Do we need a hero or do we need a dead?

Por Ángel J. Barahona Plaza, 29 de marzo de 2014

He leído y oído de todo estos días.

Primero, acerca de la manifestación del sábado 22M… por la dignidad: batalla campal, trivialización de la violencia, necesidad de castigar a los organizadores, violencia programada, violencia gratuita,  violencia para la exhibición y twiteo  (el foro postmoderno del alardeo, de la altivez). Me gusta lo de “22M” porque evoca las verdaderas intenciones del corazón humano que a duras apenas se puede ocultar a sí mismo lo que anhela.

Segundo, las dos batallas en la Universidad Complutense en el intervalo de unos pocos días.

Tercero, la manifestación una semana antes de estos hechos de las feministas en la Gran Vía, tirando petardos en el atrio de una iglesia de Gran Vía y coreando contra los curas acusándolos de talibanes, porque ellas, las que poseen la verdad, no aceptan que nadie piense distinto de ellas.

Por último la aclamación popular a Suárez: “que aprendan de ti, viva Suárez, era un modelo, un político ejemplar, trajo la reconciliación al pueblo español dividido por un odio instintivo, premio noble de la paz…”.

Después de oír y leer todo esto resonaba en mí, no sé por qué, tal vez por haberla oído en la radio en tiempos de cólera, la canción de Bonnie Tyler, We need a hero y su posterior Total eclipse of the heart, y mi pregunta se hacía acuciante.

Primer episodio: dos clanes tribales rivalizan por un territorio simbólico. Policías e indignados los representan. La gente necesita  sangre, porque las crisis solo se solucionan con sangre. No hace falta repasar nuestra cultura judía y griega para saber que todos somos Caín y todos somos Abel (Blas de Otero dixit, refiriéndose a la guerra civil española), que todos somos Edipo y todos somos Layo. La crisis asola Tebas, la peste pega indiscriminadamente a todos. Unos creen que a ellos les afecta más porque miembros de su clan gimen y se lamentan.  Su dolor exalta la justicia de sus reivindicaciones, es indudable, y por eso sienten que su violencia está  legitimada contra el que consideran culpable. El delito puede ser causado por el destino, o por los dioses celosos y pendencieros, por el sistema de creencias…  Así lo recuerda Tiresias, pero él mismo ya hace la lectura acusatoria contra el malvado y culpable, el  ignorante Edipo. Lo que sí está claro es que Tebas necesita que alguien pague, expíe por todos.  Los que fueron detenidos en su “acción salvaje” alardeaban en twits que habían tenido un “subidón” maltratando a policías a los que los mandos les habían pedido “no resistirse al mal” y que yacían abatidos en el suelo. Necesitaban un cadáver. La izquierda necesitaba un cadáver, a ser posible de su propio pueblo para poder levantarse y derrocar un gobierno represor y corrupto (cualquier otro que no sea el suyo siempre será ilegítimo, cuando uno posee la verdad…) por el uso de su fuerza policial… “Estado policial, derrocamientos, poder para la calle, vamos a tomar el poder”, eran algunos de los lemas que se coreaban desde la manifestación-corifeo. Necesitaban un héroe, un muerto para luego encumbrarlo en el altar de la historia… ¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué siempre volvemos a los mismos lodos? Es la eterna historia de la humanidad: el linchamiento colectivo, espontáneo, la unanimidad colectiva frente al débil o al que está en minoría, o en decadencia, o quien no se defiende… Ahora las brujas son los curas, los policías, todos  lo que representan el orden-desorden para el pensamiento único, puro, incorrupto e incorruptible de la masa: la masa siegue siendo la misma. Cambian los nombres de las víctimas y los de los verdugos; la jauría sigue siendo la misma. No estoy tomando partido, que nadie se equivoque… estoy describiendo la historia de la humanidad, aunque me apoye en los acontecimientos presentes. Estoy desarticulando el mito o mejor “deconstruyéndolo” (Derrida).

Segundo episodio: La batalla en la universidad, como coletazo de la batalla en las calles, tiene dos caras. La primera: los acosadores-masas que se sienten fuertes frente a los débiles a los que acusan de fascistas por expresar con libertad su visión de la vida humana como un valor a defender desde la concepción.  Las víctimas, como en la manifestación a favor de la vida, al día siguiente de la guerra callejera del corifeo por la dignidad, callaban, y fueron “expulsadas” del templo sacrosanto del pensamiento libre: la universidad.  Y la segunda, también los acosadores que toman el vicerrectorado como plaza pública para la imposición de su forma de ver el mundo como la única verdadera y que “obligan” a su rector-sacerdote de la nueva religión arcaico-civil a tener que llamar a los “represores de ayer” –a su servicio hoy– en esta ocasión para que les expulse… porque ya “huele mal el recinto”.

