En un mundo violento (5 y conclusión)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 3 de diciembre de 2014.

En un mundo como el que hemos descrito, puede que el Siervo de YHVH sea algo más que una feliz idea teológica: tal vez, como nos dice Girard, sea una sórdida alternativa o quizás la única: o nos reconciliamos tal como nos proponen los Evangelios, o desaparecemos. En un mundo en el que la violencia parece “ir a los extremos”, como afirmaba Clausewitz en Das war, la historia nos tiene acostumbrados a que una vez que se desata la violencia por parte de alguien que cree que sus razones le legitiman para el ataque, la respuesta del otro no se deja esperar, incrementa el potencial de violencia de manera exponencial. Tal vez cuando se trataba de guerras controladas o de ejércitos enfrentados con nobleza en un campo de batalla abierto y definido hubiese alguna posibilidad de acuerdo antes de la mutua destrucción. Tal vez pudiesen abrigarse esperanzas de la rendición del contrario por la victoria pero ahora lo que sucede es que, en esta escalada de violencia, lo que se presenta como futuro probable es un desastre nuclear. De aquí que la historia prenunciada por los evangelios, que nos advierten una posibilidad conflagración final, sea algo digno de ser tenido en cuenta. Es cierto que la apocalíptica no habla solamente de destrucción sino de la revelación de las cosas que han de suceder en un último intento de llamarnos a conversión, pero cada vez es más claro que el potencial de suceso de aquello que anuncia el Evangelio es más real, dado que la posibilidad de destrucción está en manos de gente sin garantías de autocontrol en situaciones de estrés y conflicto.

La iglesia tiene un papel también preanunciado por el Evangelio de completar lo que falta la pasión Cristo, encarnación del Siervo de YHVH. Es por esto por lo que en los últimos acontecimientos está siempre en el candelero siendo señalada como retrograda, denunciada como antisocial porque no es entendido su mensaje: parece que va contracorriente y por esto está siendo reconducida por los  medios como la “mosca molesta que hace despertar la conciencia dormida” hacia la imagen hacia el chivo expiatorio.

Las lecturas de la misa del 20 de noviembre han sido explícitas: Apocalipsis (5,1-10):

Yo, Juan, a la derecha del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso, gritando a grandes voces: «¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos?»

Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el rollo y ver su contenido. Yo lloraba mucho, porque no se encontró a nadie digno de abrir el rollo y de ver su contenido.

Pero uno de los ancianos me dijo: «No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos.»

Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo hablan degollado, y tenía siete cuernos y siete ojos –son los siete espíritus que Dios ha enviado a toda la tierra–. El Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con la mano derecha. Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume –son las oraciones de los santos–.

Y entonaron un cántico nuevo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra.»

Cristo es ese Siervo de YHVH, ese cordero degollado. Como dice Vitorino de Pettau, el “león para vencer, se hace cordero para sufrir”. En el siglo IV los cristianos estaban siendo perseguidos por Diocleciano con la misma saña que lo están siendo los cristianos en Siria y en Irak, y en todas partes, que marca el destino de la revelación. San Lucas (19,41-44) describe la situación de Israel hoy tras los atentados de Jerusalén del día 19 de noviembre, pero nos hace una pregunta:

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»

¿Qué es lo que conduce a la paz? ¿Y de qué paz está hablando?… esta es la pregunta a la que el libro El Siervo de YHWH. Una ciencia de la violencia intenta responder.
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En un mundo violento (4)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 2 de diciembre de 2014

La iglesia está, en este momento de la historia, empezando a comprender cuál es su misión: reencarnar al Siervo en el siglo XXI, y proponerlo… o proponerse a sí misma voluntariamente al escarnio público. Como dice Girard tal vez el único elemento aglutinador de las masas sea convertir al cristianismo en chivo expiatorio. Y tal vez también sea el único antídoto contra al relativismo. Pero esto está hablando de que estamos cercanos al apocalipsis.

Aquel por el que llega el escándalo

En la entrevista que le hace Maria Stella Barbieri en Aquel por el que llega el escándalo, podemos leer una profecía moderna sobre la Iglesia:

M.S.B.- Tiene usted razón al subrayar la actual condición histórica de la Iglesia, que se continua fantaseando, “mitificando”, como si fuera la responsable, es decir la culpable de todas las desgracias del mundo… Pero, según usted, ¿cuál es la relación específica del cristianismo histórico en relación al radical desorden del hombre? ¿Se justifica como una especie de excepción?

