Acerca de davidgrg

Language, Literature, Theater and Philosophy Professor at Catholic University of Valencia (Spain). Research interest: Girard's Mimetic Theory, desire, envy, violence, sacred, religion, politics, literature, theater, Jewish thought, Levinas etc. Founder member of Xiphias Gladius research group. Playwright and theater director... Profesor de lengua, literatura, teatro y filosofía en la Universidad Católica de Valencia. Intereses investigadores: Teoría Mimética de Girard, deseo, envidia, violencia, sagrado, religión, política, literatura, teatro, pensamiento judío, Levinas, etc. Miembro fundador del grupo de investigación Xiphias Gladius. Dramaturgo y directo de teatro...

Un hombre corriente ante la Verdad: René Girard in memoriam

Por Ángel J. Barahona Plaza, 9 de noviembre de 2015.

[Versión más larga de este obituario de René Girard, aquí]

René Girard ha muerto el pasado día 4 de noviembre. Como dice Xavier Picaza en su blog acaba de fallecer “el mayor de los antropólogos y quizá de los pensadores cristianos de la segunda mitad del siglo XX”.

Es difícil valorar en un epitafio la importancia de este hombre para el siglo en el que estamos. Domenach lo llamó el “Hegel del cristianismo”, Serres el “Darwin de la cultura”, Ricoeur reconocía en su teoría el impacto social de un Freud o un Marx.

La importancia del pensamiento girardiano queda expresada en el poso que ha dejado en la crítica literaria (una nueva forma de ver la literatura), en la psicología (un concepto olvidado que adquiere una relevancia creciente: la mímesis), en la sociología (es una tesis genial y original sobre el conflicto humano y las masas), en la filosofía política (un nuevo modo de entender el mundo y las relaciones internacionales); en la neuro-biología (con la aportación de Rizzolatti  y Gallese de uno de los descubrimientos de la biología más importantes de los últimos tiempos: las neuronas espejo, que merecieron el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación); en la filosofía (el lenguaje esconde modos de rivalidad, expiación, muy prosaicos que son puestos en evidencia en el marxismo –paradigma del pensamiento- y en el estructuralismo y postmodernismo, que velan lo que de expiatorio hay en ellos); en la teología (el concepto central del sacrificio y su nueva interpretación presenta una verdadera revolución en la fenomenología de las religiones y el diálogo interreligioso tan urgente en los tiempos que corren) y por último, en la premonición interdisciplinar de la aplicabilidad  de la mímesis y el mecanismo del chivo expiatorio al análisis de una sociedad de masas hiperviolenta.

Fruto de la influencia que ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo gracias a su longeva vida fueron surgiendo adhesiones de pensadores de todos los continentes que se congregaron en torno una asociación denominada COV&R (International Colloquium on Violence and Religion) y a una revista, Contagion, que está teniendo una gran incidencia en el análisis de los temas que atañen a las ciencias humanas en general. Participan decenas de profesores de todas las universidades del mundo. La fundación IMITATIO se preocupa de extender el pensamiento girardiano por todo el mundo.

En el 2010 creé en España un equipo de investigación financiado por la Universidad Francisco de Vitoria –Xiphias Gladius, incluido recientemente en el equipo de partners de la asociación COV&R.

Desde un punto de vista más personal mi encuentro con Girard marco mi vida de alguna manera. Soy uno de esos afortunados que tuvo la suerte de conocerle y disfrutar de su genio y simpatía. Mi primer contacto con él fue a través de la lectura de Mentira romántica, verdad novelesca. Me causó tal impacto que ingenuamente me atreví a escribirle, pensando que nunca recibiría una contestación. Para mi sorpresa no pasó una semana y tenía una amabilísima carta dándome las gracias por mis comentarios. El segundo impacto fue con motivo de convertirle en motivo de mi tesis doctoral en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid: en un par de semanas tenía sobre mi mesa artículos y libros, y un repertorio bibliográfico sobre su obra, que él mismo me envió y que desbordó mis expectativas. Obviamente esa fue la confirmación de mi buena elección. Mi primer encuentro personal con él fue en Graz, en un congreso de la fundación COV&R, a raíz del cual decidí dedicar mi vida expandir su obra en español, fruto de lo cual traduje alguna de las obras que caían fuera de la órbita de Grasset, la editorial que tenía los derechos sobre su corpus principal, y de Anagrama, su correlato en español. Ni que decir tiene que hoy es un día de luto para las ciencias humanas y un día de alegría para los que, gracias a Girard, apuntalamos una fe que adquiría gracias a su obra una dimensión racional y científica.

