¿Por qué existen las guerras? (III)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. Concluimos con este tercer post sobre la naturaleza de las guerras una reflexión necesaria antes de emitir un juicio sobre el conflicto sirio. 

La cultura judeo-cristiana tiene la rara virtud de hacernos hipersensibles a la inmoralidad de una violencia injusta aplicada a las víctimas. Girard nos pone en las manos el método para comprender lo que está pasando: nos abre uno de los sellos de la tradición escrituraria judeo-cristiana. Dos hermanos llegan ante Jesús, uno de ellos reivindica que dirima entre ellos sobre un tema de herencias. Jesús no toma partido: ¿Quién me ha constituido juez entre vosotros? Denuncia de inmediato la idolatría de ambos por el dinero. Idénticos en la pretensión de sobrepujar por encima del otro, y, en caso de miedo o prevención hacia el otro, por lo menos, repartir, distribuir equitativamente, recurriendo a un mediador. Pero Este principio de simetría tiene que ser denunciado. Es el principio satánico de la acusación y de la división, es la lógica heracliteana, es la lógica del marxismo, del nihilismo, del capitalismo, de las religiones arcaicas –entre las que se encuentran anclados algunos de nuestros hermanos musulmanes–, la lógica heideggeriana. Y frente a ella solo otra lógica cabe: la del Logos del amor, la del logos joánico. En esas lógicas de la reciprocidad, los muertos de Nueva York compensan los muertos de Irak, de Afganistán, hasta de Hiroshima. El término japonés, Kamikaze, redunda en esa universal y espectral sensación de que todo tiene que ser vengado, resarcido. Que siempre hay una violencia última y legítima contra alguien, y que el sacrificio definitivo requiere la muerte del verdugo en el mismo ara que la víctimas. El todos contra uno solo es un momento en el camino del todos contra todos.

¿Pero en esta ulterior violencia quién es víctima de quién? Todo el planeta está lleno de altares consagrados al sacrificio expiatorio, a la violencia exaltada en el éxtasis de la víctima ideal, la esperada, aquella que con su muerte traerá definitivamente la paz. La Zona Cero, Hiroshima, o El Cairo, Damasco, o Madrid, todo está lleno de monumentos a los muertos, beteles, altares, cuyo recuerdo espera…el momento oportuno para la venganza. Pero esta chocará contra la misma piedra de siempre, la piedra angular que denuncia que todos somos unos criminales y que creemos que la viña es para nosotros, y que el sacrifico final nos dará la paz. De esa piedra angular buscada por todos pero rechazada,  ha sido revelado que era rechazada porque era inocente; desamortizaba nuestra sed de culpa para poder descargar y saciar nuestra sed de catarsis, de echar fuera la violencia y el resentimiento que llevamos dentro. Ya no se pueden distinguir los terroristas de las víctimas, ya no se puede distinguir a Caín de Abel,  es  una metáfora morbosa pero exacta que los que se inmolan lo hagan en el altar de las víctimas, con ellas. Los mártires del universo musulmán lo han entendido muy bien: se victimizan a sí mismos como verdugos cerrando el ciclo de la fe en la violencia.

Caín y Abel_Chagall

¿Quién tiene razón en Egipto? ¿Quién tiene más legitimidad en Siria: el conocido tirano o los que aspiran a la tiranía, aunque la revistan de democracia? ¿Quién tenía razón en Libia? ¿En Irak? ¿En Irán? ¿El cambio del Sha Mohamed Reza Pahlevi derrocado, y con el tiempo y algún tirano intermedio, sustituido por Mahmud Ahmadineyad ha supuesto algo? Sólo ha cambiado, de momento, el nombre de las víctimas ¿Pero cuál de ellas es más culpable o más inocente? Es comprometido afirmar esto porque nuestro esquema de comprensión del mundo consiste en estar nosotros entre los inocentes y los otros entre los culpables. Nosotros entre los buenos y los otros entre los malvados. Pero hay que cambiar el sistema: unos y otros, solo son hermanos mitológicos.

Cristo ha venido a desvelar al príncipe de la mentira que nos tiene subyugados por esta espectral creencia de que mi hermano es culpable de mi desgracia.

