Miedo (2)

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el 20 de marzo de 2016.

Valores perdidos, sin nunca haberlos hallado.

Hemos dado carpetazo a un cristianismo que nunca conocimos más que en su rostro desfigurado por los pecados de algunos que se llamaban a sí mismos cristianos. Esta auto denominación -tal vez no por maldad sino porque que respondían a un contexto cultural-responde a una historia heredada que no se esforzaron por asimilar. Se quedaron a medio camino de llevar las enseñanzas del evangelio hasta las últimas consecuencias. Se quedaron anclados en el aparato cultural tejido de mil y una formas paganas subsistentes: amor al dinero, culto al eros, adoración de la violencia, costumbres bárbaras que cambiaron a Odín por Cristo sin resolver la diferencia, a Venus por la Virgen sin entender la diferencia. Por eso es tan fácil la transición actual, “el retorno de los brujos” ya es un hecho (Pauwels), la vuelta de la Virgen a la Pacha Mama ya es un hecho, de la Iglesia a la Madre Naturaleza.

Hoy vemos con asombro que se adoptan como propios de la Ilustración valores cuyo origen es netamente cristiano, inéditos hasta que irrumpe el cristianismo en escena. Si bien es verdad que disfrazados por nuevas configuraciones parecen creación original del último estertor de la razón –por decir algo–: la familia, el respeto, la tolerancia, la paz… Pero les han cambiado su esencia: por el miedo a que un ser humano sufra de soledad cualquier cosa es familia; por el miedo a que la libertad del otro me dañe exigimos un respeto que castra nuestra libertad; por el miedo a ser rechazados exigimos tolerar todo lo moralmente intolerable; por el miedo a la violencia de los otros amputamos nuestra sed de relaciones auténticas, nuestro anhelo de verdad.

La clave de la posmodernidad es el miedo. Por eso hay que abolir las antiguas seguridades para mecerse en la inseguridad como punto de anclaje tembloroso. La ausencia de certezas parece que es el derivado de una mentalidad cientificista, pero es sólo miedo al debate sobre lo que verdaderamente importa. Tanto a nivel privado como público, tanto en la familia como en el trabajo. Hoy en día es difícil sentirse perteneciente a una comunidad. La pertenencia no es sobre la identidad compartida, abierta, arriesgada y amorosa, a una comunidad, sino una identidad a la contra, por rivalidad: me apunto un grupo que odia al otro, a una nación que odia a la otra, a un partido que odia al otro. Pertenecemos a una sociedad global, pero falta definición de identidad propia. Esta situación hace perder el equilibrio y, en los más vulnerables, provoca crisis de ansiedad y depresión. Por ello, el miedo a no saber “quién eres” se logra por contraposición. Es el triunfo de la dialéctica hegeliano-marxista.

Detrás de estas relaciones atormentadas se encuentra la experiencia del dolor de entrar en contacto con los otros. Sartre ha calado en el alma posmoderna: el infierno son los otros. Sin el parapeto moral que nos daba la cultura –pátina cultural-cristiana- cada vez más ante una dificultad (como un amor frágil o finito) se ve como opción el crimen o el suicidio, la destrucción de la familia, de los vínculos que unieron románticamente a la pareja. El miedo a sufrir y el infantilismo de moda: tolerancia cero a la adversidad, a cualquier contrariedad… nos hace incapaces de sostener las relaciones que alguna vez no supongan ser una fuente de placer permanente.

Cada vez más se hace insostenible una relación que contenga algún elemento de desagrado, que no sea una adoración narcisista compartida, donde el otro no funcione de espejo y ejerza su crítica. Las personas ya no distinguen el impulso del deseo, el sexo del amor. Pensar es demasiado costoso, adentrarse en los entresijos de la personalidad propia, de los propios defectos, se hace insoportable. Vivimos instalados en la autocomplacencia, en el caballo de una falsa libertad (cuanto más libres creemos ser más imitadores somos). Nuestra frágil autonomía (aunque en apariencia sea soberbia, cada vez más dependemos de la mirada y aceptación de los demás) se quiebra ante el primer obstáculo. El primer viento contrario nos disuade de seguir buscando nuestra Ítaca.

Miedo 2_her

Fotograma de Her de Spike Jonze, con Joaquin Phoenix.

Por eso nos refugiamos detrás de pantallas, fotogramas, instagramas, facebook. Y nos congratulamos con películas apocalípticas que pasan lejos de casa. Pero lo único que importa es tener un perfil. El miedo a una relación real (películas como Her, o series como Black Mirror), miedo por no tener identidad, miedo de recordar cosas desagradables, miedo a no dormir bien, miedo al sueño, miedo de mirarse por dentro, miedo de no gustar, miedo de aceptar algo que no me agrada y que me incomoda, son el motor de las psicopatologías del siglo XXI. Las drogas, el juego, la bulimia, la anorexia, la ansiedad incontrolable, el alcohol, agorafobia, el síndrome de hiperactividad, el síndrome obsesivo compulsivo. Las nuevas dependencias adictivas se presentan como alternativas para definir el propio ser y ser identificado, pero tienen la contrapartida de incrementar las dimensiones del problema en vez de solucionarlo.

Una forma universal y perenne de canalizar el miedo es encontrar un culpable. Los miedos y visiones apocalípticas aparecen en el horizonte y necesitan un chivo expiatorio para no desembocar en una catástrofe autodestructiva, auto inculpatoria. La solución: echar la culpa a otro. Este es el éxito de determinadas psicologías, análisis sociales, políticas… El éxito de los partidos populistas reside en que tienen fácil señalar a un culpable. Esto libera mucha energía reprimida, resentida, canaliza la descarga eléctrica a la toma de tierra. De una generación a otra prima el olvido, y la confianza se reinstala en la esperanza de que ahora sí se va a inaugurar la justicia, la honestidad… En esa nueva ilusión votamos, nos revolvemos en el asiento frente al televisor como quien está jugando un partido definitivo. Ese nosotros ficticio en el que nos sentimos arropados nos quita por un momento el miedo y nos permite respirar. Ese nosotros nos reviste de pureza, de buenas intenciones, de inocencia. El mundo es recreado, hemos disfrutado de minutos de paraíso. Hemos tocado el árbol que nos hace dioses.

