El ébola y los chivos expiatorios

Por Ángel J. Barahona Plaza, 10 de octubre de 2014.

Los últimos acontecimientos en torno al ébola son una prueba del triunfo de la apologética y el ironismo liberal que embarga a nuestras sociedades posmodernas. Nuestras sociedades están abocadas a la solidaridad como necesidad, a la empatía como salvación, frente al frío invierno de las relaciones humanas que se avecina ahí fuera en un futuro próximo, en los espacios siderales de galaxias incomunicadas de carácter étnico, local, nacional, grupal, sindical o sexual y otras supernovas rutilantes que antes de estallar en mil pedazos llenan de su luz fugaz las tinieblas del universo humano.

“La solidaridad humana sólo puede entenderse con referencia a aquel con el que queremos y decimos ser solidarios, con la idea es uno de nosotros”, en donde el nosotros es algo mucho más restringido y más local que la raza humana. La solidaridad humana, no es cosa que dependa de la participación en una verdad común o en una meta común, sino cuestión de compartir una esperanza egoísta común”.

No cabe duda que Rorty, autor de este párrafo es un profeta de los nuevos tiempos.

Los sindicatos de enfermeros, las castas médicas, las castas políticas, los amantes de los perros se disputan el espacio de la solidaridad, de la verdad, y mientras Teresa (ya por fin, sabemos su nombre opacado –mala palabra, “opaco”, en los tiempos que corren- por Excálibur), camina a pasos agigantados hacia una muerte casi voluntaria, porque quedaba en ella algo del calor de la solidaridad.

Pero no es este mi tema. Esa “esperanza egoísta común”, que es lo único que aspiramos que nos una, según los profetas de la posmodernidad, es muy complicada. Nadie parece saber en qué hay que ser solidarios. Nadie parece controlar los protocolos de la solidaridad. La búsqueda de una ética excelsa sin Dios, de momento, parece que nos tiene mareados. Como dice Hadjadj, el “mundo” quiere un cristianismo sin Dios y sin Iglesia, pero tiene que refundar entonces todo lo que trajo el cristianismo como valor ético o moral. ¿Por dónde empezar tamaña empresa? Los distintos “nosotros” fundacionales no se ponen de acuerdo. Parece que la profecía de Babel es más potente que la imaginaria ironía “eficaz” en lo moral. En la acalorada discusión sobre el protocolo rawlsiano de la equidad en el diálogo se nos muere la gente. Mientras morían en África, el problema era de los otros, de un “nosotros” que no pertenecía al nosotros, los de aquí, cuando nos lo pasan a nosotros, los cuidadores del “parque humano” empiezan a despertar, pero su razón cínica no encuentra sino fórmulas adecuadas para culpar a alguien. Lo políticos, dicen, han pactado no hacer campaña con los fallos de protocolo, pero si muriera Teresa se clavarían unos a otros los puñales que están afilando. Los rivales solo conocen paz mientras preparan las armas para un nuevo ataque. Hasta los que reciben el Nobel de la paz acaban rindiéndose a la evidencia de la que la rivalidad es eterna, mitológica, humana –el premio Nobel se lo conceden, en un anhelo de utopía, a los que trabajan por rescatar a la infancia de las locuras de los adultos ansiando un futuro mejor, porque en el presente ya no hay nada que hacer–.

Sigamos con el discurso sin distraernos: no nos engañemos, todos están afinando sus espadas agónicas, liberales, irónico-cínicas, para encontrar alguien sobre quien descargar su culpa. Ese manido mecanismo, que desde este blog querríamos ayudar a desvelar, es más potente de lo que parece a primera vista. Si es rechazado por los savants de este “mundo” es porque huele mucho a evangelio. Pero algún día, y espero que no tarde, reconoceremos que es un mecanismo predictivo, científico y universal. No solucionamos problemas nunca, la historia está llena de intentos fallidos de solucionar problemas, sólo somos capaces de encontrar chivos expiatorios. Es parecido al problema que planteó el submarino nuclear Kursk: mientras se buscaba al culpable del desastre los marineros murieron… pero en el régimen pos-soviético lo más importante era que rodaran cabezas, que a alguien se le hiciese responsable. Formaba parte de las inercias heredades. En el mundo capitalista el equivalente es que alguien “pague” económica o políticamente. ¡Cuánto tardamos en ver que son los mismos perros con distintos collares!

