La familia ¿chivo expiatorio?

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 4 de junio de 2012. 

El congreso mundial de las familias ha sido un evento interesante. Muchísimas cosas importantes se pueden entresacar del evento: testimonios, experiencias, propuestas y actividades de gente heroica en defensa de la familia, líneas de trabajo para el futuro, redes de colaboración, contagio mimético del ánimo y de la valentía de tantos y tantos perseguidos por causa de la fe y por la defensa de los débiles, etc., etc., pero yo me voy a centrar en un aspecto que me ha llamado poderosamente la atención, porque es imposible abarcar tanta riqueza en este espacio.

En una cosa coinciden las corrientes defensoras de la familia de todo signo político, religioso y social: en el excesivo papel  que ejercen los Estados sobre los ciudadanos. La asunción de funciones que no le competen y que convierten al individuo en un menor de edad que no sabe lo que le conviene,  choca con la supuesta mayoría de edad que nos iba a traer la ilustración, la razón laicista, liberadora y revolucionaria.  Hoy en día los indignados del mundo reivindican más Estado protector y paternal, que les garantice derechos y más derechos, y los supuestamente más conservadores que les deje vivir en libertad.  ¡Cómo cambian las cosas! ¡Qué la defensa de la libertad sea una reivindicación urgente en las sociedades democráticas y que venga de los sectores en teoría más conservaduristas! Es una paradoja preocupante.

La otra cosa importante es el papel de la ONU en las políticas mundiales sobre la familia. La ONU es un caleidoscopio complicado de personas, naciones e ideas enfrentadas, imposibles de ponerlas de acuerdo, si no es mediante un complejo sistema de reciprocidades, alianzas, chantajes, porcentajes, votos -comprometidos con ideologías-. Tensiones de origen oscuro, que explicitan intereses de grupos minoritarios pero muy organizados, y mecanismos de presión que logran llevar adelante leyes propuestas por estos grupos,  son cotidianas en las asambleas de la ONU. Pocas veces hay acuerdos, o si los hay son inestables, frágiles, determinados por justas y calculadas mayorías. Son famosos los vetos a determinadas decisiones, y las manipulaciones que conducen a otras decisiones famosas por sus consecuencias: guerras, mediaciones y actuaciones arbitrarias en conflictos, no intervenciones en otras, etc. Los temas políticos y económicos, son siempre fuente de conflicto.

Descrito el panorama resulta chocante la unidad en temas morales y de educación.  El respeto a los derechos, a la libertad de educación, la defensa de la mujer, del niño; la preocupación por los desfavorecidos, parece estar permanentemente en la boca de todos los representantes de la ONU, pero es solo aparente. La doble y cínica moral que se esconde detrás del lenguaje políticamente correcto, basado en el tópico de la no discriminación, la defensa de los débiles,  es cada más insostenible desde el punto de vista moral. Por todos los lados sale a la luz que lo que sostiene casi todas las acciones y decisiones de la ONU son planes ideológicos de diversos Estados, que se someten a las tendencias, a las encuestas, a los lobbies que financian a los partidos que sostienen su función política… etc. El trato diferencial también es sospechoso y culpable: la “libertad” defendida en genérico, está siendo conculcada cuando no se respeta más que determinadas formas expresión social o religiosa y se descalifica o excluye a otras, o se las trata de manera discriminatoria. Es muy sospechoso el trato que se le da al cristianismo en todo el mundo. En un principio podría pensarse que se trata del complejo de culpa de occidente por la colonización o por la antigua identidad del cristianismo con ese occidente, pero esto ya no se sostiene. Entre otras cosas porque es desde propio occidente desde donde se persigue con más saña al cristianismo.

Aborto, liberalidad en el uso de drogas, control de la natalidad por cualquier tipo de medios, se impone como algo financiando, protegido, y promovido desde la ONU. Los valores y modelos vitales de la liga LGTB se imponen en todos lados como lo “natural”. La disolución de los modos de relación familiar tradicionales forman parte de un plan maquiavélico, sin duda, porque la familia es la única fuerza de oposición al totalitarismo del Estado, es la única garantía de la libertad, frente al poder uniformizador de los Estados.

