De Imitatione Christi

Por Desiderio Parrilla, 29 de agosto de 2011

A principios de los años ´70 Klaus Kinski (1926-1991) realizó una “experiencia teatral” de cierto interés. Llevó a cabo una serie de polémicas presentaciones teatrales conocidas como “Jesus Christus Erlöser” o simplemente “Jesus Tour”, en las que enfrentaba abierta y hostilmente al público, se autoproclamaba el mesías e incitaba la reacción visceral del auditorio con toda suerte de provocaciones. Los guiones completos de sus presentaciones, así como su grabación en audio, se conservan. El momento más célebre de esta presentación se puede encontrar en el documental biográfico Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999), de Werner Herzog. Cada velada se reducida esencialmente a una larga sesión recitativa donde el actor se limitaba a proclamar algunos pasajes de los Evangelios.

Para desarrollar el proyecto, Klaus Kinski aplicó elementos del teatro experimental de Jerzy Grotowski y recursos del “teatro de la crueldad”, siendo el más evidente la interacción con, o contra, el público. Sin embargo, este “experimento teatral” era además una especie de laboratorio para demostrar la falsedad del método teatral de Constantin Stanislawski. El llamado “método Stanislavski” consiste básicamente en hacer que el actor experimente durante la ejecución del papel emociones semejantes, parecidas a las que experimenta el personaje interpretado; para ello se recurre a ejercicios que estimulan la imaginación, la capacidad de improvisación, la relajación muscular, la respuesta inmediata a una situación imprevista, la reproducción de emociones experimentadas en el pasado, la claridad en la emisión verbal, la empatía absoluta, etc. Klaus Kinski quería demostrar que este método era falso, ya que nadie podía, según Kinski, imitar a Cristo con un método ni “actuar” (en su doble sentido) como Él actuaba cerrándose sobre sus propios límites y confiando exclusivamente en las propias fuerzas o la propia inteligencia. Indirectamente se demostraba la falsedad de todo tipo de mesianismo, fuera éste teatral, político, moral, cultural o estético, de derechas o de izquierdas, confesional o ateo, cristiano o anticristiano, conservador o revolucionario, etc.

La “experiencia teatral” fue un banco de pruebas donde, efectivamente, el actor no logró identificarse con Cristo ni convertirse en San Ginés ni en el protagonista del “Jesús de Montreal”, por citar dos casos de mimetismo teologal similares. Al final de las representaciones aparecía un Kinski francamente aturdido, cansado y agobiado, tras la infructuosa representación. Parecerse a Cristo, imitarlo sin el auxilio de la gracia, desemboca sencillamente en una farsa, su antítesis perfecta. Ciertamente, el demonio ha sido calificado por la Tradición como la “mona de Dios”. La obra es el anti-Kempis.

He aquí una de las veladas más significativas del evento:

Klaus Kinski no consigue identificarse con Cristo pero tampoco identifica a Cristo en el otro. La obra sólo desencadena violencia. En varias ocasiones el público pretende agredirle físicamente. Le insultan e insulta. Devuelve mal por mal. El escándalo lo domina todo y la obra se convierte en una sucesión alternada de reproches, golpe y contragolpe, en una espiral violenta donde sólo prima la incomunicación y el “tu quoque”. El público se amotina y, unánime, pretende expulsar del escenario a Kinski, quien impreca a sus adversarios con las exhortaciones parenéticas más inflamadas del Evangelio. Sin duda, los errores doctrinales en los que Kinski incurre a lo largo de la obra son numerosos pero eso no impide que su uso de los diversos pasajes del Evangelio que condenan la violencia sean acertados. Los ateos, maoístas, sesentaiochistas y partidarios de la revolución violenta, abundan entre el público. KInski los increpa con los pasajes del Evangelio. Entonces la violencia llega hasta el paroxismo. La policía le aconseja suspender la representación y Kinski accede.

Como en la obra de Sartre A puerta cerrada cada hombre sólo ha revelado los defectos de su prójimo, incapaz de redimir al otro o de redimirse a sí mismo de ese fracaso existencial, de esa convivencia desgraciada, que no es ni mejor ni peor que la soledad sino que es la soledad misma: el infierno son los otros. Kinski trata de escapar de este infierno violento de incomunicación. Trata de recuperar una y otra vez el guión pero es incapaz de decir nada verdadero de Cristo, sólo incurre en una ecolalia de “disco rayado” que sólo sabe repetirse a sí mismo sin pasar al otro. Su frustración es máxima, y al finalizar el drama deambula, cansado y abatido, entre un pequeño grupo de espectadores.