R.G.- Cuando llegan estas cuestiones de importancia hay un interés especial en no equivocarse. Los católicos me han reprochado a menudo de no tener una teoría eclesiológica, y en cierto modo tienen razón, porque yo no soy teólogo ni eclesiólogo. Sin embargo, es necesario defender a la Iglesia cuando se hace de ella un chivo expiatorio, lo cual encuentro escandaloso por parte de los católicos. Si comprendieran lo que está en juego hoy en día no harían eso a su Iglesia. Se trata verdaderamente de la fábula de La Fontaine: el león viejo al que todo el mundo da una patada.  Cuando le toca el turno al asno y le da también el león se revuelve. Yo prefiero no jugar el papel de este asno. Para volver a su pregunta, pienso que la legitimidad de la Iglesia está en su lazo con Cristo. Pablo, por ejemplo, lo sabía bien. Lo que me asombra en él es que se ha encontrado frente a Pedro, con el mismo problema que mucha gente, de todas las épocas, que han encontrado a Roma frente a ellos. Él era más radical que Pedro, le ha leído la cartilla, a menudo le ha desaprobado fuertemente, pero se ha inclinado finalmente ante él porque sabía que Pedro había sido designado por Cristo como su portavoz más autorizado. Veía inmediatamente lo esencial en todas las cosas y reconocía la tradición. ¡Una tradición que tenía entonces un cuarto de siglo solamente! Y es porque conocía perfectamente de qué se trataba porque lo que se comportó como lo hizo; sin la cual no habría habido jamás cristianismo.

El cristianismo parece ser en lo sucesivo el único chivo expiatorio posible, y por tanto el factor real de unidad de nuestro mundo. En América, se aprecia claramente con las medidas que toma la Corte suprema para impedir toda expresión de sentido cristiano. El cristianismo es aludido especialmente en relación con las otras religiones, en la medida en la que su universalismo está más presente.  Pienso que esta tendencia va a prolongarse y acentuarse porque los aspectos de la situación, responsables de esta tendencia, se refuerzan. La tentación totalitaria reprochada a la Iglesia se ha invertido. Veo ahí la continuación de lo sacrificial en los tiempos modernos bajos formas menores, pero que se vuelven peligrosas y cada vez más reveladoras. Por otra parte, paradójicamente, no se puede salir de la actual situación de desagregación, de particularización, de multiculturalismo, etc., más que descubriendo, precisamente, la universalidad del cristianismo, el único que puede hacer barrera ahí, inclinándose ante esto. Tengo a veces la impresión de que se trata de la última barrera que, cuando salte, dará lugar al apocalipsis. No veo otras.

Jamás la Iglesia ha hecho, tanto como lo hace hoy en día, el oficio de chivo expiatorio. Pero es necesario ver el valor simbólico de esto: aquello que la Iglesia había perdido, tal vez por sus compromisos con el mundo, sus enemigos se lo devuelven obligándola a hacer el mismo papel que Cristo. Esta es su verdadera vocación que se afirma y que va a sacudir la indolencia y la decadencia de la época que se acaba.

La pertinencia de este libro en su segunda edición es incuestionable. Los últimos acontecimientos: la ley del aborto en España en la que las caretas se caen e irrumpe la pragmática política de los votos y del dinero como bandera; los atentados de Jerusalén, el avance del EI, el desmantelamiento de Libia, Siria, Irak; la persecución sistemática, cruel y indiscriminada contra los cristianos en Asia y África, y la de las FEMES, y grupos radicales y mayoritarios políticos europeos y americanos contra la Iglesia bajo la excusa de la pederastia de unos poquísimos, y de sus posiciones respecto a los abortos, la corrupción y los ancianos, hacen prever un duro invierno para la Iglesia.

“Apocalipsis” o no “apocalipsis”, esa es la cuestión. Pequeña ontología de lo peor para tiempos de crisis.

Por David García-Ramos Gallego, 19 de septiembre de 2014.

Corren tiempos difíciles, no cabe duda. No cabe duda –y la sabiduría que ella trae– porque no hay espacio para ella. No se duda hoy. Vamos, que quien duda no tiene espacio tampoco. No parece que haya espacio para pensar un poco más si nos conviene o no tomar tal o cual decisión. Hay urgencia, urgencia de todo. Con Paul Virilio constatamos que la aceleración ha tocado techo. Solo nos cabe esperar lo peor –Paul Virilio, El Cibermundo, la política de lo peor–. La velocidad se ha adueñado de todo. Como cualquier conductor sabe, a mayor velocidad menos duda cabe. Uno ha de ser valiente, arrojado, seguro de sí, y adelantar por la derecha si las circunstancias le obligan, con tal de no levantar el pie.

Corren tiempos difíciles y todos se apresuran a decir que pronto los dejaremos atrás. Claro, a la velocidad a la que vamos, es normal que pensemos en dejarlo atrás todo. No hay lugar para la duda, ni tenemos tiempo de ella. Porque ya de tiempo atrás sabemos que espacio y tiempo van de la mano, cual rivales gemelares que se disputasen la esencia del ser. Lo que hay aquí y ahora, eso es. No hay tiempo para la duda, porque llenamos el tiempo de espacio recorrido. Me viene a la memoria el verso de Kipling “si puedes llenar el inexorable minuto con el equivalente a sesenta segundos de distancia recorrida”, para el escritor británico utopía del activismo humanista. Hoy se ha transformado en indudable pesadilla para cualquiera que trabaje por objetivos.