Su compromiso no fue el de un santo, ni el de un militante aguerrido, sino el de un hombre corriente y el de un intelectual que se encontró con la Verdad que es Cristo y que defiende la pertinencia actual de la fe comprometidamente en todos los ámbitos. Su posicionamiento en la ortodoxia de la Iglesia católica es inequívoco, su defensa de una moratoria mundial sobre el aborto, la creación de una asociación de renombre internacional (COV&R) para el estudio de la violencia, la religión y la política, y su lucha, en todos su libros e intervenciones públicas internacionales, contra el relativismo, son algunos de sus campos de acción relevantes.

Recibió infinidad de doctorados Honoris causa en universidades de todo el mundo: Ámsterdam, Innsbruck, Escocia, Londres, Montreal, Paris, Padua, Amberes, Tokio, y varias de EEUU. Desde 1979 fue Miembro de la ‘American Academy of Arts and Sciences’; en 1984 fue nombrado Caballero de la ‘Ordre National de la Legión d’Honneur’; en 1990 recibió el título de ‘Commandeur dans l’Ordre des Arts et des Lettres’. En el 1998 recibió el ‘Nonino literary Prize’ y en el 2005 fue nombrado Académico de la República Francesa, reconociéndole sus méritos en la antropología y en las ciencias humanas en general. En su discurso de toma de posesión acomete una apología de cristianismo valiente y clara, a propósito del padre Carré, cuya silla 37 se disponía a ocupar. Su mentor, Michel Serres le presenta como un confesor de la fe católica, desde el aval de las ciencias humanas, y como aquel que piensa va a ser unos de los intelectuales que más van a influir en siglo XXI. En el 2006 recibe el Dr. Leopold Lucas Prize of Eberhard Karls University en Tubinga.

En el 25 de Enero de 2013, el Rey de España, Don Juan Carlos I, le concedió la medalla de Isabel la Católica «por su destacada labor, durante las últimas décadas, en los campos de la filosofía y la antropología».

Ha muerto un hombre sencillo, pero autor de un pensamiento que va a hacer mucho ruido, porque es un maestro de la violencia que nos asola en estos tiempos y porque pone en valor la cientificidad del cristianismo.

La distancia salvada: René Girard, in memoriam

Por David García-Ramos Gallego, 8 de noviembre de 2015

Antes de sumarme al merecido homenaje, al panegírico, a la laudatio del amigo, maestro e inspiración de tantos, quisiera compartir una pequeña reflexión. Cuando alguien muere se desencadena un diluvio de alabanzas. Hasta Hollande ha tenido palabras para René Girard en twitter –cuyas respuestas dan el tono de la nación y del planeta: empezando por la confusión con el homónimo entrenador de fútbol y terminando… bueno, por todo lo demás–. Aquí se recogen algunas de las reacciones oficiales en Francia y en esta entrada del blog brasileño miméticos tenemos recogidas algunas de las reacciones más importantes. No son más que la punta del iceberg de lo que vendrá, estoy seguro. Y todo, porque como bien comentaba José Vicente Bonet en la anterior entrada de David Atienza, en este caso es necesario el homenaje y la reivindicación porque todavía hay mucho por hacer  –¡por pensar, el qué-hacer del filósofo!– con el pensamiento de René Girard.

Pero, como muchos girardianos se temían, viene ahora la alabanza de su obra, por su persona, en fin, por todo lo que caía –¡cae!– bajo el nombre René Girard. Como si la muerte activará una suerte de mecanismo, un memorial del fallecido, un necesario hacer memoria del amigo que no está, del familiar ausente. Lo cierto es que tendemos a hablar del que no está, del ausente, siempre que estamos en grupo. Más aún de aquel que está ya –¡pero está!– a una distancia insalvable con el mero lenguaje. Serían las palabras que les dedicamos una forma de convocarlos de vuelta, de tender puentes, de trazar rutas de acceso a aquel que ya no está a la mano.

Yo no conocí a Girard, ni comí con él. Ni siquiera le dirigí una carta pidiendo consejo académico.

¿Por qué me permito entonces hablar de él? ¿Lo hago en calidad de experto, un doctorando más en la obra de Girard? ¿Porque no recuerdo cuándo comencé a leerlo –los dieciséis, los diecisiete…–? ¿Porque condicionó de tal manera mi forma de leer, de interpretar, de conocer que me es difícil ser crítico con su obra o buscarle fallas? ¿Porque tengo, yo también, tan anotados sus libros, en aquellas ediciones de Anagrama, que empecé a comprarme sus libros en francés –los traducidos y lo que aún no lo estaban– para poder añadir más notas? ¿Porque muchas veces el palimpsesto de mis textos es un texto de Girard?

