En un mundo violento (4)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 2 de diciembre de 2014

La iglesia está, en este momento de la historia, empezando a comprender cuál es su misión: reencarnar al Siervo en el siglo XXI, y proponerlo… o proponerse a sí misma voluntariamente al escarnio público. Como dice Girard tal vez el único elemento aglutinador de las masas sea convertir al cristianismo en chivo expiatorio. Y tal vez también sea el único antídoto contra al relativismo. Pero esto está hablando de que estamos cercanos al apocalipsis.

Aquel por el que llega el escándalo

En la entrevista que le hace Maria Stella Barbieri en Aquel por el que llega el escándalo, podemos leer una profecía moderna sobre la Iglesia:

M.S.B.- Tiene usted razón al subrayar la actual condición histórica de la Iglesia, que se continua fantaseando, “mitificando”, como si fuera la responsable, es decir la culpable de todas las desgracias del mundo… Pero, según usted, ¿cuál es la relación específica del cristianismo histórico en relación al radical desorden del hombre? ¿Se justifica como una especie de excepción?

R.G.- Cuando llegan estas cuestiones de importancia hay un interés especial en no equivocarse. Los católicos me han reprochado a menudo de no tener una teoría eclesiológica, y en cierto modo tienen razón, porque yo no soy teólogo ni eclesiólogo. Sin embargo, es necesario defender a la Iglesia cuando se hace de ella un chivo expiatorio, lo cual encuentro escandaloso por parte de los católicos. Si comprendieran lo que está en juego hoy en día no harían eso a su Iglesia. Se trata verdaderamente de la fábula de La Fontaine: el león viejo al que todo el mundo da una patada.  Cuando le toca el turno al asno y le da también el león se revuelve. Yo prefiero no jugar el papel de este asno. Para volver a su pregunta, pienso que la legitimidad de la Iglesia está en su lazo con Cristo. Pablo, por ejemplo, lo sabía bien. Lo que me asombra en él es que se ha encontrado frente a Pedro, con el mismo problema que mucha gente, de todas las épocas, que han encontrado a Roma frente a ellos. Él era más radical que Pedro, le ha leído la cartilla, a menudo le ha desaprobado fuertemente, pero se ha inclinado finalmente ante él porque sabía que Pedro había sido designado por Cristo como su portavoz más autorizado. Veía inmediatamente lo esencial en todas las cosas y reconocía la tradición. ¡Una tradición que tenía entonces un cuarto de siglo solamente! Y es porque conocía perfectamente de qué se trataba porque lo que se comportó como lo hizo; sin la cual no habría habido jamás cristianismo.

El cristianismo parece ser en lo sucesivo el único chivo expiatorio posible, y por tanto el factor real de unidad de nuestro mundo. En América, se aprecia claramente con las medidas que toma la Corte suprema para impedir toda expresión de sentido cristiano. El cristianismo es aludido especialmente en relación con las otras religiones, en la medida en la que su universalismo está más presente.  Pienso que esta tendencia va a prolongarse y acentuarse porque los aspectos de la situación, responsables de esta tendencia, se refuerzan. La tentación totalitaria reprochada a la Iglesia se ha invertido. Veo ahí la continuación de lo sacrificial en los tiempos modernos bajos formas menores, pero que se vuelven peligrosas y cada vez más reveladoras. Por otra parte, paradójicamente, no se puede salir de la actual situación de desagregación, de particularización, de multiculturalismo, etc., más que descubriendo, precisamente, la universalidad del cristianismo, el único que puede hacer barrera ahí, inclinándose ante esto. Tengo a veces la impresión de que se trata de la última barrera que, cuando salte, dará lugar al apocalipsis. No veo otras.

Jamás la Iglesia ha hecho, tanto como lo hace hoy en día, el oficio de chivo expiatorio. Pero es necesario ver el valor simbólico de esto: aquello que la Iglesia había perdido, tal vez por sus compromisos con el mundo, sus enemigos se lo devuelven obligándola a hacer el mismo papel que Cristo. Esta es su verdadera vocación que se afirma y que va a sacudir la indolencia y la decadencia de la época que se acaba.

