Miedo (1)

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 20 de marzo de 2016

Nubes negras se ciernen en este invierno extraño a punto de acabar. Han cambiado mucho las cosas. La agitación se siente en todos los ámbitos: en la carretera, en la familia, en el trabajo, en la política, en el planeta y sus planetadas. Hace tiempo era la muerte el “problema”, pero la Ilustración, la ciencia y la filosofía política nos convencieron que eso era un invento de la Iglesia, y de que el infierno estaba clausurado por defunción. Ellos nos abrirían el futuro, nos darían la paz, la salud, la vida, nos sacarían del oscurantismo, nos llevarían a un cielo real, histórico. En definitiva, nos devolverían al paraíso de la naturaleza del que nunca fuimos expulsados. Nos han convencido de fue un ensueño pensar que no pertenecíamos “solo” a ella.

Lo que ha pasado es que después de muchas décadas de política, de filosofía humanista, de sexo libre, de mucha ciencia y técnica, de mundo sin ley por exceso de ley, ahora lo que horroriza es la vida. Nos vemos miedosos de la libertad que los otros tienen para matarnos, de la autoridad que los otros tienen para educarnos, pero todavía dudamos a la hora de si dejarnos conducir a los pastos de hierba fresca que nos prometen unos u otros o desconfiar de cualquier iluminado “pastor del ser” que nos bañe con su luz científica, filosófica o política. Ya no nos fiamos ni de la madre que nos parió. La incapacidad de relacionarse, la falta de identidad, la angustia ante la soledad: el frío que hace ahí fuera es sobrecogedor. Y la calefacción que inventamos contamina el planeta, los cuerpos se vuelven enfermos, venenosos, sidosos, zombis: la autonomía que nos prometió Kant que “ya” llegaba con el atrevimiento, el orgullo y la soberbia de una sociedad civil madura, se ha convertido en psico-dependencias, esclavitud y neurosis, privadas y colectivas. Esa supuesta y deseada autonomía no es más que caos de opiniones encontradas e irreconciliables.

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The Source, de la serie Burn Season del matrimonio de artistas Robert and Shana ParkeHarrison (c).

Un paseo por el gabinete de un psicólogo o un psiquiatra nos da la idea de que no es nada exagerado esto que estoy diciendo. Nadie sabe nada aunque todos pretenden ser gestores exitosos del conflicto que nos envuelve en todos los órdenes. Un paseo por las estadísticas de suicidios, de alcohólicos, de drogodependientes… Un paseo por los periódicos que nos muestran que el cumplimiento perfecto del decálogo de los nuevos fariseos es un hecho consumado, que juzgan el comino y pasan el camello… Un paseo por los medios de comunicación, por los parlamentos de todo el mundo nos habla de un caos ininteligible y una exclamación brota en nuestro subconsciente: “es lo que hay”.

Nos basta: todo el mundo  –al menos la masa mayoritaria– deshonra a sus padres enviándolos por su bienestar –eso sí– a la residencia de ancianos o más “compasivamente” está pronta para votar el suicidio asistido; todo el mundo ha perdido el respeto por el descanso; todo el mundo ha convertido la fiesta en estrés; todo el mundo mata, roba, y su ética consiste en hacerlo para que no le pillen; todo el mundo adultera, miente, desea lo del prójimo… Basta analizar las manifestaciones que los psiquiatras hacen de las ansias y las fobias en sus estudios, para ver la mejora sustancial de vida que nos ha aportado el orgullo dionisíaco que se desató con el rechazo del cristianismo. De los panegíricos de Maquiavelo a Voltaire, pasando por los grandes profetas: Nietzsche, Marx, Lenin, Heidegger,  Sartre y su Beauvoir, a los alegatos de libertad, democracia, e ironía, de los nuevos posmodernos lo único que ha cambiado es el punto focal del miedo. Los nuevos miedos  de hoy en día se encuentran en  entre nosotros, los nuevos fantasmas que nos quitan el sueño (aunque para eso tenemos pastillas, ansiolíticos, Valium, programas narcóticos de televisión, futbol y drogas –debemos dar gracias a ese Dios defenestrado que respeta nuestra capacidad infinita de alienación–) nos han traído “cierta”  confusión. La perniciosa tendencia a confundir la realidad con los fantasmas, ha tomado una consistencia tal que lleva a los psiquiatras, a las universidades y a los políticos a organizar grandes encuentros mundiales de investigación de los casos que están fuera de control. Acabaríamos antes si solo pensásemos los que parecen estar controlados: ninguno.

