La muerte de Gadafi

Escrito por Ángel Barahona Plaza el 21 de octubre de 2011
De nuevo asistimos perplejos a lo que, ya por costumbre, se nos pasa desapercibido. Gadafi sigue la ruta antigua de los hombres perversos (Editorial Anagrama, Barcelona). Nunca este título, de uno de los preciosos títulos de los libros de René Girard, se hizo tan pertinente. Gadafi, como el Musolini descuartizado por las calles de Roma, o el Chauschescu por las de Bucarest, encarna la enésima versión del linchamiento público. La suerte que corren los Julios Césares que en el mundo han sido: Kenedy, Gandhi, Luther King, Isaac Rabin, Ben Laden, Sadam Hussein, o los intentos fallidos en Hitler,  Mubarak, está profetizada en la Escritura judeo cristiana. Job, ese perverso jefe de su pueblo que es linchado pos sus amigos  , que representan a su pueblo, en un corifeo tedioso de buenas intenciones, que ayer lo adoraba y hoy  lo mata con desprecio, es la imagen rediviva de de Gadafi. Hoy su pueblo pisotea sus estatuas, lo golpea sin piedad, pateando al león muerto como último acto de un ritual sangriento que antes –nuestros ancestros- llamaban sacrifico expiatorio y que ahora llamamos actos de justicia. Son cansinamente repetitivas las imágenes: las vimos en Rumanía, las vimos en Irak, las seguiremos viendo por doquier. ¡Qué pronto olvidamos lo que nos interesa! La mezcla de nombres tan variopintos y sin distinción de cualidades morales es adrede. Lo que estoy juzgando no es su papel en la historia o su relevancia moral sino su función social.
Los fenómenos del  Norte de África nos enseñan dos cosas:
1.-Que las masas deben ser repensadas a la luz de la teoría mimética. Los fenómenos en cadena –copia de la copia-que empezaron en Egipto, siguieron en Túnez, lo intentaron en Marruecos, casi lo logran en Siria, y lo culminaron en Libia son fenómenos de efecto dominó, cadena mimética, o como se les quieran llamar, pero bastante predecibles desde la obra girardiana, que no es más que un apéndice del relato de la Pasión en el Evangelio pero elevado a ciencia social. Las masas –siguiendo la sugerencia de un gesto original mil veces imitado se mueven como un banco de peces –simulando ser un monstruo marino-, para espantar al depredador.  Pero la rivalidad entre iguales, simétricos, gemelos, hermanos, etc. Requiere un crimen reparador. El “todos contra todos”,  vale mientras no se encuentre la víctima propiciatoria ideal y se transforme el todo contra todos en “todos contra UNO”.
2.- Que las masas buscan sangre, como Bruto buscaba la sangre de César para reparar el malestar de Roma. La necesidad de chivos expiatorios que paguen el malestar, la frustración, el dolor acumulado, las tensiones desquiciantes que se viven cotidianamente es catártico, reparador. Sólo momentáneamente, pero suficiente para evacuar el voltaje excesivo acumulado que amenaza con fundir todas nuestras débiles lámparas. Al año que viene, como las fiestas dionisiacas o el carnaval, necesitaremos nuevas víctimas –no hay problema, no faltan- para realizar el ritual de la descarga: él tenía la culpa de todos nuestros males.
Es verdad que hay otros factores coadyuvantes y determinantes: la rapiña de los ricos que ven la posibilidades de hincar los dientes en el negocio del gas y del petróleo –todo disfrazado, eso sí, de ética global- o razones geoestratégicas, o simplemente que ese tipo vanidoso e intratable, nos aburría con sus arbitrariedades, y el mercado no puede andarse con vaivenes. Pero lo que se nos pasa el lo cíclico, lo repetitivo y monótono del funcionamiento del sistema expiatorio.
¿Por qué?
Aventuro una hipótesis: por encima de las causas morales, económicas aducibles, el sistemático cambiar de ídolo, de rey o de presidente,  es un fenómeno planetario. Las democracias han encontrado la fórmula: ostracar, “asesinar”, expulsar, lapidar, linchar al presidente en las urnas (léase al respecto los libros de Jean Pierre Dupuy, sobre el origen del sufragio universal como un sustituto sacrificial). Los regímenes no democráticos utilizan sistemas más primitivos pero igualmente eficaces. Los presidentes, dictadores y demás reyezuelos tienen que lograr catalizar muy bien la imagen colectiva de pueblo, para que su decapitación canalice la ira que su pueblo debería volver contra sí mismo.  Ese reyezuelo de turno tiene que ser alguien que le represente y pueda desempeñar de manera eficaz esa función sustitutoria: alguien que haya sido aclamado, haya centrado sobre él la adoración, la imagen colectiva, para que pueda cada uno de la masa ejecutar el transfert, la catarsis sobre su sangre. La tragedia griega tenía está función teatral, simiesca, de canalizar las frustraciones, como en las sociedades modernas el deporte en equipo que canaliza las iras y las frustraciones nacionales en un memento simulado de la guerra de todos contra todos, que casi siempre descarga sobre el entrenador o el árbitro la ira del populacho.
No habrá represalias, todos están frotándose las manos. Porque la voz del pueblo es la voz de Dios –del dios primitivo que está sediento de sangre, que somos nosotros mismos. Pero reinará  la calma durante un tiempo, necesitaremos nuevos líderes, nuevos dictadores, nuevos presidentes. Para que los linchemos dentro de unas primaveras. Sólo será cuestión tiempo, el que dure las nuevas tensiones hasta que se hagan  insoportables. No hay ética ni democracia que controle a la masa cuando se pone en marcha para matar. Las multitudes, la muchedumbre que plaga los relatos evangélicos, no piensa, imita. No para hasta que no huele la sangre.
Deberíamos ponernos en guardia y poner en marcha la máquina de deshacer multitudes. Los fenómenos de mob, crawd, flash mob, indignados, masas citadas por internet en esta aldea global, se repetirán como la aldeas particulares primitivas, pero de manera incontenible y tal vez catastrófica.
Gadafi no es más o menos malo que cualquiera de los que le han hecho la guerra o de los que vengan a sustituirle, no es la encarnación del mal más o menos culpable: es una víctima de su pueblo, como Job. Hoy le adoran mañana necesitan su sangre. Creo que eso es parte de la sabiduría inédita que nos muestra a toda luz el Evangelio.
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