Tercer episodio: acusar a la iglesia de refugio de talibanes, corear lemas irreproducibles aquí por su soez grosería, tirar petardos y hacer pintadas en las iglesias… –obviamente porque no van a obtener la respuesta violenta–. Aunque puede que fuera lo que buscasen: provocar para justificar su persecución. Es una estrategia más de chivo expiación: considerar a la Iglesia culpable de cualquier cosa, qué más da, es muy interesante. Los estereotipos funcionan. Es como el destino: al final la acusación queda fijada y compartida por todos aunque sea falsa e insostenible. Edipo, pase lo pase, sea inocente o no, nos da lo mismo –el oráculo vaticinó que sería incestuoso y parricida, luego culpable, aunque no fuera consciente y estuviera lejos de su intención–. Ya lo decía Goebbels: repites una mentira mil veces y todo el mundo creerá que es verdad. La Iglesia no puede esperar otra cosa que ser el chivo expiatorio de los pueblos, si es coherente con su misión y hace bien lo que tiene que hacer, no puede acabar de otra manera. Acusada de decir lo que nadie quiere oír: el espíritu criminal que nos invade y contamina nuestras vidas, que no quiere compartir el mundo con los que todavía no han nacido. La Iglesia será llevada a los tribunales por ir contra la corriente de la historia que arrastra todo a su paso: creer en la legitimidad de “nuestra” violencia –“los que pensamos como hay que pensar”–  contra la intolerable violencia de los otros que no piensan como “nosotros”.  Recuerdo una pintada en el obispado de Salamanca en frente de la catedral que año tras año sigue estando ahí  como deleitando al ayuntamiento, parece ser: la iglesia que más ilumina es la que arde.

La historia se repetirá. Que Juan Pablo II pidiese perdón, sin tener por qué, por los daños que sufrieron algunas personas, imputables a miembros de ella antepasados nuestros, no cuenta para nada. Pero el hecho de pedir perdón –nadie que yo sepa lo ha hecho nunca de nada imputable a antepasados– ha puesto en evidencia una culpa… lo que los verdugos quieren: Edipo al final se acusa a sí mismo de ser un monstruo, se saca los ojos, y pide él mismo ser expulsado.  El mito crece, se reproduce, huele a sangre. Las femes se pasearon por delante de la manifestación a favor de la vida tranquilas, sabiendo que su chulería iba a ser lo único que la prensa recogería al día siguiente. Tal vez anhelaban el martirio, pero sabían que eso no pasaría… Si hubiera sido al revés, por ejemplo, algunos defendiendo lo indefendible (su libertad de expresión en temas de vida, o de culto) en medio de la manifestación del 22M… otro gallo hubiera cantado.

Por último: paseaba a las dos de la madrugada el lunes por la gran vía y me quedé sorprendido… colas de personas daban la vuelta en Cibeles bajando por Alcalá y volvían a subir para poder llegar las Cortes a decir el último adiós a Adolfo Suárez.  Me vino a la memoria que otros dos clanes rivales enfrentados desde siempre, desde antes de la guerra civil, se habían desangrado con la esperanza de traer el orden social (su orden, su paz: todos creen que a Belcebú se expulsa por Belcebú… dicho copiado por Marx a Cristo, dicho que él creía de buena fe… pobre ingenuo: ¿la violencia puede engendrar la paz?, ¿puede Satán expulsar a Satán, príncipe de la violencia, padre de la división y de la mentira?; lean a Girard, por favor: Veo a Satán caer como el relámpago, de la editorial Anagrama) y coreaban ahora su reconocimiento al poder reconciliador de Suárez.

