Miedo (2)

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el 20 de marzo de 2016.

Valores perdidos, sin nunca haberlos hallado.

Hemos dado carpetazo a un cristianismo que nunca conocimos más que en su rostro desfigurado por los pecados de algunos que se llamaban a sí mismos cristianos. Esta auto denominación -tal vez no por maldad sino porque que respondían a un contexto cultural-responde a una historia heredada que no se esforzaron por asimilar. Se quedaron a medio camino de llevar las enseñanzas del evangelio hasta las últimas consecuencias. Se quedaron anclados en el aparato cultural tejido de mil y una formas paganas subsistentes: amor al dinero, culto al eros, adoración de la violencia, costumbres bárbaras que cambiaron a Odín por Cristo sin resolver la diferencia, a Venus por la Virgen sin entender la diferencia. Por eso es tan fácil la transición actual, “el retorno de los brujos” ya es un hecho (Pauwels), la vuelta de la Virgen a la Pacha Mama ya es un hecho, de la Iglesia a la Madre Naturaleza.

Hoy vemos con asombro que se adoptan como propios de la Ilustración valores cuyo origen es netamente cristiano, inéditos hasta que irrumpe el cristianismo en escena. Si bien es verdad que disfrazados por nuevas configuraciones parecen creación original del último estertor de la razón –por decir algo–: la familia, el respeto, la tolerancia, la paz… Pero les han cambiado su esencia: por el miedo a que un ser humano sufra de soledad cualquier cosa es familia; por el miedo a que la libertad del otro me dañe exigimos un respeto que castra nuestra libertad; por el miedo a ser rechazados exigimos tolerar todo lo moralmente intolerable; por el miedo a la violencia de los otros amputamos nuestra sed de relaciones auténticas, nuestro anhelo de verdad.

La clave de la posmodernidad es el miedo. Por eso hay que abolir las antiguas seguridades para mecerse en la inseguridad como punto de anclaje tembloroso. La ausencia de certezas parece que es el derivado de una mentalidad cientificista, pero es sólo miedo al debate sobre lo que verdaderamente importa. Tanto a nivel privado como público, tanto en la familia como en el trabajo. Hoy en día es difícil sentirse perteneciente a una comunidad. La pertenencia no es sobre la identidad compartida, abierta, arriesgada y amorosa, a una comunidad, sino una identidad a la contra, por rivalidad: me apunto un grupo que odia al otro, a una nación que odia a la otra, a un partido que odia al otro. Pertenecemos a una sociedad global, pero falta definición de identidad propia. Esta situación hace perder el equilibrio y, en los más vulnerables, provoca crisis de ansiedad y depresión. Por ello, el miedo a no saber “quién eres” se logra por contraposición. Es el triunfo de la dialéctica hegeliano-marxista.

Detrás de estas relaciones atormentadas se encuentra la experiencia del dolor de entrar en contacto con los otros. Sartre ha calado en el alma posmoderna: el infierno son los otros. Sin el parapeto moral que nos daba la cultura –pátina cultural-cristiana- cada vez más ante una dificultad (como un amor frágil o finito) se ve como opción el crimen o el suicidio, la destrucción de la familia, de los vínculos que unieron románticamente a la pareja. El miedo a sufrir y el infantilismo de moda: tolerancia cero a la adversidad, a cualquier contrariedad… nos hace incapaces de sostener las relaciones que alguna vez no supongan ser una fuente de placer permanente.

Cada vez más se hace insostenible una relación que contenga algún elemento de desagrado, que no sea una adoración narcisista compartida, donde el otro no funcione de espejo y ejerza su crítica. Las personas ya no distinguen el impulso del deseo, el sexo del amor. Pensar es demasiado costoso, adentrarse en los entresijos de la personalidad propia, de los propios defectos, se hace insoportable. Vivimos instalados en la autocomplacencia, en el caballo de una falsa libertad (cuanto más libres creemos ser más imitadores somos). Nuestra frágil autonomía (aunque en apariencia sea soberbia, cada vez más dependemos de la mirada y aceptación de los demás) se quiebra ante el primer obstáculo. El primer viento contrario nos disuade de seguir buscando nuestra Ítaca.

Miedo 2_her

Fotograma de Her de Spike Jonze, con Joaquin Phoenix.

Por eso nos refugiamos detrás de pantallas, fotogramas, instagramas, facebook. Y nos congratulamos con películas apocalípticas que pasan lejos de casa. Pero lo único que importa es tener un perfil. El miedo a una relación real (películas como Her, o series como Black Mirror), miedo por no tener identidad, miedo de recordar cosas desagradables, miedo a no dormir bien, miedo al sueño, miedo de mirarse por dentro, miedo de no gustar, miedo de aceptar algo que no me agrada y que me incomoda, son el motor de las psicopatologías del siglo XXI. Las drogas, el juego, la bulimia, la anorexia, la ansiedad incontrolable, el alcohol, agorafobia, el síndrome de hiperactividad, el síndrome obsesivo compulsivo. Las nuevas dependencias adictivas se presentan como alternativas para definir el propio ser y ser identificado, pero tienen la contrapartida de incrementar las dimensiones del problema en vez de solucionarlo.

Una forma universal y perenne de canalizar el miedo es encontrar un culpable. Los miedos y visiones apocalípticas aparecen en el horizonte y necesitan un chivo expiatorio para no desembocar en una catástrofe autodestructiva, auto inculpatoria. La solución: echar la culpa a otro. Este es el éxito de determinadas psicologías, análisis sociales, políticas… El éxito de los partidos populistas reside en que tienen fácil señalar a un culpable. Esto libera mucha energía reprimida, resentida, canaliza la descarga eléctrica a la toma de tierra. De una generación a otra prima el olvido, y la confianza se reinstala en la esperanza de que ahora sí se va a inaugurar la justicia, la honestidad… En esa nueva ilusión votamos, nos revolvemos en el asiento frente al televisor como quien está jugando un partido definitivo. Ese nosotros ficticio en el que nos sentimos arropados nos quita por un momento el miedo y nos permite respirar. Ese nosotros nos reviste de pureza, de buenas intenciones, de inocencia. El mundo es recreado, hemos disfrutado de minutos de paraíso. Hemos tocado el árbol que nos hace dioses.

Por un minuto perdimos el miedo y la memoria.

¿Por qué me persigues? (II)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 16 de septiembre de 2015.

Los perseguidores siempre están convencidos de que uno sólo o una minoría es nociva, vírica, para el conjunto de la sociedad. Contaminan al todo, supuestamente originario, puro con su sola presencia. Y la herida que generan con su sola presencia requiere ser cauterizada con sangre. La masa se aglutina sobre esa víctima que amenaza con generar la peste, el caos a la comunidad, y adquiere gracias a ella el pegamento necesario para coser los entresijos contaminados de la herida abierta que se le acusa de haber provocado. La víctima es la mediadora de la salud.

“La acusación estereotipada permite y facilita esta creencia y desempeña un papel mediador”.

La multitud (término técnico en los Evangelios), la comunidad –masa se amalgama de manera desordenada en un mismo lugar y momento. Si repasamos en el pasaje del evangelio en el que una multitud se congrega ante Jesus para acusar a una mujer “pillada en flagrante adulterio”, entenderemos de un vistazo lo que queremos decir (Cf. Juan 8).

