De belenes, solsticios e ignorancia

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el 26 de noviembre de 2015.

No hay cosa más peligrosa que repetir los pasos dados hacia adelante en la historia por ignorancia del pasado.

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Adolphe William Bouguereau, La jeunesse de Bacchus (1881)

El solsticio de invierno o la Navidad, de da paso al cambio de la luz del Sol del otoño al invierno, como el solsticio que da paso al cambio de luz entre la primavera y el verano, es el momento en que el Sol parece abandonar la tierra dejando todo en tinieblas. Parece como que se cierne la muerte sobre toda vida en el planeta que dependa de su luz. El solsticio de verano contempla la recuperación de la vida después del largo y oscuro invierno que amenaza con anegarnos en una noche eterna. El carácter cíclico de este evento solar ha dejado su impronta en todos los ritos y mitos del planeta. Imaginémonos culturas, pueblos del Norte del planeta ansiosos por la incertidumbre que representa el cambio de luz: el anegamiento de las formas de vida. La llegada de la primavera tiene ritos festivos por toda la faz del planeta. Se celebra la explosión de las madres mamíferas, el cambio de sol y de luna hace reverdecer todas las cosas. Representa un auténtico volver a nacer de todas las cosas siguiendo las leyes del eterno retorno. Las representaciones célticas de la rueda, la esvástica, que representan este ciclo vital que de la muerte extrae la vida… siempre ha sido celebrado. Todas las fiestas del planeta rememoran la representación teatral de la muerte y la alegría festiva o renacimiento. Algo que no podemos imaginar más que trascendental para las culturas arcaicas que vivían de la pacha mama, de la madre tierra. , que debió ser crucial para el hombre primitivo. No nos es extraño que fuera tan importante para Nietzsche que quería volver a estadios anteriores al cristianismo reivindicar los ritos dionisíacos, y celebrar el eterno retorno como el hallazgo más grande de su filosofía. No nos es extraño que el nazismo pusiese en la esvástica el signo que superase a la cruz en el imaginario colectivo. Sin duda querían volver a esa época mítica, ensoñada de la historia en el que la naturaleza, dueña y señora, diosa madre de todos los procesos biológicos se expresaba en libertad. El folclore carnavalesco, festivo, gozoso de esa gaya ciencia redescubierta por Nietzsche, esconde bajos cánticos y danzas ríos de sangre. Las walkirias, los nibelungos, duendes, druidas, consagraciones de la primavera, y las fiestas del solsticio estival son palabras festivas en nuestro imaginario europeo: las hogueras, la procesión de antorchas, los juegos sagrados, el echar a rodar por los montes, o tirar una rueda al aire viene seguido o precedido de un comer juntos –hace mucho tiempo se comía lo que se sacrificaba en torno al fuego… ¡qué comunión sagrada!–, de una comunión gozosa, regada con vino y humos de fuegos renovadores, que ahuyentaba a los espíritus malos purificando el pueblo y las casas, a donde se llevaban los restos viejos de las cosas inservibles, de los bienes que sobrevivieron al consumo invernal.

La rueda es símbolo del Sol, que comienza su descenso esconde detrás de su simbología algo mucho más importante. En el ansia del hombre por controlar lo incontrolable, por domesticar la naturaleza o a los dioses, la rueda del eterno retorno sin fin de la vida aguardando detrás de la muerte semivela el truco que hace nacer el sol de nuevo, la luz que pone en marcha el ciclo de la vida natural: el sacrificio.

Hasta en el judaísmo, y como copia el Islam, se hereda esta costumbre ancestral de los cultos paganos a Pan, Dionisos, Molek, Ra, Baal, Odin, Dios Sol, la Madre Tierra. Griegos, Romanos, Persas, Egipcios, Hindúes, Aztecas o Incas, celebraban fiestas en torno al fuego que coincidían con dos momentos cruciales de la relación de la luz con la vida: la del primero de mayo, comienzo de la primavera, y la del treinta y uno de octubre, el día de todo lo que es sagrado (Hallowen: all-hallow-even, víspera de todo lo sagrado). La división del año entre estos dos momentos se debía a su actividad pastoril… pero en el origen este “truco” sagrado no se hacía sacrificando corderos, derramando su sangre para fertilizar la tierra, para agradecer a los dioses (haciéndoles el chantaje moral que consiste: “te sacrifico lo mejor de mi casa para que tú me des lo mismo en abundancia”), sino seres humanos.

Señora Colau, Cristo, nace en Navidad. Todo el cristianismo sabe que puede que no fuera así, pero da lo mismo. Lo importante era reasumir ese hecho como símbolo del cambio transcendental que traía: acabar con los sacrificios humanos, con los ritos naturales, inaugurar una relación nueva con la naturaleza, con lo divino. Desgajar al hombre del culto a la sangre derramada de otros (eso es sacrificar) para lograr no sé intercambio económico con la naturaleza, y pasar a otra cosa: la luz, la vida tiene que ver con el amor cuyo único rito es amar al otro hasta derramar la propia sangre, dar la vida por él. Cristo muere en primavera, eso sí es seguro, cuando cambia la luz, porque Él nos trajo una nueva luz: ver a los otros como hermanos y no como moneda de cambio en un trapicheo económico. Desnaturalizó todos los ritos primaverales para inaugurar una cultura nueva, no dependiente de los caprichos de la naturaleza o de sus leyes, una nueva cultura que consiste en dar la vida, sí, pero la propia, para que el otro tenga una oportunidad. El príncipe de la Paz, título que se le da en el Corán a Cristo, nace esta Navidad. Su ignorancia es muy peligrosa. Empezamos con el folclore y acabamos creyendo en la necesidad de sacrificios, de los otros claro. Le aconsejo que lea el artículo de Alfonso Vila citando a Manuel Delgado –nada sospechoso de clericalismo o catolicismo, catalán como usted– sobre las corridas de toros y la quema de conventos en Barcelona: verá fácilmente la transición de un culto a otro. O este otro de Màrius Carol, de La Vanguardia.

Retornemos, volvamos a Dionisos, proclama nietzscheana y heideggeriana, cerremos el paréntesis cristiano, y seremos felices, nos internaremos en los bosques, y sacrificaremos a los corderos, después a las vírgenes…

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Adolphe William Bouguereau, L’innocence (1894)

París bien vale una misa

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el domingo 15 de noviembre de 2015.

