Teatro y violencia: el fin de las artes (I)

Por David García-Ramos, viernes 9 de septiembre de 2011

El profesor Parrilla ha tocado un palo muy interesante que tal vez me hubiera tocado a mí ejecutar: las relaciones entre el teatro y la violencia. Lo hace con el enterior post sobre las performances de Klaus Kinski y lo hace con su análisis de otras realidades escénicas experimentales que ha publicado en la web del grupo (y que pueden descargarse aquí: ¿Arte sacro postmoderno?). No en vano es un filósofo y fue un filósofo el que a día de hoy, por los motivos que sean, sigue siendo el mejor tratado sobre el tema. Me refiero a la Poética de Aristóteles. Ya en ella se habla de un concepto al que Girard (ya desde La violencia y lo sagrado) le dedica páginas muy interesantes pero poco desarrolladas. Tal vez ahora que se cumplen los 50 años de la publicación en francés de su libro sobre la novela europea moderna sería conveniente reflexionar sobre el influencia que ejerce en el espectador / público / lector el arte / teatro / literatura.

Hablamos de actitudes provocadoras, o de intenciones polémicas, para referirnos a todo aquello que nos desagrada, que nos pone violentos o que simplemente no entendemos en las artes contemporáneas. Lo cierto es que el artista hoy busca algo que se perdió hace tiempo, tal vez a lo largo del siglo XXI: la inocencia de poder conmovernos y padecer con el arte. Hemos racionalizado nuestro discurso crítico (¡hemos creado la crítica, institucionalizando la profesión ya con el Dr. Johnson en pleno siglo de las luces!) hasta tal punto que no queda resquicio para eso que Aristóteles veía de beneficioso en el teatro para el ciudadano: la catarsis, la posibilidad de purificarse, casi (y sin el casi) ritualmente en las gradas del teatro. El principio es el mismo: participar sin padecer, participar sin riesgo de la propia vida, participar sobreviviendo, participar de la violencia colectiva más allá de la barrera.

La catarsis permite al hombre purificarse de sus pasiones, salir revitalizado. Es el gesto con el que salimos de la sala (de cine o de teatro), gesto de alivio las más de las veces. ¿Por qué los artistas modernos (Kinski, Hermann Nitsch, Joseph Beuys o Coppola, por citar a aquellos a los que mi buen amigo Desiderio cita) provocan al público para que salga sin alivio de los templos del arte? Un respuesta así a vuela pluma podría ser que ya no les queda otra: el arte ha jugado todas sus partidas, y como la filosofía –Derrida dixit–, las religiones y los sistemas políticos, judiciales y de cualquier otro tipo, está asistiendo a su fin, un fin que difiere y difiere y difiere en un bucle mimético que recuerda tanto a la espiral mimética de Girard como al eterno retorno nietzscheano. No en vano el arte es mímesis, la imitación o re-presentación de las cosas del mundo. No es tanto poiesis en tanto que tal poiesis se realiza como imitación de la creación del mundo (y no profundizaremos ni aquí ni ahora en los procesos de divinización del artista, doble del dios, habitado o poseído por el dios, etc., no sólo del Romanticismo), cuanto que es en esencia mímesis, ya sea esta emulación o simple reproducción.

Pero volvamos y concluyamos el tema: la catarsis ya no funciona. Césareo Bandera habla de estas cuestiones (sobre todo del fin de la literatura moderna, fin iniciado en su principio, en Cervantes) en su libro The Sacred Game. Allí se habla también de la ambigüedad del teatro en tanto forma artística próxima en demasía a lo sacro arcaico. Si el teatro muere en su valor ritual porque la sociedad occidental actual (vale decir toda la sociedad globalizada) ha de resurgir en su valor de cruda violencia si es que quiere no morir. Ya no nos satisfacen los sacrificios, ni los reales (nos repugna desde al Apocalypto hasta La Pasión de Gibson) ni los fingidos en el teatro (la catarsis ya no funciona más que en forma de alguna solitaría lagrimilla en la soledad de la sala de cine o de nuestra casa). Necesitamos que nos den caña. Por eso la pornografía, el gore y Haneke copan las estanterías de los más ávidos de… ¿de qué? De vida. De supervivencia. Por eso y porque no estamos dispuestos a ofrecer un corazón humillado y arrepentido.

No obstante, si tienen alguna duda, pueden ir al teatro, o al cine, o leer alguna de las miles de obras narrativas que se producen cada año. Y luego, cuéntenme qué piensan al respecto.