De Imitatione Christi

Por Desiderio Parrilla, 29 de agosto de 2011

A principios de los años ´70 Klaus Kinski (1926-1991) realizó una “experiencia teatral” de cierto interés. Llevó a cabo una serie de polémicas presentaciones teatrales conocidas como “Jesus Christus Erlöser” o simplemente “Jesus Tour”, en las que enfrentaba abierta y hostilmente al público, se autoproclamaba el mesías e incitaba la reacción visceral del auditorio con toda suerte de provocaciones. Los guiones completos de sus presentaciones, así como su grabación en audio, se conservan. El momento más célebre de esta presentación se puede encontrar en el documental biográfico Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999), de Werner Herzog. Cada velada se reducida esencialmente a una larga sesión recitativa donde el actor se limitaba a proclamar algunos pasajes de los Evangelios.

Para desarrollar el proyecto, Klaus Kinski aplicó elementos del teatro experimental de Jerzy Grotowski y recursos del “teatro de la crueldad”, siendo el más evidente la interacción con, o contra, el público. Sin embargo, este “experimento teatral” era además una especie de laboratorio para demostrar la falsedad del método teatral de Constantin Stanislawski. El llamado “método Stanislavski” consiste básicamente en hacer que el actor experimente durante la ejecución del papel emociones semejantes, parecidas a las que experimenta el personaje interpretado; para ello se recurre a ejercicios que estimulan la imaginación, la capacidad de improvisación, la relajación muscular, la respuesta inmediata a una situación imprevista, la reproducción de emociones experimentadas en el pasado, la claridad en la emisión verbal, la empatía absoluta, etc. Klaus Kinski quería demostrar que este método era falso, ya que nadie podía, según Kinski, imitar a Cristo con un método ni “actuar” (en su doble sentido) como Él actuaba cerrándose sobre sus propios límites y confiando exclusivamente en las propias fuerzas o la propia inteligencia. Indirectamente se demostraba la falsedad de todo tipo de mesianismo, fuera éste teatral, político, moral, cultural o estético, de derechas o de izquierdas, confesional o ateo, cristiano o anticristiano, conservador o revolucionario, etc.

La “experiencia teatral” fue un banco de pruebas donde, efectivamente, el actor no logró identificarse con Cristo ni convertirse en San Ginés ni en el protagonista del “Jesús de Montreal”, por citar dos casos de mimetismo teologal similares. Al final de las representaciones aparecía un Kinski francamente aturdido, cansado y agobiado, tras la infructuosa representación. Parecerse a Cristo, imitarlo sin el auxilio de la gracia, desemboca sencillamente en una farsa, su antítesis perfecta. Ciertamente, el demonio ha sido calificado por la Tradición como la “mona de Dios”. La obra es el anti-Kempis.

He aquí una de las veladas más significativas del evento:

Klaus Kinski no consigue identificarse con Cristo pero tampoco identifica a Cristo en el otro. La obra sólo desencadena violencia. En varias ocasiones el público pretende agredirle físicamente. Le insultan e insulta. Devuelve mal por mal. El escándalo lo domina todo y la obra se convierte en una sucesión alternada de reproches, golpe y contragolpe, en una espiral violenta donde sólo prima la incomunicación y el “tu quoque”. El público se amotina y, unánime, pretende expulsar del escenario a Kinski, quien impreca a sus adversarios con las exhortaciones parenéticas más inflamadas del Evangelio. Sin duda, los errores doctrinales en los que Kinski incurre a lo largo de la obra son numerosos pero eso no impide que su uso de los diversos pasajes del Evangelio que condenan la violencia sean acertados. Los ateos, maoístas, sesentaiochistas y partidarios de la revolución violenta, abundan entre el público. KInski los increpa con los pasajes del Evangelio. Entonces la violencia llega hasta el paroxismo. La policía le aconseja suspender la representación y Kinski accede.

