El Brexit como signo de los tiempos

Por David García-Ramos Gallego, viernes 24 de junio de 2016. Centenario de la Batalla de Verdún.

Me he despertado con el teléfono lleno de mensajes sobre la salida de Reino Unido de la UE. Lo peor es que no en todos los casos eran muestras de consternación. “Es comprensible que quisieran salirse, desde que estamos en el Euro los precios no han hecho más que subir”. Lo preocupante es que a pie de calle esa sea la lectura. Pero más preocupante aún es que haya gente formada que opine con frivolidad sobre lo que otros consideramos el principio del fin. Lo que está en juego no es la economía, sino la tan traída y llevada idea de Europa –esa de la que, entre otros, hablaba con preocupación Ratzinger, como cardenal y como Papa–. ¿Qué nos jugamos con esa idea de Europa?

La identidad europea es una identidad que va más allá de las fronteras nacionales. Yo mismo he crecido europeo: nunca me he detenido en una frontera europea –y gracias a que España pertenece a Europa, mi paso a través de otras fronteras ha sido rápido–. ¿Ciudadanos de otra categoría? ¡Por supuesto! ¿Qué otra cosa creemos que envidian y desean para sí los que cruzan el Mediterráneo jugándose la vida cada día? Slavov Zizek se planteaba, en su último libro –La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror– por qué los refugiados vienen a Europa y no a Arabia Saudi o a los Emiratos[1]. Por lo que Europa representa o ha querido representar.

La identidad europea es una identidad que pide distancia y abandono del antagonismo envidioso que caracteriza al nacionalista del tipo resentido: por qué tengo que esforzarme yo para que otros vivan como yo sin trabajar. La identidad nacional se construye en rivalidad mimética con el otro –como ya demostrara, desde posturas no abiertamente girardianas, Jon Juaristi en su Bucle melancólico, por ejemplo–. La identidad pannacional, sobre la que teorizaron sin descanso tanto Kant como Hegel, es problemática. Sobre todo porque supone una bondad en el hombre y en el pueblo, en la masa, que es inexistente. Algunos hemos pensado en Stefan Zweig esta mañana, en su autobiografía titulada El mundo de ayer. Memorias de un europeo. En la sorpresa de ver cómo estaba cambiando el mundo ante sus ojos. Y no era –no es– miedo al cambio. Es miedo a la pérdida y a lo que esta traerá: la barbarie.

Había estudiado demasiada historia, y escrito sobre ella, como para no saber que la gran masa siempre se inclina hacia el lado donde se halla el centro de gravedad en cada momento. (Stefen Zweig, El mundo de ayer. Memoria de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2009, p. 506.

La identidad europea, que nos lleva a algunos a sentirnos europeos, hermanos de otros europeos, y que nos permite abrirnos también a una suerte de hermandad universal, tiene, o debería tener, espíritu católico, precisamente. Universal. Para ser europeo uno debe aceptar que el otro no es el enemigo a batir, uno debe bajar las defensas, cruzar las fronteras, dejar las ideas. No se trata de una idea de Europa, se trata de la posibilidad de ser ciudadano del mundo lo que está en juego:

Los refugiados se toman en serio el principio, proclamado por la Unión Europea, de la «libertad de movimientos para todos». (…) El axioma en que se sustentan los refugiados de Calais no es sólo el de la libertad de viajar, sino algo parecido a «todo el mundo tiene derecho a instalarse en cualquier parte del mundo, y el país al que se trasladen tiene que satisfacer sus necesidades». La Unión Europea garantiza (más o menos) este derecho a los ciudadanos de sus países miembros y para eso está (entre otras cosas); exigir la inmediata globalización de este derecho equivale a exigir que la Unión Europea se expanda a todo el mundo. El ejercicio de esta libertad presupone ni más ni menos que una revolución socioeconómica radical (Zizek, op. cit., p. 63).

En términos cristianos a esto lo denominamos el Reino. En lo que Zizek se equivoca en parte, creo, es en que se precise una revolución socioeconómica. La revolución que necesitamos es mucho más radical e implica todas las demás: se trata de una revolución antropológica, en la que le concedo al otro ya siempre la inocencia y el bien. En la que el otro es ya siempre merecedor del bien, por el mero hecho de ser acreedor de la dignidad de ser humano. En la que mi responsabilidad hacia el otro es infinita –solo frenada por mi responsabilidad hacia un tercero al que el otro amenace–. Esa revolución antropológica que para Girard está en el centro de la revelación cristiana –en la misma Pasión–. En un Mediterráneo que ya comienza a sentir la picazón de los primeros separatismos de Roma –y no olvidemos que Cristo nació, vivió y murió en uno de los territorios que más tempranamente se declararon nacionalistas–, el cristianismo supuso precisamente lo que hoy simboliza –o simbolizaba, o debiera haber simbolizado– la UE: una forma de vida que se expande sin tener en cuenta fronteras ni identidades nacionales, sin acepción de personas, sin reparar en colores de piel, a eunucos, mujeres y niños, a judíos, frigios y griegos. Esta revolución antropológica habla de una identidad más allá de todas las identidad, donde el otro es Cristo.

La identidad europea reflejaba, siquiera débilmente, esa revolución antropológica. Un verdadero multiculturalismo que pretendía no el mantenimiento de todas las culturas en un caos identitario condenado al fracaso, sino la creación de una identidad capaz de mantenerlos a todos unidos. “La devaluación de las grandezas nacionales libera la mirada a lo que es común a todos los hombres”[2]. Tras toda política, añade Ratzinger, tras la máscara del político lo que hay es un hombre (“una máscara detrás de la cual no hay más que un hombre”, íbidem). Por eso la revolución, antes que socioeconómica o política, ha de ser antropológica.

Terminaba Zweig su autobiografía diciendo: “toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido la verdad” (op. cit., p. 546). La identidad europea se ha construido sobre ese juego de luces y sombras: frente a los grandes logros, las grandes guerras; frente a las expresiones vitales más exultantes, las mayores industrias de la muerte. Decir que no a Europa es dar la razón solo a las sombras y permitir que su imperio prevalezca. Dirán que me pongo pesimista. Dirán que Inglaterra no fue nunca Europea. Tendrán razón. “«El mismo Jeremías de siempre», dijeron con sorna” (Zweig, op. cit., p. 506).

La esperanza de una paz global ha perdido hoy muchos puntos, más de los que perderá la libra esterlina en la bolsa estos días. Algún día nuestros nietos podrán estudiar esto como el principio de la gran crisis europea, como uno de sus síntomas o de sus efectos. Rezo por que puedan estudiarlo. Mi pesimismo no me lleva a la misantropía. Creo que hay esperanza contra toda esperanza. Está cifrada en las palabras con las que Ratzinger concluye su texto sobre la política en los Padres, de Agustín en concreto, diciendo:

[Agustín] permanece, sin embargo, fiel al pensamiento escatológico, porque considera todo este mundo como una entidad provisoria y no trata de conferirle una constitución cristiana, sino que lo deja ser mundo, que debe luchar para conseguir su propio ordenamiento, que es relativo. De esta manera, su cristianismo, que se había hecho conscientemente legal, permanece revolucionario en su sentido último, porque no puede identificarse con ningún Estado, sino que es una fuerza que relativiza todas las realidades inmanentes al mundo, indicando y remitiendo al único Dios absoluto y al único mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo (Ratzinger, op. cit., p. 129).

La utopía de la que Zizek supone enamorados a los refugiados es una utopía necesaria pero imposible. Esa es la tragedia de Europa, la imposibilidad de completar la imagen que tiene de sí misma. Pero abandonar esa imagen, emborronarla, distorsionarla, no es la solución. Abandonar la prosecución de esta utopía no es algo que nos podamos permitir en los tiempos que corren. Debemos ser radicalmente revolucionarios. La UE no nos salvará, eso está claro. Pero era –¡es!– una excelente ayuda.

Un colega al que he mostrado este texto, especialmente afectado –curiosamente coincide conmigo en que le apena que sus hijos no podrán conocer la Europa que nosotros hemos conocido–, me ha hecho un solo comentario: estupenda esquela. Tal vez sea el momento de dejar que muera Europa, como se dejaron morir tantos en los campos de concentración. Tal vez ésta solo sea la postrera victoria de Hitler, una que ni él mismo se imaginó: ver Europa desunida y fraccionada, vendida a los intereses nacionales, precisamente identitarios.


[1] “Arabia Saudí y los Emiratos no acogieron ningún refugiado, aunque son los países vecinos de donde sucede la crisis, y también son ricos y muchos más cercanos en lo cultural a los refugiados (que son casi todos musulmanes) que Europa. Arabia Saudí incluso devolvió algunos refugiados musulmanes de Somalia …”. Slavov Zizek, La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror, Barcelona, Anagrama, 2016, p. 59.

[2]J. Ratzinger, La unidad de las naciones, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2011, p. 110. Publicadas originalmente en 1970, se trata del texto de una conferencia dictada en 1962. Su actualidad es evidente.

París bien vale una misa

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el domingo 15 de noviembre de 2015.

