El Brexit como signo de los tiempos

Por David García-Ramos Gallego, viernes 24 de junio de 2016. Centenario de la Batalla de Verdún.

Me he despertado con el teléfono lleno de mensajes sobre la salida de Reino Unido de la UE. Lo peor es que no en todos los casos eran muestras de consternación. “Es comprensible que quisieran salirse, desde que estamos en el Euro los precios no han hecho más que subir”. Lo preocupante es que a pie de calle esa sea la lectura. Pero más preocupante aún es que haya gente formada que opine con frivolidad sobre lo que otros consideramos el principio del fin. Lo que está en juego no es la economía, sino la tan traída y llevada idea de Europa –esa de la que, entre otros, hablaba con preocupación Ratzinger, como cardenal y como Papa–. ¿Qué nos jugamos con esa idea de Europa?

La identidad europea es una identidad que va más allá de las fronteras nacionales. Yo mismo he crecido europeo: nunca me he detenido en una frontera europea –y gracias a que España pertenece a Europa, mi paso a través de otras fronteras ha sido rápido–. ¿Ciudadanos de otra categoría? ¡Por supuesto! ¿Qué otra cosa creemos que envidian y desean para sí los que cruzan el Mediterráneo jugándose la vida cada día? Slavov Zizek se planteaba, en su último libro –La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror– por qué los refugiados vienen a Europa y no a Arabia Saudi o a los Emiratos[1]. Por lo que Europa representa o ha querido representar.

La identidad europea es una identidad que pide distancia y abandono del antagonismo envidioso que caracteriza al nacionalista del tipo resentido: por qué tengo que esforzarme yo para que otros vivan como yo sin trabajar. La identidad nacional se construye en rivalidad mimética con el otro –como ya demostrara, desde posturas no abiertamente girardianas, Jon Juaristi en su Bucle melancólico, por ejemplo–. La identidad pannacional, sobre la que teorizaron sin descanso tanto Kant como Hegel, es problemática. Sobre todo porque supone una bondad en el hombre y en el pueblo, en la masa, que es inexistente. Algunos hemos pensado en Stefan Zweig esta mañana, en su autobiografía titulada El mundo de ayer. Memorias de un europeo. En la sorpresa de ver cómo estaba cambiando el mundo ante sus ojos. Y no era –no es– miedo al cambio. Es miedo a la pérdida y a lo que esta traerá: la barbarie.

Había estudiado demasiada historia, y escrito sobre ella, como para no saber que la gran masa siempre se inclina hacia el lado donde se halla el centro de gravedad en cada momento. (Stefen Zweig, El mundo de ayer. Memoria de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2009, p. 506.

La identidad europea, que nos lleva a algunos a sentirnos europeos, hermanos de otros europeos, y que nos permite abrirnos también a una suerte de hermandad universal, tiene, o debería tener, espíritu católico, precisamente. Universal. Para ser europeo uno debe aceptar que el otro no es el enemigo a batir, uno debe bajar las defensas, cruzar las fronteras, dejar las ideas. No se trata de una idea de Europa, se trata de la posibilidad de ser ciudadano del mundo lo que está en juego:

Los refugiados se toman en serio el principio, proclamado por la Unión Europea, de la «libertad de movimientos para todos». (…) El axioma en que se sustentan los refugiados de Calais no es sólo el de la libertad de viajar, sino algo parecido a «todo el mundo tiene derecho a instalarse en cualquier parte del mundo, y el país al que se trasladen tiene que satisfacer sus necesidades». La Unión Europea garantiza (más o menos) este derecho a los ciudadanos de sus países miembros y para eso está (entre otras cosas); exigir la inmediata globalización de este derecho equivale a exigir que la Unión Europea se expanda a todo el mundo. El ejercicio de esta libertad presupone ni más ni menos que una revolución socioeconómica radical (Zizek, op. cit., p. 63).

En términos cristianos a esto lo denominamos el Reino. En lo que Zizek se equivoca en parte, creo, es en que se precise una revolución socioeconómica. La revolución que necesitamos es mucho más radical e implica todas las demás: se trata de una revolución antropológica, en la que le concedo al otro ya siempre la inocencia y el bien. En la que el otro es ya siempre merecedor del bien, por el mero hecho de ser acreedor de la dignidad de ser humano. En la que mi responsabilidad hacia el otro es infinita –solo frenada por mi responsabilidad hacia un tercero al que el otro amenace–. Esa revolución antropológica que para Girard está en el centro de la revelación cristiana –en la misma Pasión–. En un Mediterráneo que ya comienza a sentir la picazón de los primeros separatismos de Roma –y no olvidemos que Cristo nació, vivió y murió en uno de los territorios que más tempranamente se declararon nacionalistas–, el cristianismo supuso precisamente lo que hoy simboliza –o simbolizaba, o debiera haber simbolizado– la UE: una forma de vida que se expande sin tener en cuenta fronteras ni identidades nacionales, sin acepción de personas, sin reparar en colores de piel, a eunucos, mujeres y niños, a judíos, frigios y griegos. Esta revolución antropológica habla de una identidad más allá de todas las identidad, donde el otro es Cristo.