Si escribo estas líneas es, en primer lugar, por simple agradecimiento: crecer a la sombra de su voz clara y, a veces, monomaniaca –pensar de erizo–, me ha dado una voz propia. Todo poeta sabe que para alcanzar su propia voz ha de ser fiel imitador, hasta sufrir “la ansiedad de la influencia“, de otro poeta. Si escribo estas líneas es porque, profesor a distancia, nunca tuve necesidad alguna de matar a mi maestro, no interfería con mi ámbito de acción –es más, a mis conquistas juveniles les parecía exótico este René Girard y su deseo mimético–. Porque su mediación siempre fue externa. Y sospecho, por la noticia que de él me dan otros más cercanos –James Alison, Cesáreo Bandera, Ángel Barahona, Carlos Mendoza, Pierpaolo Antonello, Bill Johnsen, con quienes he tenido la suerte de compartir mesa–, que ni aún estando dentro del ámbito de su acción, como ellos han estado, jamás hubiera descendido a la arena de la medicación interna. Y no por no ser él polémico: él mismo ha reconocido en varias entrevistas que le encanta provocar. Pero su provocación tenía un único objetivo –target–: la verdad, cuya voz se preocupó por escuchar toda su vida.

Ahora que estoy terminando mi tesis sobre Girard… ¿tendré que cambiar los tiempos verbales, pasar del es al fue?

Si escribo estas líneas aquí y ahora es por la distancia, esa distancia que él teoriza como de pasada en sus libros. René Girard es el gran teórico de la distancia. Más y mejor que Jean Luc Marion. Más claro –y no le resto a Marion ni un ápice de claridad–, más directo: la distancia es necesaria, el retiro, la espera, la paciencia –¡la pasividad de la paciencia en Levinas también!–. Cuando alguien muere la distancia se hace insalvable y los que quedan la padecen, la sienten, la potencian: cada elogio –este también–, cada condolencia, cada homenaje, nos alejan más de René Girard. Lo fosilizan. Lo ponen a distancia.

Girard, René, recorre la distancia última, salva el paso infranqueable: toda rivalidad con él es ya imposible –si alguna vez lo fue, y me dicen que no, otra vez, sus amigos–. Es esta la comunión espiritual, la de la rivalidad superada, en la que ha ingresado Monsieur Girard. La antesala fue su ingreso en la Academié francesa, los inmortales de la Nation. Léase, si no, la respuesta de Michel Serres a su ingreso –en español está incluida en Aquel por quien llega el escándalo–: Michel llama hermano a René.

Podremos hablar del valor epistemológico de su obra, de su validez o no, de su alcance, de su falta de rigor, de su maldito cristianismo, de su bendita conversión… de su persona, de su talla académica, familiar, de su amistad y cordialidad… pero no hoy. Hoy quería hablar de lo que debería significar esta distancia última, esta retirada: tratar de escuchar la voz desconocida de lo real. Tan desconocida hoy como ayer, y tan poco oída. Que Girard se haya retirado hoy nos debería invitar a todos los que hemos frecuentado su obra a aplicar el oído otra vez más.

Por mi parte he decidido honrar esta distancia manteniendo los tiempos verbales de mi tesis. Esconderé mi fe, tímida como un grano de mostaza, tras el tropo del presente histórico. Solo tú y yo sabremos, René, que más allá de la memoria, ese presente histórico es el de la promesa de conocernos un día. En tanto ese día llegue y yo vaya recorriendo la distancia desconocida de mi vida: gracias, René.

¿Por qué me persigues? (III)

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 16 de septiembre del 2015

Los Evangelios, sin embargo, revelan lo que los mitos y las ideologías (los mitos modernos) ocultan, y con ello inauguran el “katejón” es decir lo que San Pablo llama el tiempo intermedio antes de la venida de Cristo, que será precedida por una crisis sin precedentes, apocalíptica.

Estos perseguidos que huyen no saben que son inocentes: “algo habrán hecho”, dicen los que corean a los asesinos como masa anónima y se lo han creído. Los acosadores “están en la verdad”, utilizan la única vía de reconstrucción del caos en el que se han visto envueltos y del que, a su vez, son inocentes, están ejecutando un a profilaxis inevitable: la expulsión del cáncer.

¿Entonces? ¿Podemos vivir con el tremendo descubrimiento de que nos sostiene una gran mentira, con el engaño sobre el origen de nuestra violencia…? Nos entretenemos con teorías sociales, políticas, interpretaciones de la interpretación, miramos para otro lado mientras con nuestras manos derramamos la sangre de víctimas inocentes.

La muerte de un niño en una playa de Turquía remueve nuestros corazones burgueses adormecidos por la molicie de la sociedad del bienestar…. Pero la vida sigue, poco más. Ya se encargarán los políticos de solucionarnos el entuerto. Zapeamos por la realidad. Cuando pasamos al lado de un lugar que huele mal aceleramos la marcha para no aguantar la peste nauseabunda. Mañana habrá otros asuntos de los que preocuparnos, para mantener nuestra conciencia ocupada.

¿Hipocresía, ignorancia, maldad? Veamos lo que dice la Revelación…

Perseguir, huir, acusar, culpabilizar, los verbos más usados de nuestros días, son las piezas de un método desvelado en los Evangelios.