Corren tiempos difíciles y nosotros no corremos más que ellos –ya quisiéramos–, pero fingimos adelantarnos: jugamos al adivino de turbante y bola de cristal y preconizamos estructuras, dinámicas, correspondencias, analogías, tendencias, desviaciones, sistemas, complejidades y otras cartas del nuevo Tarot postmoderno de las pseudo-ciencias humanas. Confundimos esperanza con velocidad y tocino con escatología.

Corren tiempos difíciles y nos refugiamos en katekhones como quien estrella el coche en el carril de desaceleración contra unos bidones llenos de agua. Lo peor está por venir y debería orientar nuestras vidas. La esperanza no es la espera de lo mejor, sino más bien de lo peor. La esperanza es la espera de que lo mejor prevalecerá sobre lo peor, después de que lo peor acaezca. La esperanza es verdadera espera que no se esfuerza en rebasar lo peor: sabe que llegará lo mejor. La esperanza es verdadera esperanza cuando no queda resquicio para la esperanza, la que espera en el después de lo peor, la que da espacio al tiempo, la que espera el ad-venimiento. Me viene a la memoria otro verso de Kipling, del mismo poema: “si puedes esperar y no te cansas por esperar”. Y nosotros nos cansamos si alguien no contesta instantáneamente, nos cansamos si la página no se carga, si el programa no funciona, si nuestro hijo no obedece con inmediatez lumínica.

Corren tiempos difíciles, ya lo entreveíamos cuando David Atienza nos recordaba que vivíamos una amenaza nuclear sin precedentes. La espera de lo peor se ha hecho inmediata, ya no hay espera. La destrucción nuclear tiene la velocidad del átomo. Si creemos que podemos sobrevivir a ella en base a cierta resistencia o esperanza humana –¡demasiado humana!–, somos unos ilusos. El katekhon es una bendición, sí, pero no es la bendición. La verdadera bendición es la fe, la esperanza, la caridad. Creer a pesar de que corren tiempos difíciles, tener esperanza a pesar de que los tiempos corren más que la esperanza, amar contra todo odio.

Corren tiempos difíciles. Lo peor está aquí y ahora, a la vuelta de la esquina. Esperamos que no esté: que sea el hombre del saco detrás de la esquina, una amenaza para dominarnos. Decimos del mal que es un fantasma, una ilusión, algo banal. Esa es precisamente su demoledora fuerza: nos acostumbramos a él, decimos que es inevitable, necesario –¡necesario!–, inexplicable. Se ha publicado recientemente un texto de Giorgio Agamben sobre la renuncia de Benedicto XVI muy interesante: Benedicto XVI, sostiene el filósofo italiano, ha renunciado porque lo peor existe, porque el mysterium iniquitatis es real, muy real y no un fantasma teológico. La tesis de Agamben es que la renuncia del papa alemán se produce por fidelidad al elemento escatológico de la Iglesia por encima del elemento mundano-temporal. Es cierto que detrás de su lectura del gesto hay una crítica mundano-temporal a la curia vaticana, pero el valor de su lectura escapa a su opinión y va más allá, enunciando, tal vez, verdades de carácter ontológico (y/) o metafísico:

“Hay, en la Iglesia, dos elementos irreconciliables y, sin embargo, estrechamente relacionados: la economía y la escatología, el elemento mundano-temporal y el que se mantiene en relación con el fin del tiempo y del mundo [no con los tiempos del final, sino con el fin del tiempo, como ha explicado un poco antes]. Cuando el elemento escatológico se eclipsa en la so,bra, la economía mundana se vuelve propiamente infinita [o, como diría Virilio, adquiere velocidad absoluta], es decir, interminable y sin objetivo. La Iglesia se encuentra, así, frente a la siguiente paradoja: desde el punto de vista escatológico, debe renunciar al mundo, pero no puede hacerlo porque, desde el punto de vista de la economía, es del mundo y no puede renunciar a él sin renunciar a sí misma. Pero precisamente aquí se sitúa la crisis decisiva: porque el coraje –este nos parece el significado último del mensaje de Benedicto XVI– no es sino la capacidad de mantenerse en relación con el propio fin” (Giorgio Agamben, El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos, p.30).

Corren tiempos difíciles y, ante la amenaza de lo peor, cabe el gesto esperanzado y escatológico de esperar otro tiempo nuevo. El Apocalipsis podría ser la mejor de las esperanzas en esta carrera estúpida del hombre hacia su propia destrucción, eternamente diferida, demorada, economizada.