El actor se ha esforzado al máximo en interiorizar el papel de Cristo, identificarse con Él, ser uno con Él, por sus solas fuerzas; y, claro, concluye la obra sin lograrlo. Porque tal comunión no es cuestión de puños. Sin el don del Espíritu santo, sin esta gracia señalada, el Verbo, el Lógos verdadero, no se encarna y el actor es sólo el “hombre hueco” de T. S. Elliot, poema que por cierto también es recitado por Kurtz en la girardiana Apocalipsis now [Eliot abre el poema con una cita de El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad en la que se basaría la película de Coppola]. Las palabras de los hombres huecos son sólo flatus vocis, verba volans, flores lanzadas al aire, meros borborismos.

“Somos los hombres huecos
Somos los hombres de trapo
Unos en otros apoyados
Con cabezas de paja. ¡Ay!
Nuestras voces resecas
Cuando cuchicheamos
Son quedas e insensatas
Como el viento en la hierba seca
O el paso de las ratas
Sobre los vidrios rotos
De nuestro sótano

Hechura informe, sombra sin color,
Fuerza paralizada, gesto sin movimiento;

Aquellos que han cruzado
Con la mirada fija, al otro Reino de la muerte
Nos recuerdan -si acaso- no como perdidas
Almas violentas, sino
Como los hombres huecos,
Los hombres rellenos.”
[Trad. de Jordi Doce, ed. Galaxia Gutenberg, con alguna modificación]

Este fenómeno cultural nos ayuda a entender ese error actual de un proyecto político de nueva cristiandad sin cristianismo. El pelagianismo de Klaus Kinski desemboca en un fracaso teatral donde el único protagonista ha sido la violencia. Este pelagianismo me hace pensar en los pelagianismos de derecha e izquierdas actuales. Pelagianismos que reivindican el cristianismo pero sólo nos traen violencia. Estos pelagianismos falsifican la esencia del cristianismo que es un acontecimiento de gracia, y no un proyecto humano por muy loable que éste sea. El pelagianismo de derechas reivindica el cristianismo como salvaguarda de los valores de la civilización occidental frente a la decadencia de esos mismos valores, mientras el pelagianismo de izquierdas reclama ese mismo cristianismo como pretexto para el compromiso moral o el activismo político en la sociedad globalizada.

Ambos pelagianismos me recuerdan a esas escenas del “Jesus tour” donde al final la noticia que se proclama no es la Buena Nueva de Jesucristo sino el reino de la violencia, con el cristianismo como pretexto para golpear al adversario.

Sin embargo, ese Klaus Kinski balbuciente y triste, fatigado y exhausto, que busca a Cristo en medio de las ruinas y el fracaso, ese pobre hombre que intuye ser una “oveja sin pastor” en medio de otras ovejas igualmente descarriadas, sí parece estar a punto para la súplica, la petición desgarrada de un momento de gracia. “Un corazón contrito y humillado, Señor, Tú no lo desprecias…”. Un corazón contrito y humillado el Señor no lo desprecia.

Por qué reaccionan así los indignados a la visita del Papa

Por Ángel J. Barahona, 19-20 de agosto de 2011 [modificado el 23 de agosto]

