La ofensa (I)

Por David García-Ramos Gallego, 18 de febrero de 2016.

No me ofende, personalmente, que una persona se quede a torso descubierto en una capilla católica. Y soy católico (a duras penas, a duras mis penas, vamos, por pura gracia que dispone mi ánimo a serlo, a querer serlo). Lo repito: no me ofende. Tampoco me siento ofendido porque ofendan a mi Dios. Sigo a uno que asumió en silencio toda ofensa sobre sí. Ya sé, ya sé que lo hizo de una vez para siempre, para que no hubiera más ofensa, para denunciar toda ofensa. Esta, también.

Lo repito, insisto: no me ofende. Es decir, no genera en mi un sentimiento de indignación. Más que sentimiento, emoción, pasión. No me indigna. No quiero que me indigne. Por eso hago uso de la razón, de mi facultad intelectiva, para dominar el sentimiento de indignación que podría incendiarme y empujarme a buscar culpables. Como bien nos ilustró el pasado verano Charles Ramond en una conferencia sobre el sentimiento moral de la indignación, lo que tenemos detrás (o delante, según se mire) es la búsqueda de un o una culpable, un declarar a alguien culpable de algo, donde algo es aquello que ha producido en mí tal sentimiento. El sentimiento moral de la indignación surge de una injusticia, de una ofensa realizada contra un débil. Pero, ¿qué es lo injusto en este caso? ¿Que una ciudadana campe a sus anchas –esto es, en top less– por un espacio que otros ciudadanos consideran sagrado, en presencia de unas formas que dicen (decimos) que son Dios mismo? ¿Es injusta la profanación?

Lo repito, insisto: no me ofende. Pero, ¿hay ofensa? Esta es la pregunta clave. Responde la imputada (porque lo es, ¿no?) que ella no ve ofensivo presentarse a torso descubierto en un lugar sagrado para otras personas –sobre la cuestión metafísica de si un lugar es sagrado en sí, de manera inmanente o solo contingente, y si contingente, bajo qué condiciones, si objetivas o subjetivas…, no es el caso demorarse en esta ocasión–. No lo ve ofensivo, es decir, que para ella no hay ofensa. Pero para otros sí. Dirimir quién tiene razón se convierte así en la cuestión central. Es decir, ¿hubo ofensa o no hubo ofensa? ¿Tiene razón la imputada o la acusación? ¿Realmente hubo ofensa?

Para responder a esta pregunta debemos hacer un ejercicio muy sencillo: qué define la ofensa. En este momento podría –y debería– ofrecer las definiciones de la RAE, del código penal –si la hubiere, que imagino que sí–, etc. Pero no voy a hacerlo, si el lector me lo permite y sigue leyendo. Voy a tirarme de cabeza a la piscina del sentido común. Vamos a imaginar dos posibilidades:

(1) la ofensa parece que la define quien la recibe: será ofensivo lo que a mí, que recibo la ofensa, me parezca ofensivo. Hay ofensa si el receptor de la acción del imputado de tal ofensa considera que hay ofensa, es decir, que tal acción le ofende.

(2) Hay ofensa si en dicha acción hay intención de ofender, esto es, de provocar en el ofendido dicho sentimiento de ofensa o indignación.

Me dejo en el tintero otras definiciones de ofensa más objetivas, las que recogen los distintos códigos penales, propuestas legislativas, costumbres, etc. Creo que, del mismo modo que el sentimiento de indignación es subjetivo, en tanto sentimiento, también la ofensa es una categoría que cae dentro del ámbito de lo subjetivo, en tanto existe la expresión sentirse ofendido y la posibilidad de hablar de un sentimiento de ofensa. Es dentro de estos dos supuestos subjetivos desde donde pretendo demostrar que no hubo ofensa, aunque la hubo. Es decir, y para que se me entienda la paradoja –dado que las paradojas son enigmas cognitivos que piden entendimiento–: hubo ofensa, pero no debería de haber ofensa.

En el supuesto (1) la ofensa queda en manos de las víctimas. No hace falta citar a Nietzsche para reconocer que el victimismo, en cuya base está el resentimiento –atención, otro sentimiento moral–, es un problema en el siglo XXI. La gestión de los derechos y exigencias de las víctimas de cualquier tipo y orden se ha convertido en la pesadilla de cualquier gestor –perdón, quise decir político–. Una pesadilla necesaria, pero pesadilla: que las víctimas se hayan convertido en un problema es… problemático –una victoria más del Satán–. De modo que cualquier ciudadano tiene el derecho a denunciar, dentro de los límites de lo razonable, claro está, una ofensa contra el honor, contra el sentido de lo sagrado, contra las legítimas creencias que puedan ostentar los ciudadanos. Pues bien, en tal sentido, hubo ofensa: ciudadanos con legítimas creencias fueron ofendidos en sus creencias y en su sentido de lo que es sagrado, en un espacio de uso dedicado –el espacio estaba allí, otra cosa es si debería estar o no– a la práctica de dichas creencias. Hubo ofensa. Lo repito: hubo ofensa.

El supuesto (2) me va a llevar menos tiempo. La ofensa en manos del que ofende, del ofensor. La imputada sostiene que no era ofensivo, que no lo considera ofensivo. Uno se pregunta entonces por qué decidió quedarse a torso descubierto. ¿Calor? ¿Afán de seducción? Evidentemente hubo ofensa en manos del que ofende: sin ofensa su acción sería cuanto menos ridícula. El ofensor necesita del ofendido y el valor de su ofensa crece con el sentimiento de ofensa del ofendido, en un doble vínculo muy girardiano donde las raíces de la rivalidad suelen perderse en capas de sucesivos y recíprocos ocultamientos (méconnaissances). Insisto: hubo ofensa por los cuatro costados.

El ofendido se sintió ofendido en toda regla. La ofensora quería ofender y ofendió, desde luego. Ella ganó además la posición de víctima, esto es, culpable de ofensas, y merecedora del perdón del obispo Osoro. Nueva víctima del proceso que ella misma inició –en un bucle muy del gusto postmoderno de confusión de contrarios–. Hubo, por tanto, ofensa, sin duda, pero no tendría que haberla habido, no debiera de. Entre otras cosas, porque Cristo se ríe de la ofensa en el episodio de la lapidación de la adúltera –o al menos sonríe y escribe en la arena quién sabe, tal vez nuestros pecados o, déjenme aventurar: los de ella, para después borrarlos de un manotazo–.