Las lecturas de la misa del domingo, que apuntan al Adviento, hablan de un preanuncio de lo que ha de llegar de carácter apocalíptico. No quiero que se entienda esto como oportunismo fundamentalista y agorero… No es esa la intención de los apocalipsis sinópticos, y ni siquiera del apocalipsis atribuido a San Juan. Más bien es llamar  a la conversión  a aquellos que viven alienados o pensando que el día y la hora están lejos o que nunca llegarán… en el que los cielos conflagren… El apocalipsis, en sentido de final de los tiempos, no es un castigo divino sino algo que compete a los hombres. La lectura del evangelio del viernes día 13, era de san Lucas (17,26-37):

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán. -Ellos le preguntaron: “¿Dónde, Señor?” – Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo».

Y las de la misa del domingo de la profecía de Daniel (12,1-3) abunda en el mismo sentido:

“Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora… Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.

Y el Evangelio de San Marcos (13,24-32) que Jesús anunció a sus discípulos:

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre»

Son palabras proféticas que la física actual podría corroborar: supernovas, estrellas que colapsan, el Sol como tal estrella se apagará… Algo impensable para la física y la astronomía de aquella época, parece anunciar un final de este eón conocido. Pero detrás de estas profecías de las que los evangelios están llenos, todo aquel que se siente interpelado por ellas entiende que está hablando para su generación.

Las lecturas que nos acercan al Adviento no nos van a dejar dudas al respecto. Pero hay otra coincidencia que quiero destacar. El 4 de noviembre murió uno de los más grandes intérpretes de la historia, un gran antropólogo, cuyo renombre ha sido opacado por la “academia” por su conversión al cristianismo: René Girard. En su libro sobre el Apocalipsis –Achever Clausewitz, traducido al castellano por Katz, con el poco acertado título de Clausewitz en los extremos–, Girard se inspira en una idea del gran militar prusiano para definir una nueva forma de guerra, y el sentimiento de hostilidad creciente e interminable que la rige: “so gibt jeder dem anderen das Gesetz, es entsteht eine Wechselwirkung, die dem Begriff nach zum äusseresten führen muss”, que Girard traduce por :

«Cada uno de los adversarios hace la ley del otro, de donde resulta una acción recíproca que, en tanto concepto, debe llegar a los extremos».

Estamos en París, ante un escenario bélico, que no es más que la expresión encadenada de una serie de represalias que expresan esta escalada a los extremos  de un sin fin de reciprocidades miméticas que no sabríamos reconstruir históricamente, es decir a quién culpar o decir quién empezó primero. Para Girard, el cristianismo, la religión de la víctima, tiene las claves de los sucesos del mundo. Nadie quiere escucharle porque su denuncia es multifocal: todos somos culpables, todos estamos involucrados en un vaivén de simetrías, de tomas y dacas de origen mimético, que a duras penas logran disimular nuestra implicación criminal en la violencia del mundo. Cristo nos ha hecho  entrar en un tiempo histórico que nos impide reconciliarnos, lograr el orden social como se ha hecho siempre: sobre las espaldas de las víctimas inocentes. Seguimos intentándolo una y otra vez, desahogando nuestras frustraciones sobre inocentes. Estos jóvenes llenos de odio, víctimas a su vez de otras situaciones de odio, descargan sobre occidente su ira buscando una catarsis imposible: multiplicando el escándalo mediático con sus acciones, acumulando cadáveres sólo ensangrientan el planeta, pero no logran nada.

“Privados del sacrificio [denunciado por Cristo como acción criminal ya no tiene eficacia para traernos el orden, la paz anhelada], nos encontramos frente a una alternativa inevitable: o reconocer la verdad del cristianismo, o bien contribuir a la montée aux extrêmes -“llegada a los extremos”— rechazando la Revelación. Nadie es profeta en su tierra, porque ningún país quiere entender la verdad de su propia violencia. Cada uno buscará disimularla para obtener la paz. Y la mejor manera de tener esa paz es haciendo la guerra. Tal es la razón por la que Cristo padeció la suerte de los profetas. Se acercó a la humanidad provocando el enloquecimiento de su violencia al mostrarla en su desnudez. En cierto modo él no podía triunfar. Sin embargo, el Espíritu continúa su obra en el tiempo. Es el Espíritu quien nos hace comprender que el cristianismo histórico fracasó y que los textos apocalípticos ahora nos hablarán como nunca lo han hecho» (p. 188, Achever Clausewitz).

Cristo ha puesto sobre el candelero otra parte de la verdad que los hombres se ocultan a sí mismos.  Cristo ha revelado con su sacrificio la mentira del chivo expiatorio que fundaba los órdenes sociales. La paz fruto de la unanimidad que garantizaba el orden social se construía sobre víctimas inocentes: reyes y presidentes. Aunque tuvieran algún rasgo de maldad o culpabilidad, alguna acción perversa en su haber, la acusación estereotipada de la masa humana les hacia culpables de la totalidad, del desorden social, y su sacrificio se convertía  en la realidad fundadora: así Julio César, Luis XVI, Nicolás II, Saddam Hussein (para ver el largo etcétera de la historia consultar mi libro: René Girard, de la ciencia a la fe). En  una  entrevista de Carlos Mendoza  a René Girard aparecen conceptos clave para entender lo que ha pasado en París…, siguiendo este hilo argumental dice (citando su libro, Achever Clausewitz):

“En suma, la crisis ya no es tal. De ahí que aquella misteriosa palabra de Cristo, ‘Veo a Satán caer como el relámpago’ transmitida por Lucas en su evangelio (Lc 10:18), resume de manera magistral esta revelación. La perpetuidad de la crisis mimética ha quedado puesta en entredicho: «Cristo enciende la mecha revelando la esencia de la totalidad. Por tanto pone la totalidad en estado febril porque el secreto de esta totalidad ha sido revelado a plena luz» (Achever Clausewitz, p. 180). Por eso hay algo radicalmente más importante: la crisis no es ya la última palabra sobre la humanidad. Como lo escribí en mi último libro: «Cristo retiró a los hombres sus muletas sacrificiales dejándoles así frente a una terrible elección: creer en la violencia o no creer ya más en ella. El cristianismo es la increencia. […] Tarde o temprano, o bien los hombres renunciarán a la violencia sin sacrificio, o bien harán estallar el planeta: estarán en estado de gracia o de pecado mortal. Se puede decir, por tanto, que si lo religioso inventó el sacrificio, el cristianismo lo anuló. […] Habrá que volver siempre sobre esta salida de lo religioso que solamente puede realizarse en el seno de lo religioso desmitificado, es decir, del cristianismo» (Achever Clausewitz, pp. 58, 60, 64). Esta verdad es, a mi parecer, la que aporta la apocalíptica cristiana primitiva, en especial los textos apocalípticos sinópticos ya que son los más completos al revelar la verdad de la víctima: «la destrucción sólo concierne al mundo. Satán no tiene poder sobre Dios» (Achever Clausewitz p. 190). Esos textos describen así con gran dramatismo cómo la violencia siempre se da como rivalidad entre dobles miméticos: ciudad contra ciudad, nación contra nación, padres contra hijos. Hablan de una catástrofe inminente, pero precedida por un tiempo intermedio, de duración casi infinita, que alarga la llegada del día final. Por ello me parece que tales textos son de una actualidad extraordinaria. Aunque esa demora del día final genera impaciencia y hasta desánimo puesto que no sabemos entonces qué esperar ni hasta cuándo. ¡Eso es precisamente lo que reprochaban los tesalonicenses a Pablo! Le interrogaban por lo que sucede entonces cuando la Parusía se retrasa. Es lo que Lucas, que al fin y al cabo fue compañero de Pablo en sus viajes, llama ‘el tiempo de los paganos’, cuya demora es muy larga e incierta, terrible. En ese sentido, la Segunda Carta a los Tesalonicenses habla de lo que retrasa la Parusía: el Katéjon (2 Tes 2: 5) o personaje que ‘retiene’ la manifestación del Anticristo es el orden arcaico representado por el Imperio Romano en ese contexto de decadencia que viven los tesalonicenses. Habría que leer también a Agustín en este sentido apocalíptico cuando escribe sobre el retraso del día final. La paciencia es entonces la respuesta de los cristianos al ‘tiempo de los paganos’ (Lc 21: 24): «La gran paradoja en este asunto es que el cristianismo provoca la ‘montée aux extrêmes’ al revelar a los hombres su propia violencia. Impide a los hombres endosar a los dioses esa violencia y los coloca delante de su propia responsabilidad. San Pablo no es para nada un revolucionario, en el sentido moderno que se ha dado a este término: dice a los tesalonicenses que deben ser pacientes, es decir, obedecer a los Principados y Potestades que de todos modos serán destruidos. Esta destrucción llegará un día a partir del hecho del imperio creciente de la violencia, privada ya de su altar sacrificial, incapaz de hacer reinar el orden sino a través de más violencia: serán necesarias cada vez más víctimas para crear un orden cada vez más precario. Tal es el devenir enloquecido del mundo del que los cristianos llevan sobre sí la responsabilidad. Cristo habrá buscado hacer pasar a la humanidad al estado adulto, pero la humanidad habrá rechazado esta posibilidad. Utilizo adrede el futuro anterior porque existe ahí un fracaso profundo» (Achever Clausewitz, p. 212).