Satán es el acusador, el mentiroso, el perseguidor. El fiscal (satán en griego), el Príncipe de la mentira, de la división, son los apelativos que le reserva Cristo. ¿Y los perseguidos?…. Empezábamos diciendo que negros y blancos que persiguen a blancos y negros, homosexuales y homófobos que persiguen a homófobos y homosexuales, machistas y feministas que persiguen a feministas y machistas, palestinos y judíos que persiguen a judíos y palestinos, mujeres, niños, cristianos, kurdos, caldeos toda esta larga lista de la historia… Ahora afirmamos: son todos Cristo, cuando son perseguidos y Satán cuando persiguen, pero no lo saben.

¿Saulo, Saulo, por qué me persigues? Es la frase que el autor de los Hechos de los apóstoles nos ha dejado para la historia de la humanidad. No una frase para la religión cristina. El Niño en la playa turca es Cristo, el caldeo masacrado es Cristo, la mujer maltratada es Cristo, el homosexual es Cristo, el cristiano perseguido es Cristo, y el perseguidor, el islam, la feminista radical, el homófobo y el gay militante, el cristianismo, los cristianos antisemitas también se pueden acoger al perdón de Cristo, porque es eso tan escandaloso lo que Cristo nos ha querido decir: que su sangre ha sido derramada por todos [1]. En las oscuridades de la humanidad siempre aparece la división, la acusación estereotipada, la justificación de la violencia en aras de una paz mayor, es el Satán. Satán, el fiscal, siempre dice, cuando vive dentro de mí: Satán es el otro, persíguelo, expúlsalo. El Padre de la Expulsión (Belcebú) nos hace creer que se puede expulsar a sí mismo. C. Lewis nos habló de sus permanentes disfraces, sutiles, inteligentes, el más notable es hacernos creer que no existe. El más burdo es pensar que Belcebú (la violencia originaria) se puede expulsar a si mismo con su misma violencia desatada. El Paráclito, el abogado defensor de las víctimas (siempre se olvida que si San Jerónimo no lo traduce del griego es porque quiere que se entienda el aspecto técnico, que en un juicio sobre la historia de los acontecimientos humanos tendrá el que haga de abogado defensor: el paráclito) dice: el inocente es el otro aunque me esté matando sin causa.

Ser perseguido es ser expulsado, ser expulsado es el viejo modo criminal de la humanidad de extirpar de su seno lo que considera el mal absoluto, que es la diferencia de color, de religión, de modo de vida, la irresistible envidia asesina, cainita. San esteban es el primer mártir que convierte en norma la profecía de Cristo. Apedreado a las afueras de las mil jerusalenes, representa la expulsión por excelencia. Los mitos ya lo apuntaban: Edipo es expulsado de Tebas, Xipetotec es arrojado por un despeñadero, lo mismo que intentaron los nazarenos con Cristo. La roca Tarpeya, la Acrópolis, los despeñaderos son un locus universal de la expulsión ritual.

Los que huyen e Siria, de Irak, y de algunas partes de África –hay de todo- pero lo que no cabe la menor duda es que la mayoría han sido “expulsados de la ciudad” por ser inocentes, por encarnar a Cristo, algunos sin saberlo. Y los que los persiguen son Satán, pero no lo saben, por tanto son inocentes. Actúan por mimesis, “no saben lo que hacen”. Han elegido a un chivo expiatorio, es el camino más fácil. Occidente solo puede poner parches a una situación que es antropológica, no una contingencia histórica. Haber erradicado de nuestro sistema de interpretación del mundo al cristianismo es una pérdida trágica, terrible, porque mientras unos crean que los culpables son los otros, no habrá reconciliación, no se dará la verdadera revolución que la humanidad está esperando mientras gime con dolores de parto. Pensar en el otro como otro Cristo no es lo mismo que pensar que “el infierno son los otros”. Sí, señores filósofos, periodistas e historiadores postmodernos, dejen de pensar el cristianismo desde la perspectiva trasnochada de la manipulación sufrida por el humus bárbaro-pagano medieval que nunca logró erradicar. El hábito no hace al monje. Y miren al cristianismo como lo que es: la única posibilidad de que haya mundo futuro. Es un trato sórdido pero no hay alternativas: o nos reconciliamos, aprendemos a ver al otro como un hermano, como otro Cristo, como él enseño a mirarse a los hombres, o nos espera la nada.


[1] Cristiano antisemita es un oxímoron, porque o no es cristiano o no puede ser perseguidor. Aunque para hablar del tópico del cristianismo perseguidor hay que remontarse muy atrás en la historia de la cultura, y no hacer diferencia entre cristianismo y cultura pseudo-cristiana, algo que parece hacer revivir el Satán para crear la confusión. Es, por tanto, un tópico recurrente de la posmodernidad identificar al cristianismo con una clase de ideología religiosa (cierto cristianismo mal mal vivido en una cultura siempre pagano-bárbara mal evangelizada o barnizada de ritos cristianos).