La pertinencia de este libro en su segunda edición es incuestionable. Los últimos acontecimientos: la ley del aborto en España en la que las caretas se caen e irrumpe la pragmática política de los votos y del dinero como bandera; los atentados de Jerusalén, el avance del EI, el desmantelamiento de Libia, Siria, Irak; la persecución sistemática, cruel y indiscriminada contra los cristianos en Asia y África, y la de las FEMES, y grupos radicales y mayoritarios políticos europeos y americanos contra la Iglesia bajo la excusa de la pederastia de unos poquísimos, y de sus posiciones respecto a los abortos, la corrupción y los ancianos, hacen prever un duro invierno para la Iglesia.

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En un mundo violento (2)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 28 de noviembre de 2014.

[Continuamos con la publicación de esta serie de posts que se escribieron a finales de noviembre, pero que siguen teniendo actualidad y que prueban el poder explicativo de la Teoría Mimética]

El pensamiento único tiene una serie de características que lo hacen único… El hombre no es más que un animal, con una singular capacidad para emocionarse, pero sin destino trascendente. Como un animal se rige por leyes darwinianas, la supervivencia es la ley que gobierna todo comportamiento. Como miembro de una manada algunos individuos deben ser sacrificados en beneficio de la especie. Solo que como el hombre es además racional, selecciona a esos seres prescindibles por categorías estereotipadas: ser minorías étnicas, religiosas, migratorias… Pero lo importante es que esos elegidos tengan capacidad de congregar el odio o la mirada de todos, para que el resto se salve.

La unanimidad en orden musulmán o en el orden de las sociedades occidentales se forja contra la única minoría que hoy dice algo que disiente de lo que todo el mundo acepta. La legitimación de la violencia propia está fundada sobre la creencia de que “estamos en la verdad” (en la interpretación del Corán o en la implantación de la democracia, da lo mismo) y todo lo que no caiga dentro del paraguas de esa verdad subjetiva, particular, del “nosotros los musulmanes” o del “nosotros los demócratas” occidentales, que yo-nosotros poseemos en exclusiva, ha de ser denunciado, o puesto en estado crítico, y ser erradicado en última instancia. Los otros están en la mentira o en el error.

Al estar en la verdad, la violencia está legitimada por parte del Estado (Islámico o democrático) porque éste se ha erigido en mediador absoluto de los desvalidos ciudadanos. El Estado nos devuelve al estado primitivo y nos hacer retornar a la minoría de la edad de la razón: piensa por nosotros, nos dice lo que está bien hacer, lo que debemos opinar… ¡Si Kant levantara la cabeza! El Estado ejerce la violencia con toda clase de cuidados y equilibrios en las sociedades democráticas y con descaro tiránico en las pseudo-democráticas.

El éxito de su control reside en el miedo que los ciudadanos se tienen unos a otros, necesitan ese Levithan hobbesiano que les defienda de sí mismos, de sus propios hijos… Pero fuera de ese férreo control que pedimos para el vecino, estamos autorizados ad intra a hacer cualquier cosa. En el sujeto normalizado… estabulado, solo hay una vía de sentido o de escape: dejar que el deseo fluya en el placer de las pequeñas cosas y que nadie se interfiera. La contemplación estética es la fuente del placer. El placer está domesticado: la sociedad del consumo convierte los vicios privados en virtudes públicas y revierte sobre sobre el mercado sus productos de salvación. Lo que antes era “pecado”, y era visto como aquello que produce daño al individuo y a la sociedad, ahora se convierte en Ley, en norma, porque hay detrás un negocio que defender que llena las arcas del Estado. Incluso los indignados han caído en la trampa: los revolucionarios de hoy no son anarquistas, humanistas rousseaunianos que buscan el retorno al trueque (al estilo del Manifiesto comunista de Marx) como algunos piensan tildándolos de románticos, nostálgicos, ingenuos, anacoretas o tecnófobos de la sociedad tecnológica e industrial. No, son súbditos del Estado que quieren que éste sea mejor Padre, o una Madre de verdad. La pachamama nos debe sus frutos como compensación de nuestros sacrificios. Quieren más Estado, más seguridad social, más cobertura de desempleo, incluso sueldos igualitarios para diferentes trabajos. Si el Estado se yergue en Padre, que ejerza. Que pague los caprichos de sus hijos arrojados sin su consentimiento a la vida; tienen derecho a reclamar recompensas, que se les mantenga sin pedirles nada a cambio.

