Miedo (1)

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 20 de marzo de 2016

Nubes negras se ciernen en este invierno extraño a punto de acabar. Han cambiado mucho las cosas. La agitación se siente en todos los ámbitos: en la carretera, en la familia, en el trabajo, en la política, en el planeta y sus planetadas. Hace tiempo era la muerte el “problema”, pero la Ilustración, la ciencia y la filosofía política nos convencieron que eso era un invento de la Iglesia, y de que el infierno estaba clausurado por defunción. Ellos nos abrirían el futuro, nos darían la paz, la salud, la vida, nos sacarían del oscurantismo, nos llevarían a un cielo real, histórico. En definitiva, nos devolverían al paraíso de la naturaleza del que nunca fuimos expulsados. Nos han convencido de fue un ensueño pensar que no pertenecíamos “solo” a ella.

Lo que ha pasado es que después de muchas décadas de política, de filosofía humanista, de sexo libre, de mucha ciencia y técnica, de mundo sin ley por exceso de ley, ahora lo que horroriza es la vida. Nos vemos miedosos de la libertad que los otros tienen para matarnos, de la autoridad que los otros tienen para educarnos, pero todavía dudamos a la hora de si dejarnos conducir a los pastos de hierba fresca que nos prometen unos u otros o desconfiar de cualquier iluminado “pastor del ser” que nos bañe con su luz científica, filosófica o política. Ya no nos fiamos ni de la madre que nos parió. La incapacidad de relacionarse, la falta de identidad, la angustia ante la soledad: el frío que hace ahí fuera es sobrecogedor. Y la calefacción que inventamos contamina el planeta, los cuerpos se vuelven enfermos, venenosos, sidosos, zombis: la autonomía que nos prometió Kant que “ya” llegaba con el atrevimiento, el orgullo y la soberbia de una sociedad civil madura, se ha convertido en psico-dependencias, esclavitud y neurosis, privadas y colectivas. Esa supuesta y deseada autonomía no es más que caos de opiniones encontradas e irreconciliables.

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The Source, de la serie Burn Season del matrimonio de artistas Robert and Shana ParkeHarrison (c).

Un paseo por el gabinete de un psicólogo o un psiquiatra nos da la idea de que no es nada exagerado esto que estoy diciendo. Nadie sabe nada aunque todos pretenden ser gestores exitosos del conflicto que nos envuelve en todos los órdenes. Un paseo por las estadísticas de suicidios, de alcohólicos, de drogodependientes… Un paseo por los periódicos que nos muestran que el cumplimiento perfecto del decálogo de los nuevos fariseos es un hecho consumado, que juzgan el comino y pasan el camello… Un paseo por los medios de comunicación, por los parlamentos de todo el mundo nos habla de un caos ininteligible y una exclamación brota en nuestro subconsciente: “es lo que hay”.

Nos basta: todo el mundo  –al menos la masa mayoritaria– deshonra a sus padres enviándolos por su bienestar –eso sí– a la residencia de ancianos o más “compasivamente” está pronta para votar el suicidio asistido; todo el mundo ha perdido el respeto por el descanso; todo el mundo ha convertido la fiesta en estrés; todo el mundo mata, roba, y su ética consiste en hacerlo para que no le pillen; todo el mundo adultera, miente, desea lo del prójimo… Basta analizar las manifestaciones que los psiquiatras hacen de las ansias y las fobias en sus estudios, para ver la mejora sustancial de vida que nos ha aportado el orgullo dionisíaco que se desató con el rechazo del cristianismo. De los panegíricos de Maquiavelo a Voltaire, pasando por los grandes profetas: Nietzsche, Marx, Lenin, Heidegger,  Sartre y su Beauvoir, a los alegatos de libertad, democracia, e ironía, de los nuevos posmodernos lo único que ha cambiado es el punto focal del miedo. Los nuevos miedos  de hoy en día se encuentran en  entre nosotros, los nuevos fantasmas que nos quitan el sueño (aunque para eso tenemos pastillas, ansiolíticos, Valium, programas narcóticos de televisión, futbol y drogas –debemos dar gracias a ese Dios defenestrado que respeta nuestra capacidad infinita de alienación–) nos han traído “cierta”  confusión. La perniciosa tendencia a confundir la realidad con los fantasmas, ha tomado una consistencia tal que lleva a los psiquiatras, a las universidades y a los políticos a organizar grandes encuentros mundiales de investigación de los casos que están fuera de control. Acabaríamos antes si solo pensásemos los que parecen estar controlados: ninguno.