Por un minuto perdimos el miedo y la memoria.

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Miedo (1)

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 20 de marzo de 2016

Nubes negras se ciernen en este invierno extraño a punto de acabar. Han cambiado mucho las cosas. La agitación se siente en todos los ámbitos: en la carretera, en la familia, en el trabajo, en la política, en el planeta y sus planetadas. Hace tiempo era la muerte el “problema”, pero la Ilustración, la ciencia y la filosofía política nos convencieron que eso era un invento de la Iglesia, y de que el infierno estaba clausurado por defunción. Ellos nos abrirían el futuro, nos darían la paz, la salud, la vida, nos sacarían del oscurantismo, nos llevarían a un cielo real, histórico. En definitiva, nos devolverían al paraíso de la naturaleza del que nunca fuimos expulsados. Nos han convencido de fue un ensueño pensar que no pertenecíamos “solo” a ella.

Lo que ha pasado es que después de muchas décadas de política, de filosofía humanista, de sexo libre, de mucha ciencia y técnica, de mundo sin ley por exceso de ley, ahora lo que horroriza es la vida. Nos vemos miedosos de la libertad que los otros tienen para matarnos, de la autoridad que los otros tienen para educarnos, pero todavía dudamos a la hora de si dejarnos conducir a los pastos de hierba fresca que nos prometen unos u otros o desconfiar de cualquier iluminado “pastor del ser” que nos bañe con su luz científica, filosófica o política. Ya no nos fiamos ni de la madre que nos parió. La incapacidad de relacionarse, la falta de identidad, la angustia ante la soledad: el frío que hace ahí fuera es sobrecogedor. Y la calefacción que inventamos contamina el planeta, los cuerpos se vuelven enfermos, venenosos, sidosos, zombis: la autonomía que nos prometió Kant que “ya” llegaba con el atrevimiento, el orgullo y la soberbia de una sociedad civil madura, se ha convertido en psico-dependencias, esclavitud y neurosis, privadas y colectivas. Esa supuesta y deseada autonomía no es más que caos de opiniones encontradas e irreconciliables.

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The Source, de la serie Burn Season del matrimonio de artistas Robert and Shana ParkeHarrison (c).

Un paseo por el gabinete de un psicólogo o un psiquiatra nos da la idea de que no es nada exagerado esto que estoy diciendo. Nadie sabe nada aunque todos pretenden ser gestores exitosos del conflicto que nos envuelve en todos los órdenes. Un paseo por las estadísticas de suicidios, de alcohólicos, de drogodependientes… Un paseo por los periódicos que nos muestran que el cumplimiento perfecto del decálogo de los nuevos fariseos es un hecho consumado, que juzgan el comino y pasan el camello… Un paseo por los medios de comunicación, por los parlamentos de todo el mundo nos habla de un caos ininteligible y una exclamación brota en nuestro subconsciente: “es lo que hay”.

Nos basta: todo el mundo  –al menos la masa mayoritaria– deshonra a sus padres enviándolos por su bienestar –eso sí– a la residencia de ancianos o más “compasivamente” está pronta para votar el suicidio asistido; todo el mundo ha perdido el respeto por el descanso; todo el mundo ha convertido la fiesta en estrés; todo el mundo mata, roba, y su ética consiste en hacerlo para que no le pillen; todo el mundo adultera, miente, desea lo del prójimo… Basta analizar las manifestaciones que los psiquiatras hacen de las ansias y las fobias en sus estudios, para ver la mejora sustancial de vida que nos ha aportado el orgullo dionisíaco que se desató con el rechazo del cristianismo. De los panegíricos de Maquiavelo a Voltaire, pasando por los grandes profetas: Nietzsche, Marx, Lenin, Heidegger,  Sartre y su Beauvoir, a los alegatos de libertad, democracia, e ironía, de los nuevos posmodernos lo único que ha cambiado es el punto focal del miedo. Los nuevos miedos  de hoy en día se encuentran en  entre nosotros, los nuevos fantasmas que nos quitan el sueño (aunque para eso tenemos pastillas, ansiolíticos, Valium, programas narcóticos de televisión, futbol y drogas –debemos dar gracias a ese Dios defenestrado que respeta nuestra capacidad infinita de alienación–) nos han traído “cierta”  confusión. La perniciosa tendencia a confundir la realidad con los fantasmas, ha tomado una consistencia tal que lleva a los psiquiatras, a las universidades y a los políticos a organizar grandes encuentros mundiales de investigación de los casos que están fuera de control. Acabaríamos antes si solo pensásemos los que parecen estar controlados: ninguno.

Miedos a perder la relación con la única persona que un día (por interés, por miedo a la soledad, por romanticismo, por todo, por nada) me dijo que me quería… por eso ahora la mato –y lo llamamos violencia de género–. Y por miedo a perder el trabajo me auto-exploto, –y lo llamamos capitalismo salvaje–; por miedo a perder la seguridad que me ofrece el Estado, lo adoro y me hago su esclavo –y lo llamamos Estado del Bienestar–; por miedo a no ser o a la soledad me hago un perfil de Facebook mentiroso –y lo llamamos redes sociales–; por miedo al vértigo que me provoca el misterio incomprensible del “otro” y sus “otredades”, a su libertad, a la soledad me acompaño de miles de “amigos” sin rostro tridimensional en la red –y lo llamamos identidad digital–. Miedos acompañados de estrés, vulnerabilidad, emotividad a flor de piel, agotamiento, crisis económica por la falta de ética de muchos. La solución es huir hacia adelante: todos roban, yo también robaré; todos adulteran: yo también adulteraré; todos deshonran, yo también deshonrare, todos juzgan, acusan, reivindican, yo también reclamaré mis derechos; todos desean lo que el otro ostenta, yo también, nadie siente deberes: yo no voy a ser menos.

Terrorem meum in intimo

Nadie se reconocerá en lo que estoy diciendo. No se reconoce un miedo generalizado y de masas, tan solo cierto espasmo temporal cuando un atentado o una catástrofe nos asola… pero dura un segundo de sobrecogimiento, porque inmediatamente podemos cambiar de canal y ver a un “payaso” –hoy “comentaristas”- haciéndonos sonreír aireando de las miserias de otros. Los peces no saben del agua, viven en ella, saben del aire, donde no pueden vivir.