Corren tiempos difíciles. Aceptar escatológicamente nuestro papel en el drama del mal –mysterium iniquitatis– es recuperar el tiempo infinito y absoluto, sin fin, de la economía secularizada y hacerlo kairós, el tiempo del ahora. El hombre será así un Dasein no encarado a la muerte como horizonte ontológico de significación –y, en última instancia, de verdad– sino encarado a la respuesta, siempre dramática, al otro, a mi hermano. Una respuesta que no admite demora. Respuesta a la que se encamina más la teología dramática de un Balthasar que la de otros teólogos deslumbrados por “los milagros, señales y prodigios” (2Tes 2, 9) presentes en estos tiempos que corren.

Ho nyn kairós. Corren tiempos difíciles. Al mal tiempo buena cara y a estos tiempos difíciles –a la crisis–, el kairós. A mí me gusta pensar que consiste en vivir providencialmente, como si Dios existiera.

¿Por qué existen las guerras? (III)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. Concluimos con este tercer post sobre la naturaleza de las guerras una reflexión necesaria antes de emitir un juicio sobre el conflicto sirio. 

La cultura judeo-cristiana tiene la rara virtud de hacernos hipersensibles a la inmoralidad de una violencia injusta aplicada a las víctimas. Girard nos pone en las manos el método para comprender lo que está pasando: nos abre uno de los sellos de la tradición escrituraria judeo-cristiana. Dos hermanos llegan ante Jesús, uno de ellos reivindica que dirima entre ellos sobre un tema de herencias. Jesús no toma partido: ¿Quién me ha constituido juez entre vosotros? Denuncia de inmediato la idolatría de ambos por el dinero. Idénticos en la pretensión de sobrepujar por encima del otro, y, en caso de miedo o prevención hacia el otro, por lo menos, repartir, distribuir equitativamente, recurriendo a un mediador. Pero Este principio de simetría tiene que ser denunciado. Es el principio satánico de la acusación y de la división, es la lógica heracliteana, es la lógica del marxismo, del nihilismo, del capitalismo, de las religiones arcaicas –entre las que se encuentran anclados algunos de nuestros hermanos musulmanes–, la lógica heideggeriana. Y frente a ella solo otra lógica cabe: la del Logos del amor, la del logos joánico. En esas lógicas de la reciprocidad, los muertos de Nueva York compensan los muertos de Irak, de Afganistán, hasta de Hiroshima. El término japonés, Kamikaze, redunda en esa universal y espectral sensación de que todo tiene que ser vengado, resarcido. Que siempre hay una violencia última y legítima contra alguien, y que el sacrificio definitivo requiere la muerte del verdugo en el mismo ara que la víctimas. El todos contra uno solo es un momento en el camino del todos contra todos.

¿Pero en esta ulterior violencia quién es víctima de quién? Todo el planeta está lleno de altares consagrados al sacrificio expiatorio, a la violencia exaltada en el éxtasis de la víctima ideal, la esperada, aquella que con su muerte traerá definitivamente la paz. La Zona Cero, Hiroshima, o El Cairo, Damasco, o Madrid, todo está lleno de monumentos a los muertos, beteles, altares, cuyo recuerdo espera…el momento oportuno para la venganza. Pero esta chocará contra la misma piedra de siempre, la piedra angular que denuncia que todos somos unos criminales y que creemos que la viña es para nosotros, y que el sacrifico final nos dará la paz. De esa piedra angular buscada por todos pero rechazada,  ha sido revelado que era rechazada porque era inocente; desamortizaba nuestra sed de culpa para poder descargar y saciar nuestra sed de catarsis, de echar fuera la violencia y el resentimiento que llevamos dentro. Ya no se pueden distinguir los terroristas de las víctimas, ya no se puede distinguir a Caín de Abel,  es  una metáfora morbosa pero exacta que los que se inmolan lo hagan en el altar de las víctimas, con ellas. Los mártires del universo musulmán lo han entendido muy bien: se victimizan a sí mismos como verdugos cerrando el ciclo de la fe en la violencia.

Caín y Abel_Chagall

¿Quién tiene razón en Egipto? ¿Quién tiene más legitimidad en Siria: el conocido tirano o los que aspiran a la tiranía, aunque la revistan de democracia? ¿Quién tenía razón en Libia? ¿En Irak? ¿En Irán? ¿El cambio del Sha Mohamed Reza Pahlevi derrocado, y con el tiempo y algún tirano intermedio, sustituido por Mahmud Ahmadineyad ha supuesto algo? Sólo ha cambiado, de momento, el nombre de las víctimas ¿Pero cuál de ellas es más culpable o más inocente? Es comprometido afirmar esto porque nuestro esquema de comprensión del mundo consiste en estar nosotros entre los inocentes y los otros entre los culpables. Nosotros entre los buenos y los otros entre los malvados. Pero hay que cambiar el sistema: unos y otros, solo son hermanos mitológicos.