Miedos a perder la relación con la única persona que un día (por interés, por miedo a la soledad, por romanticismo, por todo, por nada) me dijo que me quería… por eso ahora la mato –y lo llamamos violencia de género–. Y por miedo a perder el trabajo me auto-exploto, –y lo llamamos capitalismo salvaje–; por miedo a perder la seguridad que me ofrece el Estado, lo adoro y me hago su esclavo –y lo llamamos Estado del Bienestar–; por miedo a no ser o a la soledad me hago un perfil de Facebook mentiroso –y lo llamamos redes sociales–; por miedo al vértigo que me provoca el misterio incomprensible del “otro” y sus “otredades”, a su libertad, a la soledad me acompaño de miles de “amigos” sin rostro tridimensional en la red –y lo llamamos identidad digital–. Miedos acompañados de estrés, vulnerabilidad, emotividad a flor de piel, agotamiento, crisis económica por la falta de ética de muchos. La solución es huir hacia adelante: todos roban, yo también robaré; todos adulteran: yo también adulteraré; todos deshonran, yo también deshonrare, todos juzgan, acusan, reivindican, yo también reclamaré mis derechos; todos desean lo que el otro ostenta, yo también, nadie siente deberes: yo no voy a ser menos.

Terrorem meum in intimo

Nadie se reconocerá en lo que estoy diciendo. No se reconoce un miedo generalizado y de masas, tan solo cierto espasmo temporal cuando un atentado o una catástrofe nos asola… pero dura un segundo de sobrecogimiento, porque inmediatamente podemos cambiar de canal y ver a un “payaso” –hoy “comentaristas”- haciéndonos sonreír aireando de las miserias de otros. Los peces no saben del agua, viven en ella, saben del aire, donde no pueden vivir.

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Ese es el problema, por eso no buscamos soluciones. Se trata de pequeños-grandes terrores íntimos que, con extrema facilidad nos obsesionan, pero tan sutil, tan cotidianamente, que aprendemos a vivir con ellos, los somatizamos, los amamos, nos consuelan: un pequeño lamento, un pequeño malestar es tolerable, un lengüetazo de placer nos lo calma, como los perros que se lamen sus heridas, porque mientras pienso en él, los cadáveres que caen a mi lado no adquieren significación, no me exigen responsabilidad, no me inquietan, pero estas pequeñas incomodidades logran apoderarse de la mente. Jean Michel Oughourlian dice en su libro La génesis del deseo, que su consulta está llena de gente triste que sufre sin saber por qué, sin poder objetivar la causa de su dolor. Lo que hoy nos atormenta es el miedo del miedo.

La mujer de Julio César, Calpurnia, le advirtió en la víspera de su asesinato de la conspiración que se cernía sobre él. César respondió:

“No debemos tener miedo del miedo”.

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Oughourlian nos advierte: por el miedo que tenemos al miedo generamos relaciones enfermizas, falsas identidades, pérdidas de autonomía, pequeños sufrimientos que se transforman en ansiedades insoportables. Dupuy nos alerta en la Metafísica de los tsunamis, que del pánico nadie estamos libres. Pero antes el pánico tenía su justificación: terremotos, guerras, volcanes… hoy una mala mirada, una expulsión del trabajo, un pequeño contratiempo, un lunar analizable, un bulto en el pecho, un pequeño movimiento del gobierno de turno que deje entrever la debilidad congénita de Papá Estado hace temblar a los niños y provoca un tsunami. ¿De dónde viene esto?

Esta pregunta merece un segundo post.

Gracias profesor René!

Por David Atienza, 8 de novembre de 2015.

René Girard falleció el pasado 4 de noviembre de 2015. Permítanme llamarle por su nombre de pila porque aunque nunca comí con él, ni le conocí personalmente, ha estado muy presente en mi viaje intelectual hasta la fecha, y sus ideas forman parte de mi pensamiento: ha sido mi profesor a distancia.

Angel Barahona Plaza me presentó a René a finales de los ochenta o principio de los noventa. Me prestó su libro de La violencia y lo sagrado lleno de notas y todo subrayado. Por entonces había devorado gran parte de La rama dorada de Frazer, los tres volúmenes de Las máscaras de Dios de Campbell o Mito y realidad de Eliade, entre otros. Me apasionaban los rituales sacrificiales, los mitos de origen y los ritos de paso. Y sin embargo, todo era confuso. Cuanto más leía más me confundía. ¿Por qué los mitos siendo tan diferentes son tan parecidos?, ¿qué relación tienen los mitos y los ritos?, ¿por qué en lugar de mitos y ritos no hay simplemente nada?, ¿por qué las sangre y por qué lo sagrado?, ¿Es la religión fruto de la cultura o la cultura de la religión, o son la misma cosa o no son nada?