Las lecturas de la misa del domingo, que apuntan al Adviento, hablan de un preanuncio de lo que ha de llegar de carácter apocalíptico. No quiero que se entienda esto como oportunismo fundamentalista y agorero… No es esa la intención de los apocalipsis sinópticos, y ni siquiera del apocalipsis atribuido a San Juan. Más bien es llamar  a la conversión  a aquellos que viven alienados o pensando que el día y la hora están lejos o que nunca llegarán… en el que los cielos conflagren… El apocalipsis, en sentido de final de los tiempos, no es un castigo divino sino algo que compete a los hombres. La lectura del evangelio del viernes día 13, era de san Lucas (17,26-37):

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán. -Ellos le preguntaron: “¿Dónde, Señor?” – Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo».

Y las de la misa del domingo de la profecía de Daniel (12,1-3) abunda en el mismo sentido:

“Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora… Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.

Y el Evangelio de San Marcos (13,24-32) que Jesús anunció a sus discípulos:

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre»

Son palabras proféticas que la física actual podría corroborar: supernovas, estrellas que colapsan, el Sol como tal estrella se apagará… Algo impensable para la física y la astronomía de aquella época, parece anunciar un final de este eón conocido. Pero detrás de estas profecías de las que los evangelios están llenos, todo aquel que se siente interpelado por ellas entiende que está hablando para su generación.

Las lecturas que nos acercan al Adviento no nos van a dejar dudas al respecto. Pero hay otra coincidencia que quiero destacar. El 4 de noviembre murió uno de los más grandes intérpretes de la historia, un gran antropólogo, cuyo renombre ha sido opacado por la “academia” por su conversión al cristianismo: René Girard. En su libro sobre el Apocalipsis –Achever Clausewitz, traducido al castellano por Katz, con el poco acertado título de Clausewitz en los extremos–, Girard se inspira en una idea del gran militar prusiano para definir una nueva forma de guerra, y el sentimiento de hostilidad creciente e interminable que la rige: “so gibt jeder dem anderen das Gesetz, es entsteht eine Wechselwirkung, die dem Begriff nach zum äusseresten führen muss”, que Girard traduce por :

«Cada uno de los adversarios hace la ley del otro, de donde resulta una acción recíproca que, en tanto concepto, debe llegar a los extremos».

Estamos en París, ante un escenario bélico, que no es más que la expresión encadenada de una serie de represalias que expresan esta escalada a los extremos  de un sin fin de reciprocidades miméticas que no sabríamos reconstruir históricamente, es decir a quién culpar o decir quién empezó primero. Para Girard, el cristianismo, la religión de la víctima, tiene las claves de los sucesos del mundo. Nadie quiere escucharle porque su denuncia es multifocal: todos somos culpables, todos estamos involucrados en un vaivén de simetrías, de tomas y dacas de origen mimético, que a duras penas logran disimular nuestra implicación criminal en la violencia del mundo. Cristo nos ha hecho  entrar en un tiempo histórico que nos impide reconciliarnos, lograr el orden social como se ha hecho siempre: sobre las espaldas de las víctimas inocentes. Seguimos intentándolo una y otra vez, desahogando nuestras frustraciones sobre inocentes. Estos jóvenes llenos de odio, víctimas a su vez de otras situaciones de odio, descargan sobre occidente su ira buscando una catarsis imposible: multiplicando el escándalo mediático con sus acciones, acumulando cadáveres sólo ensangrientan el planeta, pero no logran nada.

“Privados del sacrificio [denunciado por Cristo como acción criminal ya no tiene eficacia para traernos el orden, la paz anhelada], nos encontramos frente a una alternativa inevitable: o reconocer la verdad del cristianismo, o bien contribuir a la montée aux extrêmes -“llegada a los extremos”— rechazando la Revelación. Nadie es profeta en su tierra, porque ningún país quiere entender la verdad de su propia violencia. Cada uno buscará disimularla para obtener la paz. Y la mejor manera de tener esa paz es haciendo la guerra. Tal es la razón por la que Cristo padeció la suerte de los profetas. Se acercó a la humanidad provocando el enloquecimiento de su violencia al mostrarla en su desnudez. En cierto modo él no podía triunfar. Sin embargo, el Espíritu continúa su obra en el tiempo. Es el Espíritu quien nos hace comprender que el cristianismo histórico fracasó y que los textos apocalípticos ahora nos hablarán como nunca lo han hecho» (p. 188, Achever Clausewitz).

Cristo ha puesto sobre el candelero otra parte de la verdad que los hombres se ocultan a sí mismos.  Cristo ha revelado con su sacrificio la mentira del chivo expiatorio que fundaba los órdenes sociales. La paz fruto de la unanimidad que garantizaba el orden social se construía sobre víctimas inocentes: reyes y presidentes. Aunque tuvieran algún rasgo de maldad o culpabilidad, alguna acción perversa en su haber, la acusación estereotipada de la masa humana les hacia culpables de la totalidad, del desorden social, y su sacrificio se convertía  en la realidad fundadora: así Julio César, Luis XVI, Nicolás II, Saddam Hussein (para ver el largo etcétera de la historia consultar mi libro: René Girard, de la ciencia a la fe). En  una  entrevista de Carlos Mendoza  a René Girard aparecen conceptos clave para entender lo que ha pasado en París…, siguiendo este hilo argumental dice (citando su libro, Achever Clausewitz):

