París bien vale una misa

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el domingo 15 de noviembre de 2015.

Las lecturas de la misa del domingo, que apuntan al Adviento, hablan de un preanuncio de lo que ha de llegar de carácter apocalíptico. No quiero que se entienda esto como oportunismo fundamentalista y agorero… No es esa la intención de los apocalipsis sinópticos, y ni siquiera del apocalipsis atribuido a San Juan. Más bien es llamar  a la conversión  a aquellos que viven alienados o pensando que el día y la hora están lejos o que nunca llegarán… en el que los cielos conflagren… El apocalipsis, en sentido de final de los tiempos, no es un castigo divino sino algo que compete a los hombres. La lectura del evangelio del viernes día 13, era de san Lucas (17,26-37):

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán. -Ellos le preguntaron: “¿Dónde, Señor?” – Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo».

Y las de la misa del domingo de la profecía de Daniel (12,1-3) abunda en el mismo sentido:

“Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora… Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.

Y el Evangelio de San Marcos (13,24-32) que Jesús anunció a sus discípulos:

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre»

Son palabras proféticas que la física actual podría corroborar: supernovas, estrellas que colapsan, el Sol como tal estrella se apagará… Algo impensable para la física y la astronomía de aquella época, parece anunciar un final de este eón conocido. Pero detrás de estas profecías de las que los evangelios están llenos, todo aquel que se siente interpelado por ellas entiende que está hablando para su generación.

Las lecturas que nos acercan al Adviento no nos van a dejar dudas al respecto. Pero hay otra coincidencia que quiero destacar. El 4 de noviembre murió uno de los más grandes intérpretes de la historia, un gran antropólogo, cuyo renombre ha sido opacado por la “academia” por su conversión al cristianismo: René Girard. En su libro sobre el Apocalipsis –Achever Clausewitz, traducido al castellano por Katz, con el poco acertado título de Clausewitz en los extremos–, Girard se inspira en una idea del gran militar prusiano para definir una nueva forma de guerra, y el sentimiento de hostilidad creciente e interminable que la rige: “so gibt jeder dem anderen das Gesetz, es entsteht eine Wechselwirkung, die dem Begriff nach zum äusseresten führen muss”, que Girard traduce por :

«Cada uno de los adversarios hace la ley del otro, de donde resulta una acción recíproca que, en tanto concepto, debe llegar a los extremos».

Estamos en París, ante un escenario bélico, que no es más que la expresión encadenada de una serie de represalias que expresan esta escalada a los extremos  de un sin fin de reciprocidades miméticas que no sabríamos reconstruir históricamente, es decir a quién culpar o decir quién empezó primero. Para Girard, el cristianismo, la religión de la víctima, tiene las claves de los sucesos del mundo. Nadie quiere escucharle porque su denuncia es multifocal: todos somos culpables, todos estamos involucrados en un vaivén de simetrías, de tomas y dacas de origen mimético, que a duras penas logran disimular nuestra implicación criminal en la violencia del mundo. Cristo nos ha hecho  entrar en un tiempo histórico que nos impide reconciliarnos, lograr el orden social como se ha hecho siempre: sobre las espaldas de las víctimas inocentes. Seguimos intentándolo una y otra vez, desahogando nuestras frustraciones sobre inocentes. Estos jóvenes llenos de odio, víctimas a su vez de otras situaciones de odio, descargan sobre occidente su ira buscando una catarsis imposible: multiplicando el escándalo mediático con sus acciones, acumulando cadáveres sólo ensangrientan el planeta, pero no logran nada.

“Privados del sacrificio [denunciado por Cristo como acción criminal ya no tiene eficacia para traernos el orden, la paz anhelada], nos encontramos frente a una alternativa inevitable: o reconocer la verdad del cristianismo, o bien contribuir a la montée aux extrêmes -“llegada a los extremos”— rechazando la Revelación. Nadie es profeta en su tierra, porque ningún país quiere entender la verdad de su propia violencia. Cada uno buscará disimularla para obtener la paz. Y la mejor manera de tener esa paz es haciendo la guerra. Tal es la razón por la que Cristo padeció la suerte de los profetas. Se acercó a la humanidad provocando el enloquecimiento de su violencia al mostrarla en su desnudez. En cierto modo él no podía triunfar. Sin embargo, el Espíritu continúa su obra en el tiempo. Es el Espíritu quien nos hace comprender que el cristianismo histórico fracasó y que los textos apocalípticos ahora nos hablarán como nunca lo han hecho» (p. 188, Achever Clausewitz).

Cristo ha puesto sobre el candelero otra parte de la verdad que los hombres se ocultan a sí mismos.  Cristo ha revelado con su sacrificio la mentira del chivo expiatorio que fundaba los órdenes sociales. La paz fruto de la unanimidad que garantizaba el orden social se construía sobre víctimas inocentes: reyes y presidentes. Aunque tuvieran algún rasgo de maldad o culpabilidad, alguna acción perversa en su haber, la acusación estereotipada de la masa humana les hacia culpables de la totalidad, del desorden social, y su sacrificio se convertía  en la realidad fundadora: así Julio César, Luis XVI, Nicolás II, Saddam Hussein (para ver el largo etcétera de la historia consultar mi libro: René Girard, de la ciencia a la fe). En  una  entrevista de Carlos Mendoza  a René Girard aparecen conceptos clave para entender lo que ha pasado en París…, siguiendo este hilo argumental dice (citando su libro, Achever Clausewitz):