“La multitud siempre tiende a la persecución pues las causas naturales de lo que la turba, de lo que la convierte en turba, no consiguen interesarse. La multitud, por definición, busca la acción pero no puede actuar sobre causas naturales. Busca, por tanto, una causa accesible que satisfaga su apetito de violencia”.

Los que arrastran a la multitud para purificar a la comunidad de todo aquello que la corrompe, de los pecadores, de los extranjeros, la adúltera de turno, de los extraños que alteran la tranquilidad, piden que la herida se cierre con el único pegamento que cauteriza: más sangre que coagule más rápido.

La justificación de que son culpables solo es necesaria en el primer gesto, lo demás es repetición mimética. La masa se siente anónima e inocente. Por eso “es bueno que uno muera en esta Pascua” por todos, o que apedreemos a la adúltera para evacuar nuestra propia basura sobre sus espaldas es tan importante, un gesto mimético, digno de ser imitado genera la catástrofe o la solución del conflicto: todos los demás son imitadores. La caza y captura, el acoso de los culpables se perpetúa fortaleciéndose a sí misma en su ensañamiento cuántos más cadáveres acumula, hasta volver insensibles a los perseguidores. Eso exige unos crímenes mucho más racionales y lógicos (es lo que nos ha enseñado el nazismo y comunismo). Por esto, los líderes que realizan primeros gestos luego son imitados por la multitud ya de manera inconsciente (Girard lo denomina méconnaissance: “sé pero no quiero reconocer que lo que hago es un crimen”, y la única manera de reinvertir el proceso es lo que muestra evangelio de manera paradigmática: la personalización de los que componen la masa…”el que esté libre de pecado que tire la PRIMERA piedra”. Esta frase es la consciencia preclara de Jesús sobre la lógica mimético sacrificial de todos los grupos humanos); es por esto que se busca dotar de cuerpo social de todo tipo de acusaciones estereotipadas, causas de culpabilidad de las víctimas (recuérdese la propaganda nazi al respecto contra los judíos) que se convierten en el mecanismo de persecución que lleva a las catástrofes humanitarias como la que estamos viviendo y de las que la historia está llena.

“Las minorías étnicas y religiosas tienden a polarizar en su contra a las mayorías. Este es un criterio de selección de víctimas sin duda relativo a cada sociedad, pero en principio transcultural. Hay muy pocas sociedades que no someten a sus minorías, a todos sus grupos mal integrados o simplemente peculiares, a determinadas formas de discriminación cuando no de persecución (…). Junto a estos criterios culturales y religiosos, los hay puramente físicos. La enfermedad, la locura, las deformidades genéticas, las mutilaciones accidentales y hasta las invalideces en general tienden a polarizar a los perseguidores (…)”.

Si hay alguien a quien imputar nuestra infelicidad, nuestros desarreglos, y evaluar sobre él nuestra furia evita volvernos contra nosotros mismos inaugurando un mundo en caos permanente. La víctima no tiene que ser necesariamente culpable de nada. Podemos ignorar esto o confesarlo, pero lo verdaderamente importante es que estemos juntos –unánimemente concernidos- al señalarla como la causa de nuestros males (“Fuenteovejuna, todos a una” confiesa el pueblo en la obra de Lope De Vega, auto inculpándose de asesinar al Comendador, que los exime de culpabilidad: “todos le hemos matado; “todos le abandonaron”, por tanto nadie que nos acuse, todos inocentes). El daño colateral que hará que nuestros enemigos recapaciten o reconozcan nuestra superioridad moral, es el derroche de sangre humana que queda justificado en aras de un bien mayor, la paz interna de una comunidad en crisis. “Si mueren inocentes… no lo buscábamos”, pero era inevitable: esta es la razón argumental del terrorismo indiscriminado…

Lo que nos “revela” el cristianismo es una sabiduría única: la inocencia de todas víctimas del mundo. Las víctimas son excusas, son símbolos llenos de contenidos emocionales que nos dan pistas de una ancestral costumbre de la comunidad humana de asentar sobre las espaldas de otros nuestros precarios órdenes. Adúlteras, prostitutas, esclavos, negros, homosexuales, judíos y cristianos, niños de todos los colores fueron medios para canalizar nuestras frustraciones, de eximirnos a nosotros mismos de culpa en nuestros fracasos y derrotas. La lógica que sustenta este orden macabro es que los que fueron víctimas se convirtieron en verdugos y por haber sido inocentes se legitimaron a sí mismos como asesinos, es cierto, es el carácter casi cíclico de la historia el que nos juega estas malas pasadas. Por eso es tan importante la revelación evangélica puesta en marcha: ¡cuando comprenderemos que los seres humanos somos perseguidores los unos de los otros, pero “sin causa”! (sin causa me aborrecen”)

Este mecanismo estereotipado esta únicamente expresado en los Evangelios. Los mitos lo ocultan porque no pueden juzgar a la comunidad a la que pertenecen y a la que representan. Los mitos excusan a la masa-multitud-comunidad de los crímenes nefandos cometido en aras del orden que alteró la víctima. Representan a la víctima como criminal para no arriesgarse a la autodestrucción. Imaginemos que los nazis, con Hitler a la cabeza, hubiesen dicho: …. “Señores de la humanidad, nos hemos equivocado, somos unos criminales; los arios somos una panda de asesinos que hemos llevado a la humanidad a una catástrofe sin precedentes engañados por una falsa idea de perfección de la raza, con intereses oscuros que hemos descubiertos diáfanos en el proceso… Somos culpables”. Es ridícula, pero es lo que nunca sucederá. Pocos nazis se vinieron abajo y reconocieron su culpa en Núremberg. ¿Qué culpa habrían confesado…? Como mucho hubieran podido argüir haber sido abducidos por un poder de las tinieblas, otra cosa solo ofrecería como alternativa el “por favor hagan desaparecer de la faz de la tierra a este criminal inmundo que soy yo”.

What to do?

Por David García-Ramos Gallego, el 15 de enero de 2015

[Me decido a publicar aquí la respuesta que dirigí hace unos días a un correo electrónico que me envió una alumna preguntándome mi opinión sobre los atentados de París de la semana anterior. Es una respuesta que comparto con los lectores de este blog con el ánimo de generar un cierto debate sobre dos cuestiones que aquí interesan: lo que algunos llaman la tiranía de la libertad de expresión (en un movimiento pendular que va de la defensa a ultranza de cualquier contenido a la censura más hipócrita) y el imperio del terror que nos conduce a un trato sórdido del que difícilmente parece que podamos escapar. No modifico ni una sola línea]

Buenas tardes, C.:

Gracias por el interés y por preguntarme. Te confieso que me pones en un aprieto. Participo en algún blog en el que a veces nos hemos permitido el hablar de estas cosas. Y, a pesar de que el tema encaja perfectamente con nuestros intereses –analizar los vínculos entre lo religioso/sacro y la violencia–, esta vez nos hemos permitido el lujo de no publicar ningún comentario. ¿Por qué? Pues por falta de tiempo para poder analizar la avalancha de información y para no repetir el consabido “Je suis Charlie Hebdo” sin más ni más –que no hubiera sido poco–.

Voy a intentar responder a lo que planteas. Primero voy a intentar estructurar y reformular tus preguntas, para organizar un poco las respuestas. Creo que lo que quieres decir es ¿por qué?, es decir, ¿cómo es posible que pase esto hoy, aquí…? Y, una vez ha pasado, ¿qué hemos de hacer?