“En suma, la crisis ya no es tal. De ahí que aquella misteriosa palabra de Cristo, ‘Veo a Satán caer como el relámpago’ transmitida por Lucas en su evangelio (Lc 10:18), resume de manera magistral esta revelación. La perpetuidad de la crisis mimética ha quedado puesta en entredicho: «Cristo enciende la mecha revelando la esencia de la totalidad. Por tanto pone la totalidad en estado febril porque el secreto de esta totalidad ha sido revelado a plena luz» (Achever Clausewitz, p. 180). Por eso hay algo radicalmente más importante: la crisis no es ya la última palabra sobre la humanidad. Como lo escribí en mi último libro: «Cristo retiró a los hombres sus muletas sacrificiales dejándoles así frente a una terrible elección: creer en la violencia o no creer ya más en ella. El cristianismo es la increencia. […] Tarde o temprano, o bien los hombres renunciarán a la violencia sin sacrificio, o bien harán estallar el planeta: estarán en estado de gracia o de pecado mortal. Se puede decir, por tanto, que si lo religioso inventó el sacrificio, el cristianismo lo anuló. […] Habrá que volver siempre sobre esta salida de lo religioso que solamente puede realizarse en el seno de lo religioso desmitificado, es decir, del cristianismo» (Achever Clausewitz, pp. 58, 60, 64). Esta verdad es, a mi parecer, la que aporta la apocalíptica cristiana primitiva, en especial los textos apocalípticos sinópticos ya que son los más completos al revelar la verdad de la víctima: «la destrucción sólo concierne al mundo. Satán no tiene poder sobre Dios» (Achever Clausewitz p. 190). Esos textos describen así con gran dramatismo cómo la violencia siempre se da como rivalidad entre dobles miméticos: ciudad contra ciudad, nación contra nación, padres contra hijos. Hablan de una catástrofe inminente, pero precedida por un tiempo intermedio, de duración casi infinita, que alarga la llegada del día final. Por ello me parece que tales textos son de una actualidad extraordinaria. Aunque esa demora del día final genera impaciencia y hasta desánimo puesto que no sabemos entonces qué esperar ni hasta cuándo. ¡Eso es precisamente lo que reprochaban los tesalonicenses a Pablo! Le interrogaban por lo que sucede entonces cuando la Parusía se retrasa. Es lo que Lucas, que al fin y al cabo fue compañero de Pablo en sus viajes, llama ‘el tiempo de los paganos’, cuya demora es muy larga e incierta, terrible. En ese sentido, la Segunda Carta a los Tesalonicenses habla de lo que retrasa la Parusía: el Katéjon (2 Tes 2: 5) o personaje que ‘retiene’ la manifestación del Anticristo es el orden arcaico representado por el Imperio Romano en ese contexto de decadencia que viven los tesalonicenses. Habría que leer también a Agustín en este sentido apocalíptico cuando escribe sobre el retraso del día final. La paciencia es entonces la respuesta de los cristianos al ‘tiempo de los paganos’ (Lc 21: 24): «La gran paradoja en este asunto es que el cristianismo provoca la ‘montée aux extrêmes’ al revelar a los hombres su propia violencia. Impide a los hombres endosar a los dioses esa violencia y los coloca delante de su propia responsabilidad. San Pablo no es para nada un revolucionario, en el sentido moderno que se ha dado a este término: dice a los tesalonicenses que deben ser pacientes, es decir, obedecer a los Principados y Potestades que de todos modos serán destruidos. Esta destrucción llegará un día a partir del hecho del imperio creciente de la violencia, privada ya de su altar sacrificial, incapaz de hacer reinar el orden sino a través de más violencia: serán necesarias cada vez más víctimas para crear un orden cada vez más precario. Tal es el devenir enloquecido del mundo del que los cristianos llevan sobre sí la responsabilidad. Cristo habrá buscado hacer pasar a la humanidad al estado adulto, pero la humanidad habrá rechazado esta posibilidad. Utilizo adrede el futuro anterior porque existe ahí un fracaso profundo» (Achever Clausewitz, p. 212).

Pero Girard todavía nos ayuda más a comprender por qué esta locura no admite ningún análisis clásico. Estos crímenes nefandos son un problema de la pérdida de sentido transcendente de la vida.  Por muy emotivo que sea el hecho de que un pianista espontáneo interprete en las calles de París el Imagine de Lenon, dejando el mensaje de que un mundo sin religión será un mundo más pacífico, no podemos caer en la trampa de ese mensaje subliminal.  La religión arcaica que es el Islam está en el corazón del hombre. Siempre el hombre ha hecho de la política lo sagrado, y lo sagrado es sacrificial: la ideologías totalitarias, racionalistas o de otro tipo, fascistas o comunistas, capitalistas o comunitaristas, de derechas o de izquierdas, siempre han recurrido al sacrificio de los otros en el ara de la utopía, de la paz añorada. La única religión que ha traído la secularización, que se ha opuesto a contaminarse o dejarse usar por el poder político (ahí está la lucha de las Investiduras), aunque los hombres hayan hecho de ella en ocasiones un instrumento útil para sus ansias de domino  y algunos de los suyos se hayan dejado querer (la Inquisición o las Cruzadas son ejemplo de ello) es el cristianismo. La propuesta cristiana ha sido construir sobre el perdón, sobre la consideración del otro como hermano, sea quien sea.  La pátina de cristianismo que exhibió alguna vez la cultura occidental, nunca penetró más allá de la superficie de los hombres que se mantenían en la creencia pagana de que la violencia trae la paz.  La mentira más grande la historia. Como decía  San Juan Pablo II: “La violencia mata lo que intenta crear”. El objetivo del cristianismo no ha sido el poder. De algunos que se dicen cristianos o se decían, sí, pero del cristianismo, no. No hay mensajes ambiguos o equívocos en el evangelio. No hay más aspiración que dotar al hombre de sentido, que inaugurar un reino de amor, donde el otro es Cristo y no el enemigo a batir o a odiar.

Así nos dice Girard en esa entrevista a Carlos Mendoza citando de nuevo su obra:

Acompañados de la principal revelación cristiana, de acuerdo con el desarrollo que usted ha hecho de la teoría del sacrificio: la fuerza de la víctima que perdona. Este apocalipsis no es verdaderamente terror porque lo verdaderamente terrible es la ausencia de sentido. Al fin y al cabo, para la mayoría de los seres humanos de nuestros tiempos, esta violencia está visiblemente en aumento en el mundo. Y en la medida en que esta violencia no tiene sentido es cada vez más terrible. Por eso el anuncio apocalíptico del cristianismo no es una amenaza, sino por el contrario la esperanza de la realización de la promesa cristiana: Cristo ve en el mundo cosas que el mundo no ve. «Cristo es ese Otro que viene y quien, en su misma vulnerabilidad, provoca el enloquecimiento del sistema. En las pequeñas sociedades arcaicas, ese Otro era el extranjero que trae consigo el desorden y que termina siendo siempre el chivo expiatorio. En el mundo cristiano es Cristo el Hijo de Dios quien representa a todas las víctimas inocentes y cuyo retorno es llamado por los efectos mismos de la ‘montée aux extrêmes’. ¿Entonces qué podrá constatar? Que los hombres se han vuelto locos y que la edad adulta de la humanidad, esa edad que él anunció por medio de la Cruz, ha fracasado» (Achever Clausewitz, p. 191).

(…) Por eso, aunque parezca paradójico, el apocalipsis es reconfortante en cuanto satisface el deseo de significación. Las pruebas y dificultades actuales no son insignificantes porque siempre se encuentra escondido detrás de ellas el Reino de Dios.

C. Mendoza: Pero entonces, ¿las masacres como Acteal en México y tantas en el mundo [y aquí podemos incluir NY, Madrid, Londres, París… y mañana Roma, Berlín… a la pregunta de Carlos Mendoza] pueden tener otro sentido que el solo equilibrio del antagonismo entre rivales mediante el deseo de aniquilación de unos contra otros? ¿No es predicar a las víctimas una resignación ante sus verdugos? ¿Qué memoria cristiana es posible hacer de esas víctimas que no signifique pasividad ante la injusticia, la violencia y la muerte?

