París bien vale una misa

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el domingo 15 de noviembre de 2015.

Las lecturas de la misa del domingo, que apuntan al Adviento, hablan de un preanuncio de lo que ha de llegar de carácter apocalíptico. No quiero que se entienda esto como oportunismo fundamentalista y agorero… No es esa la intención de los apocalipsis sinópticos, y ni siquiera del apocalipsis atribuido a San Juan. Más bien es llamar  a la conversión  a aquellos que viven alienados o pensando que el día y la hora están lejos o que nunca llegarán… en el que los cielos conflagren… El apocalipsis, en sentido de final de los tiempos, no es un castigo divino sino algo que compete a los hombres. La lectura del evangelio del viernes día 13, era de san Lucas (17,26-37):

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán. -Ellos le preguntaron: “¿Dónde, Señor?” – Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo».

Y las de la misa del domingo de la profecía de Daniel (12,1-3) abunda en el mismo sentido:

“Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora… Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.

Y el Evangelio de San Marcos (13,24-32) que Jesús anunció a sus discípulos:

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre»

Son palabras proféticas que la física actual podría corroborar: supernovas, estrellas que colapsan, el Sol como tal estrella se apagará… Algo impensable para la física y la astronomía de aquella época, parece anunciar un final de este eón conocido. Pero detrás de estas profecías de las que los evangelios están llenos, todo aquel que se siente interpelado por ellas entiende que está hablando para su generación.

Las lecturas que nos acercan al Adviento no nos van a dejar dudas al respecto. Pero hay otra coincidencia que quiero destacar. El 4 de noviembre murió uno de los más grandes intérpretes de la historia, un gran antropólogo, cuyo renombre ha sido opacado por la “academia” por su conversión al cristianismo: René Girard. En su libro sobre el Apocalipsis –Achever Clausewitz, traducido al castellano por Katz, con el poco acertado título de Clausewitz en los extremos–, Girard se inspira en una idea del gran militar prusiano para definir una nueva forma de guerra, y el sentimiento de hostilidad creciente e interminable que la rige: “so gibt jeder dem anderen das Gesetz, es entsteht eine Wechselwirkung, die dem Begriff nach zum äusseresten führen muss”, que Girard traduce por :

«Cada uno de los adversarios hace la ley del otro, de donde resulta una acción recíproca que, en tanto concepto, debe llegar a los extremos».

Estamos en París, ante un escenario bélico, que no es más que la expresión encadenada de una serie de represalias que expresan esta escalada a los extremos  de un sin fin de reciprocidades miméticas que no sabríamos reconstruir históricamente, es decir a quién culpar o decir quién empezó primero. Para Girard, el cristianismo, la religión de la víctima, tiene las claves de los sucesos del mundo. Nadie quiere escucharle porque su denuncia es multifocal: todos somos culpables, todos estamos involucrados en un vaivén de simetrías, de tomas y dacas de origen mimético, que a duras penas logran disimular nuestra implicación criminal en la violencia del mundo. Cristo nos ha hecho  entrar en un tiempo histórico que nos impide reconciliarnos, lograr el orden social como se ha hecho siempre: sobre las espaldas de las víctimas inocentes. Seguimos intentándolo una y otra vez, desahogando nuestras frustraciones sobre inocentes. Estos jóvenes llenos de odio, víctimas a su vez de otras situaciones de odio, descargan sobre occidente su ira buscando una catarsis imposible: multiplicando el escándalo mediático con sus acciones, acumulando cadáveres sólo ensangrientan el planeta, pero no logran nada.

“Privados del sacrificio [denunciado por Cristo como acción criminal ya no tiene eficacia para traernos el orden, la paz anhelada], nos encontramos frente a una alternativa inevitable: o reconocer la verdad del cristianismo, o bien contribuir a la montée aux extrêmes -“llegada a los extremos”— rechazando la Revelación. Nadie es profeta en su tierra, porque ningún país quiere entender la verdad de su propia violencia. Cada uno buscará disimularla para obtener la paz. Y la mejor manera de tener esa paz es haciendo la guerra. Tal es la razón por la que Cristo padeció la suerte de los profetas. Se acercó a la humanidad provocando el enloquecimiento de su violencia al mostrarla en su desnudez. En cierto modo él no podía triunfar. Sin embargo, el Espíritu continúa su obra en el tiempo. Es el Espíritu quien nos hace comprender que el cristianismo histórico fracasó y que los textos apocalípticos ahora nos hablarán como nunca lo han hecho» (p. 188, Achever Clausewitz).

Cristo ha puesto sobre el candelero otra parte de la verdad que los hombres se ocultan a sí mismos.  Cristo ha revelado con su sacrificio la mentira del chivo expiatorio que fundaba los órdenes sociales. La paz fruto de la unanimidad que garantizaba el orden social se construía sobre víctimas inocentes: reyes y presidentes. Aunque tuvieran algún rasgo de maldad o culpabilidad, alguna acción perversa en su haber, la acusación estereotipada de la masa humana les hacia culpables de la totalidad, del desorden social, y su sacrificio se convertía  en la realidad fundadora: así Julio César, Luis XVI, Nicolás II, Saddam Hussein (para ver el largo etcétera de la historia consultar mi libro: René Girard, de la ciencia a la fe). En  una  entrevista de Carlos Mendoza  a René Girard aparecen conceptos clave para entender lo que ha pasado en París…, siguiendo este hilo argumental dice (citando su libro, Achever Clausewitz):

