Camps, Garzón, Job & Cía.

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 26 de enero de 2012. 

¿Qué tiene en común Camps y Garzón y el Santo Job como teoría? Poco en lo moral, pero mucho en lo psicosocial.

No desvelaré mis simpatías y antipatías, o procuraré respetuosamente no hacerlo, pero está claro que el “proceso” kafkiano que se ha llevado a cabo y se está llevando a cabo en el segundo caso, tienen unas pautas comunes aunque de distinto signo.

Es revelador que se comente que, durante el juicio, Camps estaba leyendo La ruta Antigua de los hombres perversos de René Girard. El libro es verdaderamente ciencia de la humana condición. Girard descubre que Job es algo más que un relato literario o mítico. Es un hombre relevante de su pueblo –en algunos momentos Girard aporta datos derivados de la exégesis y de la crítica textual que hablan o dejan intuir  su condición noble y casi monárquica– pero caído en desgracia. La trama pivota sobre la teoría teológica de la retribución, que es la clave de la mitad de las herejías y divisiones dentro del cristianismo. Pero no es el objeto del caso que nos ocupa. La cuestión e que este pobre desgraciado pasa de las loas y los aplausos a ser maltratado –parece que por Dios-  en una especie de puesta a prueba de su fidelidad y de su bondad. Pero la fiscalía no viene de Dios, que confía en su hombre amado, sino del inductor de la sospecha: Satán. La palabra Satán tiene un carácter técnico: es decir, no es un personaje de cuernos y rabo, con capa roja, sino –la etimología griega lo hace explícito– el acusador. Su nombre es su misión: acusar. Y acusar por envidia. No soporta la fidelidad de Job que cree que es hipócrita o debida porque todo lo va bien, gana y gana elecciones. Los amigos de Job, por llamarlo como los llama irónicamente el libro que lleva su nombre, acuden en “representación de su pueblo” , parece que para ayudarle a que se auto-acuse, y a que reconozca que “algo habrá hecho mal”, para que ahora le vayan las cosas así.  Es como el argumento tumbativo de los terroristas que justifican los crímenes, a bulto: “algo habrá hecho para que le hayan ajusticiado” (utilizo la palabra “ajusticiado” con toda ironía, porque de justicia tiene poco un crimen, pero… dice mucho de lo que es la justicia).
Los amigos, insisten en su culpabilidad, que lo reconozca es liberador; ya tendríamos la fácil solución al problema –como hicieron los más débiles en la historia de las acusaciones: confesar bajo tortura, en este caso mediática, que es la peor de las torturas “democráticas”–, pero Camps, quiero decir, Job, es un pesado que insiste en su inocencia. A mí me da lo mismo su amistad con… o su flojera con el cuidado de las apariencias, que hicieron posible que la sombra de su supuesta integridad se interpusiese entre él y el sol que le daba el aura.

Job, a pesar de los argumentos, sostiene es que es víctima de una acusación falsa, estereotipada, injustificada.  Los amigos –los enemigos en política son igual que los amigos– caen en el ridículo, sacando a relucir cosas estúpidas, conexiones infantiles entre la desgracias y las causas de estas, como los amigos que acusan a Job. ¡Anda que unos trajes, para un representante público, que son como el mono de un albañil no son ridículos!

Pero la masa –los amigos son la voz del pueblo que se yergue en la voz divina  (vox populi, vox dei)– no ceden en su acoso y derribo.  Acorralan, linchan, corean, montan el teatro trágico, el espectáculo en la plaza pública –o los medios– y sentencian: “Es culpable, linchémosle”. Menos mal que hoy en día, algo de la inspiración del cristianismo ha quedado: la presunción de inocencia de las víctimas, el in dubio pro reo. Es tan escandalosa la inocencia de Cristo que es la primera vez en la historia que los hombres empiezan a sospechar de su sistema de ajusticiamiento público: linchamientos, aquelarres, guillotinas, decapitaciones, acoso … Camps ha tenido suerte… si la democracia no estuviera asentada en este país: habría muerto como Gandhi, o Chauschescu, como Luther King o como Kennedy, como Ben Laden o Miguel Ángel Blanco, como Mussolini, como Luis XVI o Julio César. Nótese de nuevo que no distingo entre personajes morales o inmorales. Como Job. El libro deja claro veladamente que es lapidado, apedreado por su pueblo.

¿Cuál es la enseñanza de La ruta antigua de los hombres perversos? La escritura judeo-cristiana es la clave para entender lo ininteligible de nuestras perversas conductas populares. La envidia nos corroe, necesitamos víctimas expiatorias, hacer correr la sangre –no nuestra- para experimentar gozosos la catarsis… No soportamos el fracaso, el tedio, nuestras miserias, por eso tampoco el éxito de los demás. Hay que abatirlos. El pueblo se pronuncia antes que la justicia, la sentencia popular es mimética, la culpabilidad se construye, no se testifica. Da lo mismo si es o no culpable, lo importante es que el pueblo necesita un chivo expiatorio. Es interesante ver en cuántas fallas valencianas han quemado la figura de Camps o la de Zapatero, porque el fuego, totémico, ancestral es reparador, es catártico, evacúa nuestras violencias.

