La ofensa (I)

Por David García-Ramos Gallego, 18 de febrero de 2016.

No me ofende, personalmente, que una persona se quede a torso descubierto en una capilla católica. Y soy católico (a duras penas, a duras mis penas, vamos, por pura gracia que dispone mi ánimo a serlo, a querer serlo). Lo repito: no me ofende. Tampoco me siento ofendido porque ofendan a mi Dios. Sigo a uno que asumió en silencio toda ofensa sobre sí. Ya sé, ya sé que lo hizo de una vez para siempre, para que no hubiera más ofensa, para denunciar toda ofensa. Esta, también.

Lo repito, insisto: no me ofende. Es decir, no genera en mi un sentimiento de indignación. Más que sentimiento, emoción, pasión. No me indigna. No quiero que me indigne. Por eso hago uso de la razón, de mi facultad intelectiva, para dominar el sentimiento de indignación que podría incendiarme y empujarme a buscar culpables. Como bien nos ilustró el pasado verano Charles Ramond en una conferencia sobre el sentimiento moral de la indignación, lo que tenemos detrás (o delante, según se mire) es la búsqueda de un o una culpable, un declarar a alguien culpable de algo, donde algo es aquello que ha producido en mí tal sentimiento. El sentimiento moral de la indignación surge de una injusticia, de una ofensa realizada contra un débil. Pero, ¿qué es lo injusto en este caso? ¿Que una ciudadana campe a sus anchas –esto es, en top less– por un espacio que otros ciudadanos consideran sagrado, en presencia de unas formas que dicen (decimos) que son Dios mismo? ¿Es injusta la profanación?

Lo repito, insisto: no me ofende. Pero, ¿hay ofensa? Esta es la pregunta clave. Responde la imputada (porque lo es, ¿no?) que ella no ve ofensivo presentarse a torso descubierto en un lugar sagrado para otras personas –sobre la cuestión metafísica de si un lugar es sagrado en sí, de manera inmanente o solo contingente, y si contingente, bajo qué condiciones, si objetivas o subjetivas…, no es el caso demorarse en esta ocasión–. No lo ve ofensivo, es decir, que para ella no hay ofensa. Pero para otros sí. Dirimir quién tiene razón se convierte así en la cuestión central. Es decir, ¿hubo ofensa o no hubo ofensa? ¿Tiene razón la imputada o la acusación? ¿Realmente hubo ofensa?

Para responder a esta pregunta debemos hacer un ejercicio muy sencillo: qué define la ofensa. En este momento podría –y debería– ofrecer las definiciones de la RAE, del código penal –si la hubiere, que imagino que sí–, etc. Pero no voy a hacerlo, si el lector me lo permite y sigue leyendo. Voy a tirarme de cabeza a la piscina del sentido común. Vamos a imaginar dos posibilidades:

(1) la ofensa parece que la define quien la recibe: será ofensivo lo que a mí, que recibo la ofensa, me parezca ofensivo. Hay ofensa si el receptor de la acción del imputado de tal ofensa considera que hay ofensa, es decir, que tal acción le ofende.

(2) Hay ofensa si en dicha acción hay intención de ofender, esto es, de provocar en el ofendido dicho sentimiento de ofensa o indignación.

Me dejo en el tintero otras definiciones de ofensa más objetivas, las que recogen los distintos códigos penales, propuestas legislativas, costumbres, etc. Creo que, del mismo modo que el sentimiento de indignación es subjetivo, en tanto sentimiento, también la ofensa es una categoría que cae dentro del ámbito de lo subjetivo, en tanto existe la expresión sentirse ofendido y la posibilidad de hablar de un sentimiento de ofensa. Es dentro de estos dos supuestos subjetivos desde donde pretendo demostrar que no hubo ofensa, aunque la hubo. Es decir, y para que se me entienda la paradoja –dado que las paradojas son enigmas cognitivos que piden entendimiento–: hubo ofensa, pero no debería de haber ofensa.

