París bien vale una misa

Por Ángel J. Barahona Plaza, escrito el domingo 15 de noviembre de 2015.

Las lecturas de la misa del domingo, que apuntan al Adviento, hablan de un preanuncio de lo que ha de llegar de carácter apocalíptico. No quiero que se entienda esto como oportunismo fundamentalista y agorero… No es esa la intención de los apocalipsis sinópticos, y ni siquiera del apocalipsis atribuido a San Juan. Más bien es llamar  a la conversión  a aquellos que viven alienados o pensando que el día y la hora están lejos o que nunca llegarán… en el que los cielos conflagren… El apocalipsis, en sentido de final de los tiempos, no es un castigo divino sino algo que compete a los hombres. La lectura del evangelio del viernes día 13, era de san Lucas (17,26-37):

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán. -Ellos le preguntaron: “¿Dónde, Señor?” – Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo».

Y las de la misa del domingo de la profecía de Daniel (12,1-3) abunda en el mismo sentido:

“Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora… Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.

Y el Evangelio de San Marcos (13,24-32) que Jesús anunció a sus discípulos:

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre»

Son palabras proféticas que la física actual podría corroborar: supernovas, estrellas que colapsan, el Sol como tal estrella se apagará… Algo impensable para la física y la astronomía de aquella época, parece anunciar un final de este eón conocido. Pero detrás de estas profecías de las que los evangelios están llenos, todo aquel que se siente interpelado por ellas entiende que está hablando para su generación.

Las lecturas que nos acercan al Adviento no nos van a dejar dudas al respecto. Pero hay otra coincidencia que quiero destacar. El 4 de noviembre murió uno de los más grandes intérpretes de la historia, un gran antropólogo, cuyo renombre ha sido opacado por la “academia” por su conversión al cristianismo: René Girard. En su libro sobre el Apocalipsis –Achever Clausewitz, traducido al castellano por Katz, con el poco acertado título de Clausewitz en los extremos–, Girard se inspira en una idea del gran militar prusiano para definir una nueva forma de guerra, y el sentimiento de hostilidad creciente e interminable que la rige: “so gibt jeder dem anderen das Gesetz, es entsteht eine Wechselwirkung, die dem Begriff nach zum äusseresten führen muss”, que Girard traduce por :

«Cada uno de los adversarios hace la ley del otro, de donde resulta una acción recíproca que, en tanto concepto, debe llegar a los extremos».

Estamos en París, ante un escenario bélico, que no es más que la expresión encadenada de una serie de represalias que expresan esta escalada a los extremos  de un sin fin de reciprocidades miméticas que no sabríamos reconstruir históricamente, es decir a quién culpar o decir quién empezó primero. Para Girard, el cristianismo, la religión de la víctima, tiene las claves de los sucesos del mundo. Nadie quiere escucharle porque su denuncia es multifocal: todos somos culpables, todos estamos involucrados en un vaivén de simetrías, de tomas y dacas de origen mimético, que a duras penas logran disimular nuestra implicación criminal en la violencia del mundo. Cristo nos ha hecho  entrar en un tiempo histórico que nos impide reconciliarnos, lograr el orden social como se ha hecho siempre: sobre las espaldas de las víctimas inocentes. Seguimos intentándolo una y otra vez, desahogando nuestras frustraciones sobre inocentes. Estos jóvenes llenos de odio, víctimas a su vez de otras situaciones de odio, descargan sobre occidente su ira buscando una catarsis imposible: multiplicando el escándalo mediático con sus acciones, acumulando cadáveres sólo ensangrientan el planeta, pero no logran nada.

“Privados del sacrificio [denunciado por Cristo como acción criminal ya no tiene eficacia para traernos el orden, la paz anhelada], nos encontramos frente a una alternativa inevitable: o reconocer la verdad del cristianismo, o bien contribuir a la montée aux extrêmes -“llegada a los extremos”— rechazando la Revelación. Nadie es profeta en su tierra, porque ningún país quiere entender la verdad de su propia violencia. Cada uno buscará disimularla para obtener la paz. Y la mejor manera de tener esa paz es haciendo la guerra. Tal es la razón por la que Cristo padeció la suerte de los profetas. Se acercó a la humanidad provocando el enloquecimiento de su violencia al mostrarla en su desnudez. En cierto modo él no podía triunfar. Sin embargo, el Espíritu continúa su obra en el tiempo. Es el Espíritu quien nos hace comprender que el cristianismo histórico fracasó y que los textos apocalípticos ahora nos hablarán como nunca lo han hecho» (p. 188, Achever Clausewitz).

Cristo ha puesto sobre el candelero otra parte de la verdad que los hombres se ocultan a sí mismos.  Cristo ha revelado con su sacrificio la mentira del chivo expiatorio que fundaba los órdenes sociales. La paz fruto de la unanimidad que garantizaba el orden social se construía sobre víctimas inocentes: reyes y presidentes. Aunque tuvieran algún rasgo de maldad o culpabilidad, alguna acción perversa en su haber, la acusación estereotipada de la masa humana les hacia culpables de la totalidad, del desorden social, y su sacrificio se convertía  en la realidad fundadora: así Julio César, Luis XVI, Nicolás II, Saddam Hussein (para ver el largo etcétera de la historia consultar mi libro: René Girard, de la ciencia a la fe). En  una  entrevista de Carlos Mendoza  a René Girard aparecen conceptos clave para entender lo que ha pasado en París…, siguiendo este hilo argumental dice (citando su libro, Achever Clausewitz):

