#Virginia: asesinatos, unanimidad y redes sociales

Por David García-Ramos, 27 de agosto de 2015.

En los informativos de la mañana de la cadena WDBJ7 se ha emitido un doble asesinato en directo. Cuando esto pasa, desgraciadamente, con relativa frecuencia en los USA, las reacciones como espectadores de oídas sin previsibles: oraciones, críticas a la falta de regulación de las armas en algunos estados norteamericanos, comparativa —y asombro por los parecidos— con precedentes masacres (este es el término utilizado), etc. A estas reacciones comprensibles y compartidas por todos —hay aquí una primera unanimidad— se ha añadido en los últimos tiempos un efecto particular: el consumo masivo de imágenes y vídeos relacionadas con la noticia a través de las redes sociales: twitter, facebook, instagram, YouTube…

Este comportamiento de lo que Byung-Chul Han ha denominado el enjambre digital, donde lo que prima es la velocidad, la transparencia y la cantidad (frente a narración y, por tanto, sentido, verdad y cualidad-densidad), es llamativamente unánime. De una unanimidad curiosamente parecida a la de un linchamiento. Los asistentes, anónimos gracias a es gran máscara(da) que es la Red, han mirado y difundido las imágenes y vídeos con gran diligencia. La misma de Pablo sujetando las túnicas de los que se metieron en faena en el linchamiento de Esteban.

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En un reciente encuentro en Valencia, James Alison me pedía mi opinión sobre las dramáticas decapitaciones del ISIS televisadas y de amplia difusión. Reconozco que la pregunta me desconcertó entonces —mi participación era sobre teatro—, pero ahora le veo todo el sentido: de alguna manera, al re-transmitir el homicidio lo ritualizamos, lo sacralizamos de manera indirecta como espectadores pasivos, asistimos a una suerte de extraña re-presentación… Pasa un poco lo que en el teatro, el efecto catártico recorre la sala. Sólo que la sala es esa Red global que está en todas partes y en ninguna y lo que venid no es mímesis, es real. La labor de mitificación de las redes, todas, pero especialmente las denominadas sociales, las digitales, res devastadora, de modo que uno no sabe ya si lo que está viendo es real o la enésima encarnación fílmica de Las brujas de Blair. Y la función de denuncia de lo real que es dicha muerte se desvanece.

¿Entonces? To share or not to share, that’s the question. Frente a lo que dice Alexis Sobel Fitts en su excelente artículo (prácticamente no podemos defendernos de la información que consumimos, consumimos sin apenas filtro ya), me preguntaba: ¿debemos ver/difundir imágenes violentas? La cuestión de fondo es hasta dónde llega la libertad de expresión y el derecho a la información. ¿Hay alguna barrera ética? Twitter y facebook borraron el perfil del asesino rápidamente (¿censura?), pero el mal ya estaba hecho: compartido por doquier, visionado sin querer (así están pensadas las redes sociales, en facebook móvil y en twitter los vídeos se reproducen automáticamente), shooting hasta la ebriedad.

Desde mi punto de vista, se trata de un trágico ejemplo más de la materia de la que estamos hechos: “No hay otro hombre que el hombre de la caída. Al principio está la caída” afirma René Girard en Aquel por el que llega el escándalo (97). El asesino se consideraba a sí mismo una víctima inatendida, sus actos, una reivindicación teñida de venganza, que se ha tomado la justicia por su mano.

En una sociedad en la que proliferan las víctimas y las minorías (en tanto que minorías victimizadas), si el sistema judicial falla o se debilita, es posible que hechos como estos se reposan cada vez más. Mucho me temo, como ya he dicho otras veces, que la revolución entonces sí que será televisada. Oficializada. Institucionalizada. Consumida. Será la nueva comunión digital, caricatura de comunión, sucedáneo bien digerible. Bueno para comer. Terrible, porque el retorno a lo arcaico sabiendo lo que sabemos ya no es posible. Darse cuenta de que o estamos con ellos, las víctimas, o estamos contra ellos, las víctimas (y que es casi siempre esto último, mejor ellos que yo), no es fácil: «La experiencia de los chivos expiatorios es universal como experiencia objetiva y excepcional como experiencia subjetiva. Nadie dirá: “Ah, vaya, no me había dado cuenta, pero resulta que soy un perseguidor”. Aparentemente, todo el mundo participa en este fenómeno, salvo cada uno de nosotros» (Aquel por el que…, 71). Todos hemos visto el vídeo (aunque no lo hayamos hecho realmente). Nadie lo admitirá.