El único gesto que creo ha sido libre es el de Osoro –tranquilos los que piensen que voy a defenderlo: ya se han encargado los medios (y alguna que otra mente calenturienta) de cargarlo de lo que es más que gesto: ideología y significado más allá del sentido–. El gesto del perdón. No está a la altura del de San Juan Pablo II con su asesino, porque la acción sobre la que se traza el gesto es de distinta cualidad –ella, la ofensa a través de la profanación, él, el asesinato–, pero tiene la misma naturaleza. Es el gesto de Cristo mismo que acoge a humillados y ofendidos, y a endemoniados y fratricidas y parricidas, algo que Dostoievski pudo y supo ver muy bien. Un mismo Dios bueno para todos. Un Cristo que, no lo olvidemos, fue condenado por blasfemo, por ofender el honor del Sanedrín y lo más sagrado para el pueblo judío, el nombre de Dios. Habrá quien me desgrane y deconstruya el texto del Evangelio para hacerme ver que la arqueología del gesto cristológico –Foucault à la catholique– y me diga que Maestre no es Cristo. Claro que no. Pero, aparte de que Cristo quiso así hacerse uno con Maestre –¡quiere!–, dejando a un lado que en Cristo no había intención de ofensa –pero sabía lo que iba suceder–, la dinámica de la ofensa, tan ligada al resentimiento –y este, como bien sabemos, a la teoría mimética de René Girard [1]–, es la misma hoy, ayer y siempre. Y, alegrémonos: aunque no lo parezca, está ya vencida.

Ahora la pelota está en el tejado de la ofensora y de los ofendidos –confieso que ni sé ni quiero saber quiénes son los ofendidos: no por no estar de acuerdo con ellos, que lo estaría, sino porque no es la finalidad de esta reflexión, más filosófica–. Esta en sus manos deshacer la ofensa y romper del círculo vicioso del resentimiento que no es otro que el de la muerte –un círculo que en la iconología rompe el pantocrator, el Cristo resucitado–.

Otro día hablaré de un sentimiento que sí que provocó en mí el gesto de la Maestre: vergüenza y compasión. En el año de la misericordia debería avergonzarnos no tener urgencia por el Evangelio de la misericordia, el Evangelio de los miserables: tuyo y mío… y de ella también.


[1] Esta cuestión del resentimiento, que Girard presenta ya en su primer libro, Mentira romántica y verdad novelesca, merece un desarrollo aparte para aquellos que no estén tan familiarizados con la Teoría Mimética.

 

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París bien vale una misa

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el domingo 15 de noviembre de 2015.

Las lecturas de la misa del domingo, que apuntan al Adviento, hablan de un preanuncio de lo que ha de llegar de carácter apocalíptico. No quiero que se entienda esto como oportunismo fundamentalista y agorero… No es esa la intención de los apocalipsis sinópticos, y ni siquiera del apocalipsis atribuido a San Juan. Más bien es llamar  a la conversión  a aquellos que viven alienados o pensando que el día y la hora están lejos o que nunca llegarán… en el que los cielos conflagren… El apocalipsis, en sentido de final de los tiempos, no es un castigo divino sino algo que compete a los hombres. La lectura del evangelio del viernes día 13, era de san Lucas (17,26-37):

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán. -Ellos le preguntaron: “¿Dónde, Señor?” – Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo».

Y las de la misa del domingo de la profecía de Daniel (12,1-3) abunda en el mismo sentido:

“Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora… Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.

Y el Evangelio de San Marcos (13,24-32) que Jesús anunció a sus discípulos:

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre»

Son palabras proféticas que la física actual podría corroborar: supernovas, estrellas que colapsan, el Sol como tal estrella se apagará… Algo impensable para la física y la astronomía de aquella época, parece anunciar un final de este eón conocido. Pero detrás de estas profecías de las que los evangelios están llenos, todo aquel que se siente interpelado por ellas entiende que está hablando para su generación.

Las lecturas que nos acercan al Adviento no nos van a dejar dudas al respecto. Pero hay otra coincidencia que quiero destacar. El 4 de noviembre murió uno de los más grandes intérpretes de la historia, un gran antropólogo, cuyo renombre ha sido opacado por la “academia” por su conversión al cristianismo: René Girard. En su libro sobre el Apocalipsis –Achever Clausewitz, traducido al castellano por Katz, con el poco acertado título de Clausewitz en los extremos–, Girard se inspira en una idea del gran militar prusiano para definir una nueva forma de guerra, y el sentimiento de hostilidad creciente e interminable que la rige: “so gibt jeder dem anderen das Gesetz, es entsteht eine Wechselwirkung, die dem Begriff nach zum äusseresten führen muss”, que Girard traduce por :

«Cada uno de los adversarios hace la ley del otro, de donde resulta una acción recíproca que, en tanto concepto, debe llegar a los extremos».

Estamos en París, ante un escenario bélico, que no es más que la expresión encadenada de una serie de represalias que expresan esta escalada a los extremos  de un sin fin de reciprocidades miméticas que no sabríamos reconstruir históricamente, es decir a quién culpar o decir quién empezó primero. Para Girard, el cristianismo, la religión de la víctima, tiene las claves de los sucesos del mundo. Nadie quiere escucharle porque su denuncia es multifocal: todos somos culpables, todos estamos involucrados en un vaivén de simetrías, de tomas y dacas de origen mimético, que a duras penas logran disimular nuestra implicación criminal en la violencia del mundo. Cristo nos ha hecho  entrar en un tiempo histórico que nos impide reconciliarnos, lograr el orden social como se ha hecho siempre: sobre las espaldas de las víctimas inocentes. Seguimos intentándolo una y otra vez, desahogando nuestras frustraciones sobre inocentes. Estos jóvenes llenos de odio, víctimas a su vez de otras situaciones de odio, descargan sobre occidente su ira buscando una catarsis imposible: multiplicando el escándalo mediático con sus acciones, acumulando cadáveres sólo ensangrientan el planeta, pero no logran nada.

“Privados del sacrificio [denunciado por Cristo como acción criminal ya no tiene eficacia para traernos el orden, la paz anhelada], nos encontramos frente a una alternativa inevitable: o reconocer la verdad del cristianismo, o bien contribuir a la montée aux extrêmes -“llegada a los extremos”— rechazando la Revelación. Nadie es profeta en su tierra, porque ningún país quiere entender la verdad de su propia violencia. Cada uno buscará disimularla para obtener la paz. Y la mejor manera de tener esa paz es haciendo la guerra. Tal es la razón por la que Cristo padeció la suerte de los profetas. Se acercó a la humanidad provocando el enloquecimiento de su violencia al mostrarla en su desnudez. En cierto modo él no podía triunfar. Sin embargo, el Espíritu continúa su obra en el tiempo. Es el Espíritu quien nos hace comprender que el cristianismo histórico fracasó y que los textos apocalípticos ahora nos hablarán como nunca lo han hecho» (p. 188, Achever Clausewitz).

