Los orígenes de la filosofía (I)

Por Desiderio Parrilla, miércoles 14 de septiembre de 2011.

Resulta interesante interpretar a la luz de la teoría mimética la filosofía occidental. El propio René Girard llevó a cabo esbozos de este análisis. Así, por ejemplo, la condena de la mímesis por parte de Platón y la expulsión de los artistas de la polis ideal, manifiestan y encubren -según Girard- los tabúes arcaicos derivados de la mímesis violenta. En Aristóteles, ya no se percibe el aspecto negativo, contraproducente y paradójico, de la mímesis que aparece como un fenómeno enteramente pacífico y catártico. La doctrina del superhombre de Nietzsche es un olvido (mecónnaissance) de la mímesis del doble. El “Phármakos” de Jean-Pierre Vernant y Jacques Derrida encuentran su justo sentido en la obra girardiana.  En definitiva, la “mentira filosófica” sólo es equiparable a la “mentira romántica”. Pero de entre todos los mentirosos no hay mayor impostor que Heidegger, cuando desprecia los textos judeo-cristianos (Antiguo y Nuevo testamento) como documentos más míticos y menos racionales que el legado presocrático.

René Girard, a fin de desenmascarar este engaño, juzga los fragmentos que nos quedan de los presocráticos empleando el criterio de la teoría mimética. De esta manera pretende superar la alienación heideggeriana mediante un estudio más profundo y adecuado de los mismos. Ensaya así una superación por elevación, “pasando por encima” del neopaganismo propuesto por Heidegger contra el pensamiento judío y cristiano. Esta superación reinterpreta los textos presocráticos desde los textos bíblicos; deconstruye así la literatura pagana desde la sabiduría diseminada en la obra judeo-cristiana, transmitida principalmente por el canon eclesiástico y la dogmática de la Iglesia católica.

Nada tenemos que objetar a este respecto. De hecho, este planteamiento nos ha legado análisis insuperables para la historia de la filosofía como las interpretaciones miméticas realizadas sobre los fragmentos de Empédocles, Heráclito, Anaxágoras, etc., principalmente desarrolladas en “El misterio de nuestro mundo”. Nada podemos reprocharle tampoco por cuanto ha mostrado el mayor potencial explicativo de la tradición judeo-cristiana sobre la mejor literatura pagana posible, y cómo aquella contiene una tasa de racionalidad superior a ésta.

Sin  restar ninguna importancia al poder desmitificador de la tradición judeo-cristiana, sin salirnos ni siquiera de la teoría mimética formulada por el propio Girard, podemos ensayar un intento diferente de superar a Heidegger y su reivindicación del paganismo anticristiano desde una perspectiva complementaria, aunque más interesante. En vez de superar por arriba a Heidegger, podemos superarlo por abajo. En vez de criticar su reivindicación de los presocráticos como abusiva podemos criticar que no los reivindicó lo suficiente. Para buscar la verdad se puede y se debe ir “más allá” de los presocráticos. Pero nos parece que la adecuación a la realidad obliga, sobre todo, a ir “más acá” de ellos. Efectivamente, podemos entender la realidad de un modo más perfecto interpretando a los presocráticos desde el texto bíblico, que a la inversa. Pero al margen de este ejercicio, podemos penetrar todavía más en la realidad si interpretamos los presocráticos desde su propio origen. Los presocráticos pueden entenderse también, y creemos que mejor, si se interpretan desde los pre-pre-socráticos, es decir desde los pre-pitagóricos.

El resultado de esta “perspectiva pre-pre-socrática” no difiere del obtenido por la “vía bíblica” salvo para reforzar sus conclusiones y hacer más visible su hegemonía explicativa. Pero posee la virtud de ser un argumento ad hominem más contundente, ya que es desde dentro de la filosofía pagana donde se muestra lo absurdo del pensamiento neo-pagano y anti-cristiano de Heidegger. En las próximas entradas del blog dejaremos apuntadas algunas de las líneas principales que podría seguir este ensayo.