René Girard: Solamente es posible recuperar esa memoria de la masacre sin atribuirle un sentido sacrificial arcaico. Frente al sufrimiento del inocente no nos queda sino la indignación. Este tipo de acontecimientos trágicos no me es ajeno, aunque debo decir que tampoco es parte de la problemática inmediata en la que he construido mi pensamiento. Pero hay que insistir en la importancia de actuar para superar las causas de ese sufrimiento y muerte, sin ceder al resentimiento que se expresa como deseo de venganza. Con lo anterior no quiero decir que haya que renunciar a la acción para intentar cambiar el sentido de la violencia mimética. La cuestión consiste en saber si el uso de la violencia para mejorar el mundo puede ser legítimo […]. El pensamiento cristiano que procede como respuesta inteligente a una situación de injusticia y violencia a la que son sometidas naciones enteras es totalmente razonable y legítimo, con las nuevas expresiones que el cristianismo pueda tomar en estas circunstancias […] No hay que olvidar que en Occidente el cristianismo fracasó tanto como el racionalismo moderno, y por eso ahora nos encontramos en medio de esta violencia extrema que amenaza no solamente a la humanidad sino también al planeta entero. […] En este contexto de la búsqueda de superar el racionalismo ingenuo, quisiera decir algo, en cierto modo retórico, sobre mi insistencia en lo apocalíptico. Pienso que la gente no tiene suficiente temor sobre la violencia desencadenada ‘desde la fundación del mundo’ hasta la violencia extrema que vivimos en estos tiempos inciertos. Y yo no quiero tranquilizar a nadie: «Es urgente tomar en cuenta la tradición profética con su implacable lógica que escapa a nuestro racionalismo extendido. Si el Otro se acerca, y si un pensamiento del Otro radicalmente otro es aún posible, es tal vez porque los tiempos están llegando a su cumplimiento» (Achever Clausewitz, p. 195).

Reitero lo que ya he escrito recientemente: «Es necesario pensar el cristianismo como esencialmente histórico y Clausewitz nos ayuda a ello. El juicio de Salomón lo dice ya todo al respecto: existe el sacrificio del otro y existe el sacrificio de sí mismo; el sacrificio arcaico y el sacrificio cristiano. Pero siempre se trata del sacrificio. Nosotros estamos sumergidos en el mimetismo y es necesario renunciar a las trampas de nuestro deseo, que siempre radica en el deseo de lo que posee el otro. Lo repito una vez más, no hay saber absoluto posible, estamos todos obligados a permanecer en el corazón de la historia, de actuar en el corazón de la violencia, porque comprendemos cada vez más sus mecanismos. ¿Sabremos sin embargo desmontarlos? Lo dudo» (Achever Clausewitz, p. 80).

El cristianismo nos  ha traído una revelación inédita sobre cómo funciona la violencia humana. Ha puesto en marcha una verdad a la que la humanidad se tiene que enfrentar: los ídolos llenos de sangre no solucionan nada, solo multiplican la rabia y el dolor.  ¿Cuántos muertos harán falta para que nos paremos  y nos pensemos unos a otros como hermanos? Cristo ha abierto esa posibilidad declarándonos a todos con su muerte en la cruz como inocentes, unidos por su sangre en un solo cuerpo.

Ni los griegos, ni el Islam, ni el racionalismo deísta o ateo, nos dio una sola pista para escapar de la autodestrucción, todo lo contrario nos abocan a ella porque son productos de la imaginación delirante humana que fabrica dioses que auto justifican el sacrificio de los otros.

«Un dios del que podemos apropiarnos es un dios que destruye. Nunca los griegos buscaron imitar algún dios. Hubo que esperar al cristianismo para que esta perspectiva mimética se impusiese como la única redención posible, habida cuenta de la locura revelada de los hombres […] Hölderlin siente por lo tanto que la Encarnación es el único medio dado a la humanidad para afrontar el muy saludable silencio de Dios: Cristo mismo interrogó ese silencio en la Cruz para luego él mismo imitar la retirada de su Padre y volverse a encontrar con él en la mañana de la Resurrección. Cristo salva a los hombres ‘destrozando su propio cetro solar’. Se retira en el momento mismo en que podría dominar. De ahí nos es dado a nosotros probar dicho peligro de la ausencia de Dios, experiencia moderna por excelencia –porque es el momento de la tentación sacrificial, de la regresión posible a los extremos– pero también experiencia redentora. Imitar a Cristo consiste en rechazar el deseo de imponerse como modelo, siempre borrarse frente a los otros. Imitar a Cristo es hacer todo para no ser imitado.» (Achever Clausewitz, p. 218). Lo que no podemos olvidar –y lo quiero reiterar con insistencia– es que el cristianismo logró descubrir esta verdad de la víctima y también desenmascaró la mentira del sacrificio, quizás con más radicalidad que otras tradiciones religiosas de la humanidad. Tal es la herencia que deseo perpetuar».

La muert de Girard ha llegado antes de la masacre de París, pero hoy será de nuevo recordado como aquel que tenía una palabra que decir sobre la violencia humana y el papel singular del Cristianismo para entender la historia.

París bien vale una misa, en cuyo altar sean la víctima y el sacerdote la misma a persona, donde solo el propio Dios se inmole para mostrarnos el único camino de la paz.

Un hombre corriente ante la Verdad: René Girard in memoriam

Por Ángel J. Barahona Plaza, 9 de noviembre de 2015.

[Versión más larga de este obituario de René Girard, aquí]

René Girard ha muerto el pasado día 4 de noviembre. Como dice Xavier Picaza en su blog acaba de fallecer “el mayor de los antropólogos y quizá de los pensadores cristianos de la segunda mitad del siglo XX”.

Es difícil valorar en un epitafio la importancia de este hombre para el siglo en el que estamos. Domenach lo llamó el “Hegel del cristianismo”, Serres el “Darwin de la cultura”, Ricoeur reconocía en su teoría el impacto social de un Freud o un Marx.