Pero Girard todavía nos ayuda más a comprender por qué esta locura no admite ningún análisis clásico. Estos crímenes nefandos son un problema de la pérdida de sentido transcendente de la vida.  Por muy emotivo que sea el hecho de que un pianista espontáneo interprete en las calles de París el Imagine de Lenon, dejando el mensaje de que un mundo sin religión será un mundo más pacífico, no podemos caer en la trampa de ese mensaje subliminal.  La religión arcaica que es el Islam está en el corazón del hombre. Siempre el hombre ha hecho de la política lo sagrado, y lo sagrado es sacrificial: la ideologías totalitarias, racionalistas o de otro tipo, fascistas o comunistas, capitalistas o comunitaristas, de derechas o de izquierdas, siempre han recurrido al sacrificio de los otros en el ara de la utopía, de la paz añorada. La única religión que ha traído la secularización, que se ha opuesto a contaminarse o dejarse usar por el poder político (ahí está la lucha de las Investiduras), aunque los hombres hayan hecho de ella en ocasiones un instrumento útil para sus ansias de domino  y algunos de los suyos se hayan dejado querer (la Inquisición o las Cruzadas son ejemplo de ello) es el cristianismo. La propuesta cristiana ha sido construir sobre el perdón, sobre la consideración del otro como hermano, sea quien sea.  La pátina de cristianismo que exhibió alguna vez la cultura occidental, nunca penetró más allá de la superficie de los hombres que se mantenían en la creencia pagana de que la violencia trae la paz.  La mentira más grande la historia. Como decía  San Juan Pablo II: “La violencia mata lo que intenta crear”. El objetivo del cristianismo no ha sido el poder. De algunos que se dicen cristianos o se decían, sí, pero del cristianismo, no. No hay mensajes ambiguos o equívocos en el evangelio. No hay más aspiración que dotar al hombre de sentido, que inaugurar un reino de amor, donde el otro es Cristo y no el enemigo a batir o a odiar.

Así nos dice Girard en esa entrevista a Carlos Mendoza citando de nuevo su obra:

Acompañados de la principal revelación cristiana, de acuerdo con el desarrollo que usted ha hecho de la teoría del sacrificio: la fuerza de la víctima que perdona. Este apocalipsis no es verdaderamente terror porque lo verdaderamente terrible es la ausencia de sentido. Al fin y al cabo, para la mayoría de los seres humanos de nuestros tiempos, esta violencia está visiblemente en aumento en el mundo. Y en la medida en que esta violencia no tiene sentido es cada vez más terrible. Por eso el anuncio apocalíptico del cristianismo no es una amenaza, sino por el contrario la esperanza de la realización de la promesa cristiana: Cristo ve en el mundo cosas que el mundo no ve. «Cristo es ese Otro que viene y quien, en su misma vulnerabilidad, provoca el enloquecimiento del sistema. En las pequeñas sociedades arcaicas, ese Otro era el extranjero que trae consigo el desorden y que termina siendo siempre el chivo expiatorio. En el mundo cristiano es Cristo el Hijo de Dios quien representa a todas las víctimas inocentes y cuyo retorno es llamado por los efectos mismos de la ‘montée aux extrêmes’. ¿Entonces qué podrá constatar? Que los hombres se han vuelto locos y que la edad adulta de la humanidad, esa edad que él anunció por medio de la Cruz, ha fracasado» (Achever Clausewitz, p. 191).

(…) Por eso, aunque parezca paradójico, el apocalipsis es reconfortante en cuanto satisface el deseo de significación. Las pruebas y dificultades actuales no son insignificantes porque siempre se encuentra escondido detrás de ellas el Reino de Dios.

C. Mendoza: Pero entonces, ¿las masacres como Acteal en México y tantas en el mundo [y aquí podemos incluir NY, Madrid, Londres, París… y mañana Roma, Berlín… a la pregunta de Carlos Mendoza] pueden tener otro sentido que el solo equilibrio del antagonismo entre rivales mediante el deseo de aniquilación de unos contra otros? ¿No es predicar a las víctimas una resignación ante sus verdugos? ¿Qué memoria cristiana es posible hacer de esas víctimas que no signifique pasividad ante la injusticia, la violencia y la muerte?

René Girard: Solamente es posible recuperar esa memoria de la masacre sin atribuirle un sentido sacrificial arcaico. Frente al sufrimiento del inocente no nos queda sino la indignación. Este tipo de acontecimientos trágicos no me es ajeno, aunque debo decir que tampoco es parte de la problemática inmediata en la que he construido mi pensamiento. Pero hay que insistir en la importancia de actuar para superar las causas de ese sufrimiento y muerte, sin ceder al resentimiento que se expresa como deseo de venganza. Con lo anterior no quiero decir que haya que renunciar a la acción para intentar cambiar el sentido de la violencia mimética. La cuestión consiste en saber si el uso de la violencia para mejorar el mundo puede ser legítimo […]. El pensamiento cristiano que procede como respuesta inteligente a una situación de injusticia y violencia a la que son sometidas naciones enteras es totalmente razonable y legítimo, con las nuevas expresiones que el cristianismo pueda tomar en estas circunstancias […] No hay que olvidar que en Occidente el cristianismo fracasó tanto como el racionalismo moderno, y por eso ahora nos encontramos en medio de esta violencia extrema que amenaza no solamente a la humanidad sino también al planeta entero. […] En este contexto de la búsqueda de superar el racionalismo ingenuo, quisiera decir algo, en cierto modo retórico, sobre mi insistencia en lo apocalíptico. Pienso que la gente no tiene suficiente temor sobre la violencia desencadenada ‘desde la fundación del mundo’ hasta la violencia extrema que vivimos en estos tiempos inciertos. Y yo no quiero tranquilizar a nadie: «Es urgente tomar en cuenta la tradición profética con su implacable lógica que escapa a nuestro racionalismo extendido. Si el Otro se acerca, y si un pensamiento del Otro radicalmente otro es aún posible, es tal vez porque los tiempos están llegando a su cumplimiento» (Achever Clausewitz, p. 195).

Reitero lo que ya he escrito recientemente: «Es necesario pensar el cristianismo como esencialmente histórico y Clausewitz nos ayuda a ello. El juicio de Salomón lo dice ya todo al respecto: existe el sacrificio del otro y existe el sacrificio de sí mismo; el sacrificio arcaico y el sacrificio cristiano. Pero siempre se trata del sacrificio. Nosotros estamos sumergidos en el mimetismo y es necesario renunciar a las trampas de nuestro deseo, que siempre radica en el deseo de lo que posee el otro. Lo repito una vez más, no hay saber absoluto posible, estamos todos obligados a permanecer en el corazón de la historia, de actuar en el corazón de la violencia, porque comprendemos cada vez más sus mecanismos. ¿Sabremos sin embargo desmontarlos? Lo dudo» (Achever Clausewitz, p. 80).

El cristianismo nos  ha traído una revelación inédita sobre cómo funciona la violencia humana. Ha puesto en marcha una verdad a la que la humanidad se tiene que enfrentar: los ídolos llenos de sangre no solucionan nada, solo multiplican la rabia y el dolor.  ¿Cuántos muertos harán falta para que nos paremos  y nos pensemos unos a otros como hermanos? Cristo ha abierto esa posibilidad declarándonos a todos con su muerte en la cruz como inocentes, unidos por su sangre en un solo cuerpo.

Ni los griegos, ni el Islam, ni el racionalismo deísta o ateo, nos dio una sola pista para escapar de la autodestrucción, todo lo contrario nos abocan a ella porque son productos de la imaginación delirante humana que fabrica dioses que auto justifican el sacrificio de los otros.

«Un dios del que podemos apropiarnos es un dios que destruye. Nunca los griegos buscaron imitar algún dios. Hubo que esperar al cristianismo para que esta perspectiva mimética se impusiese como la única redención posible, habida cuenta de la locura revelada de los hombres […] Hölderlin siente por lo tanto que la Encarnación es el único medio dado a la humanidad para afrontar el muy saludable silencio de Dios: Cristo mismo interrogó ese silencio en la Cruz para luego él mismo imitar la retirada de su Padre y volverse a encontrar con él en la mañana de la Resurrección. Cristo salva a los hombres ‘destrozando su propio cetro solar’. Se retira en el momento mismo en que podría dominar. De ahí nos es dado a nosotros probar dicho peligro de la ausencia de Dios, experiencia moderna por excelencia –porque es el momento de la tentación sacrificial, de la regresión posible a los extremos– pero también experiencia redentora. Imitar a Cristo consiste en rechazar el deseo de imponerse como modelo, siempre borrarse frente a los otros. Imitar a Cristo es hacer todo para no ser imitado.» (Achever Clausewitz, p. 218). Lo que no podemos olvidar –y lo quiero reiterar con insistencia– es que el cristianismo logró descubrir esta verdad de la víctima y también desenmascaró la mentira del sacrificio, quizás con más radicalidad que otras tradiciones religiosas de la humanidad. Tal es la herencia que deseo perpetuar».

La muert de Girard ha llegado antes de la masacre de París, pero hoy será de nuevo recordado como aquel que tenía una palabra que decir sobre la violencia humana y el papel singular del Cristianismo para entender la historia.

París bien vale una misa, en cuyo altar sean la víctima y el sacerdote la misma a persona, donde solo el propio Dios se inmole para mostrarnos el único camino de la paz.