Por cierto, se me olvidó decir que soy antropólogo.

En mis primeros años en la universidad traté de dar sentido a esta miriada de ritos y mitos y de contestar a algunas de estas preguntas. Leí a los antropólogos clásicos en busca de respuestas y pensé que entre todos ellos Lévi-Strauss, quizás por su complejidad aparente, podría ser el único que escondiera la clave hermenéutica que yo buscaba. Leí muchas de sus obras y hasta me enfrente a sus temidas Mitológicas, sólo los dos primeros volúmenes para ser sinceros: Lo crudo y lo cocido y De la miel a las cenizas, que me llevaron todo un caluroso verano. Al llegar el otoño caí irremediablemente en un relativismo cultural y casi existencial que me llegó a lo más profundo del alma. Ese invierno encontré el libro que nunca había devuelto a Angel y releí a René… y seguí leyendo y leyendo y leyendo.

Se me había olvidado decir también que soy cristiano.

René había saltado al interior del pozo oscuro alrededor del cual todos los antropólogos danzaban sin atreverse a mirar dentro, por miedo a encontrar monstruos arcaicos, y salió del mismo con un pequeño diamante de muchas caras: su teoría mimética. Una luz clara y sencilla pero altamente explicativa e integradora de ritos, mitos y teorías antropológicas. Una verdadera joya. Me devolvió la posibilidad de ser antropólogo y cristiano y me dio una clave para leer dentro del DNA de las culturas. Me regaló una brújula.

Todavía hoy muy pocos antropólogos le citan en sus trabajos aunque hablen de violencia, mimesis, o mitos y rituales, y no saben explicarme muy bien por qué, y creedme, porque he preguntado a muchos de mis colegas. Yo sospecho que es porque René Girard se declaró cristiano y no tuvo miedo de plantear una teoría integradora. Eso no estaba, ni está, nada de moda en el mundo relativista y pluriontológico de la antropología de hoy. Quizás si no hubiera dicho que era cristiano sería más citado, pero entonces seguramente no sería René Girard. No obstante, estoy convencido de que el tiempo le hará justicia y si no lo hace, aunque esto sea una menudencia, siempre tendrá mi admiración y agradecimiento.

Por cierto, finalmente devolví el libro a Angel Barahona que ha sido mi mentor y más, en esta aventura intelectual y espiritual y quien me presentó a René.

Gracias profesor René.

El “silver tsunami” o el envejecimiento de la cultura

Este verano presenté una ponencia con el título Suicide, post-mortem destiny beliefs, and death management among the Chamorros of Guam en la décimo-septuagésima edición de la Unión Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnológicas (IUAES) que tuvo lugar en Manchester en agosto de 2013. La conferencia mas prestigiosa entre los antropólogos británicos que se reúne desde 1935.

Con sus mas y sus menos salí un tanto perplejo ante el destino evidente de una ciencia que me apasiona desde mi juventud. Devoré La rama dorada de Frazer con apenas 12 o 13 años (la versión reducida, por supuesto) y Las mascaras de Dios de Campbell poco después (los tres volúmenes) Me apasionaban los mitos, las religiones y las costumbres de los otros y tuve siempre un gran deseo de aventura y por mirar a la cara a otras personas y tratar de entender qué es lo que veían por sus ojos. Me quedé pasmado con la antropología amazónica e incluso llegué a leerme las Mitológicas de Lévi-Strauss completas, algo que no repetiría ni pagado y que he dejado aparcado en mi mas oscuro subconsciente. Sin embargo aquellos días en Manchester me dejaron un tanto perplejo.

Basta echar un vistazo por encima al programa del congreso para comprender el origen de mi desazón.   Ya para comenzar, el tema del primer debate plenario en la apertura fue el siguienteHumans have no nature, what they have is history (“los seres humanos no tienen naturaleza, lo que tienen es historia”), algo que no me pilló desprevenido, pero el segundo debate sí, pues parecía lo que no era. El tema del segundo debate fueJustice for people must come before justice for the environment (“La justicia para la gente debe venir antes de la justicia para el medio ambiente”) lo que me parecía bastante justo, pero la tesis que venció por votación abrumadora a su favor fue que la justicia debe ser para el medio ambiente y para los animales no-humanos, no para el ser humano. ¡Toma ya! Es decir que somos antropólogos negando la justicia a aquellos que queremos comprender. Ahora debemos defender a los “animales no-humanos” antes que a los “animales humanos”, tal y como definían a los contendientes del combate. Parecía un congreso del Green Peace, salvando las oportunas diferencias donde los antropólogos se convierten en biólogos y donde ya se definen lineas claras en las que el hombre no es solo enemigo del hombre, sino enemigo de la tierra y de los no-humanos.