Cristo ha venido a desvelar al príncipe de la mentira que nos tiene subyugados por esta espectral creencia de que mi hermano es culpable de mi desgracia.

¿Por qué existen las guerras? (I)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. 

Steven Pinker, en Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones, insiste en que la paz es alcanzable, está ahí, que la violencia no es tan virulenta, y que el miedo a su increíble capacidad de expansión es lo que ha hecho a los hombres tomar conciencia de ella y aprestarse a ponerle límites. Ya Raymond Aron hizo alarde de su confianza en la capacidad humana de afrontar la violencia mediante la racionalidad. La capacidad disuasoria de la razón y del diálogo han sido constantes en las negociaciones… de paz, ciertamente, cuando los hombres se han hartado de derramar sangre.  obviamente de paz, porque para la guerra nunca se negocia, o al menos no con honestidad. Es famoso el pacto Hitler- Stalin basado en intereses comunes contra terceros, que escondía las verdaderas intenciones de ambos y por eso fue traicionado sobre la marcha. Desde Tocqueville, Freud, Hanna Arendt, Aron, etc., pocos han percibido la verdadera esencia de la violencia. Las bibliotecas están llenas de hipótesis y tratados sobre las relaciones violentas entre los seres humanos. Algunos más atrevidos lanzan teorías explicativas, entre ellos los mesiánicos marxistas que abogan por ella y la adoran para implantar la paz, mejor dicho: su paz; y los fenomenólogos, que atribuyen toda la violencia a las disputas entre credos religiosos, tipo Voltaire. Pero Cándido de este ideólogo ilustrado es un panfleto, del mismo estilo que los que dicen hoy en día que la Primavera árabe es un fenómeno religioso, o los Dawkins o Huntington que ven luchas de civilizaciones basadas en la religión, entendiéndola sin conocerla como un fenómeno paranoico y violento e incluyendo en esa categoría al cristianismo.

Primero hace falta leer a Canetti y a Clausewitz para comprender que no hay contenido objetivo, causa o explicación económica o religiosa, ni siquiera ideológica para la guerra o los conflictos. Tan solo mímesis, envidia, y rivalidad mimética; el aburrimiento de un orden social determinado que busca, por medio del desorden, un nuevo orden y así sucesivamente, en un frenesí periódico que da un poco de salsa a las sucesivas y olvidadizas generaciones… –pues ya no recuerdan lo que le contaron sus abuelos: “estábamos ilusionados, no cambió nada, sólo el collar del tirano y algunos muertos”-.

Steven Pinker que, siendo psicólogo, podría acercarse a estos temas perennes de la humanidad se queda en la superficie, y en un análisis casi roussoniano: “estamos mejor, a pesar de todo el hombre lleva un ángel dentro”. No dudo de estas afirmaciones, pero no incluyen la comprensión total de lo que es el hombre y las sociedades que genera.  Es cierto que detrás de todo enfrentamiento guerrero hay una historia, pero esta historia se pierde en la noche de los tiempos. Es una herida que todos los mitos fundacionales reconocen, en forma de crisis insoportable que reabre es herida una y otra vez: alguien tiene la culpa de lo que “nos pasa”. Esta periodicidad, larga en el tiempo, hace que se olvide el origen, la “causa”, pero está ahí pululando en el aire. ¿Tal vez la respuesta de todo esté en el viento? Pero detrás de toda guerra está el mito misterioso que esconde causas irreconstruibles, por más vueltas que le den los geoestrategas, los políticos y sociólogos de turno de guardia. Eneas y Anténor, Rómulo y Remo, Caín y Abel, son sólo marcas de los mismos fabricantes de trajes míticos e históricos. Y se funde Alba, o Tebas, o Roma, o Nod tras la muerte asesina, da lo mismo: un nuevo “orden mundial” aparece, que ilusiona a los ingenuos o a los que no ven más allá ni más acá de su generación.

