El ébola y los chivos expiatorios

Por Ángel J. Barahona Plaza, 10 de octubre de 2014.

Los últimos acontecimientos en torno al ébola son una prueba del triunfo de la apologética y el ironismo liberal que embarga a nuestras sociedades posmodernas. Nuestras sociedades están abocadas a la solidaridad como necesidad, a la empatía como salvación, frente al frío invierno de las relaciones humanas que se avecina ahí fuera en un futuro próximo, en los espacios siderales de galaxias incomunicadas de carácter étnico, local, nacional, grupal, sindical o sexual y otras supernovas rutilantes que antes de estallar en mil pedazos llenan de su luz fugaz las tinieblas del universo humano.

“La solidaridad humana sólo puede entenderse con referencia a aquel con el que queremos y decimos ser solidarios, con la idea es uno de nosotros”, en donde el nosotros es algo mucho más restringido y más local que la raza humana. La solidaridad humana, no es cosa que dependa de la participación en una verdad común o en una meta común, sino cuestión de compartir una esperanza egoísta común”.

No cabe duda que Rorty, autor de este párrafo es un profeta de los nuevos tiempos.

Los sindicatos de enfermeros, las castas médicas, las castas políticas, los amantes de los perros se disputan el espacio de la solidaridad, de la verdad, y mientras Teresa (ya por fin, sabemos su nombre opacado –mala palabra, “opaco”, en los tiempos que corren- por Excálibur), camina a pasos agigantados hacia una muerte casi voluntaria, porque quedaba en ella algo del calor de la solidaridad.

Pero no es este mi tema. Esa “esperanza egoísta común”, que es lo único que aspiramos que nos una, según los profetas de la posmodernidad, es muy complicada. Nadie parece saber en qué hay que ser solidarios. Nadie parece controlar los protocolos de la solidaridad. La búsqueda de una ética excelsa sin Dios, de momento, parece que nos tiene mareados. Como dice Hadjadj, el “mundo” quiere un cristianismo sin Dios y sin Iglesia, pero tiene que refundar entonces todo lo que trajo el cristianismo como valor ético o moral. ¿Por dónde empezar tamaña empresa? Los distintos “nosotros” fundacionales no se ponen de acuerdo. Parece que la profecía de Babel es más potente que la imaginaria ironía “eficaz” en lo moral. En la acalorada discusión sobre el protocolo rawlsiano de la equidad en el diálogo se nos muere la gente. Mientras morían en África, el problema era de los otros, de un “nosotros” que no pertenecía al nosotros, los de aquí, cuando nos lo pasan a nosotros, los cuidadores del “parque humano” empiezan a despertar, pero su razón cínica no encuentra sino fórmulas adecuadas para culpar a alguien. Lo políticos, dicen, han pactado no hacer campaña con los fallos de protocolo, pero si muriera Teresa se clavarían unos a otros los puñales que están afilando. Los rivales solo conocen paz mientras preparan las armas para un nuevo ataque. Hasta los que reciben el Nobel de la paz acaban rindiéndose a la evidencia de la que la rivalidad es eterna, mitológica, humana –el premio Nobel se lo conceden, en un anhelo de utopía, a los que trabajan por rescatar a la infancia de las locuras de los adultos ansiando un futuro mejor, porque en el presente ya no hay nada que hacer–.

Sigamos con el discurso sin distraernos: no nos engañemos, todos están afinando sus espadas agónicas, liberales, irónico-cínicas, para encontrar alguien sobre quien descargar su culpa. Ese manido mecanismo, que desde este blog querríamos ayudar a desvelar, es más potente de lo que parece a primera vista. Si es rechazado por los savants de este “mundo” es porque huele mucho a evangelio. Pero algún día, y espero que no tarde, reconoceremos que es un mecanismo predictivo, científico y universal. No solucionamos problemas nunca, la historia está llena de intentos fallidos de solucionar problemas, sólo somos capaces de encontrar chivos expiatorios. Es parecido al problema que planteó el submarino nuclear Kursk: mientras se buscaba al culpable del desastre los marineros murieron… pero en el régimen pos-soviético lo más importante era que rodaran cabezas, que a alguien se le hiciese responsable. Formaba parte de las inercias heredades. En el mundo capitalista el equivalente es que alguien “pague” económica o políticamente. ¡Cuánto tardamos en ver que son los mismos perros con distintos collares!