“En suma, la crisis ya no es tal. De ahí que aquella misteriosa palabra de Cristo, ‘Veo a Satán caer como el relámpago’ transmitida por Lucas en su evangelio (Lc 10:18), resume de manera magistral esta revelación. La perpetuidad de la crisis mimética ha quedado puesta en entredicho: «Cristo enciende la mecha revelando la esencia de la totalidad. Por tanto pone la totalidad en estado febril porque el secreto de esta totalidad ha sido revelado a plena luz» (Achever Clausewitz, p. 180). Por eso hay algo radicalmente más importante: la crisis no es ya la última palabra sobre la humanidad. Como lo escribí en mi último libro: «Cristo retiró a los hombres sus muletas sacrificiales dejándoles así frente a una terrible elección: creer en la violencia o no creer ya más en ella. El cristianismo es la increencia. […] Tarde o temprano, o bien los hombres renunciarán a la violencia sin sacrificio, o bien harán estallar el planeta: estarán en estado de gracia o de pecado mortal. Se puede decir, por tanto, que si lo religioso inventó el sacrificio, el cristianismo lo anuló. […] Habrá que volver siempre sobre esta salida de lo religioso que solamente puede realizarse en el seno de lo religioso desmitificado, es decir, del cristianismo» (Achever Clausewitz, pp. 58, 60, 64). Esta verdad es, a mi parecer, la que aporta la apocalíptica cristiana primitiva, en especial los textos apocalípticos sinópticos ya que son los más completos al revelar la verdad de la víctima: «la destrucción sólo concierne al mundo. Satán no tiene poder sobre Dios» (Achever Clausewitz p. 190). Esos textos describen así con gran dramatismo cómo la violencia siempre se da como rivalidad entre dobles miméticos: ciudad contra ciudad, nación contra nación, padres contra hijos. Hablan de una catástrofe inminente, pero precedida por un tiempo intermedio, de duración casi infinita, que alarga la llegada del día final. Por ello me parece que tales textos son de una actualidad extraordinaria. Aunque esa demora del día final genera impaciencia y hasta desánimo puesto que no sabemos entonces qué esperar ni hasta cuándo. ¡Eso es precisamente lo que reprochaban los tesalonicenses a Pablo! Le interrogaban por lo que sucede entonces cuando la Parusía se retrasa. Es lo que Lucas, que al fin y al cabo fue compañero de Pablo en sus viajes, llama ‘el tiempo de los paganos’, cuya demora es muy larga e incierta, terrible. En ese sentido, la Segunda Carta a los Tesalonicenses habla de lo que retrasa la Parusía: el Katéjon (2 Tes 2: 5) o personaje que ‘retiene’ la manifestación del Anticristo es el orden arcaico representado por el Imperio Romano en ese contexto de decadencia que viven los tesalonicenses. Habría que leer también a Agustín en este sentido apocalíptico cuando escribe sobre el retraso del día final. La paciencia es entonces la respuesta de los cristianos al ‘tiempo de los paganos’ (Lc 21: 24): «La gran paradoja en este asunto es que el cristianismo provoca la ‘montée aux extrêmes’ al revelar a los hombres su propia violencia. Impide a los hombres endosar a los dioses esa violencia y los coloca delante de su propia responsabilidad. San Pablo no es para nada un revolucionario, en el sentido moderno que se ha dado a este término: dice a los tesalonicenses que deben ser pacientes, es decir, obedecer a los Principados y Potestades que de todos modos serán destruidos. Esta destrucción llegará un día a partir del hecho del imperio creciente de la violencia, privada ya de su altar sacrificial, incapaz de hacer reinar el orden sino a través de más violencia: serán necesarias cada vez más víctimas para crear un orden cada vez más precario. Tal es el devenir enloquecido del mundo del que los cristianos llevan sobre sí la responsabilidad. Cristo habrá buscado hacer pasar a la humanidad al estado adulto, pero la humanidad habrá rechazado esta posibilidad. Utilizo adrede el futuro anterior porque existe ahí un fracaso profundo» (Achever Clausewitz, p. 212).

Pero Girard todavía nos ayuda más a comprender por qué esta locura no admite ningún análisis clásico. Estos crímenes nefandos son un problema de la pérdida de sentido transcendente de la vida.  Por muy emotivo que sea el hecho de que un pianista espontáneo interprete en las calles de París el Imagine de Lenon, dejando el mensaje de que un mundo sin religión será un mundo más pacífico, no podemos caer en la trampa de ese mensaje subliminal.  La religión arcaica que es el Islam está en el corazón del hombre. Siempre el hombre ha hecho de la política lo sagrado, y lo sagrado es sacrificial: la ideologías totalitarias, racionalistas o de otro tipo, fascistas o comunistas, capitalistas o comunitaristas, de derechas o de izquierdas, siempre han recurrido al sacrificio de los otros en el ara de la utopía, de la paz añorada. La única religión que ha traído la secularización, que se ha opuesto a contaminarse o dejarse usar por el poder político (ahí está la lucha de las Investiduras), aunque los hombres hayan hecho de ella en ocasiones un instrumento útil para sus ansias de domino  y algunos de los suyos se hayan dejado querer (la Inquisición o las Cruzadas son ejemplo de ello) es el cristianismo. La propuesta cristiana ha sido construir sobre el perdón, sobre la consideración del otro como hermano, sea quien sea.  La pátina de cristianismo que exhibió alguna vez la cultura occidental, nunca penetró más allá de la superficie de los hombres que se mantenían en la creencia pagana de que la violencia trae la paz.  La mentira más grande la historia. Como decía  San Juan Pablo II: “La violencia mata lo que intenta crear”. El objetivo del cristianismo no ha sido el poder. De algunos que se dicen cristianos o se decían, sí, pero del cristianismo, no. No hay mensajes ambiguos o equívocos en el evangelio. No hay más aspiración que dotar al hombre de sentido, que inaugurar un reino de amor, donde el otro es Cristo y no el enemigo a batir o a odiar.