Esta unanimidad de todas las fuerzas en torno al control de la natalidad; en el adoctrinamiento en materia sexual, consistente en la promoción del condón como único medio de salud sexual, y la educación emotivista, ajena a la moralidad de la sexualidad liberada de todo compromiso, es muy sospechosa. Atomizar al individuo, convertirlo en un ente solitario, es someterlo; no permitirle pensar o hablar en los foros de decisión de esos organismos,  descalificar al que piensa sobre temas éticos, como si fuera un producto de sus dogmáticas creencias y no de su uso legítimo de la razón y del concurso democrático, es una forma de dictadura de nuevo cuño.

¿De dónde viene esta imposición implacable y totalitaria? No es tanto de la presión de la LGTB o del feminismo radical, sino del marxismo que sobrevive enmascarado en estas nuevas formas de ”revolucionarismo”, si se mi permite la expresión.  El marxismo constituyó la demolición más potente que se lanzó contra Dios y lo sagrado, el hogar y las raíces, la familia y los lazos con la tradición, una teoría que se convirtió en práctica generalizada porque se creía en posesión de la verdad. Como decía uno de los intervinientes, de origen ruso, el comunismo ha sido el proyecto más patético de la historia de la humanidad: no ha dejado nada en su legado salvable, y, a cambio, ha destruido el tejido social, ha llenado el territorio de cadáveres; han sido 70 años tirados por la borda, llenos de miedo, de falta de libertad, y las consecuencias para el futuro todavía están por medir: abortos, incapacitación para la vida familiar, soledades, alcoholismo sociopatógeno, etc. Una teoría ya probada como falsa en todas los campos de experimentación en los que se han intentado reproducir  y que, sin embargo, perdura en la mentalidad colectiva como un buen método de análisis de la realidad y entre algunos como un poder capaz de construir una sociedad nueva. La alianza entre el marxismo y la ciencia, y en concreto las ciencias sociales, hace que éste se apunte algunos éxitos como propios.

Hoy la ONU vive anclada en esta teoría obsoleta y otras erróneas asociadas, incluso ya desechadas por las ciencias sociales, como el maltusianismo, o las predicciones agoreras del club de Roma. En el 1972 congruían con el 68, desoyendo las plasmaciones premodernas implementadas en los países como Rusia y China, Camboya o Cuba que ya apuntaba datos de su tremenda inhumanidad, con que había que liberar a la sexualidad de su ligazón con la familia y la reproducción y dejar que el deseo acampase por doquier, sin cortapisas. El camaleonismo del marxismo con el psicoanálisis freudiano y el nihilismo nietzscheano, hizo que tuviera éxito perdurable, no en los países que lo abrazaron – si bien es cierto que duró, está claro que resistió gracias a la imposición totalitaria y a la policía política- sino -en su esencia- en el lugar en que nació, en el capitalismo occidental avanzado.
Se ha adaptado perfectamente a la sociedad de consumo, y ha canalizado el deseo y el mundo virtual, realizando en libertad,  en el seno de la sociedad capitalista la tarea que Marx daba al comunismo: “es el movimiento real que abole el actual estado de cosas”. La utopía comunista se ha realizado a nivel mundial, pero de forma individual, no colectiva, como pensaba Marx. En forma de individualismo de masas y no de abolición del Estado, de la propiedad privada y de la desigualdad. Pero, además, implantando la utopía en un estilo nuevo: eugenésico y cientificista, con claros tintes totalitarios. La sociedad es marxista. Ha calado hondo que en aras de un futuro prometedor, que el hombre tiene que construir en beneficio de la humanidad seleccionada que tiene el derecho a sobrevivir – con sus leyes de ingeniería social- puede embargar el presente, justificar los medios –los que pone la ONU-, y construir el futuro a su antojo. Dice en este sentido Ratzinger en las conversaciones con Habermas:

«Me refiero a la disolución del derecho a causa del empuje de la utopía, tal como ello había tomado forma sistemática y práctica en el pensamiento marxista. El punto de partida era aquí la convicción de que como el mundo presente es un mundo malo, un mundo malvado, un mundo de opresión y de falta de libertad, ese mundo tenía que ser sustituido por un mundo mejor que, por tanto, había que planificar y realizar. En verdadera fuente del derecho, y en definitiva en fuente única del derecho, se convierte ahora la imagen de la nueva sociedad; moral y con importancia jurídica es aquello que sirve al advenimiento del mundo futuro. Y con base en este criterio se ha venido elaborando el terrorismo, que se consideraba plenamente como un proyecto moral; el homicidio y la violencia aparecían como acciones morales porque estaban al servicio de la gran revolución, al servicio de la destrucción del mundo malo y servían al gran ideal de la nueva sociedad … el modelo ideal que representaba el mundo futuro»