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Ese es el problema, por eso no buscamos soluciones. Se trata de pequeños-grandes terrores íntimos que, con extrema facilidad nos obsesionan, pero tan sutil, tan cotidianamente, que aprendemos a vivir con ellos, los somatizamos, los amamos, nos consuelan: un pequeño lamento, un pequeño malestar es tolerable, un lengüetazo de placer nos lo calma, como los perros que se lamen sus heridas, porque mientras pienso en él, los cadáveres que caen a mi lado no adquieren significación, no me exigen responsabilidad, no me inquietan, pero estas pequeñas incomodidades logran apoderarse de la mente. Jean Michel Oughourlian dice en su libro La génesis del deseo, que su consulta está llena de gente triste que sufre sin saber por qué, sin poder objetivar la causa de su dolor. Lo que hoy nos atormenta es el miedo del miedo.

La mujer de Julio César, Calpurnia, le advirtió en la víspera de su asesinato de la conspiración que se cernía sobre él. César respondió:

“No debemos tener miedo del miedo”.

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Oughourlian nos advierte: por el miedo que tenemos al miedo generamos relaciones enfermizas, falsas identidades, pérdidas de autonomía, pequeños sufrimientos que se transforman en ansiedades insoportables. Dupuy nos alerta en la Metafísica de los tsunamis, que del pánico nadie estamos libres. Pero antes el pánico tenía su justificación: terremotos, guerras, volcanes… hoy una mala mirada, una expulsión del trabajo, un pequeño contratiempo, un lunar analizable, un bulto en el pecho, un pequeño movimiento del gobierno de turno que deje entrever la debilidad congénita de Papá Estado hace temblar a los niños y provoca un tsunami. ¿De dónde viene esto?

Esta pregunta merece un segundo post.

De Fallas, manifestaciones, parlamentos y otras realidades miméticas.

Por David García-Ramos Gallego, 11 de marzo de 2012.

Uno puede preguntarse qué ha pasado con el movimiento iniciado en el Luis Vives en Valencia casi no hace ni un mes. Pues bien, nada. O, más bien, lo que le sucede a todo movimiento o dinámica, a todo «aparente» caos: las aguas vuelven a su cauce. Lo interesante es comprobar qué ingeniería social ha devuelto esas aguas y a qué cauce. Y el caso es que, con sorpresa, a pesar de que desde una perspectiva girardiana pareciera inevitable, comprobamos que las aguas vuelven al río de la fiesta. No una fiesta cualquiera, sino una fiesta claramente sacrificial. Me refiero, ya lo habrán adivinado, a las Fallas.

Para un madrileño que vive en Valencia –como es el caso– las Fallas constituyen un ejemplo vivo de un folklore que en muchos sentidos se está perdiendo en nuestra aldea global –no en vano han iniciado su carrera para obtener el título de patrimonio de la humanidad–.  Ver cómo una de las ciudades más grandes de España se paraliza durante una semana entera –desde al menos el día 8 de marzo ya hay calles cortadas–, cómo las masas se reúnen en lugares comunes, como acuden gentes de todas partes a la gran quema de los ídolos, anunciada cada mediodía por una mascletá de pólvora y ruido –símbolo puro de la violencia real de las armas, pólvora sin balas– hasta el paroxismo de la noche del 19 de marzo. Esa noche casi todos los ninots y las enormes reproducciones de personajes y figuras públicas, satirizados –la víctima culpable– son quemados y la fallera mayor de cada falla llora por la quema, llora por la víctima.

Monumento en el momento de la cremá (fuente: Wikimedia Commons)

Al conocedor de la obra de René Girard no le resultarán ajenos estos movimientos. El profesor de la Universidad de Valencia, Xavier Costa, en su estudio sobre la fiesta, afirma que las fallas, cada uno de los casales, de las pequeñas –o grandes– asociaciones falleras, funcionan como mecanismos de regulación social o de sociabilidad: el extranjero, por ejemplo, se mimetizará con el entorno formando parte de una falla. El sociólogo valenciano habla, además, del carácter crítico y satírico de la fiesta fallera. La fiesta fallera tiene una función socializadora, creando un ámbito público de crítica. «El punto de referencia más obvio de esta esfera pública festiva es la sátira crítica del monumento o del pasacalle». Es decir, que el monumento que será en unos días pasto de las llamas funciona como chivo expiatorio de la sociedad.

En las fallas nadie es extranjero, las clases se mezclan. El uso de la prenda tradicional iguala a los pobres con los ricos –aunque es evidente que ya en la elección de las telas juega un papel determinante la capacidad adquisitiva, los esfuerzos realizados por muchos falleros para aparentar a través de la vestimenta son enormes–, las procesiones y desfiles se suceden, cada falla trata de marcar la diferencia, pero, como siempre sucede en estos casos, todos tienden a parecerse cada vez más. Cada falla compite por tener la iluminación más fastuosa, el monumento más grande, por hacer la mejor paella, plantar el casal de mayores dimensiones o, simplemente, disfrutar más que los demás. Semejante frenesí que se repite año tras año tenía que ocultar necesariamente ese otro frenesí que han supuesto las manifestaciones y todo el movimiento de la #primaveravalenciana.

No obstante, la #primaveravalenciana se ha reinventado como #intifalla. Desde que comenzaron las protestas en 2010 y a lo largo de 2011, hemos asistido a un efecto dominó. Como ya demostramos en su momento, dicho proceso tenía como base el mimetismo: la imitación de los unos y los otros, del individuo hasta la masa, y luego de masa en masa. De modo que en Occidente el modelo árabe/norte-africano se ha copiado hasta en los más mínimos detalles: el uso de las redes sociales, las acampadas, la toma de espacios significativos, e incluso los nombres. Llamar a un movimiento #intifalla, juego obvio con la intifada es un gesto despreocupado de imitación que, o bien parte del desconocimiento de lo que supone una intifada –en tanto gesto puramente religioso–, o bien lo asume como tal, secularizándolo. En cualquier caso, si lo único que quedaba por imitar era la violencia con la que se produjeron las protestas en el Norte de África y en Oriente Próximo, ya estamos a un paso de lograrlo.