Miedos a perder la relación con la única persona que un día (por interés, por miedo a la soledad, por romanticismo, por todo, por nada) me dijo que me quería… por eso ahora la mato –y lo llamamos violencia de género–. Y por miedo a perder el trabajo me auto-exploto, –y lo llamamos capitalismo salvaje–; por miedo a perder la seguridad que me ofrece el Estado, lo adoro y me hago su esclavo –y lo llamamos Estado del Bienestar–; por miedo a no ser o a la soledad me hago un perfil de Facebook mentiroso –y lo llamamos redes sociales–; por miedo al vértigo que me provoca el misterio incomprensible del “otro” y sus “otredades”, a su libertad, a la soledad me acompaño de miles de “amigos” sin rostro tridimensional en la red –y lo llamamos identidad digital–. Miedos acompañados de estrés, vulnerabilidad, emotividad a flor de piel, agotamiento, crisis económica por la falta de ética de muchos. La solución es huir hacia adelante: todos roban, yo también robaré; todos adulteran: yo también adulteraré; todos deshonran, yo también deshonrare, todos juzgan, acusan, reivindican, yo también reclamaré mis derechos; todos desean lo que el otro ostenta, yo también, nadie siente deberes: yo no voy a ser menos.

Terrorem meum in intimo

Nadie se reconocerá en lo que estoy diciendo. No se reconoce un miedo generalizado y de masas, tan solo cierto espasmo temporal cuando un atentado o una catástrofe nos asola… pero dura un segundo de sobrecogimiento, porque inmediatamente podemos cambiar de canal y ver a un “payaso” –hoy “comentaristas”- haciéndonos sonreír aireando de las miserias de otros. Los peces no saben del agua, viven en ella, saben del aire, donde no pueden vivir.

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Ese es el problema, por eso no buscamos soluciones. Se trata de pequeños-grandes terrores íntimos que, con extrema facilidad nos obsesionan, pero tan sutil, tan cotidianamente, que aprendemos a vivir con ellos, los somatizamos, los amamos, nos consuelan: un pequeño lamento, un pequeño malestar es tolerable, un lengüetazo de placer nos lo calma, como los perros que se lamen sus heridas, porque mientras pienso en él, los cadáveres que caen a mi lado no adquieren significación, no me exigen responsabilidad, no me inquietan, pero estas pequeñas incomodidades logran apoderarse de la mente. Jean Michel Oughourlian dice en su libro La génesis del deseo, que su consulta está llena de gente triste que sufre sin saber por qué, sin poder objetivar la causa de su dolor. Lo que hoy nos atormenta es el miedo del miedo.

La mujer de Julio César, Calpurnia, le advirtió en la víspera de su asesinato de la conspiración que se cernía sobre él. César respondió:

“No debemos tener miedo del miedo”.

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Oughourlian nos advierte: por el miedo que tenemos al miedo generamos relaciones enfermizas, falsas identidades, pérdidas de autonomía, pequeños sufrimientos que se transforman en ansiedades insoportables. Dupuy nos alerta en la Metafísica de los tsunamis, que del pánico nadie estamos libres. Pero antes el pánico tenía su justificación: terremotos, guerras, volcanes… hoy una mala mirada, una expulsión del trabajo, un pequeño contratiempo, un lunar analizable, un bulto en el pecho, un pequeño movimiento del gobierno de turno que deje entrever la debilidad congénita de Papá Estado hace temblar a los niños y provoca un tsunami. ¿De dónde viene esto?

Esta pregunta merece un segundo post.

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Cristo y la huelga general del 29 de marzo

Por Desiderio Parrilla, 20 de marzo de 2012

El katechon es un concepto clave de la Revelación evangélica.  Es un término griego que debe pronunciarse katéjon, es el participio presente del verbo katecho (katécho) que significa: retener, agarrar, impedir.

Es el apóstol San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses, versículos 6 y 7, quien lo utiliza por primera vez como idea de obstáculo, de impedimento, a la venida del Anticristo.

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Veinte siglos después, es el filósofo del derecho y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985) quien en varios trabajos suyos recupera la idea de katechon otorgándole una significación política.

Katechon, por tanto, es aquello que contiene el desbocamiento total de Satanás. René Girard muestra el aspecto antropológico de esta categoría inicialmente teológica: el katechon es lo que mantiene a raya nuestras violencias, de modo que la violencia humana, satánica y sacrificial, se mantiene contenida dentro del control de ciertos límites.

Pero este katechon no es la Iglesia, sino una institución mundana, puesto que contiene la violencia mediante la propia violencia. Mediante una violencia mesurada se impide el desbocamiento violento total.