Podemos añadir que la sociedad capitalista global ha realizado las promesas más importantes del marxismo, a pesar de distorsionarlas: en la globalización ha realizado el internacionalismo; en la uniformidad y en la homogeneización ha logrado su ideal del igualitarismo y cortar a y todos por el mismo patrón, arrasando con la diferencia y la singularidad (hoy en día vistas como sospechosas); en el mercantilismo global es fácil ver el papel preponderante de la economía; en el ateísmo práctico, se ha realizado la crítica marxista a la religión como alienación; en la primacía de las relaciones materiales, prácticas y utilitarias respecto a los valores espirituales, morales y tradicionales se ha realizado el materialismo marxista; la liberación del ligamen de la sexualidad y la reproducción –realizado en el emotivismo al uso- se ha disuelto la familia y el matrimonio se ha convertido en un vestigio del pasado. El origen de la familia, escrito con Engels, y en La ideología alemana, junto con el panfleto: El manifiesto comunista, se hallan las base del prometeísmo marxista que se ha consumado en la soledad de los individuos frente al Estado. El empuje ideológico del marxismo está impregnado la forma de pensar global: su vanguardia intelectual toma el control del poder cultural, funciona como una secta endogámica en los espacios públicos, que supervisa el cumplimiento de lo políticamente correcto. En lo económico el marxismo se adecúa a la sociedad global y neocapitalista de masas, hasta en sus reservas históricas-culturales como China. El espíritu del marxismo se realiza en Occidente, convirtiéndose en radical ideológicamente, y  liberal en lo económico. Se perdió el tono violento del marxismo – la lucha de clases y la sangrienta dictadura del proletariado – y se legó a las revoluciones del Tercer Mundo y la extrema izquierda de Occidente; pero con ello ha perdido el anhelo de justicia social, y el arraigo en el proletariado y en la clase obrera. La sociedad de masas de Occidente ha llevado a cabo la predicción de Marx: la proletarización de la clase media y el aburguesamiento del proletariado, que nos ha traído la moral emotivista, acomodaticia, que sacrifica todo compromiso, como estilo y modelo de vida.  
Lo que Marx no entendió fue que lo que trajo fue el desencanto, la secularización, el ateísmo, la revolución cultural más grande que ha conocido la historia y que aún no estamos en condiciones de analizar con frialdad, a menos que nos arriesguemos a ser perseguidos, apedreados por ir contra la corriente del pensamiento único –que es el marxismo ideológico triunfante- , pero que va a suponer a cien años vista el genocidio más grande jamás conocido, y la revolución de la cultura más destructiva vista hasta ahora. El aborto, el divorcio son claramente derivaciones de El Manifiesto Comunista, cuyas consecuencias para la economía del planeta y los equilibrios socio-políticos están por ver.

 No es casualidad que los marxistas occidentales se convirtieran al espíritu del individualismo radical y liberal, del mercado y la liberación sexual, despreciando la liberación social. La lucha de clases ha sucumbido en nombre de la lucha por la ideología de género, por el anti sexismo y el antirracismo. La defensa igualitaria de las masas de pobres ha cedido dando prioridad a la protección de los “diferentes”.  El marxismo se mantiene activo con una identidad falsa, casi en forma transgénica como espíritu disolvente de la realidad y su sentido, de lo sagrado y del fundamento de los principios y estructuras sobre la que se fundó la sociedad tradicional. El marxismo al uso ha convertido el pecado en virtud, el mal en bien en una afirmación intocable de la libertad, y la falacia consiste en que cuando se ha criticado la inmoralidad de una decisión política, la masa de mentalidad marxista aduce que no es una razón científica sino religiosa la predominante. Así, por ejemplo, aducir pruebas sobre el ser humano que es el embrión, o sobre el daño que se infringe a la prole cuando se la priva de la paternidad por sistema, quedan expulsada de manera intolerante del ámbito de la discusión pública y política como intolerantes porque, dicen, responde a una creencia y no a una razón. Es una imputación falaz tachar de religioso a un argumento, por el hecho de que se diga que hacer algo –antes llamado pecado- no es bueno por inmoral, sin escuchar la razón de por qué es inmoral. Ya no se respeta su postura porque se la califica de repetición mecánica y dogmática de cosas irracionales derivadas de una creencia, impuestas por el dogma…, como si sus argumentos, los derivados de la ideología marxista no lo fueran, o que por el hecho de ser laicos estén exentos de sospecha de dogmatismo. Los argumentos son tachados de intolerantes, y se les expulsa de la plaza pública, sin tener que refutarlos; se los descalifica como creencias y no como razones.