Seguiremos hablando otro día de Garzón, semejanzas y diferencias

Camps lector de Girard

Por David García-Ramos Gallego, 17 de enero de 2012 [publicado también en nuestro espacio en Religión Digital]

No sabría decir si Camps ha hecho gala de un humor fino, si ha sido una casualidad, si ha tenido un buen asesor que no sabía lo que hacía o si, simplemente, está tratando de comprender lo que le está pasando. Si es esto último, tal vez ha ido a dar con un buen amigo, un buen consejero y un excelente intérprete de todo el proceso.

El caso es que el gesto del imputado leyendo un libro durante la causa es digno de analizarse, según se observa en el siguiente vídeo.

El silencio de las imágenes nos permite concentrarnos en ellas. Camps lee algo en un libro, se lo pasa a su abogado. Este, ocupado escribiendo sin cesar, espera a que la mujer que hay sentada tras él se lo pase. Cuando lo recibe aún se demora un tanto en leerlo. Cuando lo hace sonriendo, y escuchando sin dejar de leer las explicaciones del ex presidente del ejecutivo valenciano, parece seguir más allá de la cita que suponemos Camps habrá subrayado –¿con rojo?– y le señala otro texto al devolverlo, texto que el Camps lee con interés.

Y, sin embargo, no es un gesto inocente.

El libro, La ruta antigua de los hombres perversos, es del autor francoamericano René Girard y si fuera un libro cualquiera el gesto de Camps no sería noticia. Los medios lo han convertido en noticia leyendo superficialmente e interpretando de forma interesada el contenido del libro.

Los medios no han tardado en dar noticia, respondiendo al gesto de Camps, pero sin entender del todo sus implicaciones. Es cierto que el libro habla de un chivo expiatorio. El mecanismo del chivo expiatorio, descrito y desarrollado con multitud de matices a lo largo de la extensa obra de René Girard, se entiende y recuerda con la misma facilidad con la que suele mal interpretarse la antropología que hay detrás.

¿Qué tiene, pues, de particular el libro que Camps muestra a los medios de forma descarada? ¿Qué nueva elaboración nos ofrece Girard del mecanismo del chivo expiatorio? En el análisis que del libro de Job hace Girard llama la atención un detalle: el protagonista es un príncipe, un rey, una figura importante entre sus contemporáneos. Pero los mismos que le idolatraban le condenan unánimemente por una culpa que no aparece, un pecado inconfesado. No dice no pecar, dice que no es para tanto, que no merece el castigo.

Esta obra de Girard hace hincapié en dos aspectos que hay que rescatar para entender completamente el gesto, seguramente inconsciente, de Camps. Por un lado es este carácter de idolatría que precede a la persecución. El santo Camps da paso a Camps el criminal. La unanimidad aquí es fundamental, pues según Girard los mismos que callaban y le escuchaban, le harán callar; los mismos que lo defendían y lo promovían, guardarán silencio y lo dejarán caer en el olvido –como poco–. El chivo expiatorio es divino y demoniaco, es el mal y la cura para el mal, veneno y fármaco.

Pero el problema aquí no es moral. Lo que Girard enseña en su libro no es el juicio moral de los políticos. Señala los procesos victimarios, que no siempre siguen el esquema “el que la hace la paga”. Como en el caso de Urdangarín, lo de menos es la criminalidad del imputado –que aquí ni confirmamos ni ponemos en duda–. Lo que llama la atención es el proceso en sí mismo, la unanimidad en el comportamiento de los asistentes al proceso –desde dentro y desde fuera– y la imagen de Camps.

La noticia habla de traiciones, de chivos expiatorios, pero no habla de lo más evidente: el título de la obra. La ruta antigua de los hombres perversos es la ruta que siguen los poderosos. La ruta que tal vez ha seguido el propio Camps. Quién sabe si lee para comprender qué le ha pasado, cómo ha podido ocurrir. Tal vez lee para aprender y prevenir a sus compañeros de profesión: Job, dice Girard, «es uno de esos hombres cuya carrera ha acabado muy mal porque ha comenzado muy bien».

Todo esto nos suena y nos suena bien. Hay que tener cuidado con ascender mucho, pues cuanto más arriba lleguemos más grande será la caída. Creemos que Camps es culpable. No nos damos cuenta de que es lo de menos. Necesitamos cabezas de turco que expliquen qué nos está pasando, el por qué de la crisis. El pueblo pide sangre y es sabido que vox populi, vox dei. «El ascenso y caída de los grandes constituye un misterio sagrado cuya conclusión es la parte más apreciada. Aunque siempre sea la misma siempre se espera con impaciencia». Girard nos habla en su libro de la caída de los poderosos como de un teatro, un mito en el que cada cual desempeña su papel para que todo siga adelante como si nada. Ya saben ustedes que todo tiene que cambiar para que nada cambie.

Queda por saber si el gesto de Camps tiene algo de revelador. La repercusión en los medios ha sido como poco desproporcionada, pero ha logrado situar el gesto de Camps pasando un libro que quería que se viera, dentro del mecanismo del chivo expiatorio, como la última queja de uno que es culpable, y no como la denuncia y la revelación de la verdad oculta bajo todo linchamiento colectivo.

Me cuesta pensar en un Camps girardiano que ha llegado a entender algo más de lo que han entendido los medios de comunicación. Pero creo que tanto él como los periodistas que han olisqueado el libro han comprendido que dentro de sus páginas había verdad sobre el hombre. Y se han apresurado todos a silenciarla de la forma más efectiva: agitándola ante nuestras narices. Camps agita el libro, los periódicos agitan la noticia. Nadie se entera de nada.