Goya hermanos

La globalización nos ha traído la conciencia permanente de la presencia inexpulsable de la violencia; creímos que traería la identidad y la reconciliación, una reedición de la ilusión ilustrada, y nos ha traído la competitividad, la envidia exacerbada y la angustia. Anuladas las diferencias todo se nos torna indiferente. Y esa indiferencia nos enfrenta al Urszene hegeliano irremediablemente: cada uno está interrogando siempre el gesto del otro, indaga sobre su intención para prevenirse-prevenirlo, en una especie de bucle mimético del que no podemos escapar y que transforma al imitador (siervo) en modelo (señor) y viceversa. La globalización nos ha puesto en evidencia contra el paradigma freudiano que el que detenta ostensiblemente el poder que nos subyuga y que a la vez anhelamos, que amamos y odiamos, no es el padre, es el hermano. Más aún, que ese hermano no está fuera de mí, sino que vive dentro[1]. La globalización nos permite advertir lo que antes solo los Tiresias de la vida, clarividentes, intuían detrás de las acciones humanas: la verdadera amenaza somos nosotros mismos, no hay enemigo fuera, está dentro[2], y este es nuestro propio miedo, que los representamos en el otro, al que conferimos caracteres monstruosos, ciclópeos. Pero una vez representado en el otro –doble y monstruoso– salta la motivación que nos vuelve locos de furia erinia y que no hay Euménides (instituciones culturales) que lo paren.  El torbellino lo engulle todo: nos estalla en la cara cuando nos enfrentamos en este huracán de violencia en plena furia cuando se lleva por delante nuestra casa. Mientras pueden caer torre gemelas, hiroshimas múltiples, Cartago o Troya, da lo mismo, hacemos como que no existe la violencia, y nos sobrecoge, no la entendemos. Pero todo estaba profetizado… El lenguaje apocalíptico de Jesucristo en los evangelios, ha sido expulsado del orden impuesto por la ciencia que amputa el pensamiento, y lo constriñe en los límites de lo razonable. Nos da cierta seguridad psicológica pensar que hay una causa, que hay un culpable, no soportamos el azar, la arbitrariedad, el que las cosas pasan porque sí. El azar, que tanto argüimos para los procesos ininteligibles de la naturaleza, no lo soportamos en la cosas del hombre, aunque cada vez más vuelve el concepto de destino, como desgracia, o el de providencia, como poder benefactor escondido tras las brumas del dolor. Intentamos domeñar esos procesos cuando se trata del hombre, prisioneros del paradigma conductista aplicado a la sociología. Pero el evangelio nos da las claves… el azar, la libertad, no están predeterminadas por ningún fatum, por ningún Dios, él ha jugado limpio con el hombre: lo podemos destruir todo. El Apocalipsis no es un castigo (como arguyen interesadamente los fundamentalistas de todo pelo) es una posibilidad, una oportunidad para la conversión: que no es la vuelta a un férreo código moral salvador, sino un mirar con confianza, al otro, sin miedo, llenos de esperanza, pero aceptando lo peor.

Continuará

Cristo y la huelga general del 29 de marzo

Por Desiderio Parrilla, 20 de marzo de 2012

El katechon es un concepto clave de la Revelación evangélica.  Es un término griego que debe pronunciarse katéjon, es el participio presente del verbo katecho (katécho) que significa: retener, agarrar, impedir.

Es el apóstol San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses, versículos 6 y 7, quien lo utiliza por primera vez como idea de obstáculo, de impedimento, a la venida del Anticristo.

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Veinte siglos después, es el filósofo del derecho y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985) quien en varios trabajos suyos recupera la idea de katechon otorgándole una significación política.

Katechon, por tanto, es aquello que contiene el desbocamiento total de Satanás. René Girard muestra el aspecto antropológico de esta categoría inicialmente teológica: el katechon es lo que mantiene a raya nuestras violencias, de modo que la violencia humana, satánica y sacrificial, se mantiene contenida dentro del control de ciertos límites.

Pero este katechon no es la Iglesia, sino una institución mundana, puesto que contiene la violencia mediante la propia violencia. Mediante una violencia mesurada se impide el desbocamiento violento total.

Para Jean-Pierre Dupuy, un discípulo de René Girard, el katechon actual es el mercado capitalista postindustrial. El mercado capitalista de la sociedad global es el que contiene la violencia en este doble sentido. El capitalismo global contiene y limita la violencia mediante la competitividad regulada y la producción pletórica de artículos de consumo.

Como este autor muestra en su libro El sacrificio y la envidia, los consumidores no luchan a muerte por los mismos productos, ya que las empresas producen una cantidad ingente de productos. La abundancia de artículos de consumo acaba con la escasez que empuja a los hombres a competir por el mismo objeto en la lucha por la vida. La abundancia de bienes producidos hace que nadie necesite pelear por adquirir esos productos. El problema se traslada más bien hacia la competitividad por alcanzar los puestos de trabajo que posibilitan esta capacidad adquisitiva y de consumo, puesto que son más limitados. Sin embargo, esta lucha violenta por el puesto de trabajo tampoco ha originado violencias incontrolables en la sociedad, gracias a la creación del estado de bienestar, el keynesianismo social, la paga de desempleo, que permite consumir a un nivel excedentario, casi de lujo, aun cuando el sujeto esté desempleado, etc.

De esta manera, concluimos que el Estado de Bienestar ha sido el katechon de la violencia capitalista desde la II Guera Mundial hasta la caída de la URSS.