Sin embargo, esto no fue lo peor ni mucho menos aunque todo camina por los mismos derroteros. Lo peor estaba por venir pues cuando me puse a buscar paneles a los que acudir me encontré con que una sección completa de las cinco que se ofrecían trataba sobre superaging o procesos de envejecimiento y otra sobre producción y sostenibilidad, ambos productos de las políticas maltusianas. Me llevé a casa una gran desilusión y un concepto nuevo que quiero compartir: el SILVER TSUNAMY.

stunamiA los clásicos antropólogos y etnólogos de Cambridge, de Manchester, de la London School of Economics y de Harvard les preocupa mucho mas la vejez que la otredad ,¿o será que es la vejez una otredad, un estado discontinuo del ser humano?, y prevén una ola descontrolada y destructiva de ancianos de sienes plateadas que arrasarán  Europa en pocos años sin reemplazo generacional. Esto significa que el concepto de vida y de muerte cambiará, crearemos lugares para suicidarse con una hermosa musica de fondo, cambiarán los conceptos de belleza, de salud, de tiempo, cambiará la alimentación y las relaciones con la comida tanto físicas como simbólicas, se “viagrará” la sexualidad, se eliminaran los azucares de los caramelos definitivamente y se proclamará a la cirugía estética como el octavo arte. Es decir, el mundo va a envejecer y con él la cultura. Pero no se preocupen porque como todo buen tsunami, tras la destrucción dejará todo bien nivelado de nuevo y la población volverá a estabilizarse salvando a la tierra de los “animales humanos” y las ballenas repoblarán los océanos. La crisis no ha hecho mas que comenzar y tiene un fundamento demográfico y moral que no cesará hasta que toda una generación de inconscientes natalistas perezcamos bajo el silver tsunami, fenómeno que se encargan de generar y azuzar filántropos/as y verdaderos amantes del mundo como Melinda Gates y compañía.

No obstante, al final lo mejor de todo el congreso fue la cerveza en los pubs de Manchester. Espero que eso no cambie y nos impongan la cerveza sin alcohol por ley.

La eficacia del don (I)

Por David García-Ramos Gallego, 4 de septiembre de 2013

Quisiera iniciar aquí una serie de reflexiones sobre el don (siguiendo la veta abierta por Ángel Barahona), pero no ese don de la economía del don de la moderna antropología. Me gustaría referirme al don como gratuidad absoluta: dar sin realmente esperar recibir nada a cambio –como si no fuéramos animales de retribuciones, como si no fuéramos el producto del gen egoísta, como si cupiera esperanza a esta devastada y hueca especie, el hombre–. Dar-me al otro sin reservar-me nada –este dar-me con el tachado del yo tan poco popular, y no el dar-se impersonal aquel de ciertas evoluciones de la izquierda heideggeriana–. El don no como trato sórdido con el que salvar el pellejo en estos tiempos que vivimos. El don como una renovación del ser más allá del ser, como una re-creación, más que un tikkun olam (reparar el mundo) –loable en sí mismo–, una nueva creación. Partiremos de algunas frívolas reflexiones –como la de hoy– a través de las cuales sería deseable llegar a una definición de este don.

Para empezar, hagan de vates: ¿creen que funcionará esta idea (una red de la gratitud) de la modelo Lily Cole?

La economía del don, así, secularizada ¿podrá funcionar? ¿No es una ONG más? ¿No será más bien otra forma de aliviar el malestar occidental? La pregunta de fondo es: ¿ha calado tanto el cristianismo que puede haber hecho brotar de forma espontánea una economía del don no sujeta a la reciprocidad violenta, libre de esa otra economía del don de las sociedades arcaicas/primitivas que describieron Mauss o Maiakowski en sus estudios?