“En suma, la crisis ya no es tal. De ahí que aquella misteriosa palabra de Cristo, ‘Veo a Satán caer como el relámpago’ transmitida por Lucas en su evangelio (Lc 10:18), resume de manera magistral esta revelación. La perpetuidad de la crisis mimética ha quedado puesta en entredicho: «Cristo enciende la mecha revelando la esencia de la totalidad. Por tanto pone la totalidad en estado febril porque el secreto de esta totalidad ha sido revelado a plena luz» (Achever Clausewitz, p. 180). Por eso hay algo radicalmente más importante: la crisis no es ya la última palabra sobre la humanidad. Como lo escribí en mi último libro: «Cristo retiró a los hombres sus muletas sacrificiales dejándoles así frente a una terrible elección: creer en la violencia o no creer ya más en ella. El cristianismo es la increencia. […] Tarde o temprano, o bien los hombres renunciarán a la violencia sin sacrificio, o bien harán estallar el planeta: estarán en estado de gracia o de pecado mortal. Se puede decir, por tanto, que si lo religioso inventó el sacrificio, el cristianismo lo anuló. […] Habrá que volver siempre sobre esta salida de lo religioso que solamente puede realizarse en el seno de lo religioso desmitificado, es decir, del cristianismo» (Achever Clausewitz, pp. 58, 60, 64). Esta verdad es, a mi parecer, la que aporta la apocalíptica cristiana primitiva, en especial los textos apocalípticos sinópticos ya que son los más completos al revelar la verdad de la víctima: «la destrucción sólo concierne al mundo. Satán no tiene poder sobre Dios» (Achever Clausewitz p. 190). Esos textos describen así con gran dramatismo cómo la violencia siempre se da como rivalidad entre dobles miméticos: ciudad contra ciudad, nación contra nación, padres contra hijos. Hablan de una catástrofe inminente, pero precedida por un tiempo intermedio, de duración casi infinita, que alarga la llegada del día final. Por ello me parece que tales textos son de una actualidad extraordinaria. Aunque esa demora del día final genera impaciencia y hasta desánimo puesto que no sabemos entonces qué esperar ni hasta cuándo. ¡Eso es precisamente lo que reprochaban los tesalonicenses a Pablo! Le interrogaban por lo que sucede entonces cuando la Parusía se retrasa. Es lo que Lucas, que al fin y al cabo fue compañero de Pablo en sus viajes, llama ‘el tiempo de los paganos’, cuya demora es muy larga e incierta, terrible. En ese sentido, la Segunda Carta a los Tesalonicenses habla de lo que retrasa la Parusía: el Katéjon (2 Tes 2: 5) o personaje que ‘retiene’ la manifestación del Anticristo es el orden arcaico representado por el Imperio Romano en ese contexto de decadencia que viven los tesalonicenses. Habría que leer también a Agustín en este sentido apocalíptico cuando escribe sobre el retraso del día final. La paciencia es entonces la respuesta de los cristianos al ‘tiempo de los paganos’ (Lc 21: 24): «La gran paradoja en este asunto es que el cristianismo provoca la ‘montée aux extrêmes’ al revelar a los hombres su propia violencia. Impide a los hombres endosar a los dioses esa violencia y los coloca delante de su propia responsabilidad. San Pablo no es para nada un revolucionario, en el sentido moderno que se ha dado a este término: dice a los tesalonicenses que deben ser pacientes, es decir, obedecer a los Principados y Potestades que de todos modos serán destruidos. Esta destrucción llegará un día a partir del hecho del imperio creciente de la violencia, privada ya de su altar sacrificial, incapaz de hacer reinar el orden sino a través de más violencia: serán necesarias cada vez más víctimas para crear un orden cada vez más precario. Tal es el devenir enloquecido del mundo del que los cristianos llevan sobre sí la responsabilidad. Cristo habrá buscado hacer pasar a la humanidad al estado adulto, pero la humanidad habrá rechazado esta posibilidad. Utilizo adrede el futuro anterior porque existe ahí un fracaso profundo» (Achever Clausewitz, p. 212).

Pero Girard todavía nos ayuda más a comprender por qué esta locura no admite ningún análisis clásico. Estos crímenes nefandos son un problema de la pérdida de sentido transcendente de la vida.  Por muy emotivo que sea el hecho de que un pianista espontáneo interprete en las calles de París el Imagine de Lenon, dejando el mensaje de que un mundo sin religión será un mundo más pacífico, no podemos caer en la trampa de ese mensaje subliminal.  La religión arcaica que es el Islam está en el corazón del hombre. Siempre el hombre ha hecho de la política lo sagrado, y lo sagrado es sacrificial: la ideologías totalitarias, racionalistas o de otro tipo, fascistas o comunistas, capitalistas o comunitaristas, de derechas o de izquierdas, siempre han recurrido al sacrificio de los otros en el ara de la utopía, de la paz añorada. La única religión que ha traído la secularización, que se ha opuesto a contaminarse o dejarse usar por el poder político (ahí está la lucha de las Investiduras), aunque los hombres hayan hecho de ella en ocasiones un instrumento útil para sus ansias de domino  y algunos de los suyos se hayan dejado querer (la Inquisición o las Cruzadas son ejemplo de ello) es el cristianismo. La propuesta cristiana ha sido construir sobre el perdón, sobre la consideración del otro como hermano, sea quien sea.  La pátina de cristianismo que exhibió alguna vez la cultura occidental, nunca penetró más allá de la superficie de los hombres que se mantenían en la creencia pagana de que la violencia trae la paz.  La mentira más grande la historia. Como decía  San Juan Pablo II: “La violencia mata lo que intenta crear”. El objetivo del cristianismo no ha sido el poder. De algunos que se dicen cristianos o se decían, sí, pero del cristianismo, no. No hay mensajes ambiguos o equívocos en el evangelio. No hay más aspiración que dotar al hombre de sentido, que inaugurar un reino de amor, donde el otro es Cristo y no el enemigo a batir o a odiar.