Estoy en estado de shock. 12 de la noche. Madrid. Un grupo de indignados ha irrumpido en la Gran Vía, mientras hacían su recorrido los pasos de Semana Santa por la calle de Alcalá. Un colegio de niñas coreanas corriendo horrorizadas. Padres corriendo con sus hijos huyendo de la turba. Los niños con cara de pánico. Se iban a sus casas después de una fiesta y se encuentran de frente con unos energúmenos-asusta-niños. La policía actuó con rapidez y eficacia. Un peregrino se puso con los brazos en cruz en medio de la Gran Vía. Uno de mis chicos recibió una “colleja” al paso. El grupo iba con dos ¿periodistas? Con cámaras dispuestas a captar… ¿tal vez una respuesta violenta de un católico para tener una excusa para su causa? Dos niñas coreanas vomitando de terror en el patio protector de mi parroquia. Organizo que unos cuantos voluntarios acompañen a las niñas a su lugar de descanso -porque no se atrevían  ni a salir del patio-. Pasada una media hora decido coger mi coche y llevarme a tres niñas de la parroquia a su casa. Una de ellas se había quedado en medio de ellos, vestida con su camiseta de voluntaria, acosada por valientes guerreros del anticatolicismo, que seguramente habrán leído a Gandhi, y hablaran de paz, tolerancia y libertad de expresión ¿a gritos?, en sus ratos de ocio. La rodearon y la ensordecieron con sus gritos y sus insultos: 16 años. Disuadidos por la Policía se alejaron de la Gran Vía, hacia la Plaza de Santa Bárbara. Yo ignoraba ese itinerario y para poder salir del barrio recorro la calle libertad hasta Fernando Sexto. De repente me encuentro con ellos de frente  sin poder huir. En el coche de delante, un señor mayor con un Mercedes, tuvo que soportar cómo le rayaban el coche a su paso; el mío era el segundo, al ver nuestras camisetas de voluntarios, comenzaron a golpear el coche a puñetazos: el techo, los cristales, empezaron a increparnos, a mirarnos con odio. Sus gritos: entre “esas mochilas las he pagado yo” y vuestro papa es un nazi”, nos dijeron “os vamos a quemar”; a la vez nos hacían la señal de la cruz diciendo: os perdonamos. Tal vez fuese una ironía, pero yo, que tantas veces y desde tantos puntos de vista he estudiado la violencia humana, la amenaza me sonaba como un aplazamiento, una concesión temporal.  Las chicas que iban conmigo lloraban. La provocación estaba premeditada. No tienen nada que perder, llenan la noche de sentido. Los ¿periodistas? les seguían cámara en mano. Si alguien les contestase sería un loco. EL señor mayor, pasada la marabunta, bajó del coche, miró su hazaña y masculló el insulto, comprendía que buscaban greña y se comió sus derechos y su orgullo.

¿Por qué reaccionan así los indignados por la visita del Papa? ¿Qué es lo que van buscando? No tengo duda: un chivo expiatorio. ¿Quién necesita un chivo expiatorio? La Confrontación y la rivalidad es una condición humana. Nos definimos a nosotros mismos, encontramos nuestro sitio en el mundo, frente al otro. Nuestras posiciones personales son siempre ante el rostro del otro, que me enmarca, refleja mi mirada, responde a mi reclamo, está siempre abierto a la escucha o al conflicto. La amenaza que siento frente a la diferencia y la distancia del otro toca la fibra de la inseguridad de mis ideas, la fragilidad de los límites del territorio del yo. Se puede estar muy seguro, afirmado en la propia posición como en un castillo, pero la presencia del otro anti mí, de inmediato, enturbia nuestras aguas. Su semejanza, a la vez que su diferencia, me desconcierta. Porqué si somos iguales somos tan diferentes. Para afirmarme a mí mismo el otro tiene que estar equivocado. El ateísmo se ha vuelto apologético. Necesita sacar del error al creyente. Una nueva Inquisición se está fraguando. Desde la persecución a Butiglioni empezó una caza de brujas al estilo medieval: sin juicio, sin investigación, sin testigos, el linchamiento callejero y mediático ha comenzado. La Inquisición quiso reparar esos desmanes universales y transhistóricos –es lo que siempre han hecho los hombres: rocas tarpeyas, despeñaderos o acrópolis, lapidaciones, ahorcamientos-  y por eso “investigaba”, pero estaba demasiado convencida del valor reparador de la violencia como para escuchar el grito de los inocentes. Hoy volvemos atrás en la historia de los progresos a los que nos había llevado el cristianismo, abriéndose paso como una religión de la paz, poco a poco en la maraña de la violencia sacro-pagana que nunca erradicó. Su defensa de la inocencia de las víctimas de las algaradas, los linchamientos espontáneos, etc., ha sido mal copiada y mal entendida en la figura de lo Políticamente Correcto. No se persigue ya más al que ha sido o es víctima, las víctimas se convierten en verdugos y justifican su violencia como una compensación a lo que han sufrido. Eligen nuevas víctimas para seguir fundando nuevos órdenes sociales, pero la violencia no ha cambiado. No han entendido nada de lo que el cristianismo vino a poner sobre la mesa. ¿Por qué la Iglesia es una buena vieja-nueva víctima?