El marxismo triunfante está entre nosotros, la ONU lo avala, los gobiernos socialdemócratas también, el pensamiento discordante es tratado con desprecio y perseguido en los medios.  No somos ciudadanos de segunda, tenemos derecho a defender argumentos y no ser discriminados. Se nos expulsa de la condición de igualdad en el diálogo (RAWLS) alegando que defendemos posiciones de fe y no argumentos, el totalitarismo asoma en la forma de intolerancia de los que se llaman a sí mismos tolerantes.

Dicho lo cual también tengo que hacer una aportación crítica al congreso. Se veía claramente una posición beligerante con el que no piensa como nosotros pensamos.  Y digo nosotros, porque en esencia, el pensamiento a favor de la familia –cristiana- no tiene resquicios en mi.

Pero el evangelio no pacta con ninguna de las posiciones rivalizantes. Por eso afirma que Dios es amor y que no hace distinciones. Los evangelios sinópticos lo ratifican: nos indican que Dios trata a los hermanos enemigos con la misma benevolencia y con la misma sed de verdad. Para el Dios del evangelio las categorías que salen de la violencia y vuelven a ella son perversas, o satánicas. Que nadie le pida al Dios de Jesús que se pliegue dócilmente a nuestros odios fratricidas. Cuando los hermanos que han recibido una herencia se acercan a Jesús con la intención de que ejerza de juez se llevan una tremenda sorpresa: «Uno de la multitud le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”».Lc, 12, 13-14. Ambos son denunciados porque buscan vencer sobre el otro. Su vano intento de convertir a Jesús en juez y parte de una decisión dilemática es el continuo intento humano de dirimir los conflictos optando entre víctima y verdugo, entre inocente y culpable, entre buenos y malos. El Dios que quiere presentar Jesús tiene una visión más compleja, antimaniquea. Los hombres son gemelos enfrentados, deben ahondar, ir más lejos en el análisis de sus conflictos. La solución perezosa es siempre sentirse uno mismo legitimado para su violencia o vindicación y, al otro, deslegitimado. No así la sabiduría divina que ve a los hombres como contendientes en una batalla pírrica e infantil aunque muchas veces de consecuencias trágicas.

Por ejemplo, es muy significativo observar que el evangelista Lucas cita al profeta Isaías, amputando el texto original cuando se trata de esgrimir el argumento de la venganza: tienen claro que Cristo se desentiende de ella. Sólo citan el trozo que habla de curación, liberación o restauración, evitando los que hablan de castigo, venganza o destrucción. Destacarse de la corriente veterotestamentaria del Dios que reclama la venganza, que se deja llevar por la ira, y que por momentos se muestra cruel con su pueblo y con los enemigos de su pueblo es la primera interpretación que nos viene. Pero hay algo más de sabiduría encerrada. En Lucas 4,18-19, Jesús lee un texto de Isaías que dice «El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor», y suprime la frase que sigue de manera natural: «Proclamar un año de gracia del Señor y un día de venganza para nuestro Dios» (Isaías 11,4-5). Según la fuente Q (Lucas 7,22 y Mateo 11,5), Jesús dice a los discípulos de Juan que le interrogan: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia». Obviamente Jesús está citando al profeta (Isaías 35,5-6) para que ellos identifiquen con él al Mesías: «Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mundo cantará», y de nuevo amputa el versículo anterior: «Vuestro Dios trae la venganza y el desquite».