Si no hubiera ciencia, ni hemerotecas, tal vez con el paso de unos centenares de años estaríamos hablando de un héroe mitológico inocente, un Edipo, un Abel, un Job, tal vez  recorriendo la ruta antigua de los hombres perseguidos, o de héroes no tan inocentes, un Pancho Villa, un Che, un Sadam, un Bush, un Chávez, y por eso perversos a la vez que salvadores, ahora encumbrados en un golpe de muñeca de la cínica historia como héroes, justo porque enfermos y porque muertos.  Suárez tiene todos los estereotipos de las víctimas divinizadas: hombre relevante de su pueblo, reconciliador, trajo la paz en la crisis social (nuestra peste tebana) que atravesábamos en nuestra lucha contra el “monstruo”, el Polifemo del momento, después cae en desgracia, y su muerte se convierte en una liturgia de la nueva religión civil del estado: la celebración democrática. Las colas de adoradores del que trajo la reconciliación ansiada, y fraguó lo democrático con su arte político, le convirtió, después de años de olvido y abandono, en el héroe que todos necesitábamos ante la nueva crisis. Pero las cosas seguirán como estaban. Las cosas no van como deberían para nadie. Ni nacionalistas, ni no nacionalistas, ni de izquierdas ni de derechas, nadie está satisfecho…  Es la misma historia desde que el hombre se levantó sobre sus piernas, se enfrentó a los dioses y miró envidioso a sus vecinos.

A lo largo de la historia la única satisfacción para los clanes es la desaparición del otro, del vecino, del antagónico. Cualquier otra solución siempre es insatisfactoria. El pacto no deja saciado a nadie, porque los grupos rivales quieren siempre sangre reparadora. Los hombres quieren una y otra vez beber del cáliz del sacrificio humano. Obviamente, cada vez es más difícil porque los parapetos de la educación  y, mal que les pese, la influencia del judeocristianismo, les ha dejado claro que las víctimas siempre son los débiles, los que pasaban por allí y que saben de su inocencia. Pero cuando la masa sale, sale a matar, decía Elías Canetti con la experiencia y la sabiduría que sólo algunos judíos tienen (otros siguen envenenados por las mismas creencias que los goim-paganos: que Satán puede expulsar  a Satán). Y hay una especie de sonambulismo colectivo (Gustave Le Bon, Tarde, Dupuy…) que busca el sacrificio, el mártir. La izquierda que busca, se supone, la reivindicación de las víctimas, los desfavorecidos, y que juzga como un abuso de la mujer intolerable lo que hace el Islam, distingue arbitrariamente entre víctimas legítimas e ilegítimas. Unas son “dignas” de consideración porque son “las nuestras”, pertenecen al “nosotros” que dice Rorty, hablan como nosotros, respetan nuestro “léxico último”. Las otras, aunque sepamos que son más víctimas, o al menos tanto como las otras, no lo admitimos, (opera la méconnaissance, dice Girard), porque no caen bajo el paraguas de nuestro discurso victimista porque no piensan como “nosotros” y las llamamos fascistas, las expulsamos de la universidad, no las dejamos hablar, porque no están en la verdad, nuestra verdad.

Lo que se dirime aquí es el secreto mejor guardado en el inconsciente colectivo de la humanidad y oculto tras los mitos… Necesitamos un héroe de recambio, un héroe de mil caras (Joseph Campbell) que pague por nuestras culpas. Alguien que pueda cargar sobre sus espaldas la ira contenida, la rabia impúdica que sentimos cuando somos incapaces de echarnos la culpa a nosotros de nuestra situación y tenemos que buscar chivos expiatorios de quita y pon.

Mártir, asesino, héroe a destiempo, terrorista o víctima son juegos de palabras intercambiables, que solo adquieren un color cuando son pronunciadas desde uno u otro sitio. Izquierda, derecha, arriba o abajo, catalán, vasco o español, pobre o rico, son léxicos de ficciones que respetan un guión redentor: yo me salvo, quedo redimido de culpa si encuentro el lenguaje acusatorio pertinente, ajustado, al culpable de todos mis males. Lo demás es todo aparato justificador, reforzador, una sobre puja enmascarada que oculta la sed de sangre reparadora que nos vuelva a traer la primavera tras la depresión del invierno. Depresión (Byung-Chul Han), transparencia, autoexigencia, son palabras que describen una sociedad hipócrita que se oculta a sí misma sus orígenes violentos. Llevamos toda la vida sacrificando, embalsamando cadáveres, asesinando profetas, y levantándoles sepulcros para darles culto a los tres días del crimen. Y los nuevos profetas: Sloterdijk, Zizec, Han, Rorty, Vattimo, no aciertan con el problema… los héroes tiene que volver una y otra y vez en primavera, como Dionisio. Nietzsche se dio cuenta, pero repitió el error: creer en que la violencia dionisiaca era reparadora y no multiplicadora de la misma mierda mítica. Xipe-totec, cuando acosado por la multitud es “invitado” a saltar al precipicio para auto-lapidarse contra el duro suelo, el mito de Popol-buh dice que le salen alas como de Cóndor… sin duda para que como Dionisio vuelve al año siguiente, ante la nueva peste a salvarnos. Cuando el exiliado Edipo llega a Colonna los ciudadanos entienden que ha llegado su rey Swazy, su rey Tupinamba, su rey del carnaval de todos los tiempos: alguien a quien podremos crucificar cuando vengan mal dadas. ¿Será por eso por lo que hemos cambiado el nombre de Aeropuerto de Barajas por Adolfo Suárez, para darle alas y que venga algún día volando y aterrice cuando más lo necesitemos: para encumbrarlo y volverlo a asesinar?