La violencia contra uno mismo, que se experimenta por el disgusto por uno mismo, la permanente sensación de fracaso del proyecto personal… es autodestructiva. Hace falta mucho valor para reconocer la propia responsabilidad en la deriva de la historia propia hacia caminos que nos han hecho experimentar el dolor, el fracaso, la frustración. Es casi un mecanismo automático el diferir la culpa sobre otro. Todos buscamos un pharmakon (Derrida) sobre el que expiar la violencia que deberíamos volver hacia nosotros mismos –en el fondo sabemos que es nuestra responsabilidad, pero nos lo ocultamos para no vivir en el lamento lacerante de que nos hemos obstaculizado a nosotros mismos nuestras ansias de felicidad-. El pharmakon, veneno y antídoto a la vez, (Girard), es el “otro”, sea quien sea. Para el pobre el rico, que según el primero, debe su fortuna a un azar injusto o al robo, para el rico el pobre –que amenaza su propiedad-, para el negro el blanco, para el autóctono el emigrante, para la derecha la izquierda, y viceversa, gemelos prisioneros de su propia rivalidad, necesaria para su identidad.

En este caso concreto, el heterogéneo grupo de anticatólicos, (no laicos, como quieren llamarse en un ejercicio inteligente de manipulación del lenguaje, para los que los teledirigen, no para la mayoría que no entiende más que mímesis-, porque laico soy yo también), anarquistas, gays, y demás indefinidos, manifiestan  una cohorte de átomos en ebullición que tienen sólo una causa común que les une: la amargura de que no todo el mundo tenga su amargura. ¿Por qué es la Iglesia para ellos el chivo expiatorio ideal? La historia de la antropología muestra claros ejemplos de pharmakoi, de chivos expiatorios que son definidos por rasgos universales: indefensión, inocencia, incapacidad de reciprocidad. Si la víctima que elijo para expulsar la propia violencia, que debería volver contra mí o contra los míos, la vuelco sobre las espaldas de un inocente que no va a presentar batalla, mejor que mejor: hago la catarsis y no me juego nada. Se yerguen en los garantes de la paz social, que, como siempre, se tiene que hacer mediante la eliminación del que piensa diferente. No se dan cuenta de que ellos sí están cerca del nazismo: nos quieren imponer al dictado cómo hay que ser “buen” ciudadano. Tal vez seamos ciegos a su modelo y nos quieren salvar, aunque contra su voluntad pacífica y tolerante (reivindican una democracia real en otros momentos que implica necesariamente esos valores), nos lo tengan que hacer ver con violencia paternal. Nos quieren convertir a su creencia o forma de ver el mundo.

Algunos esgrimían gestos que querían hacer entender que los que creemos, en algo o alguien fuera de nosotros mismos, hemos sufrido un lavado de cerebro. Recuerdo la frase de Scheller: “el que no tiene un Dios tiene un ídolo”, pero no me reconfortaba que su ídolo fuera creer que la violencia contra mí repararía su tristeza existencial, y restauraría su equilibrio emocional.

Otro caso diferente son los cristianos francotiradores sin parroquia con síndrome de Estocolmo. Estos buscan la comunión –ser aceptados por los defensores del orden gubernamental, o del orden excluyente de los intolerantes anti-cualquier sistema, en lugar de por los supuestamente suyos- porque tienen, además, otro síndrome: el de Judas. Sin duda saben mejor que el Papa cómo tiene que ser la iglesia, cómo se tiene que creer, y cómo se tienen que hacer las cosas. Sin duda están escandalizados de que a Dios se le haya ocurrido tolerar tanta injusticia y tanta imperfección.  Hay que corregir a los que dejan a Dios que sea Dios, y sólo le adoran. Creen que a Dios hay que enmendarle la plana, no saben que de la adoración mana gratuitamente el servir al otro –que creen que es lo que ellos hacen en exclusiva-.

Todos ellos nunca admitirán que su rictus es amargo. Se sienten orgullosos de su amargura porque todo lo demás lo consideran alienación. Han sido tocados por la gracia de la sinrazón nihilista, todos estamos equivocados. La alegría de los otros es contemplada como su derrota. Por tanto la victoria consiste en considerar que la alegría del otro es ficción o autoengaño. Reconocer en el otro el éxito de su proyecto existencial es provocar el amargo sabor de la derrota del propio. El cambio de lenguaje para materializar como única posible mi visión del mundo es un objetivo bien logrado por la izquierda-amarga. Si ha clausurado el cielo, lo sobrenatural, la comunión de las mentes es únicamente a la contra y viene conferida por la designación de un enemigo común. Si no fuera así, vivirían en una jaula de grillos.