Ya nos hemos caído del guindo. Siguiendo a Rorty:

“La cultura no tiene connotaciones morales. Se busca que la descripción ya no dé formulaciones abstractas y vacías, sino que se refiera a experiencias humanas concretas, –como el dolor o la traición– las que al ser compartidas, genere la necesaria empatía desde la cual se geste la solidaridad y la compasión. Debemos entrar en cultura pos filosófica: la sociedad liberal necesita literatura y no filosofía. Micro relatos entretenidos”.

¡Exacto, profeta! Este es un micro relato entretenido, basada en una experiencia humana concreta de dolor y traición, que genera simpatías y antipatías –enfrentados pero empáticos–. Mañana volveremos a hablar de tarjetas opacas, de Irak (no de los cristianos decapitados, sino de Irak –podríamos decir simplemente petróleo pero tenemos que disfrazarlo para no herir a las almas sensibleras–). Algún día recordaremos, como Gaspar Llamazares, todos los desastres que los malvados otros “nos” han causado, y unos y otros esgrimirán sus argumentos de tinta-sangre, pero en África seguirán muriendo. El verdadero problema seguirá sin resolver… ¿nos bastará un ética de la solidaridad, con una pizca de ironía liberal, para refundar el sentido que nos mantenga vivos? Ya no digo con ganas de vivir, sino vivos, vegetativamente hablando.

Rorty de nuevo ejerce de profeta, detractor de los discursos fundacionalistas, afirma la inutilidad de la pregunta “¿por qué ser solidario y no cruel?”:

“Sólo los teólogos y los metafísicos piensan que hay respuestas teóricas suficientes y satisfactorias a preguntas como esta. Por el contrario de lo que se trata es de afirmar que “tenemos la obligación de sentirnos solidarios con todos los seres humanos” y reconocer nuestra “común humanidad”. Explicar en qué consiste ser solidario no es tratar de descubrir una esencia de lo humano, sino en insistir en la importancia de ver las diferencias (raza, sexo, religión, edad) sin renunciar al nosotros que nos contiene a todos[1]”.

¿Estamos seguros que no necesitamos al esencia de lo humano cuando centenares de personas se “personan” –remarco la redundancia con ironía- ante la casa de Excálibur para salvar su vida y otras miles se meten ellas mismas en cuarentena para proteger su vida vegetativa y bromean por twitter, y hablan de no ir a clase, y de cerrar espacios y aislarse…? ¿Más?

Una ética sin esencia deriva hacia la mera narrativa. Rorty de nuevo nos inspira, pero… ¿podrá realmente iluminarnos esta literatura de ficción, que puede permitirse juguetear con el desenlace de la trama fatal? ¿Podrá salvarnos, dado que los personajes de ficción nunca mueren –¡porque nunca estuvieron vivos!–, dado que nos permite manejar hipótesis descarnadas, contando los muertos por miles, sin inmutarse el teclado que los imagina? ¿Podrá iluminarnos a la hora de afrontar los problemas reales?

“La literatura –señala Rorty– contribuye a la ampliación de la capacidad de imaginación moral, porque nos hace más sensibles en la medida en que profundiza nuestra comprensión de las diferencias entre las personas y la diversidad de sus necesidades. Sólo por la vía de emociones como el amor, la confianza, la empatía y la solidaridad se posibilitará un verdadero encuentro de las diferencias culturales. En definitiva, más educación sentimental y menos abstracción moral y teorías de la naturaleza humana. El único sentido de la vida es el desarrollo de la sensibilidad estética”.

