“Apocalipsis” o no “apocalipsis”, esa es la cuestión. Pequeña ontología de lo peor para tiempos de crisis.

Por David García-Ramos Gallego, 19 de septiembre de 2014.

Corren tiempos difíciles, no cabe duda. No cabe duda –y la sabiduría que ella trae– porque no hay espacio para ella. No se duda hoy. Vamos, que quien duda no tiene espacio tampoco. No parece que haya espacio para pensar un poco más si nos conviene o no tomar tal o cual decisión. Hay urgencia, urgencia de todo. Con Paul Virilio constatamos que la aceleración ha tocado techo. Solo nos cabe esperar lo peor –Paul Virilio, El Cibermundo, la política de lo peor–. La velocidad se ha adueñado de todo. Como cualquier conductor sabe, a mayor velocidad menos duda cabe. Uno ha de ser valiente, arrojado, seguro de sí, y adelantar por la derecha si las circunstancias le obligan, con tal de no levantar el pie.

Corren tiempos difíciles y todos se apresuran a decir que pronto los dejaremos atrás. Claro, a la velocidad a la que vamos, es normal que pensemos en dejarlo atrás todo. No hay lugar para la duda, ni tenemos tiempo de ella. Porque ya de tiempo atrás sabemos que espacio y tiempo van de la mano, cual rivales gemelares que se disputasen la esencia del ser. Lo que hay aquí y ahora, eso es. No hay tiempo para la duda, porque llenamos el tiempo de espacio recorrido. Me viene a la memoria el verso de Kipling “si puedes llenar el inexorable minuto con el equivalente a sesenta segundos de distancia recorrida”, para el escritor británico utopía del activismo humanista. Hoy se ha transformado en indudable pesadilla para cualquiera que trabaje por objetivos.

Corren tiempos difíciles y nosotros no corremos más que ellos –ya quisiéramos–, pero fingimos adelantarnos: jugamos al adivino de turbante y bola de cristal y preconizamos estructuras, dinámicas, correspondencias, analogías, tendencias, desviaciones, sistemas, complejidades y otras cartas del nuevo Tarot postmoderno de las pseudo-ciencias humanas. Confundimos esperanza con velocidad y tocino con escatología.

Corren tiempos difíciles y nos refugiamos en katekhones como quien estrella el coche en el carril de desaceleración contra unos bidones llenos de agua. Lo peor está por venir y debería orientar nuestras vidas. La esperanza no es la espera de lo mejor, sino más bien de lo peor. La esperanza es la espera de que lo mejor prevalecerá sobre lo peor, después de que lo peor acaezca. La esperanza es verdadera espera que no se esfuerza en rebasar lo peor: sabe que llegará lo mejor. La esperanza es verdadera esperanza cuando no queda resquicio para la esperanza, la que espera en el después de lo peor, la que da espacio al tiempo, la que espera el ad-venimiento. Me viene a la memoria otro verso de Kipling, del mismo poema: “si puedes esperar y no te cansas por esperar”. Y nosotros nos cansamos si alguien no contesta instantáneamente, nos cansamos si la página no se carga, si el programa no funciona, si nuestro hijo no obedece con inmediatez lumínica.

Corren tiempos difíciles, ya lo entreveíamos cuando David Atienza nos recordaba que vivíamos una amenaza nuclear sin precedentes. La espera de lo peor se ha hecho inmediata, ya no hay espera. La destrucción nuclear tiene la velocidad del átomo. Si creemos que podemos sobrevivir a ella en base a cierta resistencia o esperanza humana –¡demasiado humana!–, somos unos ilusos. El katekhon es una bendición, sí, pero no es la bendición. La verdadera bendición es la fe, la esperanza, la caridad. Creer a pesar de que corren tiempos difíciles, tener esperanza a pesar de que los tiempos corren más que la esperanza, amar contra todo odio.

Corren tiempos difíciles. Lo peor está aquí y ahora, a la vuelta de la esquina. Esperamos que no esté: que sea el hombre del saco detrás de la esquina, una amenaza para dominarnos. Decimos del mal que es un fantasma, una ilusión, algo banal. Esa es precisamente su demoledora fuerza: nos acostumbramos a él, decimos que es inevitable, necesario –¡necesario!–, inexplicable. Se ha publicado recientemente un texto de Giorgio Agamben sobre la renuncia de Benedicto XVI muy interesante: Benedicto XVI, sostiene el filósofo italiano, ha renunciado porque lo peor existe, porque el mysterium iniquitatis es real, muy real y no un fantasma teológico. La tesis de Agamben es que la renuncia del papa alemán se produce por fidelidad al elemento escatológico de la Iglesia por encima del elemento mundano-temporal. Es cierto que detrás de su lectura del gesto hay una crítica mundano-temporal a la curia vaticana, pero el valor de su lectura escapa a su opinión y va más allá, enunciando, tal vez, verdades de carácter ontológico (y/) o metafísico:

“Hay, en la Iglesia, dos elementos irreconciliables y, sin embargo, estrechamente relacionados: la economía y la escatología, el elemento mundano-temporal y el que se mantiene en relación con el fin del tiempo y del mundo [no con los tiempos del final, sino con el fin del tiempo, como ha explicado un poco antes]. Cuando el elemento escatológico se eclipsa en la so,bra, la economía mundana se vuelve propiamente infinita [o, como diría Virilio, adquiere velocidad absoluta], es decir, interminable y sin objetivo. La Iglesia se encuentra, así, frente a la siguiente paradoja: desde el punto de vista escatológico, debe renunciar al mundo, pero no puede hacerlo porque, desde el punto de vista de la economía, es del mundo y no puede renunciar a él sin renunciar a sí misma. Pero precisamente aquí se sitúa la crisis decisiva: porque el coraje –este nos parece el significado último del mensaje de Benedicto XVI– no es sino la capacidad de mantenerse en relación con el propio fin” (Giorgio Agamben, El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos, p.30).

Corren tiempos difíciles y, ante la amenaza de lo peor, cabe el gesto esperanzado y escatológico de esperar otro tiempo nuevo. El Apocalipsis podría ser la mejor de las esperanzas en esta carrera estúpida del hombre hacia su propia destrucción, eternamente diferida, demorada, economizada.

Corren tiempos difíciles. Aceptar escatológicamente nuestro papel en el drama del mal –mysterium iniquitatis– es recuperar el tiempo infinito y absoluto, sin fin, de la economía secularizada y hacerlo kairós, el tiempo del ahora. El hombre será así un Dasein no encarado a la muerte como horizonte ontológico de significación –y, en última instancia, de verdad– sino encarado a la respuesta, siempre dramática, al otro, a mi hermano. Una respuesta que no admite demora. Respuesta a la que se encamina más la teología dramática de un Balthasar que la de otros teólogos deslumbrados por “los milagros, señales y prodigios” (2Tes 2, 9) presentes en estos tiempos que corren.

Ho nyn kairós. Corren tiempos difíciles. Al mal tiempo buena cara y a estos tiempos difíciles –a la crisis–, el kairós. A mí me gusta pensar que consiste en vivir providencialmente, como si Dios existiera.

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