Para Jean-Pierre Dupuy, un discípulo de René Girard, el katechon actual es el mercado capitalista postindustrial. El mercado capitalista de la sociedad global es el que contiene la violencia en este doble sentido. El capitalismo global contiene y limita la violencia mediante la competitividad regulada y la producción pletórica de artículos de consumo.

Como este autor muestra en su libro El sacrificio y la envidia, los consumidores no luchan a muerte por los mismos productos, ya que las empresas producen una cantidad ingente de productos. La abundancia de artículos de consumo acaba con la escasez que empuja a los hombres a competir por el mismo objeto en la lucha por la vida. La abundancia de bienes producidos hace que nadie necesite pelear por adquirir esos productos. El problema se traslada más bien hacia la competitividad por alcanzar los puestos de trabajo que posibilitan esta capacidad adquisitiva y de consumo, puesto que son más limitados. Sin embargo, esta lucha violenta por el puesto de trabajo tampoco ha originado violencias incontrolables en la sociedad, gracias a la creación del estado de bienestar, el keynesianismo social, la paga de desempleo, que permite consumir a un nivel excedentario, casi de lujo, aun cuando el sujeto esté desempleado, etc.

De esta manera, concluimos que el Estado de Bienestar ha sido el katechon de la violencia capitalista desde la II Guera Mundial hasta la caída de la URSS.

Efectivamente, este Estado de Bienestar surge de la influencia histórica de la plataforma geopolítica de la URSS. Para evitar la extensión del comunismo soviético marxista-leninista las democracias occidentales tuvieron que renunciar al capitalismo liberal estricto y potenciar la vía intermedia, o tercera vía, de la socialdemocracia oriunda de la República de Weimar. Lo propio cabe decir del New Deal norteamericano.

El estado de bienestar como modalidad eurocomunista, o socialdemócrata, surgió para contener la expansión de la URSS. Pero el estado de Bienestar no surgió de la buena voluntad de los políticos europeos, sino de una táctica de preservar esos países de la amenaza que la URSS suponía para esos mismos países. La URSS poseía una masa histórica considerable capaz de ejercer influencias y cambios en la plataforma capitalista de naturaleza calvinista cuyos centros de poder eran el floreciente imperio norteamericano de los EEUU y los restos del imperio británico y su Commonwealth.

En este sentido, la URSS contuvo durante su existencia la violencia capitalista. Por tanto se puede decir que la URSS fue el katechon del imperialismo protestante capitalista durante casi un siglo. Y el Estado de Bienestar europeo el katechon tanto de la URSS como del capitalismo liberal salvaje. Karl Scmitt afirmó que los EEUU y Churchill fueron el katechon durante la II Guerra Mundial frente al nazismo. Durante la posguerra consideraba que este papel lo siguieron ejerciendo estas plataformas protestantes.

Pero Schmitt no vivió lo suficiente para asistir al desarrollo pujante de estas plataformas capitalistas que a través de la carrera de armamentos, la Guerra de la Galaxias y la guerra fría, derrotaron a la URSS. En 1991 la URSS se disolvió, y con ella la última fuerza con alcance histórico-secular capaz de contener la violencia capitalista de corte liberal-protestante.

El capitalismo postindustrial venció a la URSS. Con su caída este capitalismo ha desmantelado en sólo 20 años las instituciones del Estado de Bienestar que convertían a Europa en un oasis laboral: jornada laboral de 8 horas de trabajo diarias, paga de desempleo asegurada, seguridad social, vacaciones pagadas, clase media pujante y solvente, etc. La actual crisis económica es un ciclo inflaccionario más del sistema capitalista que ya no tiene la URSS como dique de contención. Y este ciclo inflaccionario  está acabando con el Estado de Bienestar que limitaba la violencia feroz de todos contra todos propia del mercado capitalista en estado puro. Sólo hay que entrar en youtube y visionar las manifestaciones de Grecia para darse cuenta de ello.

Sin embargo, el motor que marca el ritmo mundial de producción ya no son sólo los EEUU sino el bloque asiático, especialmente China y la India. Este ritmo tecno-económico capitalista se extiende por todo el mundo en un proceso de aceleración enloquecido cuya correa de transmisión tiene su eje de alimentación en los ritmos productivos chinos: el obrero chino trabaja 16 horas diarias, tiene el camastro en el taller, duerme 7 horas y retoma el trabajo sin solución de continuidad y sólo tienen 2 días de vacaciones al año.