Menos mal que, en Valencia, las fallas están por encima de todo. Unifican hasta lo inconfesable: hasta la pérdida de ideologías, de posturas revolucionarias y de indignaciones de todo pelaje. O casi: las falleras mayores de años anteriores emitieron un comunicado en el que se mostraban «indignadas» por las protestas en la plaza del Ayuntamiento de Valencia durante las mascletàs. Así, al final, la fiesta prevalece, y con ella la unidad sobre la división. Otra cosa discutible es a qué precio se paga la unidad. Pero eso daría para otra entrada.

Como también daría para otra entrada una propuesta interesante: considerar el juego de las democracias parlamentarias hoy como una suerte de estructura fallera cuyos monumentos han de ser quemados de tanto en tanto, indultando a este o a aquel político. Pero me temo que son muchos los indultados y pocos los quemados, por ahora. Aunque ya se han ido produciendo quemas públicas de ninots. Dios no quiera que lleguemos a la quema de todo el monumento, algo que algunos personajes indignados parecen desear, pero que no llevaría a ningún lugar más que a un caos del que difícilmente podríamos salir. La democracia parlamentaria es nuestra última protección ante la violencia absoluta. Como la fiesta fallera ante la descomposición social. Por eso, a pesar de las convicciones que puedan tenerse –son las dos y media de la madrugada y la música se cuela a un volumen de discoteca a través de las persianas echadas y las ventanas aislantes–, debemos defender, por ahora en esta espera de la parusía, una y otra como mecanismoa que nos preservan de nuestra propia violencia de forma muy efectiva.

La #intifalla ha terminado antes de haber comenzado. Los ciudadanos indignados porque las manifestaciones de indignados cortaban las calles al tráfico pueden respirar tranquilos: disfrutan ahora de una ciudad completamente paralizada, pero sin una pizca de indignación. Y los indignados, mimetizados con el resto de celebrantes, podrán esperar a aguar la Pascua con nuevas manifestaciones. Para entonces todos habremos sido «indultados».

Por cierto, del pobre San José, como de costumbre, casi nadie se acuerda. El próximo lunes celebramos la fiesta del padre retirado, de esa sombra del Padre, de ese santo que se aparta, literalmente, para que Dios se encarne. Esa sí que es una buena falla y el mejor de los parlamentos.

Lo de Londres, lo de África, lo del Noruego y lo de Madrid

Por Ángel Barahona Plaza

Todos los sucesos necesitan una teoría que los interprete. Este es uno de los puntos débiles del naturalismo… Si es consecuente en este caos de lo social –no menor que el de las ciencias naturales- todo sucede porque sucede, sin explicación racional, de manera casual, sin más perspectivas de comprensión que la regularidad. Desde Hume venimos creyendo esto pero sin ser consecuentes. El puro empiricismo no nos puede decir otra cosa. Los sucesos del mundo no tienen nexos causales explicativos, son aleatorios, y lo único que nos permite sospechar un orden es su repetición, su machacona y contumaz regularidad, pero tampoco tenemos garantías de que ese conato de orden permanezca o se estabilice para siempre, para que se pueda convertir en ley científica. Esto es así para la genética, la neurociencia, la física, y hasta la economía, la historia, etc. –fíjense en donde pongo el “hasta”-. El protagonista shakespeariano tenía razón: la historia es el relato de un loco lleno de furia y de rabia, o, tal vez, como Chesterton nos quiere decir en el pasaje del Padre Brown en el que un pobre loco se encuentra atado a un árbol en medio de una tormenta…  todo forme parte de una teoría, de la que no sepamos encontrar las claves.
Aquí los naturalistas, materialistas, marxistas,  positivistas, no son coherentes… porque tendrían que decir lo que he dicho al principio y callar para siempre. Pero no. Dan explicaciones de todo tipo. Casi todo lo que dicen es en parte verdad, pero sólo en una pequeña parte: que si el malestar del desarraigo, que si las desigualdades económicas, que si el efecto de la educación multicultural fracasada, etc., etc. Pero creo sinceramente en que no deberían decir nada puesto que el materialismo coherente debería no incluir ningún criterio racional en los sucesos del mundo. En cuanto crean en un criterio racional se les va a colar el monstruo divino y van a tener un problema, o nos van a matar a todos para ajustarnos a su concepción inequívoca del mundo..
Se pueden esgrimir algunos argumentos.  No pretendo, argumentando a la contra, la racionalización absoluta, pero sí creo que es fácil encontrar unas razones plausibles que pongan un poco de orden.