¿Por qué me persigues? (II)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 16 de septiembre de 2015.

Los perseguidores siempre están convencidos de que uno sólo o una minoría es nociva, vírica, para el conjunto de la sociedad. Contaminan al todo, supuestamente originario, puro con su sola presencia. Y la herida que generan con su sola presencia requiere ser cauterizada con sangre. La masa se aglutina sobre esa víctima que amenaza con generar la peste, el caos a la comunidad, y adquiere gracias a ella el pegamento necesario para coser los entresijos contaminados de la herida abierta que se le acusa de haber provocado. La víctima es la mediadora de la salud.

“La acusación estereotipada permite y facilita esta creencia y desempeña un papel mediador”.

La multitud (término técnico en los Evangelios), la comunidad –masa se amalgama de manera desordenada en un mismo lugar y momento. Si repasamos en el pasaje del evangelio en el que una multitud se congrega ante Jesus para acusar a una mujer “pillada en flagrante adulterio”, entenderemos de un vistazo lo que queremos decir (Cf. Juan 8).

“La multitud siempre tiende a la persecución pues las causas naturales de lo que la turba, de lo que la convierte en turba, no consiguen interesarse. La multitud, por definición, busca la acción pero no puede actuar sobre causas naturales. Busca, por tanto, una causa accesible que satisfaga su apetito de violencia”.

Los que arrastran a la multitud para purificar a la comunidad de todo aquello que la corrompe, de los pecadores, de los extranjeros, la adúltera de turno, de los extraños que alteran la tranquilidad, piden que la herida se cierre con el único pegamento que cauteriza: más sangre que coagule más rápido.

La justificación de que son culpables solo es necesaria en el primer gesto, lo demás es repetición mimética. La masa se siente anónima e inocente. Por eso “es bueno que uno muera en esta Pascua” por todos, o que apedreemos a la adúltera para evacuar nuestra propia basura sobre sus espaldas es tan importante, un gesto mimético, digno de ser imitado genera la catástrofe o la solución del conflicto: todos los demás son imitadores. La caza y captura, el acoso de los culpables se perpetúa fortaleciéndose a sí misma en su ensañamiento cuántos más cadáveres acumula, hasta volver insensibles a los perseguidores. Eso exige unos crímenes mucho más racionales y lógicos (es lo que nos ha enseñado el nazismo y comunismo). Por esto, los líderes que realizan primeros gestos luego son imitados por la multitud ya de manera inconsciente (Girard lo denomina méconnaissance: “sé pero no quiero reconocer que lo que hago es un crimen”, y la única manera de reinvertir el proceso es lo que muestra evangelio de manera paradigmática: la personalización de los que componen la masa…”el que esté libre de pecado que tire la PRIMERA piedra”. Esta frase es la consciencia preclara de Jesús sobre la lógica mimético sacrificial de todos los grupos humanos); es por esto que se busca dotar de cuerpo social de todo tipo de acusaciones estereotipadas, causas de culpabilidad de las víctimas (recuérdese la propaganda nazi al respecto contra los judíos) que se convierten en el mecanismo de persecución que lleva a las catástrofes humanitarias como la que estamos viviendo y de las que la historia está llena.

“Las minorías étnicas y religiosas tienden a polarizar en su contra a las mayorías. Este es un criterio de selección de víctimas sin duda relativo a cada sociedad, pero en principio transcultural. Hay muy pocas sociedades que no someten a sus minorías, a todos sus grupos mal integrados o simplemente peculiares, a determinadas formas de discriminación cuando no de persecución (…). Junto a estos criterios culturales y religiosos, los hay puramente físicos. La enfermedad, la locura, las deformidades genéticas, las mutilaciones accidentales y hasta las invalideces en general tienden a polarizar a los perseguidores (…)”.

Si hay alguien a quien imputar nuestra infelicidad, nuestros desarreglos, y evaluar sobre él nuestra furia evita volvernos contra nosotros mismos inaugurando un mundo en caos permanente. La víctima no tiene que ser necesariamente culpable de nada. Podemos ignorar esto o confesarlo, pero lo verdaderamente importante es que estemos juntos –unánimemente concernidos- al señalarla como la causa de nuestros males (“Fuenteovejuna, todos a una” confiesa el pueblo en la obra de Lope De Vega, auto inculpándose de asesinar al Comendador, que los exime de culpabilidad: “todos le hemos matado; “todos le abandonaron”, por tanto nadie que nos acuse, todos inocentes). El daño colateral que hará que nuestros enemigos recapaciten o reconozcan nuestra superioridad moral, es el derroche de sangre humana que queda justificado en aras de un bien mayor, la paz interna de una comunidad en crisis. “Si mueren inocentes… no lo buscábamos”, pero era inevitable: esta es la razón argumental del terrorismo indiscriminado…