Así nos dice Girard en esa entrevista a Carlos Mendoza citando de nuevo su obra:

Acompañados de la principal revelación cristiana, de acuerdo con el desarrollo que usted ha hecho de la teoría del sacrificio: la fuerza de la víctima que perdona. Este apocalipsis no es verdaderamente terror porque lo verdaderamente terrible es la ausencia de sentido. Al fin y al cabo, para la mayoría de los seres humanos de nuestros tiempos, esta violencia está visiblemente en aumento en el mundo. Y en la medida en que esta violencia no tiene sentido es cada vez más terrible. Por eso el anuncio apocalíptico del cristianismo no es una amenaza, sino por el contrario la esperanza de la realización de la promesa cristiana: Cristo ve en el mundo cosas que el mundo no ve. «Cristo es ese Otro que viene y quien, en su misma vulnerabilidad, provoca el enloquecimiento del sistema. En las pequeñas sociedades arcaicas, ese Otro era el extranjero que trae consigo el desorden y que termina siendo siempre el chivo expiatorio. En el mundo cristiano es Cristo el Hijo de Dios quien representa a todas las víctimas inocentes y cuyo retorno es llamado por los efectos mismos de la ‘montée aux extrêmes’. ¿Entonces qué podrá constatar? Que los hombres se han vuelto locos y que la edad adulta de la humanidad, esa edad que él anunció por medio de la Cruz, ha fracasado» (Achever Clausewitz, p. 191).

(…) Por eso, aunque parezca paradójico, el apocalipsis es reconfortante en cuanto satisface el deseo de significación. Las pruebas y dificultades actuales no son insignificantes porque siempre se encuentra escondido detrás de ellas el Reino de Dios.

C. Mendoza: Pero entonces, ¿las masacres como Acteal en México y tantas en el mundo [y aquí podemos incluir NY, Madrid, Londres, París… y mañana Roma, Berlín… a la pregunta de Carlos Mendoza] pueden tener otro sentido que el solo equilibrio del antagonismo entre rivales mediante el deseo de aniquilación de unos contra otros? ¿No es predicar a las víctimas una resignación ante sus verdugos? ¿Qué memoria cristiana es posible hacer de esas víctimas que no signifique pasividad ante la injusticia, la violencia y la muerte?

René Girard: Solamente es posible recuperar esa memoria de la masacre sin atribuirle un sentido sacrificial arcaico. Frente al sufrimiento del inocente no nos queda sino la indignación. Este tipo de acontecimientos trágicos no me es ajeno, aunque debo decir que tampoco es parte de la problemática inmediata en la que he construido mi pensamiento. Pero hay que insistir en la importancia de actuar para superar las causas de ese sufrimiento y muerte, sin ceder al resentimiento que se expresa como deseo de venganza. Con lo anterior no quiero decir que haya que renunciar a la acción para intentar cambiar el sentido de la violencia mimética. La cuestión consiste en saber si el uso de la violencia para mejorar el mundo puede ser legítimo […]. El pensamiento cristiano que procede como respuesta inteligente a una situación de injusticia y violencia a la que son sometidas naciones enteras es totalmente razonable y legítimo, con las nuevas expresiones que el cristianismo pueda tomar en estas circunstancias […] No hay que olvidar que en Occidente el cristianismo fracasó tanto como el racionalismo moderno, y por eso ahora nos encontramos en medio de esta violencia extrema que amenaza no solamente a la humanidad sino también al planeta entero. […] En este contexto de la búsqueda de superar el racionalismo ingenuo, quisiera decir algo, en cierto modo retórico, sobre mi insistencia en lo apocalíptico. Pienso que la gente no tiene suficiente temor sobre la violencia desencadenada ‘desde la fundación del mundo’ hasta la violencia extrema que vivimos en estos tiempos inciertos. Y yo no quiero tranquilizar a nadie: «Es urgente tomar en cuenta la tradición profética con su implacable lógica que escapa a nuestro racionalismo extendido. Si el Otro se acerca, y si un pensamiento del Otro radicalmente otro es aún posible, es tal vez porque los tiempos están llegando a su cumplimiento» (Achever Clausewitz, p. 195).

Reitero lo que ya he escrito recientemente: «Es necesario pensar el cristianismo como esencialmente histórico y Clausewitz nos ayuda a ello. El juicio de Salomón lo dice ya todo al respecto: existe el sacrificio del otro y existe el sacrificio de sí mismo; el sacrificio arcaico y el sacrificio cristiano. Pero siempre se trata del sacrificio. Nosotros estamos sumergidos en el mimetismo y es necesario renunciar a las trampas de nuestro deseo, que siempre radica en el deseo de lo que posee el otro. Lo repito una vez más, no hay saber absoluto posible, estamos todos obligados a permanecer en el corazón de la historia, de actuar en el corazón de la violencia, porque comprendemos cada vez más sus mecanismos. ¿Sabremos sin embargo desmontarlos? Lo dudo» (Achever Clausewitz, p. 80).