En un mundo violento (2)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 28 de noviembre de 2014.

[Continuamos con la publicación de esta serie de posts que se escribieron a finales de noviembre, pero que siguen teniendo actualidad y que prueban el poder explicativo de la Teoría Mimética]

El pensamiento único tiene una serie de características que lo hacen único… El hombre no es más que un animal, con una singular capacidad para emocionarse, pero sin destino trascendente. Como un animal se rige por leyes darwinianas, la supervivencia es la ley que gobierna todo comportamiento. Como miembro de una manada algunos individuos deben ser sacrificados en beneficio de la especie. Solo que como el hombre es además racional, selecciona a esos seres prescindibles por categorías estereotipadas: ser minorías étnicas, religiosas, migratorias… Pero lo importante es que esos elegidos tengan capacidad de congregar el odio o la mirada de todos, para que el resto se salve.

La unanimidad en orden musulmán o en el orden de las sociedades occidentales se forja contra la única minoría que hoy dice algo que disiente de lo que todo el mundo acepta. La legitimación de la violencia propia está fundada sobre la creencia de que “estamos en la verdad” (en la interpretación del Corán o en la implantación de la democracia, da lo mismo) y todo lo que no caiga dentro del paraguas de esa verdad subjetiva, particular, del “nosotros los musulmanes” o del “nosotros los demócratas” occidentales, que yo-nosotros poseemos en exclusiva, ha de ser denunciado, o puesto en estado crítico, y ser erradicado en última instancia. Los otros están en la mentira o en el error.

Al estar en la verdad, la violencia está legitimada por parte del Estado (Islámico o democrático) porque éste se ha erigido en mediador absoluto de los desvalidos ciudadanos. El Estado nos devuelve al estado primitivo y nos hacer retornar a la minoría de la edad de la razón: piensa por nosotros, nos dice lo que está bien hacer, lo que debemos opinar… ¡Si Kant levantara la cabeza! El Estado ejerce la violencia con toda clase de cuidados y equilibrios en las sociedades democráticas y con descaro tiránico en las pseudo-democráticas.

El éxito de su control reside en el miedo que los ciudadanos se tienen unos a otros, necesitan ese Levithan hobbesiano que les defienda de sí mismos, de sus propios hijos… Pero fuera de ese férreo control que pedimos para el vecino, estamos autorizados ad intra a hacer cualquier cosa. En el sujeto normalizado… estabulado, solo hay una vía de sentido o de escape: dejar que el deseo fluya en el placer de las pequeñas cosas y que nadie se interfiera. La contemplación estética es la fuente del placer. El placer está domesticado: la sociedad del consumo convierte los vicios privados en virtudes públicas y revierte sobre sobre el mercado sus productos de salvación. Lo que antes era “pecado”, y era visto como aquello que produce daño al individuo y a la sociedad, ahora se convierte en Ley, en norma, porque hay detrás un negocio que defender que llena las arcas del Estado. Incluso los indignados han caído en la trampa: los revolucionarios de hoy no son anarquistas, humanistas rousseaunianos que buscan el retorno al trueque (al estilo del Manifiesto comunista de Marx) como algunos piensan tildándolos de románticos, nostálgicos, ingenuos, anacoretas o tecnófobos de la sociedad tecnológica e industrial. No, son súbditos del Estado que quieren que éste sea mejor Padre, o una Madre de verdad. La pachamama nos debe sus frutos como compensación de nuestros sacrificios. Quieren más Estado, más seguridad social, más cobertura de desempleo, incluso sueldos igualitarios para diferentes trabajos. Si el Estado se yergue en Padre, que ejerza. Que pague los caprichos de sus hijos arrojados sin su consentimiento a la vida; tienen derecho a reclamar recompensas, que se les mantenga sin pedirles nada a cambio.

Las fuentes del placer son cada vez más sofisticadas, pero cualquier tipo de placer, siempre subjetivo, es válido y ha de ser financiado. El problema es que no vale nada un placer no compartido, o no público, y he aquí el problema: siempre es acosta de otro. Y eso, una sociedad susceptible en sumo grado, victimista, políticamente correcta, tiene que regular exhaustivamente  toda acción pública bajo una rigurosa ley. En la sociedad de la transparencia (Byung Chul Han) es complicado mantener en privado el placer. El abuso sexual, el crimen, las adicciones, el alcohol, tienen consecuencias inevitables para la vida social que desatan represalias y violencia. Tolerarlo todo es peligroso para la supervivencia de la tribu… convertir en norma de ley algunos placeres va a ser la solución: hacer de la nueva moral normas de tráfico viario porque prohibir todo lo que hace a alguno víctima es imposible, disminuye la rentabilidad y genera caos social.

“Apocalipsis” o no “apocalipsis”, esa es la cuestión. Pequeña ontología de lo peor para tiempos de crisis.

Por David García-Ramos Gallego, 19 de septiembre de 2014.

Corren tiempos difíciles, no cabe duda. No cabe duda –y la sabiduría que ella trae– porque no hay espacio para ella. No se duda hoy. Vamos, que quien duda no tiene espacio tampoco. No parece que haya espacio para pensar un poco más si nos conviene o no tomar tal o cual decisión. Hay urgencia, urgencia de todo. Con Paul Virilio constatamos que la aceleración ha tocado techo. Solo nos cabe esperar lo peor –Paul Virilio, El Cibermundo, la política de lo peor–. La velocidad se ha adueñado de todo. Como cualquier conductor sabe, a mayor velocidad menos duda cabe. Uno ha de ser valiente, arrojado, seguro de sí, y adelantar por la derecha si las circunstancias le obligan, con tal de no levantar el pie.

Corren tiempos difíciles y todos se apresuran a decir que pronto los dejaremos atrás. Claro, a la velocidad a la que vamos, es normal que pensemos en dejarlo atrás todo. No hay lugar para la duda, ni tenemos tiempo de ella. Porque ya de tiempo atrás sabemos que espacio y tiempo van de la mano, cual rivales gemelares que se disputasen la esencia del ser. Lo que hay aquí y ahora, eso es. No hay tiempo para la duda, porque llenamos el tiempo de espacio recorrido. Me viene a la memoria el verso de Kipling “si puedes llenar el inexorable minuto con el equivalente a sesenta segundos de distancia recorrida”, para el escritor británico utopía del activismo humanista. Hoy se ha transformado en indudable pesadilla para cualquiera que trabaje por objetivos.

Corren tiempos difíciles y nosotros no corremos más que ellos –ya quisiéramos–, pero fingimos adelantarnos: jugamos al adivino de turbante y bola de cristal y preconizamos estructuras, dinámicas, correspondencias, analogías, tendencias, desviaciones, sistemas, complejidades y otras cartas del nuevo Tarot postmoderno de las pseudo-ciencias humanas. Confundimos esperanza con velocidad y tocino con escatología.

Corren tiempos difíciles y nos refugiamos en katekhones como quien estrella el coche en el carril de desaceleración contra unos bidones llenos de agua. Lo peor está por venir y debería orientar nuestras vidas. La esperanza no es la espera de lo mejor, sino más bien de lo peor. La esperanza es la espera de que lo mejor prevalecerá sobre lo peor, después de que lo peor acaezca. La esperanza es verdadera espera que no se esfuerza en rebasar lo peor: sabe que llegará lo mejor. La esperanza es verdadera esperanza cuando no queda resquicio para la esperanza, la que espera en el después de lo peor, la que da espacio al tiempo, la que espera el ad-venimiento. Me viene a la memoria otro verso de Kipling, del mismo poema: “si puedes esperar y no te cansas por esperar”. Y nosotros nos cansamos si alguien no contesta instantáneamente, nos cansamos si la página no se carga, si el programa no funciona, si nuestro hijo no obedece con inmediatez lumínica.

Corren tiempos difíciles, ya lo entreveíamos cuando David Atienza nos recordaba que vivíamos una amenaza nuclear sin precedentes. La espera de lo peor se ha hecho inmediata, ya no hay espera. La destrucción nuclear tiene la velocidad del átomo. Si creemos que podemos sobrevivir a ella en base a cierta resistencia o esperanza humana –¡demasiado humana!–, somos unos ilusos. El katekhon es una bendición, sí, pero no es la bendición. La verdadera bendición es la fe, la esperanza, la caridad. Creer a pesar de que corren tiempos difíciles, tener esperanza a pesar de que los tiempos corren más que la esperanza, amar contra todo odio.