altruismo

La pregunta de fondo es la misma que se hace Vattimo (y se contesta a sí mismo de forma afirmativa): ¿es posible un cristianismo sin cristianismo? Es como preguntar si es posible una comunidad sin amor, sin caritas. Que funcione una iniciativa como esa depende precisamente de esa caritas para que no se quede, como se va a quedar –y disculpen el pesimismo–, en agua de borrajas. Que es como decir que no vale solo con la buena voluntad de los hombres –o con los hombres de buena voluntad–. Esa sería una de las características del denominado pesimismo girardiano –del que habla Fornari aquí–: no podemos escapar al conflicto mimético… si no es a través del encuentro –no solo existencial y/o religioso, sino epistemológico– con Cristo (de esta segunda parte se suelen olvidar quienes acusan a Girard de pesimista).Hablar de un gen altruista, pensar que antes del dinero todo era intercambio positivo y generoso, dando y recibiendo lo que necesitamos para vivir, no es más que otra vuelta de tuerca del mito del buen salvaje.
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“Lo que tú des o recibas no tiene por qué ser recíproco”, dice Lily Cole. Ese es precisamente el problema. Lily está hablando de una relación asimétrica con el otro, en palabras de Levinas. Una relación de donación de la que queda solo la sensación de haber realizado un acto generoso. ¿Eso realmente basta? ¿Hasta cuándo basta? Cuando leí La ciudad de la alegría hace ya unos veinte años me quedo la sensación de que allí, en ese submundo que nos es tan ajeno como exótico, la alegría no brotaba de los actos netos. Era en sí misma un don. No era la recompensa por ser buenos, más buenos que los malvados occidentales capitalistas. Era un desproporcionado don, como la esperanza, la fe o la caridad. El don estaba en la base de esa alegría, porque este don del que hablamos es absolutamente desproporcionado: responde a otra proporción de las cosas de la que a veces vemos la razón.

Majestad Rey D. Juan Carlos, creo en su inocencia

Por Ángel J. Barahona Plaza, 20 de abril de 2012

Los reyes sagrados.

¿Por qué la monarquía y lo sagrado están tan íntimamente unidos?

A lo largo de la historia los reyes han cumplido una función inequívoca; no han sido tanto los protagonistas de un poder absoluto, como los chivos expiatorios preparados para pagar por todos cuando vienen mal dadas. Su carácter representativo, su cabeza coronada, su  -a veces -inutilidad manifiesta e irrisoria, su papel aglutinador de todas las miradas, los señala como los más aptos para el sacrificio, para el Linchamiento público. Cuando Francia tiembla por el hambre o la peste, si ya no hay judíos, hay reyes. Una cadena de escudos o parapetos salvadores van cayendo, pero acaban siempre en el final.

Los faraones eran hijos del mismísimo Ra. Se suponía que el dios Ptah había instalado a los faraones en el trono. La coronación se efectuaba en Menfis, con ritual presidido por Ptah que incluía la afirmación de que los faraones salían del cuerpo del dios sol (Ra),y que al morir volvían a ser otro dios (Osiris).

En Grecia también la monarquía tenía un origen sagrado. Minos fue considerado rey divino, hijo de Zeus y de Europa, hija ésta de Agenor, rey de Tiro, a la que Zeus raptó y llevó a Creta bajo la figura de un toro. Minos se casó con Pasifae, hija del dios solar Helios.

Los primeros Grandes reyes irlandeses eran considerados sagrados. En los relatos legendarios un rey es un rey porque se casa con la diosa de la soberanía, está libre de defectos, cumple la prerrogativa y evita los tabús simbólicos: el incesto y el parricidio. Durante varios siglos, el título de Gran rey era meramente honorífico, luego con el tiempo fue adquiriendo una notoriedad legal y de poder.

Los reyes mayas personificaban a los dioses del maíz y del cacao, así como al Dios Ave, vistiendo accesorios con atributos simbólicos, como tocados y coronas de plumas y pesados collares, pecheras, cinturones y orejeras de jade.

Susan Gillepsie (1989, 1993) ha asumido que la sociedad mexica o azteca era gobernada por reyes sagrados. La realeza sagrada es una forma de organización social muy común en todas las partes del mundo, desde la antigua India hasta la Oceanía y África contemporánea, y ha dado lugar a teorías antropológicas de gran interés. La realeza sagrada debe ser vista como una forma de sociedad caracterizada por la mezcla inextricable entre lo político y lo religioso. Un personaje especial –rey- tiene el poder de garantizar la fertilidad y la riqueza del grupo social por su naturaleza de origen sagrado.

En el entorno cultural judaico los reyes nunca fueron considerados divinos, o sagrados, hubiera sido considerado una idolatría, un atentado contra la dignidad de un YHVH único, y celoso de su singularidad.

La antropóloga Miranda Green relata como la víctima sacrificial seleccionada para el rito del equinoccio era tratada como Rey hasta un año antes del sacrificio. Podía disfrutar de todo los bienes de la tribu y abusar de su poder real: la mejor comida y ropa, realizar actos sexuales con quien él quisiera…  tal vez como incentivo para voluntarios de alto estatus social: como resultado de la creencia que víctimas de alto estatus eran más valiosas que las de bajo estatus. Esta creencia hace quela víctima preferible se un rey, para maximizar la magia del sacrificio.