Cristo ha puesto sobre el candelero otra parte de la verdad que los hombres se ocultan a sí mismos.  Cristo ha revelado con su sacrificio la mentira del chivo expiatorio que fundaba los órdenes sociales. La paz fruto de la unanimidad que garantizaba el orden social se construía sobre víctimas inocentes: reyes y presidentes. Aunque tuvieran algún rasgo de maldad o culpabilidad, alguna acción perversa en su haber, la acusación estereotipada de la masa humana les hacia culpables de la totalidad, del desorden social, y su sacrificio se convertía  en la realidad fundadora: así Julio César, Luis XVI, Nicolás II, Saddam Hussein (para ver el largo etcétera de la historia consultar mi libro: René Girard, de la ciencia a la fe). En  una  entrevista de Carlos Mendoza  a René Girard aparecen conceptos clave para entender lo que ha pasado en París…, siguiendo este hilo argumental dice (citando su libro, Achever Clausewitz):

“En suma, la crisis ya no es tal. De ahí que aquella misteriosa palabra de Cristo, ‘Veo a Satán caer como el relámpago’ transmitida por Lucas en su evangelio (Lc 10:18), resume de manera magistral esta revelación. La perpetuidad de la crisis mimética ha quedado puesta en entredicho: «Cristo enciende la mecha revelando la esencia de la totalidad. Por tanto pone la totalidad en estado febril porque el secreto de esta totalidad ha sido revelado a plena luz» (Achever Clausewitz, p. 180). Por eso hay algo radicalmente más importante: la crisis no es ya la última palabra sobre la humanidad. Como lo escribí en mi último libro: «Cristo retiró a los hombres sus muletas sacrificiales dejándoles así frente a una terrible elección: creer en la violencia o no creer ya más en ella. El cristianismo es la increencia. […] Tarde o temprano, o bien los hombres renunciarán a la violencia sin sacrificio, o bien harán estallar el planeta: estarán en estado de gracia o de pecado mortal. Se puede decir, por tanto, que si lo religioso inventó el sacrificio, el cristianismo lo anuló. […] Habrá que volver siempre sobre esta salida de lo religioso que solamente puede realizarse en el seno de lo religioso desmitificado, es decir, del cristianismo» (Achever Clausewitz, pp. 58, 60, 64). Esta verdad es, a mi parecer, la que aporta la apocalíptica cristiana primitiva, en especial los textos apocalípticos sinópticos ya que son los más completos al revelar la verdad de la víctima: «la destrucción sólo concierne al mundo. Satán no tiene poder sobre Dios» (Achever Clausewitz p. 190). Esos textos describen así con gran dramatismo cómo la violencia siempre se da como rivalidad entre dobles miméticos: ciudad contra ciudad, nación contra nación, padres contra hijos. Hablan de una catástrofe inminente, pero precedida por un tiempo intermedio, de duración casi infinita, que alarga la llegada del día final. Por ello me parece que tales textos son de una actualidad extraordinaria. Aunque esa demora del día final genera impaciencia y hasta desánimo puesto que no sabemos entonces qué esperar ni hasta cuándo. ¡Eso es precisamente lo que reprochaban los tesalonicenses a Pablo! Le interrogaban por lo que sucede entonces cuando la Parusía se retrasa. Es lo que Lucas, que al fin y al cabo fue compañero de Pablo en sus viajes, llama ‘el tiempo de los paganos’, cuya demora es muy larga e incierta, terrible. En ese sentido, la Segunda Carta a los Tesalonicenses habla de lo que retrasa la Parusía: el Katéjon (2 Tes 2: 5) o personaje que ‘retiene’ la manifestación del Anticristo es el orden arcaico representado por el Imperio Romano en ese contexto de decadencia que viven los tesalonicenses. Habría que leer también a Agustín en este sentido apocalíptico cuando escribe sobre el retraso del día final. La paciencia es entonces la respuesta de los cristianos al ‘tiempo de los paganos’ (Lc 21: 24): «La gran paradoja en este asunto es que el cristianismo provoca la ‘montée aux extrêmes’ al revelar a los hombres su propia violencia. Impide a los hombres endosar a los dioses esa violencia y los coloca delante de su propia responsabilidad. San Pablo no es para nada un revolucionario, en el sentido moderno que se ha dado a este término: dice a los tesalonicenses que deben ser pacientes, es decir, obedecer a los Principados y Potestades que de todos modos serán destruidos. Esta destrucción llegará un día a partir del hecho del imperio creciente de la violencia, privada ya de su altar sacrificial, incapaz de hacer reinar el orden sino a través de más violencia: serán necesarias cada vez más víctimas para crear un orden cada vez más precario. Tal es el devenir enloquecido del mundo del que los cristianos llevan sobre sí la responsabilidad. Cristo habrá buscado hacer pasar a la humanidad al estado adulto, pero la humanidad habrá rechazado esta posibilidad. Utilizo adrede el futuro anterior porque existe ahí un fracaso profundo» (Achever Clausewitz, p. 212).

Pero Girard todavía nos ayuda más a comprender por qué esta locura no admite ningún análisis clásico. Estos crímenes nefandos son un problema de la pérdida de sentido transcendente de la vida.  Por muy emotivo que sea el hecho de que un pianista espontáneo interprete en las calles de París el Imagine de Lenon, dejando el mensaje de que un mundo sin religión será un mundo más pacífico, no podemos caer en la trampa de ese mensaje subliminal.  La religión arcaica que es el Islam está en el corazón del hombre. Siempre el hombre ha hecho de la política lo sagrado, y lo sagrado es sacrificial: la ideologías totalitarias, racionalistas o de otro tipo, fascistas o comunistas, capitalistas o comunitaristas, de derechas o de izquierdas, siempre han recurrido al sacrificio de los otros en el ara de la utopía, de la paz añorada. La única religión que ha traído la secularización, que se ha opuesto a contaminarse o dejarse usar por el poder político (ahí está la lucha de las Investiduras), aunque los hombres hayan hecho de ella en ocasiones un instrumento útil para sus ansias de domino  y algunos de los suyos se hayan dejado querer (la Inquisición o las Cruzadas son ejemplo de ello) es el cristianismo. La propuesta cristiana ha sido construir sobre el perdón, sobre la consideración del otro como hermano, sea quien sea.  La pátina de cristianismo que exhibió alguna vez la cultura occidental, nunca penetró más allá de la superficie de los hombres que se mantenían en la creencia pagana de que la violencia trae la paz.  La mentira más grande la historia. Como decía  San Juan Pablo II: “La violencia mata lo que intenta crear”. El objetivo del cristianismo no ha sido el poder. De algunos que se dicen cristianos o se decían, sí, pero del cristianismo, no. No hay mensajes ambiguos o equívocos en el evangelio. No hay más aspiración que dotar al hombre de sentido, que inaugurar un reino de amor, donde el otro es Cristo y no el enemigo a batir o a odiar.

