El Brexit como signo de los tiempos

Por David García-Ramos Gallego, viernes 24 de junio de 2016. Centenario de la Batalla de Verdún.

Me he despertado con el teléfono lleno de mensajes sobre la salida de Reino Unido de la UE. Lo peor es que no en todos los casos eran muestras de consternación. “Es comprensible que quisieran salirse, desde que estamos en el Euro los precios no han hecho más que subir”. Lo preocupante es que a pie de calle esa sea la lectura. Pero más preocupante aún es que haya gente formada que opine con frivolidad sobre lo que otros consideramos el principio del fin. Lo que está en juego no es la economía, sino la tan traída y llevada idea de Europa –esa de la que, entre otros, hablaba con preocupación Ratzinger, como cardenal y como Papa–. ¿Qué nos jugamos con esa idea de Europa?

La identidad europea es una identidad que va más allá de las fronteras nacionales. Yo mismo he crecido europeo: nunca me he detenido en una frontera europea –y gracias a que España pertenece a Europa, mi paso a través de otras fronteras ha sido rápido–. ¿Ciudadanos de otra categoría? ¡Por supuesto! ¿Qué otra cosa creemos que envidian y desean para sí los que cruzan el Mediterráneo jugándose la vida cada día? Slavov Zizek se planteaba, en su último libro –La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror– por qué los refugiados vienen a Europa y no a Arabia Saudi o a los Emiratos[1]. Por lo que Europa representa o ha querido representar.

La identidad europea es una identidad que pide distancia y abandono del antagonismo envidioso que caracteriza al nacionalista del tipo resentido: por qué tengo que esforzarme yo para que otros vivan como yo sin trabajar. La identidad nacional se construye en rivalidad mimética con el otro –como ya demostrara, desde posturas no abiertamente girardianas, Jon Juaristi en su Bucle melancólico, por ejemplo–. La identidad pannacional, sobre la que teorizaron sin descanso tanto Kant como Hegel, es problemática. Sobre todo porque supone una bondad en el hombre y en el pueblo, en la masa, que es inexistente. Algunos hemos pensado en Stefan Zweig esta mañana, en su autobiografía titulada El mundo de ayer. Memorias de un europeo. En la sorpresa de ver cómo estaba cambiando el mundo ante sus ojos. Y no era –no es– miedo al cambio. Es miedo a la pérdida y a lo que esta traerá: la barbarie.

Había estudiado demasiada historia, y escrito sobre ella, como para no saber que la gran masa siempre se inclina hacia el lado donde se halla el centro de gravedad en cada momento. (Stefen Zweig, El mundo de ayer. Memoria de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2009, p. 506.

La identidad europea, que nos lleva a algunos a sentirnos europeos, hermanos de otros europeos, y que nos permite abrirnos también a una suerte de hermandad universal, tiene, o debería tener, espíritu católico, precisamente. Universal. Para ser europeo uno debe aceptar que el otro no es el enemigo a batir, uno debe bajar las defensas, cruzar las fronteras, dejar las ideas. No se trata de una idea de Europa, se trata de la posibilidad de ser ciudadano del mundo lo que está en juego:

Los refugiados se toman en serio el principio, proclamado por la Unión Europea, de la «libertad de movimientos para todos». (…) El axioma en que se sustentan los refugiados de Calais no es sólo el de la libertad de viajar, sino algo parecido a «todo el mundo tiene derecho a instalarse en cualquier parte del mundo, y el país al que se trasladen tiene que satisfacer sus necesidades». La Unión Europea garantiza (más o menos) este derecho a los ciudadanos de sus países miembros y para eso está (entre otras cosas); exigir la inmediata globalización de este derecho equivale a exigir que la Unión Europea se expanda a todo el mundo. El ejercicio de esta libertad presupone ni más ni menos que una revolución socioeconómica radical (Zizek, op. cit., p. 63).

En términos cristianos a esto lo denominamos el Reino. En lo que Zizek se equivoca en parte, creo, es en que se precise una revolución socioeconómica. La revolución que necesitamos es mucho más radical e implica todas las demás: se trata de una revolución antropológica, en la que le concedo al otro ya siempre la inocencia y el bien. En la que el otro es ya siempre merecedor del bien, por el mero hecho de ser acreedor de la dignidad de ser humano. En la que mi responsabilidad hacia el otro es infinita –solo frenada por mi responsabilidad hacia un tercero al que el otro amenace–. Esa revolución antropológica que para Girard está en el centro de la revelación cristiana –en la misma Pasión–. En un Mediterráneo que ya comienza a sentir la picazón de los primeros separatismos de Roma –y no olvidemos que Cristo nació, vivió y murió en uno de los territorios que más tempranamente se declararon nacionalistas–, el cristianismo supuso precisamente lo que hoy simboliza –o simbolizaba, o debiera haber simbolizado– la UE: una forma de vida que se expande sin tener en cuenta fronteras ni identidades nacionales, sin acepción de personas, sin reparar en colores de piel, a eunucos, mujeres y niños, a judíos, frigios y griegos. Esta revolución antropológica habla de una identidad más allá de todas las identidad, donde el otro es Cristo.

La identidad europea reflejaba, siquiera débilmente, esa revolución antropológica. Un verdadero multiculturalismo que pretendía no el mantenimiento de todas las culturas en un caos identitario condenado al fracaso, sino la creación de una identidad capaz de mantenerlos a todos unidos. “La devaluación de las grandezas nacionales libera la mirada a lo que es común a todos los hombres”[2]. Tras toda política, añade Ratzinger, tras la máscara del político lo que hay es un hombre (“una máscara detrás de la cual no hay más que un hombre”, íbidem). Por eso la revolución, antes que socioeconómica o política, ha de ser antropológica.