La identidad europea reflejaba, siquiera débilmente, esa revolución antropológica. Un verdadero multiculturalismo que pretendía no el mantenimiento de todas las culturas en un caos identitario condenado al fracaso, sino la creación de una identidad capaz de mantenerlos a todos unidos. “La devaluación de las grandezas nacionales libera la mirada a lo que es común a todos los hombres”[2]. Tras toda política, añade Ratzinger, tras la máscara del político lo que hay es un hombre (“una máscara detrás de la cual no hay más que un hombre”, íbidem). Por eso la revolución, antes que socioeconómica o política, ha de ser antropológica.

Terminaba Zweig su autobiografía diciendo: “toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido la verdad” (op. cit., p. 546). La identidad europea se ha construido sobre ese juego de luces y sombras: frente a los grandes logros, las grandes guerras; frente a las expresiones vitales más exultantes, las mayores industrias de la muerte. Decir que no a Europa es dar la razón solo a las sombras y permitir que su imperio prevalezca. Dirán que me pongo pesimista. Dirán que Inglaterra no fue nunca Europea. Tendrán razón. “«El mismo Jeremías de siempre», dijeron con sorna” (Zweig, op. cit., p. 506).

La esperanza de una paz global ha perdido hoy muchos puntos, más de los que perderá la libra esterlina en la bolsa estos días. Algún día nuestros nietos podrán estudiar esto como el principio de la gran crisis europea, como uno de sus síntomas o de sus efectos. Rezo por que puedan estudiarlo. Mi pesimismo no me lleva a la misantropía. Creo que hay esperanza contra toda esperanza. Está cifrada en las palabras con las que Ratzinger concluye su texto sobre la política en los Padres, de Agustín en concreto, diciendo:

[Agustín] permanece, sin embargo, fiel al pensamiento escatológico, porque considera todo este mundo como una entidad provisoria y no trata de conferirle una constitución cristiana, sino que lo deja ser mundo, que debe luchar para conseguir su propio ordenamiento, que es relativo. De esta manera, su cristianismo, que se había hecho conscientemente legal, permanece revolucionario en su sentido último, porque no puede identificarse con ningún Estado, sino que es una fuerza que relativiza todas las realidades inmanentes al mundo, indicando y remitiendo al único Dios absoluto y al único mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo (Ratzinger, op. cit., p. 129).

La utopía de la que Zizek supone enamorados a los refugiados es una utopía necesaria pero imposible. Esa es la tragedia de Europa, la imposibilidad de completar la imagen que tiene de sí misma. Pero abandonar esa imagen, emborronarla, distorsionarla, no es la solución. Abandonar la prosecución de esta utopía no es algo que nos podamos permitir en los tiempos que corren. Debemos ser radicalmente revolucionarios. La UE no nos salvará, eso está claro. Pero era –¡es!– una excelente ayuda.

Un colega al que he mostrado este texto, especialmente afectado –curiosamente coincide conmigo en que le apena que sus hijos no podrán conocer la Europa que nosotros hemos conocido–, me ha hecho un solo comentario: estupenda esquela. Tal vez sea el momento de dejar que muera Europa, como se dejaron morir tantos en los campos de concentración. Tal vez ésta solo sea la postrera victoria de Hitler, una que ni él mismo se imaginó: ver Europa desunida y fraccionada, vendida a los intereses nacionales, precisamente identitarios.


[1] “Arabia Saudí y los Emiratos no acogieron ningún refugiado, aunque son los países vecinos de donde sucede la crisis, y también son ricos y muchos más cercanos en lo cultural a los refugiados (que son casi todos musulmanes) que Europa. Arabia Saudí incluso devolvió algunos refugiados musulmanes de Somalia …”. Slavov Zizek, La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror, Barcelona, Anagrama, 2016, p. 59.

[2]J. Ratzinger, La unidad de las naciones, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2011, p. 110. Publicadas originalmente en 1970, se trata del texto de una conferencia dictada en 1962. Su actualidad es evidente.

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