En el siglo XIX, James Frazer,  –The Golden Bough es el primer tratado  importante de mitología comparativa,-  fue el primero en sugerir que los mitos escondían una función social. El libro contiene el relato del sacrifico del Rey Swazi.  El asesinato del rey era una costumbre difundida, figura sagrada personificación de un dios, cuyas cualidades personales estaban intrínsecamente relacionadas con territorio que gobernaba.

(…) La vida del rey o su espíritu está tan unidos a la prosperidad de la nación entera, que si él enfermaba o se volvía senil, el ganado podría enfermar o dejar de reproducirse, las cosechas no se darían, y los hombres morirían de alguna enfermedad contagiosa. Por tanto, en su opinión, la única forma de prevenir estas calamidades era matar al Rey cuando todavía estaba sano y fuerte, de modo que el espíritu divino que había heredado de sus predecesores se transmitiera a su sucesor mientras estaba en pleno vigor y no había sido, todavía, dañado por la debilidad de la enfermedad y la vejez.

Algunos Reyes sagrados eran sacrificados después de cierto período de tiempo (siete años) otros eran reservados para fiestas señaladas anuales, relacionadas con ritos de solsticio o primaverales.  Algunos Reyes sagrados eran efigies o animales, de modo que no se tuviera que matar a ningún humano. El espíritu del rey sacrificado renacía entonces en la fertilidad de las plantas y los granos. El propio Frazer reconocía en el héroe griego Adonis, o en el Egipcio Orus, estas mismas cualidades.  Esto fue motivo de controversia porque la arbitraria violencia en el origen del precario orden social escandaliza a los ingenuos antropólogos políticamente correctos que salen de nuestras universidades.

Este rey nombrado por una semana para violar todos los tabúes y luego poder ser sacrificado sin escrúpulos por la comunidad, herida pos sus abusos, y que con su muerte sacrificial  restituía el orden jerárquico alterado,  el retorno a las cosas como estaban antes de que fuera nombrado rey… no es un reducto de un mundo mítico para nosotros extraño…

Los grandes regicidios de la historia están ahí para demostrar que esta costumbre es bárbara pero no tan bárbara… De hecho hoy sigue siendo igual de potente simbólicamente para los sofisticados tecnócratas europeos y americanos, y para los nuevos y burdos bárbaros fundamentalistas islámicos. La nobleza o la presidencia electa, son sustitutivos democráticos, de la misma historia ancestral. Ben Laden o Saddam Hussein, Gadafi, o Kennedy… no difieren mucho de Luis XVI. Nos dificulta comprender esto, la arbitrariedad de la elección de un hombre ordinario para ser rey por una semana, el hecho de que a estos últimos los consideramos culpables de algo…  pero mirando un poco más lejos, casi los hemos encumbrado nosotros para destinarlos al sacrificio tarde o temprano. Ya no sujetos a las ciclos de la naturaleza, lejos ya de nuestro humus urbanita, sino a los ciclos de la historia.

El carácter sagrado de estos reyes, reyezuelos y sátrapas de todo pelaje son sagrados porque sus abusos pueden ser la escusa para lincharlos y sacrificarlos –por haber alterado el orden, la jerarquía el equilibrio de las cosas, incestos y parricidios, son indistinguibles de cacerías escandalosas, delitos sexuales, abusos de poder, amenazas nucleares -;  y porque su muerte fue reparadora del caos o explicativa de la crisis que padecíamos, porque nos trajo la euforia, la paz momentánea, puso las cosas en su sitio.

Nadie percibe en la humildad de Juan Carlos el reconocimiento explícito de su condición de Rey Swazi, de rey Sagrado, que implora no se le linche en este año…  La promesa de que no se repetirá es la conciencia de que ahora no, pero habrá otros intentos de desahogar sobre él la ira que pulula entre los rivales. La izquierda radical aprovecha para la exhibición de su simetría rival… la derecha, no entra al trapo, pero está ahí en estado de contención. Pero si vinieran mal dadas el Rey sería también su chivo expiatorio.  Como el entrenador es el primer escudo del presidente de un club a punto de hundirse. Su figura simbólica todavía lo hace más significativo. Na vale para nada, más que para lo que es concebido: para ser la víctima ideal, expiatoria, indefensa. Porque el es el único que pertenece a esa rara especie de los elegidos por los dioses para ser sus representantes: Orus, Apis, Adonis, Dioniso, Swazi … qué más da el nombre. Su institución es la piñata que hay que destrozar, el muñeco de paja,  el ciripote, el güegüense, el que paga los platos, el cabeza de turco, el chivo expiatorio. ¿Hizo algo inconveniente? Sí, pero qué más da, sólo dejó en evidencia la hipocresía de una sociedad mentirosa que busca un títere de paja para golpear y hacer la catarsis periódica que nos desahoga…y sentirnos luego justificados de nuestras miserias, de ser más justos, equitativos, más solidarios, porque hemos desviado la señal a los depredadores y se lo han creído, que él era más culpable que nosotros. Fuenteovejuna se cree legitimada par amatar, porque se cree mejor que el comendador.