Así nos dice Girard en esa entrevista a Carlos Mendoza citando de nuevo su obra:

Acompañados de la principal revelación cristiana, de acuerdo con el desarrollo que usted ha hecho de la teoría del sacrificio: la fuerza de la víctima que perdona. Este apocalipsis no es verdaderamente terror porque lo verdaderamente terrible es la ausencia de sentido. Al fin y al cabo, para la mayoría de los seres humanos de nuestros tiempos, esta violencia está visiblemente en aumento en el mundo. Y en la medida en que esta violencia no tiene sentido es cada vez más terrible. Por eso el anuncio apocalíptico del cristianismo no es una amenaza, sino por el contrario la esperanza de la realización de la promesa cristiana: Cristo ve en el mundo cosas que el mundo no ve. «Cristo es ese Otro que viene y quien, en su misma vulnerabilidad, provoca el enloquecimiento del sistema. En las pequeñas sociedades arcaicas, ese Otro era el extranjero que trae consigo el desorden y que termina siendo siempre el chivo expiatorio. En el mundo cristiano es Cristo el Hijo de Dios quien representa a todas las víctimas inocentes y cuyo retorno es llamado por los efectos mismos de la ‘montée aux extrêmes’. ¿Entonces qué podrá constatar? Que los hombres se han vuelto locos y que la edad adulta de la humanidad, esa edad que él anunció por medio de la Cruz, ha fracasado» (Achever Clausewitz, p. 191).

(…) Por eso, aunque parezca paradójico, el apocalipsis es reconfortante en cuanto satisface el deseo de significación. Las pruebas y dificultades actuales no son insignificantes porque siempre se encuentra escondido detrás de ellas el Reino de Dios.

C. Mendoza: Pero entonces, ¿las masacres como Acteal en México y tantas en el mundo [y aquí podemos incluir NY, Madrid, Londres, París… y mañana Roma, Berlín… a la pregunta de Carlos Mendoza] pueden tener otro sentido que el solo equilibrio del antagonismo entre rivales mediante el deseo de aniquilación de unos contra otros? ¿No es predicar a las víctimas una resignación ante sus verdugos? ¿Qué memoria cristiana es posible hacer de esas víctimas que no signifique pasividad ante la injusticia, la violencia y la muerte?

René Girard: Solamente es posible recuperar esa memoria de la masacre sin atribuirle un sentido sacrificial arcaico. Frente al sufrimiento del inocente no nos queda sino la indignación. Este tipo de acontecimientos trágicos no me es ajeno, aunque debo decir que tampoco es parte de la problemática inmediata en la que he construido mi pensamiento. Pero hay que insistir en la importancia de actuar para superar las causas de ese sufrimiento y muerte, sin ceder al resentimiento que se expresa como deseo de venganza. Con lo anterior no quiero decir que haya que renunciar a la acción para intentar cambiar el sentido de la violencia mimética. La cuestión consiste en saber si el uso de la violencia para mejorar el mundo puede ser legítimo […]. El pensamiento cristiano que procede como respuesta inteligente a una situación de injusticia y violencia a la que son sometidas naciones enteras es totalmente razonable y legítimo, con las nuevas expresiones que el cristianismo pueda tomar en estas circunstancias […] No hay que olvidar que en Occidente el cristianismo fracasó tanto como el racionalismo moderno, y por eso ahora nos encontramos en medio de esta violencia extrema que amenaza no solamente a la humanidad sino también al planeta entero. […] En este contexto de la búsqueda de superar el racionalismo ingenuo, quisiera decir algo, en cierto modo retórico, sobre mi insistencia en lo apocalíptico. Pienso que la gente no tiene suficiente temor sobre la violencia desencadenada ‘desde la fundación del mundo’ hasta la violencia extrema que vivimos en estos tiempos inciertos. Y yo no quiero tranquilizar a nadie: «Es urgente tomar en cuenta la tradición profética con su implacable lógica que escapa a nuestro racionalismo extendido. Si el Otro se acerca, y si un pensamiento del Otro radicalmente otro es aún posible, es tal vez porque los tiempos están llegando a su cumplimiento» (Achever Clausewitz, p. 195).

Reitero lo que ya he escrito recientemente: «Es necesario pensar el cristianismo como esencialmente histórico y Clausewitz nos ayuda a ello. El juicio de Salomón lo dice ya todo al respecto: existe el sacrificio del otro y existe el sacrificio de sí mismo; el sacrificio arcaico y el sacrificio cristiano. Pero siempre se trata del sacrificio. Nosotros estamos sumergidos en el mimetismo y es necesario renunciar a las trampas de nuestro deseo, que siempre radica en el deseo de lo que posee el otro. Lo repito una vez más, no hay saber absoluto posible, estamos todos obligados a permanecer en el corazón de la historia, de actuar en el corazón de la violencia, porque comprendemos cada vez más sus mecanismos. ¿Sabremos sin embargo desmontarlos? Lo dudo» (Achever Clausewitz, p. 80).