Así nos dice Girard en esa entrevista a Carlos Mendoza citando de nuevo su obra:

Acompañados de la principal revelación cristiana, de acuerdo con el desarrollo que usted ha hecho de la teoría del sacrificio: la fuerza de la víctima que perdona. Este apocalipsis no es verdaderamente terror porque lo verdaderamente terrible es la ausencia de sentido. Al fin y al cabo, para la mayoría de los seres humanos de nuestros tiempos, esta violencia está visiblemente en aumento en el mundo. Y en la medida en que esta violencia no tiene sentido es cada vez más terrible. Por eso el anuncio apocalíptico del cristianismo no es una amenaza, sino por el contrario la esperanza de la realización de la promesa cristiana: Cristo ve en el mundo cosas que el mundo no ve. «Cristo es ese Otro que viene y quien, en su misma vulnerabilidad, provoca el enloquecimiento del sistema. En las pequeñas sociedades arcaicas, ese Otro era el extranjero que trae consigo el desorden y que termina siendo siempre el chivo expiatorio. En el mundo cristiano es Cristo el Hijo de Dios quien representa a todas las víctimas inocentes y cuyo retorno es llamado por los efectos mismos de la ‘montée aux extrêmes’. ¿Entonces qué podrá constatar? Que los hombres se han vuelto locos y que la edad adulta de la humanidad, esa edad que él anunció por medio de la Cruz, ha fracasado» (Achever Clausewitz, p. 191).

(…) Por eso, aunque parezca paradójico, el apocalipsis es reconfortante en cuanto satisface el deseo de significación. Las pruebas y dificultades actuales no son insignificantes porque siempre se encuentra escondido detrás de ellas el Reino de Dios.

C. Mendoza: Pero entonces, ¿las masacres como Acteal en México y tantas en el mundo [y aquí podemos incluir NY, Madrid, Londres, París… y mañana Roma, Berlín… a la pregunta de Carlos Mendoza] pueden tener otro sentido que el solo equilibrio del antagonismo entre rivales mediante el deseo de aniquilación de unos contra otros? ¿No es predicar a las víctimas una resignación ante sus verdugos? ¿Qué memoria cristiana es posible hacer de esas víctimas que no signifique pasividad ante la injusticia, la violencia y la muerte?

René Girard: Solamente es posible recuperar esa memoria de la masacre sin atribuirle un sentido sacrificial arcaico. Frente al sufrimiento del inocente no nos queda sino la indignación. Este tipo de acontecimientos trágicos no me es ajeno, aunque debo decir que tampoco es parte de la problemática inmediata en la que he construido mi pensamiento. Pero hay que insistir en la importancia de actuar para superar las causas de ese sufrimiento y muerte, sin ceder al resentimiento que se expresa como deseo de venganza. Con lo anterior no quiero decir que haya que renunciar a la acción para intentar cambiar el sentido de la violencia mimética. La cuestión consiste en saber si el uso de la violencia para mejorar el mundo puede ser legítimo […]. El pensamiento cristiano que procede como respuesta inteligente a una situación de injusticia y violencia a la que son sometidas naciones enteras es totalmente razonable y legítimo, con las nuevas expresiones que el cristianismo pueda tomar en estas circunstancias […] No hay que olvidar que en Occidente el cristianismo fracasó tanto como el racionalismo moderno, y por eso ahora nos encontramos en medio de esta violencia extrema que amenaza no solamente a la humanidad sino también al planeta entero. […] En este contexto de la búsqueda de superar el racionalismo ingenuo, quisiera decir algo, en cierto modo retórico, sobre mi insistencia en lo apocalíptico. Pienso que la gente no tiene suficiente temor sobre la violencia desencadenada ‘desde la fundación del mundo’ hasta la violencia extrema que vivimos en estos tiempos inciertos. Y yo no quiero tranquilizar a nadie: «Es urgente tomar en cuenta la tradición profética con su implacable lógica que escapa a nuestro racionalismo extendido. Si el Otro se acerca, y si un pensamiento del Otro radicalmente otro es aún posible, es tal vez porque los tiempos están llegando a su cumplimiento» (Achever Clausewitz, p. 195).

Reitero lo que ya he escrito recientemente: «Es necesario pensar el cristianismo como esencialmente histórico y Clausewitz nos ayuda a ello. El juicio de Salomón lo dice ya todo al respecto: existe el sacrificio del otro y existe el sacrificio de sí mismo; el sacrificio arcaico y el sacrificio cristiano. Pero siempre se trata del sacrificio. Nosotros estamos sumergidos en el mimetismo y es necesario renunciar a las trampas de nuestro deseo, que siempre radica en el deseo de lo que posee el otro. Lo repito una vez más, no hay saber absoluto posible, estamos todos obligados a permanecer en el corazón de la historia, de actuar en el corazón de la violencia, porque comprendemos cada vez más sus mecanismos. ¿Sabremos sin embargo desmontarlos? Lo dudo» (Achever Clausewitz, p. 80).

El cristianismo nos  ha traído una revelación inédita sobre cómo funciona la violencia humana. Ha puesto en marcha una verdad a la que la humanidad se tiene que enfrentar: los ídolos llenos de sangre no solucionan nada, solo multiplican la rabia y el dolor.  ¿Cuántos muertos harán falta para que nos paremos  y nos pensemos unos a otros como hermanos? Cristo ha abierto esa posibilidad declarándonos a todos con su muerte en la cruz como inocentes, unidos por su sangre en un solo cuerpo.

Ni los griegos, ni el Islam, ni el racionalismo deísta o ateo, nos dio una sola pista para escapar de la autodestrucción, todo lo contrario nos abocan a ella porque son productos de la imaginación delirante humana que fabrica dioses que auto justifican el sacrificio de los otros.