Terminaba Zweig su autobiografía diciendo: “toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido la verdad” (op. cit., p. 546). La identidad europea se ha construido sobre ese juego de luces y sombras: frente a los grandes logros, las grandes guerras; frente a las expresiones vitales más exultantes, las mayores industrias de la muerte. Decir que no a Europa es dar la razón solo a las sombras y permitir que su imperio prevalezca. Dirán que me pongo pesimista. Dirán que Inglaterra no fue nunca Europea. Tendrán razón. “«El mismo Jeremías de siempre», dijeron con sorna” (Zweig, op. cit., p. 506).

La esperanza de una paz global ha perdido hoy muchos puntos, más de los que perderá la libra esterlina en la bolsa estos días. Algún día nuestros nietos podrán estudiar esto como el principio de la gran crisis europea, como uno de sus síntomas o de sus efectos. Rezo por que puedan estudiarlo. Mi pesimismo no me lleva a la misantropía. Creo que hay esperanza contra toda esperanza. Está cifrada en las palabras con las que Ratzinger concluye su texto sobre la política en los Padres, de Agustín en concreto, diciendo:

[Agustín] permanece, sin embargo, fiel al pensamiento escatológico, porque considera todo este mundo como una entidad provisoria y no trata de conferirle una constitución cristiana, sino que lo deja ser mundo, que debe luchar para conseguir su propio ordenamiento, que es relativo. De esta manera, su cristianismo, que se había hecho conscientemente legal, permanece revolucionario en su sentido último, porque no puede identificarse con ningún Estado, sino que es una fuerza que relativiza todas las realidades inmanentes al mundo, indicando y remitiendo al único Dios absoluto y al único mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo (Ratzinger, op. cit., p. 129).

La utopía de la que Zizek supone enamorados a los refugiados es una utopía necesaria pero imposible. Esa es la tragedia de Europa, la imposibilidad de completar la imagen que tiene de sí misma. Pero abandonar esa imagen, emborronarla, distorsionarla, no es la solución. Abandonar la prosecución de esta utopía no es algo que nos podamos permitir en los tiempos que corren. Debemos ser radicalmente revolucionarios. La UE no nos salvará, eso está claro. Pero era –¡es!– una excelente ayuda.

Un colega al que he mostrado este texto, especialmente afectado –curiosamente coincide conmigo en que le apena que sus hijos no podrán conocer la Europa que nosotros hemos conocido–, me ha hecho un solo comentario: estupenda esquela. Tal vez sea el momento de dejar que muera Europa, como se dejaron morir tantos en los campos de concentración. Tal vez ésta solo sea la postrera victoria de Hitler, una que ni él mismo se imaginó: ver Europa desunida y fraccionada, vendida a los intereses nacionales, precisamente identitarios.


[1] “Arabia Saudí y los Emiratos no acogieron ningún refugiado, aunque son los países vecinos de donde sucede la crisis, y también son ricos y muchos más cercanos en lo cultural a los refugiados (que son casi todos musulmanes) que Europa. Arabia Saudí incluso devolvió algunos refugiados musulmanes de Somalia …”. Slavov Zizek, La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror, Barcelona, Anagrama, 2016, p. 59.

[2]J. Ratzinger, La unidad de las naciones, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2011, p. 110. Publicadas originalmente en 1970, se trata del texto de una conferencia dictada en 1962. Su actualidad es evidente.

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La ofensa (I)

Por David García-Ramos Gallego, 18 de febrero de 2016.

No me ofende, personalmente, que una persona se quede a torso descubierto en una capilla católica. Y soy católico (a duras penas, a duras mis penas, vamos, por pura gracia que dispone mi ánimo a serlo, a querer serlo). Lo repito: no me ofende. Tampoco me siento ofendido porque ofendan a mi Dios. Sigo a uno que asumió en silencio toda ofensa sobre sí. Ya sé, ya sé que lo hizo de una vez para siempre, para que no hubiera más ofensa, para denunciar toda ofensa. Esta, también.

Lo repito, insisto: no me ofende. Es decir, no genera en mi un sentimiento de indignación. Más que sentimiento, emoción, pasión. No me indigna. No quiero que me indigne. Por eso hago uso de la razón, de mi facultad intelectiva, para dominar el sentimiento de indignación que podría incendiarme y empujarme a buscar culpables. Como bien nos ilustró el pasado verano Charles Ramond en una conferencia sobre el sentimiento moral de la indignación, lo que tenemos detrás (o delante, según se mire) es la búsqueda de un o una culpable, un declarar a alguien culpable de algo, donde algo es aquello que ha producido en mí tal sentimiento. El sentimiento moral de la indignación surge de una injusticia, de una ofensa realizada contra un débil. Pero, ¿qué es lo injusto en este caso? ¿Que una ciudadana campe a sus anchas –esto es, en top less– por un espacio que otros ciudadanos consideran sagrado, en presencia de unas formas que dicen (decimos) que son Dios mismo? ¿Es injusta la profanación?

