La “violencia estructural” de Gallardón y la “violencia de género”

Por David Atienza de Frutos, 8 de marzo de 2012

Las últimas tres semanas he estado de baja por paternidad y he podido, entre pañales, llantos y noches sin dormir (más mi mujer que yo), terminar de leer el último libro de Girard: Achever Clausewitz (Battling to the End). Es un libro apocalíptico en su sentido más racional, donde Girard aplica la teoría mimética a los movimientos históricos de los siglos XIX y XX, principalmente a través del análisis del famoso tratado de Clausewitz, On War. Lo interesante es que según leía el libro me venía a la cabeza, quizás por mi estado “paternal”, el evidente juego de roles que definitivamente debíamos asumir mi mujer y yo durante las primeras semanas de vida del niño.

Hoy, en el periódico, encontraba la polémica entre Gallardón (PP) y Ángeles Álvarez (PSOE) en la que el primero hablaba de la existencia de una “violencia estructural” que disminuye o atenta contra el derecho a la mujer a ser madre favoreciendo el aborto; y la segunda le acusaba de atentar contra un derecho inalienable de la mujer, el aborto, que se debe instaurar más allá de las condiciones concretas socio-económicas de la mujer. ¿Qué esta pasando? ¿Por qué la violencia “de género” cada vez se intensifica más y más? ¿Se debe a las estructuras? ¿Pueden los políticos salvarnos de este doloroso enfrentamiento legislando?

Girard muestra en su libro que la escalada violenta de los últimos siglos hacia los extremos, y la aceleración de la historia que todos percibimos, esta alcanzado un cenit donde los oponentes cada vez se parecen más el uno al otro. Esta gemelitud manifiesta ser el punto álgido del proceso indiferenciador que desata una violencia cada vez menos controlable, ya que su “imperio [el de la violencia] ha sido privado del mecanismo sacrificial, y es incapaz ya de establecer el reino del orden [de la diferencia] si no es a través de la escalada violenta. Necesitará más y más víctimas para crear un orden cada vez más precario”.

Según Girard, quien ha privado al ser humano del mecanismo sacrificial es Cristo, quien ha sacado a la luz el origen violento de toda religión arcaica y por lo tanto de todas las instituciones que esta ha generado. En un proceso in crescendo los sacrificios han ido perdiendo su fuerza generadora de orden y sólo nos queda el enfrentamiento. Ambos lados luchan con uñas y dientes por la paz, pero tal y como afirma Clausewich, y Girard subraya, the attacker wants peace but the defender wants war, lo que nos lleva a una situación paradójica, donde toda defensa por la paz se convierte en una agresión. Permítanme que cite aquí uno de sus párrafos:

“This is a perfect example of what I call misapprehension. The more I want peace, in other words, the more I want to conquer, then the more I seek to assert my difference, and the more I prepare a war that I will not control but that will control me instead”.

Si trasladamos este movimiento que Girard aplica a la historia, a los conflictos “de género”, encontramos escalofriantes paralelos. Pongamos que la escalada violenta que lleva a la destrucción mutua de los contrarios se manifiesta: en un aumento progresivo de la indiferenciación entre los contrarios, en una perdida de poder de las instituciones para controlar la violencia, y en el crecimiento de la tensión y de las actitudes defensivas. Si consideramos estos factores como marcadores válidos para prever una escalada violenta que puede llegar a ser incontrolable, podemos ver primero, como hoy la diferencia entre varón y mujer es cada vez mas difusa, objetivo a su vez de la teoría de género tal y como ya comenté con anterioridad. En segundo lugar, vemos como desaparecen las instituciones que tradicionalmente regulaban las relaciones entre varones y mujeres como el matrimonio y, por lo tanto, las leyes de parentesco o la familia. Del mismo modo, nuevas instituciones se han manifestado casi inútiles, como el efímero Ministerio de Igualdad. Por último, vemos como los discurso del uno y del otro son siempre provocados por un ataque previo, son defensivos. Si les parece valido mi breve y superficial análisis, ¿qué podemos hacer para evitar la escalada violenta que vivimos en el seno de nuestras casas, de nuestra familias, de nuestras mas íntimas relaciones?

Perdone que les contradiga pero no, señor Gallardón. La violencia que sufrimos no es estructural, sino que tiene un origen mimético y, por lo tanto, modificar las estructuras no acabará con ella. Y no, señora Álvarez. La violencia que la mujer ha sufrido y sufre no se acabará usando violencia contra los no nacidos o contra los hombres violentos, sea cual sea el estatus socio-económico del que la use. Solo existe una alternativa: La imitación de Cristo. O renunciamos totalmente a todo tipo de violencia, incluida la defensiva, o la violencia nos devorará a todos. Y si no, tiempo al tiempo.