Estamos últimamente viendo que hay terroristas de cultura occidental, que el Efecto dominó…” href=”https://xiphiasgladius.wordpress.com/2011/02/15/efecto-domino/”>efecto dominó ha llevado a una oleada o cadena de movimientos juveniles en el Norte de África. Que los jóvenes quedan en la puerta del Sol para protestar indignados por no sé qué situación – el motivo es lo de menos – para incoar algaradas multitudinarias, como quedan en  la Estación Central de Nueva York para bailar a lo Michael Jackson o montan un flash mob en cualquier lado vestidos a lo Elvis o de Bola de Dragón.
No hace falta leer a René Girard (El origen de la cultura, Trotta) y a Jean Pierre Dupuy (El pánico, Gedisa), o a Elías Canetti (Masa y poder, Galaxia Gutenberg), para entender  que se trata de un juego mimético. Sí, existe una ley, no sólo una regularidad. Los jóvenes de la sociedad de masas imitan. La imitación, antes que la racionalidad, es constitutivamente lo más humano de lo humano. Es una pena que a los materialistas sólo les atraiga de esta teoría el descubrimiento –de corte naturalista- de las neuronas espejo. El ser humano imita cualquier gesto que pueda sugerir que el modelo, el líder, ha encontrado un sentido direccional a la acción en medio del caos que nos da vértigo. ¡Hay que seguirle de inmediato! Cuando se ve que esa oferta de salvación es como todas: efímera, puntual, y que  arrastra irremediablemente al caos y a la violencia… ya es demasiado tarde. Entonces los analistas y el gobierno buscan una causa culpable… Debaten, dirimen, discriminan, diseccionan, toman medidas… La economía, la educación y vuelta a  empezar hasta el próximo movimiento flash mob, crowd, de masa anodina. Hay una racional racionalidad en la masa: el hombre imita a su hermano. Es verdad,  aquí la contribución del marxismo es oportuna: la desigualdad de clases, el convivir con un vecino al que la vida le va bien, la multicultural vivencia de la injusticia por cuestiones de raza, nacimiento… ¡Qué va, que no pretenda tamaña originalidad! El marxismo es la enésima versión del Génesis: la envidia es mimética. Tal vez Nietzsche nos lo explique: los esclavos se rebelan, los últimos hombres llenos de lujuria, de deseo de poseer  el poder de los señores, el resentimiento… ¡Qué va, el hijo del pastor protestante, Nietzsche, sólo bebe de la misma fuente que el hijo del judío mal convertido: el Génesis! Los hombres, que han matado a Dios, se envidian y rivalizan hasta importarles nada la vida del otro. Los dioses se matan entre ellos, se odian, resienten una y otra vez que el azar-destino-fatum  les ha tratado mal. Si fueran consecuentes con su propia teoría…, como no lo son, siguen imputando a Dios la culpa de su mal, pero como lo que tienen de él a mano son los creyentes…-  se manifiestan contra él  asediando a los cristianos. Nuestro problema consiste simplemente en que todavía creemos en una razón para entender el caos, en que el sufrimiento tiene un escandaloso sentido, que la libertad reporta injusticia pero la genial posibilidad de neutralizarla juntos, que la causa de todo los males es la envidia mimética.
Algunos se quemaron intentando comprobar que no había regularidad causal en el fuego (muertos, heridos, encarcelados), pero da igual, de inmediato buscamos otro modelo digno de ser imitado. Luego los medios  se encargan de extender como la pólvora la sugestión. No pasa nada, mañana habrá otra genial idea para imitar que nos saque del aburrimiento.
Lo malo que se empieza a repetir mucho la regularidad de que los retrógrados que “todavía creen” tienen la culpa de algo…
¿Qué tendrá que ver Londres, con el Noruego, con el Norte de África, con las protestas por la visita del Papa? Nada, pero son los falsos protagonistas los que se empeñan en la teoría: economía, desigualdad, injusticia, política… la derecha, la religión. La izquierda posee la verdad: la culpa siempre la tiene el otro.
A nosotros nos posee ella, y nos dejamos poseer: todo está escrito. No estoy hablando de religión, ni de sobrenaturalismo. Es muy sencillo, se encuentra en el Génesis (J-M Oughourlian, La génesis del deseo): envidia de tener un modelo realmente digno y coherente, envidia de tener esperanza fundada, envidia de que a mi hermano le caiga mejor la chaqueta, genera en mi hermano –al que amaré aunque me mate- resentimiento, malestar en él y en su cultura.  Y el final también lo sabemos: nuestra propia teoría dice que en cada generación hay que elegir. Si se rechaza a Cristo tienes a Barrabás, el hijo de la violencia. La historia es muy sencilla, creemos nuestra propia teoría, no vale nada, pero es que es tan predictiva.  Caín, tu hermano no tiene nada contra ti, ni tiene la culpar de tus males. ¡Déjale en paz, hijo mío!