Lo repito, insisto: no me ofende. Pero, ¿hay ofensa? Esta es la pregunta clave. Responde la imputada (porque lo es, ¿no?) que ella no ve ofensivo presentarse a torso descubierto en un lugar sagrado para otras personas –sobre la cuestión metafísica de si un lugar es sagrado en sí, de manera inmanente o solo contingente, y si contingente, bajo qué condiciones, si objetivas o subjetivas…, no es el caso demorarse en esta ocasión–. No lo ve ofensivo, es decir, que para ella no hay ofensa. Pero para otros sí. Dirimir quién tiene razón se convierte así en la cuestión central. Es decir, ¿hubo ofensa o no hubo ofensa? ¿Tiene razón la imputada o la acusación? ¿Realmente hubo ofensa?

Para responder a esta pregunta debemos hacer un ejercicio muy sencillo: qué define la ofensa. En este momento podría –y debería– ofrecer las definiciones de la RAE, del código penal –si la hubiere, que imagino que sí–, etc. Pero no voy a hacerlo, si el lector me lo permite y sigue leyendo. Voy a tirarme de cabeza a la piscina del sentido común. Vamos a imaginar dos posibilidades:

(1) la ofensa parece que la define quien la recibe: será ofensivo lo que a mí, que recibo la ofensa, me parezca ofensivo. Hay ofensa si el receptor de la acción del imputado de tal ofensa considera que hay ofensa, es decir, que tal acción le ofende.

(2) Hay ofensa si en dicha acción hay intención de ofender, esto es, de provocar en el ofendido dicho sentimiento de ofensa o indignación.

Me dejo en el tintero otras definiciones de ofensa más objetivas, las que recogen los distintos códigos penales, propuestas legislativas, costumbres, etc. Creo que, del mismo modo que el sentimiento de indignación es subjetivo, en tanto sentimiento, también la ofensa es una categoría que cae dentro del ámbito de lo subjetivo, en tanto existe la expresión sentirse ofendido y la posibilidad de hablar de un sentimiento de ofensa. Es dentro de estos dos supuestos subjetivos desde donde pretendo demostrar que no hubo ofensa, aunque la hubo. Es decir, y para que se me entienda la paradoja –dado que las paradojas son enigmas cognitivos que piden entendimiento–: hubo ofensa, pero no debería de haber ofensa.

En el supuesto (1) la ofensa queda en manos de las víctimas. No hace falta citar a Nietzsche para reconocer que el victimismo, en cuya base está el resentimiento –atención, otro sentimiento moral–, es un problema en el siglo XXI. La gestión de los derechos y exigencias de las víctimas de cualquier tipo y orden se ha convertido en la pesadilla de cualquier gestor –perdón, quise decir político–. Una pesadilla necesaria, pero pesadilla: que las víctimas se hayan convertido en un problema es… problemático –una victoria más del Satán–. De modo que cualquier ciudadano tiene el derecho a denunciar, dentro de los límites de lo razonable, claro está, una ofensa contra el honor, contra el sentido de lo sagrado, contra las legítimas creencias que puedan ostentar los ciudadanos. Pues bien, en tal sentido, hubo ofensa: ciudadanos con legítimas creencias fueron ofendidos en sus creencias y en su sentido de lo que es sagrado, en un espacio de uso dedicado –el espacio estaba allí, otra cosa es si debería estar o no– a la práctica de dichas creencias. Hubo ofensa. Lo repito: hubo ofensa.

El supuesto (2) me va a llevar menos tiempo. La ofensa en manos del que ofende, del ofensor. La imputada sostiene que no era ofensivo, que no lo considera ofensivo. Uno se pregunta entonces por qué decidió quedarse a torso descubierto. ¿Calor? ¿Afán de seducción? Evidentemente hubo ofensa en manos del que ofende: sin ofensa su acción sería cuanto menos ridícula. El ofensor necesita del ofendido y el valor de su ofensa crece con el sentimiento de ofensa del ofendido, en un doble vínculo muy girardiano donde las raíces de la rivalidad suelen perderse en capas de sucesivos y recíprocos ocultamientos (méconnaissances). Insisto: hubo ofensa por los cuatro costados.

El ofendido se sintió ofendido en toda regla. La ofensora quería ofender y ofendió, desde luego. Ella ganó además la posición de víctima, esto es, culpable de ofensas, y merecedora del perdón del obispo Osoro. Nueva víctima del proceso que ella misma inició –en un bucle muy del gusto postmoderno de confusión de contrarios–. Hubo, por tanto, ofensa, sin duda, pero no tendría que haberla habido, no debiera de. Entre otras cosas, porque Cristo se ríe de la ofensa en el episodio de la lapidación de la adúltera –o al menos sonríe y escribe en la arena quién sabe, tal vez nuestros pecados o, déjenme aventurar: los de ella, para después borrarlos de un manotazo–.

El único gesto que creo ha sido libre es el de Osoro –tranquilos los que piensen que voy a defenderlo: ya se han encargado los medios (y alguna que otra mente calenturienta) de cargarlo de lo que es más que gesto: ideología y significado más allá del sentido–. El gesto del perdón. No está a la altura del de San Juan Pablo II con su asesino, porque la acción sobre la que se traza el gesto es de distinta cualidad –ella, la ofensa a través de la profanación, él, el asesinato–, pero tiene la misma naturaleza. Es el gesto de Cristo mismo que acoge a humillados y ofendidos, y a endemoniados y fratricidas y parricidas, algo que Dostoievski pudo y supo ver muy bien. Un mismo Dios bueno para todos. Un Cristo que, no lo olvidemos, fue condenado por blasfemo, por ofender el honor del Sanedrín y lo más sagrado para el pueblo judío, el nombre de Dios. Habrá quien me desgrane y deconstruya el texto del Evangelio para hacerme ver que la arqueología del gesto cristológico –Foucault à la catholique– y me diga que Maestre no es Cristo. Claro que no. Pero, aparte de que Cristo quiso así hacerse uno con Maestre –¡quiere!–, dejando a un lado que en Cristo no había intención de ofensa –pero sabía lo que iba suceder–, la dinámica de la ofensa, tan ligada al resentimiento –y este, como bien sabemos, a la teoría mimética de René Girard [1]–, es la misma hoy, ayer y siempre. Y, alegrémonos: aunque no lo parezca, está ya vencida.