La importancia del pensamiento girardiano queda expresada en el poso que ha dejado en la crítica literaria (una nueva forma de ver la literatura), en la psicología (un concepto olvidado que adquiere una relevancia creciente: la mímesis), en la sociología (es una tesis genial y original sobre el conflicto humano y las masas), en la filosofía política (un nuevo modo de entender el mundo y las relaciones internacionales); en la neuro-biología (con la aportación de Rizzolatti  y Gallese de uno de los descubrimientos de la biología más importantes de los últimos tiempos: las neuronas espejo, que merecieron el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación); en la filosofía (el lenguaje esconde modos de rivalidad, expiación, muy prosaicos que son puestos en evidencia en el marxismo –paradigma del pensamiento- y en el estructuralismo y postmodernismo, que velan lo que de expiatorio hay en ellos); en la teología (el concepto central del sacrificio y su nueva interpretación presenta una verdadera revolución en la fenomenología de las religiones y el diálogo interreligioso tan urgente en los tiempos que corren) y por último, en la premonición interdisciplinar de la aplicabilidad  de la mímesis y el mecanismo del chivo expiatorio al análisis de una sociedad de masas hiperviolenta.

Fruto de la influencia que ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo gracias a su longeva vida fueron surgiendo adhesiones de pensadores de todos los continentes que se congregaron en torno una asociación denominada COV&R (International Colloquium on Violence and Religion) y a una revista, Contagion, que está teniendo una gran incidencia en el análisis de los temas que atañen a las ciencias humanas en general. Participan decenas de profesores de todas las universidades del mundo. La fundación IMITATIO se preocupa de extender el pensamiento girardiano por todo el mundo.

En el 2010 creé en España un equipo de investigación financiado por la Universidad Francisco de Vitoria –Xiphias Gladius, incluido recientemente en el equipo de partners de la asociación COV&R.

Desde un punto de vista más personal mi encuentro con Girard marco mi vida de alguna manera. Soy uno de esos afortunados que tuvo la suerte de conocerle y disfrutar de su genio y simpatía. Mi primer contacto con él fue a través de la lectura de Mentira romántica, verdad novelesca. Me causó tal impacto que ingenuamente me atreví a escribirle, pensando que nunca recibiría una contestación. Para mi sorpresa no pasó una semana y tenía una amabilísima carta dándome las gracias por mis comentarios. El segundo impacto fue con motivo de convertirle en motivo de mi tesis doctoral en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid: en un par de semanas tenía sobre mi mesa artículos y libros, y un repertorio bibliográfico sobre su obra, que él mismo me envió y que desbordó mis expectativas. Obviamente esa fue la confirmación de mi buena elección. Mi primer encuentro personal con él fue en Graz, en un congreso de la fundación COV&R, a raíz del cual decidí dedicar mi vida expandir su obra en español, fruto de lo cual traduje alguna de las obras que caían fuera de la órbita de Grasset, la editorial que tenía los derechos sobre su corpus principal, y de Anagrama, su correlato en español. Ni que decir tiene que hoy es un día de luto para las ciencias humanas y un día de alegría para los que, gracias a Girard, apuntalamos una fe que adquiría gracias a su obra una dimensión racional y científica.

Su compromiso no fue el de un santo, ni el de un militante aguerrido, sino el de un hombre corriente y el de un intelectual que se encontró con la Verdad que es Cristo y que defiende la pertinencia actual de la fe comprometidamente en todos los ámbitos. Su posicionamiento en la ortodoxia de la Iglesia católica es inequívoco, su defensa de una moratoria mundial sobre el aborto, la creación de una asociación de renombre internacional (COV&R) para el estudio de la violencia, la religión y la política, y su lucha, en todos su libros e intervenciones públicas internacionales, contra el relativismo, son algunos de sus campos de acción relevantes.

Recibió infinidad de doctorados Honoris causa en universidades de todo el mundo: Ámsterdam, Innsbruck, Escocia, Londres, Montreal, Paris, Padua, Amberes, Tokio, y varias de EEUU. Desde 1979 fue Miembro de la ‘American Academy of Arts and Sciences’; en 1984 fue nombrado Caballero de la ‘Ordre National de la Legión d’Honneur’; en 1990 recibió el título de ‘Commandeur dans l’Ordre des Arts et des Lettres’. En el 1998 recibió el ‘Nonino literary Prize’ y en el 2005 fue nombrado Académico de la República Francesa, reconociéndole sus méritos en la antropología y en las ciencias humanas en general. En su discurso de toma de posesión acomete una apología de cristianismo valiente y clara, a propósito del padre Carré, cuya silla 37 se disponía a ocupar. Su mentor, Michel Serres le presenta como un confesor de la fe católica, desde el aval de las ciencias humanas, y como aquel que piensa va a ser unos de los intelectuales que más van a influir en siglo XXI. En el 2006 recibe el Dr. Leopold Lucas Prize of Eberhard Karls University en Tubinga.

En el 25 de Enero de 2013, el Rey de España, Don Juan Carlos I, le concedió la medalla de Isabel la Católica «por su destacada labor, durante las últimas décadas, en los campos de la filosofía y la antropología».

Ha muerto un hombre sencillo, pero autor de un pensamiento que va a hacer mucho ruido, porque es un maestro de la violencia que nos asola en estos tiempos y porque pone en valor la cientificidad del cristianismo.

La distancia salvada: René Girard, in memoriam

Por David García-Ramos Gallego, 8 de noviembre de 2015

Antes de sumarme al merecido homenaje, al panegírico, a la laudatio del amigo, maestro e inspiración de tantos, quisiera compartir una pequeña reflexión. Cuando alguien muere se desencadena un diluvio de alabanzas. Hasta Hollande ha tenido palabras para René Girard en twitter –cuyas respuestas dan el tono de la nación y del planeta: empezando por la confusión con el homónimo entrenador de fútbol y terminando… bueno, por todo lo demás–. Aquí se recogen algunas de las reacciones oficiales en Francia y en esta entrada del blog brasileño miméticos tenemos recogidas algunas de las reacciones más importantes. No son más que la punta del iceberg de lo que vendrá, estoy seguro. Y todo, porque como bien comentaba José Vicente Bonet en la anterior entrada de David Atienza, en este caso es necesario el homenaje y la reivindicación porque todavía hay mucho por hacer  –¡por pensar, el qué-hacer del filósofo!– con el pensamiento de René Girard.

Pero, como muchos girardianos se temían, viene ahora la alabanza de su obra, por su persona, en fin, por todo lo que caía –¡cae!– bajo el nombre René Girard. Como si la muerte activará una suerte de mecanismo, un memorial del fallecido, un necesario hacer memoria del amigo que no está, del familiar ausente. Lo cierto es que tendemos a hablar del que no está, del ausente, siempre que estamos en grupo. Más aún de aquel que está ya –¡pero está!– a una distancia insalvable con el mero lenguaje. Serían las palabras que les dedicamos una forma de convocarlos de vuelta, de tender puentes, de trazar rutas de acceso a aquel que ya no está a la mano.

