Do we need a hero or do we need a dead?

Por Ángel J. Barahona Plaza, 29 de marzo de 2014

He leído y oído de todo estos días.

Primero, acerca de la manifestación del sábado 22M… por la dignidad: batalla campal, trivialización de la violencia, necesidad de castigar a los organizadores, violencia programada, violencia gratuita,  violencia para la exhibición y twiteo  (el foro postmoderno del alardeo, de la altivez). Me gusta lo de “22M” porque evoca las verdaderas intenciones del corazón humano que a duras apenas se puede ocultar a sí mismo lo que anhela.

Segundo, las dos batallas en la Universidad Complutense en el intervalo de unos pocos días.

Tercero, la manifestación una semana antes de estos hechos de las feministas en la Gran Vía, tirando petardos en el atrio de una iglesia de Gran Vía y coreando contra los curas acusándolos de talibanes, porque ellas, las que poseen la verdad, no aceptan que nadie piense distinto de ellas.

Por último la aclamación popular a Suárez: “que aprendan de ti, viva Suárez, era un modelo, un político ejemplar, trajo la reconciliación al pueblo español dividido por un odio instintivo, premio noble de la paz…”.

Después de oír y leer todo esto resonaba en mí, no sé por qué, tal vez por haberla oído en la radio en tiempos de cólera, la canción de Bonnie Tyler, We need a hero y su posterior Total eclipse of the heart, y mi pregunta se hacía acuciante.

Primer episodio: dos clanes tribales rivalizan por un territorio simbólico. Policías e indignados los representan. La gente necesita  sangre, porque las crisis solo se solucionan con sangre. No hace falta repasar nuestra cultura judía y griega para saber que todos somos Caín y todos somos Abel (Blas de Otero dixit, refiriéndose a la guerra civil española), que todos somos Edipo y todos somos Layo. La crisis asola Tebas, la peste pega indiscriminadamente a todos. Unos creen que a ellos les afecta más porque miembros de su clan gimen y se lamentan.  Su dolor exalta la justicia de sus reivindicaciones, es indudable, y por eso sienten que su violencia está  legitimada contra el que consideran culpable. El delito puede ser causado por el destino, o por los dioses celosos y pendencieros, por el sistema de creencias…  Así lo recuerda Tiresias, pero él mismo ya hace la lectura acusatoria contra el malvado y culpable, el  ignorante Edipo. Lo que sí está claro es que Tebas necesita que alguien pague, expíe por todos.  Los que fueron detenidos en su “acción salvaje” alardeaban en twits que habían tenido un “subidón” maltratando a policías a los que los mandos les habían pedido “no resistirse al mal” y que yacían abatidos en el suelo. Necesitaban un cadáver. La izquierda necesitaba un cadáver, a ser posible de su propio pueblo para poder levantarse y derrocar un gobierno represor y corrupto (cualquier otro que no sea el suyo siempre será ilegítimo, cuando uno posee la verdad…) por el uso de su fuerza policial… “Estado policial, derrocamientos, poder para la calle, vamos a tomar el poder”, eran algunos de los lemas que se coreaban desde la manifestación-corifeo. Necesitaban un héroe, un muerto para luego encumbrarlo en el altar de la historia… ¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué siempre volvemos a los mismos lodos? Es la eterna historia de la humanidad: el linchamiento colectivo, espontáneo, la unanimidad colectiva frente al débil o al que está en minoría, o en decadencia, o quien no se defiende… Ahora las brujas son los curas, los policías, todos  lo que representan el orden-desorden para el pensamiento único, puro, incorrupto e incorruptible de la masa: la masa siegue siendo la misma. Cambian los nombres de las víctimas y los de los verdugos; la jauría sigue siendo la misma. No estoy tomando partido, que nadie se equivoque… estoy describiendo la historia de la humanidad, aunque me apoye en los acontecimientos presentes. Estoy desarticulando el mito o mejor “deconstruyéndolo” (Derrida).

Segundo episodio: La batalla en la universidad, como coletazo de la batalla en las calles, tiene dos caras. La primera: los acosadores-masas que se sienten fuertes frente a los débiles a los que acusan de fascistas por expresar con libertad su visión de la vida humana como un valor a defender desde la concepción.  Las víctimas, como en la manifestación a favor de la vida, al día siguiente de la guerra callejera del corifeo por la dignidad, callaban, y fueron “expulsadas” del templo sacrosanto del pensamiento libre: la universidad.  Y la segunda, también los acosadores que toman el vicerrectorado como plaza pública para la imposición de su forma de ver el mundo como la única verdadera y que “obligan” a su rector-sacerdote de la nueva religión arcaico-civil a tener que llamar a los “represores de ayer” –a su servicio hoy– en esta ocasión para que les expulse… porque ya “huele mal el recinto”.