El cristianismo nos  ha traído una revelación inédita sobre cómo funciona la violencia humana. Ha puesto en marcha una verdad a la que la humanidad se tiene que enfrentar: los ídolos llenos de sangre no solucionan nada, solo multiplican la rabia y el dolor.  ¿Cuántos muertos harán falta para que nos paremos  y nos pensemos unos a otros como hermanos? Cristo ha abierto esa posibilidad declarándonos a todos con su muerte en la cruz como inocentes, unidos por su sangre en un solo cuerpo.

Ni los griegos, ni el Islam, ni el racionalismo deísta o ateo, nos dio una sola pista para escapar de la autodestrucción, todo lo contrario nos abocan a ella porque son productos de la imaginación delirante humana que fabrica dioses que auto justifican el sacrificio de los otros.

«Un dios del que podemos apropiarnos es un dios que destruye. Nunca los griegos buscaron imitar algún dios. Hubo que esperar al cristianismo para que esta perspectiva mimética se impusiese como la única redención posible, habida cuenta de la locura revelada de los hombres […] Hölderlin siente por lo tanto que la Encarnación es el único medio dado a la humanidad para afrontar el muy saludable silencio de Dios: Cristo mismo interrogó ese silencio en la Cruz para luego él mismo imitar la retirada de su Padre y volverse a encontrar con él en la mañana de la Resurrección. Cristo salva a los hombres ‘destrozando su propio cetro solar’. Se retira en el momento mismo en que podría dominar. De ahí nos es dado a nosotros probar dicho peligro de la ausencia de Dios, experiencia moderna por excelencia –porque es el momento de la tentación sacrificial, de la regresión posible a los extremos– pero también experiencia redentora. Imitar a Cristo consiste en rechazar el deseo de imponerse como modelo, siempre borrarse frente a los otros. Imitar a Cristo es hacer todo para no ser imitado.» (Achever Clausewitz, p. 218). Lo que no podemos olvidar –y lo quiero reiterar con insistencia– es que el cristianismo logró descubrir esta verdad de la víctima y también desenmascaró la mentira del sacrificio, quizás con más radicalidad que otras tradiciones religiosas de la humanidad. Tal es la herencia que deseo perpetuar».

La muert de Girard ha llegado antes de la masacre de París, pero hoy será de nuevo recordado como aquel que tenía una palabra que decir sobre la violencia humana y el papel singular del Cristianismo para entender la historia.

París bien vale una misa, en cuyo altar sean la víctima y el sacerdote la misma a persona, donde solo el propio Dios se inmole para mostrarnos el único camino de la paz.

En un mundo violento (1)

Por Ángel J. Barahona Plaza, 27 de noviembre de 2014.

El estado islámico inquieta al mundo porque sabe que no parará hasta conseguir sus objetivos. Los logre o no habrá mucho derramamiento de sangre. Los cristianos de Irak y Siria huyen e intentan refugiarse en las ciudades, pero no hay lugar seguro ni dentro ni fuera de las diluidas fronteras. El islam se expande en todas la direcciones con la fuerza de la emigración y de la violencia.

El pensamiento único occidental también se expande: cree que puede exportar la democracia a la vez que importar y comercializar la riqueza de los países por la fuerza de los acuerdos comerciales de las multinacionales y la potencia y sofisticación de sus armas. Es un colonianilismo sutil e impío, porque los Estados mandan como emisarios a multinacionales sin piedad que solo buscan el negocio. Las OeNeGes financiadas o no por el estado son parches de lavado de conciencia.

La aldea global occidental (liberal en lo moral, socialista en lo político, y capitalista en lo económico) cree poder convencer a las otras aldeas de la bondad de su proyecto y, ciertamente, parece que lo acogen: todos son capitalistas aunque el populismo de algunos lo disfrace con teorías del reparto de carácter primitivo, tribal; todos se dicen demócratas aunque algunos no puedan evitar justificar ciertas tiranías transitorias mientras llega el igualitarismo; todos son capitalistas aunque alardean de economías comunistas las élites del partido explotan a sus trabajadores. China, Cuba, Venezuela, Ecuador, Brasil, EEUU, UE, etc… ¿no son los mismos perros con distintos collares? Cada día es más evidente que el único criterio que rige las decisiones políticas es el dinero, lo único que importa por encima de la persona. Las decisiones siempre guardan un carácter sacrificial, alguien tiene que ser sacrificado para que se cumplan los objetivos. Ancianos improductivos, niños “inútiles”, enfermos sin futuro, son costes sin algún tipo de beneficio, lastres sociales que la sociedad de la eficiencia no se puede permitir. El planeta, dicen los profetas de nuestros tiempos, no es sostenible. La natalidad es considerada una epidemia. El aborto se ha convertido en un método anticonceptivo bendecido por casi  todos los estados. La guerra está dentro de las fronteras de los estados post modernos en forma de terrorismo, del amenazante y disgregador nacionalismo y de crisis sociales permanentes. Los grupos antisistemas y populistas crecen y toman relevancia ante la corrupción y la desafección de las masas aburguesadas, las clases medias adormecidas y los indiferentes respecto a los partidos mayoritarios.