Ahora la pelota está en el tejado de la ofensora y de los ofendidos –confieso que ni sé ni quiero saber quiénes son los ofendidos: no por no estar de acuerdo con ellos, que lo estaría, sino porque no es la finalidad de esta reflexión, más filosófica–. Esta en sus manos deshacer la ofensa y romper del círculo vicioso del resentimiento que no es otro que el de la muerte –un círculo que en la iconología rompe el pantocrator, el Cristo resucitado–.

Otro día hablaré de un sentimiento que sí que provocó en mí el gesto de la Maestre: vergüenza y compasión. En el año de la misericordia debería avergonzarnos no tener urgencia por el Evangelio de la misericordia, el Evangelio de los miserables: tuyo y mío… y de ella también.


[1] Esta cuestión del resentimiento, que Girard presenta ya en su primer libro, Mentira romántica y verdad novelesca, merece un desarrollo aparte para aquellos que no estén tan familiarizados con la Teoría Mimética.

 

En un mundo violento (2)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 28 de noviembre de 2014.

[Continuamos con la publicación de esta serie de posts que se escribieron a finales de noviembre, pero que siguen teniendo actualidad y que prueban el poder explicativo de la Teoría Mimética]

El pensamiento único tiene una serie de características que lo hacen único… El hombre no es más que un animal, con una singular capacidad para emocionarse, pero sin destino trascendente. Como un animal se rige por leyes darwinianas, la supervivencia es la ley que gobierna todo comportamiento. Como miembro de una manada algunos individuos deben ser sacrificados en beneficio de la especie. Solo que como el hombre es además racional, selecciona a esos seres prescindibles por categorías estereotipadas: ser minorías étnicas, religiosas, migratorias… Pero lo importante es que esos elegidos tengan capacidad de congregar el odio o la mirada de todos, para que el resto se salve.

La unanimidad en orden musulmán o en el orden de las sociedades occidentales se forja contra la única minoría que hoy dice algo que disiente de lo que todo el mundo acepta. La legitimación de la violencia propia está fundada sobre la creencia de que “estamos en la verdad” (en la interpretación del Corán o en la implantación de la democracia, da lo mismo) y todo lo que no caiga dentro del paraguas de esa verdad subjetiva, particular, del “nosotros los musulmanes” o del “nosotros los demócratas” occidentales, que yo-nosotros poseemos en exclusiva, ha de ser denunciado, o puesto en estado crítico, y ser erradicado en última instancia. Los otros están en la mentira o en el error.

Al estar en la verdad, la violencia está legitimada por parte del Estado (Islámico o democrático) porque éste se ha erigido en mediador absoluto de los desvalidos ciudadanos. El Estado nos devuelve al estado primitivo y nos hacer retornar a la minoría de la edad de la razón: piensa por nosotros, nos dice lo que está bien hacer, lo que debemos opinar… ¡Si Kant levantara la cabeza! El Estado ejerce la violencia con toda clase de cuidados y equilibrios en las sociedades democráticas y con descaro tiránico en las pseudo-democráticas.

El éxito de su control reside en el miedo que los ciudadanos se tienen unos a otros, necesitan ese Levithan hobbesiano que les defienda de sí mismos, de sus propios hijos… Pero fuera de ese férreo control que pedimos para el vecino, estamos autorizados ad intra a hacer cualquier cosa. En el sujeto normalizado… estabulado, solo hay una vía de sentido o de escape: dejar que el deseo fluya en el placer de las pequeñas cosas y que nadie se interfiera. La contemplación estética es la fuente del placer. El placer está domesticado: la sociedad del consumo convierte los vicios privados en virtudes públicas y revierte sobre sobre el mercado sus productos de salvación. Lo que antes era “pecado”, y era visto como aquello que produce daño al individuo y a la sociedad, ahora se convierte en Ley, en norma, porque hay detrás un negocio que defender que llena las arcas del Estado. Incluso los indignados han caído en la trampa: los revolucionarios de hoy no son anarquistas, humanistas rousseaunianos que buscan el retorno al trueque (al estilo del Manifiesto comunista de Marx) como algunos piensan tildándolos de románticos, nostálgicos, ingenuos, anacoretas o tecnófobos de la sociedad tecnológica e industrial. No, son súbditos del Estado que quieren que éste sea mejor Padre, o una Madre de verdad. La pachamama nos debe sus frutos como compensación de nuestros sacrificios. Quieren más Estado, más seguridad social, más cobertura de desempleo, incluso sueldos igualitarios para diferentes trabajos. Si el Estado se yergue en Padre, que ejerza. Que pague los caprichos de sus hijos arrojados sin su consentimiento a la vida; tienen derecho a reclamar recompensas, que se les mantenga sin pedirles nada a cambio.