Esa violencia rivalizante confiere sentido a la vida, se alimenta de la reacción del otro-rival. La complementariedad que genera comunión entre semejantes, se transforma en masa unánime, cuando pasa a definir su identidad por antagonismo, porque delante tienen al semejante-diferente. La máquina de la reciprocidad se pone en marcha sólo si por parte del otro hay respuesta o reacción. Se retroalimenta si encuentra un punto focal, un solo individuo o una masa que funciona como un solo individuo (la masa puede ser entendida como una unidad: “lo católico”). Siempre es el “todos contra uno”.  Ellos se sienten “todos” porque son la punta de lanza del pensamiento único, de la corriente laicista que todo lo anega, que recorre Europa, y “lo católico” es la víctima ideal, la única víctima, se le considera marginal, en recesión –porque todos los demás son llevados por la corriente. Por eso, cuando hay una manifestación de masa católica se ponen nerviosos, porque cuestiona el mensaje de los medios: creían que ellos le iban a dar la última patada ritual –la que da el último cobarde cuando cree que el león ya está casi muerto- que finiquitase la historia y de repente se encuentran que el “león de Judá” está muy vivo.

¿Por qué es tan buen chivo expiatorio la Iglesia católica? Porque es la única postura de la diferencia. Los cristianos llenos de esperanza, de alegría, marcan la diferencia de un mundo sin esperanza, sin alegría. Da rabia ver al vecino tener éxito, da rabia ver al vecino ser feliz, da rabia ver al vecino disfrutar cuando yo estoy de luto. No se trata de contestar a las medias verdades de los indignados, ni entrar en el debate de la ideas, no se trata de hacerles ver que son víctimas de un lenguaje equívoco, y que sus acusaciones estereotipadas no se sostienen, ni denunciarles como inmersos en una lectura sesgada de la historia, o de esgrimirles su marginalidad. Se trata sólo de verles como hombres que sufren y no saben por qué, que descargan contra la iglesia su ira porque son los únicos que no les van apegar, ni a devolver mal por mal. Se trata de quererles, pero sin decírselo, porque eso suscitaría aún más su rabia; se trata de justificarles, porque no saben lo que hacen ni lo que dicen, pero sin decírselo porque eso incrementaría su odio. Entonces, ¿Qué tenemos que hacer?: callar y rezar. ¿Y si vienen a por nosotros…? pedir que sea a por adultos y no a por niñas asustadas. Los chivos expiatorios pueblan la faz de la tierra: los pueblos basan su precario orden social, su precario sentido de pueblo o comunidad, sobre los cadáveres de los inocentes. Ellos han encontrado en la Iglesia su chivo expiatorio, le importan un bledo los niños que han sufrido abusos por algún sacerdote malvado y criminal que ha embarrado el nombre de tantos santos sacerdotes que dan la vida por miles de niños necesitados en el mundo. Les importa un bledo que las monjas sean la que atienden en el mundo entero a los enfermos de Sida. ¿Tal vez quisieran que la iglesia actuara como los nazis,-a los que dicen odiar y que se parecen tanto a su estilo- y hubiese exterminado a los que disfrazados de hábito sacerdotal, se han colado en una institución intachable y única en la promoción del amor y la paz en el mundo, para cometer tales abusos? ¿No les basta que Benedicto XVI les haya puesto ante la ley civil y, también, ante la misericordia? Tal vez sea eso lo que les molesta, que la coherencia es intolerable y escandalosa. Tal vez sea eso: que ellos también caben en la Iglesia.

No les perdono, o mejor no les comunico mi perdón por asustar niños, porque interpretarán que me siento superior, y no me siento así. Lloro con ellos, porque su sufrimiento es insoportable y su envidia les carcome hasta matarles de rabia. Les comprendo, pero no se lo voy a decir, porque sin haber conocido a Jesús sólo el odio da sentido a su vida. Y el odio enciende los ojos, aumenta los latidos del corazón, sube la adrenalina, da sentido al sinsentido. Tal vez el amor cristiano pase por dejar que el que un hombre encuentre el sentido de su vida en odiarme se consume contra mí; de momento contra mis oídos, posiblemente, en un futuro contra mis huesos. Tal vez tengamos de nuevo que asociarnos a la Pasión de Cristo y ser llevados a los tribunales por anti-sociales, tal vez tengamos que aceptar su odio como su salvación contra el infierno en el que viven ya. ¿Qué es si no el que todos los profetas hayan sido apedreados por sus pueblos? ¿Qué es si no que la figura del cordero sea la que sella los sacrificios sustitutorios en todo el Antiguo Testamento? El Apocalipsis insiste y sobreabunda en lo que todo el Nuevo Testamento venía anunciando: el cordero –el león de Judá- constituye la imagen perfecta de Cristo y por tanto del cristiano.