Los tertulianos, filósofos, periodistas vocean y señalan permanentemente, cada uno desde su atalaya mediática a aquellos que son los culpables de cada desastre. La culpabilidad es la operación de transferencia más universal que existe en la historia de la humanidad… Alguien está siempre detrás de lo insoportable para mí o para nosotros, los que pensamos parecido, o pertenecemos al mismo círculo y defendemos los mismos intereses. La búsqueda del culpable más afinada es la mejor valorada en el análisis de la realidad. Si encontramos al culpable, reconocemos el grano de pus que hay que extirpar para que la anhelada paz retorne a nuestros amenazados órdenes sociales. La transferencia consiste en que pasamos a otro nuestra propia culpa o inconsistencia y canalizamos a través de ese otro mecánicamente toda nuestra ansiedad y violencia liberándonos del peso de la responsabilidad del cuidado del “otro” en la que estamos implicados. La culpa tiene muchas máscaras, pero un solo rostro: el otro, siempre hay un otro que me exime de mirar mi parte correspondiente en el dolor y el sufrimiento del mundo. (Continuará).

What to do?

Por David García-Ramos Gallego, el 15 de enero de 2015

[Me decido a publicar aquí la respuesta que dirigí hace unos días a un correo electrónico que me envió una alumna preguntándome mi opinión sobre los atentados de París de la semana anterior. Es una respuesta que comparto con los lectores de este blog con el ánimo de generar un cierto debate sobre dos cuestiones que aquí interesan: lo que algunos llaman la tiranía de la libertad de expresión (en un movimiento pendular que va de la defensa a ultranza de cualquier contenido a la censura más hipócrita) y el imperio del terror que nos conduce a un trato sórdido del que difícilmente parece que podamos escapar. No modifico ni una sola línea]

Buenas tardes, C.:

Gracias por el interés y por preguntarme. Te confieso que me pones en un aprieto. Participo en algún blog en el que a veces nos hemos permitido el hablar de estas cosas. Y, a pesar de que el tema encaja perfectamente con nuestros intereses –analizar los vínculos entre lo religioso/sacro y la violencia–, esta vez nos hemos permitido el lujo de no publicar ningún comentario. ¿Por qué? Pues por falta de tiempo para poder analizar la avalancha de información y para no repetir el consabido “Je suis Charlie Hebdo” sin más ni más –que no hubiera sido poco–.

Voy a intentar responder a lo que planteas. Primero voy a intentar estructurar y reformular tus preguntas, para organizar un poco las respuestas. Creo que lo que quieres decir es ¿por qué?, es decir, ¿cómo es posible que pase esto hoy, aquí…? Y, una vez ha pasado, ¿qué hemos de hacer?

A la primera pregunta no basta con decir que son unos desequilibrados. No todo desequilibrado coge un arma y va a pegar tiros a la redacción de un semanario. Hay una situación social, un determinado estado del mundo, de las cosas –es decir, el cómo-va-el-mundo–, que posibilita que esto suceda y que suceda con irritante frecuencia –no es el primer atentado ni, por desgracia, es probable que sea el último–. En este escenario en el que era probable que esto sucediera, han jugado un papel muy importante las ideologías y las religiones. Sobre esto podríamos escribir ríos de tinta, páginas y páginas, sin sacar mucho en claro. Voy a intentar sintetizar cómo veo yo las cosas –si quieres profundizar, la bibliografía es casi infinita–.

La religión, entendida en sentido general, funciona como aglutinante social. Como el aglutinante social. El ser humano nace en torno al sacrificio –¿a los dioses?– de un individuo de su misma comunidad. Es más, la comunidad nace durante y tras ese sacrificio. Todas las religiones –te pido un voto de confianza aquí para no hacer demasiado largo esto: créeme cuando digo todas– tienen en sus relatos de origen algo que podría recordar a este sacrificio que vamos a llamar fundacional.

Para que lo entiendas más fácilmente: es como si al matar la víctima sacrificial, al chivo expiatorio, las cosas cobraran sentido, como diciendo: “ok, ahora todo tiene sentido, este o esta tenían la culpa, era necesario matarlos, ahora su sangre nos curará”. Como si al realizar el sacrificio todo cobrara sentido. En su desquiciado sentido del mundo, para los terroristas es así. En su muy desquiciado sentido del mundo. Que no es tan distinto del nuestro pensando que sin esta gente estaríamos mejor.

Las religiones sirven para mantener a las masas en torno a una víctima, un enemigo, un chivo expiatorio sobre el que descargar las culpas y los males de nuestras vidas. En medio de todo esto, el cristianismo revela que todo esto es un callejón sin salida: ante la presión y la presencia del otro cabe solo una posibilidad y es siempre violenta: o matar o dejarse matar. Revela que la violencia es humana, muy humana, y que no tiene nada de divina –como algunas religiones e incluso versiones del cristianismo han mantenido–. Revela que nos construimos dioses a nuestra medida a través de este mecanismo victimario.

Hoy en día la herencia de esta revelación cristiana nos permite vivir en una relativa paz en Occidente. Sí, es cierto que junto con las versiones pacificadoras del cristianismo han convivido versiones más o menos violentas y fundamentalistas. Pero esta revelación es la base de nuestra sociedad: saber que el otro es ya de antes inocente, que Cristo lo hizo inocente y que si el otro muere tengo yo culpa de su muerte.

¿Qué tiene que ver todo esto con los atentados del otro día? Voy a intentar mostrártelo de forma muy sencilla.