Las fuentes del placer son cada vez más sofisticadas, pero cualquier tipo de placer, siempre subjetivo, es válido y ha de ser financiado. El problema es que no vale nada un placer no compartido, o no público, y he aquí el problema: siempre es acosta de otro. Y eso, una sociedad susceptible en sumo grado, victimista, políticamente correcta, tiene que regular exhaustivamente  toda acción pública bajo una rigurosa ley. En la sociedad de la transparencia (Byung Chul Han) es complicado mantener en privado el placer. El abuso sexual, el crimen, las adicciones, el alcohol, tienen consecuencias inevitables para la vida social que desatan represalias y violencia. Tolerarlo todo es peligroso para la supervivencia de la tribu… convertir en norma de ley algunos placeres va a ser la solución: hacer de la nueva moral normas de tráfico viario porque prohibir todo lo que hace a alguno víctima es imposible, disminuye la rentabilidad y genera caos social.

Do we need a hero or do we need a dead?

Por Ángel J. Barahona Plaza, 29 de marzo de 2014

He leído y oído de todo estos días.

Primero, acerca de la manifestación del sábado 22M… por la dignidad: batalla campal, trivialización de la violencia, necesidad de castigar a los organizadores, violencia programada, violencia gratuita,  violencia para la exhibición y twiteo  (el foro postmoderno del alardeo, de la altivez). Me gusta lo de “22M” porque evoca las verdaderas intenciones del corazón humano que a duras apenas se puede ocultar a sí mismo lo que anhela.

Segundo, las dos batallas en la Universidad Complutense en el intervalo de unos pocos días.

Tercero, la manifestación una semana antes de estos hechos de las feministas en la Gran Vía, tirando petardos en el atrio de una iglesia de Gran Vía y coreando contra los curas acusándolos de talibanes, porque ellas, las que poseen la verdad, no aceptan que nadie piense distinto de ellas.

Por último la aclamación popular a Suárez: “que aprendan de ti, viva Suárez, era un modelo, un político ejemplar, trajo la reconciliación al pueblo español dividido por un odio instintivo, premio noble de la paz…”.

Después de oír y leer todo esto resonaba en mí, no sé por qué, tal vez por haberla oído en la radio en tiempos de cólera, la canción de Bonnie Tyler, We need a hero y su posterior Total eclipse of the heart, y mi pregunta se hacía acuciante.

Primer episodio: dos clanes tribales rivalizan por un territorio simbólico. Policías e indignados los representan. La gente necesita  sangre, porque las crisis solo se solucionan con sangre. No hace falta repasar nuestra cultura judía y griega para saber que todos somos Caín y todos somos Abel (Blas de Otero dixit, refiriéndose a la guerra civil española), que todos somos Edipo y todos somos Layo. La crisis asola Tebas, la peste pega indiscriminadamente a todos. Unos creen que a ellos les afecta más porque miembros de su clan gimen y se lamentan.  Su dolor exalta la justicia de sus reivindicaciones, es indudable, y por eso sienten que su violencia está  legitimada contra el que consideran culpable. El delito puede ser causado por el destino, o por los dioses celosos y pendencieros, por el sistema de creencias…  Así lo recuerda Tiresias, pero él mismo ya hace la lectura acusatoria contra el malvado y culpable, el  ignorante Edipo. Lo que sí está claro es que Tebas necesita que alguien pague, expíe por todos.  Los que fueron detenidos en su “acción salvaje” alardeaban en twits que habían tenido un “subidón” maltratando a policías a los que los mandos les habían pedido “no resistirse al mal” y que yacían abatidos en el suelo. Necesitaban un cadáver. La izquierda necesitaba un cadáver, a ser posible de su propio pueblo para poder levantarse y derrocar un gobierno represor y corrupto (cualquier otro que no sea el suyo siempre será ilegítimo, cuando uno posee la verdad…) por el uso de su fuerza policial… “Estado policial, derrocamientos, poder para la calle, vamos a tomar el poder”, eran algunos de los lemas que se coreaban desde la manifestación-corifeo. Necesitaban un héroe, un muerto para luego encumbrarlo en el altar de la historia… ¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué siempre volvemos a los mismos lodos? Es la eterna historia de la humanidad: el linchamiento colectivo, espontáneo, la unanimidad colectiva frente al débil o al que está en minoría, o en decadencia, o quien no se defiende… Ahora las brujas son los curas, los policías, todos  lo que representan el orden-desorden para el pensamiento único, puro, incorrupto e incorruptible de la masa: la masa siegue siendo la misma. Cambian los nombres de las víctimas y los de los verdugos; la jauría sigue siendo la misma. No estoy tomando partido, que nadie se equivoque… estoy describiendo la historia de la humanidad, aunque me apoye en los acontecimientos presentes. Estoy desarticulando el mito o mejor “deconstruyéndolo” (Derrida).

Segundo episodio: La batalla en la universidad, como coletazo de la batalla en las calles, tiene dos caras. La primera: los acosadores-masas que se sienten fuertes frente a los débiles a los que acusan de fascistas por expresar con libertad su visión de la vida humana como un valor a defender desde la concepción.  Las víctimas, como en la manifestación a favor de la vida, al día siguiente de la guerra callejera del corifeo por la dignidad, callaban, y fueron “expulsadas” del templo sacrosanto del pensamiento libre: la universidad.  Y la segunda, también los acosadores que toman el vicerrectorado como plaza pública para la imposición de su forma de ver el mundo como la única verdadera y que “obligan” a su rector-sacerdote de la nueva religión arcaico-civil a tener que llamar a los “represores de ayer” –a su servicio hoy– en esta ocasión para que les expulse… porque ya “huele mal el recinto”.