Yo no conocí a Girard, ni comí con él. Ni siquiera le dirigí una carta pidiendo consejo académico.

¿Por qué me permito entonces hablar de él? ¿Lo hago en calidad de experto, un doctorando más en la obra de Girard? ¿Porque no recuerdo cuándo comencé a leerlo –los dieciséis, los diecisiete…–? ¿Porque condicionó de tal manera mi forma de leer, de interpretar, de conocer que me es difícil ser crítico con su obra o buscarle fallas? ¿Porque tengo, yo también, tan anotados sus libros, en aquellas ediciones de Anagrama, que empecé a comprarme sus libros en francés –los traducidos y lo que aún no lo estaban– para poder añadir más notas? ¿Porque muchas veces el palimpsesto de mis textos es un texto de Girard?

Si escribo estas líneas es, en primer lugar, por simple agradecimiento: crecer a la sombra de su voz clara y, a veces, monomaniaca –pensar de erizo–, me ha dado una voz propia. Todo poeta sabe que para alcanzar su propia voz ha de ser fiel imitador, hasta sufrir “la ansiedad de la influencia“, de otro poeta. Si escribo estas líneas es porque, profesor a distancia, nunca tuve necesidad alguna de matar a mi maestro, no interfería con mi ámbito de acción –es más, a mis conquistas juveniles les parecía exótico este René Girard y su deseo mimético–. Porque su mediación siempre fue externa. Y sospecho, por la noticia que de él me dan otros más cercanos –James Alison, Cesáreo Bandera, Ángel Barahona, Carlos Mendoza, Pierpaolo Antonello, Bill Johnsen, con quienes he tenido la suerte de compartir mesa–, que ni aún estando dentro del ámbito de su acción, como ellos han estado, jamás hubiera descendido a la arena de la medicación interna. Y no por no ser él polémico: él mismo ha reconocido en varias entrevistas que le encanta provocar. Pero su provocación tenía un único objetivo –target–: la verdad, cuya voz se preocupó por escuchar toda su vida.

Ahora que estoy terminando mi tesis sobre Girard… ¿tendré que cambiar los tiempos verbales, pasar del es al fue?

Si escribo estas líneas aquí y ahora es por la distancia, esa distancia que él teoriza como de pasada en sus libros. René Girard es el gran teórico de la distancia. Más y mejor que Jean Luc Marion. Más claro –y no le resto a Marion ni un ápice de claridad–, más directo: la distancia es necesaria, el retiro, la espera, la paciencia –¡la pasividad de la paciencia en Levinas también!–. Cuando alguien muere la distancia se hace insalvable y los que quedan la padecen, la sienten, la potencian: cada elogio –este también–, cada condolencia, cada homenaje, nos alejan más de René Girard. Lo fosilizan. Lo ponen a distancia.

Girard, René, recorre la distancia última, salva el paso infranqueable: toda rivalidad con él es ya imposible –si alguna vez lo fue, y me dicen que no, otra vez, sus amigos–. Es esta la comunión espiritual, la de la rivalidad superada, en la que ha ingresado Monsieur Girard. La antesala fue su ingreso en la Academié francesa, los inmortales de la Nation. Léase, si no, la respuesta de Michel Serres a su ingreso –en español está incluida en Aquel por quien llega el escándalo–: Michel llama hermano a René.

Podremos hablar del valor epistemológico de su obra, de su validez o no, de su alcance, de su falta de rigor, de su maldito cristianismo, de su bendita conversión… de su persona, de su talla académica, familiar, de su amistad y cordialidad… pero no hoy. Hoy quería hablar de lo que debería significar esta distancia última, esta retirada: tratar de escuchar la voz desconocida de lo real. Tan desconocida hoy como ayer, y tan poco oída. Que Girard se haya retirado hoy nos debería invitar a todos los que hemos frecuentado su obra a aplicar el oído otra vez más.

Por mi parte he decidido honrar esta distancia manteniendo los tiempos verbales de mi tesis. Esconderé mi fe, tímida como un grano de mostaza, tras el tropo del presente histórico. Solo tú y yo sabremos, René, que más allá de la memoria, ese presente histórico es el de la promesa de conocernos un día. En tanto ese día llegue y yo vaya recorriendo la distancia desconocida de mi vida: gracias, René.

Gracias profesor René!

Por David Atienza, 8 de novembre de 2015.

René Girard falleció el pasado 4 de noviembre de 2015. Permítanme llamarle por su nombre de pila porque aunque nunca comí con él, ni le conocí personalmente, ha estado muy presente en mi viaje intelectual hasta la fecha, y sus ideas forman parte de mi pensamiento: ha sido mi profesor a distancia.

Angel Barahona Plaza me presentó a René a finales de los ochenta o principio de los noventa. Me prestó su libro de La violencia y lo sagrado lleno de notas y todo subrayado. Por entonces había devorado gran parte de La rama dorada de Frazer, los tres volúmenes de Las máscaras de Dios de Campbell o Mito y realidad de Eliade, entre otros. Me apasionaban los rituales sacrificiales, los mitos de origen y los ritos de paso. Y sin embargo, todo era confuso. Cuanto más leía más me confundía. ¿Por qué los mitos siendo tan diferentes son tan parecidos?, ¿qué relación tienen los mitos y los ritos?, ¿por qué en lugar de mitos y ritos no hay simplemente nada?, ¿por qué las sangre y por qué lo sagrado?, ¿Es la religión fruto de la cultura o la cultura de la religión, o son la misma cosa o no son nada?

Por cierto, se me olvidó decir que soy antropólogo.

En mis primeros años en la universidad traté de dar sentido a esta miriada de ritos y mitos y de contestar a algunas de estas preguntas. Leí a los antropólogos clásicos en busca de respuestas y pensé que entre todos ellos Lévi-Strauss, quizás por su complejidad aparente, podría ser el único que escondiera la clave hermenéutica que yo buscaba. Leí muchas de sus obras y hasta me enfrente a sus temidas Mitológicas, sólo los dos primeros volúmenes para ser sinceros: Lo crudo y lo cocido y De la miel a las cenizas, que me llevaron todo un caluroso verano. Al llegar el otoño caí irremediablemente en un relativismo cultural y casi existencial que me llegó a lo más profundo del alma. Ese invierno encontré el libro que nunca había devuelto a Angel y releí a René… y seguí leyendo y leyendo y leyendo.

Se me había olvidado decir también que soy cristiano.

