Asalto al Congreso

Por Ángel J. Barahona, 25 de abril de 2013.

[Remitido la mañana del 25 de abril de 2013. Lo publicamos tal cual fue remitido –pueden creerlo o no– porque realmente demuestra el poder explicativo y predictivo, en cierta medida, de la Teoría Mimética de René Girard]

El asalto al Congreso anunciado en internet por los indignados, cacareado por los medios, así como el hostigamiento, acoso de los miembros del partido popular, están enmarcados dentro de un contexto al que las ciencias humanas dan respuesta.

Yo no soy de, ni tomo partido por… el que lo quiera leer así es porque quiere seguir sumido en la carrera autojustificatoria de su violencia o para dar sentido o legitimación a su ceguera. Sólo leo los acontecimientos a la luz de una hipótesis muy fructífera, que si la convirtiésemos en método científico nos ayudaría mucho para encontrar una salida a la crisis y a los callejones sin salida de la humanidad: el terrorismo, la guerra, los conflictos sociales de todo tipo.

El cariz violento que van a tomar los hechos podría haberse previsto si comprendiésemos cómo funciona el ser humano cuando se congrega en masa. Estoy hablando en futuro porque todavía no ha llegado el linchamiento público, pero llegará y nos lamentaremos… porque eso ha sido siempre la historia de la humanidad. Canetti decía en Masa y poder: “cuando la masa sale, lo hace para matar”. El hombre como los animales que viven en rebaño-manada acosa a sus enemigos hasta matar para sobrevivir.  Fenómenos como Flash Mob, crowd, flog, Harlem Shake, escrachers, son expresiones anglófonas que empiezan a abundar para delatar que somos una sociedad de masas, que no sabe vivir sin la imitación y sin el arropamiento de los demás para sentir una fortaleza de la que carecemos como individuos solitarios. Cuando es arte creativo no pasa nada, cuando es política solo tiene una finalidad. Pero no son tan novedosos: la Biblia es la primera que habla técnicamente de turbas, multitudes, muchedumbres con un carácter mimético acosador, hostigador, que salen para linchar, perseguir, asesinar… a inocente a los que siempre reviste de culpabilidad. Obviamente para justificar un crimen como algo moralmente legítimo. Pero si el crimen es de masa, el anonimato me protege de la culpa personal. ¿Quién tiró la primera piedra? ¡Vaya usted a saber!

Dos pasajes del Nuevo Testamento evidencian esta tesis: el endemoniado de Gerasa y la parábola de los viñadores homicidas[1]. Ambos ponen en evidencia cómo las sociedades humanas basan su orden social precario sobre chivos expiatorios a los que lapidan o sacrifican. Su castigo o asesinato descarga la energía contenida dentro de la sociedad, que de volverse unos contra otros amenazaría con destruirlos. Realizando esta transferencia sobre la víctima expiatoria, la comunidad se ve liberada de su propia violencia. Se le llame chivo expiatorio (René Girard), pharmakon (Jacques Derrida), cabeza de turco (Kenneth Burke), estamos hablando de un pararrayos social reiterativo y de probada eficacia en las sociedades arcaicas. No importa la época, no importa la cultura en la que se dé, no importa el grupo que la defienda, se repite una y otra vez mientras se niegue a que la luz de la Pasión de Cristo entre en la habitación de la ciencia. Hasta la misma historia de occidente, barnizada por una pátina de cristianismo, ha caído en la trampa de pensar que hay algún sacrificio digno de ser ejecutado, hay alguna violencia que es legítima.

Es un saber paradójico: porque libera y constriñe a la vez. Al sacar a la luz la verdad ―la criminal fundación de nuestras sociedades― y poner en evidencia su fragilidad, nos deja desprovistos de recursos sacrificiales: ya sabemos que las víctimas que inmolamos son inocentes. Más muertes de judíos, de negros, de burgueses, de cristianos, y de curas y monjas, por toda la faz de la tierra, en cada revolución, no nos van a traer más orden, sino más cadáveres. En la primera Epístola a los Corintios, San Pablo dice que «de haberlo sabido [los príncipes de este mundo] no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria»[2]. Los «príncipes de este mundo», todo eso que Pablo llama también «Potestades y Principados», son las organizaciones estatales que reposan sobre el asesinato fundacional y que es eficaz mientras permanezca velado, mejor que la destrucción total con la que nos amenaza la revelación judeocristiana. La roca Tarpeya por la que despeñaban sus víctimas los romanos servía de evacuador de la violencia intestina igual que los espectáculos de gladiadores o de mártires. La verdad que trae la revelación es paradójica porque, al dejarnos desasistidos ―porque nos impide creer en la culpabilidad de nuestras víctimas―, nos enfrenta peligrosamente cara a cara con nuestra propia violencia. Lo que no quiere decir que la revelación sea mala. Es absolutamente buena, no obstante, somos nosotros los que no somos capaces de sacar las consecuencias y convertirnos; preferimos cerrar los ojos, creer en la culpabilidad de nuestras víctimas, y seguir sacrificándolas en el altar de nuestros proyectos utópicos[3]. Esta es la historia de los totalitarismos del siglo XX en aras de los proyectos de la razón ilustrada.