Para Rorty existe un progreso moral que se orienta hacia una mayor solidaridad humana. Más educación sentimental y moral a través del desarrollo de la sensibilidad artística. La realidad es inseparable de la ficción y el giro literario de la ética es inevitable… porque es inseparable del lenguaje o de los lenguajes, porque es inseparable de las interpretaciones, porque vivimos en un “mundo interpretado” en el que nunca nos sentimos seguros. Este giro narrativo de la Ética excelsa sin Dios que todos buscan asume que no existe ninguna instancia metateórica que legitime sus enunciados, ningún punto de vista trascendental, ningún meta-léxico, ningún dogma que consiga escapar a las figuras de las que nos servimos para construir sentido. Sólo la literatura es capaz de afrontar el drama vital y difuso en el que nos movemos. La razón literaria puramente estética es sensible, compasiva con sufrimiento de los otros. Por eso Rorty propone dejar colar a la imaginación literaria para que aprendamos de forma diferida a conmovernos ante el dolor, el mal, en definitiva. La educación para la ciudadanía sentimental busca hacer hombres sensibles a la humillación de los otros. Pero me sensibiliza sólo en la medida en que me dejo afectar en la distancia. El ébola deja claro a partir de ahora, lo que el sida no había logrado, disfrazado por el “amor” que lo envuelve: el otro contamina tanto que mata. Rorty es el éxtasis de lo Políticamente Correcto, que en el fondo no es más que la expresión de un miedo al otro inexpresable. Obviamente es un sentirse escaldado por los acontecimientos del siglo XX.

Experimento una gran luz cuando leo esto: ya no sufro por Teresa, ni por Excálibur, ni por nadie: son personajes todos de un relato que pasa como pasó Lope de Vega, Calderón. Y ahora que me viene Calderón todavía recibo más luz: decía que uno va al teatro a arrojar sus miserias viéndose miméticamente representado en los protagonistas… ¿No será eso lo que está pasando? ¿Estamos montando, gracias a los medios, la televisión, etc., el gran escenario teatral de un mundo sin moral en el que, nosotros, actores y espectadores a la vez, vamos a ser sacrificados en aras de un final feliz? ¿Qué moralidad hay detrás de un párrafo que se borra en la memoria después de haberlo leído en cualquier novela si nunca fue un suceso del mundo?

Pero todavía hay más. Y esto sí que es irónico. Un misionero, que se hace cirujano, que estudia medicina por amor, que no abandona a sus hermanos, aunque sean africanos… ¿Ha muerto un misionero? Estoy temblando pensado en que algún radical de cualquier partido que quiera aflorar en la palestra de este gran teatro, sindicalista de turno, o hijos de Llamazares, se les ocurra pedir indemnización a la orden de San Juan de Dios por habernos traído el sida, perdón, el ébola, por su exceso de amor. Y cuando digo esto estoy viendo una profecía irónica sobre el futuro… porque las dos monjas que están dando su sangre en plasma, y esto no es literatura, anónimas, calladas, que lograron vencer al bicho que las mataba para seguir amando, se están desangrando literalmente para dar la vida. Esta es la verdadera iglesia, o mejor la misma, que los medios no quieren percibir. Que sea un misionero que toca a los niños para curarles las heridas del pecado de los hombres, que no huye cuando vienen mal dadas sino que se queda hasta dar la vida… No interesa. El contexto “Iglesia” está contaminado. Lo bueno no se ve, solo lo escandaloso nos embarga y tiene futuro en el escenario teatral del “mundo”. En la inmensa cháchara, el blablabla no deja oír un silencioso “morir para dar la vida”. Esa es la esencia de lo que queremos, de lo que buscamos pero que no dejamos que aflore. Decía Chesterton que el hombre que llama a la puerta de un burdel está buscando a Dios, y es cierto, significa que anhelamos esa forma de amor del misionero, de las monjas anónimas, pero nos hace daño su presencia porque nos denuncia que, aunque queremos esa forma de amar auténtica, nos conformamos con un burdel, un amor comprado, un sucedáneo llamado solidaridad de un egoísmo común nos basta para saciar una sed infinita. Más que una afirmación es una pregunta, ¿nos sacia? ¿O es por eso por lo que estamos todos tan tristes y somos tan histéricamente miedosos? Como en la fábula de la zorra y las uvas, la arrogancia de la zorra, impotente para abrirse a ser ayudada, o para poder alcanzar las jugosas uvas, la hace volverse con desdén y decir: ¡va, son todos pederastas!


[1] Parte de la doctrina de Williams Sellars de la obligación moral en términos de “intenciones -nosotros” “we- intentions”. La expresión explicativa fundamental es la de “uno de nosotros” equivale a “gente como nosotros”, “un camarada del movimiento radical”, “un italiano como nosotros”. El “nosotros” significa algo más restringido y local que la raza humana.