¿Por qué este insistente interés de los evangelistas en recortar el texto, cuando en otros, a lo hora de citarlos son tan profusos? Está claro que hay que bucear en esta amputación. Cristo no cae en la ingenua rivalidad; ve a los hombres como gemelos enemigos a los que tiene que llamar a conversión sin tomar partido, por sabe que se hace tanto mal en la defensa de un bien como el mal mismo deseado y buscado.  Cristo está más allá de nuestras ético-políticas y razonables posiciones, no porque se sitúe en limbo, si no por situarnos en la verdad: sólo el amor al enemigo nos libra de las trampas de Satanás. Si no estamos dispuestos a dar la vida físicamente por los hermanos homosexuales, por los que nos odian, o por los que no piensan como nosotros, estamos cargados de razones y de ética, pero no hemos olido el Espíritu Santo. 

Es también muy interesante observar, cuando se trata de definir qué es ser hijo de Dios, y ser perfecto como él, que Jesús no entra el discurso metafísico o en la fácil asignación maniquea de la culpa, y en el precio que hay que pagar por la maldad, sino que nos desconcierta con un sentido de la justicia que nada tiene que ver con el nuestro, exclusivamente retributivo:

«Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,43-48) 

Quizás sea por esto por lo que sentí, y esta es mi visión personal, que Monseñor Reig se sintió incómodo con el aplauso.

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Cristo y la huelga general del 29 de marzo

Por Desiderio Parrilla, 20 de marzo de 2012

El katechon es un concepto clave de la Revelación evangélica.  Es un término griego que debe pronunciarse katéjon, es el participio presente del verbo katecho (katécho) que significa: retener, agarrar, impedir.

Es el apóstol San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses, versículos 6 y 7, quien lo utiliza por primera vez como idea de obstáculo, de impedimento, a la venida del Anticristo.

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Veinte siglos después, es el filósofo del derecho y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985) quien en varios trabajos suyos recupera la idea de katechon otorgándole una significación política.

Katechon, por tanto, es aquello que contiene el desbocamiento total de Satanás. René Girard muestra el aspecto antropológico de esta categoría inicialmente teológica: el katechon es lo que mantiene a raya nuestras violencias, de modo que la violencia humana, satánica y sacrificial, se mantiene contenida dentro del control de ciertos límites.

Pero este katechon no es la Iglesia, sino una institución mundana, puesto que contiene la violencia mediante la propia violencia. Mediante una violencia mesurada se impide el desbocamiento violento total.

Para Jean-Pierre Dupuy, un discípulo de René Girard, el katechon actual es el mercado capitalista postindustrial. El mercado capitalista de la sociedad global es el que contiene la violencia en este doble sentido. El capitalismo global contiene y limita la violencia mediante la competitividad regulada y la producción pletórica de artículos de consumo.

Como este autor muestra en su libro El sacrificio y la envidia, los consumidores no luchan a muerte por los mismos productos, ya que las empresas producen una cantidad ingente de productos. La abundancia de artículos de consumo acaba con la escasez que empuja a los hombres a competir por el mismo objeto en la lucha por la vida. La abundancia de bienes producidos hace que nadie necesite pelear por adquirir esos productos. El problema se traslada más bien hacia la competitividad por alcanzar los puestos de trabajo que posibilitan esta capacidad adquisitiva y de consumo, puesto que son más limitados. Sin embargo, esta lucha violenta por el puesto de trabajo tampoco ha originado violencias incontrolables en la sociedad, gracias a la creación del estado de bienestar, el keynesianismo social, la paga de desempleo, que permite consumir a un nivel excedentario, casi de lujo, aun cuando el sujeto esté desempleado, etc.

De esta manera, concluimos que el Estado de Bienestar ha sido el katechon de la violencia capitalista desde la II Guera Mundial hasta la caída de la URSS.

Efectivamente, este Estado de Bienestar surge de la influencia histórica de la plataforma geopolítica de la URSS. Para evitar la extensión del comunismo soviético marxista-leninista las democracias occidentales tuvieron que renunciar al capitalismo liberal estricto y potenciar la vía intermedia, o tercera vía, de la socialdemocracia oriunda de la República de Weimar. Lo propio cabe decir del New Deal norteamericano.

El estado de bienestar como modalidad eurocomunista, o socialdemócrata, surgió para contener la expansión de la URSS. Pero el estado de Bienestar no surgió de la buena voluntad de los políticos europeos, sino de una táctica de preservar esos países de la amenaza que la URSS suponía para esos mismos países. La URSS poseía una masa histórica considerable capaz de ejercer influencias y cambios en la plataforma capitalista de naturaleza calvinista cuyos centros de poder eran el floreciente imperio norteamericano de los EEUU y los restos del imperio británico y su Commonwealth.