«Un dios del que podemos apropiarnos es un dios que destruye. Nunca los griegos buscaron imitar algún dios. Hubo que esperar al cristianismo para que esta perspectiva mimética se impusiese como la única redención posible, habida cuenta de la locura revelada de los hombres […] Hölderlin siente por lo tanto que la Encarnación es el único medio dado a la humanidad para afrontar el muy saludable silencio de Dios: Cristo mismo interrogó ese silencio en la Cruz para luego él mismo imitar la retirada de su Padre y volverse a encontrar con él en la mañana de la Resurrección. Cristo salva a los hombres ‘destrozando su propio cetro solar’. Se retira en el momento mismo en que podría dominar. De ahí nos es dado a nosotros probar dicho peligro de la ausencia de Dios, experiencia moderna por excelencia –porque es el momento de la tentación sacrificial, de la regresión posible a los extremos– pero también experiencia redentora. Imitar a Cristo consiste en rechazar el deseo de imponerse como modelo, siempre borrarse frente a los otros. Imitar a Cristo es hacer todo para no ser imitado.» (Achever Clausewitz, p. 218). Lo que no podemos olvidar –y lo quiero reiterar con insistencia– es que el cristianismo logró descubrir esta verdad de la víctima y también desenmascaró la mentira del sacrificio, quizás con más radicalidad que otras tradiciones religiosas de la humanidad. Tal es la herencia que deseo perpetuar».

La muert de Girard ha llegado antes de la masacre de París, pero hoy será de nuevo recordado como aquel que tenía una palabra que decir sobre la violencia humana y el papel singular del Cristianismo para entender la historia.

París bien vale una misa, en cuyo altar sean la víctima y el sacerdote la misma a persona, donde solo el propio Dios se inmole para mostrarnos el único camino de la paz.

La era de los suicidas

Por Ángel J. Barahona Plaza, 30 de abril de 2015.

Altar improvisado en el Instituto Joan Fuster, Barcelona. Foto de Ferrán Nadeu (elperiodico.com)

Debería patentar este término porque pienso que va a tener mucha relevancia en el futuroCada día que pasa me asalta una y otra vez una asociación cada vez más pertinaz: la relación entre Lubitz y Mohammed Atta. No porque el modus operandi sea estrellar aviones contra torres o contra montes, sino porque el resultado del suicidio es una inmolación en la que la víctima es quemada en el mismo altar que el sacrificador. La perplejidad que siento por la increíble y sugerente mímesis, que se repetirá más veces en el futuro gracias al impacto de los medios, se extiende como la pólvora por el escándalo que suscita entre los mirones de nuestra sociedad del espectáculo. Es un efecto contagio incontrolable. Algo que atrae no solo a los paranoicos o depresivos, sino a gentes tan racionales como Osama Ben Laden, o Andreas Lubitz, o el alumno del Instituto Joan Fuster. La estela mimética de alumnos criminales en EEUU, que va dejando una huella indeleble en las hemerotecas necesita ya una extensa base de datos

No obstante vamos al meollo: se presenta cada vez con más profusión un escenario sacrificial y cada vez más este escenario es mimético. La idea criminal que subyace está revestida de un aparato escénico sugerido, copiado de una performance original que tuvo lugar con anterioridad

El holocausto de Nabucodonosor en el honor de su nombre Imperial, al que todo el mundo ha de someterse por Ley, es el modelo. ¡¿Cómo hemos podido llegar a imitar tan bien este modelo?! ¿Qué secreto guarda el sacrificio que lo hace tan atractivo, tan universal y tan rico socialmente? Los aztecas, cananeos, egipcios, mesopotámicos, vedas, sabían la importancia de elegir el modo, el día. La catarsis purificadora estaba asegurada con el derramamiento público de la sangre. Todo el mundo entendía el mensaje. Aunque la función del sacrificio era de cara a la aceptación del humo de las víctimas por parte de los dioses, la separación entre religión y política y sociología nunca ha estado clara, entre otras cosas porque es imposible. Desde Durkheim sabemos que son inseparables. El problema nos lo plantea la diferencia entre un mundo aparentemente religioso como el Islam y el aparentemente ateo como el de Lubitz. Si miramos en profundidad no es tan descarada la diferencia: primero porque el Islam nunca ha sido separable de la intención política de su fundador. La umma es la sociedad política más sólida imaginable. Los tintes utópicos la preñan de un mesianismo que justifica cualquier medio para conseguir el fin: la expansión de la fe… Alá es el referente simbólico con tintes ontológicos que da unidad a la dispersión del género humano. Sirve de justificador y catalizador que unifica los resentimientos colectivos contra las víctimas siempre inocentes que aparecen en su horizonte newyorquino, sirio, egipcio, somalí, keniata…

Mi hipótesis es que la humanidad repite esquemas con variaciones meramente estéticas. 

El sacrificio es el modo universal que la historia de la humanidad atestigua de aplacar y controlar la violencia y la arbitrariedad de los dioses creados a nuestra imagen y semejanza para justificar moralmente lo que parece destino o fatalidad.

Como afirma Marc Jongen:

La gran novedad de nuestra situación, que llega a inaugurar una nueva época, es que acabamos de recibir un poder creador semejante al de Dios, al mismo tiempo que se ha venido abajo toda y cualquier instancia superior que pudiese juzgar sobre la legitimidad o no del uso de ese poder. En otras palabras: nosotros mismos somos los que en todo caso determinamos el derecho de usar o no dicho poder.

Los juicios de los tribunales humanos y de la historia son inútiles, siempre son a posteriori y se basan en la racionalización y legitimación de la venganza por parte del estado, o de la voluntad de las mayorías… Las condenas de los medios, los  analistas y tertulianos, tampoco sirven para nada. Sólo levantan acta notarial de la catástrofe y sus propuestas son patéticas: siempre se basan en señalar a un culpable. El analista más exitoso es el que encuentra la culpable más rápida y más finamente. Exactamente igual que hacen los verdugos: los asesinos de ISIS o Lubitz, o este chico del IES Fuster, han encontrado un culpable y al culpable hay que exterminarlo. Viejo mecanismo romano-nazi-fascista-comunista que consiste en que alguien pague mi rabia. 