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Acerca de davidgrg

Language, Literature, Theater and Philosophy Professor at Catholic University of Valencia (Spain). Research interest: Girard's Mimetic Theory, desire, envy, violence, sacred, religion, politics, literature, theater, Jewish thought, Levinas etc. Founder member of Xiphias Gladius research group. Playwright and theater director... Profesor de lengua, literatura, teatro y filosofía en la Universidad Católica de Valencia. Intereses investigadores: Teoría Mimética de Girard, deseo, envidia, violencia, sagrado, religión, política, literatura, teatro, pensamiento judío, Levinas, etc. Miembro fundador del grupo de investigación Xiphias Gladius. Dramaturgo y directo de teatro...

7 pensamientos en “Teatro y violencia: el fin de las artes (I)

  1. La operación racionizante es una división, una búsqueda de palabras correctas y términos adecuados que sirvan de definición final de un objeto. Definir es quitarle a algo la propiedad de ser otra cosa, es básicamente impedir que funcione fuera de un márgen determinado, al decir que algo es un ser vivo, sobre entiendo que no es ningún ser inanimado.

    Ahora bien, en determinado momento, el arte, la religión y el gobierno compartían sus funciones discursivas -Derrida en efecto sugiere que estas funciones no se han separado, porque no pueden separarse, en cierto nivel fundamental, mientras el gobierno exista siempre será arte y siempre será religión-; al querer definirlos se les ha separado y robado un fragmento de dicha esencia compartida. El arte es menos arte, desde que no puede contener una verdad (una fe). Siguiendo este mismo proceso de definiciones ad-infinitum, el arte se vuelve un objeto absolutamente vacío, un discurso literalmente insignificante. El proceso ya nos ha durado un siglo.

    Aunque cabe aclarar que ese no es el fin del arte en sí, sino la autodestrucción del discurso artístico, del evento racionalizador que pretende controlar y medir al arte. En realidad los objetos estéticos son “reales” y nuestra incapacidad de calificarlos meritoriamente no los desvanece. Uno piensa que el teatro ya no existe, hasta que es uno el que hace teatro.

    En fin, me ha gustado esta reflexión, espero ansioso el capítulo siguiente.

  2. En primer lugar, muchas gracias por tu comentario. No sé si estaré a la altura de tus expectativas en futuras entregas, pero desde luego parece que he logrado que hacerme entender en algunas cosas. Me refiero al discurso racionizante del que hablas. Efectivamente, ese es el camino que Derrida y otros como Foucault han seguido para explicar “hacia atrás” (de ahí las arqueologías y etimologías de ambos) el estado “agotado” de las cosas en la actualidad. Otros sociólogos, como Z. Bauman (gracias Lucas, ha sido mi lectura mañananera) hablan de estado líquido del arte y de las relaciones humanas (no en vano el arte es otra forma de política, y la política otra forma de guerra –Calusewitz– y la guerra otra forma de religión y la religión un simple, mero y fundacional asesinato).

    El caso es que el arte insignificante no es lo mismo que lo insignificante en el arte. Y no es “boutade”. Lo cierto es que yo también hago teatro, y creo que lo que hago esta lleno de sentido. No hablaba de las obras de arte, ni del teatro, por supuesto, en su inalienable autonomía (aquella que nos permite disfrutar aún del Quijote y aun de la Odisea), sino como realidad social. Vamos, no en lo que tú denominas su ser “reales”, sino es su ser consumidos por la masa, por la sociedad, por la muchedumbre, por el público, en definitiva. Es en ese ser consumible donde se produce la fractura con el arte de antes de esto que “nos ha durado ya un siglo”. Ya lo percibió W. Benjamin en su momento, y en cierto sentido la crítica marxista (de la que aún separándose surge el propio René Girard en su primera obra): cierto materialismo a la hora de analizar ciertos procesos humanos no está demás, si bien las miras, las expectativas, han de buscar también una verdadera trascendencia.

    Ya estoy con el nuevo post que espero publicar en breve.

    Saludos desde el mar mediterráneo.

  3. David el arte no es mímesis, es nostalgiosis. Y la nostalgia hoy es tan grande que a pasado a ser violencia y homicidio. Un reto bonito que revitalizaría el arte hoy sería intentar definirlo…se puede, creedme.
    Pido disculpas por mi anterior intervención, es que no estoy bien de la cabeza.

    • Eduardo, a mi me parece que lo que decías de Kinski era interesante. Un poco loco debes estar, pero es normal con los tiempos que corren.
      Respecto a la nostalgia, espero decir algo al respecto en otra ocasión. Es algo muy platónico que habría que releer a la luz de lo que dices. ¿Alguien a atreve? ¿Nostalgia del paraíso, de la infancia, de…?