Un chivo expiatorio sigue siendo eficaz mientras creamos en su culpabilidad. Tener un chivo expiatorio es no saber que se tiene. Comprender que sí se tiene uno, es perder su eficacia social y quedar a merced de los conflictos miméticos sin posibilidad de resolución. Tal es la ley implacable de la escalada a los extremos. Es el sistema protector de chivos expiatorios lo que los relatos de la Crucifixión terminaron de destruir al revelar la inocencia de Jesús, y, poco a poco, de todas las víctimas análogas hacia delante y retrospectivamente. Qué duda cabe que lo que demuestra José a sus hermanos y a la historia moral de la humanidad es que su inocencia no le autoriza para la venganza, que es más fuerte con el perdón. El proceso educativo de la humanidad que buscaba Cristo, haciéndose en su carne el intérprete de todo el Antiguo Testamento[4], está, por tanto, a punto de completarse, pero muy lentamente, de modo casi siempre inconsciente. Para hacer que la revelación, que empieza en el Génesis, fuera completamente buena, y en absoluto amenazadora, bastaría con que los hombres adoptaran el comportamiento comenzado en José y recomendado por Cristo: el rechazo completo de las represalias, la renuncia a la escalada a los extremos. Porque si ésta se prolonga un poco más de tiempo, nos conducirá directos a la extinción de toda vida sobre el planeta.

Son los nuevos profetas, curiosamente judíos, Hans Jonas y Günter Anders, Hanna Arendt, Levinas, pasados por pensadores occidentales influidos por el judeocristianismo como J-P. Dupuy, R. Schwager, René Girard, los que hablan de salvar la raza humana de su propia ciclotimia ―hoy anticristiana por la ceguera respecto de la revelación― y el planeta para las generaciones futuras. Su invitación permanente al principio de responsabilidad nos advierte del peligro que corremos si no actuamos pensando en las generaciones futuras y no dejamos de arrojarnos las culpas unos a otros.

Hoy, no cabe duda, le toca ser chivos expiatorios a los políticos y a los banqueros, también a los creyentes. Sí, es verdad que en otras épocas les tocó a otros. Pero vayamos más lejos de nuestra perspectiva herida de orgullo: pongamos nombres y apellidos porque los que van a morir los tienen. Veámoslos como chivos expiatorios y no como los malvados que creemos que son. Lo mismo que estamos dispuestos a creer en que las brujas eran inocentes, demos la presunción de inocencia a los que creemos culpables cegados desde nuestra parcial perspectiva y evitemos lo que va a suceder. A ver si así nos vamos marchando de uno a uno de la masa de acoso y no tira nadie el primero, la primera piedra. Hay en este pasaje del evangelio de san Juan algo más que un buen hombre con ansia de inaugurar una religión. Hay un científico observando a la masa más grande que Tarde, Le Bon, Ortega, Freud, Canetti o Dupuy.


[1] Comentados con anterioridad a propósito del análisis de El chivo expiatorio.

[2] La traducción es de la Biblia de Jerusalén, en su edición de 1985, pero, ante conflicto, presentamos también la traducción que usa Girard. En 1Co 2, 7-8, se dice exactamente: « […] hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo – pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria –».

[3]«La esperanza cristiana no implica concepto alguno de una plenitud interior de la historia […] porque la idea de una consumación definitiva en la historia no cuenta con la apertura permanente de la libertad del hombre, siempre dispuesta a fallar… La fe en el retorno de Cristo es, pues, primeramente el rechazo de la posibilidad de que el mundo llegue a una plenitud intrahistórica, representando en cuanto rechazo precisamente la defensa del hombre frente a la deshumanización causada por él mismo». p. 229, J., Ratzinger, Escatología, Herder, Barcelona 2007

[4] Juan 15, 25 y todos los paralelos que testifican que Jesús anunciaba su misión concordante con lo que las Escrituras judías decían de él, no dejan lugar a dudas de esta presciencia que veremos en el siguiente epígrafe.

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