“En suma, la crisis ya no es tal. De ahí que aquella misteriosa palabra de Cristo, ‘Veo a Satán caer como el relámpago’ transmitida por Lucas en su evangelio (Lc 10:18), resume de manera magistral esta revelación. La perpetuidad de la crisis mimética ha quedado puesta en entredicho: «Cristo enciende la mecha revelando la esencia de la totalidad. Por tanto pone la totalidad en estado febril porque el secreto de esta totalidad ha sido revelado a plena luz» (Achever Clausewitz, p. 180). Por eso hay algo radicalmente más importante: la crisis no es ya la última palabra sobre la humanidad. Como lo escribí en mi último libro: «Cristo retiró a los hombres sus muletas sacrificiales dejándoles así frente a una terrible elección: creer en la violencia o no creer ya más en ella. El cristianismo es la increencia. […] Tarde o temprano, o bien los hombres renunciarán a la violencia sin sacrificio, o bien harán estallar el planeta: estarán en estado de gracia o de pecado mortal. Se puede decir, por tanto, que si lo religioso inventó el sacrificio, el cristianismo lo anuló. […] Habrá que volver siempre sobre esta salida de lo religioso que solamente puede realizarse en el seno de lo religioso desmitificado, es decir, del cristianismo» (Achever Clausewitz, pp. 58, 60, 64). Esta verdad es, a mi parecer, la que aporta la apocalíptica cristiana primitiva, en especial los textos apocalípticos sinópticos ya que son los más completos al revelar la verdad de la víctima: «la destrucción sólo concierne al mundo. Satán no tiene poder sobre Dios» (Achever Clausewitz p. 190). Esos textos describen así con gran dramatismo cómo la violencia siempre se da como rivalidad entre dobles miméticos: ciudad contra ciudad, nación contra nación, padres contra hijos. Hablan de una catástrofe inminente, pero precedida por un tiempo intermedio, de duración casi infinita, que alarga la llegada del día final. Por ello me parece que tales textos son de una actualidad extraordinaria. Aunque esa demora del día final genera impaciencia y hasta desánimo puesto que no sabemos entonces qué esperar ni hasta cuándo. ¡Eso es precisamente lo que reprochaban los tesalonicenses a Pablo! Le interrogaban por lo que sucede entonces cuando la Parusía se retrasa. Es lo que Lucas, que al fin y al cabo fue compañero de Pablo en sus viajes, llama ‘el tiempo de los paganos’, cuya demora es muy larga e incierta, terrible. En ese sentido, la Segunda Carta a los Tesalonicenses habla de lo que retrasa la Parusía: el Katéjon (2 Tes 2: 5) o personaje que ‘retiene’ la manifestación del Anticristo es el orden arcaico representado por el Imperio Romano en ese contexto de decadencia que viven los tesalonicenses. Habría que leer también a Agustín en este sentido apocalíptico cuando escribe sobre el retraso del día final. La paciencia es entonces la respuesta de los cristianos al ‘tiempo de los paganos’ (Lc 21: 24): «La gran paradoja en este asunto es que el cristianismo provoca la ‘montée aux extrêmes’ al revelar a los hombres su propia violencia. Impide a los hombres endosar a los dioses esa violencia y los coloca delante de su propia responsabilidad. San Pablo no es para nada un revolucionario, en el sentido moderno que se ha dado a este término: dice a los tesalonicenses que deben ser pacientes, es decir, obedecer a los Principados y Potestades que de todos modos serán destruidos. Esta destrucción llegará un día a partir del hecho del imperio creciente de la violencia, privada ya de su altar sacrificial, incapaz de hacer reinar el orden sino a través de más violencia: serán necesarias cada vez más víctimas para crear un orden cada vez más precario. Tal es el devenir enloquecido del mundo del que los cristianos llevan sobre sí la responsabilidad. Cristo habrá buscado hacer pasar a la humanidad al estado adulto, pero la humanidad habrá rechazado esta posibilidad. Utilizo adrede el futuro anterior porque existe ahí un fracaso profundo» (Achever Clausewitz, p. 212).

Pero Girard todavía nos ayuda más a comprender por qué esta locura no admite ningún análisis clásico. Estos crímenes nefandos son un problema de la pérdida de sentido transcendente de la vida.  Por muy emotivo que sea el hecho de que un pianista espontáneo interprete en las calles de París el Imagine de Lenon, dejando el mensaje de que un mundo sin religión será un mundo más pacífico, no podemos caer en la trampa de ese mensaje subliminal.  La religión arcaica que es el Islam está en el corazón del hombre. Siempre el hombre ha hecho de la política lo sagrado, y lo sagrado es sacrificial: la ideologías totalitarias, racionalistas o de otro tipo, fascistas o comunistas, capitalistas o comunitaristas, de derechas o de izquierdas, siempre han recurrido al sacrificio de los otros en el ara de la utopía, de la paz añorada. La única religión que ha traído la secularización, que se ha opuesto a contaminarse o dejarse usar por el poder político (ahí está la lucha de las Investiduras), aunque los hombres hayan hecho de ella en ocasiones un instrumento útil para sus ansias de domino  y algunos de los suyos se hayan dejado querer (la Inquisición o las Cruzadas son ejemplo de ello) es el cristianismo. La propuesta cristiana ha sido construir sobre el perdón, sobre la consideración del otro como hermano, sea quien sea.  La pátina de cristianismo que exhibió alguna vez la cultura occidental, nunca penetró más allá de la superficie de los hombres que se mantenían en la creencia pagana de que la violencia trae la paz.  La mentira más grande la historia. Como decía  San Juan Pablo II: “La violencia mata lo que intenta crear”. El objetivo del cristianismo no ha sido el poder. De algunos que se dicen cristianos o se decían, sí, pero del cristianismo, no. No hay mensajes ambiguos o equívocos en el evangelio. No hay más aspiración que dotar al hombre de sentido, que inaugurar un reino de amor, donde el otro es Cristo y no el enemigo a batir o a odiar.