El cristianismo nos  ha traído una revelación inédita sobre cómo funciona la violencia humana. Ha puesto en marcha una verdad a la que la humanidad se tiene que enfrentar: los ídolos llenos de sangre no solucionan nada, solo multiplican la rabia y el dolor.  ¿Cuántos muertos harán falta para que nos paremos  y nos pensemos unos a otros como hermanos? Cristo ha abierto esa posibilidad declarándonos a todos con su muerte en la cruz como inocentes, unidos por su sangre en un solo cuerpo.

Ni los griegos, ni el Islam, ni el racionalismo deísta o ateo, nos dio una sola pista para escapar de la autodestrucción, todo lo contrario nos abocan a ella porque son productos de la imaginación delirante humana que fabrica dioses que auto justifican el sacrificio de los otros.

«Un dios del que podemos apropiarnos es un dios que destruye. Nunca los griegos buscaron imitar algún dios. Hubo que esperar al cristianismo para que esta perspectiva mimética se impusiese como la única redención posible, habida cuenta de la locura revelada de los hombres […] Hölderlin siente por lo tanto que la Encarnación es el único medio dado a la humanidad para afrontar el muy saludable silencio de Dios: Cristo mismo interrogó ese silencio en la Cruz para luego él mismo imitar la retirada de su Padre y volverse a encontrar con él en la mañana de la Resurrección. Cristo salva a los hombres ‘destrozando su propio cetro solar’. Se retira en el momento mismo en que podría dominar. De ahí nos es dado a nosotros probar dicho peligro de la ausencia de Dios, experiencia moderna por excelencia –porque es el momento de la tentación sacrificial, de la regresión posible a los extremos– pero también experiencia redentora. Imitar a Cristo consiste en rechazar el deseo de imponerse como modelo, siempre borrarse frente a los otros. Imitar a Cristo es hacer todo para no ser imitado.» (Achever Clausewitz, p. 218). Lo que no podemos olvidar –y lo quiero reiterar con insistencia– es que el cristianismo logró descubrir esta verdad de la víctima y también desenmascaró la mentira del sacrificio, quizás con más radicalidad que otras tradiciones religiosas de la humanidad. Tal es la herencia que deseo perpetuar».

La muert de Girard ha llegado antes de la masacre de París, pero hoy será de nuevo recordado como aquel que tenía una palabra que decir sobre la violencia humana y el papel singular del Cristianismo para entender la historia.

París bien vale una misa, en cuyo altar sean la víctima y el sacerdote la misma a persona, donde solo el propio Dios se inmole para mostrarnos el único camino de la paz.

What to do?

Por David García-Ramos Gallego, el 15 de enero de 2015

[Me decido a publicar aquí la respuesta que dirigí hace unos días a un correo electrónico que me envió una alumna preguntándome mi opinión sobre los atentados de París de la semana anterior. Es una respuesta que comparto con los lectores de este blog con el ánimo de generar un cierto debate sobre dos cuestiones que aquí interesan: lo que algunos llaman la tiranía de la libertad de expresión (en un movimiento pendular que va de la defensa a ultranza de cualquier contenido a la censura más hipócrita) y el imperio del terror que nos conduce a un trato sórdido del que difícilmente parece que podamos escapar. No modifico ni una sola línea]

Buenas tardes, C.:

Gracias por el interés y por preguntarme. Te confieso que me pones en un aprieto. Participo en algún blog en el que a veces nos hemos permitido el hablar de estas cosas. Y, a pesar de que el tema encaja perfectamente con nuestros intereses –analizar los vínculos entre lo religioso/sacro y la violencia–, esta vez nos hemos permitido el lujo de no publicar ningún comentario. ¿Por qué? Pues por falta de tiempo para poder analizar la avalancha de información y para no repetir el consabido “Je suis Charlie Hebdo” sin más ni más –que no hubiera sido poco–.

Voy a intentar responder a lo que planteas. Primero voy a intentar estructurar y reformular tus preguntas, para organizar un poco las respuestas. Creo que lo que quieres decir es ¿por qué?, es decir, ¿cómo es posible que pase esto hoy, aquí…? Y, una vez ha pasado, ¿qué hemos de hacer?

A la primera pregunta no basta con decir que son unos desequilibrados. No todo desequilibrado coge un arma y va a pegar tiros a la redacción de un semanario. Hay una situación social, un determinado estado del mundo, de las cosas –es decir, el cómo-va-el-mundo–, que posibilita que esto suceda y que suceda con irritante frecuencia –no es el primer atentado ni, por desgracia, es probable que sea el último–. En este escenario en el que era probable que esto sucediera, han jugado un papel muy importante las ideologías y las religiones. Sobre esto podríamos escribir ríos de tinta, páginas y páginas, sin sacar mucho en claro. Voy a intentar sintetizar cómo veo yo las cosas –si quieres profundizar, la bibliografía es casi infinita–.