No me siento diferente, me siento hermano del violento. ¿Quién no lo es? ¿Qué hubiera sido de mí si no me hubiese encontrado con Jesucristo en la Iglesia? Pero Abel, si pudiera tendría que levantarse de la tierra y decir: “hermano has sido injusto conmigo”. Recuerdo un poema de Blas de Otero, a propósito de la Guerra Civil española, que no deberíamos olvidar: Abel somos todos.

Madrid sin Papa

Carta de Santiago Agrelo, Arzobispo de Tánger (3 de agosto de 2011).

“Leo, sin asombro y sin escándalo, que “Izquierda Unida ha iniciado este lunes una campaña con el lema ‘Madrid sin Papa’, en la que muestra su rechazo a la visita de Benedicto XVI a España con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud”.

Esta formación política, que se dice de izquierdas y que, no se sabe si por suerte o por desgracia, ha perdido significación parlamentaria y social, trata, legítimamente, de llenar con ocurrencias el vacío en que la va sumiendo más la ausencia de ideas que la de votos.

Reclaman ellos un “Madrid sin Papa”, y entiendo yo que de ese modo reclaman un ‘Madrid sin Jornada Mundial de la Juventud’, pues los miles de jóvenes que, desde todos los países del mundo, se están concentrando en Madrid, no se mueven para ver al Papa sino para compartir la fe, y es el Papa quien, por encontrarse con ellos y confirmarlos en esa fe, entiéndase por servir a estos jóvenes, viene a Madrid.

Nuestros amigos de Izquierda Unida han perdido una magnífica ocasión de dirigirse a esos jóvenes, de darles una sincera bienvenida, y de recordarles, desde un proyecto laico de izquierda política, la requerida fidelidad de los creyentes a una bien documentada izquierda evangélica. Porque los jóvenes católicos, y el Papa que nos dirige por las cañadas de la fe, saben de pobres y de compromiso con ellos, aman a Cristo y aman el evangelio de Cristo, y desean vivirlo con verdad, aunque a todos nos condicionen  limitaciones y pecados.

Hoy, en los jóvenes católicos, como en el Papa, una voz que reclamase lucha solidaria contra el hambre en el mundo, empeño común por una función política no corrompida, denuncia del capitalismo financiero que devora el futuro de los pueblos, defensa de los derechos de los parados, de los emigrantes, de los marginados sociales, de los esclavos, de los que no tienen voz, esa voz no hubiese encontrado en el corazón de los creyentes sólo un eco disminuido, sino una amplificación multiplicada hasta el infinito por la fuerza de la fe, la esperanza y el amor.

Ustedes, sin embargo, han preferido reclamar un Madrid sin Papa, un Madrid ‘sin nosotros’, puede que añorando un Madrid ‘contra nosotros’. Y eso me lleva a temer que no representen ya un proyecto de izquierdas, que a ustedes no les interesen las víctimas de la injusticia, y que su campaña de hoy sea sólo ruido para recordarse a sí mismos que existen.”