Lo que nos “revela” el cristianismo es una sabiduría única: la inocencia de todas víctimas del mundo. Las víctimas son excusas, son símbolos llenos de contenidos emocionales que nos dan pistas de una ancestral costumbre de la comunidad humana de asentar sobre las espaldas de otros nuestros precarios órdenes. Adúlteras, prostitutas, esclavos, negros, homosexuales, judíos y cristianos, niños de todos los colores fueron medios para canalizar nuestras frustraciones, de eximirnos a nosotros mismos de culpa en nuestros fracasos y derrotas. La lógica que sustenta este orden macabro es que los que fueron víctimas se convirtieron en verdugos y por haber sido inocentes se legitimaron a sí mismos como asesinos, es cierto, es el carácter casi cíclico de la historia el que nos juega estas malas pasadas. Por eso es tan importante la revelación evangélica puesta en marcha: ¡cuando comprenderemos que los seres humanos somos perseguidores los unos de los otros, pero “sin causa”! (sin causa me aborrecen”)

Este mecanismo estereotipado esta únicamente expresado en los Evangelios. Los mitos lo ocultan porque no pueden juzgar a la comunidad a la que pertenecen y a la que representan. Los mitos excusan a la masa-multitud-comunidad de los crímenes nefandos cometido en aras del orden que alteró la víctima. Representan a la víctima como criminal para no arriesgarse a la autodestrucción. Imaginemos que los nazis, con Hitler a la cabeza, hubiesen dicho: …. “Señores de la humanidad, nos hemos equivocado, somos unos criminales; los arios somos una panda de asesinos que hemos llevado a la humanidad a una catástrofe sin precedentes engañados por una falsa idea de perfección de la raza, con intereses oscuros que hemos descubiertos diáfanos en el proceso… Somos culpables”. Es ridícula, pero es lo que nunca sucederá. Pocos nazis se vinieron abajo y reconocieron su culpa en Núremberg. ¿Qué culpa habrían confesado…? Como mucho hubieran podido argüir haber sido abducidos por un poder de las tinieblas, otra cosa solo ofrecería como alternativa el “por favor hagan desaparecer de la faz de la tierra a este criminal inmundo que soy yo”.

¿Por qué me persigues? (I)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 16 de septiembre de 2015.

«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y El respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues» (Hc 9, 4)

Huyen despavoridos porque son perseguidos… ¿Quiénes son los perseguidos? Siempre los mismos aunque con distintas acepciones… Armenios, Kurdos, caldeos, judíos, palestinos, mujeres, niños, negros en países de mayorías blancas, o blancos en países de mayorías negras, de izquierdas y de derechas en mayorías de derechas o de izquierdas…. ¿Qué más da?

Víctimas inocentes de una ecuación maldita que la gente atribuye a la necesidad de despejar determinadas incógnitas: causas económicas, políticas, raciales o sexuales… ¡Error monumental!

La multiplicación de los significantes oculta la unidad y universalidad de los significados.

La persecución es un concepto que adquiere carta de naturaleza con el cristianismo. El cristianismo es la conciencia de que la persecución no es un evento accidental sino un mecanismo estereotipado que forma parte del funcionamiento de nuestras sociedades: las masas perseguidoras se ponen marcha según estímulo recibido ante determinadas señales. No hay determinismo pero si causalidad.

Girard nos habla de un gran descubrimiento, que, por obvio, pasa desapercibido a las ciencias sociales: la constatación de ‘estereotipos de persecución colectiva’. Las comunidades o sociedades humanas definen un rango de víctimas sacrificables con miras al restablecimiento del supuesto orden perdido o amenazado. Esta tendencia a definir lo que él llama “chivos expiatorios” garantiza a las sociedades un futuro pacífico, una zona de seguridad, de tranquilidad. La paz viene construida sobre los cadáveres de los díscolos, de los prescindibles, de los que son un estorbo para el ideal de orden soñado que compartimos las mayorías según qué espacios sociales o territorios. A eso le llama mecanismo sacrificial. Descargamos sobre minorías, extranjeros, o pobres de cualquier tipo (sobre las “nuevas pobrezas” es conveniente releer al Papa Francisco) nuestra furia, nuestras frustraciones, nuestro dolor. Causando dolor a otros parece que el nuestro es menor o que será sanado porque “ellos-los otros” son la peste (tema recurrente en los mitos y en la historia: atribuir a los perseguidos ser los causantes de la contaminación que nos mata).

Girard plantea que la obsesión por convertir a personas en víctimas y la violencia originaria contra ellas es la causa de todas las diferencias culturales posteriores que traen cierto orden social. Lo que él llama el degree, la jerarquía, el orden de las instituciones sociales que garantizan cierto funcionamiento de las cosas descansa sobre la elección de víctimas.