>"Domino’s Theory" (2).

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Sigo dándole vueltas a lo de Egipto (aka, anteriormente, “lo de Túnez”) y por más que le doy vueltas siento que se me escapa algo. Como si cognitivamente no estuviera preparado para esto. Para comprender la complejidad, para entender la morfogénesis de estas estructuras políticas, sociales, antropológicas… ¿religiosas? Pronto, seguramente, llegará el mito.
Tomando el guante que nos ha arrojado Ángel os propongo deconstruir el mito antes de que se produzca. Antes incluso de que tenga atisbos de mito, de relato religioso (es decir, relato que explica, muestra y oculta a la vez la violencia originaria). Antes de hacerlo, es necesario plantearse un par de preguntas epistemológicas. La primer hace referencia a la posibilidad de tal empeño, y es una pregunta a la que se tienen que enfrentar muchos historiadores, críticos literarios y antropólogos: ¿hay la suficiente distancia? Dando por hecho que es necesaria la distancia para la objetividad, dando por hecha la objetividad de la distancia, asumiendo que todo conocimiento válido ha de ser objetivo, que todo conocimiento subjetivo es sospechoso, platónicos encubiertos. No hay suficiente distancia, eso está claro. Estamos ante las cosas que están siendo, que están fundando. Estamos en el origen de algo, se supone. Eso dicen, o dirán los periódicos. Esta distancia cronológica está unida a una segunda distancia, la cultural (bajo sospecha de etnocentrismo) que también cuenta y mucho. Una doble distancia, por tanto, que para muchos es insalvable (aunque, lo puede confirmar el señor Atienza, es cierto que ya hay empeños antropológicos encaminados a saltarse a la torera ambas distancias e ignorarlas por completo en sus trabajos de campo) y nos deja sin los análisis de las únicas cosas que realmente nos afectan e interesan: las de ahora, y aquí.
La segunda pregunta que tendremos que formularnos es algo más pedestre: ¿podemos analizar la complejidad geopolítica antes aún de que toda la red de complejas relaciones se haya establecido, antes de que esa red se haga tan tupida que proteja y oculte a la vez el hecho que tratamos de descubrir bajo ella? ¿No nos estaremos adelantando a los acontecimientos? ¿No estaremos proyectando sobre la situación una retícula que nos impide verla realmente tal cual es? Lo cierto es que nos moveríamos en el terreno de la falacia. 
Nada de esto, por lo que parece, ha afectado a la laboriosa y anónima Wikipedia [no tan anónima], que ya se ha sumado a la fiebre del análisis en entradas como esta, con sus correspondientes y variables versiones en inglés, francés e italiano (que son las que he consultado). Es decir, ¿cuándo mejor que ahora vamos a tener acceso a tal cantidad de material, opiniones e interpretaciones que ahora? Es ahora cuando están empezando a escribirse los libros, a cristalizar los informes, los estudios, a acumularse crónicas y reportajes que terminarán en libros, y el largo etcétera que termina construyendo eso que es un mito, una religión, un estado. 
Algunas de las tesis del libro de Cavanaugh pueden testarse en este amplio arco de acontecimientos. Para ir hincando el diente os copio algunos de los enlaces que he ido recolectando acá y allá:
Diarios y publicaciones españolas:
Textos de los USA y mundo anglosajón:
“Egypt’s Revolution, Bush’s Victory?”, Blog del NYT, 11feb2011, (esta está muy bien porque apunta al dedo de Bush como el dedo que tiro la primera ficha del dominó);
“Military Offers Assurances to Egypt and Neighbors”, 12feb2011, NYT, (el papel del ejército ¿pacifista? en toda el desarrollo de los acontecimientos en Egipto)
“Violent Clashes Markt Protests Against Mubarak’s Rule”, NYT, 25ene2011, (donde la cosa ya no pinta tan pacífica… )
“Egypt Leaders Found ‘Off’ Switch for Internet”, NYT, 15ene2011, (que apunta una cuestión de la que casi no hemos hablado, pero que sería un item interesante: el papel de las redes sociales e internet como nuevas vías de contagio mimético )
“Why Israel Hates the Egyptian Uprising”, Slate, 3 de febrero de 2011 (ésta es una revista que pertenece al grupo del Post, de raíz liberal; tiene versión en francés)
Textos en francés:
“Tunisie, Algérie… La théorie des dominos dans le monde arabe” , 14 de enero de 2011, Slate France (he aquí la versión francesa con un texto muy interesante)
En inglés algunas blogs activos de seguimiento de las revueltas: 
En inglés aún, infomes y análisis reportados:
Un breve análisis del Council of Foreign Relations, un think tank fundado por David Rockefeller que se dice independiente… claro que cuenta entre sus miembros a Angelina Jolie (¿?). En serio, no está mal.
Del mismo grupo, este análisis “Can Tunisia Spark a Revolucionary Wave?” (sobre el concepto de revolutionary waves podéis ver este libro)
Otro análisis de otro think tank, este de Carnegie Endowment. Estos americanos se pirran por los análisis.
No sabemos aún qué fichas caerán, pero cuando lo sepamos nos será tan evidente que nos lamentaremos de no haber caído antes en lo evidente. Es curioso comprobar cómo precisamente esta actitud es la que nos impide reconocer las cosas ocultas desde la fundación. La ocultación (la meconoissance) nos obligaría a ir en contra de ese impulso a creer evidente entonces lo que hasta ese momento era poco menos que improbable. Al excavar en esa dirección encontraríamos, sin duda, la sorpresa de lo evidente, inevitable y profetizable: la mímesis, nuestro obsesivo anhelo de identidad con el otro que nos lleva a sucumbir en las peores formas de mímesis, aquellas en las que nos desbordamos en la identidad con la masa. De todos modos no podemos evitarlo: es la masa la que nos preserva de lo peor, que aún está siempre por venir. La pregunta es (y, Ángel, por ahí podría ir una ponencia para el COV&R) ¿qué significa todo esto, y que papel juega/jugará Europa/USA?
[Adenda: esta entrada la comencé el viernes. Después de un fin de semana “apartado del mundanal ruido” en Javea, disfrutando de paz, amistad y paisajes casi de mentira, añadimos nuevas piezas: Libia. Y con ella llegó la violencia: la noticia en El Mundo y en El País]

>Efecto dominó…

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Es curiosa la dinámica del “efecto dominó”: rápidamente olvida uno el origen de la avalancha de piezas y se somete alucinado al espectáculo que se le ofrece, que no es otro que el de una hipnótica sucesión interminable de piezas caídas. El origen, el dedo que empuja la primera pieza, es olvidado con la misma rapidez con la que caen las fichas.

La expresión, tan afortunada como poco precisa, ha logrado cuajar como la explicación que desde los medios de comunicación se da a lo que está pasando en el mundo árabe. Se trata de otra de esas metáforas de la vida cotidiana que, lejos de ser meros juegos de palabras, esconden -literalmente- una nada inocente postura asumida ante los acontecimientos. No da lo mismo referirse a estos acontecimientos con una u otra expresión. Y la que hemos elegido da buena cuenta de ello. Vamos a comprobarlo. [Ni que decir tiene que lo que viene a continuación no tiene ningún valor académico, rigor científico ni nada que se le acerque: trato de pensar a vuela pluma algunas de las cosas que están pasando].

Cuando uno piensa en ese efecto dominó piensa en el juego infantil que describía más arriba. Pero si uno hace una búsqueda rápida en la wikipedia se encuentra con que la cosa es algo más compleja. Y más aún si se consultan las entradas inglesas. La primera sorpresa llega cuando nos encontramos con una página de desambiguación que nos conduce a distintos lugares. Dos de ellos nos interesan enormemente: la teoría del dominó, o domino theory, y la denominada pendiente resbaladiza (slippery slope). La primera de ellas, que en su entrada inglesa incluye ya una actualización sobre el tema (una caricatura con la primera (?) pieza de dominó con la bandera tunecina), y remite a la snowball theory. Lo interesante de ambas teorías es que tratan de explicar fenómenos geopolíticos de enorme complejidad a través de imágenes de relativa sencillez.

Por un lado, la bola de nieve ejemplifica el crecimiento imparable e incontenible de determinadas series de acontecimientos. La caída de una bola de nieve que va creciendo y creciendo, casi diría uno que entrópicamente, hacia un fin catastrófico, es una caída impersonal, sin origen. Las bolas de nieve que caen por una pendiente, caen solas -juega su papel la gravedad, es cierto, pero una gravedad también ella impersonal, imparcial- aun aquellas que han sido arrojadas por alguien. Su avance amenazador se produce casi por accidente. Pero lo accidental, siempre impensable, se convierte pronto, muy pronto, en inevitable. Su avance, trastabillante y discreto al principio, adquiere pronto la firmeza de una apisonadora.