Lo de Londres, lo de África, lo del Noruego y lo de Madrid

Por Ángel Barahona Plaza

Todos los sucesos necesitan una teoría que los interprete. Este es uno de los puntos débiles del naturalismo… Si es consecuente en este caos de lo social –no menor que el de las ciencias naturales- todo sucede porque sucede, sin explicación racional, de manera casual, sin más perspectivas de comprensión que la regularidad. Desde Hume venimos creyendo esto pero sin ser consecuentes. El puro empiricismo no nos puede decir otra cosa. Los sucesos del mundo no tienen nexos causales explicativos, son aleatorios, y lo único que nos permite sospechar un orden es su repetición, su machacona y contumaz regularidad, pero tampoco tenemos garantías de que ese conato de orden permanezca o se estabilice para siempre, para que se pueda convertir en ley científica. Esto es así para la genética, la neurociencia, la física, y hasta la economía, la historia, etc. –fíjense en donde pongo el “hasta”-. El protagonista shakespeariano tenía razón: la historia es el relato de un loco lleno de furia y de rabia, o, tal vez, como Chesterton nos quiere decir en el pasaje del Padre Brown en el que un pobre loco se encuentra atado a un árbol en medio de una tormenta…  todo forme parte de una teoría, de la que no sepamos encontrar las claves.
Aquí los naturalistas, materialistas, marxistas,  positivistas, no son coherentes… porque tendrían que decir lo que he dicho al principio y callar para siempre. Pero no. Dan explicaciones de todo tipo. Casi todo lo que dicen es en parte verdad, pero sólo en una pequeña parte: que si el malestar del desarraigo, que si las desigualdades económicas, que si el efecto de la educación multicultural fracasada, etc., etc. Pero creo sinceramente en que no deberían decir nada puesto que el materialismo coherente debería no incluir ningún criterio racional en los sucesos del mundo. En cuanto crean en un criterio racional se les va a colar el monstruo divino y van a tener un problema, o nos van a matar a todos para ajustarnos a su concepción inequívoca del mundo..
Se pueden esgrimir algunos argumentos.  No pretendo, argumentando a la contra, la racionalización absoluta, pero sí creo que es fácil encontrar unas razones plausibles que pongan un poco de orden.
Estamos últimamente viendo que hay terroristas de cultura occidental, que el Efecto dominó…” href=”https://xiphiasgladius.wordpress.com/2011/02/15/efecto-domino/”>efecto dominó ha llevado a una oleada o cadena de movimientos juveniles en el Norte de África. Que los jóvenes quedan en la puerta del Sol para protestar indignados por no sé qué situación – el motivo es lo de menos – para incoar algaradas multitudinarias, como quedan en  la Estación Central de Nueva York para bailar a lo Michael Jackson o montan un flash mob en cualquier lado vestidos a lo Elvis o de Bola de Dragón.
No hace falta leer a René Girard (El origen de la cultura, Trotta) y a Jean Pierre Dupuy (El pánico, Gedisa), o a Elías Canetti (Masa y poder, Galaxia Gutenberg), para entender  que se trata de un juego mimético. Sí, existe una ley, no sólo una regularidad. Los jóvenes de la sociedad de masas imitan. La imitación, antes que la racionalidad, es constitutivamente lo más humano de lo humano. Es una pena que a los materialistas sólo les atraiga de esta teoría el descubrimiento –de corte naturalista- de las neuronas espejo. El ser humano imita cualquier gesto que pueda sugerir que el modelo, el líder, ha encontrado un sentido direccional a la acción en medio del caos que nos da vértigo. ¡Hay que seguirle de inmediato! Cuando se ve que esa oferta de salvación es como todas: efímera, puntual, y que  arrastra irremediablemente al caos y a la violencia… ya es demasiado tarde. Entonces los analistas y el gobierno buscan una causa culpable… Debaten, dirimen, discriminan, diseccionan, toman medidas… La economía, la educación y vuelta a  empezar hasta el próximo movimiento flash mob, crowd, de masa anodina. Hay una racional racionalidad en la masa: el hombre imita a su hermano. Es verdad,  aquí la contribución del marxismo es oportuna: la desigualdad de clases, el convivir con un vecino al que la vida le va bien, la multicultural vivencia de la injusticia por cuestiones de raza, nacimiento… ¡Qué va, que no pretenda tamaña originalidad! El marxismo es la enésima versión del Génesis: la envidia es mimética. Tal vez Nietzsche nos lo explique: los esclavos se rebelan, los últimos hombres llenos de lujuria, de deseo de poseer  el poder de los señores, el resentimiento… ¡Qué va, el hijo del pastor protestante, Nietzsche, sólo bebe de la misma fuente que el hijo del judío mal convertido: el Génesis! Los hombres, que han matado a Dios, se envidian y rivalizan hasta importarles nada la vida del otro. Los dioses se matan entre ellos, se odian, resienten una y otra vez que el azar-destino-fatum  les ha tratado mal. Si fueran consecuentes con su propia teoría…, como no lo son, siguen imputando a Dios la culpa de su mal, pero como lo que tienen de él a mano son los creyentes…-  se manifiestan contra él  asediando a los cristianos. Nuestro problema consiste simplemente en que todavía creemos en una razón para entender el caos, en que el sufrimiento tiene un escandaloso sentido, que la libertad reporta injusticia pero la genial posibilidad de neutralizarla juntos, que la causa de todo los males es la envidia mimética.
Algunos se quemaron intentando comprobar que no había regularidad causal en el fuego (muertos, heridos, encarcelados), pero da igual, de inmediato buscamos otro modelo digno de ser imitado. Luego los medios  se encargan de extender como la pólvora la sugestión. No pasa nada, mañana habrá otra genial idea para imitar que nos saque del aburrimiento.
Lo malo que se empieza a repetir mucho la regularidad de que los retrógrados que “todavía creen” tienen la culpa de algo…
¿Qué tendrá que ver Londres, con el Noruego, con el Norte de África, con las protestas por la visita del Papa? Nada, pero son los falsos protagonistas los que se empeñan en la teoría: economía, desigualdad, injusticia, política… la derecha, la religión. La izquierda posee la verdad: la culpa siempre la tiene el otro.
A nosotros nos posee ella, y nos dejamos poseer: todo está escrito. No estoy hablando de religión, ni de sobrenaturalismo. Es muy sencillo, se encuentra en el Génesis (J-M Oughourlian, La génesis del deseo): envidia de tener un modelo realmente digno y coherente, envidia de tener esperanza fundada, envidia de que a mi hermano le caiga mejor la chaqueta, genera en mi hermano –al que amaré aunque me mate- resentimiento, malestar en él y en su cultura.  Y el final también lo sabemos: nuestra propia teoría dice que en cada generación hay que elegir. Si se rechaza a Cristo tienes a Barrabás, el hijo de la violencia. La historia es muy sencilla, creemos nuestra propia teoría, no vale nada, pero es que es tan predictiva.  Caín, tu hermano no tiene nada contra ti, ni tiene la culpar de tus males. ¡Déjale en paz, hijo mío!