Género, número y violencia

Por David Atienza de Frutos

[Artículo publicado tambien en nuestro espacio en Religión Digital]
Recientemente participé en un congreso internacional en Hawai sobre artes y humanidades. El tema de la identidad aparecía recurrentemente y de manera confusa. Vivimos sin duda en un tiempo de cambio donde la resaca postmoderna sigue presionando nuestras sienes.

El recuerdo del holocausto y la crisis de la episteme occidental han generado un pensamiento débil imperante. Y… ¡ay, del que se atreva a hablar de La Verdad! Académicamente se suicida y socialmente se encontrará con el ostracismo más absoluto.

En medio de este caos, el cristianismo sigue siendo ferozmente actual. Y la cruz de Cristo, radical y revolucionaria, imagen repulsiva para unos y atracción irresistible para otros. Basta ver los comentarios a los blogs de esta página para darse cuenta de que es un hecho.

La génesis de este movimiento posmoderno está enraizada en la violencia o, mejor dicho, en la búsqueda de una solución humana y eterna, lo que podría ser paradójico, de la violencia.

En el holocausto nazi, la razón ilustrada encontró su muerte agónica. La violencia ‘racional’ se manifestó cruda y públicamente: obscena. Tras la horrible visión de la Shoa [exterminio judío], pensadores como Derrida, Habermas, Lyotard o Vattimo, entre muchos otros, sentaron las bases para una solución estética y definitiva.

Es en este contexto donde se gesta la “teoría de género”, una teoría cuyo último objetivo es la disolución total del concepto, es decir, del género. Es importante comprender este punto ya que la teoría de género no busca la definición y aceptación de nuevas identidades sexuales o “multi-sexuales”, sino a la postre, la absoluta erradicación de la diferencia de género y por lo tanto, el fin de la violencia.

La propuesta es muy sencilla: si la violencia nace de la oposición de los contrarios –blanco/negro, hombre-mujer, ricos/pobres, izquierda/derecha y principalmente verdadero/falso- la destrucción epistemológica de la diferencia arrastrará consigo a la violencia.

Como pueden ver el proceso es filantrópico y lleno de buenas intenciones. Pero, ¿cómo llevarlo a cabo? El comunismo echó mano de las utopías dialécticas para uniformizar la sociedad y eliminar la diferencia. Fracasó por estar enraizado en la propia lógica que quería destruir, pues todo pensamiento lógico tiene necesidad de la oposición y por lo tanto perpetuará irremediablemente la diferencia.

La teoría posmoderna actuará desde la crítica estética y literaria, donde el pensamiento lógico puede ser puesto en “pausa”. Dado que la Verdad -dicen ellos- no se ha manifestado plenamente, ni lo hará, mostremos cómo en un discurso dado “las verdades” no tienen un fundamento ontológico y, por lo tanto, son intercambiables.

La acumulación de “verdades opuestas” hará caer el sistema por sí mismo. A este proceso se le llamará “deconstrucción”. Y ahora podemos entender cómo la incorporación del número al género –ya no hay dos géneros sino cinco y pronto habrá más- destruirá el concepto.

El problema que nos encontramos, no obstante, es que al eliminar de la frase “violencia de género” el término “género”, nos queda solamente “violencia”, pero esta vez sin apellidos. La violencia no se termina y en el proceso, como dicen los anglos, el niño se nos fue con el agua de la bañera, y sólo nos queda nadar en un mar sin orillas, culpándonos a nosotros mismos por la infelicidad, la falta de esperanza y la muerte que nos rodea, pues al menos antes podíamos culpar al gobierno, al sistema o incluso a Dios.

Sin embargo, Cristo, muerto y resucitado, propone otra solución, y esta vez eterna. Para destruir la violencia, la violencia que surge de los opuestos, se hizo violencia Él mismo.

En términos teológicos y cristianos: se hizo pecado. Asumió en su carne la violencia del otro, mi violencia y tu violencia, aun siendo inocente y aun teniendo la capacidad de hacer justicia, sin resistirse. Cristo en la cruz, denuncia la violencia humana y al mismo tiempo la redime. Por eso es actual y lo será siempre, y es en Él donde se ha manifestado la Verdad. La violencia sólo puede ser destruida en Cristo o en alter-Christus, y esto sí que es revolucionario.