Como en la obra de Sartre A puerta cerrada cada hombre sólo ha revelado los defectos de su prójimo, incapaz de redimir al otro o de redimirse a sí mismo de ese fracaso existencial, de esa convivencia desgraciada, que no es ni mejor ni peor que la soledad sino que es la soledad misma: el infierno son los otros. Kinski trata de escapar de este infierno violento de incomunicación. Trata de recuperar una y otra vez el guión pero es incapaz de decir nada verdadero de Cristo, sólo incurre en una ecolalia de “disco rayado” que sólo sabe repetirse a sí mismo sin pasar al otro. Su frustración es máxima, y al finalizar el drama deambula, cansado y abatido, entre un pequeño grupo de espectadores.

El actor se ha esforzado al máximo en interiorizar el papel de Cristo, identificarse con Él, ser uno con Él, por sus solas fuerzas; y, claro, concluye la obra sin lograrlo. Porque tal comunión no es cuestión de puños. Sin el don del Espíritu santo, sin esta gracia señalada, el Verbo, el Lógos verdadero, no se encarna y el actor es sólo el “hombre hueco” de T. S. Elliot, poema que por cierto también es recitado por Kurtz en la girardiana Apocalipsis now [Eliot abre el poema con una cita de El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad en la que se basaría la película de Coppola]. Las palabras de los hombres huecos son sólo flatus vocis, verba volans, flores lanzadas al aire, meros borborismos.

“Somos los hombres huecos
Somos los hombres de trapo
Unos en otros apoyados
Con cabezas de paja. ¡Ay!
Nuestras voces resecas
Cuando cuchicheamos
Son quedas e insensatas
Como el viento en la hierba seca
O el paso de las ratas
Sobre los vidrios rotos
De nuestro sótano

Hechura informe, sombra sin color,
Fuerza paralizada, gesto sin movimiento;

Aquellos que han cruzado
Con la mirada fija, al otro Reino de la muerte
Nos recuerdan -si acaso- no como perdidas
Almas violentas, sino
Como los hombres huecos,
Los hombres rellenos.”
[Trad. de Jordi Doce, ed. Galaxia Gutenberg, con alguna modificación]

Este fenómeno cultural nos ayuda a entender ese error actual de un proyecto político de nueva cristiandad sin cristianismo. El pelagianismo de Klaus Kinski desemboca en un fracaso teatral donde el único protagonista ha sido la violencia. Este pelagianismo me hace pensar en los pelagianismos de derecha e izquierdas actuales. Pelagianismos que reivindican el cristianismo pero sólo nos traen violencia. Estos pelagianismos falsifican la esencia del cristianismo que es un acontecimiento de gracia, y no un proyecto humano por muy loable que éste sea. El pelagianismo de derechas reivindica el cristianismo como salvaguarda de los valores de la civilización occidental frente a la decadencia de esos mismos valores, mientras el pelagianismo de izquierdas reclama ese mismo cristianismo como pretexto para el compromiso moral o el activismo político en la sociedad globalizada.

Ambos pelagianismos me recuerdan a esas escenas del “Jesus tour” donde al final la noticia que se proclama no es la Buena Nueva de Jesucristo sino el reino de la violencia, con el cristianismo como pretexto para golpear al adversario.

Sin embargo, ese Klaus Kinski balbuciente y triste, fatigado y exhausto, que busca a Cristo en medio de las ruinas y el fracaso, ese pobre hombre que intuye ser una “oveja sin pastor” en medio de otras ovejas igualmente descarriadas, sí parece estar a punto para la súplica, la petición desgarrada de un momento de gracia. “Un corazón contrito y humillado, Señor, Tú no lo desprecias…”. Un corazón contrito y humillado el Señor no lo desprecia.

>La esponsalidad: oculta desde el principio

>Hablando de las cosas ocultas desde la fundación del mundo deseo hacer mi aportación, manifestando un descubrimiento, quizá el único ( pero todavía no completo) que he hecho en mi corta vida, y es que ya desde la fundación del mundo la vida de cada hombre tiene una finalidad esponsal.

Aprovechando el día de San Valentín, santo romano que fue martirizado en tiempos de Claudio II por casar a los soldados romanos en secreto, aquí os lanzo mi breve estudio, que desearía continuar algún día.