A la primera pregunta no basta con decir que son unos desequilibrados. No todo desequilibrado coge un arma y va a pegar tiros a la redacción de un semanario. Hay una situación social, un determinado estado del mundo, de las cosas –es decir, el cómo-va-el-mundo–, que posibilita que esto suceda y que suceda con irritante frecuencia –no es el primer atentado ni, por desgracia, es probable que sea el último–. En este escenario en el que era probable que esto sucediera, han jugado un papel muy importante las ideologías y las religiones. Sobre esto podríamos escribir ríos de tinta, páginas y páginas, sin sacar mucho en claro. Voy a intentar sintetizar cómo veo yo las cosas –si quieres profundizar, la bibliografía es casi infinita–.

La religión, entendida en sentido general, funciona como aglutinante social. Como el aglutinante social. El ser humano nace en torno al sacrificio –¿a los dioses?– de un individuo de su misma comunidad. Es más, la comunidad nace durante y tras ese sacrificio. Todas las religiones –te pido un voto de confianza aquí para no hacer demasiado largo esto: créeme cuando digo todas– tienen en sus relatos de origen algo que podría recordar a este sacrificio que vamos a llamar fundacional.

Para que lo entiendas más fácilmente: es como si al matar la víctima sacrificial, al chivo expiatorio, las cosas cobraran sentido, como diciendo: “ok, ahora todo tiene sentido, este o esta tenían la culpa, era necesario matarlos, ahora su sangre nos curará”. Como si al realizar el sacrificio todo cobrara sentido. En su desquiciado sentido del mundo, para los terroristas es así. En su muy desquiciado sentido del mundo. Que no es tan distinto del nuestro pensando que sin esta gente estaríamos mejor.

Las religiones sirven para mantener a las masas en torno a una víctima, un enemigo, un chivo expiatorio sobre el que descargar las culpas y los males de nuestras vidas. En medio de todo esto, el cristianismo revela que todo esto es un callejón sin salida: ante la presión y la presencia del otro cabe solo una posibilidad y es siempre violenta: o matar o dejarse matar. Revela que la violencia es humana, muy humana, y que no tiene nada de divina –como algunas religiones e incluso versiones del cristianismo han mantenido–. Revela que nos construimos dioses a nuestra medida a través de este mecanismo victimario.

Hoy en día la herencia de esta revelación cristiana nos permite vivir en una relativa paz en Occidente. Sí, es cierto que junto con las versiones pacificadoras del cristianismo han convivido versiones más o menos violentas y fundamentalistas. Pero esta revelación es la base de nuestra sociedad: saber que el otro es ya de antes inocente, que Cristo lo hizo inocente y que si el otro muere tengo yo culpa de su muerte.

¿Qué tiene que ver todo esto con los atentados del otro día? Voy a intentar mostrártelo de forma muy sencilla.

Por un lado, nuestra sociedad se ha volcado con las víctimas y esto nos parece natural y bueno. No era así hace tiempo. Por lo general las víctimas han sido vistas siempre como culpables… “Algo habrán hecho”. La provocación de Charlie Hebdo era tan evidente que llevaban guardaespaldas. Si me permites, podríamos decir –no lo digo yo, es algo que he escuchado estos días y que en el fondo piensa mucha gente–: “se lo estaban buscando”. Lo cierto es que en eso consiste la libertad de expresión –y la libertad en general–: en poder decir lo que uno piensa y siente sin temer las consecuencias, siempre que lo que uno dice o piensa no hiera a nadie. Aquí está también otra de las claves: hasta qué punto cabe decir que el semanario Charlie Hebdo estaba hiriendo a alguien. Podríamos decir que el que quiera reírse de la religión –el Islam, el cristianismo y otras– que lo haga en el salón de su casa o con sus amigos, en un ámbito privado. Esto no sería más que un eco de lo que aquellos abanderados de una cierta modernidad proponen hacer con las religiones: dejarlas para el ámbito de lo privado, para aquellos que quieran cultivarlas en su casa. Yo soy católico y lo soy públicamente. No quiero que recorten mi libertad religiosa y la cercenen hasta que ocupe solo el salón de mi casa. A pesar de que ciertas portadas de este semanario ofenden profundamente mi fe, tengo que defenderlo para defender mi propia libertad. No hay libertades, hay Libertad. Los cristianos creemos que la mayor libertad es la nuestra, la de descubrirnos hijos de Dios, la de poder sobrellevar libremente esta “cochina” vida, la de poder dar la vida por los demás, la de poder servir al otro, libremente. La Libertad es la misma la mía que la de los caricaturistas de Charlie Hebdo: poder decir que no a Dios y reírse de él. El verbo “creer” –creer en o a Dios– no admite imperativo –más que un imperativo exhortativo: te invito a que creas, me gustaría que creyeras y por eso te digo “cree”, que es una forma de imperativo–. Igual pasa con el verbo “amar”. E igual pasa pasa con “sé libre”. Yo no puedo obligar a alguien a ser libre, ser libre es una de las experiencias más estupendas que se nos ha dado, pero no va de suyo, no puedo obligarme a ser libre, tengo que serlo o no. Yo respeto profundamente a aquellos que han escogido ser libres aún en las antípodas de mis opciones de libertad.

Los terroristas no son libres. Viven sujetos a la necesidad de erradicar a aquellos que no piensan como ellos, y erradicarlos no mediante la política, ni siquiera mediante la guerra –que es la política por otros medios, según Clausewitz– sino mediante el terror, que es la guerra por otros medios (según René Girard). En la política el otro es un rival con quien tengo que convivir y buscar el acuerdo. En la guerra hay dos rivales claramente identificados, pero ya consiste en que uno de los dos sobreviva al otro. El terror supone la supervivencia a través de la eliminación del otro, a través de su supresión –de su sacrificio–. Este es el otro lado de lo que te quería mostrar. Ciertas facciones del Islam han retornado a lo algunos especialistas llaman lo religioso arcaico, lo religioso sacrificial. Aquellas formas de lo que denominamos religión que siguen sustentadas en el sacrificio cruento. Cuidado que no es algo propio solo de las religiones –de hecho en las religiones hay al menos una tendencia a lograr librarse de las violencias que parecen ser connaturales al ser humano–: muchas de las prácticas modernas a-teas o laicas han sido profundamente sacrificiales: el nazismo y sus programas de genocidio y las modernas prácticas eugenésicas del aborto y de la eutanasia, se basan en la consideración de la nuda vida –la simpe vida– como no suficiente para asegurar la supervivencia. La dignidad no reside en la vida, la vida puede no ser digna y, por tanto, puedo suprimirla. Este pensamiento, esto que los Papas más recientes han llamado la cultura de la muerte, es lo que está también detrás del terrorismo: ciertas vidas no tienen dignidad –pero, ¿y la vida del terrorista suicida?: su dignidad es alcanzada como combatiente y mártir en el momento de dar la vida segando la de otros, es decir, no basta con morir, han de morir en combate, como mártires–. ¿Es esta tendencia terrorista, esta tendencia a la violencia, propia solo del Islam? Ciertamente no. Pero parece que en un sector importante de mundo musulmán se dan este tipo de comportamientos, lo que nos ha llevado a algunos a la necesidad de analizar de nuevo si el Islam es en sí mismo violento. Ya Ratzinger tras su polémica en Ratisbona señaló que no era así. El problema, decía él, era el de una religión apartada de la razón, del respeto al otro, de la dignidad universal e irrevocable de cada vida y de cada persona. El Islam ha estado apartado de la razón demasiado tiempo en demasiados lugares. Pero no por ello puede dejar tratar de evitar la violencia.