La agresividad y la violencia de este ritmo tecno-económico de capitalismo en estado puro esta´barriendo literalmente los modos comunitarios de vida que nos hacen humanos: con mayor intensidad en China, pero no con menos virulencia en los EEUU.

El sistema capitalista postindustrial barre totalmente las estructuras de parentesco y comunidad. Amenaza lo humano, lo pone en peligro de extinción. Y lo sustituye por el individualismo feroz y la razón instrumental.  Ya no hay tiempo más que para producir. Se disuelven los vínculos comunitarios: uno ya no es padre de tal o cual hijo, ni esposo de no sé quién, ni hijo de fulano ni de mengana, ni pertenece a tal estirpe o tal saga o a tal clan. No hay tiempo para cultivar este tipo de relaciones familiares amplias. En la sociedad rural y pre-industrial los ritmos económicos se subordinaban a los ritmos comunitarios de convivencia familiar: se vivía con los abuelos, la crianza se realizaba con los primos, los vecinos y amigos eran como de la familia, algunos quedaban vinculados cuasi-sanguíneamente a través de la figura de los padrinos o los compadres y comadres. Los maestros eran los segundos padres, los tíos tenían voz y voto en cada una de las casas del núcleo familiar cuyo centro eran los abuelos.

Estas estructuras comunitarias, que definen al ser humano, son disueltas progresivamente por la violencia agresiva y descontrolada del mercado capitalista allí donde no encuentra su limitación histórica del katechon: jornadas de trabajo de 50 horas de trabajo semanal, movilidad laboral absoluta, desaparición del domingo como día de descanso a través de la liberalización de horarios, salarios bajos que obligan a trabajar a ambos cónyuges que apenas coinciden en la casa por la flexibilidad laboral de horarios, etc, etc. En esto coinciden el Manchester del siglo XIX y el Nueva York del siglo XXI.

El capitalismo postindustrial actual no tiene su katechon. Nada limita con fuerza al capitalismo postsoviético cuyos motores son el bloque chino y el bloque capitalista de tradición anglo-protestante, así como su filial franco-alemana en Europa.

Ningún bloque geopolítico actual tiene fuerza para detener estas plataformas que movilizan el mundo y determinan sus ritmos destruyedo las estructuras comunitarias a su paso.

Iniciativas como la huelga general convocada para el próximo 29 de marzo son inútiles, no sirven de nada; están además fuera de la realidad: siguen anclados en esquemas previos a la caída de la URSS. No se dan cuenta de la consecuencia tan enorme que ha tenido la caída de la URSS. El katechon que mantenía a raya la violencia capitalista mediante la violencia soviética ha caído, ya no existe. Ahora la violencia liberal con todo sus efectos (nihilismo, desocialización de lo social, disolución de los referentes educativos y de autoridad, etc.) campan a sus anchas y el izquierdismo es más un reconocimiento de una impotencia y una ignorancia supina que una muestra de poder y sabiduría.

El único bloque que podría mantener a raya la violencia capitalista sería aquel que mantuviera a salvo las tradiciones que, precisamente, el capitalismo liberal hace peligrar: como las estructuras comunitarias, las leyes de parentesco y los vínculos familiares intergeneracionales. Este bloque para ejercer de límite, o katechon contra la violencia capitalista, debería ser también un bloque ajeno a las tradiciones protestantes y maoístas.

Por tanto este bloque sólo podría dominar al capital si fuera enemigo de la contracultura y los movimientos antisistema surgidos del conflicto chino-soviético (revolución sexal y cultural, antipsiquiatría, muerte de la familia, eclipse del padre, posmodernidad, etc.), por cuanto son estelas el maoísmo chino que actualmente es el motor del mercado capitalista: Thatcher y Mao van de la mano. Y para muestra remito a la campaña publicitaria de Loewe para el año 2012-2013, o al libro Rebelarse Vende de Joseph Heath y Andrew Potter (2004).

Para ejercer de katechon contra el capitalismo este bloque geopolítico deberá además ser incompatible con el individualismo e irracionalismo emotivista protestante, donde coinciden EEUU, Alemania e Inglaterra.

Este bloque sólo puede ser el bloque de la hispanidad, las naciones  de área hispanoamericana, de tradición cultural católica y mayoritariamente hispano-hablantes.

Sólo esta plataforma hispana tendría suficiente potencia para contener el capitalismo salvaje liberal, por sus características demográficas (400 millones de almas), lingüísticas (el español como tercer lengua más usada en internet en 2010 con 154 millones de usuarios), históricas (la historia común de cuatro siglos) y por su esencia católica, comunitaria, incompatible con los usos individualistas del mercado capitalista de corte calvinista.