Por un lado, nuestra sociedad se ha volcado con las víctimas y esto nos parece natural y bueno. No era así hace tiempo. Por lo general las víctimas han sido vistas siempre como culpables… “Algo habrán hecho”. La provocación de Charlie Hebdo era tan evidente que llevaban guardaespaldas. Si me permites, podríamos decir –no lo digo yo, es algo que he escuchado estos días y que en el fondo piensa mucha gente–: “se lo estaban buscando”. Lo cierto es que en eso consiste la libertad de expresión –y la libertad en general–: en poder decir lo que uno piensa y siente sin temer las consecuencias, siempre que lo que uno dice o piensa no hiera a nadie. Aquí está también otra de las claves: hasta qué punto cabe decir que el semanario Charlie Hebdo estaba hiriendo a alguien. Podríamos decir que el que quiera reírse de la religión –el Islam, el cristianismo y otras– que lo haga en el salón de su casa o con sus amigos, en un ámbito privado. Esto no sería más que un eco de lo que aquellos abanderados de una cierta modernidad proponen hacer con las religiones: dejarlas para el ámbito de lo privado, para aquellos que quieran cultivarlas en su casa. Yo soy católico y lo soy públicamente. No quiero que recorten mi libertad religiosa y la cercenen hasta que ocupe solo el salón de mi casa. A pesar de que ciertas portadas de este semanario ofenden profundamente mi fe, tengo que defenderlo para defender mi propia libertad. No hay libertades, hay Libertad. Los cristianos creemos que la mayor libertad es la nuestra, la de descubrirnos hijos de Dios, la de poder sobrellevar libremente esta “cochina” vida, la de poder dar la vida por los demás, la de poder servir al otro, libremente. La Libertad es la misma la mía que la de los caricaturistas de Charlie Hebdo: poder decir que no a Dios y reírse de él. El verbo “creer” –creer en o a Dios– no admite imperativo –más que un imperativo exhortativo: te invito a que creas, me gustaría que creyeras y por eso te digo “cree”, que es una forma de imperativo–. Igual pasa con el verbo “amar”. E igual pasa pasa con “sé libre”. Yo no puedo obligar a alguien a ser libre, ser libre es una de las experiencias más estupendas que se nos ha dado, pero no va de suyo, no puedo obligarme a ser libre, tengo que serlo o no. Yo respeto profundamente a aquellos que han escogido ser libres aún en las antípodas de mis opciones de libertad.

Los terroristas no son libres. Viven sujetos a la necesidad de erradicar a aquellos que no piensan como ellos, y erradicarlos no mediante la política, ni siquiera mediante la guerra –que es la política por otros medios, según Clausewitz– sino mediante el terror, que es la guerra por otros medios (según René Girard). En la política el otro es un rival con quien tengo que convivir y buscar el acuerdo. En la guerra hay dos rivales claramente identificados, pero ya consiste en que uno de los dos sobreviva al otro. El terror supone la supervivencia a través de la eliminación del otro, a través de su supresión –de su sacrificio–. Este es el otro lado de lo que te quería mostrar. Ciertas facciones del Islam han retornado a lo algunos especialistas llaman lo religioso arcaico, lo religioso sacrificial. Aquellas formas de lo que denominamos religión que siguen sustentadas en el sacrificio cruento. Cuidado que no es algo propio solo de las religiones –de hecho en las religiones hay al menos una tendencia a lograr librarse de las violencias que parecen ser connaturales al ser humano–: muchas de las prácticas modernas a-teas o laicas han sido profundamente sacrificiales: el nazismo y sus programas de genocidio y las modernas prácticas eugenésicas del aborto y de la eutanasia, se basan en la consideración de la nuda vida –la simpe vida– como no suficiente para asegurar la supervivencia. La dignidad no reside en la vida, la vida puede no ser digna y, por tanto, puedo suprimirla. Este pensamiento, esto que los Papas más recientes han llamado la cultura de la muerte, es lo que está también detrás del terrorismo: ciertas vidas no tienen dignidad –pero, ¿y la vida del terrorista suicida?: su dignidad es alcanzada como combatiente y mártir en el momento de dar la vida segando la de otros, es decir, no basta con morir, han de morir en combate, como mártires–. ¿Es esta tendencia terrorista, esta tendencia a la violencia, propia solo del Islam? Ciertamente no. Pero parece que en un sector importante de mundo musulmán se dan este tipo de comportamientos, lo que nos ha llevado a algunos a la necesidad de analizar de nuevo si el Islam es en sí mismo violento. Ya Ratzinger tras su polémica en Ratisbona señaló que no era así. El problema, decía él, era el de una religión apartada de la razón, del respeto al otro, de la dignidad universal e irrevocable de cada vida y de cada persona. El Islam ha estado apartado de la razón demasiado tiempo en demasiados lugares. Pero no por ello puede dejar tratar de evitar la violencia.

Paso ahora a la segunda parte de lo que me planteabas: ¿y qué hacemos ahora? ¿Cómo lidiamos con esto? Ha habido dos respuestas públicas –y si me permites dejaré las privadas, de la que el final de tu correo es ejemplo perfecto, a un lado, por ahora–: por un lado, un repudio absoluto y una identificación con las víctimas, cristalizado en el Je suis Charlie Hebdo. Decir que uno es Charlie Hebdo es decir que uno es víctima, que se ofrece a ocupar el lugar de la víctima. Dudo que muchos de los que estaban en las calles de París entendieran las consecuencias de ofrecerse como víctimas potenciales del mal perpetrado por los terroristas. Lo normal es esconder la cabeza. Menos cuando todos piensan como yo –y por todos entiendo un número grande de personas–. Las manifestaciones de Paris han sido un ejemplo de lo que muchos denominamos comportamiento religioso: todos somos uno, hay un sentimiento de pertenencia y de fraternidad. Esta mañana Hollande hablaba de la unidad de Francia en el funeral de los tres policías –curiosamente una de Martinica, otro de origen argelino y fe musulmana y otro francés continental–. ¿Qué es lo que nos ha unido a todos? Las víctimas. Una cierta catarsis. Lo mismo sucedió el 11S: el sentimiento patriótico, la unidad de todos, el dolor que padecimos, la compasión… ¡nos gustaban! Es hermosos estar unido a otros, compartir sentimientos, ser uno con el otro –así lo relata James Alison–. Esa comunión es la base del amor. Pero fíjate en el origen de esta unidad: unas tumbas, unos muertos. ¿Entiendes ahora lo que te decía más arriba sobre lo religioso arcaico? Cuidado: si yo hubiera estado en París hubiera ido a la manifestación. Sin dudarlo. Hoy también.