Así nos dice Girard en esa entrevista a Carlos Mendoza citando de nuevo su obra:

Acompañados de la principal revelación cristiana, de acuerdo con el desarrollo que usted ha hecho de la teoría del sacrificio: la fuerza de la víctima que perdona. Este apocalipsis no es verdaderamente terror porque lo verdaderamente terrible es la ausencia de sentido. Al fin y al cabo, para la mayoría de los seres humanos de nuestros tiempos, esta violencia está visiblemente en aumento en el mundo. Y en la medida en que esta violencia no tiene sentido es cada vez más terrible. Por eso el anuncio apocalíptico del cristianismo no es una amenaza, sino por el contrario la esperanza de la realización de la promesa cristiana: Cristo ve en el mundo cosas que el mundo no ve. «Cristo es ese Otro que viene y quien, en su misma vulnerabilidad, provoca el enloquecimiento del sistema. En las pequeñas sociedades arcaicas, ese Otro era el extranjero que trae consigo el desorden y que termina siendo siempre el chivo expiatorio. En el mundo cristiano es Cristo el Hijo de Dios quien representa a todas las víctimas inocentes y cuyo retorno es llamado por los efectos mismos de la ‘montée aux extrêmes’. ¿Entonces qué podrá constatar? Que los hombres se han vuelto locos y que la edad adulta de la humanidad, esa edad que él anunció por medio de la Cruz, ha fracasado» (Achever Clausewitz, p. 191).

(…) Por eso, aunque parezca paradójico, el apocalipsis es reconfortante en cuanto satisface el deseo de significación. Las pruebas y dificultades actuales no son insignificantes porque siempre se encuentra escondido detrás de ellas el Reino de Dios.

C. Mendoza: Pero entonces, ¿las masacres como Acteal en México y tantas en el mundo [y aquí podemos incluir NY, Madrid, Londres, París… y mañana Roma, Berlín… a la pregunta de Carlos Mendoza] pueden tener otro sentido que el solo equilibrio del antagonismo entre rivales mediante el deseo de aniquilación de unos contra otros? ¿No es predicar a las víctimas una resignación ante sus verdugos? ¿Qué memoria cristiana es posible hacer de esas víctimas que no signifique pasividad ante la injusticia, la violencia y la muerte?

René Girard: Solamente es posible recuperar esa memoria de la masacre sin atribuirle un sentido sacrificial arcaico. Frente al sufrimiento del inocente no nos queda sino la indignación. Este tipo de acontecimientos trágicos no me es ajeno, aunque debo decir que tampoco es parte de la problemática inmediata en la que he construido mi pensamiento. Pero hay que insistir en la importancia de actuar para superar las causas de ese sufrimiento y muerte, sin ceder al resentimiento que se expresa como deseo de venganza. Con lo anterior no quiero decir que haya que renunciar a la acción para intentar cambiar el sentido de la violencia mimética. La cuestión consiste en saber si el uso de la violencia para mejorar el mundo puede ser legítimo […]. El pensamiento cristiano que procede como respuesta inteligente a una situación de injusticia y violencia a la que son sometidas naciones enteras es totalmente razonable y legítimo, con las nuevas expresiones que el cristianismo pueda tomar en estas circunstancias […] No hay que olvidar que en Occidente el cristianismo fracasó tanto como el racionalismo moderno, y por eso ahora nos encontramos en medio de esta violencia extrema que amenaza no solamente a la humanidad sino también al planeta entero. […] En este contexto de la búsqueda de superar el racionalismo ingenuo, quisiera decir algo, en cierto modo retórico, sobre mi insistencia en lo apocalíptico. Pienso que la gente no tiene suficiente temor sobre la violencia desencadenada ‘desde la fundación del mundo’ hasta la violencia extrema que vivimos en estos tiempos inciertos. Y yo no quiero tranquilizar a nadie: «Es urgente tomar en cuenta la tradición profética con su implacable lógica que escapa a nuestro racionalismo extendido. Si el Otro se acerca, y si un pensamiento del Otro radicalmente otro es aún posible, es tal vez porque los tiempos están llegando a su cumplimiento» (Achever Clausewitz, p. 195).

Reitero lo que ya he escrito recientemente: «Es necesario pensar el cristianismo como esencialmente histórico y Clausewitz nos ayuda a ello. El juicio de Salomón lo dice ya todo al respecto: existe el sacrificio del otro y existe el sacrificio de sí mismo; el sacrificio arcaico y el sacrificio cristiano. Pero siempre se trata del sacrificio. Nosotros estamos sumergidos en el mimetismo y es necesario renunciar a las trampas de nuestro deseo, que siempre radica en el deseo de lo que posee el otro. Lo repito una vez más, no hay saber absoluto posible, estamos todos obligados a permanecer en el corazón de la historia, de actuar en el corazón de la violencia, porque comprendemos cada vez más sus mecanismos. ¿Sabremos sin embargo desmontarlos? Lo dudo» (Achever Clausewitz, p. 80).

El cristianismo nos  ha traído una revelación inédita sobre cómo funciona la violencia humana. Ha puesto en marcha una verdad a la que la humanidad se tiene que enfrentar: los ídolos llenos de sangre no solucionan nada, solo multiplican la rabia y el dolor.  ¿Cuántos muertos harán falta para que nos paremos  y nos pensemos unos a otros como hermanos? Cristo ha abierto esa posibilidad declarándonos a todos con su muerte en la cruz como inocentes, unidos por su sangre en un solo cuerpo.

Ni los griegos, ni el Islam, ni el racionalismo deísta o ateo, nos dio una sola pista para escapar de la autodestrucción, todo lo contrario nos abocan a ella porque son productos de la imaginación delirante humana que fabrica dioses que auto justifican el sacrificio de los otros.