La religión, entendida en sentido general, funciona como aglutinante social. Como el aglutinante social. El ser humano nace en torno al sacrificio –¿a los dioses?– de un individuo de su misma comunidad. Es más, la comunidad nace durante y tras ese sacrificio. Todas las religiones –te pido un voto de confianza aquí para no hacer demasiado largo esto: créeme cuando digo todas– tienen en sus relatos de origen algo que podría recordar a este sacrificio que vamos a llamar fundacional.

Para que lo entiendas más fácilmente: es como si al matar la víctima sacrificial, al chivo expiatorio, las cosas cobraran sentido, como diciendo: “ok, ahora todo tiene sentido, este o esta tenían la culpa, era necesario matarlos, ahora su sangre nos curará”. Como si al realizar el sacrificio todo cobrara sentido. En su desquiciado sentido del mundo, para los terroristas es así. En su muy desquiciado sentido del mundo. Que no es tan distinto del nuestro pensando que sin esta gente estaríamos mejor.

Las religiones sirven para mantener a las masas en torno a una víctima, un enemigo, un chivo expiatorio sobre el que descargar las culpas y los males de nuestras vidas. En medio de todo esto, el cristianismo revela que todo esto es un callejón sin salida: ante la presión y la presencia del otro cabe solo una posibilidad y es siempre violenta: o matar o dejarse matar. Revela que la violencia es humana, muy humana, y que no tiene nada de divina –como algunas religiones e incluso versiones del cristianismo han mantenido–. Revela que nos construimos dioses a nuestra medida a través de este mecanismo victimario.

Hoy en día la herencia de esta revelación cristiana nos permite vivir en una relativa paz en Occidente. Sí, es cierto que junto con las versiones pacificadoras del cristianismo han convivido versiones más o menos violentas y fundamentalistas. Pero esta revelación es la base de nuestra sociedad: saber que el otro es ya de antes inocente, que Cristo lo hizo inocente y que si el otro muere tengo yo culpa de su muerte.

¿Qué tiene que ver todo esto con los atentados del otro día? Voy a intentar mostrártelo de forma muy sencilla.

Por un lado, nuestra sociedad se ha volcado con las víctimas y esto nos parece natural y bueno. No era así hace tiempo. Por lo general las víctimas han sido vistas siempre como culpables… “Algo habrán hecho”. La provocación de Charlie Hebdo era tan evidente que llevaban guardaespaldas. Si me permites, podríamos decir –no lo digo yo, es algo que he escuchado estos días y que en el fondo piensa mucha gente–: “se lo estaban buscando”. Lo cierto es que en eso consiste la libertad de expresión –y la libertad en general–: en poder decir lo que uno piensa y siente sin temer las consecuencias, siempre que lo que uno dice o piensa no hiera a nadie. Aquí está también otra de las claves: hasta qué punto cabe decir que el semanario Charlie Hebdo estaba hiriendo a alguien. Podríamos decir que el que quiera reírse de la religión –el Islam, el cristianismo y otras– que lo haga en el salón de su casa o con sus amigos, en un ámbito privado. Esto no sería más que un eco de lo que aquellos abanderados de una cierta modernidad proponen hacer con las religiones: dejarlas para el ámbito de lo privado, para aquellos que quieran cultivarlas en su casa. Yo soy católico y lo soy públicamente. No quiero que recorten mi libertad religiosa y la cercenen hasta que ocupe solo el salón de mi casa. A pesar de que ciertas portadas de este semanario ofenden profundamente mi fe, tengo que defenderlo para defender mi propia libertad. No hay libertades, hay Libertad. Los cristianos creemos que la mayor libertad es la nuestra, la de descubrirnos hijos de Dios, la de poder sobrellevar libremente esta “cochina” vida, la de poder dar la vida por los demás, la de poder servir al otro, libremente. La Libertad es la misma la mía que la de los caricaturistas de Charlie Hebdo: poder decir que no a Dios y reírse de él. El verbo “creer” –creer en o a Dios– no admite imperativo –más que un imperativo exhortativo: te invito a que creas, me gustaría que creyeras y por eso te digo “cree”, que es una forma de imperativo–. Igual pasa con el verbo “amar”. E igual pasa pasa con “sé libre”. Yo no puedo obligar a alguien a ser libre, ser libre es una de las experiencias más estupendas que se nos ha dado, pero no va de suyo, no puedo obligarme a ser libre, tengo que serlo o no. Yo respeto profundamente a aquellos que han escogido ser libres aún en las antípodas de mis opciones de libertad.