Tercer episodio: acusar a la iglesia de refugio de talibanes, corear lemas irreproducibles aquí por su soez grosería, tirar petardos y hacer pintadas en las iglesias… –obviamente porque no van a obtener la respuesta violenta–. Aunque puede que fuera lo que buscasen: provocar para justificar su persecución. Es una estrategia más de chivo expiación: considerar a la Iglesia culpable de cualquier cosa, qué más da, es muy interesante. Los estereotipos funcionan. Es como el destino: al final la acusación queda fijada y compartida por todos aunque sea falsa e insostenible. Edipo, pase lo pase, sea inocente o no, nos da lo mismo –el oráculo vaticinó que sería incestuoso y parricida, luego culpable, aunque no fuera consciente y estuviera lejos de su intención–. Ya lo decía Goebbels: repites una mentira mil veces y todo el mundo creerá que es verdad. La Iglesia no puede esperar otra cosa que ser el chivo expiatorio de los pueblos, si es coherente con su misión y hace bien lo que tiene que hacer, no puede acabar de otra manera. Acusada de decir lo que nadie quiere oír: el espíritu criminal que nos invade y contamina nuestras vidas, que no quiere compartir el mundo con los que todavía no han nacido. La Iglesia será llevada a los tribunales por ir contra la corriente de la historia que arrastra todo a su paso: creer en la legitimidad de “nuestra” violencia –“los que pensamos como hay que pensar”–  contra la intolerable violencia de los otros que no piensan como “nosotros”.  Recuerdo una pintada en el obispado de Salamanca en frente de la catedral que año tras año sigue estando ahí  como deleitando al ayuntamiento, parece ser: la iglesia que más ilumina es la que arde.

La historia se repetirá. Que Juan Pablo II pidiese perdón, sin tener por qué, por los daños que sufrieron algunas personas, imputables a miembros de ella antepasados nuestros, no cuenta para nada. Pero el hecho de pedir perdón –nadie que yo sepa lo ha hecho nunca de nada imputable a antepasados– ha puesto en evidencia una culpa… lo que los verdugos quieren: Edipo al final se acusa a sí mismo de ser un monstruo, se saca los ojos, y pide él mismo ser expulsado.  El mito crece, se reproduce, huele a sangre. Las femes se pasearon por delante de la manifestación a favor de la vida tranquilas, sabiendo que su chulería iba a ser lo único que la prensa recogería al día siguiente. Tal vez anhelaban el martirio, pero sabían que eso no pasaría… Si hubiera sido al revés, por ejemplo, algunos defendiendo lo indefendible (su libertad de expresión en temas de vida, o de culto) en medio de la manifestación del 22M… otro gallo hubiera cantado.

Por último: paseaba a las dos de la madrugada el lunes por la gran vía y me quedé sorprendido… colas de personas daban la vuelta en Cibeles bajando por Alcalá y volvían a subir para poder llegar las Cortes a decir el último adiós a Adolfo Suárez.  Me vino a la memoria que otros dos clanes rivales enfrentados desde siempre, desde antes de la guerra civil, se habían desangrado con la esperanza de traer el orden social (su orden, su paz: todos creen que a Belcebú se expulsa por Belcebú… dicho copiado por Marx a Cristo, dicho que él creía de buena fe… pobre ingenuo: ¿la violencia puede engendrar la paz?, ¿puede Satán expulsar a Satán, príncipe de la violencia, padre de la división y de la mentira?; lean a Girard, por favor: Veo a Satán caer como el relámpago, de la editorial Anagrama) y coreaban ahora su reconocimiento al poder reconciliador de Suárez.

Si no hubiera ciencia, ni hemerotecas, tal vez con el paso de unos centenares de años estaríamos hablando de un héroe mitológico inocente, un Edipo, un Abel, un Job, tal vez  recorriendo la ruta antigua de los hombres perseguidos, o de héroes no tan inocentes, un Pancho Villa, un Che, un Sadam, un Bush, un Chávez, y por eso perversos a la vez que salvadores, ahora encumbrados en un golpe de muñeca de la cínica historia como héroes, justo porque enfermos y porque muertos.  Suárez tiene todos los estereotipos de las víctimas divinizadas: hombre relevante de su pueblo, reconciliador, trajo la paz en la crisis social (nuestra peste tebana) que atravesábamos en nuestra lucha contra el “monstruo”, el Polifemo del momento, después cae en desgracia, y su muerte se convierte en una liturgia de la nueva religión civil del estado: la celebración democrática. Las colas de adoradores del que trajo la reconciliación ansiada, y fraguó lo democrático con su arte político, le convirtió, después de años de olvido y abandono, en el héroe que todos necesitábamos ante la nueva crisis. Pero las cosas seguirán como estaban. Las cosas no van como deberían para nadie. Ni nacionalistas, ni no nacionalistas, ni de izquierdas ni de derechas, nadie está satisfecho…  Es la misma historia desde que el hombre se levantó sobre sus piernas, se enfrentó a los dioses y miró envidioso a sus vecinos.