Querido Rey Juan Carlos, desde hoy tiene en mí su más fiel defensor. Su papel es terrible. Su vida es como una hoja de papel al viento. La masa que, como decía Canetti, cuando sale, sale a matar sedienta de sangre, le busca para evacuar sus miserias. Sobre usted se concitan todas las envidias. Yo creo en su inocencia, porque si todos le señalan como culpable es que es inocente, decía Levinas.

La hipocresía no tiene límites…  Después de la sangre, viene más sangre, pero ellos no lo saben, creen que la de usted basta para el holocausto. Se creen justos, no conocen la historia y sus solemnes repeticiones.  Si al Rey de verdad, el único Rey,  no creado por los humanos,  le crucificaron fue porque él  sí dijo la verdad y esta es insoportable para los hijos del príncipe de la mentira. El sabía el final de la historia y no la rehuyó… porque tenía que decirle a usted cuál es su destino. Su humildad no les basta, afilan los dientes, esperan otra, esté preparado majestad.

El marxismo ha muerto, pero nosotros no lo hemos matado

Por David Atienza de Frutos, 5 de abril de 2012

El 23 de marzo de 2012, Benedicto XVI respondía a las preguntas que los periodistas le hacían en su ya tradicional audiencia “aérea” al inicio de la visita que ha hecho ha México y a Cuba. El Papa afirmaba que “Hoy está claro que la ideología marxista, tal como fue concebida, ya no responde a la realidad. Porque no tiene respuestas para la construcción de una nueva sociedad. Deben ser encontrados nuevos modelos, con paciencia.”

La falta de respuestas socio-políticas ante la realidad que se impone es un hecho consumado en esta sociedad en la que vivimos. El marxismo ha fracasado, ha muerto, -descanse en paz- y el modelo capitalista se colapsa a pasos forzados –asistiremos también a su funeral-. El mecanismo sacrificial que antes era capaz de generar ideología no tiene ya fuerza, su semen es infértil, desmitificado por la pasión de Jesucristo y parece que no hay manera de engendrar la comunión entre los hombres por vías político-económicas o sacrificiales. Recuerdo que en la película la Ola de Dennis Gansel un joven en una discoteca se queja sobre la falta de ideales mientras que su colega, copita en mano, le decía: qué se puede esperar de un mundo donde lo más buscado en internet es “Paris Hilton”. Nada se genera y nada se espera ya, mas allá de la búsqueda del placer hedonista que es por defecto individualista y, por lo tanto, está vinculado profundamente al deseo mimético por ende engendrador de una violencia que ya apenas se puede contener.

No obstante el marxismo no murió de la noche a la mañana. Sigue agonizando entre estertores de muerte, pero nadie duda de su caducidad inminente. En Cuba el marxismo se muere junto con sus profetas y en China ha mutado hasta generar una nueva especie que ya no es posible reconocer como hija de su padre. En América Latina se ha vestido de indigenismo asumiendo un misticismo de laboratorio que carece realmente de contenido. El pensamiento panandino que divide al mundo entre indígenas y no indígenas, el pachakutec, el giro de la tortilla, se impone como la alternativa mística a la revolución marxista pero sigue siendo apenas un engendro falto de vida propia que debe ser alimentado artificialmente por las subvenciones de las ONGs europeas. En las universidades occidentales el marxismo ha mutado para tratar de sobrevivir de diversas maneras, casi siempre sostenido por los avances físico-matemáticos aplicados a las ciencias sociales, como por ejemplo las teorías de los sistemas complejos no lineales.