Corren tiempos difíciles. Lo peor está aquí y ahora, a la vuelta de la esquina. Esperamos que no esté: que sea el hombre del saco detrás de la esquina, una amenaza para dominarnos. Decimos del mal que es un fantasma, una ilusión, algo banal. Esa es precisamente su demoledora fuerza: nos acostumbramos a él, decimos que es inevitable, necesario –¡necesario!–, inexplicable. Se ha publicado recientemente un texto de Giorgio Agamben sobre la renuncia de Benedicto XVI muy interesante: Benedicto XVI, sostiene el filósofo italiano, ha renunciado porque lo peor existe, porque el mysterium iniquitatis es real, muy real y no un fantasma teológico. La tesis de Agamben es que la renuncia del papa alemán se produce por fidelidad al elemento escatológico de la Iglesia por encima del elemento mundano-temporal. Es cierto que detrás de su lectura del gesto hay una crítica mundano-temporal a la curia vaticana, pero el valor de su lectura escapa a su opinión y va más allá, enunciando, tal vez, verdades de carácter ontológico (y/) o metafísico:

“Hay, en la Iglesia, dos elementos irreconciliables y, sin embargo, estrechamente relacionados: la economía y la escatología, el elemento mundano-temporal y el que se mantiene en relación con el fin del tiempo y del mundo [no con los tiempos del final, sino con el fin del tiempo, como ha explicado un poco antes]. Cuando el elemento escatológico se eclipsa en la so,bra, la economía mundana se vuelve propiamente infinita [o, como diría Virilio, adquiere velocidad absoluta], es decir, interminable y sin objetivo. La Iglesia se encuentra, así, frente a la siguiente paradoja: desde el punto de vista escatológico, debe renunciar al mundo, pero no puede hacerlo porque, desde el punto de vista de la economía, es del mundo y no puede renunciar a él sin renunciar a sí misma. Pero precisamente aquí se sitúa la crisis decisiva: porque el coraje –este nos parece el significado último del mensaje de Benedicto XVI– no es sino la capacidad de mantenerse en relación con el propio fin” (Giorgio Agamben, El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos, p.30).

Corren tiempos difíciles y, ante la amenaza de lo peor, cabe el gesto esperanzado y escatológico de esperar otro tiempo nuevo. El Apocalipsis podría ser la mejor de las esperanzas en esta carrera estúpida del hombre hacia su propia destrucción, eternamente diferida, demorada, economizada.

Corren tiempos difíciles. Aceptar escatológicamente nuestro papel en el drama del mal –mysterium iniquitatis– es recuperar el tiempo infinito y absoluto, sin fin, de la economía secularizada y hacerlo kairós, el tiempo del ahora. El hombre será así un Dasein no encarado a la muerte como horizonte ontológico de significación –y, en última instancia, de verdad– sino encarado a la respuesta, siempre dramática, al otro, a mi hermano. Una respuesta que no admite demora. Respuesta a la que se encamina más la teología dramática de un Balthasar que la de otros teólogos deslumbrados por “los milagros, señales y prodigios” (2Tes 2, 9) presentes en estos tiempos que corren.

Ho nyn kairós. Corren tiempos difíciles. Al mal tiempo buena cara y a estos tiempos difíciles –a la crisis–, el kairós. A mí me gusta pensar que consiste en vivir providencialmente, como si Dios existiera.

Intervenir o no intervenir (en Siria), esa es la cuestión

 Por David García-Ramos, el 27 de agosto de 2013

Se estaba decidiendo en estos días la posibilidad de intervenir en Siria. Parece que el gobierno del presidente Obama atacará de forma unilateral el ejército sirio por el uso de armas biológicas “tan pronto como este jueves”. Con la ayuda de los británicos y con la ayuda de Francia. Con el veto de Rusia –y China–, la neutralidad de España y la oposición de Alemania. Con el silencio de la UE. Y bajo la mirada impotente de la ONU.

Porque parece claro que la ONU, más allá de certificar si el gobierno de Al-Asad usó armamento químico o no, verá nuevamente devaluado su poder de intervención diplomática.

La cuestión arranca –al menos– en marzo, cuando el régimen de Al Asad denuncia el uso de armas químicas por parte de los rebeldes. Se inicia así un juego de dobles miméticos y acusaciones cruzadas, ante el escaparate internacional que, sin que nadie se lo imponga ha de tomar partido.

Desde ese momento, y teniendo en cuenta la creciente presión internacional, pero sobre todo interna, el gobierno de Obama tiene que responder a la cuestión de la posible intervención militar en Siria. Y la cuestión no es sencilla –como no parece serlo nada en esa breve franja de tierra que en geopolítica han dado en llamar Oriente Próximo–: atacar a Siria supone generar automáticamente una escalada que puede terminar de cualquier manera. Cerca queda Israel. Cerca está Jordania que limita con Turquia. Siria mantiene buenas relaciones con Irán. Rusia y China, en un terrible revival de la Guerra Fría, se oponen a cualquier tipo de intervención. Egipto es ahora mismo un polvorín.

[Y todavía se levantarán voces pidiendo intervenir en Egipto, donde el ejército parece jugar el doble papel de detener a los Hermanos Musulmanes (que están en el origen de Al Qaeda) y de reprimir al pueblo egipcio, que parecía haber logrado la libertad tras el despertar de la primavera árabe –aun a costa de desembocar, como nos temíamos, en una oportunidad para que grupos radicales islamistas pudieran acceder al poder–.]

Damasco presumía de tener armamento ruso; Rusia veta la intervención en Siria temiendo, dicen, que los sucesores de los mismos muyahidines que alentaron a sus pueblos a luchar contra los rusos en Afganistán (pagados y entrenados por los EEUU, eso sí) y contra los norteamericanos en Irak. Se teme, en definitiva, que lleguen al poder radicales y terroristas.

Y los inspectores de la ONU llevan dos o tres días un pasito para delante, un pasito para atrás.

Todo es caos y falta de claridad, confusión e indiferenciación, como en un tohu babohu en el que nada se ha diferenciado todavía.

Podríamos continuar con el análisis y dar nuestra opinión, una más, sobre lo que está pasando: que hay que actuar porque no hay derecho a que un dictador –como Mubarak– haga lo que está haciendo, que lo importante no son las armas químicas –obviando cualquier vía de respeto del derecho internacional–, que hay intereses ocultos –como en Irak– y un muy largo etcétera. Lo que está claro es que la cuestión es intervenir… o no intervenir. Como en un fantasmagórico diálogo con uno mismo, Occidente se cuestiona y presiona, se reprime y se libera, ataca y se defiende. Es nuestro sino.

Lo cierto es en lo que está sucediendo asoma como una explicación válida la teoría mimética de René Girard: están los dobles por doquier (Rusia y EEUU, aun hoy; el gobierno “legítimo” frente a los rebeldes, intercambiándose acusaciones de manera muy simétrica; a Obama se le compara con Bush, a Siria con Irak, las armas químicas con las de destrucción masiva; la ONU y la OTAN; Francia –a favor– y Alemania –en contra–); hay una querencia de la reciprocidad en la respuesta proporcional que se va a dar (casi un ojo por ojo y diente por diente); tenemos una escalada de violencia mimética que ha conducido a una absoluta indiferenciación: no sé sabe con certeza qué es mejor, si dejar que todo siga su curso –con el peligro de una autodestrucción completa, que es el fin último de cualquier guerra civil– o intervenir, y si intervenir, dónde, cómo, por qué, cuándo y quién…

[Quien intervenga en Siria sin el apoyo de la ONU estará fuera de la ley. La restauración de la ley se hace desde fuera de la ley. Toda guerra deja de considerar personas a las personas, porque nos lleva hacia un estado pre-humano. Lo que Agamben dice en Homo sacer en esencia es esto: el homo sacer es el que no tiene dignidad de persona y puede ser sacrificado].

Nadie se atreve a decir lo obvio: hay que intervenir y buscar rápidamente un chivo expiatorio al que linchar que purifique y sacie toda esta violencia. Como en Líbano, como en Egipto, en Tunez, en Libia, colonias de la antigua Roma: hay que matar al César. Si es culpable, como sin duda Bashar Al-Asad lo es, mejor que mejor.

Pero al mismo tiempo, sabemos ya que ya no bastará. Depuesto el régimen, ¿qué régimen lo seguirá? La “thin red line” que Obama quisiera no tener que atravesar y que se está viendo obligado a hacer no es la de una guerra más. Es la del uso de la violencia más allá de cualquier fuerza de control (cf. René Girard Achever Clausewitz). La espera a que el otro actúe parece la espera de Hamlet. Hamlet sabía que si la cosa se le iba de las manos al final moriría hasta el apuntador. Por eso demora hasta el último momento la venganza. Espera a que el otro dé el primer paso. Obama, cual Hamlet, duda, y con razón. No nos quedan opciones, todas son igual de peligrosas, haga lo que haga –y no hacer es hacer algo, ya se sabe– está condenado al fracaso (cf. René Girard, Shakespeare. Los fuegos de la envidia, pp. 346-370).

El gobierno de Obama está actuando ante la gran corte de Occidente. Los que ayer apoyaban la guerra hoy están en contra y viceversa. Se habla de “obscenidad moral” y se quiere justificar esto en un acto moral, ético, por el bien común. Para eso se diseña en el laboratorio una guerra preventiva, una guerra a distancia.

[Esta distancia entre los enemigos daría para otro comentario más: de la guerra de puntillas del siglo XVII hemos pasado a la guerra de drones, desde un cuarto de un gris edificio de oficinas matamos a decenas, a cientos, con solo apretar unos botones… ¡la guerra ya no es lo que era! Ahora consiste en minimizar al máximo los daños, la violencia, minimizar y controlar en la medida de lo posible las fugas de violencia].