Pero yo voy a desvelar el misterio: la culpa de todo la tuvo Cristo. Porque hasta él todo el mundo creía en un mundo darwiniano. ¿Quién iba a criticar a un Calígula de arbitrariedad en el ejercicio del poder o a un Mahoma en la racias de conquista que forjaron su imperio político-religioso? A partir de Cristo los hombres saben que los inocentes no cobran factura y calman o excitan la sed de sangre de los rivales, o canalizan la necesidad de llamar la atención de los enemigos sobre mis reivindicaciones. Vaivén acomodaticio según las necesidades. Siempre es lo mismo. Miles de años de historias expiatorias pueblan la faz de la tierra. Lo original es el método, la estética y la capacidad de que un solo hombre pueda causar tanto dolor con métodos de inmolación masiva. Palidece el poder destructor de  Nabucodonosor o Diocleciano en una sociedad de masas. 

Fotograma de la película 2001: una odisea en el espacio.a

Ante este panorama no nos extraña nada que los suicidas tomen protagonismo. El modelo de estrellar aviones contra las torres gemelas o contra el Mont Blanc, nos dice que la mimesis no distingue entre la moralidad de las acciones. Cada vez menos juzgaremos una acción como inmoral. Está hecha, es un hecho, resignémonos. ¡Qué se puede esperar de un ser humano! Apenas recién salido de la ciénaga de barro de la naturaleza y ya tiene a mano un instrumento mortal: la quijada de un burro o un avión. Nos tranquiliza o consuela pensar –así nos lo hacen creer la batería de psiquiatras que se aprestan a bocear en los medios que se trata de la acción sin responsabilidad de un enfermo, de un loco–. El consuelo es que los estadísticos nos dicen que son un público poco numeroso. Craso error. No se trata de locos sino de gente muy cuerda. AttaLubitz y este chico, aunque tomen pastillas son la gente más racional y lúcida que podamos conocer. Sólo que han sacado conclusiones erróneas y han asumido con honor las consecuencias de ser samuráis en el sinsentido de la vida. Nos están gritando la vida no tiene sentido, no hay esperanza si sólo nos podéis ofrecer un carpe diem lujoso. Ben Laden, rico donde los haya, Lubitz, burgués alemán de alto nivel de vida, con novia, con estudios, y este chico sin problemas de hambre, nos gritan: no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. El problema es que la palabra que han escuchado no ha salido de la boca  de Dios, sino de sus diosecillos. Ídolos miméticos, que alientan la credulidad: hagamos lo que hacen todos y pasemos a la historia. Todos los ídolos reclaman sangre. Políticos, económicos, científicos, religiosos, ideológicos. Y el único sistema que los denuncia, los comprende y carga con ellos es el cristianismo. Es verdad que ha sido descalificado porque algunos, de los que se decían a sí mismos que pertenecían a él, a lo largo de la historia han actuado igual y se han servido de él para cometer los mismos crímenes, pero los árboles no pueden impedirnos ver el bosque.

Curso sobre Girard en la @UimpValencia

Hemos visto, sin embargo, en Hegel, que el espectáculo de la identidad podía constituir un saber filosófico, saber de la igualdad y de la fraternidad. Es necesario, pues, intentar pensar de otra manera esta identidad, pensarla como un mimetismo del revés, una imitación positiva. Esto supone una crítica interna de la reciprocidad, siempre susceptible de degenerar en conflictos extremos y sin resolución.

René Girard, Achever Clausewitz

Nos es grato anunciar la celebración en la sede de Valencia de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) la celebración de un curso sobre Girard titulado La construcción de la identidad en tiempos de crisis: el papel de la violencia y la religión. En él exploraremos de modo crítico lo que la Teoría mimética puede ofrecernos para la comprensión de los fenómenos de construcción de la identidad. Como podréis ver en el programa intentaremos analizar la cuestión de la identidad desde diferentes ámbitos disciplinares: la filosofía política, la teología, la antropología, la filosofía cultural o la crítica literaria.

Será la primera vez que se organice un seminario en España internacional dedicado completamente a Girard, al menos que nos conste. Ha sido posible gracias al apoyo de la UIMP, de su campus de Valencia, dirigido por Agustín Domingo Moratalla, y de IMITATIO, una fundación dedicada a la difusión del pensamiento de René Girard. Esperemos que solo sea el primero de muchos encuentros de este tipo y que pronto la obra de René Girard comience a tener el reconocimiento que merece.

Quedáis todos invitados a asistir al curso y a disfrutar de unos días de diálogo y trabajo juntos. Aquí podéis descargar el tríptico sobre el curso: Identidad y crisis_Girard. Todos los interesados en el curso pueden hacerlo desde la web de la UIMP.

La Inquisición Laica de Hollande

Por David Atienza de Frutos, 16 de Diciembre de 2012

Hollande abrirá dentro de poco un “Observatorio Nacional de Laicidad” en Francia para quitarse de encima a todos aquellos que manifiesten una “patología religiosa” sean musulmanes radicales anticatólicos, judíos antimusulmanes o “católicos ultratradicionalistas” antihollandistas, antimusulmanes o antijudíos:  es decir, una inquisición laica.

Detrás de este movimiento se deja ver las enaguas que cubren sus vergüenzas y estas son claramente “ilustradas” pues vincula toda forma de religiosidad con violencia, por lo tanto, a mayor religiosidad mayor violencia. A los “poco” religiosos más o menos los consentirá, pero a los “muy” religiosos, no. De nuevo lo viejo, y lo viejo de nuevo. Una nueva institución nace para tratar de controlar la violencia mimética. Un nuevo intento del “progresismo” a ninguna parte de destruir lo sagrado usando una imitación o un sucedáneo “no-sangriento” de lo sagrado.

Sobre el tema del vínculo entre violencia y religión les invito a leer el proyecto fundador de la asociación Xiphias Gladius; sobre el tema de Hollande y su nuevo “Observatorio Nacional de Laicidad” debo decir dos cosas.

Primero, que hará que los musulmanes, judíos y católicos ultratradicionalistas sean más ultratradicionalistas, y segundo, que musulmanes, judíos y católicos no son equivalentes en ningún caso, pues el cristianismo no es una religión, es más bien un encuentro trascendental y personal entre un ser humano y Cristo . Como resultado de este encuentro se confirma siempre el amor profundo de Dios hacia su creatura manifestado en la Cruz donde se destruye toda violencia por que Cristo la asume, la agota en su propio cuerpo, la consume ofreciéndose a si mismo.

¿Por qué entonces perseguir a católicos que reproducen a Cristo en sus vidas y en medio de la sociedad, no devolviendo mal por mal sino recibiendo el mal y devolviendo perdón? El “Observatorio Nacional” debería perseguir a aquellos que llamándose cristianos, o no, se resisten al mal o no aman a su enemigo o no perdonan al que les hace una injusticia. Estos son (o somos) los culpables últimos de la violencia que nos acompaña y que crece y se extiende. Sólo se podrá salvar este mundo con acciones radicales de perdón, negándose a la venganza e incluso a la justicia, dejando la retribución a Dios.