Efectivamente, este Estado de Bienestar surge de la influencia histórica de la plataforma geopolítica de la URSS. Para evitar la extensión del comunismo soviético marxista-leninista las democracias occidentales tuvieron que renunciar al capitalismo liberal estricto y potenciar la vía intermedia, o tercera vía, de la socialdemocracia oriunda de la República de Weimar. Lo propio cabe decir del New Deal norteamericano.

El estado de bienestar como modalidad eurocomunista, o socialdemócrata, surgió para contener la expansión de la URSS. Pero el estado de Bienestar no surgió de la buena voluntad de los políticos europeos, sino de una táctica de preservar esos países de la amenaza que la URSS suponía para esos mismos países. La URSS poseía una masa histórica considerable capaz de ejercer influencias y cambios en la plataforma capitalista de naturaleza calvinista cuyos centros de poder eran el floreciente imperio norteamericano de los EEUU y los restos del imperio británico y su Commonwealth.

En este sentido, la URSS contuvo durante su existencia la violencia capitalista. Por tanto se puede decir que la URSS fue el katechon del imperialismo protestante capitalista durante casi un siglo. Y el Estado de Bienestar europeo el katechon tanto de la URSS como del capitalismo liberal salvaje. Karl Scmitt afirmó que los EEUU y Churchill fueron el katechon durante la II Guerra Mundial frente al nazismo. Durante la posguerra consideraba que este papel lo siguieron ejerciendo estas plataformas protestantes.

Pero Schmitt no vivió lo suficiente para asistir al desarrollo pujante de estas plataformas capitalistas que a través de la carrera de armamentos, la Guerra de la Galaxias y la guerra fría, derrotaron a la URSS. En 1991 la URSS se disolvió, y con ella la última fuerza con alcance histórico-secular capaz de contener la violencia capitalista de corte liberal-protestante.

El capitalismo postindustrial venció a la URSS. Con su caída este capitalismo ha desmantelado en sólo 20 años las instituciones del Estado de Bienestar que convertían a Europa en un oasis laboral: jornada laboral de 8 horas de trabajo diarias, paga de desempleo asegurada, seguridad social, vacaciones pagadas, clase media pujante y solvente, etc. La actual crisis económica es un ciclo inflaccionario más del sistema capitalista que ya no tiene la URSS como dique de contención. Y este ciclo inflaccionario  está acabando con el Estado de Bienestar que limitaba la violencia feroz de todos contra todos propia del mercado capitalista en estado puro. Sólo hay que entrar en youtube y visionar las manifestaciones de Grecia para darse cuenta de ello.

Sin embargo, el motor que marca el ritmo mundial de producción ya no son sólo los EEUU sino el bloque asiático, especialmente China y la India. Este ritmo tecno-económico capitalista se extiende por todo el mundo en un proceso de aceleración enloquecido cuya correa de transmisión tiene su eje de alimentación en los ritmos productivos chinos: el obrero chino trabaja 16 horas diarias, tiene el camastro en el taller, duerme 7 horas y retoma el trabajo sin solución de continuidad y sólo tienen 2 días de vacaciones al año.

La agresividad y la violencia de este ritmo tecno-económico de capitalismo en estado puro esta´barriendo literalmente los modos comunitarios de vida que nos hacen humanos: con mayor intensidad en China, pero no con menos virulencia en los EEUU.

El sistema capitalista postindustrial barre totalmente las estructuras de parentesco y comunidad. Amenaza lo humano, lo pone en peligro de extinción. Y lo sustituye por el individualismo feroz y la razón instrumental.  Ya no hay tiempo más que para producir. Se disuelven los vínculos comunitarios: uno ya no es padre de tal o cual hijo, ni esposo de no sé quién, ni hijo de fulano ni de mengana, ni pertenece a tal estirpe o tal saga o a tal clan. No hay tiempo para cultivar este tipo de relaciones familiares amplias. En la sociedad rural y pre-industrial los ritmos económicos se subordinaban a los ritmos comunitarios de convivencia familiar: se vivía con los abuelos, la crianza se realizaba con los primos, los vecinos y amigos eran como de la familia, algunos quedaban vinculados cuasi-sanguíneamente a través de la figura de los padrinos o los compadres y comadres. Los maestros eran los segundos padres, los tíos tenían voz y voto en cada una de las casas del núcleo familiar cuyo centro eran los abuelos.

Estas estructuras comunitarias, que definen al ser humano, son disueltas progresivamente por la violencia agresiva y descontrolada del mercado capitalista allí donde no encuentra su limitación histórica del katechon: jornadas de trabajo de 50 horas de trabajo semanal, movilidad laboral absoluta, desaparición del domingo como día de descanso a través de la liberalización de horarios, salarios bajos que obligan a trabajar a ambos cónyuges que apenas coinciden en la casa por la flexibilidad laboral de horarios, etc, etc. En esto coinciden el Manchester del siglo XIX y el Nueva York del siglo XXI.