“Apocalipsis” o no “apocalipsis”, esa es la cuestión. Pequeña ontología de lo peor para tiempos de crisis.

Por David García-Ramos Gallego, 19 de septiembre de 2014.

Corren tiempos difíciles, no cabe duda. No cabe duda –y la sabiduría que ella trae– porque no hay espacio para ella. No se duda hoy. Vamos, que quien duda no tiene espacio tampoco. No parece que haya espacio para pensar un poco más si nos conviene o no tomar tal o cual decisión. Hay urgencia, urgencia de todo. Con Paul Virilio constatamos que la aceleración ha tocado techo. Solo nos cabe esperar lo peor –Paul Virilio, El Cibermundo, la política de lo peor–. La velocidad se ha adueñado de todo. Como cualquier conductor sabe, a mayor velocidad menos duda cabe. Uno ha de ser valiente, arrojado, seguro de sí, y adelantar por la derecha si las circunstancias le obligan, con tal de no levantar el pie.

Corren tiempos difíciles y todos se apresuran a decir que pronto los dejaremos atrás. Claro, a la velocidad a la que vamos, es normal que pensemos en dejarlo atrás todo. No hay lugar para la duda, ni tenemos tiempo de ella. Porque ya de tiempo atrás sabemos que espacio y tiempo van de la mano, cual rivales gemelares que se disputasen la esencia del ser. Lo que hay aquí y ahora, eso es. No hay tiempo para la duda, porque llenamos el tiempo de espacio recorrido. Me viene a la memoria el verso de Kipling “si puedes llenar el inexorable minuto con el equivalente a sesenta segundos de distancia recorrida”, para el escritor británico utopía del activismo humanista. Hoy se ha transformado en indudable pesadilla para cualquiera que trabaje por objetivos.

Corren tiempos difíciles y nosotros no corremos más que ellos –ya quisiéramos–, pero fingimos adelantarnos: jugamos al adivino de turbante y bola de cristal y preconizamos estructuras, dinámicas, correspondencias, analogías, tendencias, desviaciones, sistemas, complejidades y otras cartas del nuevo Tarot postmoderno de las pseudo-ciencias humanas. Confundimos esperanza con velocidad y tocino con escatología.

Corren tiempos difíciles y nos refugiamos en katekhones como quien estrella el coche en el carril de desaceleración contra unos bidones llenos de agua. Lo peor está por venir y debería orientar nuestras vidas. La esperanza no es la espera de lo mejor, sino más bien de lo peor. La esperanza es la espera de que lo mejor prevalecerá sobre lo peor, después de que lo peor acaezca. La esperanza es verdadera espera que no se esfuerza en rebasar lo peor: sabe que llegará lo mejor. La esperanza es verdadera esperanza cuando no queda resquicio para la esperanza, la que espera en el después de lo peor, la que da espacio al tiempo, la que espera el ad-venimiento. Me viene a la memoria otro verso de Kipling, del mismo poema: “si puedes esperar y no te cansas por esperar”. Y nosotros nos cansamos si alguien no contesta instantáneamente, nos cansamos si la página no se carga, si el programa no funciona, si nuestro hijo no obedece con inmediatez lumínica.

Corren tiempos difíciles, ya lo entreveíamos cuando David Atienza nos recordaba que vivíamos una amenaza nuclear sin precedentes. La espera de lo peor se ha hecho inmediata, ya no hay espera. La destrucción nuclear tiene la velocidad del átomo. Si creemos que podemos sobrevivir a ella en base a cierta resistencia o esperanza humana –¡demasiado humana!–, somos unos ilusos. El katekhon es una bendición, sí, pero no es la bendición. La verdadera bendición es la fe, la esperanza, la caridad. Creer a pesar de que corren tiempos difíciles, tener esperanza a pesar de que los tiempos corren más que la esperanza, amar contra todo odio.

