#Spanishrevolution I o el rostro de la violencia.

Por David García-Ramos Gallego, 18 de mayo de 2012.

Inicio aquí una serie de reflexiones en voz alta sobre las protestas protagonistas de nuestra prensa y de la prensa internacional durante el último año. A raíz del aniversario de las agitaciones del 15M es posible empezar a hacer recuento. Las reflexiones no tratan de declararse a favor o en contra, sino de buscar la verdad oculta tras estos fenómenos. 

La revista TIME publicó en su último número del pasado 2011, como ya es tradición, la que considera persona del año. Hay en esta tradición algo de ritual que no deja de tener su carga religiosa: elegir una cara que venerar, como icono del año que va a morir. El rostro de esa persona del año es noticia durante unos días y luego desaparece. En enero ya estamos pensando en cuál será la figura que adornará la portada del último número del TIME el próximo diciembre. 

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La elección de este año no deja ser curiosa. The Protester, que los medios españoles tradujeron como El manifestante (España, en ocasiones, es una nación de manifiestos, de papel mojado y charla de cafetería…). El que protesta suena mal, El protestante es otra cosa, así que nos quedamos con El manifestante porque tal vez lo de Revolucionario se le queda grande. Revolución en España no ha habido y parece que ahora descubrimos que las aparentes revoluciones en los países de la Primavera Árabe se han ido convirtiendo poco a poco en encubiertos golpes de estado. 

El rostro sin rostro, el rostro de todos y el de nadie, ese rostro desdibujado es el que adorna la portada del semanario norteamericano. Un rostro indiferenciado. Un rostro que es símbolo puro o puro símbolo. Un rostro, en el mejor de los casos, anónimo. Recuerdo que cuando los atentados del 11M en Madrid circulaba una frase, una consigna: «Todos íbamos en ese tren»… Veo que ahora hasta hay una página en Facebook que recoge la expresión. Y añade el número fijo de 191 víctimas, con sus nombres y apellidos. Todos. Nadie. Recuerdo a Ulises ante el Cíclope, diciéndolo que no era nadie (¡que era “nadie”!).

El protester es la víctima por excelencia: víctima de las dictaduras, de la democracia decadente, de la corrupción de los bancos y políticos, la víctima universal de los poderosos. Dentro de lo que Girard denomina el problema moderno de las víctimas, se le ha dado la vuelta a la tortilla, pero para volver a dejar todo cómo estaba. Ya lo decíamos cuando hablábamos de Gadafi, o de los inmolados: al final volvemos a sacrificar al rey, al poderoso, al único diferente de la masa indiferenciada (hasta ahora indiferente). En España ya está pasando: Urdangarín, Camps, Garzón o Pepe Blanco, y el último el rey.

Se objetará, con razón, que sólo se han logrado cambios en la llamada primavera árabe. Creo que esas victorias son relativas: los Hermanos Musulmanes ya quieren instaurar la sharia en todo Egipto, y se presentan a las elecciones del próximo 23M; se trata de una organización islámica que estaba ya en el caldo de cultivo que dio origen a Al-Qaeda, tal y como nos cuenta Lawrence Wright en su excelente La torre elevada. No fueron pocas las voces que advirtieron de una posible islamización del movimiento. Desde occidente, utopistas irredentos, pensamos que no sería así, que esta vez era diferente. Siempre pensamos que esta vez es la última, que esta vez era diferente. Pero la violencia asociada a las protestas, tanto en el mundo islámico como en occidente, las acusaciones cruzadas entre unos y otros grupos, la ambigüedad de las propuestas y soluciones, la disparidad en la composición de los grupos, lejos de la anarchía eucarística que proponen autores como Cavanaugh –en ese tour de force que es lo universal local– conduce inevitablemente al caos indiferenciado de la violencia del todos contra todos. Al final habrá víctimas inmoladas o la aniquilación total.

En España, en USA y en otros países donde la llamada primavera árabe ha tenido algún eco, las cosas han sido algo distintas. “Nadie” convocó, “nadie” aglutinó a la masa y “nadie” fue sacrificado. “Nadie”, en boca de Ulises, era una mentira, un engaño para que el ciego Cíclope viera aún menos. En Occidente además hemos rizado el rizo: hemos sacrificado el vacío. No ha muerto nadie, no se ha derramado sangre, o muy poca –¡que se lo digan a los que la han derramado de todas formas!–, pero todos nos sentimos víctimas con la víctima cuando vemos la policía “repartiendo leña” en la tele. Nos indignamos. No por la violencia en sí, sino porque percibimos que esas víctimas, los protesters, no son nadie, y su sacrificio no vale para nada. Tiene que haber unanimidad de la masa contra uno, y ese uno ha de estar ya marcado: rey, gobernante, gurú, líder, tarado de una forma u otra.

No hay unanimidad, y todo lo que está sucediendo es violencia que no se transfiere. La masa vuelve a casa, descontenta. Enchufa la tele, buscando víctimas de repuesto. Mira a su alrededor, busca víctimas de repuesto. Scott-Heron recitaba aquello de Revolution will not be televised. Así es, así ha sido, aunque parezca todo lo contrario. Se ha televisado todo y no se ha televisado nada.

Lo que no nos imaginábamos es que el sacrificio iba a ser también televisado. Tiempo al tiempo. Linchamientos simbólicos darán paso a linchamientos reales. Ya hemos casi presenciado la muerte de Osama Bin Laden. Los reality shows serán cada vez más violentos, como han imaginado distópicamente ya novelistas como Stephen King en su La larga marcha o EL fugitivo, o recientemente Suzanne Collins en la saga de Los juegos del hambre (hay que dedicarle a esta trilogía un post cuanto antes). 

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Todos miran a la víctima. La revolución no triunfará sin víctimas. Gracias a Dios no las ha habido. Rezo cada día por que no las haya. Pero creo que muchos la están deseando ya. Y ya se sabe que los deseos son contagiosos. 

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