  4. No estoy seguro de que el discurso artístico haya sido jamás consumible. Los críticos siempre han sido -y gracias al cielo siempre seremos- una minoría glorificada, que falla precisamente en comunicar con los instintos populares, porque su autoridad -recordemos de nuevo la idea de religión y gobierno- no logra transmitir sus argumentos cada vez más intrincados para justificar el arte -porque el arte, vaciado de sentido “necesitaría” justificación-. Han existido conceptos de lectura más o menos mercadeables -como el propio marxismo trató de producir-, pero son más la réplica grosera de un objeto social que puras apuestas estéticas. Discutiblemente, la apuesta estética ha fallado siempre en la catársis.

    Porque la catársis existiría: la muchachita que decide enamorarse de un cantante juvenil está sufriendo una catársis, débil como pueda parecer. Incluso dentro del arte consumible y desagregado uno puede hallarse ejemplos de como lo popular vuelve a encontrarse con el objeto real, pese a que el artista vuele entre lo indefinible y lo insensato. Pienso en los Beatles, pero igualmente se puede aplicar a la telenovela de las 7. En todo caso, se admite que es un elemento que se le escapa de las manos al artísta y el crítico, y viene más de un juicio social en masa, y menos experimental o polémico. Habría también que desarrollar en la función de la polémica en la sociedad actual, donde se presupone el consenso.

    En fin, mis comentarios no son correcciones sino más bien énfasis en determinados elementos que me han parecido interesantes y que vale la pena mencionar de este discurso. Espero disfrutar también la entrada siguiente, un saludo grande.

    • @arrowni, es agradable enfatizar contigo. No te respondo por extenso porque algo me quiero dejar para la segunda parte, pero te diré que estoy de acuerdo contigo: la catarsis se sigue dando, indudablemente, ¡la necesitamos para purgar el exceso de violencia que acumulamos a lo largo del día, de la semana, del mes, del curso! Y ahí están los Justin Bieber, el fútbol, los deportes de riesgo, etc.

      Otra cosa es donde la encontramos hoy y el reflejo en el teatro y en las artes de todas estas catarsis “débiles” (me ha gustado mucho el término, porque encaja con el pensamiento débil de Vattimo, y creo que por ahí podrían ir los tiros). Creo que ese es el punto. Tal vez tengamos que pasar de una crítica del arte a una sociología del arte. Siendo que creo en el Arte y en su Verdad, en la Belleza, etc., comprenderás que no digo estás cosas de forma partidaria, sino con cierta resignación.

      ¡Lo dejo ya que me quedo sin frases para la siguiente entrega!

  5. Queridos amigos sapientísimos,
    Hay algo de distancia entre el lo que percibís del Arte y el arte. Hay que tener en cuenta que tanto la estética como la crítica ha introducido de lo suyo en una actividad humana que no es tan confusa como ha resultado parecer. Por poner un ejemplo, Haneke me parece un profesor de estética, no un verdadero artista( y sus películas son muy buenas). En él todo está calculado, casi con maldad, es oportuno y astuto. Es un vendido a la estética del mal. (Ni se os ocurra pensar que es un término maniqueo, estoy hablando en términos específicos de diseño de la forma e inserción de la imagen…pero eso no se estudia por ahí.) Eso siempre ha existido en arte, no es una cosa de la posmodernidad ni mucho menos. Leonardo y Boticelli eran antitéticos. Y el “malvado” en este caso era Boticelli. Mozart fue un esteta del mal hasta el réquiem; Rembrandt hizo lo mismo, pero luego salió del lado oscuro de la fuerza porque Luke Skywalker era su hijo. ESE ES EL ORIGEN DE LA VIOLENCIA EN EL ARTE: DOS MATRICES DE CREACIÓN ENFRENTADAS (lo pongo en mayúscula porque como no somos del mismo gremio no me escucháis y tengo que gritar). Luego está, por supuesto, todo el análisis que hacéis, que sirve para poner de manifiesto los resultados que está dando el arte, que se ha convertido en algo como contra nosotros. Pero insisto que la violencia en el arte, o el fin de las artes no es un fruto de nuestra época, es más bien una bestia que se ha podido amarrar mejor en otros momentos que en el nuestro. Si los dueños de este blog me dejan explicar lo que digo con un articulito podré dibujarlo.
    PD. Desiderio, me caes bien, ya nadie habla de Klaus Kinski.

    Eduardo Piquer, profe de plasti y pintor de noche.

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