Tercer episodio: acusar a la iglesia de refugio de talibanes, corear lemas irreproducibles aquí por su soez grosería, tirar petardos y hacer pintadas en las iglesias… –obviamente porque no van a obtener la respuesta violenta–. Aunque puede que fuera lo que buscasen: provocar para justificar su persecución. Es una estrategia más de chivo expiación: considerar a la Iglesia culpable de cualquier cosa, qué más da, es muy interesante. Los estereotipos funcionan. Es como el destino: al final la acusación queda fijada y compartida por todos aunque sea falsa e insostenible. Edipo, pase lo pase, sea inocente o no, nos da lo mismo –el oráculo vaticinó que sería incestuoso y parricida, luego culpable, aunque no fuera consciente y estuviera lejos de su intención–. Ya lo decía Goebbels: repites una mentira mil veces y todo el mundo creerá que es verdad. La Iglesia no puede esperar otra cosa que ser el chivo expiatorio de los pueblos, si es coherente con su misión y hace bien lo que tiene que hacer, no puede acabar de otra manera. Acusada de decir lo que nadie quiere oír: el espíritu criminal que nos invade y contamina nuestras vidas, que no quiere compartir el mundo con los que todavía no han nacido. La Iglesia será llevada a los tribunales por ir contra la corriente de la historia que arrastra todo a su paso: creer en la legitimidad de “nuestra” violencia –“los que pensamos como hay que pensar”–  contra la intolerable violencia de los otros que no piensan como “nosotros”.  Recuerdo una pintada en el obispado de Salamanca en frente de la catedral que año tras año sigue estando ahí  como deleitando al ayuntamiento, parece ser: la iglesia que más ilumina es la que arde.

La historia se repetirá. Que Juan Pablo II pidiese perdón, sin tener por qué, por los daños que sufrieron algunas personas, imputables a miembros de ella antepasados nuestros, no cuenta para nada. Pero el hecho de pedir perdón –nadie que yo sepa lo ha hecho nunca de nada imputable a antepasados– ha puesto en evidencia una culpa… lo que los verdugos quieren: Edipo al final se acusa a sí mismo de ser un monstruo, se saca los ojos, y pide él mismo ser expulsado.  El mito crece, se reproduce, huele a sangre. Las femes se pasearon por delante de la manifestación a favor de la vida tranquilas, sabiendo que su chulería iba a ser lo único que la prensa recogería al día siguiente. Tal vez anhelaban el martirio, pero sabían que eso no pasaría… Si hubiera sido al revés, por ejemplo, algunos defendiendo lo indefendible (su libertad de expresión en temas de vida, o de culto) en medio de la manifestación del 22M… otro gallo hubiera cantado.

Por último: paseaba a las dos de la madrugada el lunes por la gran vía y me quedé sorprendido… colas de personas daban la vuelta en Cibeles bajando por Alcalá y volvían a subir para poder llegar las Cortes a decir el último adiós a Adolfo Suárez.  Me vino a la memoria que otros dos clanes rivales enfrentados desde siempre, desde antes de la guerra civil, se habían desangrado con la esperanza de traer el orden social (su orden, su paz: todos creen que a Belcebú se expulsa por Belcebú… dicho copiado por Marx a Cristo, dicho que él creía de buena fe… pobre ingenuo: ¿la violencia puede engendrar la paz?, ¿puede Satán expulsar a Satán, príncipe de la violencia, padre de la división y de la mentira?; lean a Girard, por favor: Veo a Satán caer como el relámpago, de la editorial Anagrama) y coreaban ahora su reconocimiento al poder reconciliador de Suárez.

Si no hubiera ciencia, ni hemerotecas, tal vez con el paso de unos centenares de años estaríamos hablando de un héroe mitológico inocente, un Edipo, un Abel, un Job, tal vez  recorriendo la ruta antigua de los hombres perseguidos, o de héroes no tan inocentes, un Pancho Villa, un Che, un Sadam, un Bush, un Chávez, y por eso perversos a la vez que salvadores, ahora encumbrados en un golpe de muñeca de la cínica historia como héroes, justo porque enfermos y porque muertos.  Suárez tiene todos los estereotipos de las víctimas divinizadas: hombre relevante de su pueblo, reconciliador, trajo la paz en la crisis social (nuestra peste tebana) que atravesábamos en nuestra lucha contra el “monstruo”, el Polifemo del momento, después cae en desgracia, y su muerte se convierte en una liturgia de la nueva religión civil del estado: la celebración democrática. Las colas de adoradores del que trajo la reconciliación ansiada, y fraguó lo democrático con su arte político, le convirtió, después de años de olvido y abandono, en el héroe que todos necesitábamos ante la nueva crisis. Pero las cosas seguirán como estaban. Las cosas no van como deberían para nadie. Ni nacionalistas, ni no nacionalistas, ni de izquierdas ni de derechas, nadie está satisfecho…  Es la misma historia desde que el hombre se levantó sobre sus piernas, se enfrentó a los dioses y miró envidioso a sus vecinos.