En el supuesto (1) la ofensa queda en manos de las víctimas. No hace falta citar a Nietzsche para reconocer que el victimismo, en cuya base está el resentimiento –atención, otro sentimiento moral–, es un problema en el siglo XXI. La gestión de los derechos y exigencias de las víctimas de cualquier tipo y orden se ha convertido en la pesadilla de cualquier gestor –perdón, quise decir político–. Una pesadilla necesaria, pero pesadilla: que las víctimas se hayan convertido en un problema es… problemático –una victoria más del Satán–. De modo que cualquier ciudadano tiene el derecho a denunciar, dentro de los límites de lo razonable, claro está, una ofensa contra el honor, contra el sentido de lo sagrado, contra las legítimas creencias que puedan ostentar los ciudadanos. Pues bien, en tal sentido, hubo ofensa: ciudadanos con legítimas creencias fueron ofendidos en sus creencias y en su sentido de lo que es sagrado, en un espacio de uso dedicado –el espacio estaba allí, otra cosa es si debería estar o no– a la práctica de dichas creencias. Hubo ofensa. Lo repito: hubo ofensa.

El supuesto (2) me va a llevar menos tiempo. La ofensa en manos del que ofende, del ofensor. La imputada sostiene que no era ofensivo, que no lo considera ofensivo. Uno se pregunta entonces por qué decidió quedarse a torso descubierto. ¿Calor? ¿Afán de seducción? Evidentemente hubo ofensa en manos del que ofende: sin ofensa su acción sería cuanto menos ridícula. El ofensor necesita del ofendido y el valor de su ofensa crece con el sentimiento de ofensa del ofendido, en un doble vínculo muy girardiano donde las raíces de la rivalidad suelen perderse en capas de sucesivos y recíprocos ocultamientos (méconnaissances). Insisto: hubo ofensa por los cuatro costados.

El ofendido se sintió ofendido en toda regla. La ofensora quería ofender y ofendió, desde luego. Ella ganó además la posición de víctima, esto es, culpable de ofensas, y merecedora del perdón del obispo Osoro. Nueva víctima del proceso que ella misma inició –en un bucle muy del gusto postmoderno de confusión de contrarios–. Hubo, por tanto, ofensa, sin duda, pero no tendría que haberla habido, no debiera de. Entre otras cosas, porque Cristo se ríe de la ofensa en el episodio de la lapidación de la adúltera –o al menos sonríe y escribe en la arena quién sabe, tal vez nuestros pecados o, déjenme aventurar: los de ella, para después borrarlos de un manotazo–.

El único gesto que creo ha sido libre es el de Osoro –tranquilos los que piensen que voy a defenderlo: ya se han encargado los medios (y alguna que otra mente calenturienta) de cargarlo de lo que es más que gesto: ideología y significado más allá del sentido–. El gesto del perdón. No está a la altura del de San Juan Pablo II con su asesino, porque la acción sobre la que se traza el gesto es de distinta cualidad –ella, la ofensa a través de la profanación, él, el asesinato–, pero tiene la misma naturaleza. Es el gesto de Cristo mismo que acoge a humillados y ofendidos, y a endemoniados y fratricidas y parricidas, algo que Dostoievski pudo y supo ver muy bien. Un mismo Dios bueno para todos. Un Cristo que, no lo olvidemos, fue condenado por blasfemo, por ofender el honor del Sanedrín y lo más sagrado para el pueblo judío, el nombre de Dios. Habrá quien me desgrane y deconstruya el texto del Evangelio para hacerme ver que la arqueología del gesto cristológico –Foucault à la catholique– y me diga que Maestre no es Cristo. Claro que no. Pero, aparte de que Cristo quiso así hacerse uno con Maestre –¡quiere!–, dejando a un lado que en Cristo no había intención de ofensa –pero sabía lo que iba suceder–, la dinámica de la ofensa, tan ligada al resentimiento –y este, como bien sabemos, a la teoría mimética de René Girard [1]–, es la misma hoy, ayer y siempre. Y, alegrémonos: aunque no lo parezca, está ya vencida.

Ahora la pelota está en el tejado de la ofensora y de los ofendidos –confieso que ni sé ni quiero saber quiénes son los ofendidos: no por no estar de acuerdo con ellos, que lo estaría, sino porque no es la finalidad de esta reflexión, más filosófica–. Esta en sus manos deshacer la ofensa y romper del círculo vicioso del resentimiento que no es otro que el de la muerte –un círculo que en la iconología rompe el pantocrator, el Cristo resucitado–.

Otro día hablaré de un sentimiento que sí que provocó en mí el gesto de la Maestre: vergüenza y compasión. En el año de la misericordia debería avergonzarnos no tener urgencia por el Evangelio de la misericordia, el Evangelio de los miserables: tuyo y mío… y de ella también.


[1] Esta cuestión del resentimiento, que Girard presenta ya en su primer libro, Mentira romántica y verdad novelesca, merece un desarrollo aparte para aquellos que no estén tan familiarizados con la Teoría Mimética.

 

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