«Un dios del que podemos apropiarnos es un dios que destruye. Nunca los griegos buscaron imitar algún dios. Hubo que esperar al cristianismo para que esta perspectiva mimética se impusiese como la única redención posible, habida cuenta de la locura revelada de los hombres […] Hölderlin siente por lo tanto que la Encarnación es el único medio dado a la humanidad para afrontar el muy saludable silencio de Dios: Cristo mismo interrogó ese silencio en la Cruz para luego él mismo imitar la retirada de su Padre y volverse a encontrar con él en la mañana de la Resurrección. Cristo salva a los hombres ‘destrozando su propio cetro solar’. Se retira en el momento mismo en que podría dominar. De ahí nos es dado a nosotros probar dicho peligro de la ausencia de Dios, experiencia moderna por excelencia –porque es el momento de la tentación sacrificial, de la regresión posible a los extremos– pero también experiencia redentora. Imitar a Cristo consiste en rechazar el deseo de imponerse como modelo, siempre borrarse frente a los otros. Imitar a Cristo es hacer todo para no ser imitado.» (Achever Clausewitz, p. 218). Lo que no podemos olvidar –y lo quiero reiterar con insistencia– es que el cristianismo logró descubrir esta verdad de la víctima y también desenmascaró la mentira del sacrificio, quizás con más radicalidad que otras tradiciones religiosas de la humanidad. Tal es la herencia que deseo perpetuar».

La muert de Girard ha llegado antes de la masacre de París, pero hoy será de nuevo recordado como aquel que tenía una palabra que decir sobre la violencia humana y el papel singular del Cristianismo para entender la historia.

París bien vale una misa, en cuyo altar sean la víctima y el sacerdote la misma a persona, donde solo el propio Dios se inmole para mostrarnos el único camino de la paz.

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#Virginia: asesinatos, unanimidad y redes sociales

Por David García-Ramos, 27 de agosto de 2015.

En los informativos de la mañana de la cadena WDBJ7 se ha emitido un doble asesinato en directo. Cuando esto pasa, desgraciadamente, con relativa frecuencia en los USA, las reacciones como espectadores de oídas sin previsibles: oraciones, críticas a la falta de regulación de las armas en algunos estados norteamericanos, comparativa —y asombro por los parecidos— con precedentes masacres (este es el término utilizado), etc. A estas reacciones comprensibles y compartidas por todos —hay aquí una primera unanimidad— se ha añadido en los últimos tiempos un efecto particular: el consumo masivo de imágenes y vídeos relacionadas con la noticia a través de las redes sociales: twitter, facebook, instagram, YouTube…

Este comportamiento de lo que Byung-Chul Han ha denominado el enjambre digital, donde lo que prima es la velocidad, la transparencia y la cantidad (frente a narración y, por tanto, sentido, verdad y cualidad-densidad), es llamativamente unánime. De una unanimidad curiosamente parecida a la de un linchamiento. Los asistentes, anónimos gracias a es gran máscara(da) que es la Red, han mirado y difundido las imágenes y vídeos con gran diligencia. La misma de Pablo sujetando las túnicas de los que se metieron en faena en el linchamiento de Esteban.

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En un reciente encuentro en Valencia, James Alison me pedía mi opinión sobre las dramáticas decapitaciones del ISIS televisadas y de amplia difusión. Reconozco que la pregunta me desconcertó entonces —mi participación era sobre teatro—, pero ahora le veo todo el sentido: de alguna manera, al re-transmitir el homicidio lo ritualizamos, lo sacralizamos de manera indirecta como espectadores pasivos, asistimos a una suerte de extraña re-presentación… Pasa un poco lo que en el teatro, el efecto catártico recorre la sala. Sólo que la sala es esa Red global que está en todas partes y en ninguna y lo que venid no es mímesis, es real. La labor de mitificación de las redes, todas, pero especialmente las denominadas sociales, las digitales, res devastadora, de modo que uno no sabe ya si lo que está viendo es real o la enésima encarnación fílmica de Las brujas de Blair. Y la función de denuncia de lo real que es dicha muerte se desvanece.

¿Entonces? To share or not to share, that’s the question. Frente a lo que dice Alexis Sobel Fitts en su excelente artículo (prácticamente no podemos defendernos de la información que consumimos, consumimos sin apenas filtro ya), me preguntaba: ¿debemos ver/difundir imágenes violentas? La cuestión de fondo es hasta dónde llega la libertad de expresión y el derecho a la información. ¿Hay alguna barrera ética? Twitter y facebook borraron el perfil del asesino rápidamente (¿censura?), pero el mal ya estaba hecho: compartido por doquier, visionado sin querer (así están pensadas las redes sociales, en facebook móvil y en twitter los vídeos se reproducen automáticamente), shooting hasta la ebriedad.

Desde mi punto de vista, se trata de un trágico ejemplo más de la materia de la que estamos hechos: “No hay otro hombre que el hombre de la caída. Al principio está la caída” afirma René Girard en Aquel por el que llega el escándalo (97). El asesino se consideraba a sí mismo una víctima inatendida, sus actos, una reivindicación teñida de venganza, que se ha tomado la justicia por su mano.

En una sociedad en la que proliferan las víctimas y las minorías (en tanto que minorías victimizadas), si el sistema judicial falla o se debilita, es posible que hechos como estos se reposan cada vez más. Mucho me temo, como ya he dicho otras veces, que la revolución entonces sí que será televisada. Oficializada. Institucionalizada. Consumida. Será la nueva comunión digital, caricatura de comunión, sucedáneo bien digerible. Bueno para comer. Terrible, porque el retorno a lo arcaico sabiendo lo que sabemos ya no es posible. Darse cuenta de que o estamos con ellos, las víctimas, o estamos contra ellos, las víctimas (y que es casi siempre esto último, mejor ellos que yo), no es fácil: «La experiencia de los chivos expiatorios es universal como experiencia objetiva y excepcional como experiencia subjetiva. Nadie dirá: “Ah, vaya, no me había dado cuenta, pero resulta que soy un perseguidor”. Aparentemente, todo el mundo participa en este fenómeno, salvo cada uno de nosotros» (Aquel por el que…, 71). Todos hemos visto el vídeo (aunque no lo hayamos hecho realmente). Nadie lo admitirá.