Sólo este bloque está ya unido por la lengua y la cultura, comparte estructuras sociales fuertemente comunitarias, y posee instituciones políticas o económicas consolidadas (OEA, Mercosur, CELAC, ALBA).

Además, las diferentes naciones de esta plataforma geopolítica están vinculadas en su totalidad por la institución metapolítica de la Iglesia católico-romana a través de la sucesión apostólica de los obispos en las diferentes diócesis hispanoamericanas, lo que asegura la perpetuación de estas estructuras comunitarias mediante el munus docendi eclesiástico y su labor pastoral intensa y ampliamente extendida por toda la masa social. La unidad de estos obispos se robustece además gracias a la CELAM, y el Documento de Aparecida.

A ellos nos dirigimos usando el viejo lema marxista: hispanos de todas las naciones católicas del mundo, uníos.

El enemigo común es terrible y hay que contenerlo ya, antes de que acabe con todo lo que define lo humano desde sus orígenes. Sólo entonces el capitalismo posindustrial tendrá su katechon, tan necesario y urgente, que actualmente no posee.

Las medidas de izquierdismo situacionista y trotskismo barato contra el capitalismo actual son ridículas. Su entrismo ideológico en los mass-media (La Sexta), la huelga general de los sindicatos mayoritarios para el 29 de marzo y su “revolución permanente” (los indignados, 15-M) son como querer detener tanques lanzándoles alfileres.

¡Católicos de todas las naciones hispanas de la tierra, uníos!

Uníos para controlar con firmeza esta hidra de violencia inhumana y voraz que es el capitalismo postindustrial que nos está llevando a la catástrofe antropológica más grave de la historia desde la caída del Imperio romano.

A ti remitimos la justicia, ¡Ven Señor, Jesús!

Camps, Garzón, Job & Cía (II)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 24 de febrero de 2012. 

Garzón el chivo expiatorio del propio mecanismo expiatorio inaugurado por él.

Los ritos primaverales, dionisiacos o saturnales, Apis o Pan, Prajapati o Purusha,  en su origen son expresiones del tránsito de la muerte a la vida, del invierno a la primavera exuberante que nos regala la vida.

Ritos que descuartizan víctimas expiatorias que luego son divinizadas y van tomando esos nombres. La construcción social –Durkheim–  de esas divinidades no deja lugar a dudas.  Irrumpen en el momento adecuado, crean el caos, remueven los cimentos del orden social, liberan las tensiones rompiendo las reglas, alterando la falsa y tensa paz inestable de las sociedades que asolan, y luego estas, en revancha, los descuartizan –diasparagmos–  se los comen, incluso, y retorna el orden espurio en que la sociedad solía estar. La evolución de estos episodios hacia ritos repetitivos y folclores varios delatan la intrínseca relación entre la sangre de una víctima y la paz. El pharmakon –Platón y Derrida van de la mano en la detección y en la impotencia de comprender la transcendencia de esta figura social que envenena y cura a la sociedad a la que pertenece– tiene mil caras. Estoy hablando de del Héroe de las mil caras de Joseph Campbell , o del hombre perverso que sigue la ruta antigua de Girard, ese personaje que es encumbrado por la masa como un Dios y que luego es carne del festín de una fiesta caníbal.

En todos los casos esos dioses victimizados retoñan una y otra vez cíclicamente. Destapan sus cadáveres y se configuran con nuevos rostros, pero al poco tiempo la sociedad los identifica con las sucesivas encarnaciones del mismo Dios primigenio.

En los tiempos modernos nos sentimos –oh ignorancia– libres de estos relatos-historias-eventos.  Justo cuando más plagados de ellos estamos. Levantar cadáveres que dormitan en el sueño de los justos en sus tumbas es el reclamo de Dionisios Dioniso, levantar la venganza para saciar la sed de revancha. ¡Qué peligroso! Los parapetos sociales que contenían esa ansia de revancha son débiles. Lo religioso primitivo tenía esa función: canalizar ese toma y daca rival interminable de los clanes, pueblos y tribus –o partidos políticos, clases sociales…– con desavenencias ancestrales y que reverdecían de cuando en cuando. La religión civil de la democracia parlamentaria, por la razón comprende ese mecanismo de contención de la venganza con leyes, amnistías, transiciones, pero la razón es débil para contener a la masa. Como decía Canetti, cuando la masa se pone marcha, sale a cazar, a linchar. Ese monstruo mitológico, legión lo llaman algunos, que es Fuenteovejuna, se ha despertado en esta aldea global, los medios de comunicación tocan a rebato: indignados, educadores, parados, sindicalistas, desfavorecidos del mundo entero, unidos, están reivindicando su momento de gloria, su fiesta dionisiaca: la venganza. Buscan sangre, un chivo expiatorio a quién sacrificar, un mártir a quien dedicarle una calle, para que la nueva savia recorra las calles apagadas, desmotivadas, dormidas.

