¿Por qué existen las guerras? (II)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. Al final de la primera entrega se afirmaba, frente a la aparente ineluctabilidad de la violencia, la posibilidad de la esperanza en nuestra relación con el otro. A continuación se expondrán las razones que, desde la teoría girardiana . 

Cuatro cosas nos aclara la teoría de Girard que saca del pozo del evangelio su método:

1. Las relaciones entre los hombres son miméticas: hay una clara mímesis envidiosa entre occidente, modelo-obstáculo, con el Islam. Pero modelo-imitador viven en un vaivén permanente donde no se sabe quién imita a quién y en qué, donde no se sabe quién empezó primero. Hay una mímesis contagiosa: si estos hacen esto… puede que sea una solución luminosa a mi crisis interna; si estos se entretienen haré lo mismo y le pondré un poco de causa a la vida sin causa. Si suena la flauta de la agitación de las masas mimetizadas y surge alguna novedad…: celebraremos la novedad aunque rocemos peligrosamente  los hedores de este cinismo nihilista (este es el sentido postmoderno de la vida), al fin y al cabo la vida es riesgo. “Nos tiramos a la calle”: hay quien hace flash mob, hay quien convoca smarts mobs, hay quien ama las muchedumbres, la masa sonámbula (Gustave Le Bon, Tarde, Dupuy, Freud, Canettti, Ortega…) sale a la calle y cuando se pone en marcha busca sangre; ¿qué más da que sea imitando a Elvis que al Che? Sólo hace falta un gesto, una primera piedra y un primer imitador (Jn 8).

2. No se piensa, ni se necesita pensar, quién o qué empezó la refriega, la escalada adquiere caracteres exponenciales (Clausewitz: montée aux extremes). El toma y daca es interminable, el ojo por ojo solo es la continuación de una reciprocidad indefinida labrada en odios históricos de origen olvidado. Tribus enfrentadas en Libia, grupos sociales bien definidos en Egipto, gemelos de bandos simétricos por todos los lados, suníes y chiíes, izquierdas y derechas, pobres y ricos, pero no son las objetivaciones de esas diferencias lo importante, sino la indiferenciación, la simetría. “Oiréis hablar de guerras y rumores de guerras; pero no os turbéis porque es preciso que esto suceda, más no es aún el fin”(Mt.24, 6). “No os turbéis”, es “no os agitéis, no perdáis la esperanza, no les imitéis, no salgáis a la calle”.

3. Es necesario que la catarsis –que necesita una sociedad dividida internamente– tenga una resolución sacrificial sanguinolienta…  donde siempre los que pagan son inocentes. Y aunque sean culpables eso es irrelevante. Ser gaseados, los niños o los jóvenes, da lo mismo, al menos, no les importa a los que decidieron jalearlos para despertar el victimismo y utilizar la conciencia de culpabilidad tan acendrada entre los occidentales, y tan laxa en los orientales para con su propia imputación en la violencia. Poner a los niños y a las mujeres como fuerza pacífica de choque es una violencia no menor que un hombre adulto con un K47. Reclama en los espectadores occidentales una sensibilidad moral, planificada desde una estrategia hipócrita, que se aprovecha la debilidad del sistema –derivada de la influencia del judeocristianismo–, a pesar de la implantación de una cultura ilustrada que rechaza esta deuda. Los chivos expiatorios son el mecanismo antiguo que servía para calmar la sed de sangre de la multitud. La pasión de Cristo es el modelo que retrata a las turbas dirigidas “que no saben los que hacen, que le aborrecen sin causa”, es el esquema científico que predice el sacrificio expiatorio, que lo hace inteligibles, que lo profetiza, la luz de todos los demás que la historia ha conocido y conocerá.

4. Habrá chivos expiatorios, pero ya no calman el ardor guerrero rival: Saddam Hussein, Ben Laden, Gadafi, siguen la estela de los “malvados” hombres perversos de la historia: Julio César, Luis XVI, Ceaucescu, Gandhi, Mussolini… (la lista es infinita) las masas han salido y saldrán a descuartizarlos como a Dionisos o Purusha. La rivalidad seguirá con nombres nuevos. El mecanismo de chivo expiación ya no sirve, lo destrozó Cristo con su inocencia, poniendo en evidencia al cruel propensión de los hombres a derramar sangre de los ídolos encumbrados hoy, ensangrentados mañana.

Continuará

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