Paso ahora a la segunda parte de lo que me planteabas: ¿y qué hacemos ahora? ¿Cómo lidiamos con esto? Ha habido dos respuestas públicas –y si me permites dejaré las privadas, de la que el final de tu correo es ejemplo perfecto, a un lado, por ahora–: por un lado, un repudio absoluto y una identificación con las víctimas, cristalizado en el Je suis Charlie Hebdo. Decir que uno es Charlie Hebdo es decir que uno es víctima, que se ofrece a ocupar el lugar de la víctima. Dudo que muchos de los que estaban en las calles de París entendieran las consecuencias de ofrecerse como víctimas potenciales del mal perpetrado por los terroristas. Lo normal es esconder la cabeza. Menos cuando todos piensan como yo –y por todos entiendo un número grande de personas–. Las manifestaciones de Paris han sido un ejemplo de lo que muchos denominamos comportamiento religioso: todos somos uno, hay un sentimiento de pertenencia y de fraternidad. Esta mañana Hollande hablaba de la unidad de Francia en el funeral de los tres policías –curiosamente una de Martinica, otro de origen argelino y fe musulmana y otro francés continental–. ¿Qué es lo que nos ha unido a todos? Las víctimas. Una cierta catarsis. Lo mismo sucedió el 11S: el sentimiento patriótico, la unidad de todos, el dolor que padecimos, la compasión… ¡nos gustaban! Es hermosos estar unido a otros, compartir sentimientos, ser uno con el otro –así lo relata James Alison–. Esa comunión es la base del amor. Pero fíjate en el origen de esta unidad: unas tumbas, unos muertos. ¿Entiendes ahora lo que te decía más arriba sobre lo religioso arcaico? Cuidado: si yo hubiera estado en París hubiera ido a la manifestación. Sin dudarlo. Hoy también.

Fíjate en lo que te decía: este sentimiento que Aristóteles llamaba catarsis podría pasar por amor, pero no es amor. Por eso los primeros cristianos decían que no eran una religión y que su centro era el amor (lee si quieres las epístolas de Juan). El amor es algo muy distinto a la catarsis. La catarsis se te pasa en cuanto llegas a casa, tiene como límite tu propia seguridad. El amor es ilimitado, no tiene fin, no tiene límite. El que ama, da la vida –me refiero, claro está, a un alto concepto de amor, no a un enamoramiento, una atracción, etc.–. Es la caritas cristiana. La catarsis, que no es mala cosa, que ayuda en muchos momentos, que nos puede abrir el camino a la verdadera compasión, puede llevarnos también a la hipocresía. En este sentido, algunos periodistas e intelectuales han señalado la hipocresía de Occidente ahora –hipocresía por muchos motivos, ni siquiera en esto se ponen de acuerdo–. No obstante, prefiero un poco de catarsis a una respuesta militar, autoritaria, de recorte de libertades. Este es el mal menor. Este mal menor es lo propio de Occidente. Es la base del arte, del teatro, de la literatura, de la música.

¿Qué hacemos, sin embargo? What to do? se preguntaba constantemente frente al Sagrario la activista social y Sierva de Dios Dorothy Day. Y se lo preguntaba porque ese quehacer, ese hacer afectaba a personas a las que había que devolver su dignidad. Adelanto algunas respuestas posibles, pero teniendo siempre en cuenta –y esto no siempre es así– que se ha de buscar restaurar la dignidad de la víctima, pero también del verdugo –y por el camino de muchos de nosotros…–. Perseguir y localizar a los criminales y aplicar la ley. Tratar de evitar que vuelva a suceder… ¿por todos los medios? Aquí es donde hay que tener cuidado. Si es por todos los medios, estamos abriendo la caja de Pandora. Con mil razones y de forma aparentemente razonable, comenzaremos a recortar derechos y libertades. El fin justifica los medios. Matar está mal, pero si tenemos que matar para que otros no vuelvan a matar… ¿Qué hacer con “esta gente”? Lo que tu propones –que queden y se vuelen– no deja de estar en la línea de Charlie Hebdo, puesto que hay un cierto toque de humor en lo que tú propones: que hagan una “quedada colectiva”, un flash mob, viral y por redes sociales, y que se inmolen en el altar de su violento Dios. Esta es tu respuesta y es una respuesta irónica, llena de humor, en la que no reparas en herir a los musulmanes que son pacíficos y que como tú condenan los atentados terroristas. Cuidado, no es una crítica. Simplemente te señalo que es muy importante que tú puedas decir esto. Esa es la base de la libertad de expresión.

Por último, queda por analizar si se puede salvar algo del Islam. Creo que es una religión que ha dado cosas muy hermosas culturalmente hablando. Creo que hay buenos musulmanes, creo que es posible encontrar bondad en el Corán. Y todo ello en abundancia. Como cristiano creo que la verdad que revela Cristo supone el fin de las religiones, que la libertad que él da es insuperable. Libertad para rechazarle también –sus discípulos lo rechazaron todos en el momento de la verdad–. Es esa auténtica libertad la que parece no estar en ninguna otra parte: ni en el Islam ni en la sociedad anti-religiosa. Pero sostener y analizar esto de manera contundente merece un libro y no unas pocas líneas.

Sé que no me escribiste esperando una respuesta tan larga. Ahora que releo tu correo me parece que querías más bien desahogarte. Pero tu intranquilidad me interroga y no he podido dejar de contestarte. La cosa es muy compleja y lo que te digo aquí solo es la punta del iceberg. Si has tenido la paciencia de llegar hasta el final te puedo confesar que creo que no hay solución humana a estas cuestiones. La respuesta viene de lo alto. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Espero que un día encuentres esta libertad y puedas mirar al otro con amor y misericordia. Me he dejado mil cosas por analizar y contar y muchas están solo sugeridas. Seguro que encuentras agujeros en mi argumentación. Tendremos tiempo de hablarlo estas semanas de intensivo si quieres. Poder hablar libremente de estas cosas es otro de los regalos que el cristianismo ha dado a Occidente.

Un cordial saludo,
DavidGRG

Do we need a hero or do we need a dead?

Por Ángel J. Barahona Plaza, 29 de marzo de 2014

He leído y oído de todo estos días.

Primero, acerca de la manifestación del sábado 22M… por la dignidad: batalla campal, trivialización de la violencia, necesidad de castigar a los organizadores, violencia programada, violencia gratuita,  violencia para la exhibición y twiteo  (el foro postmoderno del alardeo, de la altivez). Me gusta lo de “22M” porque evoca las verdaderas intenciones del corazón humano que a duras apenas se puede ocultar a sí mismo lo que anhela.

Segundo, las dos batallas en la Universidad Complutense en el intervalo de unos pocos días.

Tercero, la manifestación una semana antes de estos hechos de las feministas en la Gran Vía, tirando petardos en el atrio de una iglesia de Gran Vía y coreando contra los curas acusándolos de talibanes, porque ellas, las que poseen la verdad, no aceptan que nadie piense distinto de ellas.

Por último la aclamación popular a Suárez: “que aprendan de ti, viva Suárez, era un modelo, un político ejemplar, trajo la reconciliación al pueblo español dividido por un odio instintivo, premio noble de la paz…”.