Los terroristas no son libres. Viven sujetos a la necesidad de erradicar a aquellos que no piensan como ellos, y erradicarlos no mediante la política, ni siquiera mediante la guerra –que es la política por otros medios, según Clausewitz– sino mediante el terror, que es la guerra por otros medios (según René Girard). En la política el otro es un rival con quien tengo que convivir y buscar el acuerdo. En la guerra hay dos rivales claramente identificados, pero ya consiste en que uno de los dos sobreviva al otro. El terror supone la supervivencia a través de la eliminación del otro, a través de su supresión –de su sacrificio–. Este es el otro lado de lo que te quería mostrar. Ciertas facciones del Islam han retornado a lo algunos especialistas llaman lo religioso arcaico, lo religioso sacrificial. Aquellas formas de lo que denominamos religión que siguen sustentadas en el sacrificio cruento. Cuidado que no es algo propio solo de las religiones –de hecho en las religiones hay al menos una tendencia a lograr librarse de las violencias que parecen ser connaturales al ser humano–: muchas de las prácticas modernas a-teas o laicas han sido profundamente sacrificiales: el nazismo y sus programas de genocidio y las modernas prácticas eugenésicas del aborto y de la eutanasia, se basan en la consideración de la nuda vida –la simpe vida– como no suficiente para asegurar la supervivencia. La dignidad no reside en la vida, la vida puede no ser digna y, por tanto, puedo suprimirla. Este pensamiento, esto que los Papas más recientes han llamado la cultura de la muerte, es lo que está también detrás del terrorismo: ciertas vidas no tienen dignidad –pero, ¿y la vida del terrorista suicida?: su dignidad es alcanzada como combatiente y mártir en el momento de dar la vida segando la de otros, es decir, no basta con morir, han de morir en combate, como mártires–. ¿Es esta tendencia terrorista, esta tendencia a la violencia, propia solo del Islam? Ciertamente no. Pero parece que en un sector importante de mundo musulmán se dan este tipo de comportamientos, lo que nos ha llevado a algunos a la necesidad de analizar de nuevo si el Islam es en sí mismo violento. Ya Ratzinger tras su polémica en Ratisbona señaló que no era así. El problema, decía él, era el de una religión apartada de la razón, del respeto al otro, de la dignidad universal e irrevocable de cada vida y de cada persona. El Islam ha estado apartado de la razón demasiado tiempo en demasiados lugares. Pero no por ello puede dejar tratar de evitar la violencia.

Paso ahora a la segunda parte de lo que me planteabas: ¿y qué hacemos ahora? ¿Cómo lidiamos con esto? Ha habido dos respuestas públicas –y si me permites dejaré las privadas, de la que el final de tu correo es ejemplo perfecto, a un lado, por ahora–: por un lado, un repudio absoluto y una identificación con las víctimas, cristalizado en el Je suis Charlie Hebdo. Decir que uno es Charlie Hebdo es decir que uno es víctima, que se ofrece a ocupar el lugar de la víctima. Dudo que muchos de los que estaban en las calles de París entendieran las consecuencias de ofrecerse como víctimas potenciales del mal perpetrado por los terroristas. Lo normal es esconder la cabeza. Menos cuando todos piensan como yo –y por todos entiendo un número grande de personas–. Las manifestaciones de Paris han sido un ejemplo de lo que muchos denominamos comportamiento religioso: todos somos uno, hay un sentimiento de pertenencia y de fraternidad. Esta mañana Hollande hablaba de la unidad de Francia en el funeral de los tres policías –curiosamente una de Martinica, otro de origen argelino y fe musulmana y otro francés continental–. ¿Qué es lo que nos ha unido a todos? Las víctimas. Una cierta catarsis. Lo mismo sucedió el 11S: el sentimiento patriótico, la unidad de todos, el dolor que padecimos, la compasión… ¡nos gustaban! Es hermosos estar unido a otros, compartir sentimientos, ser uno con el otro –así lo relata James Alison–. Esa comunión es la base del amor. Pero fíjate en el origen de esta unidad: unas tumbas, unos muertos. ¿Entiendes ahora lo que te decía más arriba sobre lo religioso arcaico? Cuidado: si yo hubiera estado en París hubiera ido a la manifestación. Sin dudarlo. Hoy también.

Fíjate en lo que te decía: este sentimiento que Aristóteles llamaba catarsis podría pasar por amor, pero no es amor. Por eso los primeros cristianos decían que no eran una religión y que su centro era el amor (lee si quieres las epístolas de Juan). El amor es algo muy distinto a la catarsis. La catarsis se te pasa en cuanto llegas a casa, tiene como límite tu propia seguridad. El amor es ilimitado, no tiene fin, no tiene límite. El que ama, da la vida –me refiero, claro está, a un alto concepto de amor, no a un enamoramiento, una atracción, etc.–. Es la caritas cristiana. La catarsis, que no es mala cosa, que ayuda en muchos momentos, que nos puede abrir el camino a la verdadera compasión, puede llevarnos también a la hipocresía. En este sentido, algunos periodistas e intelectuales han señalado la hipocresía de Occidente ahora –hipocresía por muchos motivos, ni siquiera en esto se ponen de acuerdo–. No obstante, prefiero un poco de catarsis a una respuesta militar, autoritaria, de recorte de libertades. Este es el mal menor. Este mal menor es lo propio de Occidente. Es la base del arte, del teatro, de la literatura, de la música.

¿Qué hacemos, sin embargo? What to do? se preguntaba constantemente frente al Sagrario la activista social y Sierva de Dios Dorothy Day. Y se lo preguntaba porque ese quehacer, ese hacer afectaba a personas a las que había que devolver su dignidad. Adelanto algunas respuestas posibles, pero teniendo siempre en cuenta –y esto no siempre es así– que se ha de buscar restaurar la dignidad de la víctima, pero también del verdugo –y por el camino de muchos de nosotros…–. Perseguir y localizar a los criminales y aplicar la ley. Tratar de evitar que vuelva a suceder… ¿por todos los medios? Aquí es donde hay que tener cuidado. Si es por todos los medios, estamos abriendo la caja de Pandora. Con mil razones y de forma aparentemente razonable, comenzaremos a recortar derechos y libertades. El fin justifica los medios. Matar está mal, pero si tenemos que matar para que otros no vuelvan a matar… ¿Qué hacer con “esta gente”? Lo que tu propones –que queden y se vuelen– no deja de estar en la línea de Charlie Hebdo, puesto que hay un cierto toque de humor en lo que tú propones: que hagan una “quedada colectiva”, un flash mob, viral y por redes sociales, y que se inmolen en el altar de su violento Dios. Esta es tu respuesta y es una respuesta irónica, llena de humor, en la que no reparas en herir a los musulmanes que son pacíficos y que como tú condenan los atentados terroristas. Cuidado, no es una crítica. Simplemente te señalo que es muy importante que tú puedas decir esto. Esa es la base de la libertad de expresión.