Señor Hollande, por favor, haga un Observatorio Nacional Contra la Violencia pero no lo haga “laico” sólo pues la violencia laica es con mucho la más peligrosa e incontenible por que deshaciéndose de lo sagrado crece sin limites y sin control. Y lea a su compatriota René Girard, quizás entienda mejor lo que está pasando. 

La violencia del amor

Por Desiderio Parrilla, 10 de abril de 2012

El grupo Xiphias Gladius ha publicado un nuevo libro colectivo titulado: “La violencia del amor”.Participan en el libro autores como Alejandro Llano (universidad de Navarra, UNAV) o el padre Francis X. Hezel, SJ, así como los miembros del equipo investigador responsable de este blog.

El libro puede ser la lectura idónea para el verano.

Editado por la Asociación Bendita María, el libro puede comprarse en este sitio, la página web de la asociación capitaneada por Jorge Santana, que edita también la excepcional Revista Buena Nueva, publicación católica dedicada a la Nueva Evangelización, cuya lectura recomendamos vivamente.

Repito que el libro puede ser la lectura idónea para el verano.

El libro aporta criterios católicos para juzgar el presente histórico de esta sociedad global de Tercer Milenio.

A mí personalmente me regocija comprobar que su publicación coincide con la edición de otro libro hómonimo que recoge los principales escritos de Monseñor Óscar Romero.

Tengo que reconocer que tengo una devoción privada muy grande hacia el Siervo de Dios Óscar Romero. Dejando a la Iglesia el discernimiento sobre su posible martirio, sus milagros y méritos heroicos, tengo constancia de su intercesión misericordiosa a favor de los que aún formamos parte de la Iglesia militante.

Su presencia en mi vida ha sido tan real como la de la Virgen María, Don Giussani, san Juan Pablo II, san Bruno, san Atanasio, santo Tomás de Aquino, el beato Charles de Foucault o santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, por nombrar sólo un puñado de santos que lo son de mi devoción corriente.

“La violencia del amor” es un misterio que no fue entendido ni por el padre Camilo Torres Restrepo ni por Mariano Sánchez Covisa, por citar dos ejemplos coetáneos y complementarios de la violencia pecaminosa de la que Cristo nos redime.

Esta “violencia del amor” es la santidad, el misterio oculto desde los orígenes del mundo, y que en nosotros sólo encuentra imitaciones perversas, remedos que tergiversan este “ágape antinatural”, por ser sobrenatural. Este modo de amar y de vivir el amor no puede alcanzarse al modo pelagiano por la emulación y el esfuerzo, sino sólo ser recibido desde lo alto como una gracia del Espíritu Santo tras un camino de humillación y descendimiento.

Esto a mí me lo han enseñado mis catequistas y los catequistas de mis catequistas… que tuvieron que sufrir la persecución por parte de los susodichos energúmenos, o de sus seguidores.

Qué distancia tan infinita hay entre el padre Pío cuando negaba excepcionalmente la confesión a algún pseudo-penitente cerrando súbitamente la reja con firmeza y los irresponsables curas que repitieron por emulación vanidosa y protérvica la epiqueya extraordinaria y santificadora del padre Pío.

Ay, de nosotros, los hipócritas…

Ciertamente, puede decirse que el demonio es “la mona de Dios”: remeda y tergiversa las acciones santas para obtener el justo contrario de la Voluntad de Dios.

Todos tenemos en la mente casos palmarios de esta perversión satánica de la “violencia del amor” dentro y fuera de la Iglesia. Seguramente la hayamos sufrido o la sigamos cometiendo, con mayor o menor advertencia o voluntariedad. Tal vez ni siquiera queramos salir de esta pecaminosidad. Pero urge la conversión, so pena de quedar excluidos de la salvación de Cristo (Mt 11, 14) .

El padre Romero fue testigo de ese misterio de amar en la dimensión de la cruz, con tal firmeza y violencia que murió a manos de esta misma violencia satánica. La violencia de su amor aún hoy escandaliza, violenta nuestra concupiscencia y despierta la murmuración, la contumelia, la calumnia o la retracción, incluso entre los clérigos y el pueblo de Dios…

Lástima que muchas veces sean los propios energúmenos los que reivindiquen la figura de Monseñor Romero.

Sin ir más lejos, Maximino Cerezo Barredo, CMF (1932) ha sido el artista responsable del cartel a favor de su canonización, autor que despierta en mí una violencia nada santa. Así de pobres somos todos… mas todos debemos ser corregidos… cada uno de su perversión respectiva, claro.

Y es que tras el Concilio Vaticano II hubo quien leyó erróneamente “Gladium et spes”, “espada y esperanza”, en vez de “Gaudium et spes”, “alegría y esperanza”, e inició un error doctrinal sólo comparable a ese otro error que es su imagen especular: la “teología del desarrollo”, o “teología del Atlántico Norte”.

Efectivamente, este error garrafal que es el proyecto de “nueva cristiandad” de Jacques Maritain engendró una pareja de hermanos gemelos y antagónicos. La “nueva cristiandad” es la madre de estos dos hermanos antagonistas: la “teología de la liberación” y la “teología del desarrollismo tecnocrático”. Los primeros se basan en categorías vagamente marxistas; los segundos en la concepción individualista del marginalismo y la escuela liberal austríaca.

Cada uno tiene sus cifras de asesinatos a las espaldas, sus matones, sus torturadores, sus aliados, sus filias y sus fobias, sus departamentos de comunicación y opinión pública…

Ambos son enemigos de la tradición católica tanto en su antropología como en su cosmología o su política, y son los mayores enemigos internos a los que debe enfrentarse actualmente la Iglesia de Cristo, es decir, la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Es una afirmación fuerte. Sin embargo no retiro ni una coma de lo fundamental.

Comprar y leer atentamente este libro les mostrará las razones de esta afirmación tan rotunda.

Pues eso: compren el libro y léanlo.

Recuerden: “La violencia del amor”, Ed. Bendita María, Madrid, 2012.

Post Scriptum: siempre me ha hecho gracia esa errata del Libro de Kells, también conocido como Gran Evangeliario de San Columba, en Mateo 10, 34b. Donde debería poner: “non veni pacem mittere, sed gladium” (no he venido a traer la paz, sino la espada), sin embargo, en el manuscrito se escribió “gaudium” que significa “alegría”; así, la traducción queda: “no he venido a traer la paz, sino la alegría”.