Después de oír y leer todo esto resonaba en mí, no sé por qué, tal vez por haberla oído en la radio en tiempos de cólera, la canción de Bonnie Tyler, We need a hero y su posterior Total eclipse of the heart, y mi pregunta se hacía acuciante.

Primer episodio: dos clanes tribales rivalizan por un territorio simbólico. Policías e indignados los representan. La gente necesita  sangre, porque las crisis solo se solucionan con sangre. No hace falta repasar nuestra cultura judía y griega para saber que todos somos Caín y todos somos Abel (Blas de Otero dixit, refiriéndose a la guerra civil española), que todos somos Edipo y todos somos Layo. La crisis asola Tebas, la peste pega indiscriminadamente a todos. Unos creen que a ellos les afecta más porque miembros de su clan gimen y se lamentan.  Su dolor exalta la justicia de sus reivindicaciones, es indudable, y por eso sienten que su violencia está  legitimada contra el que consideran culpable. El delito puede ser causado por el destino, o por los dioses celosos y pendencieros, por el sistema de creencias…  Así lo recuerda Tiresias, pero él mismo ya hace la lectura acusatoria contra el malvado y culpable, el  ignorante Edipo. Lo que sí está claro es que Tebas necesita que alguien pague, expíe por todos.  Los que fueron detenidos en su “acción salvaje” alardeaban en twits que habían tenido un “subidón” maltratando a policías a los que los mandos les habían pedido “no resistirse al mal” y que yacían abatidos en el suelo. Necesitaban un cadáver. La izquierda necesitaba un cadáver, a ser posible de su propio pueblo para poder levantarse y derrocar un gobierno represor y corrupto (cualquier otro que no sea el suyo siempre será ilegítimo, cuando uno posee la verdad…) por el uso de su fuerza policial… “Estado policial, derrocamientos, poder para la calle, vamos a tomar el poder”, eran algunos de los lemas que se coreaban desde la manifestación-corifeo. Necesitaban un héroe, un muerto para luego encumbrarlo en el altar de la historia… ¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué siempre volvemos a los mismos lodos? Es la eterna historia de la humanidad: el linchamiento colectivo, espontáneo, la unanimidad colectiva frente al débil o al que está en minoría, o en decadencia, o quien no se defiende… Ahora las brujas son los curas, los policías, todos  lo que representan el orden-desorden para el pensamiento único, puro, incorrupto e incorruptible de la masa: la masa siegue siendo la misma. Cambian los nombres de las víctimas y los de los verdugos; la jauría sigue siendo la misma. No estoy tomando partido, que nadie se equivoque… estoy describiendo la historia de la humanidad, aunque me apoye en los acontecimientos presentes. Estoy desarticulando el mito o mejor “deconstruyéndolo” (Derrida).

Segundo episodio: La batalla en la universidad, como coletazo de la batalla en las calles, tiene dos caras. La primera: los acosadores-masas que se sienten fuertes frente a los débiles a los que acusan de fascistas por expresar con libertad su visión de la vida humana como un valor a defender desde la concepción.  Las víctimas, como en la manifestación a favor de la vida, al día siguiente de la guerra callejera del corifeo por la dignidad, callaban, y fueron “expulsadas” del templo sacrosanto del pensamiento libre: la universidad.  Y la segunda, también los acosadores que toman el vicerrectorado como plaza pública para la imposición de su forma de ver el mundo como la única verdadera y que “obligan” a su rector-sacerdote de la nueva religión arcaico-civil a tener que llamar a los “represores de ayer” –a su servicio hoy– en esta ocasión para que les expulse… porque ya “huele mal el recinto”.

Tercer episodio: acusar a la iglesia de refugio de talibanes, corear lemas irreproducibles aquí por su soez grosería, tirar petardos y hacer pintadas en las iglesias… –obviamente porque no van a obtener la respuesta violenta–. Aunque puede que fuera lo que buscasen: provocar para justificar su persecución. Es una estrategia más de chivo expiación: considerar a la Iglesia culpable de cualquier cosa, qué más da, es muy interesante. Los estereotipos funcionan. Es como el destino: al final la acusación queda fijada y compartida por todos aunque sea falsa e insostenible. Edipo, pase lo pase, sea inocente o no, nos da lo mismo –el oráculo vaticinó que sería incestuoso y parricida, luego culpable, aunque no fuera consciente y estuviera lejos de su intención–. Ya lo decía Goebbels: repites una mentira mil veces y todo el mundo creerá que es verdad. La Iglesia no puede esperar otra cosa que ser el chivo expiatorio de los pueblos, si es coherente con su misión y hace bien lo que tiene que hacer, no puede acabar de otra manera. Acusada de decir lo que nadie quiere oír: el espíritu criminal que nos invade y contamina nuestras vidas, que no quiere compartir el mundo con los que todavía no han nacido. La Iglesia será llevada a los tribunales por ir contra la corriente de la historia que arrastra todo a su paso: creer en la legitimidad de “nuestra” violencia –“los que pensamos como hay que pensar”–  contra la intolerable violencia de los otros que no piensan como “nosotros”.  Recuerdo una pintada en el obispado de Salamanca en frente de la catedral que año tras año sigue estando ahí  como deleitando al ayuntamiento, parece ser: la iglesia que más ilumina es la que arde.

La historia se repetirá. Que Juan Pablo II pidiese perdón, sin tener por qué, por los daños que sufrieron algunas personas, imputables a miembros de ella antepasados nuestros, no cuenta para nada. Pero el hecho de pedir perdón –nadie que yo sepa lo ha hecho nunca de nada imputable a antepasados– ha puesto en evidencia una culpa… lo que los verdugos quieren: Edipo al final se acusa a sí mismo de ser un monstruo, se saca los ojos, y pide él mismo ser expulsado.  El mito crece, se reproduce, huele a sangre. Las femes se pasearon por delante de la manifestación a favor de la vida tranquilas, sabiendo que su chulería iba a ser lo único que la prensa recogería al día siguiente. Tal vez anhelaban el martirio, pero sabían que eso no pasaría… Si hubiera sido al revés, por ejemplo, algunos defendiendo lo indefendible (su libertad de expresión en temas de vida, o de culto) en medio de la manifestación del 22M… otro gallo hubiera cantado.

Por último: paseaba a las dos de la madrugada el lunes por la gran vía y me quedé sorprendido… colas de personas daban la vuelta en Cibeles bajando por Alcalá y volvían a subir para poder llegar las Cortes a decir el último adiós a Adolfo Suárez.  Me vino a la memoria que otros dos clanes rivales enfrentados desde siempre, desde antes de la guerra civil, se habían desangrado con la esperanza de traer el orden social (su orden, su paz: todos creen que a Belcebú se expulsa por Belcebú… dicho copiado por Marx a Cristo, dicho que él creía de buena fe… pobre ingenuo: ¿la violencia puede engendrar la paz?, ¿puede Satán expulsar a Satán, príncipe de la violencia, padre de la división y de la mentira?; lean a Girard, por favor: Veo a Satán caer como el relámpago, de la editorial Anagrama) y coreaban ahora su reconocimiento al poder reconciliador de Suárez.