No se trata de un acto moral. Es un callejón sin salida. De algún modo, Obama se ve obligado a ello. Va a declarar una guerra que nos es guerra. Una no guerra: este es todo nuestro avance en lo tocante a lo bélico:

“Gracias a nuestros aristarcos más de moda, hoy hemos llegado a la fase en que la historia ya no tiene sentido, el lenguaje y el propio sentido ya no tienen sentido”. (Girard, Shakespeare, p. 369).

Nuestros geopolitólogos y analistas nos han conducido a la guerra que no es guerra (como paso previo tuvimos la guerra preventiva que hoy nadie se atreve a invocar).

Todo este callejón sin salida, o “trato sórdido” como se le ha llamado, al que parecemos abocados, es el pesimismo que se le suele achacar al último Girard. A mí me parece más bien realismo.

La esperanza es otra cosa, claro está.

Asalto al Congreso

Por Ángel J. Barahona, 25 de abril de 2013.

[Remitido la mañana del 25 de abril de 2013. Lo publicamos tal cual fue remitido –pueden creerlo o no– porque realmente demuestra el poder explicativo y predictivo, en cierta medida, de la Teoría Mimética de René Girard]

El asalto al Congreso anunciado en internet por los indignados, cacareado por los medios, así como el hostigamiento, acoso de los miembros del partido popular, están enmarcados dentro de un contexto al que las ciencias humanas dan respuesta.

Yo no soy de, ni tomo partido por… el que lo quiera leer así es porque quiere seguir sumido en la carrera autojustificatoria de su violencia o para dar sentido o legitimación a su ceguera. Sólo leo los acontecimientos a la luz de una hipótesis muy fructífera, que si la convirtiésemos en método científico nos ayudaría mucho para encontrar una salida a la crisis y a los callejones sin salida de la humanidad: el terrorismo, la guerra, los conflictos sociales de todo tipo.

El cariz violento que van a tomar los hechos podría haberse previsto si comprendiésemos cómo funciona el ser humano cuando se congrega en masa. Estoy hablando en futuro porque todavía no ha llegado el linchamiento público, pero llegará y nos lamentaremos… porque eso ha sido siempre la historia de la humanidad. Canetti decía en Masa y poder: “cuando la masa sale, lo hace para matar”. El hombre como los animales que viven en rebaño-manada acosa a sus enemigos hasta matar para sobrevivir.  Fenómenos como Flash Mob, crowd, flog, Harlem Shake, escrachers, son expresiones anglófonas que empiezan a abundar para delatar que somos una sociedad de masas, que no sabe vivir sin la imitación y sin el arropamiento de los demás para sentir una fortaleza de la que carecemos como individuos solitarios. Cuando es arte creativo no pasa nada, cuando es política solo tiene una finalidad. Pero no son tan novedosos: la Biblia es la primera que habla técnicamente de turbas, multitudes, muchedumbres con un carácter mimético acosador, hostigador, que salen para linchar, perseguir, asesinar… a inocente a los que siempre reviste de culpabilidad. Obviamente para justificar un crimen como algo moralmente legítimo. Pero si el crimen es de masa, el anonimato me protege de la culpa personal. ¿Quién tiró la primera piedra? ¡Vaya usted a saber!

Dos pasajes del Nuevo Testamento evidencian esta tesis: el endemoniado de Gerasa y la parábola de los viñadores homicidas[1]. Ambos ponen en evidencia cómo las sociedades humanas basan su orden social precario sobre chivos expiatorios a los que lapidan o sacrifican. Su castigo o asesinato descarga la energía contenida dentro de la sociedad, que de volverse unos contra otros amenazaría con destruirlos. Realizando esta transferencia sobre la víctima expiatoria, la comunidad se ve liberada de su propia violencia. Se le llame chivo expiatorio (René Girard), pharmakon (Jacques Derrida), cabeza de turco (Kenneth Burke), estamos hablando de un pararrayos social reiterativo y de probada eficacia en las sociedades arcaicas. No importa la época, no importa la cultura en la que se dé, no importa el grupo que la defienda, se repite una y otra vez mientras se niegue a que la luz de la Pasión de Cristo entre en la habitación de la ciencia. Hasta la misma historia de occidente, barnizada por una pátina de cristianismo, ha caído en la trampa de pensar que hay algún sacrificio digno de ser ejecutado, hay alguna violencia que es legítima.

Es un saber paradójico: porque libera y constriñe a la vez. Al sacar a la luz la verdad ―la criminal fundación de nuestras sociedades― y poner en evidencia su fragilidad, nos deja desprovistos de recursos sacrificiales: ya sabemos que las víctimas que inmolamos son inocentes. Más muertes de judíos, de negros, de burgueses, de cristianos, y de curas y monjas, por toda la faz de la tierra, en cada revolución, no nos van a traer más orden, sino más cadáveres. En la primera Epístola a los Corintios, San Pablo dice que «de haberlo sabido [los príncipes de este mundo] no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria»[2]. Los «príncipes de este mundo», todo eso que Pablo llama también «Potestades y Principados», son las organizaciones estatales que reposan sobre el asesinato fundacional y que es eficaz mientras permanezca velado, mejor que la destrucción total con la que nos amenaza la revelación judeocristiana. La roca Tarpeya por la que despeñaban sus víctimas los romanos servía de evacuador de la violencia intestina igual que los espectáculos de gladiadores o de mártires. La verdad que trae la revelación es paradójica porque, al dejarnos desasistidos ―porque nos impide creer en la culpabilidad de nuestras víctimas―, nos enfrenta peligrosamente cara a cara con nuestra propia violencia. Lo que no quiere decir que la revelación sea mala. Es absolutamente buena, no obstante, somos nosotros los que no somos capaces de sacar las consecuencias y convertirnos; preferimos cerrar los ojos, creer en la culpabilidad de nuestras víctimas, y seguir sacrificándolas en el altar de nuestros proyectos utópicos[3]. Esta es la historia de los totalitarismos del siglo XX en aras de los proyectos de la razón ilustrada.

Un chivo expiatorio sigue siendo eficaz mientras creamos en su culpabilidad. Tener un chivo expiatorio es no saber que se tiene. Comprender que sí se tiene uno, es perder su eficacia social y quedar a merced de los conflictos miméticos sin posibilidad de resolución. Tal es la ley implacable de la escalada a los extremos. Es el sistema protector de chivos expiatorios lo que los relatos de la Crucifixión terminaron de destruir al revelar la inocencia de Jesús, y, poco a poco, de todas las víctimas análogas hacia delante y retrospectivamente. Qué duda cabe que lo que demuestra José a sus hermanos y a la historia moral de la humanidad es que su inocencia no le autoriza para la venganza, que es más fuerte con el perdón. El proceso educativo de la humanidad que buscaba Cristo, haciéndose en su carne el intérprete de todo el Antiguo Testamento[4], está, por tanto, a punto de completarse, pero muy lentamente, de modo casi siempre inconsciente. Para hacer que la revelación, que empieza en el Génesis, fuera completamente buena, y en absoluto amenazadora, bastaría con que los hombres adoptaran el comportamiento comenzado en José y recomendado por Cristo: el rechazo completo de las represalias, la renuncia a la escalada a los extremos. Porque si ésta se prolonga un poco más de tiempo, nos conducirá directos a la extinción de toda vida sobre el planeta.

Son los nuevos profetas, curiosamente judíos, Hans Jonas y Günter Anders, Hanna Arendt, Levinas, pasados por pensadores occidentales influidos por el judeocristianismo como J-P. Dupuy, R. Schwager, René Girard, los que hablan de salvar la raza humana de su propia ciclotimia ―hoy anticristiana por la ceguera respecto de la revelación― y el planeta para las generaciones futuras. Su invitación permanente al principio de responsabilidad nos advierte del peligro que corremos si no actuamos pensando en las generaciones futuras y no dejamos de arrojarnos las culpas unos a otros.

Hoy, no cabe duda, le toca ser chivos expiatorios a los políticos y a los banqueros, también a los creyentes. Sí, es verdad que en otras épocas les tocó a otros. Pero vayamos más lejos de nuestra perspectiva herida de orgullo: pongamos nombres y apellidos porque los que van a morir los tienen. Veámoslos como chivos expiatorios y no como los malvados que creemos que son. Lo mismo que estamos dispuestos a creer en que las brujas eran inocentes, demos la presunción de inocencia a los que creemos culpables cegados desde nuestra parcial perspectiva y evitemos lo que va a suceder. A ver si así nos vamos marchando de uno a uno de la masa de acoso y no tira nadie el primero, la primera piedra. Hay en este pasaje del evangelio de san Juan algo más que un buen hombre con ansia de inaugurar una religión. Hay un científico observando a la masa más grande que Tarde, Le Bon, Ortega, Freud, Canetti o Dupuy.


[1] Comentados con anterioridad a propósito del análisis de El chivo expiatorio.

[2] La traducción es de la Biblia de Jerusalén, en su edición de 1985, pero, ante conflicto, presentamos también la traducción que usa Girard. En 1Co 2, 7-8, se dice exactamente: « […] hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo – pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria –».