El capitalismo postindustrial actual no tiene su katechon. Nada limita con fuerza al capitalismo postsoviético cuyos motores son el bloque chino y el bloque capitalista de tradición anglo-protestante, así como su filial franco-alemana en Europa.

Ningún bloque geopolítico actual tiene fuerza para detener estas plataformas que movilizan el mundo y determinan sus ritmos destruyedo las estructuras comunitarias a su paso.

Iniciativas como la huelga general convocada para el próximo 29 de marzo son inútiles, no sirven de nada; están además fuera de la realidad: siguen anclados en esquemas previos a la caída de la URSS. No se dan cuenta de la consecuencia tan enorme que ha tenido la caída de la URSS. El katechon que mantenía a raya la violencia capitalista mediante la violencia soviética ha caído, ya no existe. Ahora la violencia liberal con todo sus efectos (nihilismo, desocialización de lo social, disolución de los referentes educativos y de autoridad, etc.) campan a sus anchas y el izquierdismo es más un reconocimiento de una impotencia y una ignorancia supina que una muestra de poder y sabiduría.

El único bloque que podría mantener a raya la violencia capitalista sería aquel que mantuviera a salvo las tradiciones que, precisamente, el capitalismo liberal hace peligrar: como las estructuras comunitarias, las leyes de parentesco y los vínculos familiares intergeneracionales. Este bloque para ejercer de límite, o katechon contra la violencia capitalista, debería ser también un bloque ajeno a las tradiciones protestantes y maoístas.

Por tanto este bloque sólo podría dominar al capital si fuera enemigo de la contracultura y los movimientos antisistema surgidos del conflicto chino-soviético (revolución sexal y cultural, antipsiquiatría, muerte de la familia, eclipse del padre, posmodernidad, etc.), por cuanto son estelas el maoísmo chino que actualmente es el motor del mercado capitalista: Thatcher y Mao van de la mano. Y para muestra remito a la campaña publicitaria de Loewe para el año 2012-2013, o al libro Rebelarse Vende de Joseph Heath y Andrew Potter (2004).

Para ejercer de katechon contra el capitalismo este bloque geopolítico deberá además ser incompatible con el individualismo e irracionalismo emotivista protestante, donde coinciden EEUU, Alemania e Inglaterra.

Este bloque sólo puede ser el bloque de la hispanidad, las naciones  de área hispanoamericana, de tradición cultural católica y mayoritariamente hispano-hablantes.

Sólo esta plataforma hispana tendría suficiente potencia para contener el capitalismo salvaje liberal, por sus características demográficas (400 millones de almas), lingüísticas (el español como tercer lengua más usada en internet en 2010 con 154 millones de usuarios), históricas (la historia común de cuatro siglos) y por su esencia católica, comunitaria, incompatible con los usos individualistas del mercado capitalista de corte calvinista.

Sólo este bloque está ya unido por la lengua y la cultura, comparte estructuras sociales fuertemente comunitarias, y posee instituciones políticas o económicas consolidadas (OEA, Mercosur, CELAC, ALBA).

Además, las diferentes naciones de esta plataforma geopolítica están vinculadas en su totalidad por la institución metapolítica de la Iglesia católico-romana a través de la sucesión apostólica de los obispos en las diferentes diócesis hispanoamericanas, lo que asegura la perpetuación de estas estructuras comunitarias mediante el munus docendi eclesiástico y su labor pastoral intensa y ampliamente extendida por toda la masa social. La unidad de estos obispos se robustece además gracias a la CELAM, y el Documento de Aparecida.

A ellos nos dirigimos usando el viejo lema marxista: hispanos de todas las naciones católicas del mundo, uníos.

El enemigo común es terrible y hay que contenerlo ya, antes de que acabe con todo lo que define lo humano desde sus orígenes. Sólo entonces el capitalismo posindustrial tendrá su katechon, tan necesario y urgente, que actualmente no posee.

Las medidas de izquierdismo situacionista y trotskismo barato contra el capitalismo actual son ridículas. Su entrismo ideológico en los mass-media (La Sexta), la huelga general de los sindicatos mayoritarios para el 29 de marzo y su “revolución permanente” (los indignados, 15-M) son como querer detener tanques lanzándoles alfileres.

¡Católicos de todas las naciones hispanas de la tierra, uníos!

Uníos para controlar con firmeza esta hidra de violencia inhumana y voraz que es el capitalismo postindustrial que nos está llevando a la catástrofe antropológica más grave de la historia desde la caída del Imperio romano.

A ti remitimos la justicia, ¡Ven Señor, Jesús!