Garzón quiso despertar a los vencidos, a los que no pudieron contar la historia, se quiso poner del  lado del lado de las víctimas, de los que no tuvieron voz en el franquismo. Ser la voz del pueblo. Lo hubiera logrado si hubiera conseguido la unanimidad, la uniformidad de masa. Pero esa unanimidad sólo se consigue en el “todos contra uno” –contraria sunt circa idem-, no se dio cuenta de que en esta aldea global, en este pequeño pueblo país los vecinos siguen siendo rivales. La democracia ha canalizado el que cuatro u ocho años uno, y cuatro u ocho años otro, sea decapitado -sufragio como decapitación (Cf. Pour un catastrophisme éclairé de J.P Dupuy).  Ahora me toca a mi vengarme, ahora te toca a ti, eso sí, de forma civilizada, pero no es más que la vieja fórmula de la guerra civil: todos contra todos, hasta que encontremos a uno que pague por todos. El problema es que eso es cada día más difícil: después de Cristo y del Holocausto judío, encontrar a un inocente que polarice las miradas de todos y los congregue para matar-sacrificar es casi imposible; ya todos saben que nadie parte de cero o de la inocencia para reivindicar la justicia, que toda la justicia está contaminada, que todo es pereza intelectual, histórica, para ir hasta el fondo y ver que nadie es justo.  Lo que hay es que cada rival tiene su chivo expiatorio y que el cazador es cazado por la jauría del otro. Eso es el pobre Garzón.  Cayó en su propia trampa: creerse juez de vivos y muertos –que literal me ha quedado esto–. Algo que sólo corresponde a Dios… o… ¡¿será ese el problema?!: que se ha  creído su propia divinización mediática.  Pues si es la reencarnación de Dionisos Dioniso, a éste sólo le quedaba la descuartización después de la orgía de sangre, luego…

Todo el mundo “sabe pero no quiere reconocerlo” (méconnaissance), la estúpida circularidad de las denuncias humanas, de las salidas a cazar de la masa, del ahora tú, mañana yo. Pero si está regulado es un juego tolerable –por impotencia-, hoy caen cuatro míos, mañana cinco tuyos y pasado viceversa. ¿No nos basta la reglamentación democrática, que reparte de manera alícuota la venganza y sacia la sed de sangre periódicamente, que nos podemos permitir el lujo de dejar que francotiradores descerebrados –porque no saben lo peligroso que su juego de ruleta rusa- empiecen a pegar tiros por aquí y por allá, indiscriminadamente  salgan de cacería, jueguen con el fuego y prendan el bosque, por pura vanidad?  No estamos para juegos y excesos. No es tiempo de ordalías, aunque vivamos en un permanente carnaval dionisiaco, no hay capacidad para soportar el exceso, por mucho famoso pregonero que lo airee.

No obstante, tampoco pienso en él como un hombre malvado, como en el reverso tenebroso de Camps, son hombres declarados perversos por su propio pueblo, pero no saben lo que significa esa “perversión”. Perdónalos Dios mío, porque no saben lo que hacen, obran por ignorancia. O por méconnaissance.