Corren tiempos difíciles. Lo peor está aquí y ahora, a la vuelta de la esquina. Esperamos que no esté: que sea el hombre del saco detrás de la esquina, una amenaza para dominarnos. Decimos del mal que es un fantasma, una ilusión, algo banal. Esa es precisamente su demoledora fuerza: nos acostumbramos a él, decimos que es inevitable, necesario –¡necesario!–, inexplicable. Se ha publicado recientemente un texto de Giorgio Agamben sobre la renuncia de Benedicto XVI muy interesante: Benedicto XVI, sostiene el filósofo italiano, ha renunciado porque lo peor existe, porque el mysterium iniquitatis es real, muy real y no un fantasma teológico. La tesis de Agamben es que la renuncia del papa alemán se produce por fidelidad al elemento escatológico de la Iglesia por encima del elemento mundano-temporal. Es cierto que detrás de su lectura del gesto hay una crítica mundano-temporal a la curia vaticana, pero el valor de su lectura escapa a su opinión y va más allá, enunciando, tal vez, verdades de carácter ontológico (y/) o metafísico:

“Hay, en la Iglesia, dos elementos irreconciliables y, sin embargo, estrechamente relacionados: la economía y la escatología, el elemento mundano-temporal y el que se mantiene en relación con el fin del tiempo y del mundo [no con los tiempos del final, sino con el fin del tiempo, como ha explicado un poco antes]. Cuando el elemento escatológico se eclipsa en la so,bra, la economía mundana se vuelve propiamente infinita [o, como diría Virilio, adquiere velocidad absoluta], es decir, interminable y sin objetivo. La Iglesia se encuentra, así, frente a la siguiente paradoja: desde el punto de vista escatológico, debe renunciar al mundo, pero no puede hacerlo porque, desde el punto de vista de la economía, es del mundo y no puede renunciar a él sin renunciar a sí misma. Pero precisamente aquí se sitúa la crisis decisiva: porque el coraje –este nos parece el significado último del mensaje de Benedicto XVI– no es sino la capacidad de mantenerse en relación con el propio fin” (Giorgio Agamben, El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos, p.30).

Corren tiempos difíciles y, ante la amenaza de lo peor, cabe el gesto esperanzado y escatológico de esperar otro tiempo nuevo. El Apocalipsis podría ser la mejor de las esperanzas en esta carrera estúpida del hombre hacia su propia destrucción, eternamente diferida, demorada, economizada.

Corren tiempos difíciles. Aceptar escatológicamente nuestro papel en el drama del mal –mysterium iniquitatis– es recuperar el tiempo infinito y absoluto, sin fin, de la economía secularizada y hacerlo kairós, el tiempo del ahora. El hombre será así un Dasein no encarado a la muerte como horizonte ontológico de significación –y, en última instancia, de verdad– sino encarado a la respuesta, siempre dramática, al otro, a mi hermano. Una respuesta que no admite demora. Respuesta a la que se encamina más la teología dramática de un Balthasar que la de otros teólogos deslumbrados por “los milagros, señales y prodigios” (2Tes 2, 9) presentes en estos tiempos que corren.

Ho nyn kairós. Corren tiempos difíciles. Al mal tiempo buena cara y a estos tiempos difíciles –a la crisis–, el kairós. A mí me gusta pensar que consiste en vivir providencialmente, como si Dios existiera.

¿Por qué existen las guerras? (I)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. 

Steven Pinker, en Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones, insiste en que la paz es alcanzable, está ahí, que la violencia no es tan virulenta, y que el miedo a su increíble capacidad de expansión es lo que ha hecho a los hombres tomar conciencia de ella y aprestarse a ponerle límites. Ya Raymond Aron hizo alarde de su confianza en la capacidad humana de afrontar la violencia mediante la racionalidad. La capacidad disuasoria de la razón y del diálogo han sido constantes en las negociaciones… de paz, ciertamente, cuando los hombres se han hartado de derramar sangre.  obviamente de paz, porque para la guerra nunca se negocia, o al menos no con honestidad. Es famoso el pacto Hitler- Stalin basado en intereses comunes contra terceros, que escondía las verdaderas intenciones de ambos y por eso fue traicionado sobre la marcha. Desde Tocqueville, Freud, Hanna Arendt, Aron, etc., pocos han percibido la verdadera esencia de la violencia. Las bibliotecas están llenas de hipótesis y tratados sobre las relaciones violentas entre los seres humanos. Algunos más atrevidos lanzan teorías explicativas, entre ellos los mesiánicos marxistas que abogan por ella y la adoran para implantar la paz, mejor dicho: su paz; y los fenomenólogos, que atribuyen toda la violencia a las disputas entre credos religiosos, tipo Voltaire. Pero Cándido de este ideólogo ilustrado es un panfleto, del mismo estilo que los que dicen hoy en día que la Primavera árabe es un fenómeno religioso, o los Dawkins o Huntington que ven luchas de civilizaciones basadas en la religión, entendiéndola sin conocerla como un fenómeno paranoico y violento e incluyendo en esa categoría al cristianismo.