Fíjate en lo que te decía: este sentimiento que Aristóteles llamaba catarsis podría pasar por amor, pero no es amor. Por eso los primeros cristianos decían que no eran una religión y que su centro era el amor (lee si quieres las epístolas de Juan). El amor es algo muy distinto a la catarsis. La catarsis se te pasa en cuanto llegas a casa, tiene como límite tu propia seguridad. El amor es ilimitado, no tiene fin, no tiene límite. El que ama, da la vida –me refiero, claro está, a un alto concepto de amor, no a un enamoramiento, una atracción, etc.–. Es la caritas cristiana. La catarsis, que no es mala cosa, que ayuda en muchos momentos, que nos puede abrir el camino a la verdadera compasión, puede llevarnos también a la hipocresía. En este sentido, algunos periodistas e intelectuales han señalado la hipocresía de Occidente ahora –hipocresía por muchos motivos, ni siquiera en esto se ponen de acuerdo–. No obstante, prefiero un poco de catarsis a una respuesta militar, autoritaria, de recorte de libertades. Este es el mal menor. Este mal menor es lo propio de Occidente. Es la base del arte, del teatro, de la literatura, de la música.

¿Qué hacemos, sin embargo? What to do? se preguntaba constantemente frente al Sagrario la activista social y Sierva de Dios Dorothy Day. Y se lo preguntaba porque ese quehacer, ese hacer afectaba a personas a las que había que devolver su dignidad. Adelanto algunas respuestas posibles, pero teniendo siempre en cuenta –y esto no siempre es así– que se ha de buscar restaurar la dignidad de la víctima, pero también del verdugo –y por el camino de muchos de nosotros…–. Perseguir y localizar a los criminales y aplicar la ley. Tratar de evitar que vuelva a suceder… ¿por todos los medios? Aquí es donde hay que tener cuidado. Si es por todos los medios, estamos abriendo la caja de Pandora. Con mil razones y de forma aparentemente razonable, comenzaremos a recortar derechos y libertades. El fin justifica los medios. Matar está mal, pero si tenemos que matar para que otros no vuelvan a matar… ¿Qué hacer con “esta gente”? Lo que tu propones –que queden y se vuelen– no deja de estar en la línea de Charlie Hebdo, puesto que hay un cierto toque de humor en lo que tú propones: que hagan una “quedada colectiva”, un flash mob, viral y por redes sociales, y que se inmolen en el altar de su violento Dios. Esta es tu respuesta y es una respuesta irónica, llena de humor, en la que no reparas en herir a los musulmanes que son pacíficos y que como tú condenan los atentados terroristas. Cuidado, no es una crítica. Simplemente te señalo que es muy importante que tú puedas decir esto. Esa es la base de la libertad de expresión.

Por último, queda por analizar si se puede salvar algo del Islam. Creo que es una religión que ha dado cosas muy hermosas culturalmente hablando. Creo que hay buenos musulmanes, creo que es posible encontrar bondad en el Corán. Y todo ello en abundancia. Como cristiano creo que la verdad que revela Cristo supone el fin de las religiones, que la libertad que él da es insuperable. Libertad para rechazarle también –sus discípulos lo rechazaron todos en el momento de la verdad–. Es esa auténtica libertad la que parece no estar en ninguna otra parte: ni en el Islam ni en la sociedad anti-religiosa. Pero sostener y analizar esto de manera contundente merece un libro y no unas pocas líneas.

Sé que no me escribiste esperando una respuesta tan larga. Ahora que releo tu correo me parece que querías más bien desahogarte. Pero tu intranquilidad me interroga y no he podido dejar de contestarte. La cosa es muy compleja y lo que te digo aquí solo es la punta del iceberg. Si has tenido la paciencia de llegar hasta el final te puedo confesar que creo que no hay solución humana a estas cuestiones. La respuesta viene de lo alto. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Espero que un día encuentres esta libertad y puedas mirar al otro con amor y misericordia. Me he dejado mil cosas por analizar y contar y muchas están solo sugeridas. Seguro que encuentras agujeros en mi argumentación. Tendremos tiempo de hablarlo estas semanas de intensivo si quieres. Poder hablar libremente de estas cosas es otro de los regalos que el cristianismo ha dado a Occidente.

Un cordial saludo,
DavidGRG

Lo que un “bonzo” es

Por Ángel J. Barahona, 5 de diciembre de 2011 [modificado el día 11 de diciembre de 2011]
“Oleada” o “provocación mimética” de los bonzos. Undécima inmolación que se registra en China este año: Monja tibetana muere a lo bonzo. 