Hablaba al principio de las reacciones a este tipo de tragedias. ¿Qué nos queda: apartar la mirada, denunciar, explicar (justificar), reconocernos cómplices? Todas las formas de compasión, por esa misma unanimidad, se debilitan, como la justicia que llega tarde y no repara, o las disculpas (por cierto, relativamente infrecuentes en la Red) tan estereotipadas y poco creíbles.

Yo espero que un rayo me tire de mi caballo. Mientras, lo que ha hecho este señor me parece inteligente:

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Como opción al compulsivo RT del vídeo que el propio asesino grabó, en el que aparece el momento en el que las víctimas dejan de ser lo que son y se transforman en víctimas, se propone visionar un vídeo «remembering who these people were». Se trata de una cuestión de identidad: el respeto a las víctimas pasaría por dejar de marcarlas como víctimas (sendero sin salida).

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La indignación, la protesta, el grito airado, no tienen cabida —serían obscenos como la Red es obscena—. Cabe sólo el murmullo silencioso de la oración personal, no anónima, verdadera comunión.

Majestad Rey D. Juan Carlos, creo en su inocencia

Por Ángel J. Barahona Plaza, 20 de abril de 2012

Los reyes sagrados.

¿Por qué la monarquía y lo sagrado están tan íntimamente unidos?

A lo largo de la historia los reyes han cumplido una función inequívoca; no han sido tanto los protagonistas de un poder absoluto, como los chivos expiatorios preparados para pagar por todos cuando vienen mal dadas. Su carácter representativo, su cabeza coronada, su  -a veces -inutilidad manifiesta e irrisoria, su papel aglutinador de todas las miradas, los señala como los más aptos para el sacrificio, para el Linchamiento público. Cuando Francia tiembla por el hambre o la peste, si ya no hay judíos, hay reyes. Una cadena de escudos o parapetos salvadores van cayendo, pero acaban siempre en el final.

Los faraones eran hijos del mismísimo Ra. Se suponía que el dios Ptah había instalado a los faraones en el trono. La coronación se efectuaba en Menfis, con ritual presidido por Ptah que incluía la afirmación de que los faraones salían del cuerpo del dios sol (Ra),y que al morir volvían a ser otro dios (Osiris).

En Grecia también la monarquía tenía un origen sagrado. Minos fue considerado rey divino, hijo de Zeus y de Europa, hija ésta de Agenor, rey de Tiro, a la que Zeus raptó y llevó a Creta bajo la figura de un toro. Minos se casó con Pasifae, hija del dios solar Helios.

Los primeros Grandes reyes irlandeses eran considerados sagrados. En los relatos legendarios un rey es un rey porque se casa con la diosa de la soberanía, está libre de defectos, cumple la prerrogativa y evita los tabús simbólicos: el incesto y el parricidio. Durante varios siglos, el título de Gran rey era meramente honorífico, luego con el tiempo fue adquiriendo una notoriedad legal y de poder.

Los reyes mayas personificaban a los dioses del maíz y del cacao, así como al Dios Ave, vistiendo accesorios con atributos simbólicos, como tocados y coronas de plumas y pesados collares, pecheras, cinturones y orejeras de jade.

Susan Gillepsie (1989, 1993) ha asumido que la sociedad mexica o azteca era gobernada por reyes sagrados. La realeza sagrada es una forma de organización social muy común en todas las partes del mundo, desde la antigua India hasta la Oceanía y África contemporánea, y ha dado lugar a teorías antropológicas de gran interés. La realeza sagrada debe ser vista como una forma de sociedad caracterizada por la mezcla inextricable entre lo político y lo religioso. Un personaje especial –rey- tiene el poder de garantizar la fertilidad y la riqueza del grupo social por su naturaleza de origen sagrado.

En el entorno cultural judaico los reyes nunca fueron considerados divinos, o sagrados, hubiera sido considerado una idolatría, un atentado contra la dignidad de un YHVH único, y celoso de su singularidad.

La antropóloga Miranda Green relata como la víctima sacrificial seleccionada para el rito del equinoccio era tratada como Rey hasta un año antes del sacrificio. Podía disfrutar de todo los bienes de la tribu y abusar de su poder real: la mejor comida y ropa, realizar actos sexuales con quien él quisiera…  tal vez como incentivo para voluntarios de alto estatus social: como resultado de la creencia que víctimas de alto estatus eran más valiosas que las de bajo estatus. Esta creencia hace quela víctima preferible se un rey, para maximizar la magia del sacrificio.