En este sentido, la URSS contuvo durante su existencia la violencia capitalista. Por tanto se puede decir que la URSS fue el katechon del imperialismo protestante capitalista durante casi un siglo. Y el Estado de Bienestar europeo el katechon tanto de la URSS como del capitalismo liberal salvaje. Karl Scmitt afirmó que los EEUU y Churchill fueron el katechon durante la II Guerra Mundial frente al nazismo. Durante la posguerra consideraba que este papel lo siguieron ejerciendo estas plataformas protestantes.

Pero Schmitt no vivió lo suficiente para asistir al desarrollo pujante de estas plataformas capitalistas que a través de la carrera de armamentos, la Guerra de la Galaxias y la guerra fría, derrotaron a la URSS. En 1991 la URSS se disolvió, y con ella la última fuerza con alcance histórico-secular capaz de contener la violencia capitalista de corte liberal-protestante.

El capitalismo postindustrial venció a la URSS. Con su caída este capitalismo ha desmantelado en sólo 20 años las instituciones del Estado de Bienestar que convertían a Europa en un oasis laboral: jornada laboral de 8 horas de trabajo diarias, paga de desempleo asegurada, seguridad social, vacaciones pagadas, clase media pujante y solvente, etc. La actual crisis económica es un ciclo inflaccionario más del sistema capitalista que ya no tiene la URSS como dique de contención. Y este ciclo inflaccionario  está acabando con el Estado de Bienestar que limitaba la violencia feroz de todos contra todos propia del mercado capitalista en estado puro. Sólo hay que entrar en youtube y visionar las manifestaciones de Grecia para darse cuenta de ello.

Sin embargo, el motor que marca el ritmo mundial de producción ya no son sólo los EEUU sino el bloque asiático, especialmente China y la India. Este ritmo tecno-económico capitalista se extiende por todo el mundo en un proceso de aceleración enloquecido cuya correa de transmisión tiene su eje de alimentación en los ritmos productivos chinos: el obrero chino trabaja 16 horas diarias, tiene el camastro en el taller, duerme 7 horas y retoma el trabajo sin solución de continuidad y sólo tienen 2 días de vacaciones al año.

La agresividad y la violencia de este ritmo tecno-económico de capitalismo en estado puro esta´barriendo literalmente los modos comunitarios de vida que nos hacen humanos: con mayor intensidad en China, pero no con menos virulencia en los EEUU.

El sistema capitalista postindustrial barre totalmente las estructuras de parentesco y comunidad. Amenaza lo humano, lo pone en peligro de extinción. Y lo sustituye por el individualismo feroz y la razón instrumental.  Ya no hay tiempo más que para producir. Se disuelven los vínculos comunitarios: uno ya no es padre de tal o cual hijo, ni esposo de no sé quién, ni hijo de fulano ni de mengana, ni pertenece a tal estirpe o tal saga o a tal clan. No hay tiempo para cultivar este tipo de relaciones familiares amplias. En la sociedad rural y pre-industrial los ritmos económicos se subordinaban a los ritmos comunitarios de convivencia familiar: se vivía con los abuelos, la crianza se realizaba con los primos, los vecinos y amigos eran como de la familia, algunos quedaban vinculados cuasi-sanguíneamente a través de la figura de los padrinos o los compadres y comadres. Los maestros eran los segundos padres, los tíos tenían voz y voto en cada una de las casas del núcleo familiar cuyo centro eran los abuelos.

Estas estructuras comunitarias, que definen al ser humano, son disueltas progresivamente por la violencia agresiva y descontrolada del mercado capitalista allí donde no encuentra su limitación histórica del katechon: jornadas de trabajo de 50 horas de trabajo semanal, movilidad laboral absoluta, desaparición del domingo como día de descanso a través de la liberalización de horarios, salarios bajos que obligan a trabajar a ambos cónyuges que apenas coinciden en la casa por la flexibilidad laboral de horarios, etc, etc. En esto coinciden el Manchester del siglo XIX y el Nueva York del siglo XXI.

El capitalismo postindustrial actual no tiene su katechon. Nada limita con fuerza al capitalismo postsoviético cuyos motores son el bloque chino y el bloque capitalista de tradición anglo-protestante, así como su filial franco-alemana en Europa.

