Las cosas ocultas, nº2

Comenzaremos este post, segundo de la serie, pidiendo disculpas. Teníamos la intención de tener una mayor frecuencia. Era una buena intención. Como suele decirse “de buenas intenciones está el mundo lleno”. A René Girard siempre le ha gustado indagar y escuchar las sentencias populares. Hay en ellas, en todo el poderoso remanso de tradiciones orales, una sabiduría hermana de la de los mitos. Barthes en sus Mitologías –un libro que por su estructura, por cierto, parece un blog– define mito, en primer lugar, como habla. Lo que uno dice a otro. No vamos a comentar a Barhes, quede tranquilo el lector. Pero queda ya trazada la conexión entre refranero y mito que cualquier lector atento de Girard considerará provechosa.

Sí nos gustaría, mucho más, hablar de esas “buenas intenciones” que parecen llenar el mundo. En realidad el refrán habla de las buenas intenciones que llenan el infierno frente a las buenas obras que encontramos en el cielo. A aquellos a los que les pareció correcta la primera versión (la que se refiere al mundo y no al infierno), nuestro más sincero pésame: ya han perdido ustedes el hilo de esa tradición oral, y con ella toda su sabiduría. Oyen campanas pero no saben de dónde vienen –no se ofendan, nos contamos entre ustedes–. Aquellos que enseguida han recuperado y reescrito sobre nuestra versión la correcta que habla del infierno y del cielo, ya saben que la tradición está perdida porque muchos toman sus intervenciones tradicionales como rasgo de excentricidad y exotismo. Son ustedes lo otro de estos pobres ignorantes que diría Lévinas. Ya están pasados de moda. Además, hablando del cielo y del infierno, cómo se les ocurre. Trentinos, que son ustedes unos trentinos.

Sin embargo, en el desplazamiento semántico y simbólico que se produce en el paso de una a otra versión –en el paso de infierno a mundo– se potencia una figura que en el original estaba sólo apuntada: la ironía. Quien afirma que “de buenas intenciones está el mundo lleno” ha de afirmarlo con sorna, con ironía, pillando a contrapié a su oponente, perdón, a su interlocutor. Y no solo porque haya de mirar con cinismo este mundo –tanto como para ponerlo en lugar del infierno– sino porque al decirlo está revelando una verdad con más fuerza que si lo dijera a las claras. No otra cosa hace Cervantes que exponer la verdad monda y desnuda al lector, si hemos de creer la lectura del profesor Cesáreo Bandera. Y no en vano es considerado maestro de ironía –maestría que, irónicamente, le ha valido un número elevado de inteligentes “malintérpretes”  de su obra–.

¿Qué nos revela esta frase, este refrán mutilado, este resto de sabiduría oral? Que las buenas intenciones no son más que apariencia. Que esa apariencia es copiada con desidia y sin verdadero interés –pero con cierta apasionada… apariencia de pasión–. Que esa apariencia, esa intención no realizada, es siempre pavoneo entre rivales. Mostramos nuestras buenas intenciones como el pavo muestra su cola multicolor: con la misma finalidad de seducir. Seducir no a nuestro objeto de deseo, sino a nuestro rival. Por eso el mundo está lleno de buenas intenciones: se propagan con una inercia propia del vacío –ya saben ustedes que el éter en el vacío interestelar, no hay resistencia que frene una aceleración constante [esto da para otro post más científico]–, no cuestan nada –un buen amigo decía que hablar era gratis–, pero no tienen ningún peso óntico –o precisamente por eso–.

Mientras que las obras sí que pesan. Son amores. El peso específico del hombre es el peso del amor. Las obras nos exponen a la violencia. Concretan en Vida lo que las intenciones y razones dejan volar, evanescentes, sobre nuestras existencias. Propician la posibilidad del sacrificio. Nos exponen –insistimos–. Si obro concedo al otro la posibilidad de responderme. Si obro, empiezo, comienzo, creo. Obrar y crear son la misma cosa. El hombre al actuar toma condición divina o, más bien, humana, plenamente humana. Y si no que se lo pregunten a los inklings o a Hannah Arendt: el hombre al obrar, definitivamente nace. 

Nos repite últimamente un querido colego eso de “hay que hacer cosas, lo importante es que hagamos cosas”. Es evidente para él y para nosotros que no nos referimos a este afán acreditativo y sexienal –perdón– que corrompe lo que de puro quedaba en la universidad –que, cierto es, no era mucho–. Hacer como perficio, llevar a cabo algo. Sacarlo a la luz decía Miguel Ángel de sus bloques de mármol, fenomenólogo avant la lettre. 

Esta y no otra es la labor de desgaste, de pulido y de desmontaje que ha llevado a cabo René Girard con su obra. Una obra que más que una buena intención tiene la virtud de haber contribuido a la intuición de esas cosas ocultas bajo toda la amalgama de todas nuestras buenas intenciones ocupadas en tapar la verdad. Sabiendo, eso sí, como el Aquinate, que al final de nuestra vita activa nos espera una vita contemplativa: contemplar la verdad, la Vida que nos hemos pasado re-buscando largamente todo ese tiempo. 

* [¿No era esta una serie de noticias sobre la Teoría Mimética? Sí, y pido de nuevo disculpas, anudando así principio y final de este post ya demasiado largo. Atentos al siguiente post, ese sí, lleno de noticias, que haberlas las ha habido] 

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