Por empezar por algún lado, hoy cerraremos la entrada con Epiménides de Cnosos (o de Creta), profeta, filósofo y poeta griego que vivió en el siglo VI a. de C. y que era heredero de las religiones chamánicas de Asia central. La hipótesis de este “chamanismo arcaico” se sostiene sobre dos hechos. Uno de ellos es el tatuaje de figuras extrañas parecidas a escrituras que encontraron impresas en su piel tras su muerte. El ritual del tatuaje se asocia a menudo a la iniciación del chamán de estas religiones. El otro hecho ha llegado a nosotros transmitido en un envoltorio mítico muy estereotipado: se dice de él que durmió durante cincuenta y siete años en una cueva cretense, bendecida por Zeus, y que luego despertó dotado con la virtud de profetizar. Estos 57 años corresponden al ciclo vital completo del acmé. Este mito nos muestra además un ritual de iniciación muy difundido. La gruta simboliza el vientre materno que gesta en su interior una nueva criatura. Es un tópico desde Arnold van Gennep reseñar la semejanza silábica de tumba y útero en inglés (womb y tomb) como expresión emblemática del ciclo iniciático: del útero a la tumba, de la tumba como útero. Este “rito troglodita” emplea la analogía matriz/caverna como signo que expresa el paso de un estado de existencia a otro estado diferente mediante la muerte. Lo ctónico precede a lo celeste, la muerte engendra vida.

Sin embargo, este rito de paso no deja de ser la culminación de otros ceremoniales más primigenios que derivan a su vez del esquema ritual que origina todos los ritos: el ritual de sacrificio. De hecho, según Plutarco, Epiménides purificó Atenas de la contaminación traída por los Alcmeónidas gracias a su maestría en sacrificios. Ateneo también lo menciona, en relación con el sacrificio de erastés y eromenos, paralelos de Cratino y Aristodemo, que se cree que han dado su vida para purificar Atenas. Entre las obras poéticas perdidas que se le atribuyen encontramos obras en prosa de purificaciones y sacrificios. También sus cambios en las prácticas fúnebres, mortuorias, fueron de gran ayuda a Solón en su reforma del estado ateniense. Como nos revela la teoría mimética, todo grupo humano nace de un sacrificio. Este sacrificio original instituye la cultura simbólica, los idiogramas, las prohibiciones sagradas, los mitos y ritos, que  mantienen la salud y la vida del grupo. No es de extrañar, por tanto, que un taumaturgo, para serlo, deba ser a su vez legislador, sepulturero, sacerdote y matarife. No es de extrañar tampoco que Epiménides haya sido contado con Melampo y Onomácrito como uno de los fundadores del orfismo.

Como tal, el don profético de Epiménides no vaticinaba, ni predecía ni profetizaba sobre el futuro. El visionario era vidente no por descubrir el futuro sino por descubrir el pasado. Epiménides es el que re-vela, des-cubre, retira el velo (aletheia) de las apariencias y presencia la verdad oculta bajo el manto engañoso de lo inmediato. Más que de una profecía se trata de una “retrocognición parapsicológica” que supera el olvido de la verdad, la falsa conciencia y la alienación del “meconnú”. El chamán es la memoria de la tribu, pero no la memoria psicológica sino la ritual. Esta memoria no es el recuerdo de algo que pasó, de lo que ha pasado, del pasado mismo. No, la memoria ritual no es la recuperación de lo perdido por el paso del tiempo, el azar o la contingencia. La memoria ritual no hace referencia al pasado sino al presente. El memorial nos permite descubrir lo que siempre había estado entre nosotros pero nosotros habíamos olvidado que estaba ahí. Habíamos olvidado esa presencia en cuanto presencia. El chamán nos permite recuperarla aquí y ahora, salir del olvido y la ignorancia, de modo que esa presencia domine la comunidad por completo. Como profeta su palabra envía hacia (pro-fieri) la verdad que subyace a los fenómenos y las convicciones que dominan la mentalidad de los hombres y los grupos, y nos permite presenciarla, ser dominados por su presencia. Sus acciones, sus palabras y hazañas, incorporan una sabiduría que revela el misterio de este mundo oculto desde los orígenes, y que sumen a los hombres en el desconocimiento y la ignorancia. Epiménides  se manifiesta como figura “santa” porque su mediación nos permite presenciar los cimientos del orbe, su verdadero fundamento. Domina el arte del milagro y, como todo milagrero, el santo se asoma a lo religioso violento y demuestra su dominio milagroso sobre la violencia sagrada. Como teúrgo domina las artes mágicas necesarias para controlar la divinidad arcaica, una divinidad que se manifiesta en el rito sacrificial.

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