Por último, queda por analizar si se puede salvar algo del Islam. Creo que es una religión que ha dado cosas muy hermosas culturalmente hablando. Creo que hay buenos musulmanes, creo que es posible encontrar bondad en el Corán. Y todo ello en abundancia. Como cristiano creo que la verdad que revela Cristo supone el fin de las religiones, que la libertad que él da es insuperable. Libertad para rechazarle también –sus discípulos lo rechazaron todos en el momento de la verdad–. Es esa auténtica libertad la que parece no estar en ninguna otra parte: ni en el Islam ni en la sociedad anti-religiosa. Pero sostener y analizar esto de manera contundente merece un libro y no unas pocas líneas.

Sé que no me escribiste esperando una respuesta tan larga. Ahora que releo tu correo me parece que querías más bien desahogarte. Pero tu intranquilidad me interroga y no he podido dejar de contestarte. La cosa es muy compleja y lo que te digo aquí solo es la punta del iceberg. Si has tenido la paciencia de llegar hasta el final te puedo confesar que creo que no hay solución humana a estas cuestiones. La respuesta viene de lo alto. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Espero que un día encuentres esta libertad y puedas mirar al otro con amor y misericordia. Me he dejado mil cosas por analizar y contar y muchas están solo sugeridas. Seguro que encuentras agujeros en mi argumentación. Tendremos tiempo de hablarlo estas semanas de intensivo si quieres. Poder hablar libremente de estas cosas es otro de los regalos que el cristianismo ha dado a Occidente.

Un cordial saludo,
DavidGRG

#Spanishrevolution I o el rostro de la violencia.

Por David García-Ramos Gallego, 18 de mayo de 2012.

Inicio aquí una serie de reflexiones en voz alta sobre las protestas protagonistas de nuestra prensa y de la prensa internacional durante el último año. A raíz del aniversario de las agitaciones del 15M es posible empezar a hacer recuento. Las reflexiones no tratan de declararse a favor o en contra, sino de buscar la verdad oculta tras estos fenómenos. 

La revista TIME publicó en su último número del pasado 2011, como ya es tradición, la que considera persona del año. Hay en esta tradición algo de ritual que no deja de tener su carga religiosa: elegir una cara que venerar, como icono del año que va a morir. El rostro de esa persona del año es noticia durante unos días y luego desaparece. En enero ya estamos pensando en cuál será la figura que adornará la portada del último número del TIME el próximo diciembre. 

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La elección de este año no deja ser curiosa. The Protester, que los medios españoles tradujeron como El manifestante (España, en ocasiones, es una nación de manifiestos, de papel mojado y charla de cafetería…). El que protesta suena mal, El protestante es otra cosa, así que nos quedamos con El manifestante porque tal vez lo de Revolucionario se le queda grande. Revolución en España no ha habido y parece que ahora descubrimos que las aparentes revoluciones en los países de la Primavera Árabe se han ido convirtiendo poco a poco en encubiertos golpes de estado. 

El rostro sin rostro, el rostro de todos y el de nadie, ese rostro desdibujado es el que adorna la portada del semanario norteamericano. Un rostro indiferenciado. Un rostro que es símbolo puro o puro símbolo. Un rostro, en el mejor de los casos, anónimo. Recuerdo que cuando los atentados del 11M en Madrid circulaba una frase, una consigna: «Todos íbamos en ese tren»… Veo que ahora hasta hay una página en Facebook que recoge la expresión. Y añade el número fijo de 191 víctimas, con sus nombres y apellidos. Todos. Nadie. Recuerdo a Ulises ante el Cíclope, diciéndolo que no era nadie (¡que era “nadie”!).

El protester es la víctima por excelencia: víctima de las dictaduras, de la democracia decadente, de la corrupción de los bancos y políticos, la víctima universal de los poderosos. Dentro de lo que Girard denomina el problema moderno de las víctimas, se le ha dado la vuelta a la tortilla, pero para volver a dejar todo cómo estaba. Ya lo decíamos cuando hablábamos de Gadafi, o de los inmolados: al final volvemos a sacrificar al rey, al poderoso, al único diferente de la masa indiferenciada (hasta ahora indiferente). En España ya está pasando: Urdangarín, Camps, Garzón o Pepe Blanco, y el último el rey.