Necesitamos un héroe para que esta crisis quede solventada. Le pediremos a Zeus que nos envíe a Dionisos, como anhelaba Nietzsche. Tal vez eso traiga el Apocalipsis que todos deseamos y bajar el telón de esta maldita historia humana. “Somos los hijos malditos de la historia”, dice el doble esquizoide de Edward Norton, Brad Pitt en El Club de la lucha, por eso se aprestan a destruirlo.

Los hombres no han entendido lo que revela la Pasión de Cristo, estamos condenados a repetirla en todos los equinoccios primaverales. Creen que el cristianismo es una religión más… y no se dan cuenta de que es, antes que nada, una ciencia que da las claves de todos los mitos, de todas las historias. No se dan cuenta de que el mal no es el otro, no es la corrupción –corruptos somos todos–, no es el vecino, no es el antagonista del otro partido, que el mal está dentro de cada hombre, que no hace falta ponerle nombre.

Cristo y la huelga general del 29 de marzo

Por Desiderio Parrilla, 20 de marzo de 2012

El katechon es un concepto clave de la Revelación evangélica.  Es un término griego que debe pronunciarse katéjon, es el participio presente del verbo katecho (katécho) que significa: retener, agarrar, impedir.

Es el apóstol San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses, versículos 6 y 7, quien lo utiliza por primera vez como idea de obstáculo, de impedimento, a la venida del Anticristo.

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Veinte siglos después, es el filósofo del derecho y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985) quien en varios trabajos suyos recupera la idea de katechon otorgándole una significación política.

Katechon, por tanto, es aquello que contiene el desbocamiento total de Satanás. René Girard muestra el aspecto antropológico de esta categoría inicialmente teológica: el katechon es lo que mantiene a raya nuestras violencias, de modo que la violencia humana, satánica y sacrificial, se mantiene contenida dentro del control de ciertos límites.

Pero este katechon no es la Iglesia, sino una institución mundana, puesto que contiene la violencia mediante la propia violencia. Mediante una violencia mesurada se impide el desbocamiento violento total.

Para Jean-Pierre Dupuy, un discípulo de René Girard, el katechon actual es el mercado capitalista postindustrial. El mercado capitalista de la sociedad global es el que contiene la violencia en este doble sentido. El capitalismo global contiene y limita la violencia mediante la competitividad regulada y la producción pletórica de artículos de consumo.

Como este autor muestra en su libro El sacrificio y la envidia, los consumidores no luchan a muerte por los mismos productos, ya que las empresas producen una cantidad ingente de productos. La abundancia de artículos de consumo acaba con la escasez que empuja a los hombres a competir por el mismo objeto en la lucha por la vida. La abundancia de bienes producidos hace que nadie necesite pelear por adquirir esos productos. El problema se traslada más bien hacia la competitividad por alcanzar los puestos de trabajo que posibilitan esta capacidad adquisitiva y de consumo, puesto que son más limitados. Sin embargo, esta lucha violenta por el puesto de trabajo tampoco ha originado violencias incontrolables en la sociedad, gracias a la creación del estado de bienestar, el keynesianismo social, la paga de desempleo, que permite consumir a un nivel excedentario, casi de lujo, aun cuando el sujeto esté desempleado, etc.

De esta manera, concluimos que el Estado de Bienestar ha sido el katechon de la violencia capitalista desde la II Guera Mundial hasta la caída de la URSS.

Efectivamente, este Estado de Bienestar surge de la influencia histórica de la plataforma geopolítica de la URSS. Para evitar la extensión del comunismo soviético marxista-leninista las democracias occidentales tuvieron que renunciar al capitalismo liberal estricto y potenciar la vía intermedia, o tercera vía, de la socialdemocracia oriunda de la República de Weimar. Lo propio cabe decir del New Deal norteamericano.