Hablaba al principio de las reacciones a este tipo de tragedias. ¿Qué nos queda: apartar la mirada, denunciar, explicar (justificar), reconocernos cómplices? Todas las formas de compasión, por esa misma unanimidad, se debilitan, como la justicia que llega tarde y no repara, o las disculpas (por cierto, relativamente infrecuentes en la Red) tan estereotipadas y poco creíbles.

Yo espero que un rayo me tire de mi caballo. Mientras, lo que ha hecho este señor me parece inteligente:

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Como opción al compulsivo RT del vídeo que el propio asesino grabó, en el que aparece el momento en el que las víctimas dejan de ser lo que son y se transforman en víctimas, se propone visionar un vídeo «remembering who these people were». Se trata de una cuestión de identidad: el respeto a las víctimas pasaría por dejar de marcarlas como víctimas (sendero sin salida).

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La indignación, la protesta, el grito airado, no tienen cabida —serían obscenos como la Red es obscena—. Cabe sólo el murmullo silencioso de la oración personal, no anónima, verdadera comunión.

Curso sobre Girard en la @UimpValencia

Hemos visto, sin embargo, en Hegel, que el espectáculo de la identidad podía constituir un saber filosófico, saber de la igualdad y de la fraternidad. Es necesario, pues, intentar pensar de otra manera esta identidad, pensarla como un mimetismo del revés, una imitación positiva. Esto supone una crítica interna de la reciprocidad, siempre susceptible de degenerar en conflictos extremos y sin resolución.

René Girard, Achever Clausewitz

Nos es grato anunciar la celebración en la sede de Valencia de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) la celebración de un curso sobre Girard titulado La construcción de la identidad en tiempos de crisis: el papel de la violencia y la religión. En él exploraremos de modo crítico lo que la Teoría mimética puede ofrecernos para la comprensión de los fenómenos de construcción de la identidad. Como podréis ver en el programa intentaremos analizar la cuestión de la identidad desde diferentes ámbitos disciplinares: la filosofía política, la teología, la antropología, la filosofía cultural o la crítica literaria.

Será la primera vez que se organice un seminario en España internacional dedicado completamente a Girard, al menos que nos conste. Ha sido posible gracias al apoyo de la UIMP, de su campus de Valencia, dirigido por Agustín Domingo Moratalla, y de IMITATIO, una fundación dedicada a la difusión del pensamiento de René Girard. Esperemos que solo sea el primero de muchos encuentros de este tipo y que pronto la obra de René Girard comience a tener el reconocimiento que merece.

Quedáis todos invitados a asistir al curso y a disfrutar de unos días de diálogo y trabajo juntos. Aquí podéis descargar el tríptico sobre el curso: Identidad y crisis_Girard. Todos los interesados en el curso pueden hacerlo desde la web de la UIMP.

¿Por qué existen las guerras? (III)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. Concluimos con este tercer post sobre la naturaleza de las guerras una reflexión necesaria antes de emitir un juicio sobre el conflicto sirio. 

La cultura judeo-cristiana tiene la rara virtud de hacernos hipersensibles a la inmoralidad de una violencia injusta aplicada a las víctimas. Girard nos pone en las manos el método para comprender lo que está pasando: nos abre uno de los sellos de la tradición escrituraria judeo-cristiana. Dos hermanos llegan ante Jesús, uno de ellos reivindica que dirima entre ellos sobre un tema de herencias. Jesús no toma partido: ¿Quién me ha constituido juez entre vosotros? Denuncia de inmediato la idolatría de ambos por el dinero. Idénticos en la pretensión de sobrepujar por encima del otro, y, en caso de miedo o prevención hacia el otro, por lo menos, repartir, distribuir equitativamente, recurriendo a un mediador. Pero Este principio de simetría tiene que ser denunciado. Es el principio satánico de la acusación y de la división, es la lógica heracliteana, es la lógica del marxismo, del nihilismo, del capitalismo, de las religiones arcaicas –entre las que se encuentran anclados algunos de nuestros hermanos musulmanes–, la lógica heideggeriana. Y frente a ella solo otra lógica cabe: la del Logos del amor, la del logos joánico. En esas lógicas de la reciprocidad, los muertos de Nueva York compensan los muertos de Irak, de Afganistán, hasta de Hiroshima. El término japonés, Kamikaze, redunda en esa universal y espectral sensación de que todo tiene que ser vengado, resarcido. Que siempre hay una violencia última y legítima contra alguien, y que el sacrificio definitivo requiere la muerte del verdugo en el mismo ara que la víctimas. El todos contra uno solo es un momento en el camino del todos contra todos.

¿Pero en esta ulterior violencia quién es víctima de quién? Todo el planeta está lleno de altares consagrados al sacrificio expiatorio, a la violencia exaltada en el éxtasis de la víctima ideal, la esperada, aquella que con su muerte traerá definitivamente la paz. La Zona Cero, Hiroshima, o El Cairo, Damasco, o Madrid, todo está lleno de monumentos a los muertos, beteles, altares, cuyo recuerdo espera…el momento oportuno para la venganza. Pero esta chocará contra la misma piedra de siempre, la piedra angular que denuncia que todos somos unos criminales y que creemos que la viña es para nosotros, y que el sacrifico final nos dará la paz. De esa piedra angular buscada por todos pero rechazada,  ha sido revelado que era rechazada porque era inocente; desamortizaba nuestra sed de culpa para poder descargar y saciar nuestra sed de catarsis, de echar fuera la violencia y el resentimiento que llevamos dentro. Ya no se pueden distinguir los terroristas de las víctimas, ya no se puede distinguir a Caín de Abel,  es  una metáfora morbosa pero exacta que los que se inmolan lo hagan en el altar de las víctimas, con ellas. Los mártires del universo musulmán lo han entendido muy bien: se victimizan a sí mismos como verdugos cerrando el ciclo de la fe en la violencia.