Ya nos hemos caído del guindo. Siguiendo a Rorty:

“La cultura no tiene connotaciones morales. Se busca que la descripción ya no dé formulaciones abstractas y vacías, sino que se refiera a experiencias humanas concretas, –como el dolor o la traición– las que al ser compartidas, genere la necesaria empatía desde la cual se geste la solidaridad y la compasión. Debemos entrar en cultura pos filosófica: la sociedad liberal necesita literatura y no filosofía. Micro relatos entretenidos”.

¡Exacto, profeta! Este es un micro relato entretenido, basada en una experiencia humana concreta de dolor y traición, que genera simpatías y antipatías –enfrentados pero empáticos–. Mañana volveremos a hablar de tarjetas opacas, de Irak (no de los cristianos decapitados, sino de Irak –podríamos decir simplemente petróleo pero tenemos que disfrazarlo para no herir a las almas sensibleras–). Algún día recordaremos, como Gaspar Llamazares, todos los desastres que los malvados otros “nos” han causado, y unos y otros esgrimirán sus argumentos de tinta-sangre, pero en África seguirán muriendo. El verdadero problema seguirá sin resolver… ¿nos bastará un ética de la solidaridad, con una pizca de ironía liberal, para refundar el sentido que nos mantenga vivos? Ya no digo con ganas de vivir, sino vivos, vegetativamente hablando.

Rorty de nuevo ejerce de profeta, detractor de los discursos fundacionalistas, afirma la inutilidad de la pregunta “¿por qué ser solidario y no cruel?”:

“Sólo los teólogos y los metafísicos piensan que hay respuestas teóricas suficientes y satisfactorias a preguntas como esta. Por el contrario de lo que se trata es de afirmar que “tenemos la obligación de sentirnos solidarios con todos los seres humanos” y reconocer nuestra “común humanidad”. Explicar en qué consiste ser solidario no es tratar de descubrir una esencia de lo humano, sino en insistir en la importancia de ver las diferencias (raza, sexo, religión, edad) sin renunciar al nosotros que nos contiene a todos[1]”.

¿Estamos seguros que no necesitamos al esencia de lo humano cuando centenares de personas se “personan” –remarco la redundancia con ironía- ante la casa de Excálibur para salvar su vida y otras miles se meten ellas mismas en cuarentena para proteger su vida vegetativa y bromean por twitter, y hablan de no ir a clase, y de cerrar espacios y aislarse…? ¿Más?

Una ética sin esencia deriva hacia la mera narrativa. Rorty de nuevo nos inspira, pero… ¿podrá realmente iluminarnos esta literatura de ficción, que puede permitirse juguetear con el desenlace de la trama fatal? ¿Podrá salvarnos, dado que los personajes de ficción nunca mueren –¡porque nunca estuvieron vivos!–, dado que nos permite manejar hipótesis descarnadas, contando los muertos por miles, sin inmutarse el teclado que los imagina? ¿Podrá iluminarnos a la hora de afrontar los problemas reales?

“La literatura –señala Rorty– contribuye a la ampliación de la capacidad de imaginación moral, porque nos hace más sensibles en la medida en que profundiza nuestra comprensión de las diferencias entre las personas y la diversidad de sus necesidades. Sólo por la vía de emociones como el amor, la confianza, la empatía y la solidaridad se posibilitará un verdadero encuentro de las diferencias culturales. En definitiva, más educación sentimental y menos abstracción moral y teorías de la naturaleza humana. El único sentido de la vida es el desarrollo de la sensibilidad estética”.