Primero hace falta leer a Canetti y a Clausewitz para comprender que no hay contenido objetivo, causa o explicación económica o religiosa, ni siquiera ideológica para la guerra o los conflictos. Tan solo mímesis, envidia, y rivalidad mimética; el aburrimiento de un orden social determinado que busca, por medio del desorden, un nuevo orden y así sucesivamente, en un frenesí periódico que da un poco de salsa a las sucesivas y olvidadizas generaciones… –pues ya no recuerdan lo que le contaron sus abuelos: “estábamos ilusionados, no cambió nada, sólo el collar del tirano y algunos muertos”-.

Steven Pinker que, siendo psicólogo, podría acercarse a estos temas perennes de la humanidad se queda en la superficie, y en un análisis casi roussoniano: “estamos mejor, a pesar de todo el hombre lleva un ángel dentro”. No dudo de estas afirmaciones, pero no incluyen la comprensión total de lo que es el hombre y las sociedades que genera.  Es cierto que detrás de todo enfrentamiento guerrero hay una historia, pero esta historia se pierde en la noche de los tiempos. Es una herida que todos los mitos fundacionales reconocen, en forma de crisis insoportable que reabre es herida una y otra vez: alguien tiene la culpa de lo que “nos pasa”. Esta periodicidad, larga en el tiempo, hace que se olvide el origen, la “causa”, pero está ahí pululando en el aire. ¿Tal vez la respuesta de todo esté en el viento? Pero detrás de toda guerra está el mito misterioso que esconde causas irreconstruibles, por más vueltas que le den los geoestrategas, los políticos y sociólogos de turno de guardia. Eneas y Anténor, Rómulo y Remo, Caín y Abel, son sólo marcas de los mismos fabricantes de trajes míticos e históricos. Y se funde Alba, o Tebas, o Roma, o Nod tras la muerte asesina, da lo mismo: un nuevo “orden mundial” aparece, que ilusiona a los ingenuos o a los que no ven más allá ni más acá de su generación.

Goya hermanos

La globalización nos ha traído la conciencia permanente de la presencia inexpulsable de la violencia; creímos que traería la identidad y la reconciliación, una reedición de la ilusión ilustrada, y nos ha traído la competitividad, la envidia exacerbada y la angustia. Anuladas las diferencias todo se nos torna indiferente. Y esa indiferencia nos enfrenta al Urszene hegeliano irremediablemente: cada uno está interrogando siempre el gesto del otro, indaga sobre su intención para prevenirse-prevenirlo, en una especie de bucle mimético del que no podemos escapar y que transforma al imitador (siervo) en modelo (señor) y viceversa. La globalización nos ha puesto en evidencia contra el paradigma freudiano que el que detenta ostensiblemente el poder que nos subyuga y que a la vez anhelamos, que amamos y odiamos, no es el padre, es el hermano. Más aún, que ese hermano no está fuera de mí, sino que vive dentro[1]. La globalización nos permite advertir lo que antes solo los Tiresias de la vida, clarividentes, intuían detrás de las acciones humanas: la verdadera amenaza somos nosotros mismos, no hay enemigo fuera, está dentro[2], y este es nuestro propio miedo, que los representamos en el otro, al que conferimos caracteres monstruosos, ciclópeos. Pero una vez representado en el otro –doble y monstruoso– salta la motivación que nos vuelve locos de furia erinia y que no hay Euménides (instituciones culturales) que lo paren.  El torbellino lo engulle todo: nos estalla en la cara cuando nos enfrentamos en este huracán de violencia en plena furia cuando se lleva por delante nuestra casa. Mientras pueden caer torre gemelas, hiroshimas múltiples, Cartago o Troya, da lo mismo, hacemos como que no existe la violencia, y nos sobrecoge, no la entendemos. Pero todo estaba profetizado… El lenguaje apocalíptico de Jesucristo en los evangelios, ha sido expulsado del orden impuesto por la ciencia que amputa el pensamiento, y lo constriñe en los límites de lo razonable. Nos da cierta seguridad psicológica pensar que hay una causa, que hay un culpable, no soportamos el azar, la arbitrariedad, el que las cosas pasan porque sí. El azar, que tanto argüimos para los procesos ininteligibles de la naturaleza, no lo soportamos en la cosas del hombre, aunque cada vez más vuelve el concepto de destino, como desgracia, o el de providencia, como poder benefactor escondido tras las brumas del dolor. Intentamos domeñar esos procesos cuando se trata del hombre, prisioneros del paradigma conductista aplicado a la sociología. Pero el evangelio nos da las claves… el azar, la libertad, no están predeterminadas por ningún fatum, por ningún Dios, él ha jugado limpio con el hombre: lo podemos destruir todo. El Apocalipsis no es un castigo (como arguyen interesadamente los fundamentalistas de todo pelo) es una posibilidad, una oportunidad para la conversión: que no es la vuelta a un férreo código moral salvador, sino un mirar con confianza, al otro, sin miedo, llenos de esperanza, pero aceptando lo peor.

