De belenes, solsticios e ignorancia

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el 26 de noviembre de 2015.

No hay cosa más peligrosa que repetir los pasos dados hacia adelante en la historia por ignorancia del pasado.

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Adolphe William Bouguereau, La jeunesse de Bacchus (1881)

El solsticio de invierno o la Navidad, de da paso al cambio de la luz del Sol del otoño al invierno, como el solsticio que da paso al cambio de luz entre la primavera y el verano, es el momento en que el Sol parece abandonar la tierra dejando todo en tinieblas. Parece como que se cierne la muerte sobre toda vida en el planeta que dependa de su luz. El solsticio de verano contempla la recuperación de la vida después del largo y oscuro invierno que amenaza con anegarnos en una noche eterna. El carácter cíclico de este evento solar ha dejado su impronta en todos los ritos y mitos del planeta. Imaginémonos culturas, pueblos del Norte del planeta ansiosos por la incertidumbre que representa el cambio de luz: el anegamiento de las formas de vida. La llegada de la primavera tiene ritos festivos por toda la faz del planeta. Se celebra la explosión de las madres mamíferas, el cambio de sol y de luna hace reverdecer todas las cosas. Representa un auténtico volver a nacer de todas las cosas siguiendo las leyes del eterno retorno. Las representaciones célticas de la rueda, la esvástica, que representan este ciclo vital que de la muerte extrae la vida… siempre ha sido celebrado. Todas las fiestas del planeta rememoran la representación teatral de la muerte y la alegría festiva o renacimiento. Algo que no podemos imaginar más que trascendental para las culturas arcaicas que vivían de la pacha mama, de la madre tierra. , que debió ser crucial para el hombre primitivo. No nos es extraño que fuera tan importante para Nietzsche que quería volver a estadios anteriores al cristianismo reivindicar los ritos dionisíacos, y celebrar el eterno retorno como el hallazgo más grande de su filosofía. No nos es extraño que el nazismo pusiese en la esvástica el signo que superase a la cruz en el imaginario colectivo. Sin duda querían volver a esa época mítica, ensoñada de la historia en el que la naturaleza, dueña y señora, diosa madre de todos los procesos biológicos se expresaba en libertad. El folclore carnavalesco, festivo, gozoso de esa gaya ciencia redescubierta por Nietzsche, esconde bajos cánticos y danzas ríos de sangre. Las walkirias, los nibelungos, duendes, druidas, consagraciones de la primavera, y las fiestas del solsticio estival son palabras festivas en nuestro imaginario europeo: las hogueras, la procesión de antorchas, los juegos sagrados, el echar a rodar por los montes, o tirar una rueda al aire viene seguido o precedido de un comer juntos –hace mucho tiempo se comía lo que se sacrificaba en torno al fuego… ¡qué comunión sagrada!–, de una comunión gozosa, regada con vino y humos de fuegos renovadores, que ahuyentaba a los espíritus malos purificando el pueblo y las casas, a donde se llevaban los restos viejos de las cosas inservibles, de los bienes que sobrevivieron al consumo invernal.

La rueda es símbolo del Sol, que comienza su descenso esconde detrás de su simbología algo mucho más importante. En el ansia del hombre por controlar lo incontrolable, por domesticar la naturaleza o a los dioses, la rueda del eterno retorno sin fin de la vida aguardando detrás de la muerte semivela el truco que hace nacer el sol de nuevo, la luz que pone en marcha el ciclo de la vida natural: el sacrificio.

Hasta en el judaísmo, y como copia el Islam, se hereda esta costumbre ancestral de los cultos paganos a Pan, Dionisos, Molek, Ra, Baal, Odin, Dios Sol, la Madre Tierra. Griegos, Romanos, Persas, Egipcios, Hindúes, Aztecas o Incas, celebraban fiestas en torno al fuego que coincidían con dos momentos cruciales de la relación de la luz con la vida: la del primero de mayo, comienzo de la primavera, y la del treinta y uno de octubre, el día de todo lo que es sagrado (Hallowen: all-hallow-even, víspera de todo lo sagrado). La división del año entre estos dos momentos se debía a su actividad pastoril… pero en el origen este “truco” sagrado no se hacía sacrificando corderos, derramando su sangre para fertilizar la tierra, para agradecer a los dioses (haciéndoles el chantaje moral que consiste: “te sacrifico lo mejor de mi casa para que tú me des lo mismo en abundancia”), sino seres humanos.

Señora Colau, Cristo, nace en Navidad. Todo el cristianismo sabe que puede que no fuera así, pero da lo mismo. Lo importante era reasumir ese hecho como símbolo del cambio transcendental que traía: acabar con los sacrificios humanos, con los ritos naturales, inaugurar una relación nueva con la naturaleza, con lo divino. Desgajar al hombre del culto a la sangre derramada de otros (eso es sacrificar) para lograr no sé intercambio económico con la naturaleza, y pasar a otra cosa: la luz, la vida tiene que ver con el amor cuyo único rito es amar al otro hasta derramar la propia sangre, dar la vida por él. Cristo muere en primavera, eso sí es seguro, cuando cambia la luz, porque Él nos trajo una nueva luz: ver a los otros como hermanos y no como moneda de cambio en un trapicheo económico. Desnaturalizó todos los ritos primaverales para inaugurar una cultura nueva, no dependiente de los caprichos de la naturaleza o de sus leyes, una nueva cultura que consiste en dar la vida, sí, pero la propia, para que el otro tenga una oportunidad. El príncipe de la Paz, título que se le da en el Corán a Cristo, nace esta Navidad. Su ignorancia es muy peligrosa. Empezamos con el folclore y acabamos creyendo en la necesidad de sacrificios, de los otros claro. Le aconsejo que lea el artículo de Alfonso Vila citando a Manuel Delgado –nada sospechoso de clericalismo o catolicismo, catalán como usted– sobre las corridas de toros y la quema de conventos en Barcelona: verá fácilmente la transición de un culto a otro. O este otro de Màrius Carol, de La Vanguardia.

Retornemos, volvamos a Dionisos, proclama nietzscheana y heideggeriana, cerremos el paréntesis cristiano, y seremos felices, nos internaremos en los bosques, y sacrificaremos a los corderos, después a las vírgenes…

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Adolphe William Bouguereau, L’innocence (1894)

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