[3]«La esperanza cristiana no implica concepto alguno de una plenitud interior de la historia […] porque la idea de una consumación definitiva en la historia no cuenta con la apertura permanente de la libertad del hombre, siempre dispuesta a fallar… La fe en el retorno de Cristo es, pues, primeramente el rechazo de la posibilidad de que el mundo llegue a una plenitud intrahistórica, representando en cuanto rechazo precisamente la defensa del hombre frente a la deshumanización causada por él mismo». p. 229, J., Ratzinger, Escatología, Herder, Barcelona 2007

[4] Juan 15, 25 y todos los paralelos que testifican que Jesús anunciaba su misión concordante con lo que las Escrituras judías decían de él, no dejan lugar a dudas de esta presciencia que veremos en el siguiente epígrafe.

La familia ¿chivo expiatorio?

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 4 de junio de 2012. 

El congreso mundial de las familias ha sido un evento interesante. Muchísimas cosas importantes se pueden entresacar del evento: testimonios, experiencias, propuestas y actividades de gente heroica en defensa de la familia, líneas de trabajo para el futuro, redes de colaboración, contagio mimético del ánimo y de la valentía de tantos y tantos perseguidos por causa de la fe y por la defensa de los débiles, etc., etc., pero yo me voy a centrar en un aspecto que me ha llamado poderosamente la atención, porque es imposible abarcar tanta riqueza en este espacio.

En una cosa coinciden las corrientes defensoras de la familia de todo signo político, religioso y social: en el excesivo papel  que ejercen los Estados sobre los ciudadanos. La asunción de funciones que no le competen y que convierten al individuo en un menor de edad que no sabe lo que le conviene,  choca con la supuesta mayoría de edad que nos iba a traer la ilustración, la razón laicista, liberadora y revolucionaria.  Hoy en día los indignados del mundo reivindican más Estado protector y paternal, que les garantice derechos y más derechos, y los supuestamente más conservadores que les deje vivir en libertad.  ¡Cómo cambian las cosas! ¡Qué la defensa de la libertad sea una reivindicación urgente en las sociedades democráticas y que venga de los sectores en teoría más conservaduristas! Es una paradoja preocupante.

La otra cosa importante es el papel de la ONU en las políticas mundiales sobre la familia. La ONU es un caleidoscopio complicado de personas, naciones e ideas enfrentadas, imposibles de ponerlas de acuerdo, si no es mediante un complejo sistema de reciprocidades, alianzas, chantajes, porcentajes, votos -comprometidos con ideologías-. Tensiones de origen oscuro, que explicitan intereses de grupos minoritarios pero muy organizados, y mecanismos de presión que logran llevar adelante leyes propuestas por estos grupos,  son cotidianas en las asambleas de la ONU. Pocas veces hay acuerdos, o si los hay son inestables, frágiles, determinados por justas y calculadas mayorías. Son famosos los vetos a determinadas decisiones, y las manipulaciones que conducen a otras decisiones famosas por sus consecuencias: guerras, mediaciones y actuaciones arbitrarias en conflictos, no intervenciones en otras, etc. Los temas políticos y económicos, son siempre fuente de conflicto.

Descrito el panorama resulta chocante la unidad en temas morales y de educación.  El respeto a los derechos, a la libertad de educación, la defensa de la mujer, del niño; la preocupación por los desfavorecidos, parece estar permanentemente en la boca de todos los representantes de la ONU, pero es solo aparente. La doble y cínica moral que se esconde detrás del lenguaje políticamente correcto, basado en el tópico de la no discriminación, la defensa de los débiles,  es cada más insostenible desde el punto de vista moral. Por todos los lados sale a la luz que lo que sostiene casi todas las acciones y decisiones de la ONU son planes ideológicos de diversos Estados, que se someten a las tendencias, a las encuestas, a los lobbies que financian a los partidos que sostienen su función política… etc. El trato diferencial también es sospechoso y culpable: la “libertad” defendida en genérico, está siendo conculcada cuando no se respeta más que determinadas formas expresión social o religiosa y se descalifica o excluye a otras, o se las trata de manera discriminatoria. Es muy sospechoso el trato que se le da al cristianismo en todo el mundo. En un principio podría pensarse que se trata del complejo de culpa de occidente por la colonización o por la antigua identidad del cristianismo con ese occidente, pero esto ya no se sostiene. Entre otras cosas porque es desde propio occidente desde donde se persigue con más saña al cristianismo.

Aborto, liberalidad en el uso de drogas, control de la natalidad por cualquier tipo de medios, se impone como algo financiando, protegido, y promovido desde la ONU. Los valores y modelos vitales de la liga LGTB se imponen en todos lados como lo “natural”. La disolución de los modos de relación familiar tradicionales forman parte de un plan maquiavélico, sin duda, porque la familia es la única fuerza de oposición al totalitarismo del Estado, es la única garantía de la libertad, frente al poder uniformizador de los Estados.

Esta unanimidad de todas las fuerzas en torno al control de la natalidad; en el adoctrinamiento en materia sexual, consistente en la promoción del condón como único medio de salud sexual, y la educación emotivista, ajena a la moralidad de la sexualidad liberada de todo compromiso, es muy sospechosa. Atomizar al individuo, convertirlo en un ente solitario, es someterlo; no permitirle pensar o hablar en los foros de decisión de esos organismos,  descalificar al que piensa sobre temas éticos, como si fuera un producto de sus dogmáticas creencias y no de su uso legítimo de la razón y del concurso democrático, es una forma de dictadura de nuevo cuño.

¿De dónde viene esta imposición implacable y totalitaria? No es tanto de la presión de la LGTB o del feminismo radical, sino del marxismo que sobrevive enmascarado en estas nuevas formas de ”revolucionarismo”, si se mi permite la expresión.  El marxismo constituyó la demolición más potente que se lanzó contra Dios y lo sagrado, el hogar y las raíces, la familia y los lazos con la tradición, una teoría que se convirtió en práctica generalizada porque se creía en posesión de la verdad. Como decía uno de los intervinientes, de origen ruso, el comunismo ha sido el proyecto más patético de la historia de la humanidad: no ha dejado nada en su legado salvable, y, a cambio, ha destruido el tejido social, ha llenado el territorio de cadáveres; han sido 70 años tirados por la borda, llenos de miedo, de falta de libertad, y las consecuencias para el futuro todavía están por medir: abortos, incapacitación para la vida familiar, soledades, alcoholismo sociopatógeno, etc. Una teoría ya probada como falsa en todas los campos de experimentación en los que se han intentado reproducir  y que, sin embargo, perdura en la mentalidad colectiva como un buen método de análisis de la realidad y entre algunos como un poder capaz de construir una sociedad nueva. La alianza entre el marxismo y la ciencia, y en concreto las ciencias sociales, hace que éste se apunte algunos éxitos como propios.

Hoy la ONU vive anclada en esta teoría obsoleta y otras erróneas asociadas, incluso ya desechadas por las ciencias sociales, como el maltusianismo, o las predicciones agoreras del club de Roma. En el 1972 congruían con el 68, desoyendo las plasmaciones premodernas implementadas en los países como Rusia y China, Camboya o Cuba que ya apuntaba datos de su tremenda inhumanidad, con que había que liberar a la sexualidad de su ligazón con la familia y la reproducción y dejar que el deseo acampase por doquier, sin cortapisas. El camaleonismo del marxismo con el psicoanálisis freudiano y el nihilismo nietzscheano, hizo que tuviera éxito perdurable, no en los países que lo abrazaron – si bien es cierto que duró, está claro que resistió gracias a la imposición totalitaria y a la policía política- sino -en su esencia- en el lugar en que nació, en el capitalismo occidental avanzado.
Se ha adaptado perfectamente a la sociedad de consumo, y ha canalizado el deseo y el mundo virtual, realizando en libertad,  en el seno de la sociedad capitalista la tarea que Marx daba al comunismo: “es el movimiento real que abole el actual estado de cosas”. La utopía comunista se ha realizado a nivel mundial, pero de forma individual, no colectiva, como pensaba Marx. En forma de individualismo de masas y no de abolición del Estado, de la propiedad privada y de la desigualdad. Pero, además, implantando la utopía en un estilo nuevo: eugenésico y cientificista, con claros tintes totalitarios. La sociedad es marxista. Ha calado hondo que en aras de un futuro prometedor, que el hombre tiene que construir en beneficio de la humanidad seleccionada que tiene el derecho a sobrevivir – con sus leyes de ingeniería social- puede embargar el presente, justificar los medios –los que pone la ONU-, y construir el futuro a su antojo. Dice en este sentido Ratzinger en las conversaciones con Habermas:

«Me refiero a la disolución del derecho a causa del empuje de la utopía, tal como ello había tomado forma sistemática y práctica en el pensamiento marxista. El punto de partida era aquí la convicción de que como el mundo presente es un mundo malo, un mundo malvado, un mundo de opresión y de falta de libertad, ese mundo tenía que ser sustituido por un mundo mejor que, por tanto, había que planificar y realizar. En verdadera fuente del derecho, y en definitiva en fuente única del derecho, se convierte ahora la imagen de la nueva sociedad; moral y con importancia jurídica es aquello que sirve al advenimiento del mundo futuro. Y con base en este criterio se ha venido elaborando el terrorismo, que se consideraba plenamente como un proyecto moral; el homicidio y la violencia aparecían como acciones morales porque estaban al servicio de la gran revolución, al servicio de la destrucción del mundo malo y servían al gran ideal de la nueva sociedad … el modelo ideal que representaba el mundo futuro»