Se objetará, con razón, que sólo se han logrado cambios en la llamada primavera árabe. Creo que esas victorias son relativas: los Hermanos Musulmanes ya quieren instaurar la sharia en todo Egipto, y se presentan a las elecciones del próximo 23M; se trata de una organización islámica que estaba ya en el caldo de cultivo que dio origen a Al-Qaeda, tal y como nos cuenta Lawrence Wright en su excelente La torre elevada. No fueron pocas las voces que advirtieron de una posible islamización del movimiento. Desde occidente, utopistas irredentos, pensamos que no sería así, que esta vez era diferente. Siempre pensamos que esta vez es la última, que esta vez era diferente. Pero la violencia asociada a las protestas, tanto en el mundo islámico como en occidente, las acusaciones cruzadas entre unos y otros grupos, la ambigüedad de las propuestas y soluciones, la disparidad en la composición de los grupos, lejos de la anarchía eucarística que proponen autores como Cavanaugh –en ese tour de force que es lo universal local– conduce inevitablemente al caos indiferenciado de la violencia del todos contra todos. Al final habrá víctimas inmoladas o la aniquilación total.

En España, en USA y en otros países donde la llamada primavera árabe ha tenido algún eco, las cosas han sido algo distintas. “Nadie” convocó, “nadie” aglutinó a la masa y “nadie” fue sacrificado. “Nadie”, en boca de Ulises, era una mentira, un engaño para que el ciego Cíclope viera aún menos. En Occidente además hemos rizado el rizo: hemos sacrificado el vacío. No ha muerto nadie, no se ha derramado sangre, o muy poca –¡que se lo digan a los que la han derramado de todas formas!–, pero todos nos sentimos víctimas con la víctima cuando vemos la policía “repartiendo leña” en la tele. Nos indignamos. No por la violencia en sí, sino porque percibimos que esas víctimas, los protesters, no son nadie, y su sacrificio no vale para nada. Tiene que haber unanimidad de la masa contra uno, y ese uno ha de estar ya marcado: rey, gobernante, gurú, líder, tarado de una forma u otra.

No hay unanimidad, y todo lo que está sucediendo es violencia que no se transfiere. La masa vuelve a casa, descontenta. Enchufa la tele, buscando víctimas de repuesto. Mira a su alrededor, busca víctimas de repuesto. Scott-Heron recitaba aquello de Revolution will not be televised. Así es, así ha sido, aunque parezca todo lo contrario. Se ha televisado todo y no se ha televisado nada.

Lo que no nos imaginábamos es que el sacrificio iba a ser también televisado. Tiempo al tiempo. Linchamientos simbólicos darán paso a linchamientos reales. Ya hemos casi presenciado la muerte de Osama Bin Laden. Los reality shows serán cada vez más violentos, como han imaginado distópicamente ya novelistas como Stephen King en su La larga marcha o EL fugitivo, o recientemente Suzanne Collins en la saga de Los juegos del hambre (hay que dedicarle a esta trilogía un post cuanto antes). 

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Todos miran a la víctima. La revolución no triunfará sin víctimas. Gracias a Dios no las ha habido. Rezo cada día por que no las haya. Pero creo que muchos la están deseando ya. Y ya se sabe que los deseos son contagiosos. 

The Third Jihad: the Movie. What scares us from Islam’s violence?

By David Atienza, January 31, 2012

I remember, growing up in Spain, I used to always watch on the news images about Iran-Iraq’s war or the Intifada in Palestine. Every time that someone was killed, the news presented a featureless mass of grievers screaming and shaking their guns in the air threateningly. The day Gulf War I began my mother woke me up in the morning to go to school and told me: “The beginning of WWIII is close” and I spent all day terrified.

Spaniard’s collective mind has, in general, a negatively shaped opinion about Muslims that has been developed historically. Seven hundred years of Muslim occupation-coexistence, the use of Moor’s Guard by Franco and many other events have molded these ideas that are even collected in many tales where the evil character is presented with Arabic physical features like Scar, the evil uncle in the Lion King. This fear was not totally elaborated since few of us in Madrid around that time ever had any contact with Muslim people, but finally on 9/11, this fear reached the United States, formerly terrified by the Soviet Union and the possibility of a nuclear war. Eleven years later, a film called “The Third Jihad” has been shown to more than one hundred police officers of New York in their training facilities and it has been a scandal.

Whether or not the threat is real, the film touches something deep that generates anguish. When I was a child, I did not realize what scared me from those images, but after reading Girard’s works, things begun to clear up in my mind. The profound fear of violence comes from the undifferentiated mass that erases the differences and avoids any possible classification or order, and this fear generates more violence. The mass is in itself undifferentiated like the violence that it provokes. Since Osama bin Laden was killed, we do not have a defined face to situate the origin of this violence, so the fear grows unconsciously and the ‘victimary’ process is up to begin. The first step has been taken; lately it has been denounced that the police of New York, together with the CIA, is monitoring through “mosque crawlers” ALL Muslim communities and activities, and this is something that has spread all around the US. The tension provoked by the economic crisis is a very good breeding ground for the mimetic violence to burst. The situation is delicate.

What must be done? In my opinion, and following René Girard’s theory, there is one way out in order to avoid the increasing ethnic violence in the US. Since the first objective of terrorism is to create terror, panic, or uncontrollable fear, this kind of movies are supporting their enemies’ goals indirectly. Therefore the best option is to reduce this fear in the population by shaping and putting limits to the real threat. Islam is not jet a unified enemy and this has to be understood and maintained because from our capacity to separate or define reality comes order and therefore peace. If we do not separate reality from fiction, at the end there will be no difference and ‘terror’ will fulfill its destiny: to generate chaos, and chaos breeds violence, and violence is undifferentiated and highly contagious.

I hope my mother was wrong.