Lo de Londres, lo de África, lo del Noruego y lo de Madrid

Por Ángel Barahona Plaza

Todos los sucesos necesitan una teoría que los interprete. Este es uno de los puntos débiles del naturalismo… Si es consecuente en este caos de lo social –no menor que el de las ciencias naturales- todo sucede porque sucede, sin explicación racional, de manera casual, sin más perspectivas de comprensión que la regularidad. Desde Hume venimos creyendo esto pero sin ser consecuentes. El puro empiricismo no nos puede decir otra cosa. Los sucesos del mundo no tienen nexos causales explicativos, son aleatorios, y lo único que nos permite sospechar un orden es su repetición, su machacona y contumaz regularidad, pero tampoco tenemos garantías de que ese conato de orden permanezca o se estabilice para siempre, para que se pueda convertir en ley científica. Esto es así para la genética, la neurociencia, la física, y hasta la economía, la historia, etc. –fíjense en donde pongo el “hasta”-. El protagonista shakespeariano tenía razón: la historia es el relato de un loco lleno de furia y de rabia, o, tal vez, como Chesterton nos quiere decir en el pasaje del Padre Brown en el que un pobre loco se encuentra atado a un árbol en medio de una tormenta…  todo forme parte de una teoría, de la que no sepamos encontrar las claves.
Aquí los naturalistas, materialistas, marxistas,  positivistas, no son coherentes… porque tendrían que decir lo que he dicho al principio y callar para siempre. Pero no. Dan explicaciones de todo tipo. Casi todo lo que dicen es en parte verdad, pero sólo en una pequeña parte: que si el malestar del desarraigo, que si las desigualdades económicas, que si el efecto de la educación multicultural fracasada, etc., etc. Pero creo sinceramente en que no deberían decir nada puesto que el materialismo coherente debería no incluir ningún criterio racional en los sucesos del mundo. En cuanto crean en un criterio racional se les va a colar el monstruo divino y van a tener un problema, o nos van a matar a todos para ajustarnos a su concepción inequívoca del mundo..
Se pueden esgrimir algunos argumentos.  No pretendo, argumentando a la contra, la racionalización absoluta, pero sí creo que es fácil encontrar unas razones plausibles que pongan un poco de orden.
Estamos últimamente viendo que hay terroristas de cultura occidental, que el Efecto dominó…” href=”https://xiphiasgladius.wordpress.com/2011/02/15/efecto-domino/”>efecto dominó ha llevado a una oleada o cadena de movimientos juveniles en el Norte de África. Que los jóvenes quedan en la puerta del Sol para protestar indignados por no sé qué situación – el motivo es lo de menos – para incoar algaradas multitudinarias, como quedan en  la Estación Central de Nueva York para bailar a lo Michael Jackson o montan un flash mob en cualquier lado vestidos a lo Elvis o de Bola de Dragón.
No hace falta leer a René Girard (El origen de la cultura, Trotta) y a Jean Pierre Dupuy (El pánico, Gedisa), o a Elías Canetti (Masa y poder, Galaxia Gutenberg), para entender  que se trata de un juego mimético. Sí, existe una ley, no sólo una regularidad. Los jóvenes de la sociedad de masas imitan. La imitación, antes que la racionalidad, es constitutivamente lo más humano de lo humano. Es una pena que a los materialistas sólo les atraiga de esta teoría el descubrimiento –de corte naturalista- de las neuronas espejo. El ser humano imita cualquier gesto que pueda sugerir que el modelo, el líder, ha encontrado un sentido direccional a la acción en medio del caos que nos da vértigo. ¡Hay que seguirle de inmediato! Cuando se ve que esa oferta de salvación es como todas: efímera, puntual, y que  arrastra irremediablemente al caos y a la violencia… ya es demasiado tarde. Entonces los analistas y el gobierno buscan una causa culpable… Debaten, dirimen, discriminan, diseccionan, toman medidas… La economía, la educación y vuelta a  empezar hasta el próximo movimiento flash mob, crowd, de masa anodina. Hay una racional racionalidad en la masa: el hombre imita a su hermano. Es verdad,  aquí la contribución del marxismo es oportuna: la desigualdad de clases, el convivir con un vecino al que la vida le va bien, la multicultural vivencia de la injusticia por cuestiones de raza, nacimiento… ¡Qué va, que no pretenda tamaña originalidad! El marxismo es la enésima versión del Génesis: la envidia es mimética. Tal vez Nietzsche nos lo explique: los esclavos se rebelan, los últimos hombres llenos de lujuria, de deseo de poseer  el poder de los señores, el resentimiento… ¡Qué va, el hijo del pastor protestante, Nietzsche, sólo bebe de la misma fuente que el hijo del judío mal convertido: el Génesis! Los hombres, que han matado a Dios, se envidian y rivalizan hasta importarles nada la vida del otro. Los dioses se matan entre ellos, se odian, resienten una y otra vez que el azar-destino-fatum  les ha tratado mal. Si fueran consecuentes con su propia teoría…, como no lo son, siguen imputando a Dios la culpa de su mal, pero como lo que tienen de él a mano son los creyentes…-  se manifiestan contra él  asediando a los cristianos. Nuestro problema consiste simplemente en que todavía creemos en una razón para entender el caos, en que el sufrimiento tiene un escandaloso sentido, que la libertad reporta injusticia pero la genial posibilidad de neutralizarla juntos, que la causa de todo los males es la envidia mimética.
Algunos se quemaron intentando comprobar que no había regularidad causal en el fuego (muertos, heridos, encarcelados), pero da igual, de inmediato buscamos otro modelo digno de ser imitado. Luego los medios  se encargan de extender como la pólvora la sugestión. No pasa nada, mañana habrá otra genial idea para imitar que nos saque del aburrimiento.
Lo malo que se empieza a repetir mucho la regularidad de que los retrógrados que “todavía creen” tienen la culpa de algo…
¿Qué tendrá que ver Londres, con el Noruego, con el Norte de África, con las protestas por la visita del Papa? Nada, pero son los falsos protagonistas los que se empeñan en la teoría: economía, desigualdad, injusticia, política… la derecha, la religión. La izquierda posee la verdad: la culpa siempre la tiene el otro.
A nosotros nos posee ella, y nos dejamos poseer: todo está escrito. No estoy hablando de religión, ni de sobrenaturalismo. Es muy sencillo, se encuentra en el Génesis (J-M Oughourlian, La génesis del deseo): envidia de tener un modelo realmente digno y coherente, envidia de tener esperanza fundada, envidia de que a mi hermano le caiga mejor la chaqueta, genera en mi hermano –al que amaré aunque me mate- resentimiento, malestar en él y en su cultura.  Y el final también lo sabemos: nuestra propia teoría dice que en cada generación hay que elegir. Si se rechaza a Cristo tienes a Barrabás, el hijo de la violencia. La historia es muy sencilla, creemos nuestra propia teoría, no vale nada, pero es que es tan predictiva.  Caín, tu hermano no tiene nada contra ti, ni tiene la culpar de tus males. ¡Déjale en paz, hijo mío!