El estado de bienestar como modalidad eurocomunista, o socialdemócrata, surgió para contener la expansión de la URSS. Pero el estado de Bienestar no surgió de la buena voluntad de los políticos europeos, sino de una táctica de preservar esos países de la amenaza que la URSS suponía para esos mismos países. La URSS poseía una masa histórica considerable capaz de ejercer influencias y cambios en la plataforma capitalista de naturaleza calvinista cuyos centros de poder eran el floreciente imperio norteamericano de los EEUU y los restos del imperio británico y su Commonwealth.

En este sentido, la URSS contuvo durante su existencia la violencia capitalista. Por tanto se puede decir que la URSS fue el katechon del imperialismo protestante capitalista durante casi un siglo. Y el Estado de Bienestar europeo el katechon tanto de la URSS como del capitalismo liberal salvaje. Karl Scmitt afirmó que los EEUU y Churchill fueron el katechon durante la II Guerra Mundial frente al nazismo. Durante la posguerra consideraba que este papel lo siguieron ejerciendo estas plataformas protestantes.

Pero Schmitt no vivió lo suficiente para asistir al desarrollo pujante de estas plataformas capitalistas que a través de la carrera de armamentos, la Guerra de la Galaxias y la guerra fría, derrotaron a la URSS. En 1991 la URSS se disolvió, y con ella la última fuerza con alcance histórico-secular capaz de contener la violencia capitalista de corte liberal-protestante.

El capitalismo postindustrial venció a la URSS. Con su caída este capitalismo ha desmantelado en sólo 20 años las instituciones del Estado de Bienestar que convertían a Europa en un oasis laboral: jornada laboral de 8 horas de trabajo diarias, paga de desempleo asegurada, seguridad social, vacaciones pagadas, clase media pujante y solvente, etc. La actual crisis económica es un ciclo inflaccionario más del sistema capitalista que ya no tiene la URSS como dique de contención. Y este ciclo inflaccionario  está acabando con el Estado de Bienestar que limitaba la violencia feroz de todos contra todos propia del mercado capitalista en estado puro. Sólo hay que entrar en youtube y visionar las manifestaciones de Grecia para darse cuenta de ello.

Sin embargo, el motor que marca el ritmo mundial de producción ya no son sólo los EEUU sino el bloque asiático, especialmente China y la India. Este ritmo tecno-económico capitalista se extiende por todo el mundo en un proceso de aceleración enloquecido cuya correa de transmisión tiene su eje de alimentación en los ritmos productivos chinos: el obrero chino trabaja 16 horas diarias, tiene el camastro en el taller, duerme 7 horas y retoma el trabajo sin solución de continuidad y sólo tienen 2 días de vacaciones al año.

La agresividad y la violencia de este ritmo tecno-económico de capitalismo en estado puro esta´barriendo literalmente los modos comunitarios de vida que nos hacen humanos: con mayor intensidad en China, pero no con menos virulencia en los EEUU.

El sistema capitalista postindustrial barre totalmente las estructuras de parentesco y comunidad. Amenaza lo humano, lo pone en peligro de extinción. Y lo sustituye por el individualismo feroz y la razón instrumental.  Ya no hay tiempo más que para producir. Se disuelven los vínculos comunitarios: uno ya no es padre de tal o cual hijo, ni esposo de no sé quién, ni hijo de fulano ni de mengana, ni pertenece a tal estirpe o tal saga o a tal clan. No hay tiempo para cultivar este tipo de relaciones familiares amplias. En la sociedad rural y pre-industrial los ritmos económicos se subordinaban a los ritmos comunitarios de convivencia familiar: se vivía con los abuelos, la crianza se realizaba con los primos, los vecinos y amigos eran como de la familia, algunos quedaban vinculados cuasi-sanguíneamente a través de la figura de los padrinos o los compadres y comadres. Los maestros eran los segundos padres, los tíos tenían voz y voto en cada una de las casas del núcleo familiar cuyo centro eran los abuelos.

Estas estructuras comunitarias, que definen al ser humano, son disueltas progresivamente por la violencia agresiva y descontrolada del mercado capitalista allí donde no encuentra su limitación histórica del katechon: jornadas de trabajo de 50 horas de trabajo semanal, movilidad laboral absoluta, desaparición del domingo como día de descanso a través de la liberalización de horarios, salarios bajos que obligan a trabajar a ambos cónyuges que apenas coinciden en la casa por la flexibilidad laboral de horarios, etc, etc. En esto coinciden el Manchester del siglo XIX y el Nueva York del siglo XXI.

