“¡Vamos a matarlos, son pocos!”

Por Desiderio Parrilla Martínez, 30 de marzo de 2014.

Según algunos tribuletes este fue el grito de guerra usado por los radicaes contra la policía en los disturbios del 22-M. Puede ser verdad, pero también puede ser otra falsedad informativa más.

Pero, ¿por qué fueron pocos, tan pocos, los policías?

A muchos ha sorprendido el número mínimo, exiguo, de efectivos de la Unidad de Intervención Policial (UIP), los comúnmente llamados: “policías antidisturbios”. Pero casi nadie ha explicado la causa.

Hay quien se atreve a formular una tesis que casa bien con la estrategia de los gobiernos conservadores desde la era Nixon.

Es la tesis de la contra-información, el gran arma del gobierno Nixon, primer gobierno conservador y modelo de cualesquiera gobiernos conservadores posteriores, incluído –por supuesto– el de Mariano Rajoy.

Yo no sé qué pensar, pero lo expongo porque me parece una posibilidad razonable, y porque la contra-información existe.

La tesis es la siguiente: el número tan reducido de policías no es un error sino parte de una estrategia para recortar derechos civiles como el derecho de reunión o manifestación en el área metropolitana de Madrid.

Según esta tesis, el dispositivo policial fue tan reducido para poder crear situaciones tan extremas de indefensión que generaran una opinión negativa contra la Marcha por la Dignidad. La táctica presuponía la violencia de algunos manifestantes, y destinó pocos efectivos para propiciar disturbios que desbordaran las pocas fuerzas de orden público desplegadas en el lugar.

Esta táctica propia de la contra-información es de uso corriente y emplea la estrategia del victimismo o victimización. Ya hemos escrito sobre este fenómeno mimético, que consiste en la tendencia de una persona o institución a considerarse víctima o a hacerse pasar por tal. El victimista se disfraza, por tanto, de víctima, simulando o propiciando una agresión o menoscabo y responsabilizando al entorno o a los demás. Culpa a los demás para ocultar sus propias culpas. Se presenta como un crucificado para así mejor poder crucificar a sus enemigos.

Al mostrar las imágenes de unos pocos policías desbordados por una masa inmensa y despiadada la información transmitida destruye a los amotinados mejor que si se hubieran destinado 10 millones de policías y el choque hubiera quedado como siempre en agua de borrajas. La información de que hubo una revuelta salvaje de diez o veinte amotinados  por cada policía da material audiovisual suficiente para mostrarlo en todos los telediarios y suscitar la natural indignación contra esos cobardes que abusan de su superioridad numérica.

El gobierno usaría esta contra-información para reventar el 22-M, para que la gente olvidara que participaron 2 millones de personas según los organizadores, y que ya no se hablara del éxito de dicha manifestación sino que el público quedara fijado a los altercados posteriores. Se conseguiría criminalizar el 22M, tergiversarlo, reducirlo a un episodio violento. Incluso se conseguiría que nadie participara en el futuro en una manifestación similar. Serviría también, por ejemplo, para prohibir las manifestaciones no sólo en la Puerta del Sol, sino también en el eje de la Castellana o, incluso, conseguir el apoyo popular suficiente para impedir ninguna manifestación en la capital. Sería un arma para conseguir el respaldo popular necesario del famoso “manifestódromo” a las afueras de la ciudad, en medio de un páramo, o en la casa de Campo, para dar cuatro voces en medio del desierto, sin que tenga repercusión en la vida pública, como una especie de gimnasio para energúmenos gritones deseosos de desfogarse en un corral estatal.  

Como vemos, la contra-información es una estrategia frente al adversario usando su “visibilidad”, o deseo de propaganda. El lema de la contra-información es el siguiente: “cuanto más actúes, más a mi favor y peor para tí”. Fue el gran arma política de la era Nixon, tras el golpe de estado de 1963. Sin esta estrategia sería impensable que un país que cometió el mayor magnicidio desde Julio César hubiera podido contener las fuerzas revolucionarias que este asesinato fundador desató.