Probable distracción del copista. Pero Dios escribe recto con nuestros renglones torcidos.

Post post scriptum: Lucas 22, 38. Entonces ellos dijeron: Señor, aquí hay dos espadas. Y Él les dijo: ¡Basta!

Lo que un “bonzo” es

Por Ángel J. Barahona, 5 de diciembre de 2011 [modificado el día 11 de diciembre de 2011]
“Oleada” o “provocación mimética” de los bonzos. Undécima inmolación que se registra en China este año: Monja tibetana muere a lo bonzo. 

Una monja tibetana falleció hace unos días en la provincia china de Sichuan, vecina al Tíbet, tras quemarse a lo bonzo, informó la agencia oficial Xinhua, en el undécimo caso de inmolación que se registra en esa zona en lo que va de año. Acaba de intentar suicidarse el duodécimo.
Se trata de una especie de “ola”, dicen las agencias de información, de carácter mimético, que copia el acto del tunecino que desató la “OLEADA” de comportamientos en cadena que llevó a la caída de Mubavarak, el cambio de régimen en Túnez, y la caída de Gadafi y que espera la de Asad a no tardar. El bonzo musulmán que imitó a los bonzos tibetanos es ahora imitado por los monjes asiáticas que buscan  lograr los mismas que se reos efectos. Nunca Girard es más pertinente. “Oleada” es la copia mimética por excelencia. Las ondas marinas se encadenan como las masas y arrastran a su paso todo lo que se les opone.
La religiosa, de 35 años se prendió fuego en la prefectura autónoma tibetana de Garze, donde este año se están registrando fuertes tensiones. El gobierno local ha señalado que las causas del suceso aún están siendo investigadas y que todavía no se sabe la razón por la que Qiu se prendió fuego, si bien los casos anteriores fueron para pedir el retorno al Tíbet del Dalai Lama y el fin de la represión de la religión y cultura de esta etnia.
Según grupos tibetanos en el exilio, cinco de los diez inmolados con anterioridad fallecieron. En los últimos años, y especialmente desde las revueltas de 2008 en la ciudad de Lasa y otras zonas de población tibetana, se han producido numerosos episodios violentos.
En Sichuan, donde se han producido todas las inmolaciones de 2011, las tensiones giran en torno al monasterio de Kirti, uno de los más sagrados de la zona para el budismo tibetano y que tras la primera inmolación de un monje de ese lugar, en marzo, fue sometido a un férreo control de las fuerzas de seguridad. El monasterio llegó a ser rodeado de alambradas y muchos de sus monjes enviados a centros de reeducación, lo que no hizo sino aumentar las protestas.
El Gobierno chino califica las inmolaciones de “actos terroristas” y acusa al Dalai Lama y organizaciones tibetanas en el exilio de promoverlas o incluso “glorificarlas”.
¿Qué diferencia hay entre el suicidio bonzo y el mártir de Al-Aqsa? Ninguna. Sólo un matiz que el primero no necesita llevarse consigo en su altar sacrificial a nadie más. Pero el acto es en sí miso idéntico: se trata de expulsar sobre el propio cuerpo la ira que reclama venganza. En el fondo es el mecanismo expiatorio vuelto contra sí mismo en lo físico, pero contra el otro en lo moral: “Mira lo que hacen tus crímenes, mira de lo que eres culpable, mira que herida tan grande me causas que me obligas a hacer por mí mismo lo que tú no estás haciéndome a mí, pero sí a mi pueblo”. Tiene todos los ingredientes de la teoría mimética expiatoria, como todos los casos que estamos viendo en este blog: rivalidad mimética entre facciones tribales, entre rivales nacionales, étnicos, políticos. La rivalidad pide una violencia infinita reparadora de la injusticia, que unos y otros se imputan con más o menos razón. Como las partes están desequilibradas, en las primeras fases, exigen asesinatos expiatorios que llamen la atención, generen modelos dignos de ser imitados y sugieran la salida a la crisis: una gran víctima expiatoria. No volvemos a recordar aquí a los magnicidios que citamos en el anterior capítulo, pero Cheauchescu, Sadam, Ben Laden, Gadafi, siguen la ruta antigua de los hombres perversos, como ahora los monjes bonzos.
Tiene razón el gobierno chino–salvando el juicio sobre injusticia de la invasión China del Tibet- cuando los acusa de terroristas. Porque como el terrorismo, inmolarse es un chantaje moral que imputa al otro la culpa de mi auto-sacrificio. Es un sacrificio idéntico a todos los sacrificios de la historia de la humanidad. Es un código sacerdotal que ha de ser decodificado en términos religiosos, de lo sagrado, porque busca el bien por medio del asesinato. Esa es la ambivalencia de lo sagrado de Rudolf Otto. Eso el pharmakon platónico que Derrida interpreta a la perfección en La Diseminación. Pero el que va hasta el final es René Girard: la chivo expiación nunca acabará, es un sistema primitivo pero cruelmente indudable en su eficacia. Es más, creo que Derrida se inspira en Girard, desde que éste mismo le invitó a Estados Unidos debió quedar impactado por la intuición girardiana. En uno de sus últimos libros Dar la muerte, su estudio sobre el sacrificio de Isaac y Kierkegaard apunta a la lectura girardiana sin hacerlo explícitamente. Preguntémosselo a Irak, Túnez, a Libia… si es o no eficaz  la “chivo-expiación”. [Nos dirán que sí, que la muerte expiatoria de sus tiranos les ha traído la paz. Lo que ellos no saben es que sólo sirve por un tiempo. Mañana necesitarán otro chivo expiatorio, al volver a sentir el vértigo de la autodestrucción.
Los bonzos que se inmolan buscan, creando la confusión a través de la expiación sobre sus propios cuerpos, cierto orden perdido: nación, territorio… pero la fórmula es, por una parte, un chantaje: cargad con la culpa de mi muerte… Por otra, es un cálculo racional de la descompensación de fuerzas: la rivalidad que existe entre los dos pueblos requiere un chivo expiatorio porque el desequilibrio de las fuerzas  hace imposible la igualdad gemelar en el enfrentamiento. En el fondo, la fórmula es: ejemplifico sobre mí  lo que estáis haciendo sobre mí pueblo, sentíos pues culpables del crimen aniquilador de mi pueblo-sobre mí y haced que retorne el orden que viene siempre tras la sangre derramada.]