El capitalismo postindustrial actual no tiene su katechon. Nada limita con fuerza al capitalismo postsoviético cuyos motores son el bloque chino y el bloque capitalista de tradición anglo-protestante, así como su filial franco-alemana en Europa.

Ningún bloque geopolítico actual tiene fuerza para detener estas plataformas que movilizan el mundo y determinan sus ritmos destruyedo las estructuras comunitarias a su paso.

Iniciativas como la huelga general convocada para el próximo 29 de marzo son inútiles, no sirven de nada; están además fuera de la realidad: siguen anclados en esquemas previos a la caída de la URSS. No se dan cuenta de la consecuencia tan enorme que ha tenido la caída de la URSS. El katechon que mantenía a raya la violencia capitalista mediante la violencia soviética ha caído, ya no existe. Ahora la violencia liberal con todo sus efectos (nihilismo, desocialización de lo social, disolución de los referentes educativos y de autoridad, etc.) campan a sus anchas y el izquierdismo es más un reconocimiento de una impotencia y una ignorancia supina que una muestra de poder y sabiduría.

El único bloque que podría mantener a raya la violencia capitalista sería aquel que mantuviera a salvo las tradiciones que, precisamente, el capitalismo liberal hace peligrar: como las estructuras comunitarias, las leyes de parentesco y los vínculos familiares intergeneracionales. Este bloque para ejercer de límite, o katechon contra la violencia capitalista, debería ser también un bloque ajeno a las tradiciones protestantes y maoístas.

Por tanto este bloque sólo podría dominar al capital si fuera enemigo de la contracultura y los movimientos antisistema surgidos del conflicto chino-soviético (revolución sexal y cultural, antipsiquiatría, muerte de la familia, eclipse del padre, posmodernidad, etc.), por cuanto son estelas el maoísmo chino que actualmente es el motor del mercado capitalista: Thatcher y Mao van de la mano. Y para muestra remito a la campaña publicitaria de Loewe para el año 2012-2013, o al libro Rebelarse Vende de Joseph Heath y Andrew Potter (2004).

Para ejercer de katechon contra el capitalismo este bloque geopolítico deberá además ser incompatible con el individualismo e irracionalismo emotivista protestante, donde coinciden EEUU, Alemania e Inglaterra.

Este bloque sólo puede ser el bloque de la hispanidad, las naciones  de área hispanoamericana, de tradición cultural católica y mayoritariamente hispano-hablantes.

Sólo esta plataforma hispana tendría suficiente potencia para contener el capitalismo salvaje liberal, por sus características demográficas (400 millones de almas), lingüísticas (el español como tercer lengua más usada en internet en 2010 con 154 millones de usuarios), históricas (la historia común de cuatro siglos) y por su esencia católica, comunitaria, incompatible con los usos individualistas del mercado capitalista de corte calvinista.

Sólo este bloque está ya unido por la lengua y la cultura, comparte estructuras sociales fuertemente comunitarias, y posee instituciones políticas o económicas consolidadas (OEA, Mercosur, CELAC, ALBA).

Además, las diferentes naciones de esta plataforma geopolítica están vinculadas en su totalidad por la institución metapolítica de la Iglesia católico-romana a través de la sucesión apostólica de los obispos en las diferentes diócesis hispanoamericanas, lo que asegura la perpetuación de estas estructuras comunitarias mediante el munus docendi eclesiástico y su labor pastoral intensa y ampliamente extendida por toda la masa social. La unidad de estos obispos se robustece además gracias a la CELAM, y el Documento de Aparecida.

A ellos nos dirigimos usando el viejo lema marxista: hispanos de todas las naciones católicas del mundo, uníos.

El enemigo común es terrible y hay que contenerlo ya, antes de que acabe con todo lo que define lo humano desde sus orígenes. Sólo entonces el capitalismo posindustrial tendrá su katechon, tan necesario y urgente, que actualmente no posee.

Las medidas de izquierdismo situacionista y trotskismo barato contra el capitalismo actual son ridículas. Su entrismo ideológico en los mass-media (La Sexta), la huelga general de los sindicatos mayoritarios para el 29 de marzo y su “revolución permanente” (los indignados, 15-M) son como querer detener tanques lanzándoles alfileres.

¡Católicos de todas las naciones hispanas de la tierra, uníos!

Uníos para controlar con firmeza esta hidra de violencia inhumana y voraz que es el capitalismo postindustrial que nos está llevando a la catástrofe antropológica más grave de la historia desde la caída del Imperio romano.

A ti remitimos la justicia, ¡Ven Señor, Jesús!