El asesinato de Kennedy daba al traste con un modo más católico de entender el imperio norteamericano, donde el Destino manifiesto podía prescindir de la dimensión depredadora de la doctrina Monroe. Pero Kennedy fue asesinado y este modo heril de entender la labor civilizatoria de los EEUU dio paso a una época que llega hasta nosotros y que es hoy hegemónica en las áreas de influencia yanqui: el conservadurismo.

Este conservadurismo abanderado por Nixon, Ford, Reagan, y posteriormente la saga Bush (padre e hijo), apenas ha sido matizados por los breves períodos liberaloides de Clinton y Obama, que siguen la estela despreciable de Barry Lindon Johson o del tontoútil de Hubert Humphrey, o  Jimmy “cacahuete” Carter, pero estos períodos de gobierno demócrata no están ya bajo el concepto que la saga Kennedy parecía querer otorgarle al proyecto liberal.

El gabinete de Nixon explotó los recursos de COINTRELPO de un modo totalitario, al mismo nivel que la KGB o la Securitate. Desactivó de esta manera los movimientos por los derechos civiles, descabezándolos. Abbie Hoffman pasó exiliado más de 7 años. Los medios contra-informativos le acusaban de paranoico querulante, de megalómano y de creerse demasiado importante, por pensar que el gobierno de los EEUU pudo tener interés en persiguirle o espiarlo. En los años 80 un periodista pudo acceder a los informes del FBI sobre él que ocupaban miles páginas y en ellas se le consideraba enemigo público número uno, y contenía datos tan significativos como su lista de la compra o la marca del dentífrico encontrado en su cubo de basura.

El gobierno de Nixon identificó la contracultura con el mayor enemigo de la civilización occidental cuando en realidad la contracultura venía a denunciar que esa cultura estaba amenazada por el conservadurismo. Fue Nixon y no la contracultura quien destruyó el proyecto de los EEUU como recuperación del proyecto civilizatorio de Roma. La contracultura hippy es sólo una imagen especular y paródica de esta contracultura conservadora de Nixon, pero el enemigo de la cultura clásica no eran los yippies sino Nixon y, en España, políticos eminentes como Mariano Rajoy o José Ignacio Wert.

Fue Nixon y su modelo conservador quien acabó con esta recuperación de la HUMANITAS clásica para los Estados Unidos. La película de El Club de los Emperadores refleja cómo el conservadurismo posterior a Kennedy aniquiló este modelo clásico greco-romano y lo sustituyó por el pragmatismo del capitalismo postindustrial, basado en el capital financiero ficcional de las sucesivas burbujas (industria bélica, inmobiliarias, puntocom, biocombustibles, etc.) y la sociedad de consumo. Con sus iniciativas la contracultura denunciaba la muerte de ese sueño civilizatorio de la casta Kennedy. Nixon mató este sueño justo después de que la “bala mágica” levantara -hacia delante y hacia atrás- la tapa de los sesos del Presidente de los EEUU, y simultáneamente esta bala  segó la vida de su hermano Bobby, de Malcom X, de Luther King, etc.

El uso de los sucesos de la campaña Demócrata pusieron de relieve el enorme poder del aparato de contra-información estatal. El juicio de los Ocho de Chicago fue buena muestra de ello, así como la vida de exilio del propio Abbie Hoffman.

En su momento, la contra-información desacreditó el movimiento hippy, por ejemplo, recurriendo a la matanza de la familia Manson. Esta falacia de tomar la parte por el todo, cuando ni siquiera era una parte de ese todo, la denuncia con gran habilidad Thomas Pynchon en sus novelas “Vicio inherente” o “Vineland” donde ridiculiza algunas de estas estrategias contra-informativas de Nixon.

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