Si no hubiera ciencia, ni hemerotecas, tal vez con el paso de unos centenares de años estaríamos hablando de un héroe mitológico inocente, un Edipo, un Abel, un Job, tal vez  recorriendo la ruta antigua de los hombres perseguidos, o de héroes no tan inocentes, un Pancho Villa, un Che, un Sadam, un Bush, un Chávez, y por eso perversos a la vez que salvadores, ahora encumbrados en un golpe de muñeca de la cínica historia como héroes, justo porque enfermos y porque muertos.  Suárez tiene todos los estereotipos de las víctimas divinizadas: hombre relevante de su pueblo, reconciliador, trajo la paz en la crisis social (nuestra peste tebana) que atravesábamos en nuestra lucha contra el “monstruo”, el Polifemo del momento, después cae en desgracia, y su muerte se convierte en una liturgia de la nueva religión civil del estado: la celebración democrática. Las colas de adoradores del que trajo la reconciliación ansiada, y fraguó lo democrático con su arte político, le convirtió, después de años de olvido y abandono, en el héroe que todos necesitábamos ante la nueva crisis. Pero las cosas seguirán como estaban. Las cosas no van como deberían para nadie. Ni nacionalistas, ni no nacionalistas, ni de izquierdas ni de derechas, nadie está satisfecho…  Es la misma historia desde que el hombre se levantó sobre sus piernas, se enfrentó a los dioses y miró envidioso a sus vecinos.

A lo largo de la historia la única satisfacción para los clanes es la desaparición del otro, del vecino, del antagónico. Cualquier otra solución siempre es insatisfactoria. El pacto no deja saciado a nadie, porque los grupos rivales quieren siempre sangre reparadora. Los hombres quieren una y otra vez beber del cáliz del sacrificio humano. Obviamente, cada vez es más difícil porque los parapetos de la educación  y, mal que les pese, la influencia del judeocristianismo, les ha dejado claro que las víctimas siempre son los débiles, los que pasaban por allí y que saben de su inocencia. Pero cuando la masa sale, sale a matar, decía Elías Canetti con la experiencia y la sabiduría que sólo algunos judíos tienen (otros siguen envenenados por las mismas creencias que los goim-paganos: que Satán puede expulsar  a Satán). Y hay una especie de sonambulismo colectivo (Gustave Le Bon, Tarde, Dupuy…) que busca el sacrificio, el mártir. La izquierda que busca, se supone, la reivindicación de las víctimas, los desfavorecidos, y que juzga como un abuso de la mujer intolerable lo que hace el Islam, distingue arbitrariamente entre víctimas legítimas e ilegítimas. Unas son “dignas” de consideración porque son “las nuestras”, pertenecen al “nosotros” que dice Rorty, hablan como nosotros, respetan nuestro “léxico último”. Las otras, aunque sepamos que son más víctimas, o al menos tanto como las otras, no lo admitimos, (opera la méconnaissance, dice Girard), porque no caen bajo el paraguas de nuestro discurso victimista porque no piensan como “nosotros” y las llamamos fascistas, las expulsamos de la universidad, no las dejamos hablar, porque no están en la verdad, nuestra verdad.

Lo que se dirime aquí es el secreto mejor guardado en el inconsciente colectivo de la humanidad y oculto tras los mitos… Necesitamos un héroe de recambio, un héroe de mil caras (Joseph Campbell) que pague por nuestras culpas. Alguien que pueda cargar sobre sus espaldas la ira contenida, la rabia impúdica que sentimos cuando somos incapaces de echarnos la culpa a nosotros de nuestra situación y tenemos que buscar chivos expiatorios de quita y pon.

Mártir, asesino, héroe a destiempo, terrorista o víctima son juegos de palabras intercambiables, que solo adquieren un color cuando son pronunciadas desde uno u otro sitio. Izquierda, derecha, arriba o abajo, catalán, vasco o español, pobre o rico, son léxicos de ficciones que respetan un guión redentor: yo me salvo, quedo redimido de culpa si encuentro el lenguaje acusatorio pertinente, ajustado, al culpable de todos mis males. Lo demás es todo aparato justificador, reforzador, una sobre puja enmascarada que oculta la sed de sangre reparadora que nos vuelva a traer la primavera tras la depresión del invierno. Depresión (Byung-Chul Han), transparencia, autoexigencia, son palabras que describen una sociedad hipócrita que se oculta a sí misma sus orígenes violentos. Llevamos toda la vida sacrificando, embalsamando cadáveres, asesinando profetas, y levantándoles sepulcros para darles culto a los tres días del crimen. Y los nuevos profetas: Sloterdijk, Zizec, Han, Rorty, Vattimo, no aciertan con el problema… los héroes tiene que volver una y otra y vez en primavera, como Dionisio. Nietzsche se dio cuenta, pero repitió el error: creer en que la violencia dionisiaca era reparadora y no multiplicadora de la misma mierda mítica. Xipe-totec, cuando acosado por la multitud es “invitado” a saltar al precipicio para auto-lapidarse contra el duro suelo, el mito de Popol-buh dice que le salen alas como de Cóndor… sin duda para que como Dionisio vuelve al año siguiente, ante la nueva peste a salvarnos. Cuando el exiliado Edipo llega a Colonna los ciudadanos entienden que ha llegado su rey Swazy, su rey Tupinamba, su rey del carnaval de todos los tiempos: alguien a quien podremos crucificar cuando vengan mal dadas. ¿Será por eso por lo que hemos cambiado el nombre de Aeropuerto de Barajas por Adolfo Suárez, para darle alas y que venga algún día volando y aterrice cuando más lo necesitemos: para encumbrarlo y volverlo a asesinar?

Necesitamos un héroe para que esta crisis quede solventada. Le pediremos a Zeus que nos envíe a Dionisos, como anhelaba Nietzsche. Tal vez eso traiga el Apocalipsis que todos deseamos y bajar el telón de esta maldita historia humana. “Somos los hijos malditos de la historia”, dice el doble esquizoide de Edward Norton, Brad Pitt en El Club de la lucha, por eso se aprestan a destruirlo.

Los hombres no han entendido lo que revela la Pasión de Cristo, estamos condenados a repetirla en todos los equinoccios primaverales. Creen que el cristianismo es una religión más… y no se dan cuenta de que es, antes que nada, una ciencia que da las claves de todos los mitos, de todas las historias. No se dan cuenta de que el mal no es el otro, no es la corrupción –corruptos somos todos–, no es el vecino, no es el antagonista del otro partido, que el mal está dentro de cada hombre, que no hace falta ponerle nombre.

¿Por qué existen las guerras? (III)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. Concluimos con este tercer post sobre la naturaleza de las guerras una reflexión necesaria antes de emitir un juicio sobre el conflicto sirio. 

La cultura judeo-cristiana tiene la rara virtud de hacernos hipersensibles a la inmoralidad de una violencia injusta aplicada a las víctimas. Girard nos pone en las manos el método para comprender lo que está pasando: nos abre uno de los sellos de la tradición escrituraria judeo-cristiana. Dos hermanos llegan ante Jesús, uno de ellos reivindica que dirima entre ellos sobre un tema de herencias. Jesús no toma partido: ¿Quién me ha constituido juez entre vosotros? Denuncia de inmediato la idolatría de ambos por el dinero. Idénticos en la pretensión de sobrepujar por encima del otro, y, en caso de miedo o prevención hacia el otro, por lo menos, repartir, distribuir equitativamente, recurriendo a un mediador. Pero Este principio de simetría tiene que ser denunciado. Es el principio satánico de la acusación y de la división, es la lógica heracliteana, es la lógica del marxismo, del nihilismo, del capitalismo, de las religiones arcaicas –entre las que se encuentran anclados algunos de nuestros hermanos musulmanes–, la lógica heideggeriana. Y frente a ella solo otra lógica cabe: la del Logos del amor, la del logos joánico. En esas lógicas de la reciprocidad, los muertos de Nueva York compensan los muertos de Irak, de Afganistán, hasta de Hiroshima. El término japonés, Kamikaze, redunda en esa universal y espectral sensación de que todo tiene que ser vengado, resarcido. Que siempre hay una violencia última y legítima contra alguien, y que el sacrificio definitivo requiere la muerte del verdugo en el mismo ara que la víctimas. El todos contra uno solo es un momento en el camino del todos contra todos.

