban fiestas en torno al fuego que coincidían con dos momentos cruciales de la relación de la luz con la vida: la del primero de mayo, comienzo de la primavera, y la del treinta y uno de octubre, el día de todo lo que es sagrado (Hallowen: all-hallow-even, víspera de todo lo sagrado). La división del año entre estos dos momentos se debía a su actividad pastoril… pero en el origen este “truco” sagrado no se hacía sacrificando corderos, derramando su sangre para fertilizar la tierra, para agradecer a los dioses (haciéndoles el chantaje moral que consiste: “te sacrifico lo mejor de mi casa para que tú me des lo mismo en abundancia”), sino seres humanos.

Señora Colau, Cristo, nace en Navidad. Todo el cristianismo sabe que puede que no fuera así, pero da lo mismo. Lo importante era reasumir ese hecho como símbolo del cambio transcendental que traía: acabar con los sacrificios humanos, con los ritos naturales, inaugurar una relación nueva con la naturaleza, con lo divino. Desgajar al hombre del culto a la sangre derramada de otros (eso es sacrificar) para lograr no sé intercambio económico con la naturaleza, y pasar a otra cosa: la luz, la vida tiene que ver con el amor cuyo único rito es amar al otro hasta derramar la propia sangre, dar la vida por él. Cristo muere en primavera, eso sí es seguro, cuando cambia la luz, porque Él nos trajo una nueva luz: ver a los otros como hermanos y no como moneda de cambio en un trapicheo económico. Desnaturalizó todos los ritos primaverales para inaugurar una cultura nueva, no dependiente de los caprichos de la naturaleza o de sus leyes, una nueva cultura que consiste en dar la vida, sí, pero la propia, para que el otro tenga una oportunidad. El príncipe de la Paz, título que se le da en el Corán a Cristo, nace esta Navidad. Su ignorancia es muy peligrosa. Empezamos con el folclore y acabamos creyendo en la necesidad de sacrificios, de los otros claro. Le aconsejo que lea el artículo de Alfonso Vila citando a Manuel Delgado –nada sospechoso de clericalismo o catolicismo, catalán como usted– sobre las corridas de toros y la quema de conventos en Barcelona: verá fácilmente la transición de un culto a otro. O este otro de Màrius Carol, de La Vanguardia.

Retornemos, volvamos a Dionisos, proclama nietzscheana y heideggeriana, cerremos el paréntesis cristiano, y seremos felices, nos internaremos en los bosques, y sacrificaremos a los corderos, después a las vírgenes…

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Adolphe William Bouguereau, L’innocence (1894)