A lo largo de la historia la única satisfacción para los clanes es la desaparición del otro, del vecino, del antagónico. Cualquier otra solución siempre es insatisfactoria. El pacto no deja saciado a nadie, porque los grupos rivales quieren siempre sangre reparadora. Los hombres quieren una y otra vez beber del cáliz del sacrificio humano. Obviamente, cada vez es más difícil porque los parapetos de la educación  y, mal que les pese, la influencia del judeocristianismo, les ha dejado claro que las víctimas siempre son los débiles, los que pasaban por allí y que saben de su inocencia. Pero cuando la masa sale, sale a matar, decía Elías Canetti con la experiencia y la sabiduría que sólo algunos judíos tienen (otros siguen envenenados por las mismas creencias que los goim-paganos: que Satán puede expulsar  a Satán). Y hay una especie de sonambulismo colectivo (Gustave Le Bon, Tarde, Dupuy…) que busca el sacrificio, el mártir. La izquierda que busca, se supone, la reivindicación de las víctimas, los desfavorecidos, y que juzga como un abuso de la mujer intolerable lo que hace el Islam, distingue arbitrariamente entre víctimas legítimas e ilegítimas. Unas son “dignas” de consideración porque son “las nuestras”, pertenecen al “nosotros” que dice Rorty, hablan como nosotros, respetan nuestro “léxico último”. Las otras, aunque sepamos que son más víctimas, o al menos tanto como las otras, no lo admitimos, (opera la méconnaissance, dice Girard), porque no caen bajo el paraguas de nuestro discurso victimista porque no piensan como “nosotros” y las llamamos fascistas, las expulsamos de la universidad, no las dejamos hablar, porque no están en la verdad, nuestra verdad.

Lo que se dirime aquí es el secreto mejor guardado en el inconsciente colectivo de la humanidad y oculto tras los mitos… Necesitamos un héroe de recambio, un héroe de mil caras (Joseph Campbell) que pague por nuestras culpas. Alguien que pueda cargar sobre sus espaldas la ira contenida, la rabia impúdica que sentimos cuando somos incapaces de echarnos la culpa a nosotros de nuestra situación y tenemos que buscar chivos expiatorios de quita y pon.

Mártir, asesino, héroe a destiempo, terrorista o víctima son juegos de palabras intercambiables, que solo adquieren un color cuando son pronunciadas desde uno u otro sitio. Izquierda, derecha, arriba o abajo, catalán, vasco o español, pobre o rico, son léxicos de ficciones que respetan un guión redentor: yo me salvo, quedo redimido de culpa si encuentro el lenguaje acusatorio pertinente, ajustado, al culpable de todos mis males. Lo demás es todo aparato justificador, reforzador, una sobre puja enmascarada que oculta la sed de sangre reparadora que nos vuelva a traer la primavera tras la depresión del invierno. Depresión (Byung-Chul Han), transparencia, autoexigencia, son palabras que describen una sociedad hipócrita que se oculta a sí misma sus orígenes violentos. Llevamos toda la vida sacrificando, embalsamando cadáveres, asesinando profetas, y levantándoles sepulcros para darles culto a los tres días del crimen. Y los nuevos profetas: Sloterdijk, Zizec, Han, Rorty, Vattimo, no aciertan con el problema… los héroes tiene que volver una y otra y vez en primavera, como Dionisio. Nietzsche se dio cuenta, pero repitió el error: creer en que la violencia dionisiaca era reparadora y no multiplicadora de la misma mierda mítica. Xipe-totec, cuando acosado por la multitud es “invitado” a saltar al precipicio para auto-lapidarse contra el duro suelo, el mito de Popol-buh dice que le salen alas como de Cóndor… sin duda para que como Dionisio vuelve al año siguiente, ante la nueva peste a salvarnos. Cuando el exiliado Edipo llega a Colonna los ciudadanos entienden que ha llegado su rey Swazy, su rey Tupinamba, su rey del carnaval de todos los tiempos: alguien a quien podremos crucificar cuando vengan mal dadas. ¿Será por eso por lo que hemos cambiado el nombre de Aeropuerto de Barajas por Adolfo Suárez, para darle alas y que venga algún día volando y aterrice cuando más lo necesitemos: para encumbrarlo y volverlo a asesinar?

Necesitamos un héroe para que esta crisis quede solventada. Le pediremos a Zeus que nos envíe a Dionisos, como anhelaba Nietzsche. Tal vez eso traiga el Apocalipsis que todos deseamos y bajar el telón de esta maldita historia humana. “Somos los hijos malditos de la historia”, dice el doble esquizoide de Edward Norton, Brad Pitt en El Club de la lucha, por eso se aprestan a destruirlo.

Los hombres no han entendido lo que revela la Pasión de Cristo, estamos condenados a repetirla en todos los equinoccios primaverales. Creen que el cristianismo es una religión más… y no se dan cuenta de que es, antes que nada, una ciencia que da las claves de todos los mitos, de todas las historias. No se dan cuenta de que el mal no es el otro, no es la corrupción –corruptos somos todos–, no es el vecino, no es el antagonista del otro partido, que el mal está dentro de cada hombre, que no hace falta ponerle nombre.

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