Podemos añadir que la sociedad capitalista global ha realizado las promesas más importantes del marxismo, a pesar de distorsionarlas: en la globalización ha realizado el internacionalismo; en la uniformidad y en la homogeneización ha logrado su ideal del igualitarismo y cortar a y todos por el mismo patrón, arrasando con la diferencia y la singularidad (hoy en día vistas como sospechosas); en el mercantilismo global es fácil ver el papel preponderante de la economía; en el ateísmo práctico, se ha realizado la crítica marxista a la religión como alienación; en la primacía de las relaciones materiales, prácticas y utilitarias respecto a los valores espirituales, morales y tradicionales se ha realizado el materialismo marxista; la liberación del ligamen de la sexualidad y la reproducción –realizado en el emotivismo al uso- se ha disuelto la familia y el matrimonio se ha convertido en un vestigio del pasado. El origen de la familia, escrito con Engels, y en La ideología alemana, junto con el panfleto: El manifiesto comunista, se hallan las base del prometeísmo marxista que se ha consumado en la soledad de los individuos frente al Estado. El empuje ideológico del marxismo está impregnado la forma de pensar global: su vanguardia intelectual toma el control del poder cultural, funciona como una secta endogámica en los espacios públicos, que supervisa el cumplimiento de lo políticamente correcto. En lo económico el marxismo se adecúa a la sociedad global y neocapitalista de masas, hasta en sus reservas históricas-culturales como China. El espíritu del marxismo se realiza en Occidente, convirtiéndose en radical ideológicamente, y  liberal en lo económico. Se perdió el tono violento del marxismo – la lucha de clases y la sangrienta dictadura del proletariado – y se legó a las revoluciones del Tercer Mundo y la extrema izquierda de Occidente; pero con ello ha perdido el anhelo de justicia social, y el arraigo en el proletariado y en la clase obrera. La sociedad de masas de Occidente ha llevado a cabo la predicción de Marx: la proletarización de la clase media y el aburguesamiento del proletariado, que nos ha traído la moral emotivista, acomodaticia, que sacrifica todo compromiso, como estilo y modelo de vida.  
Lo que Marx no entendió fue que lo que trajo fue el desencanto, la secularización, el ateísmo, la revolución cultural más grande que ha conocido la historia y que aún no estamos en condiciones de analizar con frialdad, a menos que nos arriesguemos a ser perseguidos, apedreados por ir contra la corriente del pensamiento único –que es el marxismo ideológico triunfante- , pero que va a suponer a cien años vista el genocidio más grande jamás conocido, y la revolución de la cultura más destructiva vista hasta ahora. El aborto, el divorcio son claramente derivaciones de El Manifiesto Comunista, cuyas consecuencias para la economía del planeta y los equilibrios socio-políticos están por ver.

 No es casualidad que los marxistas occidentales se convirtieran al espíritu del individualismo radical y liberal, del mercado y la liberación sexual, despreciando la liberación social. La lucha de clases ha sucumbido en nombre de la lucha por la ideología de género, por el anti sexismo y el antirracismo. La defensa igualitaria de las masas de pobres ha cedido dando prioridad a la protección de los “diferentes”.  El marxismo se mantiene activo con una identidad falsa, casi en forma transgénica como espíritu disolvente de la realidad y su sentido, de lo sagrado y del fundamento de los principios y estructuras sobre la que se fundó la sociedad tradicional. El marxismo al uso ha convertido el pecado en virtud, el mal en bien en una afirmación intocable de la libertad, y la falacia consiste en que cuando se ha criticado la inmoralidad de una decisión política, la masa de mentalidad marxista aduce que no es una razón científica sino religiosa la predominante. Así, por ejemplo, aducir pruebas sobre el ser humano que es el embrión, o sobre el daño que se infringe a la prole cuando se la priva de la paternidad por sistema, quedan expulsada de manera intolerante del ámbito de la discusión pública y política como intolerantes porque, dicen, responde a una creencia y no a una razón. Es una imputación falaz tachar de religioso a un argumento, por el hecho de que se diga que hacer algo –antes llamado pecado- no es bueno por inmoral, sin escuchar la razón de por qué es inmoral. Ya no se respeta su postura porque se la califica de repetición mecánica y dogmática de cosas irracionales derivadas de una creencia, impuestas por el dogma…, como si sus argumentos, los derivados de la ideología marxista no lo fueran, o que por el hecho de ser laicos estén exentos de sospecha de dogmatismo. Los argumentos son tachados de intolerantes, y se les expulsa de la plaza pública, sin tener que refutarlos; se los descalifica como creencias y no como razones.

El marxismo triunfante está entre nosotros, la ONU lo avala, los gobiernos socialdemócratas también, el pensamiento discordante es tratado con desprecio y perseguido en los medios.  No somos ciudadanos de segunda, tenemos derecho a defender argumentos y no ser discriminados. Se nos expulsa de la condición de igualdad en el diálogo (RAWLS) alegando que defendemos posiciones de fe y no argumentos, el totalitarismo asoma en la forma de intolerancia de los que se llaman a sí mismos tolerantes.

Dicho lo cual también tengo que hacer una aportación crítica al congreso. Se veía claramente una posición beligerante con el que no piensa como nosotros pensamos.  Y digo nosotros, porque en esencia, el pensamiento a favor de la familia –cristiana- no tiene resquicios en mi.

Pero el evangelio no pacta con ninguna de las posiciones rivalizantes. Por eso afirma que Dios es amor y que no hace distinciones. Los evangelios sinópticos lo ratifican: nos indican que Dios trata a los hermanos enemigos con la misma benevolencia y con la misma sed de verdad. Para el Dios del evangelio las categorías que salen de la violencia y vuelven a ella son perversas, o satánicas. Que nadie le pida al Dios de Jesús que se pliegue dócilmente a nuestros odios fratricidas. Cuando los hermanos que han recibido una herencia se acercan a Jesús con la intención de que ejerza de juez se llevan una tremenda sorpresa: «Uno de la multitud le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”».Lc, 12, 13-14. Ambos son denunciados porque buscan vencer sobre el otro. Su vano intento de convertir a Jesús en juez y parte de una decisión dilemática es el continuo intento humano de dirimir los conflictos optando entre víctima y verdugo, entre inocente y culpable, entre buenos y malos. El Dios que quiere presentar Jesús tiene una visión más compleja, antimaniquea. Los hombres son gemelos enfrentados, deben ahondar, ir más lejos en el análisis de sus conflictos. La solución perezosa es siempre sentirse uno mismo legitimado para su violencia o vindicación y, al otro, deslegitimado. No así la sabiduría divina que ve a los hombres como contendientes en una batalla pírrica e infantil aunque muchas veces de consecuencias trágicas.

Por ejemplo, es muy significativo observar que el evangelista Lucas cita al profeta Isaías, amputando el texto original cuando se trata de esgrimir el argumento de la venganza: tienen claro que Cristo se desentiende de ella. Sólo citan el trozo que habla de curación, liberación o restauración, evitando los que hablan de castigo, venganza o destrucción. Destacarse de la corriente veterotestamentaria del Dios que reclama la venganza, que se deja llevar por la ira, y que por momentos se muestra cruel con su pueblo y con los enemigos de su pueblo es la primera interpretación que nos viene. Pero hay algo más de sabiduría encerrada. En Lucas 4,18-19, Jesús lee un texto de Isaías que dice «El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor», y suprime la frase que sigue de manera natural: «Proclamar un año de gracia del Señor y un día de venganza para nuestro Dios» (Isaías 11,4-5). Según la fuente Q (Lucas 7,22 y Mateo 11,5), Jesús dice a los discípulos de Juan que le interrogan: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia». Obviamente Jesús está citando al profeta (Isaías 35,5-6) para que ellos identifiquen con él al Mesías: «Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mundo cantará», y de nuevo amputa el versículo anterior: «Vuestro Dios trae la venganza y el desquite».

¿Por qué este insistente interés de los evangelistas en recortar el texto, cuando en otros, a lo hora de citarlos son tan profusos? Está claro que hay que bucear en esta amputación. Cristo no cae en la ingenua rivalidad; ve a los hombres como gemelos enemigos a los que tiene que llamar a conversión sin tomar partido, por sabe que se hace tanto mal en la defensa de un bien como el mal mismo deseado y buscado.  Cristo está más allá de nuestras ético-políticas y razonables posiciones, no porque se sitúe en limbo, si no por situarnos en la verdad: sólo el amor al enemigo nos libra de las trampas de Satanás. Si no estamos dispuestos a dar la vida físicamente por los hermanos homosexuales, por los que nos odian, o por los que no piensan como nosotros, estamos cargados de razones y de ética, pero no hemos olido el Espíritu Santo. 

Es también muy interesante observar, cuando se trata de definir qué es ser hijo de Dios, y ser perfecto como él, que Jesús no entra el discurso metafísico o en la fácil asignación maniquea de la culpa, y en el precio que hay que pagar por la maldad, sino que nos desconcierta con un sentido de la justicia que nada tiene que ver con el nuestro, exclusivamente retributivo:

«Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,43-48) 

Quizás sea por esto por lo que sentí, y esta es mi visión personal, que Monseñor Reig se sintió incómodo con el aplauso.