Caín y Abel_Chagall

¿Quién tiene razón en Egipto? ¿Quién tiene más legitimidad en Siria: el conocido tirano o los que aspiran a la tiranía, aunque la revistan de democracia? ¿Quién tenía razón en Libia? ¿En Irak? ¿En Irán? ¿El cambio del Sha Mohamed Reza Pahlevi derrocado, y con el tiempo y algún tirano intermedio, sustituido por Mahmud Ahmadineyad ha supuesto algo? Sólo ha cambiado, de momento, el nombre de las víctimas ¿Pero cuál de ellas es más culpable o más inocente? Es comprometido afirmar esto porque nuestro esquema de comprensión del mundo consiste en estar nosotros entre los inocentes y los otros entre los culpables. Nosotros entre los buenos y los otros entre los malvados. Pero hay que cambiar el sistema: unos y otros, solo son hermanos mitológicos.

Cristo ha venido a desvelar al príncipe de la mentira que nos tiene subyugados por esta espectral creencia de que mi hermano es culpable de mi desgracia.

¿Por qué existen las guerras? (I)

Por Ángel J. Barahona, el 5 de septiembre de 2013. Una serie de entregas sobre la naturaleza de la guerra, el verdadero sentido del apocalipsis y la posibilidad de esperar algo. 

Steven Pinker, en Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones, insiste en que la paz es alcanzable, está ahí, que la violencia no es tan virulenta, y que el miedo a su increíble capacidad de expansión es lo que ha hecho a los hombres tomar conciencia de ella y aprestarse a ponerle límites. Ya Raymond Aron hizo alarde de su confianza en la capacidad humana de afrontar la violencia mediante la racionalidad. La capacidad disuasoria de la razón y del diálogo han sido constantes en las negociaciones… de paz, ciertamente, cuando los hombres se han hartado de derramar sangre.  obviamente de paz, porque para la guerra nunca se negocia, o al menos no con honestidad. Es famoso el pacto Hitler- Stalin basado en intereses comunes contra terceros, que escondía las verdaderas intenciones de ambos y por eso fue traicionado sobre la marcha. Desde Tocqueville, Freud, Hanna Arendt, Aron, etc., pocos han percibido la verdadera esencia de la violencia. Las bibliotecas están llenas de hipótesis y tratados sobre las relaciones violentas entre los seres humanos. Algunos más atrevidos lanzan teorías explicativas, entre ellos los mesiánicos marxistas que abogan por ella y la adoran para implantar la paz, mejor dicho: su paz; y los fenomenólogos, que atribuyen toda la violencia a las disputas entre credos religiosos, tipo Voltaire. Pero Cándido de este ideólogo ilustrado es un panfleto, del mismo estilo que los que dicen hoy en día que la Primavera árabe es un fenómeno religioso, o los Dawkins o Huntington que ven luchas de civilizaciones basadas en la religión, entendiéndola sin conocerla como un fenómeno paranoico y violento e incluyendo en esa categoría al cristianismo.

Primero hace falta leer a Canetti y a Clausewitz para comprender que no hay contenido objetivo, causa o explicación económica o religiosa, ni siquiera ideológica para la guerra o los conflictos. Tan solo mímesis, envidia, y rivalidad mimética; el aburrimiento de un orden social determinado que busca, por medio del desorden, un nuevo orden y así sucesivamente, en un frenesí periódico que da un poco de salsa a las sucesivas y olvidadizas generaciones… –pues ya no recuerdan lo que le contaron sus abuelos: “estábamos ilusionados, no cambió nada, sólo el collar del tirano y algunos muertos”-.

Steven Pinker que, siendo psicólogo, podría acercarse a estos temas perennes de la humanidad se queda en la superficie, y en un análisis casi roussoniano: “estamos mejor, a pesar de todo el hombre lleva un ángel dentro”. No dudo de estas afirmaciones, pero no incluyen la comprensión total de lo que es el hombre y las sociedades que genera.  Es cierto que detrás de todo enfrentamiento guerrero hay una historia, pero esta historia se pierde en la noche de los tiempos. Es una herida que todos los mitos fundacionales reconocen, en forma de crisis insoportable que reabre es herida una y otra vez: alguien tiene la culpa de lo que “nos pasa”. Esta periodicidad, larga en el tiempo, hace que se olvide el origen, la “causa”, pero está ahí pululando en el aire. ¿Tal vez la respuesta de todo esté en el viento? Pero detrás de toda guerra está el mito misterioso que esconde causas irreconstruibles, por más vueltas que le den los geoestrategas, los políticos y sociólogos de turno de guardia. Eneas y Anténor, Rómulo y Remo, Caín y Abel, son sólo marcas de los mismos fabricantes de trajes míticos e históricos. Y se funde Alba, o Tebas, o Roma, o Nod tras la muerte asesina, da lo mismo: un nuevo “orden mundial” aparece, que ilusiona a los ingenuos o a los que no ven más allá ni más acá de su generación.