El marxismo ha muerto pero, en este caso, nosotros no lo hemos matado, ya que ha muerto de viejo. El límite lógico al sistema, su enfermedad mortal, proviene de la propia dinámica marxista. Todo sistema dialéctico se enfrenta a una paradoja interna pues la disolución-incorporación del contrario en la síntesis no puede más que generar una nueva oposición, lo que condena al sistema a un eterno tiempo cíclico. Los opuestos se necesitan continuamente para pensarse si mismos y la desaparición de uno de ellos implicaría la disolución del opuesto. Esta paradoja es la que ha condenado al marxismo materialista a su desaparición-transformación progresiva, paradoja que también se encuentra latente en los movimientos indigenistas y en los sistemas físico-matemáticos aplicados a las ciencias sociales pues nunca se alcanza la síntesis, las profecías no se cumplen y la gente se aburre y desespera. Pero el problema fundamental, como el Papa comenta, es que el marxismo es una teoría instrumental, que no realista, y que por lo tanto ya no tiene respuestas para el tiempo en que vivimos.

El marxismo es instrumental por que la historia no se configura como una espiral dialéctica ascendente que inevitablemente alcanzara la auto-comprensión sintética de si-misma o el paraíso terrenal, sino que parece más bien, siguiendo a Oughourlian y a Girard, se parece mas a un balancín que sube y baja. Cuando uno esta arriba el otro baja y viceversa, en un ciclo interminable. Lo único que cambia es el paisaje alrededor y la velocidad del balancín incrementando la violencia. Este es el tiempo escatológico en el que vivimos desde la primera venida de Cristo y que no terminará hasta la segunda llegada del Mesías o el advenimiento del Reino. El problema entonces no es que no sepamos ni el día ni la hora en que Cristo volverá, el único problema es si cuando llegue ese día habrá Fé sobre la faz de la tierra.

 

Identificaciones Indígenas Elitistas

Permítanme lanzar una pregunta sencilla: ¿Por qué los movimientos indígenas actuales se identifican siempre, o casi siempre, con las elites locales del pasado pre-contacto? Valga de muestra un botón:

En enero de 2006 Evo Morales, presidente de Bolivia, se coronaba en Tiwanaku como Apu Mallku o Líder Supremo de los aymaras, recogiendo simbólicamente la herencia imperial incaica de Tupac Amaru, el ultimo de los reyes Incas. Sin embargo, lo interesante de este asunto es que Morales es miembro del partido Movimiento al Socialismo (MAS) y es a este partido al que representó en las urnas. ¡Cómo se traga esto! ¿Socialismo e Imperio? ¿Qué significa?

Deberíamos saber que los incas en los Andes o los aztecas en Mesoamérica no eran sino una élite minoritaria y exclusiva. Estos imperios, como buenos movimientos imperiales o imperialistas, hicieron un uso privilegiado de la violencia para mantener el poder. Las interpretaciones marxistas de la historia precontacto del área andina en los años 60 y 70 del siglo XX trataron de vendernos un socialismo práctico y “natural”, pero hoy sabemos que los incas, al igual que los aztecas, gobernaban a golpe de macana, soportados por una mística apocalíptica y mesiánica que justificaba una violencia inhumana y una total desigualdad. En pocas palabras, ¿cómo es posible que se reivindique un pasado donde el diez por ciento de la población dominaba al resto casi como si fuera ganado?

Lo que muchos libros de historia, profundamente influidos por la leyenda negra y acomplejados, no cuentan nunca es que gran parte del éxito y rapidez de la expansión española en América fue posible por la propuesta originaria cristiana de igualdad y la libertad otorgada al ser humano per se, algo que se privilegió y defendió a pesar de que se dieron, sin duda, muchos abusos. Es muy fácil idealizar el mundo indígena desde una ciudad atiborrada de coches y de ruidos, y pensar al indígena como un ser libre, sin estrés ni hipotecas que pagar. Sin embargo si usted se atreviera a vivir una temporada en alguna comunidad indígena vería que no es oro todo lo que reluce y que existe el sufrimiento y permítame que le corrija: no todo el sufrimiento de los pueblos indígenas, ni mucho menos, ha sido originado por Occidente.

Valga de muestra otro botón: en Micronesia, donde la evangelización fue tardía y poco intensa y donde las playas paradisiacas y el sol son abundantes, la tasa actual de suicidios es una de las más altas del mundo, pero agárrese los pantalones, el 80 por ciento de los muertos tienen de 9 a 25 años. Yo vivo en las Marianas y soy testigo de ello. ¿Cuál es el origen del mal y de la violencia? Lo siento, pero debo decirles que existe el pecado y el mal moral, lo quiera usted o no, y que es universal.

Los incas y los aztecas y todos los indígenas sufrían y sufren hoy por lo mismo que sufre usted. No son víctimas inocentes sacrificadas por la codicia europea camuflada de religión, los procesos son mucho mas complejos y heterogeneos. Debemos pasar de página y superar el marxismo y el pensamiento victimario si queremos analizar la historia de esta humanidad con rigor.