Las fuentes del placer son cada vez más sofisticadas, pero cualquier tipo de placer, siempre subjetivo, es válido y ha de ser financiado. El problema es que no vale nada un placer no compartido, o no público, y he aquí el problema: siempre es acosta de otro. Y eso, una sociedad susceptible en sumo grado, victimista, políticamente correcta, tiene que regular exhaustivamente  toda acción pública bajo una rigurosa ley. En la sociedad de la transparencia (Byung Chul Han) es complicado mantener en privado el placer. El abuso sexual, el crimen, las adicciones, el alcohol, tienen consecuencias inevitables para la vida social que desatan represalias y violencia. Tolerarlo todo es peligroso para la supervivencia de la tribu… convertir en norma de ley algunos placeres va a ser la solución: hacer de la nueva moral normas de tráfico viario porque prohibir todo lo que hace a alguno víctima es imposible, disminuye la rentabilidad y genera caos social.

En un mundo violento (1)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 27 de noviembre de 2014.

El estado islámico inquieta al mundo porque sabe que no parará hasta conseguir sus objetivos. Los logre o no habrá mucho derramamiento de sangre. Los cristianos de Irak y Siria huyen e intentan refugiarse en las ciudades, pero no hay lugar seguro ni dentro ni fuera de las diluidas fronteras. El islam se expande en todas la direcciones con la fuerza de la emigración y de la violencia.

El pensamiento único occidental también se expande: cree que puede exportar la democracia a la vez que importar y comercializar la riqueza de los países por la fuerza de los acuerdos comerciales de las multinacionales y la potencia y sofisticación de sus armas. Es un colonianilismo sutil e impío, porque los Estados mandan como emisarios a multinacionales sin piedad que solo buscan el negocio. Las OeNeGes financiadas o no por el estado son parches de lavado de conciencia.

La aldea global occidental (liberal en lo moral, socialista en lo político, y capitalista en lo económico) cree poder convencer a las otras aldeas de la bondad de su proyecto y, ciertamente, parece que lo acogen: todos son capitalistas aunque el populismo de algunos lo disfrace con teorías del reparto de carácter primitivo, tribal; todos se dicen demócratas aunque algunos no puedan evitar justificar ciertas tiranías transitorias mientras llega el igualitarismo; todos son capitalistas aunque alardean de economías comunistas las élites del partido explotan a sus trabajadores. China, Cuba, Venezuela, Ecuador, Brasil, EEUU, UE, etc… ¿no son los mismos perros con distintos collares? Cada día es más evidente que el único criterio que rige las decisiones políticas es el dinero, lo único que importa por encima de la persona. Las decisiones siempre guardan un carácter sacrificial, alguien tiene que ser sacrificado para que se cumplan los objetivos. Ancianos improductivos, niños “inútiles”, enfermos sin futuro, son costes sin algún tipo de beneficio, lastres sociales que la sociedad de la eficiencia no se puede permitir. El planeta, dicen los profetas de nuestros tiempos, no es sostenible. La natalidad es considerada una epidemia. El aborto se ha convertido en un método anticonceptivo bendecido por casi  todos los estados. La guerra está dentro de las fronteras de los estados post modernos en forma de terrorismo, del amenazante y disgregador nacionalismo y de crisis sociales permanentes. Los grupos antisistemas y populistas crecen y toman relevancia ante la corrupción y la desafección de las masas aburguesadas, las clases medias adormecidas y los indiferentes respecto a los partidos mayoritarios.

Los tertulianos, filósofos, periodistas vocean y señalan permanentemente, cada uno desde su atalaya mediática a aquellos que son los culpables de cada desastre. La culpabilidad es la operación de transferencia más universal que existe en la historia de la humanidad… Alguien está siempre detrás de lo insoportable para mí o para nosotros, los que pensamos parecido, o pertenecemos al mismo círculo y defendemos los mismos intereses. La búsqueda del culpable más afinada es la mejor valorada en el análisis de la realidad. Si encontramos al culpable, reconocemos el grano de pus que hay que extirpar para que la anhelada paz retorne a nuestros amenazados órdenes sociales. La transferencia consiste en que pasamos a otro nuestra propia culpa o inconsistencia y canalizamos a través de ese otro mecánicamente toda nuestra ansiedad y violencia liberándonos del peso de la responsabilidad del cuidado del “otro” en la que estamos implicados. La culpa tiene muchas máscaras, pero un solo rostro: el otro, siempre hay un otro que me exime de mirar mi parte correspondiente en el dolor y el sufrimiento del mundo. (Continuará).