A lo largo de la historia la única satisfacción para los clanes es la desaparición del otro, del vecino, del antagónico. Cualquier otra solución siempre es insatisfactoria. El pacto no deja saciado a nadie, porque los grupos rivales quieren siempre sangre reparadora. Los hombres quieren una y otra vez beber del cáliz del sacrificio humano. Obviamente, cada vez es más difícil porque los parapetos de la educación  y, mal que les pese, la influencia del judeocristianismo, les ha dejado claro que las víctimas siempre son los débiles, los que pasaban por allí y que saben de su inocencia. Pero cuando la masa sale, sale a matar, decía Elías Canetti con la experiencia y la sabiduría que sólo algunos judíos tienen (otros siguen envenenados por las mismas creencias que los goim-paganos: que Satán puede expulsar  a Satán). Y hay una especie de sonambulismo colectivo (Gustave Le Bon, Tarde, Dupuy…) que busca el sacrificio, el mártir. La izquierda que busca, se supone, la reivindicación de las víctimas, los desfavorecidos, y que juzga como un abuso de la mujer intolerable lo que hace el Islam, distingue arbitrariamente entre víctimas legítimas e ilegítimas. Unas son “dignas” de consideración porque son “las nuestras”, pertenecen al “nosotros” que dice Rorty, hablan como nosotros, respetan nuestro “léxico último”. Las otras, aunque sepamos que son más víctimas, o al menos tanto como las otras, no lo admitimos, (opera la méconnaissance, dice Girard), porque no caen bajo el paraguas de nuestro discurso victimista porque no piensan como “nosotros” y las llamamos fascistas, las expulsamos de la universidad, no las dejamos hablar, porque no están en la verdad, nuestra verdad.

Lo que se dirime aquí es el secreto mejor guardado en el inconsciente colectivo de la humanidad y oculto tras los mitos… Necesitamos un héroe de recambio, un héroe de mil caras (Joseph Campbell) que pague por nuestras culpas. Alguien que pueda cargar sobre sus espaldas la ira contenida, la rabia impúdica que sentimos cuando somos incapaces de echarnos la culpa a nosotros de nuestra situación y tenemos que buscar chivos expiatorios de quita y pon.

Mártir, asesino, héroe a destiempo, terrorista o víctima son juegos de palabras intercambiables, que solo adquieren un color cuando son pronunciadas desde uno u otro sitio. Izquierda, derecha, arriba o abajo, catalán, vasco o español, pobre o rico, son léxicos de ficciones que respetan un guión redentor: yo me salvo, quedo redimido de culpa si encuentro el lenguaje acusatorio pertinente, ajustado, al culpable de todos mis males. Lo demás es todo aparato justificador, reforzador, una sobre puja enmascarada que oculta la sed de sangre reparadora que nos vuelva a traer la primavera tras la depresión del invierno. Depresión (Byung-Chul Han), transparencia, autoexigencia, son palabras que describen una sociedad hipócrita que se oculta a sí misma sus orígenes violentos. Llevamos toda la vida sacrificando, embalsamando cadáveres, asesinando profetas, y levantándoles sepulcros para darles culto a los tres días del crimen. Y los nuevos profetas: Sloterdijk, Zizec, Han, Rorty, Vattimo, no aciertan con el problema… los héroes tiene que volver una y otra y vez en primavera, como Dionisio. Nietzsche se dio cuenta, pero repitió el error: creer en que la violencia dionisiaca era reparadora y no multiplicadora de la misma mierda mítica. Xipe-totec, cuando acosado por la multitud es “invitado” a saltar al precipicio para auto-lapidarse contra el duro suelo, el mito de Popol-buh dice que le salen alas como de Cóndor… sin duda para que como Dionisio vuelve al año siguiente, ante la nueva peste a salvarnos. Cuando el exiliado Edipo llega a Colonna los ciudadanos entienden que ha llegado su rey Swazy, su rey Tupinamba, su rey del carnaval de todos los tiempos: alguien a quien podremos crucificar cuando vengan mal dadas. ¿Será por eso por lo que hemos cambiado el nombre de Aeropuerto de Barajas por Adolfo Suárez, para darle alas y que venga algún día volando y aterrice cuando más lo necesitemos: para encumbrarlo y volverlo a asesinar?

Necesitamos un héroe para que esta crisis quede solventada. Le pediremos a Zeus que nos envíe a Dionisos, como anhelaba Nietzsche. Tal vez eso traiga el Apocalipsis que todos deseamos y bajar el telón de esta maldita historia humana. “Somos los hijos malditos de la historia”, dice el doble esquizoide de Edward Norton, Brad Pitt en El Club de la lucha, por eso se aprestan a destruirlo.

Los hombres no han entendido lo que revela la Pasión de Cristo, estamos condenados a repetirla en todos los equinoccios primaverales. Creen que el cristianismo es una religión más… y no se dan cuenta de que es, antes que nada, una ciencia que da las claves de todos los mitos, de todas las historias. No se dan cuenta de que el mal no es el otro, no es la corrupción –corruptos somos todos–, no es el vecino, no es el antagonista del otro partido, que el mal está dentro de cada hombre, que no hace falta ponerle nombre.

De Fallas, manifestaciones, parlamentos y otras realidades miméticas.

Por David García-Ramos Gallego, 11 de marzo de 2012.

Uno puede preguntarse qué ha pasado con el movimiento iniciado en el Luis Vives en Valencia casi no hace ni un mes. Pues bien, nada. O, más bien, lo que le sucede a todo movimiento o dinámica, a todo «aparente» caos: las aguas vuelven a su cauce. Lo interesante es comprobar qué ingeniería social ha devuelto esas aguas y a qué cauce. Y el caso es que, con sorpresa, a pesar de que desde una perspectiva girardiana pareciera inevitable, comprobamos que las aguas vuelven al río de la fiesta. No una fiesta cualquiera, sino una fiesta claramente sacrificial. Me refiero, ya lo habrán adivinado, a las Fallas.