El dominó, ya lo hemos dicho, concentra toda su fuerza metafórica en la ausencia del dedo que empuja la primera ficha. Es curioso que en la caricatura el dibujante haya decidido no representar ese dedo ex machina. Lo cierto es que para representar lo que el dominó simboliza o pretende simbolizar no es necesario ningún dedo mágico. Las fichas caen, y van a seguir cayendo inevitablemente, y eso es lo importante en un dominó, lo que hace que realmente sea lo que es. Pero los dominós verdaderamente hermosos son los que parecen no tener fin. En nuestro afán de ir siempre un poco más allá, de añadir siempre una ficha más, de hacer que no termine la caída de la ficha. Porque si termina, si tenemos un final, giraremos la cabeza rápidamente buscando el principio.

Matemáticamente el problema no lo es tanto: a pesar de que se presente el efecto dominó como una “representación informal” de la inducción matemática, expresiones como esta

(\forall P)[P(0) \land ( \forall k \in \mathbb{N}) (P(k) \Rightarrow P(k+1))] \Rightarrow ( \forall n \in \mathbb{N} ) [ P(n) ]

demuestran que una vez cae una ficha, las demás caen por su propio peso (que me perdonen los matemáticos de la sala por el atrevimiento). Pero aunque en el Mundo Real las cosas parecen caerse por su propio peso, ¿los eventos y sucesos de Túnez obligaban a lo que está sucediendo en Egipto? ¿Quién señala cuál era la siguiente ficha? Ahora dicen que Irán. Se abren las apuestas. Me da la sensación de que la bola de nieve, la mecha prendida, o la hilera de fichas preparadas es cuanto menos variable.

Sarkozy ha visto como “inevitable” un cambio sobre el que sólo algunos avisados preconizaban su advenimiento [también El Baradei piensa en esta inevitabilidad]. La caída de Mubarak ¿es la antesala de otras caídas? Como siempre nuestra imaginación, nuestras previsiones y lo mejor de nuestros análisis están vueltos hacia delante. Nos ocultan el secreto origen de este movimiento inevitable -aunque se haya evitado durante mcuho timepo-. Todos en Europa alabamos la valentía del pueblo egipcio, tunecino, argelino, yemení o iraní, al echarse a la calle e encender la mecha. Como si el pueblo, esa individual colectividad, hubiera sido capaz de poner en marcha la maquinaria. Para los amantes de las teorías del complot, siento decepcionaros. Creo que, por una vez, la prensa no se confunde -demasiado-. Ha sido el pueblo, que es como decir nadie, o todos, quien ha empujado la primera ficha. Una vez ha caído ésta, como si de una enfermedad infecciosa se tratase, se ha producido el contagio. El contagio de masa en masa, agrandándose hasta que todos, en una inédita internacional postmoderna -¡proletario musulmán del mundo unido!- han logrado derrocar al tirano, ese contagio parece ser imparable.

Como toda marea, llegará la resaca (por seguir con el juego de metáforas: esta de la marea trata de explicar porque lo inevitable se suele volver contra sí mismo). La resaca en situaciones como esta sigue a procesos de mitologización efervescente (es decir, aquellos sucesos que rápidamente se alojan en el imaginario mitológico, hacen historia o se transforman en iconos de algo). Es el caso de lo que ha estado pasando, está pasando y pasará en Túnez, en Egipto y allá donde la mecha nos lleve.

El hecho de que en Egipto todo comience con un mártir, víctima rápidamente divinizada (todos los jóvenes en Alejandría llevaban su foto, dicen), que la masa-pueblo ocupe un lugar protagonista, que los reyes-dioses sean depuestos y que grupos islamistas quieran hacer suyo toda esta dinámica antropológico-social nos conducen a una única posible conclusión: hay algo de sacro, de religioso (en el sentido que le suele dar Girard al término: sacro=violento) en todo esto, y cierto Islam no quiere perder comba. La poderosa épica que los hechos transmiten, a la que han sucumbido los medios de comunicación en Occidente y en todo el mundo, es de raíz sacra. Su vinculación con la violencia está por ver. Por ahora parece que todo está sucediendo con una cierta contención (a pesar de saqueos, enfrentamientos policiales, algunos fallecidos, y un largo etcétera que en nuestro cómodo Occidente no consentiríamos).

Con media España (¡ay, la España de las mitades!) creyendo vivir bajo una dictadura, lo raro es que no nos dé por salir a las calles a exigir un cambio. Lo mismo es que somos demasiado civilizados como para hacernos ya una masa. Lo mismo es que la democracia, esa lotería, va y sirve de algo. O lo mismo es que la mecha aquí ya no prende porque ya somos post-religiosos. O lo mismo no, lo mismo le hemos visto las orejas al lobo y ya no nos atrevemos ni a movernos. Que se muevan otros, que vaya el otro a la plaza.

Como ya se ha dicho, el trato sórdido al que parece que estamos condenados aprieta cada vez más. Hay, dejadme polemizar, otras masas y otros mártires.

>Festivales de música, romerías modernas

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[Esta entrada se publicó en otro blog a la vuelta de este último verano, en dos partes. Aquí lo reúno en un sólo texto con alguna modificación.]

Asistir a un festival de música tiene mucho de religioso y ritual: cada año las mismas fiestas, cada año lo mismo, pero renovado –renovado el cartel, renovada la estética y, sí, renovado el precio siempre al alza–. La proliferación de este tipo de encuentros musicales en verano es como para plantearse si hay crisis y dónde queda. Eso sí, con cierta gracia, y adaptándose a los tiempos de apreturas, se inventan un Lowcost Festival. Me hace gracia porque si se puede organizar un lowcost en esto de los festivales es probable que los que no lo son, vamos, los caros, saquen tajada y buena de todo esto. O que ofrezcan un producto mejor, más elaborado. Vamos, como la diferencia entre viajar en Iberia o en Ryanair… ¿o es que no hay diferencia?