Ningún bloque geopolítico actual tiene fuerza para detener estas plataformas que movilizan el mundo y determinan sus ritmos destruyedo las estructuras comunitarias a su paso.

Iniciativas como la huelga general convocada para el próximo 29 de marzo son inútiles, no sirven de nada; están además fuera de la realidad: siguen anclados en esquemas previos a la caída de la URSS. No se dan cuenta de la consecuencia tan enorme que ha tenido la caída de la URSS. El katechon que mantenía a raya la violencia capitalista mediante la violencia soviética ha caído, ya no existe. Ahora la violencia liberal con todo sus efectos (nihilismo, desocialización de lo social, disolución de los referentes educativos y de autoridad, etc.) campan a sus anchas y el izquierdismo es más un reconocimiento de una impotencia y una ignorancia supina que una muestra de poder y sabiduría.

El único bloque que podría mantener a raya la violencia capitalista sería aquel que mantuviera a salvo las tradiciones que, precisamente, el capitalismo liberal hace peligrar: como las estructuras comunitarias, las leyes de parentesco y los vínculos familiares intergeneracionales. Este bloque para ejercer de límite, o katechon contra la violencia capitalista, debería ser también un bloque ajeno a las tradiciones protestantes y maoístas.

Por tanto este bloque sólo podría dominar al capital si fuera enemigo de la contracultura y los movimientos antisistema surgidos del conflicto chino-soviético (revolución sexal y cultural, antipsiquiatría, muerte de la familia, eclipse del padre, posmodernidad, etc.), por cuanto son estelas el maoísmo chino que actualmente es el motor del mercado capitalista: Thatcher y Mao van de la mano. Y para muestra remito a la campaña publicitaria de Loewe para el año 2012-2013, o al libro Rebelarse Vende de Joseph Heath y Andrew Potter (2004).

Para ejercer de katechon contra el capitalismo este bloque geopolítico deberá además ser incompatible con el individualismo e irracionalismo emotivista protestante, donde coinciden EEUU, Alemania e Inglaterra.

Este bloque sólo puede ser el bloque de la hispanidad, las naciones  de área hispanoamericana, de tradición cultural católica y mayoritariamente hispano-hablantes.

Sólo esta plataforma hispana tendría suficiente potencia para contener el capitalismo salvaje liberal, por sus características demográficas (400 millones de almas), lingüísticas (el español como tercer lengua más usada en internet en 2010 con 154 millones de usuarios), históricas (la historia común de cuatro siglos) y por su esencia católica, comunitaria, incompatible con los usos individualistas del mercado capitalista de corte calvinista.

Sólo este bloque está ya unido por la lengua y la cultura, comparte estructuras sociales fuertemente comunitarias, y posee instituciones políticas o económicas consolidadas (OEA, Mercosur, CELAC, ALBA).

Además, las diferentes naciones de esta plataforma geopolítica están vinculadas en su totalidad por la institución metapolítica de la Iglesia católico-romana a través de la sucesión apostólica de los obispos en las diferentes diócesis hispanoamericanas, lo que asegura la perpetuación de estas estructuras comunitarias mediante el munus docendi eclesiástico y su labor pastoral intensa y ampliamente extendida por toda la masa social. La unidad de estos obispos se robustece además gracias a la CELAM, y el Documento de Aparecida.

A ellos nos dirigimos usando el viejo lema marxista: hispanos de todas las naciones católicas del mundo, uníos.

El enemigo común es terrible y hay que contenerlo ya, antes de que acabe con todo lo que define lo humano desde sus orígenes. Sólo entonces el capitalismo posindustrial tendrá su katechon, tan necesario y urgente, que actualmente no posee.

Las medidas de izquierdismo situacionista y trotskismo barato contra el capitalismo actual son ridículas. Su entrismo ideológico en los mass-media (La Sexta), la huelga general de los sindicatos mayoritarios para el 29 de marzo y su “revolución permanente” (los indignados, 15-M) son como querer detener tanques lanzándoles alfileres.

¡Católicos de todas las naciones hispanas de la tierra, uníos!

Uníos para controlar con firmeza esta hidra de violencia inhumana y voraz que es el capitalismo postindustrial que nos está llevando a la catástrofe antropológica más grave de la historia desde la caída del Imperio romano.

A ti remitimos la justicia, ¡Ven Señor, Jesús!