¿Pero en esta ulterior violencia quién es víctima de quién? Todo el planeta está lleno de altares consagrados al sacrificio expiatorio, a la violencia exaltada en el éxtasis de la víctima ideal, la esperada, aquella que con su muerte traerá definitivamente la paz. La Zona Cero, Hiroshima, o El Cairo, Damasco, o Madrid, todo está lleno de monumentos a los muertos, beteles, altares, cuyo recuerdo espera…el momento oportuno para la venganza. Pero esta chocará contra la misma piedra de siempre, la piedra angular que denuncia que todos somos unos criminales y que creemos que la viña es para nosotros, y que el sacrifico final nos dará la paz. De esa piedra angular buscada por todos pero rechazada,  ha sido revelado que era rechazada porque era inocente; desamortizaba nuestra sed de culpa para poder descargar y saciar nuestra sed de catarsis, de echar fuera la violencia y el resentimiento que llevamos dentro. Ya no se pueden distinguir los terroristas de las víctimas, ya no se puede distinguir a Caín de Abel,  es  una metáfora morbosa pero exacta que los que se inmolan lo hagan en el altar de las víctimas, con ellas. Los mártires del universo musulmán lo han entendido muy bien: se victimizan a sí mismos como verdugos cerrando el ciclo de la fe en la violencia.

Caín y Abel_Chagall

¿Quién tiene razón en Egipto? ¿Quién tiene más legitimidad en Siria: el conocido tirano o los que aspiran a la tiranía, aunque la revistan de democracia? ¿Quién tenía razón en Libia? ¿En Irak? ¿En Irán? ¿El cambio del Sha Mohamed Reza Pahlevi derrocado, y con el tiempo y algún tirano intermedio, sustituido por Mahmud Ahmadineyad ha supuesto algo? Sólo ha cambiado, de momento, el nombre de las víctimas ¿Pero cuál de ellas es más culpable o más inocente? Es comprometido afirmar esto porque nuestro esquema de comprensión del mundo consiste en estar nosotros entre los inocentes y los otros entre los culpables. Nosotros entre los buenos y los otros entre los malvados. Pero hay que cambiar el sistema: unos y otros, solo son hermanos mitológicos.

Cristo ha venido a desvelar al príncipe de la mentira que nos tiene subyugados por esta espectral creencia de que mi hermano es culpable de mi desgracia.

¿Por qué existen las guerras? (II)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. Al final de la primera entrega se afirmaba, frente a la aparente ineluctabilidad de la violencia, la posibilidad de la esperanza en nuestra relación con el otro. A continuación se expondrán las razones que, desde la teoría girardiana . 

Cuatro cosas nos aclara la teoría de Girard que saca del pozo del evangelio su método:

1. Las relaciones entre los hombres son miméticas: hay una clara mímesis envidiosa entre occidente, modelo-obstáculo, con el Islam. Pero modelo-imitador viven en un vaivén permanente donde no se sabe quién imita a quién y en qué, donde no se sabe quién empezó primero. Hay una mímesis contagiosa: si estos hacen esto… puede que sea una solución luminosa a mi crisis interna; si estos se entretienen haré lo mismo y le pondré un poco de causa a la vida sin causa. Si suena la flauta de la agitación de las masas mimetizadas y surge alguna novedad…: celebraremos la novedad aunque rocemos peligrosamente  los hedores de este cinismo nihilista (este es el sentido postmoderno de la vida), al fin y al cabo la vida es riesgo. “Nos tiramos a la calle”: hay quien hace flash mob, hay quien convoca smarts mobs, hay quien ama las muchedumbres, la masa sonámbula (Gustave Le Bon, Tarde, Dupuy, Freud, Canettti, Ortega…) sale a la calle y cuando se pone en marcha busca sangre; ¿qué más da que sea imitando a Elvis que al Che? Sólo hace falta un gesto, una primera piedra y un primer imitador (Jn 8).

2. No se piensa, ni se necesita pensar, quién o qué empezó la refriega, la escalada adquiere caracteres exponenciales (Clausewitz: montée aux extremes). El toma y daca es interminable, el ojo por ojo solo es la continuación de una reciprocidad indefinida labrada en odios históricos de origen olvidado. Tribus enfrentadas en Libia, grupos sociales bien definidos en Egipto, gemelos de bandos simétricos por todos los lados, suníes y chiíes, izquierdas y derechas, pobres y ricos, pero no son las objetivaciones de esas diferencias lo importante, sino la indiferenciación, la simetría. “Oiréis hablar de guerras y rumores de guerras; pero no os turbéis porque es preciso que esto suceda, más no es aún el fin”(Mt.24, 6). “No os turbéis”, es “no os agitéis, no perdáis la esperanza, no les imitéis, no salgáis a la calle”.

3. Es necesario que la catarsis –que necesita una sociedad dividida internamente– tenga una resolución sacrificial sanguinolienta…  donde siempre los que pagan son inocentes. Y aunque sean culpables eso es irrelevante. Ser gaseados, los niños o los jóvenes, da lo mismo, al menos, no les importa a los que decidieron jalearlos para despertar el victimismo y utilizar la conciencia de culpabilidad tan acendrada entre los occidentales, y tan laxa en los orientales para con su propia imputación en la violencia. Poner a los niños y a las mujeres como fuerza pacífica de choque es una violencia no menor que un hombre adulto con un K47. Reclama en los espectadores occidentales una sensibilidad moral, planificada desde una estrategia hipócrita, que se aprovecha la debilidad del sistema –derivada de la influencia del judeocristianismo–, a pesar de la implantación de una cultura ilustrada que rechaza esta deuda. Los chivos expiatorios son el mecanismo antiguo que servía para calmar la sed de sangre de la multitud. La pasión de Cristo es el modelo que retrata a las turbas dirigidas “que no saben los que hacen, que le aborrecen sin causa”, es el esquema científico que predice el sacrificio expiatorio, que lo hace inteligibles, que lo profetiza, la luz de todos los demás que la historia ha conocido y conocerá.

4. Habrá chivos expiatorios, pero ya no calman el ardor guerrero rival: Saddam Hussein, Ben Laden, Gadafi, siguen la estela de los “malvados” hombres perversos de la historia: Julio César, Luis XVI, Ceaucescu, Gandhi, Mussolini… (la lista es infinita) las masas han salido y saldrán a descuartizarlos como a Dionisos o Purusha. La rivalidad seguirá con nombres nuevos. El mecanismo de chivo expiación ya no sirve, lo destrozó Cristo con su inocencia, poniendo en evidencia al cruel propensión de los hombres a derramar sangre de los ídolos encumbrados hoy, ensangrentados mañana.