“En el mecanismo fundador es contra la víctima y alrededor de ella es como se lleva a cabo la reconciliación […] Gracias a la víctima, en cuanto que parece salir de la comunidad y la comunidad parece salir de ella, puede existir por primera vez algo así como un dentro y un fuera, un antes y un después, una comunidad y un algo sagrado […] Esa víctima se presenta a la vez como mala y como buena, como pacífica y como violenta, como vida que hace morir y como muerte que asegura la vida. No hay ninguna significación que no se esboce en ella y que no aparezca al mismo tiempo trascendida por ella. Da la impresión de que se constituye entonces como significante universal”.

En todo este proceso, Girard elabora una teoría del signo y de la significación. La víctima es la víctima de todos los que forman parte de esa anhelada comunidad ideal, de ese Estado Islámico o de esa nación arcádica imaginada. En ese instante se fija sobre ella la mirada de todos los miembros de la comunidad. Sobre ella cristaliza la experiencia complementaria que necesitamos para construir la utopía desde la nada. Por muy débil que sea, la conciencia que los participantes adquieren de sí mismos desde la víctima está ligada a los milagrosos efectos que acompañan su paso del caos al orden, a la inversión espectacular y liberadora que se efectúa cuando los que nos odiábamos nos reconciliamos, los que vivíamos sin sentido encontramos sentido, los que temíamos al de al lado, ya no lo tememos. Matar juntos crea la comunión sagrada entre los asesinos. La víctima congrega sobre ella las emociones suscitadas por la crisis social precedente y su resolución sacrificial augura la paz ansiada entre los que nos tenemos miedo. La víctima tiene la culpa, una culpa difusa, inconsistente, pero que adquiere el valor de un significado grandioso inevitable: en el fondo sacrificarla es curarla, a ella y a la comunidad en crisis.

Girard nos dice que adquiere el carácter de símbolo por casualidad, pero de ella emerge “una unidad cualquiera de una masa confusa, de una multiplicidad todavía innominada” (Girard, 1982: 114). Se trata de la emergencia de la diferencia significativa, dentro de una totalidad uniforme, indiferenciada, de todos demasiado semejantes, en estado de crisis.

“Nunca es la diferencia lo que obsesiona a los perseguidores y siempre es su inefable contrario, la indiferenciación”

#Virginia: asesinatos, unanimidad y redes sociales

Por David García-Ramos, 27 de agosto de 2015.

En los informativos de la mañana de la cadena WDBJ7 se ha emitido un doble asesinato en directo. Cuando esto pasa, desgraciadamente, con relativa frecuencia en los USA, las reacciones como espectadores de oídas sin previsibles: oraciones, críticas a la falta de regulación de las armas en algunos estados norteamericanos, comparativa —y asombro por los parecidos— con precedentes masacres (este es el término utilizado), etc. A estas reacciones comprensibles y compartidas por todos —hay aquí una primera unanimidad— se ha añadido en los últimos tiempos un efecto particular: el consumo masivo de imágenes y vídeos relacionadas con la noticia a través de las redes sociales: twitter, facebook, instagram, YouTube…

Este comportamiento de lo que Byung-Chul Han ha denominado el enjambre digital, donde lo que prima es la velocidad, la transparencia y la cantidad (frente a narración y, por tanto, sentido, verdad y cualidad-densidad), es llamativamente unánime. De una unanimidad curiosamente parecida a la de un linchamiento. Los asistentes, anónimos gracias a es gran máscara(da) que es la Red, han mirado y difundido las imágenes y vídeos con gran diligencia. La misma de Pablo sujetando las túnicas de los que se metieron en faena en el linchamiento de Esteban.

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En un reciente encuentro en Valencia, James Alison me pedía mi opinión sobre las dramáticas decapitaciones del ISIS televisadas y de amplia difusión. Reconozco que la pregunta me desconcertó entonces —mi participación era sobre teatro—, pero ahora le veo todo el sentido: de alguna manera, al re-transmitir el homicidio lo ritualizamos, lo sacralizamos de manera indirecta como espectadores pasivos, asistimos a una suerte de extraña re-presentación… Pasa un poco lo que en el teatro, el efecto catártico recorre la sala. Sólo que la sala es esa Red global que está en todas partes y en ninguna y lo que venid no es mímesis, es real. La labor de mitificación de las redes, todas, pero especialmente las denominadas sociales, las digitales, res devastadora, de modo que uno no sabe ya si lo que está viendo es real o la enésima encarnación fílmica de Las brujas de Blair. Y la función de denuncia de lo real que es dicha muerte se desvanece.