René había saltado al interior del pozo oscuro alrededor del cual todos los antropólogos danzaban sin atreverse a mirar dentro, por miedo a encontrar monstruos arcaicos, y salió del mismo con un pequeño diamante de muchas caras: su teoría mimética. Una luz clara y sencilla pero altamente explicativa e integradora de ritos, mitos y teorías antropológicas. Una verdadera joya. Me devolvió la posibilidad de ser antropólogo y cristiano y me dio una clave para leer dentro del DNA de las culturas. Me regaló una brújula.

Todavía hoy muy pocos antropólogos le citan en sus trabajos aunque hablen de violencia, mimesis, o mitos y rituales, y no saben explicarme muy bien por qué, y creedme, porque he preguntado a muchos de mis colegas. Yo sospecho que es porque René Girard se declaró cristiano y no tuvo miedo de plantear una teoría integradora. Eso no estaba, ni está, nada de moda en el mundo relativista y pluriontológico de la antropología de hoy. Quizás si no hubiera dicho que era cristiano sería más citado, pero entonces seguramente no sería René Girard. No obstante, estoy convencido de que el tiempo le hará justicia y si no lo hace, aunque esto sea una menudencia, siempre tendrá mi admiración y agradecimiento.

Por cierto, finalmente devolví el libro a Angel Barahona que ha sido mi mentor y más, en esta aventura intelectual y espiritual y quien me presentó a René.

Gracias profesor René.

Contribuciones Revista XG, nº 2

Se abre el período de recepción de trabajos originales para el nº 2 de la Revista XG de estudios interdisciplinares. Agradecemos la difusión de esta información y vuestra participación. EL coordinador de este número será el Dr. Desiderio Parrilla Martínez.

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Español

Call for papers vol. II, nº2.

Se abre el periodo de envío de trabajos para el número 2 de la Revista XG de estudios interdisciplinares, que quiere ofrecer la posibilidad de aplicar la Teoría Mimética de forma interdisciplinar a distintos ámbitos de la realidad humana que hoy están en crisis: la educación, la política, la historia, la economía, la ética y el valor de las humanidades en la sociedad moderna. Se trata de una crisis no sólo económica o política, como analizamos en el número anterior, sino una crisis del conjunto de las ciencias humanas. Unas ciencias humanas que se enseñan cada vez menos, alejadas del pragmatismo de lo útil, ¿que pueden ofrecer a la ciencia y al conocimiento? ¿Qué tipo de verdad se encierra en las denominadas ciencias humanas y qué salida puede ofrecernos dicha verdad? Sea cuál sea, parece que estamos abocados al trato sórdido de perdonar o desaparecer, agotados ya los mecanismos sacrificiales (religioso y económico).

Se aceptarán trabajos originales en cualquier de las temáticas señaladas (educación, política, economía, historia, ética, antropología, literatura y ciencias humanas en general) que quieran evaluar el alcance de la crisis en la que estamos inmersos tomando como principal herramienta de análisis la Teoría Mimética, buscando asimismo ofrecer respuestas a la crisis de lo humano encarnado en las ciencias que abordan de una u otra manera la pregunta por lo humano y a las que nada humano les es ajeno.

La hoja de estilo y las instrucciones para remitirse a la revista pueden descargarse en este enlace. Para cualquier duda o información adicional, por favor, diríjanse a revistaxg@gmail.com.


English

Call for papers vol. II, nº2.

We are accepting now new proposals for the number 2 of the Journal XG de estudios interdisciplinares. We offer here the occasion to apply the Mimetic Theory, with an interdisciplinary approach, on different fields of human realm, actually in crisis. We are interested in Education, Politics, History, Economics, Ethics, and in the importance of Human Sciences (HS) in our Modern Society. It is not only an economic or a political crisis –as we showed in the last number–, but a crisis of the whole HS. What HS could offer to the Sciences in general and to the human Knowledge when they are less and less taught in the universities, and they are less and less “useful” from a pragmatic point of view? What kind of truth is enclosed into the so called HS and what “way out” could be offered by that truth? In any case, it seems that we are forced into the sordid deal of forgiving or disappearing once the sacrificial mechanisms have been exhausted (both, the religious and the economic one).

We will accept original papers that consider any of the topics or fields previously mentioned (Education, Politics, Economics, History, Ethics, Anthropology, Literature and, in general, Human Sciences), when they evaluate the aim of the crisis we are involved by taking as a first order tool the Mimetic Theory. These papers should search also to offer answers to the crisis of humanity incarnated in any science that try, in any way, to answer the question about the “Human” and for which nothing human is alien.

Style sheet and instructions in order to contact the journal could be downloaded from this link. For any kind of question or further information, please, mail to: revistaxg@gmail.com


Français

Call for papers vol. II, nº2.

Commence la période d’envoi d’articles pour le numéro 2 de la Revue XG d’études interdisciplinaires qui veut offrir la possibilité d’appliquer la théorie mimétique de façon interdisciplinaire dans les divers cadres de la réalité humaine qui, aujourd’hui, sont en crise: l’éducation, la politique, l’histoire, l’économie, l’éthique et la valeur des humanités dans la société moderne. Il s’agit d’une crise pas seulement économique ou politique, comme nous l’avons analysé dans le numéro antérieur, mais une crise de l’ensemble des sciences humaines. Des sciences humaines qui s’enseignent de moins en moins, éloignées du pragmatisme de ce qui est utile, que peuvent-elles offrir à la science et au savoir? Quel type de vérité se cache dans les ainsi appelées sciences humaines et quelle issue peut nous offrir une telle vérité? En tout cas, il semble que nous soyons condamnés à accepter le pacte sordide de pardonner ou disparaître, épuisés les mécanismes sacrificiels (religieux et économiques)

Nous accepterons les travaux originels dans tous les thèmes signalés (éducation, politique, économie, histoire, éthique, anthropologie, littérature et sciences humaines en général) qui veuillent évaluer la portée de la crise dans laquelle nous sommes immergés en prenant comme principal outil d’analyse la Théorie Mimétique, en cherchant de même d’offrir des réponses à la crise de ce qui est humain incarné dans les sciences qui abordent d’une ou de l’autre façon la question humaine, sciences pour lesquelles rien de que ce qui est humain leur est étranger.

La feuille de style et les instructions peuvent se télécharger sur ce lien. Pour n’importe quel doute ou information additionnelle, adressez-vous à revistaxg@gmail.com.