Goya hermanos

La globalización nos ha traído la conciencia permanente de la presencia inexpulsable de la violencia; creímos que traería la identidad y la reconciliación, una reedición de la ilusión ilustrada, y nos ha traído la competitividad, la envidia exacerbada y la angustia. Anuladas las diferencias todo se nos torna indiferente. Y esa indiferencia nos enfrenta al Urszene hegeliano irremediablemente: cada uno está interrogando siempre el gesto del otro, indaga sobre su intención para prevenirse-prevenirlo, en una especie de bucle mimético del que no podemos escapar y que transforma al imitador (siervo) en modelo (señor) y viceversa. La globalización nos ha puesto en evidencia contra el paradigma freudiano que el que detenta ostensiblemente el poder que nos subyuga y que a la vez anhelamos, que amamos y odiamos, no es el padre, es el hermano. Más aún, que ese hermano no está fuera de mí, sino que vive dentro[1]. La globalización nos permite advertir lo que antes solo los Tiresias de la vida, clarividentes, intuían detrás de las acciones humanas: la verdadera amenaza somos nosotros mismos, no hay enemigo fuera, está dentro[2], y este es nuestro propio miedo, que los representamos en el otro, al que conferimos caracteres monstruosos, ciclópeos. Pero una vez representado en el otro –doble y monstruoso– salta la motivación que nos vuelve locos de furia erinia y que no hay Euménides (instituciones culturales) que lo paren.  El torbellino lo engulle todo: nos estalla en la cara cuando nos enfrentamos en este huracán de violencia en plena furia cuando se lleva por delante nuestra casa. Mientras pueden caer torre gemelas, hiroshimas múltiples, Cartago o Troya, da lo mismo, hacemos como que no existe la violencia, y nos sobrecoge, no la entendemos. Pero todo estaba profetizado… El lenguaje apocalíptico de Jesucristo en los evangelios, ha sido expulsado del orden impuesto por la ciencia que amputa el pensamiento, y lo constriñe en los límites de lo razonable. Nos da cierta seguridad psicológica pensar que hay una causa, que hay un culpable, no soportamos el azar, la arbitrariedad, el que las cosas pasan porque sí. El azar, que tanto argüimos para los procesos ininteligibles de la naturaleza, no lo soportamos en la cosas del hombre, aunque cada vez más vuelve el concepto de destino, como desgracia, o el de providencia, como poder benefactor escondido tras las brumas del dolor. Intentamos domeñar esos procesos cuando se trata del hombre, prisioneros del paradigma conductista aplicado a la sociología. Pero el evangelio nos da las claves… el azar, la libertad, no están predeterminadas por ningún fatum, por ningún Dios, él ha jugado limpio con el hombre: lo podemos destruir todo. El Apocalipsis no es un castigo (como arguyen interesadamente los fundamentalistas de todo pelo) es una posibilidad, una oportunidad para la conversión: que no es la vuelta a un férreo código moral salvador, sino un mirar con confianza, al otro, sin miedo, llenos de esperanza, pero aceptando lo peor.

Continuará

La Inquisición Laica de Hollande

Por David Atienza de Frutos, 16 de Diciembre de 2012

Hollande abrirá dentro de poco un “Observatorio Nacional de Laicidad” en Francia para quitarse de encima a todos aquellos que manifiesten una “patología religiosa” sean musulmanes radicales anticatólicos, judíos antimusulmanes o “católicos ultratradicionalistas” antihollandistas, antimusulmanes o antijudíos:  es decir, una inquisición laica.

Detrás de este movimiento se deja ver las enaguas que cubren sus vergüenzas y estas son claramente “ilustradas” pues vincula toda forma de religiosidad con violencia, por lo tanto, a mayor religiosidad mayor violencia. A los “poco” religiosos más o menos los consentirá, pero a los “muy” religiosos, no. De nuevo lo viejo, y lo viejo de nuevo. Una nueva institución nace para tratar de controlar la violencia mimética. Un nuevo intento del “progresismo” a ninguna parte de destruir lo sagrado usando una imitación o un sucedáneo “no-sangriento” de lo sagrado.

Sobre el tema del vínculo entre violencia y religión les invito a leer el proyecto fundador de la asociación Xiphias Gladius; sobre el tema de Hollande y su nuevo “Observatorio Nacional de Laicidad” debo decir dos cosas.

Primero, que hará que los musulmanes, judíos y católicos ultratradicionalistas sean más ultratradicionalistas, y segundo, que musulmanes, judíos y católicos no son equivalentes en ningún caso, pues el cristianismo no es una religión, es más bien un encuentro trascendental y personal entre un ser humano y Cristo . Como resultado de este encuentro se confirma siempre el amor profundo de Dios hacia su creatura manifestado en la Cruz donde se destruye toda violencia por que Cristo la asume, la agota en su propio cuerpo, la consume ofreciéndose a si mismo.

¿Por qué entonces perseguir a católicos que reproducen a Cristo en sus vidas y en medio de la sociedad, no devolviendo mal por mal sino recibiendo el mal y devolviendo perdón? El “Observatorio Nacional” debería perseguir a aquellos que llamándose cristianos, o no, se resisten al mal o no aman a su enemigo o no perdonan al que les hace una injusticia. Estos son (o somos) los culpables últimos de la violencia que nos acompaña y que crece y se extiende. Sólo se podrá salvar este mundo con acciones radicales de perdón, negándose a la venganza e incluso a la justicia, dejando la retribución a Dios.

Señor Hollande, por favor, haga un Observatorio Nacional Contra la Violencia pero no lo haga “laico” sólo pues la violencia laica es con mucho la más peligrosa e incontenible por que deshaciéndose de lo sagrado crece sin limites y sin control. Y lea a su compatriota René Girard, quizás entienda mejor lo que está pasando. 

La violencia del amor

Por Desiderio Parrilla, 10 de abril de 2012

El grupo Xiphias Gladius ha publicado un nuevo libro colectivo titulado: “La violencia del amor”.Participan en el libro autores como Alejandro Llano (universidad de Navarra, UNAV) o el padre Francis X. Hezel, SJ, así como los miembros del equipo investigador responsable de este blog.

El libro puede ser la lectura idónea para el verano.