Para un madrileño que vive en Valencia –como es el caso– las Fallas constituyen un ejemplo vivo de un folklore que en muchos sentidos se está perdiendo en nuestra aldea global –no en vano han iniciado su carrera para obtener el título de patrimonio de la humanidad–.  Ver cómo una de las ciudades más grandes de España se paraliza durante una semana entera –desde al menos el día 8 de marzo ya hay calles cortadas–, cómo las masas se reúnen en lugares comunes, como acuden gentes de todas partes a la gran quema de los ídolos, anunciada cada mediodía por una mascletá de pólvora y ruido –símbolo puro de la violencia real de las armas, pólvora sin balas– hasta el paroxismo de la noche del 19 de marzo. Esa noche casi todos los ninots y las enormes reproducciones de personajes y figuras públicas, satirizados –la víctima culpable– son quemados y la fallera mayor de cada falla llora por la quema, llora por la víctima.

Monumento en el momento de la cremá (fuente: Wikimedia Commons)

Al conocedor de la obra de René Girard no le resultarán ajenos estos movimientos. El profesor de la Universidad de Valencia, Xavier Costa, en su estudio sobre la fiesta, afirma que las fallas, cada uno de los casales, de las pequeñas –o grandes– asociaciones falleras, funcionan como mecanismos de regulación social o de sociabilidad: el extranjero, por ejemplo, se mimetizará con el entorno formando parte de una falla. El sociólogo valenciano habla, además, del carácter crítico y satírico de la fiesta fallera. La fiesta fallera tiene una función socializadora, creando un ámbito público de crítica. «El punto de referencia más obvio de esta esfera pública festiva es la sátira crítica del monumento o del pasacalle». Es decir, que el monumento que será en unos días pasto de las llamas funciona como chivo expiatorio de la sociedad.

En las fallas nadie es extranjero, las clases se mezclan. El uso de la prenda tradicional iguala a los pobres con los ricos –aunque es evidente que ya en la elección de las telas juega un papel determinante la capacidad adquisitiva, los esfuerzos realizados por muchos falleros para aparentar a través de la vestimenta son enormes–, las procesiones y desfiles se suceden, cada falla trata de marcar la diferencia, pero, como siempre sucede en estos casos, todos tienden a parecerse cada vez más. Cada falla compite por tener la iluminación más fastuosa, el monumento más grande, por hacer la mejor paella, plantar el casal de mayores dimensiones o, simplemente, disfrutar más que los demás. Semejante frenesí que se repite año tras año tenía que ocultar necesariamente ese otro frenesí que han supuesto las manifestaciones y todo el movimiento de la #primaveravalenciana.

No obstante, la #primaveravalenciana se ha reinventado como #intifalla. Desde que comenzaron las protestas en 2010 y a lo largo de 2011, hemos asistido a un efecto dominó. Como ya demostramos en su momento, dicho proceso tenía como base el mimetismo: la imitación de los unos y los otros, del individuo hasta la masa, y luego de masa en masa. De modo que en Occidente el modelo árabe/norte-africano se ha copiado hasta en los más mínimos detalles: el uso de las redes sociales, las acampadas, la toma de espacios significativos, e incluso los nombres. Llamar a un movimiento #intifalla, juego obvio con la intifada es un gesto despreocupado de imitación que, o bien parte del desconocimiento de lo que supone una intifada –en tanto gesto puramente religioso–, o bien lo asume como tal, secularizándolo. En cualquier caso, si lo único que quedaba por imitar era la violencia con la que se produjeron las protestas en el Norte de África y en Oriente Próximo, ya estamos a un paso de lograrlo.

Menos mal que, en Valencia, las fallas están por encima de todo. Unifican hasta lo inconfesable: hasta la pérdida de ideologías, de posturas revolucionarias y de indignaciones de todo pelaje. O casi: las falleras mayores de años anteriores emitieron un comunicado en el que se mostraban «indignadas» por las protestas en la plaza del Ayuntamiento de Valencia durante las mascletàs. Así, al final, la fiesta prevalece, y con ella la unidad sobre la división. Otra cosa discutible es a qué precio se paga la unidad. Pero eso daría para otra entrada.

Como también daría para otra entrada una propuesta interesante: considerar el juego de las democracias parlamentarias hoy como una suerte de estructura fallera cuyos monumentos han de ser quemados de tanto en tanto, indultando a este o a aquel político. Pero me temo que son muchos los indultados y pocos los quemados, por ahora. Aunque ya se han ido produciendo quemas públicas de ninots. Dios no quiera que lleguemos a la quema de todo el monumento, algo que algunos personajes indignados parecen desear, pero que no llevaría a ningún lugar más que a un caos del que difícilmente podríamos salir. La democracia parlamentaria es nuestra última protección ante la violencia absoluta. Como la fiesta fallera ante la descomposición social. Por eso, a pesar de las convicciones que puedan tenerse –son las dos y media de la madrugada y la música se cuela a un volumen de discoteca a través de las persianas echadas y las ventanas aislantes–, debemos defender, por ahora en esta espera de la parusía, una y otra como mecanismoa que nos preservan de nuestra propia violencia de forma muy efectiva.

La #intifalla ha terminado antes de haber comenzado. Los ciudadanos indignados porque las manifestaciones de indignados cortaban las calles al tráfico pueden respirar tranquilos: disfrutan ahora de una ciudad completamente paralizada, pero sin una pizca de indignación. Y los indignados, mimetizados con el resto de celebrantes, podrán esperar a aguar la Pascua con nuevas manifestaciones. Para entonces todos habremos sido «indultados».

Por cierto, del pobre San José, como de costumbre, casi nadie se acuerda. El próximo lunes celebramos la fiesta del padre retirado, de esa sombra del Padre, de ese santo que se aparta, literalmente, para que Dios se encarne. Esa sí que es una buena falla y el mejor de los parlamentos.