¿Entonces? To share or not to share, that’s the question. Frente a lo que dice Alexis Sobel Fitts en su excelente artículo (prácticamente no podemos defendernos de la información que consumimos, consumimos sin apenas filtro ya), me preguntaba: ¿debemos ver/difundir imágenes violentas? La cuestión de fondo es hasta dónde llega la libertad de expresión y el derecho a la información. ¿Hay alguna barrera ética? Twitter y facebook borraron el perfil del asesino rápidamente (¿censura?), pero el mal ya estaba hecho: compartido por doquier, visionado sin querer (así están pensadas las redes sociales, en facebook móvil y en twitter los vídeos se reproducen automáticamente), shooting hasta la ebriedad.

Desde mi punto de vista, se trata de un trágico ejemplo más de la materia de la que estamos hechos: “No hay otro hombre que el hombre de la caída. Al principio está la caída” afirma René Girard en Aquel por el que llega el escándalo (97). El asesino se consideraba a sí mismo una víctima inatendida, sus actos, una reivindicación teñida de venganza, que se ha tomado la justicia por su mano.

En una sociedad en la que proliferan las víctimas y las minorías (en tanto que minorías victimizadas), si el sistema judicial falla o se debilita, es posible que hechos como estos se reposan cada vez más. Mucho me temo, como ya he dicho otras veces, que la revolución entonces sí que será televisada. Oficializada. Institucionalizada. Consumida. Será la nueva comunión digital, caricatura de comunión, sucedáneo bien digerible. Bueno para comer. Terrible, porque el retorno a lo arcaico sabiendo lo que sabemos ya no es posible. Darse cuenta de que o estamos con ellos, las víctimas, o estamos contra ellos, las víctimas (y que es casi siempre esto último, mejor ellos que yo), no es fácil: «La experiencia de los chivos expiatorios es universal como experiencia objetiva y excepcional como experiencia subjetiva. Nadie dirá: “Ah, vaya, no me había dado cuenta, pero resulta que soy un perseguidor”. Aparentemente, todo el mundo participa en este fenómeno, salvo cada uno de nosotros» (Aquel por el que…, 71). Todos hemos visto el vídeo (aunque no lo hayamos hecho realmente). Nadie lo admitirá.

Hablaba al principio de las reacciones a este tipo de tragedias. ¿Qué nos queda: apartar la mirada, denunciar, explicar (justificar), reconocernos cómplices? Todas las formas de compasión, por esa misma unanimidad, se debilitan, como la justicia que llega tarde y no repara, o las disculpas (por cierto, relativamente infrecuentes en la Red) tan estereotipadas y poco creíbles.

Yo espero que un rayo me tire de mi caballo. Mientras, lo que ha hecho este señor me parece inteligente:

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Como opción al compulsivo RT del vídeo que el propio asesino grabó, en el que aparece el momento en el que las víctimas dejan de ser lo que son y se transforman en víctimas, se propone visionar un vídeo «remembering who these people were». Se trata de una cuestión de identidad: el respeto a las víctimas pasaría por dejar de marcarlas como víctimas (sendero sin salida).

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La indignación, la protesta, el grito airado, no tienen cabida —serían obscenos como la Red es obscena—. Cabe sólo el murmullo silencioso de la oración personal, no anónima, verdadera comunión.

Curso sobre Girard en la @UimpValencia

Hemos visto, sin embargo, en Hegel, que el espectáculo de la identidad podía constituir un saber filosófico, saber de la igualdad y de la fraternidad. Es necesario, pues, intentar pensar de otra manera esta identidad, pensarla como un mimetismo del revés, una imitación positiva. Esto supone una crítica interna de la reciprocidad, siempre susceptible de degenerar en conflictos extremos y sin resolución.

René Girard, Achever Clausewitz

Nos es grato anunciar la celebración en la sede de Valencia de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) la celebración de un curso sobre Girard titulado La construcción de la identidad en tiempos de crisis: el papel de la violencia y la religión. En él exploraremos de modo crítico lo que la Teoría mimética puede ofrecernos para la comprensión de los fenómenos de construcción de la identidad. Como podréis ver en el programa intentaremos analizar la cuestión de la identidad desde diferentes ámbitos disciplinares: la filosofía política, la teología, la antropología, la filosofía cultural o la crítica literaria.

Será la primera vez que se organice un seminario en España internacional dedicado completamente a Girard, al menos que nos conste. Ha sido posible gracias al apoyo de la UIMP, de su campus de Valencia, dirigido por Agustín Domingo Moratalla, y de IMITATIO, una fundación dedicada a la difusión del pensamiento de René Girard. Esperemos que solo sea el primero de muchos encuentros de este tipo y que pronto la obra de René Girard comience a tener el reconocimiento que merece.

Quedáis todos invitados a asistir al curso y a disfrutar de unos días de diálogo y trabajo juntos. Aquí podéis descargar el tríptico sobre el curso: Identidad y crisis_Girard. Todos los interesados en el curso pueden hacerlo desde la web de la UIMP.