Este verano me he vuelto a embarcar, creo que por última vez (ya lo he dicho, y repetiré), y voy a asistir a ese festival de rebajas. Los grupos nuevos que suenan como los de antes, y los de antes que no te puedes creer que sigan tocando. Siempre me han abrumado los carteles, los fancines y las revistas que hablaban de todo lo que se suponía que tenías que saber sobre lo último más allá de lo último de esta mañana en el desayuno. Nunca entendí cómo era posible saber tanto de una música que ignorar hoy lo último en música alternativa está al alcance de cualquiera que no disponga de 24 horas para escuchar los cientos de grupos, solistas y “experiencias musicales” que parecen creer aún que están haciendo algo nuevo. Sus seguidores son del mismo pelaje: es difícil que reconozcan no conocer el cartel. Que reconozcan que están haciendo lo mismo de siempre –he aquí su valor ritual– negando esa mismidad. Que reconozcan que no hay nada nuevo bajo el sol. Entonces, ¿qué van a ver?

Bob Dylan ­–pero no es el único– afirmaba que se aburriría si siempre tocara igual sus canciones, si se imitara a sí mismo hasta el hastío. De forma que cuando uno ha tenido la suerte de ir a alguno de sus conciertos, puede quedar decepcionado porque el muy judío no ha tocado ninguno de esos míticos temas ­–nótese de nuevo lo ritual– con los que muchos hemos crecido. Y, sin embargo, ha sido y es él mismo cada vez ya siempre. No rehuye su mismidad. No puede, de hecho. Este tipo de honestidad deshonesta es difícil de encontrar en estos festivales. El esfuerzo que realizan por superar-se es de tal calibre que no se molestan ni en cargarse a sus padres: todos hacen una música tan distinta que es difícil separarlos entre sí. O bien: el bosque de diferencias se hace tan intrincado que encontrar claros o senderos transitables –caminos en el bosque– es una tarea de héroes.

¿Que por qué voy, entonces? Porque en el fondo yo también quiero, ritualmente, disfrutar de esa misma auténtica indiferencia: allí somos todos iguales, todos buscamos lo mismo –la distinción, la marca, la diferencia. Esa es la carta inconfesable de mis motivos. La carta que enseño públicamente es la carta del trabajo de campo, de la antropología, del interés cultural de este tipo de encuentros. No podría soportar verme como un fan fatal más, pero en el fondo es lo que soy, o en lo que me convierto, ya desde unos días antes del evento.

Voy porque se trata de un acontecimiento en el que no sucederá nada –acontecimiento que traiciona su sentido– aunque el despliegue de medios es como para que pase algo. Si me dejáis presumir, en una cena con los mejores amigos pasan muchas más cosas aunque parece que no pasa nada.

Y porque es más barato.

Si queremos llevar a cabo un análisis antropológico del fenómeno de los festivales de música, primero es necesario establecer qué tipo de fenómeno y que objetos antropológicos están en juego cuando hablamos de festival de música. Sería interesante compararlo o asimilarlo al concepto de rito o ritual. Soy consciente de que no descubro a nadie el océano haciendo una afirmación de este tipo. Nuestra visión de este tipo de actividades es intuitivamente ritual: vemos el rito allá donde se encuentre. Pero verlo no significa comprenderlo ni explicarlo. De hecho, precisamente por tratarse de un tipo de conocimiento intuitivo, va acompañado de un cierto desconocimiento, una zona oscura en la que percibimos pero no necesitamos explicar. Más aún, nos resistimos a explicar porque esa explicación acabaría con el misterio o la zona oscura que hay en todo ritual y que nos permite participar de él sin ruborizarnos. Veamos por qué.

En primer lugar, el fenómeno: una gran aglomeración de gente que recorre hormigueando el recinto del festival, de un escenario a otro; escenarios como altares de un nuevo foro romano; silencio y éxtasis a partes iguales, colectivización del grito, comunión del trance; organizadores y empleados como sacerdotes y monaguillos; la promesa de una trascendencia absoluta, inexpresable, inenarrable –de hecho su misma narración supone ya una pérdida respecto a la vivencia–. Comencemos por el final: ¿en qué consiste esa trascendencia? En ir más allá de la propia música, de los intérpretes, de uno mismo. Existe una metafísica del espectáculo que se apoya en la expectación que de suyo genera el espectáculo hasta el momento de su acontecer. Uno asiste a un espectáculo con cierta esperanza. Se me dirá que no es verdad, que no siempre es así. El crítico, por ejemplo, no espera nada, o suspende sus expectativas ante l

a labor que atiende: el juicio. Este juicio es ya una trascendencia que excede y que va más allá del espectáculo, del acontecimiento. En el otro extremo encontramos al groupie, que lo espera todo, que eleva la mediocridad objetiva a virtuosismo y genio. En medio tenemos a la masa, formada por todos aquellos que esperan cosas tan distintas que sería injusto hablar de trascendencia aquí. Y, sin embargo, observen las fotos de la masa.









¿Es posible ver en este animal la diferencia de cada uno? ¿No se observa más bien la identidad de todas las diferencias? La masa somete incluso al groupie y al crítico: señálese, si no, dónde se encuentran.

Es cierto, muy cerca o muy lejos, pero orientadas respecto a la masa, como sacerdotes, como individuos escépticos y críticos con la religión, con el rito, pero igualmente sometidos a él: el groupie lo sacrifica todo en el altar del ídolo, y el crítico sacrifica al ídolo en el altar de algo más elevado, o en su propio altar. Ninguno de los actores escapa al rito, al sacrificio, a la estructura, en definitiva, religiosa.

Pero de los tres actores, el más interesante es la masa: voluble, groupie hasta el extremo, crítica en exceso, según con quien se encuentre y el viento que sople. Fuera de la sala, fuera de la arena, del templo, todos son críticos, y casi ninguno quiere reconocerse groupie. Pocos o ninguno admitirán que mientras estuvieron allí se sintieron uno con miles de personas, que se dejaron llevar sin rubor por la ruta transitada de las muchedumbres.

Existen, por supuesto, individuos que ven todo esto y resisten al embrujo de la masa. Yo, lo confieso, soy demasiado mimético: me zambullí en la masa y disfruté como un enano. Carne débil que es uno. Eso sí, estaba rodeado de críticos y groupies y toda clase de independientes y alternativos (se me dirá que estoy resentido, pero ya no, estoy enmasado: ovejita que es uno).