En el siglo XIX, James Frazer,  –The Golden Bough es el primer tratado  importante de mitología comparativa,-  fue el primero en sugerir que los mitos escondían una función social. El libro contiene el relato del sacrifico del Rey Swazi.  El asesinato del rey era una costumbre difundida, figura sagrada personificación de un dios, cuyas cualidades personales estaban intrínsecamente relacionadas con territorio que gobernaba.

(…) La vida del rey o su espíritu está tan unidos a la prosperidad de la nación entera, que si él enfermaba o se volvía senil, el ganado podría enfermar o dejar de reproducirse, las cosechas no se darían, y los hombres morirían de alguna enfermedad contagiosa. Por tanto, en su opinión, la única forma de prevenir estas calamidades era matar al Rey cuando todavía estaba sano y fuerte, de modo que el espíritu divino que había heredado de sus predecesores se transmitiera a su sucesor mientras estaba en pleno vigor y no había sido, todavía, dañado por la debilidad de la enfermedad y la vejez.

Algunos Reyes sagrados eran sacrificados después de cierto período de tiempo (siete años) otros eran reservados para fiestas señaladas anuales, relacionadas con ritos de solsticio o primaverales.  Algunos Reyes sagrados eran efigies o animales, de modo que no se tuviera que matar a ningún humano. El espíritu del rey sacrificado renacía entonces en la fertilidad de las plantas y los granos. El propio Frazer reconocía en el héroe griego Adonis, o en el Egipcio Orus, estas mismas cualidades.  Esto fue motivo de controversia porque la arbitraria violencia en el origen del precario orden social escandaliza a los ingenuos antropólogos políticamente correctos que salen de nuestras universidades.

Este rey nombrado por una semana para violar todos los tabúes y luego poder ser sacrificado sin escrúpulos por la comunidad, herida pos sus abusos, y que con su muerte sacrificial  restituía el orden jerárquico alterado,  el retorno a las cosas como estaban antes de que fuera nombrado rey… no es un reducto de un mundo mítico para nosotros extraño…

Los grandes regicidios de la historia están ahí para demostrar que esta costumbre es bárbara pero no tan bárbara… De hecho hoy sigue siendo igual de potente simbólicamente para los sofisticados tecnócratas europeos y americanos, y para los nuevos y burdos bárbaros fundamentalistas islámicos. La nobleza o la presidencia electa, son sustitutivos democráticos, de la misma historia ancestral. Ben Laden o Saddam Hussein, Gadafi, o Kennedy… no difieren mucho de Luis XVI. Nos dificulta comprender esto, la arbitrariedad de la elección de un hombre ordinario para ser rey por una semana, el hecho de que a estos últimos los consideramos culpables de algo…  pero mirando un poco más lejos, casi los hemos encumbrado nosotros para destinarlos al sacrificio tarde o temprano. Ya no sujetos a las ciclos de la naturaleza, lejos ya de nuestro humus urbanita, sino a los ciclos de la historia.

El carácter sagrado de estos reyes, reyezuelos y sátrapas de todo pelaje son sagrados porque sus abusos pueden ser la escusa para lincharlos y sacrificarlos –por haber alterado el orden, la jerarquía el equilibrio de las cosas, incestos y parricidios, son indistinguibles de cacerías escandalosas, delitos sexuales, abusos de poder, amenazas nucleares -;  y porque su muerte fue reparadora del caos o explicativa de la crisis que padecíamos, porque nos trajo la euforia, la paz momentánea, puso las cosas en su sitio.

Nadie percibe en la humildad de Juan Carlos el reconocimiento explícito de su condición de Rey Swazi, de rey Sagrado, que implora no se le linche en este año…  La promesa de que no se repetirá es la conciencia de que ahora no, pero habrá otros intentos de desahogar sobre él la ira que pulula entre los rivales. La izquierda radical aprovecha para la exhibición de su simetría rival… la derecha, no entra al trapo, pero está ahí en estado de contención. Pero si vinieran mal dadas el Rey sería también su chivo expiatorio.  Como el entrenador es el primer escudo del presidente de un club a punto de hundirse. Su figura simbólica todavía lo hace más significativo. Na vale para nada, más que para lo que es concebido: para ser la víctima ideal, expiatoria, indefensa. Porque el es el único que pertenece a esa rara especie de los elegidos por los dioses para ser sus representantes: Orus, Apis, Adonis, Dioniso, Swazi … qué más da el nombre. Su institución es la piñata que hay que destrozar, el muñeco de paja,  el ciripote, el güegüense, el que paga los platos, el cabeza de turco, el chivo expiatorio. ¿Hizo algo inconveniente? Sí, pero qué más da, sólo dejó en evidencia la hipocresía de una sociedad mentirosa que busca un títere de paja para golpear y hacer la catarsis periódica que nos desahoga…y sentirnos luego justificados de nuestras miserias, de ser más justos, equitativos, más solidarios, porque hemos desviado la señal a los depredadores y se lo han creído, que él era más culpable que nosotros. Fuenteovejuna se cree legitimada par amatar, porque se cree mejor que el comendador.