Identificaciones Indígenas Elitistas

Permítanme lanzar una pregunta sencilla: ¿Por qué los movimientos indígenas actuales se identifican siempre, o casi siempre, con las elites locales del pasado pre-contacto? Valga de muestra un botón:

En enero de 2006 Evo Morales, presidente de Bolivia, se coronaba en Tiwanaku como Apu Mallku o Líder Supremo de los aymaras, recogiendo simbólicamente la herencia imperial incaica de Tupac Amaru, el ultimo de los reyes Incas. Sin embargo, lo interesante de este asunto es que Morales es miembro del partido Movimiento al Socialismo (MAS) y es a este partido al que representó en las urnas. ¡Cómo se traga esto! ¿Socialismo e Imperio? ¿Qué significa?

Deberíamos saber que los incas en los Andes o los aztecas en Mesoamérica no eran sino una élite minoritaria y exclusiva. Estos imperios, como buenos movimientos imperiales o imperialistas, hicieron un uso privilegiado de la violencia para mantener el poder. Las interpretaciones marxistas de la historia precontacto del área andina en los años 60 y 70 del siglo XX trataron de vendernos un socialismo práctico y “natural”, pero hoy sabemos que los incas, al igual que los aztecas, gobernaban a golpe de macana, soportados por una mística apocalíptica y mesiánica que justificaba una violencia inhumana y una total desigualdad. En pocas palabras, ¿cómo es posible que se reivindique un pasado donde el diez por ciento de la población dominaba al resto casi como si fuera ganado?

Lo que muchos libros de historia, profundamente influidos por la leyenda negra y acomplejados, no cuentan nunca es que gran parte del éxito y rapidez de la expansión española en América fue posible por la propuesta originaria cristiana de igualdad y la libertad otorgada al ser humano per se, algo que se privilegió y defendió a pesar de que se dieron, sin duda, muchos abusos. Es muy fácil idealizar el mundo indígena desde una ciudad atiborrada de coches y de ruidos, y pensar al indígena como un ser libre, sin estrés ni hipotecas que pagar. Sin embargo si usted se atreviera a vivir una temporada en alguna comunidad indígena vería que no es oro todo lo que reluce y que existe el sufrimiento y permítame que le corrija: no todo el sufrimiento de los pueblos indígenas, ni mucho menos, ha sido originado por Occidente.

Valga de muestra otro botón: en Micronesia, donde la evangelización fue tardía y poco intensa y donde las playas paradisiacas y el sol son abundantes, la tasa actual de suicidios es una de las más altas del mundo, pero agárrese los pantalones, el 80 por ciento de los muertos tienen de 9 a 25 años. Yo vivo en las Marianas y soy testigo de ello. ¿Cuál es el origen del mal y de la violencia? Lo siento, pero debo decirles que existe el pecado y el mal moral, lo quiera usted o no, y que es universal.

Los incas y los aztecas y todos los indígenas sufrían y sufren hoy por lo mismo que sufre usted. No son víctimas inocentes sacrificadas por la codicia europea camuflada de religión, los procesos son mucho mas complejos y heterogeneos. Debemos pasar de página y superar el marxismo y el pensamiento victimario si queremos analizar la historia de esta humanidad con rigor.