>Fukushima y la presencia de lo peor

>La presencia de lo peor en forma de radiación, que es la forma científica y moderna de los espíritus malignos que ni se tocan ni se ven, pero que poseen la carne de uno con la misma virulencia que el mismo Belcebú, esa presencia es la que se palpa en Japón, sin duda. Nosotros sólo la vemos de lejos, la notamos a través de las pantallas (esas otras radiaciones). Lo inimaginable ha ocurrido, convertido por arte de magia en lo que todos sabían que iba a ocurrir, lo que algunos sabían y ocultaban por interés, lo que otros sabían y querían ignorar (how many times can a man turn his head / pretending he just doesn’t see…?), y lo que, en general todos vivimos sin considerar.

Las reflexiones de Dupuy sobre el catastrofismo [es necesario hacer una lectura detenida de sus tesis neocatastrofistas, expuestas en Petite métaphysique des tsunamis y en Pour un catastrophisme éclairé; un excelente resumen de sus tesis en el blog tecnocidanos], teorías de lo improbable y de la complejidad (vía E. Morin, Valera y otros) podrán iluminar, pero siempre a posteriori, los sucesos y la presencia de lo peor en Japón estos días.

Desde una perspectiva filosófica, es curioso que ya no se susciten los debates voltarianos que provocó en el siglo XVIII el terremoto de Lisboa en torno a la existencia de Dios, la bondad del mundo, y otras cuestiones a las que ya nos hemos acostumbrado. Bajo nuevos nombres, sin embargo, las cuestiones son las mismas: poner nombre al mal, buscar culpables (para unos los nucleares, para otros, la naturaleza divinizada que se venga, para otros, casi todos, un vacío que llenamos con lo que sea). También hay héroes, o los había hasta ayer, con nombre de película (que se hará necesariamente para crear el mito): los 50 de Fukushima (los samurais, los héroes, el lenguaje épico se desparrama por internet, sobre todo desde que se sabe que morirán a causa de las radiaciones). [Adenda: un amigo me comentaba ayer la posibilidad de un castigo de Dios en todo esto. Aún no salgo de mi perplejidad. Algo en mí se rebela a pensar en un Dios-terremoto. Prefiero el Dios menesteroso de las vícitmas]

Lo curioso es que el escenario ya había sido dibujado cientos de veces por el manga japonés: Tokio postapocalíptico, Japón nuclear, historias sobre lo que ha sucedido que ya han sido contadas de modo obsesivo por los nipones. Sería interesante analizar el imaginario de la catástrofe nuclear y del mal en la ficción japonesa. Estoy convencido de que encontraríamos muchas sorpresas.

Ponernos en lo peor para tomar decisiones es el resumen de las tesis neocatastrofistas. Los nuevos mitos de la ciencia y del progreso, alentados por un capitalismo que no sabe mirar atrás, se nos presentan bajo un lenguaje ya ni veladamente religioso. Pero religioso sagrado, violento. Quién sabe qué nuevas víctimas nos pedirá este altar (¿de la ciencia, del progreso?). Lo que es indudable es que parece un dios insaciable.