Una monja tibetana falleció hace unos días en la provincia china de Sichuan, vecina al Tíbet, tras quemarse a lo bonzo, informó la agencia oficial Xinhua, en el undécimo caso de inmolación que se registra en esa zona en lo que va de año. Acaba de intentar suicidarse el duodécimo.
Se trata de una especie de “ola”, dicen las agencias de información, de carácter mimético, que copia el acto del tunecino que desató la “OLEADA” de comportamientos en cadena que llevó a la caída de Mubavarak, el cambio de régimen en Túnez, y la caída de Gadafi y que espera la de Asad a no tardar. El bonzo musulmán que imitó a los bonzos tibetanos es ahora imitado por los monjes asiáticas que buscan  lograr los mismas que se reos efectos. Nunca Girard es más pertinente. “Oleada” es la copia mimética por excelencia. Las ondas marinas se encadenan como las masas y arrastran a su paso todo lo que se les opone.
La religiosa, de 35 años se prendió fuego en la prefectura autónoma tibetana de Garze, donde este año se están registrando fuertes tensiones. El gobierno local ha señalado que las causas del suceso aún están siendo investigadas y que todavía no se sabe la razón por la que Qiu se prendió fuego, si bien los casos anteriores fueron para pedir el retorno al Tíbet del Dalai Lama y el fin de la represión de la religión y cultura de esta etnia.
Según grupos tibetanos en el exilio, cinco de los diez inmolados con anterioridad fallecieron. En los últimos años, y especialmente desde las revueltas de 2008 en la ciudad de Lasa y otras zonas de población tibetana, se han producido numerosos episodios violentos.
En Sichuan, donde se han producido todas las inmolaciones de 2011, las tensiones giran en torno al monasterio de Kirti, uno de los más sagrados de la zona para el budismo tibetano y que tras la primera inmolación de un monje de ese lugar, en marzo, fue sometido a un férreo control de las fuerzas de seguridad. El monasterio llegó a ser rodeado de alambradas y muchos de sus monjes enviados a centros de reeducación, lo que no hizo sino aumentar las protestas.
El Gobierno chino califica las inmolaciones de “actos terroristas” y acusa al Dalai Lama y organizaciones tibetanas en el exilio de promoverlas o incluso “glorificarlas”.
¿Qué diferencia hay entre el suicidio bonzo y el mártir de Al-Aqsa? Ninguna. Sólo un matiz que el primero no necesita llevarse consigo en su altar sacrificial a nadie más. Pero el acto es en sí miso idéntico: se trata de expulsar sobre el propio cuerpo la ira que reclama venganza. En el fondo es el mecanismo expiatorio vuelto contra sí mismo en lo físico, pero contra el otro en lo moral: “Mira lo que hacen tus crímenes, mira de lo que eres culpable, mira que herida tan grande me causas que me obligas a hacer por mí mismo lo que tú no estás haciéndome a mí, pero sí a mi pueblo”. Tiene todos los ingredientes de la teoría mimética expiatoria, como todos los casos que estamos viendo en este blog: rivalidad mimética entre facciones tribales, entre rivales nacionales, étnicos, políticos. La rivalidad pide una violencia infinita reparadora de la injusticia, que unos y otros se imputan con más o menos razón. Como las partes están desequilibradas, en las primeras fases, exigen asesinatos expiatorios que llamen la atención, generen modelos dignos de ser imitados y sugieran la salida a la crisis: una gran víctima expiatoria. No volvemos a recordar aquí a los magnicidios que citamos en el anterior capítulo, pero Cheauchescu, Sadam, Ben Laden, Gadafi, siguen la ruta antigua de los hombres perversos, como ahora los monjes bonzos.
Tiene razón el gobierno chino–salvando el juicio sobre injusticia de la invasión China del Tibet- cuando los acusa de terroristas. Porque como el terrorismo, inmolarse es un chantaje moral que imputa al otro la culpa de mi auto-sacrificio. Es un sacrificio idéntico a todos los sacrificios de la historia de la humanidad. Es un código sacerdotal que ha de ser decodificado en términos religiosos, de lo sagrado, porque busca el bien por medio del asesinato. Esa es la ambivalencia de lo sagrado de Rudolf Otto. Eso el pharmakon platónico que Derrida interpreta a la perfección en La Diseminación. Pero el que va hasta el final es René Girard: la chivo expiación nunca acabará, es un sistema primitivo pero cruelmente indudable en su eficacia. Es más, creo que Derrida se inspira en Girard, desde que éste mismo le invitó a Estados Unidos debió quedar impactado por la intuición girardiana. En uno de sus últimos libros Dar la muerte, su estudio sobre el sacrificio de Isaac y Kierkegaard apunta a la lectura girardiana sin hacerlo explícitamente. Preguntémosselo a Irak, Túnez, a Libia… si es o no eficaz  la “chivo-expiación”. [Nos dirán que sí, que la muerte expiatoria de sus tiranos les ha traído la paz. Lo que ellos no saben es que sólo sirve por un tiempo. Mañana necesitarán otro chivo expiatorio, al volver a sentir el vértigo de la autodestrucción.
Los bonzos que se inmolan buscan, creando la confusión a través de la expiación sobre sus propios cuerpos, cierto orden perdido: nación, territorio… pero la fórmula es, por una parte, un chantaje: cargad con la culpa de mi muerte… Por otra, es un cálculo racional de la descompensación de fuerzas: la rivalidad que existe entre los dos pueblos requiere un chivo expiatorio porque el desequilibrio de las fuerzas  hace imposible la igualdad gemelar en el enfrentamiento. En el fondo, la fórmula es: ejemplifico sobre mí  lo que estáis haciendo sobre mí pueblo, sentíos pues culpables del crimen aniquilador de mi pueblo-sobre mí y haced que retorne el orden que viene siempre tras la sangre derramada.]