Continuará

>Fukushima y la presencia de lo peor

>La presencia de lo peor en forma de radiación, que es la forma científica y moderna de los espíritus malignos que ni se tocan ni se ven, pero que poseen la carne de uno con la misma virulencia que el mismo Belcebú, esa presencia es la que se palpa en Japón, sin duda. Nosotros sólo la vemos de lejos, la notamos a través de las pantallas (esas otras radiaciones). Lo inimaginable ha ocurrido, convertido por arte de magia en lo que todos sabían que iba a ocurrir, lo que algunos sabían y ocultaban por interés, lo que otros sabían y querían ignorar (how many times can a man turn his head / pretending he just doesn’t see…?), y lo que, en general todos vivimos sin considerar.

Las reflexiones de Dupuy sobre el catastrofismo [es necesario hacer una lectura detenida de sus tesis neocatastrofistas, expuestas en Petite métaphysique des tsunamis y en Pour un catastrophisme éclairé; un excelente resumen de sus tesis en el blog tecnocidanos], teorías de lo improbable y de la complejidad (vía E. Morin, Valera y otros) podrán iluminar, pero siempre a posteriori, los sucesos y la presencia de lo peor en Japón estos días.

Desde una perspectiva filosófica, es curioso que ya no se susciten los debates voltarianos que provocó en el siglo XVIII el terremoto de Lisboa en torno a la existencia de Dios, la bondad del mundo, y otras cuestiones a las que ya nos hemos acostumbrado. Bajo nuevos nombres, sin embargo, las cuestiones son las mismas: poner nombre al mal, buscar culpables (para unos los nucleares, para otros, la naturaleza divinizada que se venga, para otros, casi todos, un vacío que llenamos con lo que sea). También hay héroes, o los había hasta ayer, con nombre de película (que se hará necesariamente para crear el mito): los 50 de Fukushima (los samurais, los héroes, el lenguaje épico se desparrama por internet, sobre todo desde que se sabe que morirán a causa de las radiaciones). [Adenda: un amigo me comentaba ayer la posibilidad de un castigo de Dios en todo esto. Aún no salgo de mi perplejidad. Algo en mí se rebela a pensar en un Dios-terremoto. Prefiero el Dios menesteroso de las vícitmas]

Lo curioso es que el escenario ya había sido dibujado cientos de veces por el manga japonés: Tokio postapocalíptico, Japón nuclear, historias sobre lo que ha sucedido que ya han sido contadas de modo obsesivo por los nipones. Sería interesante analizar el imaginario de la catástrofe nuclear y del mal en la ficción japonesa. Estoy convencido de que encontraríamos muchas sorpresas.

Ponernos en lo peor para tomar decisiones es el resumen de las tesis neocatastrofistas. Los nuevos mitos de la ciencia y del progreso, alentados por un capitalismo que no sabe mirar atrás, se nos presentan bajo un lenguaje ya ni veladamente religioso. Pero religioso sagrado, violento. Quién sabe qué nuevas víctimas nos pedirá este altar (¿de la ciencia, del progreso?). Lo que es indudable es que parece un dios insaciable.