¿Por qué me persigues? (III)

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 16 de septiembre del 2015

Los Evangelios, sin embargo, revelan lo que los mitos y las ideologías (los mitos modernos) ocultan, y con ello inauguran el “katejón” es decir lo que San Pablo llama el tiempo intermedio antes de la venida de Cristo, que será precedida por una crisis sin precedentes, apocalíptica.

Estos perseguidos que huyen no saben que son inocentes: “algo habrán hecho”, dicen los que corean a los asesinos como masa anónima y se lo han creído. Los acosadores “están en la verdad”, utilizan la única vía de reconstrucción del caos en el que se han visto envueltos y del que, a su vez, son inocentes, están ejecutando un a profilaxis inevitable: la expulsión del cáncer.

¿Entonces? ¿Podemos vivir con el tremendo descubrimiento de que nos sostiene una gran mentira, con el engaño sobre el origen de nuestra violencia…? Nos entretenemos con teorías sociales, políticas, interpretaciones de la interpretación, miramos para otro lado mientras con nuestras manos derramamos la sangre de víctimas inocentes.

La muerte de un niño en una playa de Turquía remueve nuestros corazones burgueses adormecidos por la molicie de la sociedad del bienestar…. Pero la vida sigue, poco más. Ya se encargarán los políticos de solucionarnos el entuerto. Zapeamos por la realidad. Cuando pasamos al lado de un lugar que huele mal aceleramos la marcha para no aguantar la peste nauseabunda. Mañana habrá otros asuntos de los que preocuparnos, para mantener nuestra conciencia ocupada.

¿Hipocresía, ignorancia, maldad? Veamos lo que dice la Revelación…

Perseguir, huir, acusar, culpabilizar, los verbos más usados de nuestros días, son las piezas de un método desvelado en los Evangelios.

Satán es el acusador, el mentiroso, el perseguidor. El fiscal (satán en griego), el Príncipe de la mentira, de la división, son los apelativos que le reserva Cristo. ¿Y los perseguidos?…. Empezábamos diciendo que negros y blancos que persiguen a blancos y negros, homosexuales y homófobos que persiguen a homófobos y homosexuales, machistas y feministas que persiguen a feministas y machistas, palestinos y judíos que persiguen a judíos y palestinos, mujeres, niños, cristianos, kurdos, caldeos toda esta larga lista de la historia… Ahora afirmamos: son todos Cristo, cuando son perseguidos y Satán cuando persiguen, pero no lo saben.

¿Saulo, Saulo, por qué me persigues? Es la frase que el autor de los Hechos de los apóstoles nos ha dejado para la historia de la humanidad. No una frase para la religión cristina. El Niño en la playa turca es Cristo, el caldeo masacrado es Cristo, la mujer maltratada es Cristo, el homosexual es Cristo, el cristiano perseguido es Cristo, y el perseguidor, el islam, la feminista radical, el homófobo y el gay militante, el cristianismo, los cristianos antisemitas también se pueden acoger al perdón de Cristo, porque es eso tan escandaloso lo que Cristo nos ha querido decir: que su sangre ha sido derramada por todos [1]. En las oscuridades de la humanidad siempre aparece la división, la acusación estereotipada, la justificación de la violencia en aras de una paz mayor, es el Satán. Satán, el fiscal, siempre dice, cuando vive dentro de mí: Satán es el otro, persíguelo, expúlsalo. El Padre de la Expulsión (Belcebú) nos hace creer que se puede expulsar a sí mismo. C. Lewis nos habló de sus permanentes disfraces, sutiles, inteligentes, el más notable es hacernos creer que no existe. El más burdo es pensar que Belcebú (la violencia originaria) se puede expulsar a si mismo con su misma violencia desatada. El Paráclito, el abogado defensor de las víctimas (siempre se olvida que si San Jerónimo no lo traduce del griego es porque quiere que se entienda el aspecto técnico, que en un juicio sobre la historia de los acontecimientos humanos tendrá el que haga de abogado defensor: el paráclito) dice: el inocente es el otro aunque me esté matando sin causa.

Ser perseguido es ser expulsado, ser expulsado es el viejo modo criminal de la humanidad de extirpar de su seno lo que considera el mal absoluto, que es la diferencia de color, de religión, de modo de vida, la irresistible envidia asesina, cainita. San esteban es el primer mártir que convierte en norma la profecía de Cristo. Apedreado a las afueras de las mil jerusalenes, representa la expulsión por excelencia. Los mitos ya lo apuntaban: Edipo es expulsado de Tebas, Xipetotec es arrojado por un despeñadero, lo mismo que intentaron los nazarenos con Cristo. La roca Tarpeya, la Acrópolis, los despeñaderos son un locus universal de la expulsión ritual.

Los que huyen e Siria, de Irak, y de algunas partes de África –hay de todo- pero lo que no cabe la menor duda es que la mayoría han sido “expulsados de la ciudad” por ser inocentes, por encarnar a Cristo, algunos sin saberlo. Y los que los persiguen son Satán, pero no lo saben, por tanto son inocentes. Actúan por mimesis, “no saben lo que hacen”. Han elegido a un chivo expiatorio, es el camino más fácil. Occidente solo puede poner parches a una situación que es antropológica, no una contingencia histórica. Haber erradicado de nuestro sistema de interpretación del mundo al cristianismo es una pérdida trágica, terrible, porque mientras unos crean que los culpables son los otros, no habrá reconciliación, no se dará la verdadera revolución que la humanidad está esperando mientras gime con dolores de parto. Pensar en el otro como otro Cristo no es lo mismo que pensar que “el infierno son los otros”. Sí, señores filósofos, periodistas e historiadores postmodernos, dejen de pensar el cristianismo desde la perspectiva trasnochada de la manipulación sufrida por el humus bárbaro-pagano medieval que nunca logró erradicar. El hábito no hace al monje. Y miren al cristianismo como lo que es: la única posibilidad de que haya mundo futuro. Es un trato sórdido pero no hay alternativas: o nos reconciliamos, aprendemos a ver al otro como un hermano, como otro Cristo, como él enseño a mirarse a los hombres, o nos espera la nada.


[1] Cristiano antisemita es un oxímoron, porque o no es cristiano o no puede ser perseguidor. Aunque para hablar del tópico del cristianismo perseguidor hay que remontarse muy atrás en la historia de la cultura, y no hacer diferencia entre cristianismo y cultura pseudo-cristiana, algo que parece hacer revivir el Satán para crear la confusión. Es, por tanto, un tópico recurrente de la posmodernidad identificar al cristianismo con una clase de ideología religiosa (cierto cristianismo mal mal vivido en una cultura siempre pagano-bárbara mal evangelizada o barnizada de ritos cristianos).