Querido Rey Juan Carlos, desde hoy tiene en mí su más fiel defensor. Su papel es terrible. Su vida es como una hoja de papel al viento. La masa que, como decía Canetti, cuando sale, sale a matar sedienta de sangre, le busca para evacuar sus miserias. Sobre usted se concitan todas las envidias. Yo creo en su inocencia, porque si todos le señalan como culpable es que es inocente, decía Levinas.

La hipocresía no tiene límites…  Después de la sangre, viene más sangre, pero ellos no lo saben, creen que la de usted basta para el holocausto. Se creen justos, no conocen la historia y sus solemnes repeticiones.  Si al Rey de verdad, el único Rey,  no creado por los humanos,  le crucificaron fue porque él  sí dijo la verdad y esta es insoportable para los hijos del príncipe de la mentira. El sabía el final de la historia y no la rehuyó… porque tenía que decirle a usted cuál es su destino. Su humildad no les basta, afilan los dientes, esperan otra, esté preparado majestad.

Urdangarín, cabeza de turco

Por Ángel J. Barahona Plaza, 11 de enero de 2012.

​URDANGARÍN ES UN CHIVO EXPIATORIO. Los regicidios siempre han sido el pararrayos de todas las tormentas sociales. Los antiguos regímenes expiaban a través de la decapitación o de la guillotina las iras populares. Su culpabilidad era manifiesta para el pueblo por las muchas iras acumuladas derivadas de sus frustraciones. Pero tal vez su culpa directa no fuera mucho más que la que todos ostentamos por nuestros pequeños o grandes delitos. La horca o los diferentes sistemas de “justicia” popular tienen el mismo esquema:  que alguien pague por los platos rotos  o por nuestros desmanes.

​Urdangarín es culpable tal vez de ambición -un pecado popular y muy extendido-. Que ponga la mano en el fuego quien en su posición no hubiera sucumbido a la tentación de usar su situación de privilegio. No le estoy excusando, ni justificando su delito. Pero los Caifás y Pilatos de nuestros tiempos se lavan las manos acusando de un crimen execrable, el único crimen: su amor al dinero. El crimen de todos. Es como el hermano que se acerca a Jesus para recriminar a su hermano porque no reparte la herencia. Jesús no cae en su trampa: son los dos iguales, sólo aman el dinero. Y desvela su sistema de relaciones: la reciprocidad y la envidia.

​La multitud mediática sin embargo, sentencia, condena, y ejecuta: ya antes de que fuera imputado era culpable, ya antes de que sea procesado debe pagar. El sistema actual es más comprensivo y tolerante, y cobra en libertad lo que antes se cobraba en sangre. Pero aquí hay algo más que republicanos que aprovechan la oportunidad para arremeter contra la monarquía. Aquí hay algo más que un delito de los miles que hay y que ni son juzgados. Aquí lo que hay es una caza de brujas, un linchamiento colectivo, porque ha cometido el error de representar  en su cabeza el más que simbólico “todos contra uno”. Sólo que las condiciones estaban a su favor –o mejor, para ser precisos, en su contr– : plebeyo vertido en pseudo-rey. Tiene que pagar. Es el perfecto chivo expiatorio: rico, joven, guapo, oportunista, ladino, Jacob, Edipo…

​Esta primavera se necesita en plena crisis económica, que nadie se desmadre, que nadie ejerza de rey por un día porque si no ha de ser sacrificado por una masa sedienta de venganza y desangre. Pobre Urdangarín eligió malos tiempos para jugar a rey. En swazilandia se elegía a un rey ficticio, -extranjero, destacado por sus rasgos- para que violase todos los tabúes, todo el mundo miraba para otro lado, pero cuando llegó la fecha señalada por la fiesta  –cambio de solsticio- fue sacrificado como culpable… esto lo cuenta Sir james Frazer en La rama dorada. Todos se sintieron bien, habían asesinado aquel  que no respetó ninguna regla. Habían experimentado una comunión reparadora del desorden. Alguien había pagado como había que pagar, con su sangre. Ahora somos más civilizados: se lincha a las víctimas, a los que son igual que nosotros, para expiar a través de ellos nuestros vicios, pero lo hacemos a través de la prensa, y de la cárcel.

​Esto ni quita ni pone para que se ejerza lo que es justo. Pero de lo que es justo hablaremos otro día.