Para Rorty existe un progreso moral que se orienta hacia una mayor solidaridad humana. Más educación sentimental y moral a través del desarrollo de la sensibilidad artística. La realidad es inseparable de la ficción y el giro literario de la ética es inevitable… porque es inseparable del lenguaje o de los lenguajes, porque es inseparable de las interpretaciones, porque vivimos en un “mundo interpretado” en el que nunca nos sentimos seguros. Este giro narrativo de la Ética excelsa sin Dios que todos buscan asume que no existe ninguna instancia metateórica que legitime sus enunciados, ningún punto de vista trascendental, ningún meta-léxico, ningún dogma que consiga escapar a las figuras de las que nos servimos para construir sentido. Sólo la literatura es capaz de afrontar el drama vital y difuso en el que nos movemos. La razón literaria puramente estética es sensible, compasiva con sufrimiento de los otros. Por eso Rorty propone dejar colar a la imaginación literaria para que aprendamos de forma diferida a conmovernos ante el dolor, el mal, en definitiva. La educación para la ciudadanía sentimental busca hacer hombres sensibles a la humillación de los otros. Pero me sensibiliza sólo en la medida en que me dejo afectar en la distancia. El ébola deja claro a partir de ahora, lo que el sida no había logrado, disfrazado por el “amor” que lo envuelve: el otro contamina tanto que mata. Rorty es el éxtasis de lo Políticamente Correcto, que en el fondo no es más que la expresión de un miedo al otro inexpresable. Obviamente es un sentirse escaldado por los acontecimientos del siglo XX.

Experimento una gran luz cuando leo esto: ya no sufro por Teresa, ni por Excálibur, ni por nadie: son personajes todos de un relato que pasa como pasó Lope de Vega, Calderón. Y ahora que me viene Calderón todavía recibo más luz: decía que uno va al teatro a arrojar sus miserias viéndose miméticamente representado en los protagonistas… ¿No será eso lo que está pasando? ¿Estamos montando, gracias a los medios, la televisión, etc., el gran escenario teatral de un mundo sin moral en el que, nosotros, actores y espectadores a la vez, vamos a ser sacrificados en aras de un final feliz? ¿Qué moralidad hay detrás de un párrafo que se borra en la memoria después de haberlo leído en cualquier novela si nunca fue un suceso del mundo?

Pero todavía hay más. Y esto sí que es irónico. Un misionero, que se hace cirujano, que estudia medicina por amor, que no abandona a sus hermanos, aunque sean africanos… ¿Ha muerto un misionero? Estoy temblando pensado en que algún radical de cualquier partido que quiera aflorar en la palestra de este gran teatro, sindicalista de turno, o hijos de Llamazares, se les ocurra pedir indemnización a la orden de San Juan de Dios por habernos traído el sida, perdón, el ébola, por su exceso de amor. Y cuando digo esto estoy viendo una profecía irónica sobre el futuro… porque las dos monjas que están dando su sangre en plasma, y esto no es literatura, anónimas, calladas, que lograron vencer al bicho que las mataba para seguir amando, se están desangrando literalmente para dar la vida. Esta es la verdadera iglesia, o mejor la misma, que los medios no quieren percibir. Que sea un misionero que toca a los niños para curarles las heridas del pecado de los hombres, que no huye cuando vienen mal dadas sino que se queda hasta dar la vida… No interesa. El contexto “Iglesia” está contaminado. Lo bueno no se ve, solo lo escandaloso nos embarga y tiene futuro en el escenario teatral del “mundo”. En la inmensa cháchara, el blablabla no deja oír un silencioso “morir para dar la vida”. Esa es la esencia de lo que queremos, de lo que buscamos pero que no dejamos que aflore. Decía Chesterton que el hombre que llama a la puerta de un burdel está buscando a Dios, y es cierto, significa que anhelamos esa forma de amor del misionero, de las monjas anónimas, pero nos hace daño su presencia porque nos denuncia que, aunque queremos esa forma de amar auténtica, nos conformamos con un burdel, un amor comprado, un sucedáneo llamado solidaridad de un egoísmo común nos basta para saciar una sed infinita. Más que una afirmación es una pregunta, ¿nos sacia? ¿O es por eso por lo que estamos todos tan tristes y somos tan histéricamente miedosos? Como en la fábula de la zorra y las uvas, la arrogancia de la zorra, impotente para abrirse a ser ayudada, o para poder alcanzar las jugosas uvas, la hace volverse con desdén y decir: ¡va, son todos pederastas!


[1] Parte de la doctrina de Williams Sellars de la obligación moral en términos de “intenciones -nosotros” “we- intentions”. La expresión explicativa fundamental es la de “uno de nosotros” equivale a “gente como nosotros”, “un camarada del movimiento radical”, “un italiano como nosotros”. El “nosotros” significa algo más restringido y local que la raza humana.

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