Editado por la Asociación Bendita María, el libro puede comprarse en este sitio, la página web de la asociación capitaneada por Jorge Santana, que edita también la excepcional Revista Buena Nueva, publicación católica dedicada a la Nueva Evangelización, cuya lectura recomendamos vivamente.

Repito que el libro puede ser la lectura idónea para el verano.

El libro aporta criterios católicos para juzgar el presente histórico de esta sociedad global de Tercer Milenio.

A mí personalmente me regocija comprobar que su publicación coincide con la edición de otro libro hómonimo que recoge los principales escritos de Monseñor Óscar Romero.

Tengo que reconocer que tengo una devoción privada muy grande hacia el Siervo de Dios Óscar Romero. Dejando a la Iglesia el discernimiento sobre su posible martirio, sus milagros y méritos heroicos, tengo constancia de su intercesión misericordiosa a favor de los que aún formamos parte de la Iglesia militante.

Su presencia en mi vida ha sido tan real como la de la Virgen María, Don Giussani, san Juan Pablo II, san Bruno, san Atanasio, santo Tomás de Aquino, el beato Charles de Foucault o santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, por nombrar sólo un puñado de santos que lo son de mi devoción corriente.

“La violencia del amor” es un misterio que no fue entendido ni por el padre Camilo Torres Restrepo ni por Mariano Sánchez Covisa, por citar dos ejemplos coetáneos y complementarios de la violencia pecaminosa de la que Cristo nos redime.

Esta “violencia del amor” es la santidad, el misterio oculto desde los orígenes del mundo, y que en nosotros sólo encuentra imitaciones perversas, remedos que tergiversan este “ágape antinatural”, por ser sobrenatural. Este modo de amar y de vivir el amor no puede alcanzarse al modo pelagiano por la emulación y el esfuerzo, sino sólo ser recibido desde lo alto como una gracia del Espíritu Santo tras un camino de humillación y descendimiento.

Esto a mí me lo han enseñado mis catequistas y los catequistas de mis catequistas… que tuvieron que sufrir la persecución por parte de los susodichos energúmenos, o de sus seguidores.

Qué distancia tan infinita hay entre el padre Pío cuando negaba excepcionalmente la confesión a algún pseudo-penitente cerrando súbitamente la reja con firmeza y los irresponsables curas que repitieron por emulación vanidosa y protérvica la epiqueya extraordinaria y santificadora del padre Pío.

Ay, de nosotros, los hipócritas…

Ciertamente, puede decirse que el demonio es “la mona de Dios”: remeda y tergiversa las acciones santas para obtener el justo contrario de la Voluntad de Dios.

Todos tenemos en la mente casos palmarios de esta perversión satánica de la “violencia del amor” dentro y fuera de la Iglesia. Seguramente la hayamos sufrido o la sigamos cometiendo, con mayor o menor advertencia o voluntariedad. Tal vez ni siquiera queramos salir de esta pecaminosidad. Pero urge la conversión, so pena de quedar excluidos de la salvación de Cristo (Mt 11, 14) .

El padre Romero fue testigo de ese misterio de amar en la dimensión de la cruz, con tal firmeza y violencia que murió a manos de esta misma violencia satánica. La violencia de su amor aún hoy escandaliza, violenta nuestra concupiscencia y despierta la murmuración, la contumelia, la calumnia o la retracción, incluso entre los clérigos y el pueblo de Dios…

Lástima que muchas veces sean los propios energúmenos los que reivindiquen la figura de Monseñor Romero.

Sin ir más lejos, Maximino Cerezo Barredo, CMF (1932) ha sido el artista responsable del cartel a favor de su canonización, autor que despierta en mí una violencia nada santa. Así de pobres somos todos… mas todos debemos ser corregidos… cada uno de su perversión respectiva, claro.

Y es que tras el Concilio Vaticano II hubo quien leyó erróneamente “Gladium et spes”, “espada y esperanza”, en vez de “Gaudium et spes”, “alegría y esperanza”, e inició un error doctrinal sólo comparable a ese otro error que es su imagen especular: la “teología del desarrollo”, o “teología del Atlántico Norte”.

Efectivamente, este error garrafal que es el proyecto de “nueva cristiandad” de Jacques Maritain engendró una pareja de hermanos gemelos y antagónicos. La “nueva cristiandad” es la madre de estos dos hermanos antagonistas: la “teología de la liberación” y la “teología del desarrollismo tecnocrático”. Los primeros se basan en categorías vagamente marxistas; los segundos en la concepción individualista del marginalismo y la escuela liberal austríaca.

Cada uno tiene sus cifras de asesinatos a las espaldas, sus matones, sus torturadores, sus aliados, sus filias y sus fobias, sus departamentos de comunicación y opinión pública…

Ambos son enemigos de la tradición católica tanto en su antropología como en su cosmología o su política, y son los mayores enemigos internos a los que debe enfrentarse actualmente la Iglesia de Cristo, es decir, la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Es una afirmación fuerte. Sin embargo no retiro ni una coma de lo fundamental.

Comprar y leer atentamente este libro les mostrará las razones de esta afirmación tan rotunda.

Pues eso: compren el libro y léanlo.

Recuerden: “La violencia del amor”, Ed. Bendita María, Madrid, 2012.

Post Scriptum: siempre me ha hecho gracia esa errata del Libro de Kells, también conocido como Gran Evangeliario de San Columba, en Mateo 10, 34b. Donde debería poner: “non veni pacem mittere, sed gladium” (no he venido a traer la paz, sino la espada), sin embargo, en el manuscrito se escribió “gaudium” que significa “alegría”; así, la traducción queda: “no he venido a traer la paz, sino la alegría”.

Probable distracción del copista. Pero Dios escribe recto con nuestros renglones torcidos.

Post post scriptum: Lucas 22, 38. Entonces ellos dijeron: Señor, aquí hay dos espadas. Y Él les dijo: ¡Basta!