Continuará

Intervenir o no intervenir (en Siria), esa es la cuestión

 Por David García-Ramos, el 27 de agosto de 2013

Se estaba decidiendo en estos días la posibilidad de intervenir en Siria. Parece que el gobierno del presidente Obama atacará de forma unilateral el ejército sirio por el uso de armas biológicas “tan pronto como este jueves”. Con la ayuda de los británicos y con la ayuda de Francia. Con el veto de Rusia –y China–, la neutralidad de España y la oposición de Alemania. Con el silencio de la UE. Y bajo la mirada impotente de la ONU.

Porque parece claro que la ONU, más allá de certificar si el gobierno de Al-Asad usó armamento químico o no, verá nuevamente devaluado su poder de intervención diplomática.

La cuestión arranca –al menos– en marzo, cuando el régimen de Al Asad denuncia el uso de armas químicas por parte de los rebeldes. Se inicia así un juego de dobles miméticos y acusaciones cruzadas, ante el escaparate internacional que, sin que nadie se lo imponga ha de tomar partido.

Desde ese momento, y teniendo en cuenta la creciente presión internacional, pero sobre todo interna, el gobierno de Obama tiene que responder a la cuestión de la posible intervención militar en Siria. Y la cuestión no es sencilla –como no parece serlo nada en esa breve franja de tierra que en geopolítica han dado en llamar Oriente Próximo–: atacar a Siria supone generar automáticamente una escalada que puede terminar de cualquier manera. Cerca queda Israel. Cerca está Jordania que limita con Turquia. Siria mantiene buenas relaciones con Irán. Rusia y China, en un terrible revival de la Guerra Fría, se oponen a cualquier tipo de intervención. Egipto es ahora mismo un polvorín.

[Y todavía se levantarán voces pidiendo intervenir en Egipto, donde el ejército parece jugar el doble papel de detener a los Hermanos Musulmanes (que están en el origen de Al Qaeda) y de reprimir al pueblo egipcio, que parecía haber logrado la libertad tras el despertar de la primavera árabe –aun a costa de desembocar, como nos temíamos, en una oportunidad para que grupos radicales islamistas pudieran acceder al poder–.]

Damasco presumía de tener armamento ruso; Rusia veta la intervención en Siria temiendo, dicen, que los sucesores de los mismos muyahidines que alentaron a sus pueblos a luchar contra los rusos en Afganistán (pagados y entrenados por los EEUU, eso sí) y contra los norteamericanos en Irak. Se teme, en definitiva, que lleguen al poder radicales y terroristas.

Y los inspectores de la ONU llevan dos o tres días un pasito para delante, un pasito para atrás.

Todo es caos y falta de claridad, confusión e indiferenciación, como en un tohu babohu en el que nada se ha diferenciado todavía.

Podríamos continuar con el análisis y dar nuestra opinión, una más, sobre lo que está pasando: que hay que actuar porque no hay derecho a que un dictador –como Mubarak– haga lo que está haciendo, que lo importante no son las armas químicas –obviando cualquier vía de respeto del derecho internacional–, que hay intereses ocultos –como en Irak– y un muy largo etcétera. Lo que está claro es que la cuestión es intervenir… o no intervenir. Como en un fantasmagórico diálogo con uno mismo, Occidente se cuestiona y presiona, se reprime y se libera, ataca y se defiende. Es nuestro sino.

Lo cierto es en lo que está sucediendo asoma como una explicación válida la teoría mimética de René Girard: están los dobles por doquier (Rusia y EEUU, aun hoy; el gobierno “legítimo” frente a los rebeldes, intercambiándose acusaciones de manera muy simétrica; a Obama se le compara con Bush, a Siria con Irak, las armas químicas con las de destrucción masiva; la ONU y la OTAN; Francia –a favor– y Alemania –en contra–); hay una querencia de la reciprocidad en la respuesta proporcional que se va a dar (casi un ojo por ojo y diente por diente); tenemos una escalada de violencia mimética que ha conducido a una absoluta indiferenciación: no sé sabe con certeza qué es mejor, si dejar que todo siga su curso –con el peligro de una autodestrucción completa, que es el fin último de cualquier guerra civil– o intervenir, y si intervenir, dónde, cómo, por qué, cuándo y quién…

[Quien intervenga en Siria sin el apoyo de la ONU estará fuera de la ley. La restauración de la ley se hace desde fuera de la ley. Toda guerra deja de considerar personas a las personas, porque nos lleva hacia un estado pre-humano. Lo que Agamben dice en Homo sacer en esencia es esto: el homo sacer es el que no tiene dignidad de persona y puede ser sacrificado].

Nadie se atreve a decir lo obvio: hay que intervenir y buscar rápidamente un chivo expiatorio al que linchar que purifique y sacie toda esta violencia. Como en Líbano, como en Egipto, en Tunez, en Libia, colonias de la antigua Roma: hay que matar al César. Si es culpable, como sin duda Bashar Al-Asad lo es, mejor que mejor.

Pero al mismo tiempo, sabemos ya que ya no bastará. Depuesto el régimen, ¿qué régimen lo seguirá? La “thin red line” que Obama quisiera no tener que atravesar y que se está viendo obligado a hacer no es la de una guerra más. Es la del uso de la violencia más allá de cualquier fuerza de control (cf. René Girard Achever Clausewitz). La espera a que el otro actúe parece la espera de Hamlet. Hamlet sabía que si la cosa se le iba de las manos al final moriría hasta el apuntador. Por eso demora hasta el último momento la venganza. Espera a que el otro dé el primer paso. Obama, cual Hamlet, duda, y con razón. No nos quedan opciones, todas son igual de peligrosas, haga lo que haga –y no hacer es hacer algo, ya se sabe– está condenado al fracaso (cf. René Girard, Shakespeare. Los fuegos de la envidia, pp. 346-370).

El gobierno de Obama está actuando ante la gran corte de Occidente. Los que ayer apoyaban la guerra hoy están en contra y viceversa. Se habla de “obscenidad moral” y se quiere justificar esto en un acto moral, ético, por el bien común. Para eso se diseña en el laboratorio una guerra preventiva, una guerra a distancia.

[Esta distancia entre los enemigos daría para otro comentario más: de la guerra de puntillas del siglo XVII hemos pasado a la guerra de drones, desde un cuarto de un gris edificio de oficinas matamos a decenas, a cientos, con solo apretar unos botones… ¡la guerra ya no es lo que era! Ahora consiste en minimizar al máximo los daños, la violencia, minimizar y controlar en la medida de lo posible las fugas de violencia].

No se trata de un acto moral. Es un callejón sin salida. De algún modo, Obama se ve obligado a ello. Va a declarar una guerra que nos es guerra. Una no guerra: este es todo nuestro avance en lo tocante a lo bélico:

“Gracias a nuestros aristarcos más de moda, hoy hemos llegado a la fase en que la historia ya no tiene sentido, el lenguaje y el propio sentido ya no tienen sentido”. (Girard, Shakespeare, p. 369).

Nuestros geopolitólogos y analistas nos han conducido a la guerra que no es guerra (como paso previo tuvimos la guerra preventiva que hoy nadie se atreve a invocar).

Todo este callejón sin salida, o “trato sórdido” como se le ha llamado, al que parecemos abocados, es el pesimismo que se le suele achacar al último Girard. A mí me parece más bien realismo.

La esperanza es otra cosa, claro está.